Cañón de Añisclo

Nuestro último día de vacaciones en el Pirineo Aragonés lo invertimos en acercarnos al cañón de Añisclo, un desfiladero de origen glaciar de unos 10 kilómetros de longitud. Para llegar a sus lindes hay que tomar en Aínsa la A-138 en dirección a Francia –a la derecha se eleva, como un hercúleo Atlante, la Peña Montañesa– y, justo al salir de Escalona, hacer un quiebro a la izquierda –está perfectamente indicado-.

Cañon_AñiscloNos adentramos por la carretera del desfiladero de Las Cambras, una vía asfaltada de una sola dirección que nos regaló unas vistas sobrecogedoras: hoquedades cinceladas por el agua en la roca caliza, paredes esculpidas a zarpazos por el hielo glaciar, saltos de agua impredecibles, pozas que invitan al baño –aunque como es parque nacional no está permitido- y celosías arbóreas que por momentos vedan las vistas sobre el río Bellós con su tupida maraña vegetal.

Al cabo de unos 13 kilómetros estacionamos nuestro vehículo y optamos por la llamada ruta del agua, un paseo circular requetefacilísimo de unos 40 minutos, apto para todos los públicos. Otras opciones eran subir hasta la Ripareta en una excursión que solo ida requería unas tres horas, o incluso continuar más allá, hasta la Fon Blanca, y echarle una horita más de marcha. Huelga decir que ambas opciones eran implanteables para nuestras adolescentes hijas.

El circuito que elegimos pasa por la ermita rupestre de San Úrbez, patrón de la lluvia a quien los lugareños todavía dedican romerías. El viernes estaba cerrada a cal y canto: la verja estaba bloqueada y desde el exterior solo se divisaba lo que parecía un altar cubierto de plásticos, así que no puedo contaros si es bonita, regulín u horrenda.

Otro de los puntos de interés indicados en la ruta del agua es el Molino de Aso, que más que un molino es una ruina con escaso –por no decir nulo- interés. Además de que no se puede acceder a lo que queda de él para observar de cerca la muela, tampoco facilita buenas vistas sobre el río. Os podéis ahorrar el caminillo perfectamente.

Río_AsoMucho más interesantes son el coqueto puente románico que atraviesa el Bellós para llegar a la ermita o la estimulante cascada del río Aso, sin ir más lejos. Que por cierto, el baño estará prohibido en la reserva protegida, pero las actividades deportivas, se ve que no. Misterios de los designios públicos, que hace excepciones donde hay negocio.

Una vez que finalizamos nuestro paseíllo, tomamos de nuevo el coche y comprobamos que la carretera unidireccional desemboca en el mirador de Sestrales –sí, donde nos asomamos el día que hicimos la ruta desde Buesa hasta Buerba-. Desde allí tomamos el camino de regreso en dirección Fanlo, pero nos desviamos un poco para entrar en Nerín, una población diminuta encaramada en la montaña donde los lugareños hicieron caso omiso de nosotros porque estaban enfrascados en los preparativos de su fiesta mayor.

El artesano que trabajaba la madera de boj tenía cerrado el taller, de modo que, un poco resignados, nos dirigimos al único bar del pueblo, el Albergue Añisclo –requetelimpio y, para alojarse, con unos precios imbatibles, http://www.albergueordesa.com-. Nos atendió una anciana menuda y arisca que iba en zapatillas. Después de servirnos salió sin despedirse y ya no la volvimos a ver. Nos sentamos en una agradable mesa a la sombra de una frondosa morera y disfrutamos de uno de aquellos efímeros paréntesis de íntima felicidad: las vistas eran espléndidas, la aldea encantadoramente rústica y la aspereza de los rudos habitantes –que no era por descortesía, sino porque sabían priorizar- tenía su gracia. Hasta que llegó una avispa. Creo que Ángela preferiría enfrentarse a un velocirráptor a escuchar el zumbido de un himenóptero.

Intentamos almorzar en el hotel restaurante Casa Frauca de Sarvisé, aun sabiendo que sería en vano: es el mejor restaurante de los alrededores y está muy solicitado, imposible conseguir mesa sin haber reservado previamente. De modo que nuestra última comida la hicimos al lado de casa, en el Hotel El Mirador, donde escogí unas chuletas de cordero de Broto tan tiernas que se deshacían en la boca, y tan sabrosas como las que preparaba mi abuela. Ñam.

Qué rápido se preparan las maletas y cuánto tarda uno en deshacerlas. Por suerte, al parecer una fresca llovizna pirenaica se coló en nuestro equipaje, así que llevamos un par de días sin notar demasiado el cambio de temperatura, saboreando todavía estas dos semanas de vacaciones en el Pirineo. A ver dónde nos lleva el próximo viaje.

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