Viñedos toscanos

Toscana2012.jpgDesde mi subjetivo punto de vista, los paisajes más arrebatadores de Toscana se ubican en las regiones donde se producen sus más renombrados caldos. Tuvimos ocasión de recorrer las provincias de Arezzo y Siena hace cuatro años, durante una de nuestras escapadas románticas. En las deliciosas colinas delimitadas por hileras de cipreses se cultivan tanto el viñedo autóctono, el Sangiovese o Sangioveto, como el Cabernet o el Merlot. Aunque existen numerosas denominaciones de origen toscanas, las más renombradas son, quizás, cuatro: Chianti Classico, Brunello di Montalcino, Nobile di Montepulciano y Morellino di Scansano. Eso, en cuanto a tintos. Hay un vino blanco, el Vernaccia de San Gimignano, que también goza de cierto nombre, para nosotros incomprensible: lo probamos en Siena y no nos gustó. No obstante, reconozco que somos más de tintos, los blancos como que ni fu ni fa.

El territorio vitivinícola toscano más archiconocido es, sin duda, Chianti, la comarca situada entre Florencia y Siena. A pesar de la mala fama conseguida a causa de las malas prácticas de algunos productores poco escrupulosos, que compran uvas en otros lugares y comercializan vinos de ínfima calidad a los que también llaman Chianti, reporta unos excelentes vinos. Eso sí, hay que prestar atención al etiquetado y buscar la distinción específica de Chianti Classico.

Otra denominación de origen mucho más exclusiva es la de Brunello di Montalcino, cuyo precio es inversamente proporcional a su baja producción. Las bodegas de la localidad de Montalcino son elegantes, refinadas y solo accesibles para quienes cuentan con un alto poder adquisitivo. Corona la localidad su emblemática Fortezza, levantada en el siglo XIV y de acceso parcialmente gratuito: hay que abonar entrada para recorrer el camino de ronda de su perímetro. En uno de sus torreones su ubica la Enoteca La Fortezza di Montalcino. En nuestra opinión, Montalcino tiene un aire un poco esnob. Pero, claro, para gustos, los colores. O los vinos.

Nos pareció mucho más interesante la visita a Montepulciano, con una denominación de origen que, además, es bastante más extensa que la de Montalcino. Su gama alta son los de la categoría Nobile di Montepulciano, que acostumbran a madurar de dos a tres años en barrica antes de ponerse a la venta. Montepulciano es una bonita población medieval encaramada sobre una colina, ubicada estratégicamente entre la Val di Chiana y la Val d’Orcia. A lo largo de su calle mayor se alinean palacetes renacentistas y exquisitos establecimientos de degustación donde saborear y adquirir sus magníficos caldos. Si tenéis ocasión de visitarla, no dejéis de hacerlo.

Los Morellino di Scansano, que se producen en la Maremma grossetana, gozan también de cierto reconocimiento. Sus viñedos crecen en zonas más templadas, cercanas al mar Tirreno. Bolgheri Sassicaia es la denominación de origen más prestigiosa de ese territorio litoral. Se elabora con cepas Cabernet de un área específica del municipio de Castagneto Carducci y lo produce en exclusiva la hacienda Tenuta San Guido de Bolgheri.

88.Vista.jpgLamentablemente, durante nuestra incursión toscana de pareja no llegamos a la Maremma: quedaba demasiado alejada de Cortona, donde nos alojábamos –qué maravillosa estancia, durante cuatro días nos alimentamos de vino y bruschette-. Hoy hemos querido aproximarnos, si no a la distante Maremma grossetana, sí a la población de la Maremma livornesa que teníamos más a mano, Castagneto Carducci, donde de nuevo nos ha sorprendido un aparcamiento gratuito a disposición de los visitantes.

A la entrada de la pequeña localidad ha despertado nuestra curiosidad una indicación, Museo dell’Olio. Nos ha costado un poco encontrarlo porque se escondía en la recoleta Piazzeta della Gogna y más que un museo es un recoveco con cuatro vasijas mal colocadas. Hemos conjeturado que, en realidad, funciona de anzuelo para que los turistas se aproximen a la figura del anarquista Pietro Gori, que desde el pasado 8 de enero cuenta allí con una suscinta exposición –con su correspondiente merchandising de camisetas y bandoleras-, Nostra patria è il mondo entero. Todo un personaje, el tal Gori. Wikipedia me desvela que nació el mismo día que yo –aunque 102 años antes- y que fue poeta, periodista, escritor, compositor, criminólogo y abogado. Tomayá. No obstante, no dispuso de demasiado tiempo para batallas dialécticas porque falleció a los 45 años –con tanta actividad intelectual, seguro que de puro agotamiento-.

89.Mosquiteras.jpgEn una plazuela se secan al sol algunas mosquiteras. Estoy por pedir prestada un par de ellas para sobrellevar nuestra última noche aquí: los insectos autóctonos son inmortales. El tul abunda por Toscana, y no solo como barrera de protección contra los bichos: hemos visto crespones rosas y azules colgados de puertas indicando natalicios, y crespones de velo de novia señalando bodas recientes.

89.TorreonSubiendo una empinada costanilla nos encaramamos al punto más alto de Castagneto Carducci, la obviable rectoría de San Lorenzo, cuyo torreón es neogótico –o sea, fake-. El único interés radica en que desde su escalinata se divisa, allá a lo lejos, el mar.

90.AlbaBijouxEn cambio, paseando cuesta abajo por las callejuelas adoquinadas, mi corazón de urraca se desboca cuando me doy de bruces con la tienda de bisutería más maravillosa del mundo mundial. Ante mis hechizados ojos, un sinfín de pendientes, brazaletes, gargantillas y diademas irradian mil y un brillos refulgentes de preciosas y multicolores tonalidades. El tiempo se detiene y, entre tanto, mi pequeña familia se pudre fuera esperando. Como me reclaman varias veces, no sin gran dolor abandono el hipnótico establecimiento, agarrando cual alimaña mi valioso botín de Alba Bijoux, la marca de la artesana joyera Maria Teresa Buccella. Me siento un poco Gollum con my precious.

No puedo pedirle más a Castagneto Carducci y tampoco queremos abusar de los kilómetros la víspera de nuestra partida, así que nos desplazamos sin prisas entre viñedos y olivares. Intentamos asomarnos a las playas rocosas de Quercianella, en la Costa degli Etruschi, pero desistimos ante la formidable humanidad con que nos topamos. Ya definitivamente de regreso, interminables hileras de coches invaden los márgenes de la carretera, mientras sus usuarios disfrutan de la jornada en Cala del Leone y, más delante, ya en Calafuria –denominada así por el ímpetu de los elementos sobre sus escarpados despeñaderos-, en Scogli Piatti. El litoral al sur de Livorno es fascinante y está repleto de interesantes calas, aunque para los amantes de las playas fácilmente accesibles quizás no sea la mejor opción.

Esta noche nos espera, por supuesto, una botella de Nobile di Montepulciano. Qué gran vino. Brindaremos por nuestras vacaciones toscanas y por las venideras, que quién sabe dónde serán, o si tan siquiera serán: la vida mercenaria es siempre impredecible. Per Bacco!

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Livorno

Tras el mal sabor de boca que nos había dejado el desagradable episodio de ayer en Florencia, necesitábamos un baño de normalidad, así que esta mañana hemos decidido acercarnos a la en principio anodina Livorno.

Livorno fue fundada en 1577 por iniciativa de los Médicis en un pueblecito de pescadores: las malas condiciones del puerto de Pisa les impulsó a encargar a Bernardo Buontalenti la construcción de una nueva dársena en ese enclave. En 1590 Fernando I declaró la ciudad puerto franco, privilegio que perdió en 1860 por la unificación de Italia. Durante la II Guerra Mundial los bombardeos de los Aliados aniquilaron el 90% de la localidad y sus edificios más emblemáticos, entre ellos la catedral, la sinagoga y el legendario faro medieval, obra del arquitecto Pisano y base de las observaciones astronómicas de Galileo Galilei -hoy solo resta su reconstrucción, pagada por suscripción popular y levantada en 1952-. Quizás por ello Livorno se muestra arquitectónicamente caótica. Fincas clásicas desvencijadas conviven con construcciones sin criterio estético y mansiones señoriales, según el barrio por el que te muevas.

73.Livorno_canal.jpgHemos estacionado nuestro coche en un parking público gratuito –el único con el que nos hemos topado en Toscana, cabe decir- y enseguida nos hemos adentrado en la llamada Venezia Nuova, nombre un tanto pretencioso: más que a la Serenísima República del Adriático, los canales de Livorno y sus aledaños recuerdan a la turbia capital de la Campania. No obstante es la única zona de la ciudad que permaneció bastante a salvo de la destrucción bélica y, en consecuencia, lo poco que resta de su antiguo centro histórico.

Venezia Nuova surgió como una ampliación del foso que rodeaba el recinto fortificado. El arquitecto sienés Giovanni Battista Santi se encargó de la planificación y ejecución del proyecto. En su corazón se alza la Fortezza Nuova, levantada entre 1590 y 1604 con objetivos militares. Los ataques aéreos destruyeron la mayor parte de sus instalaciones defensivas, aunque no su muralla perimetral, que hoy cobija un singular parque público.

75.Rest_spagetti_vongole.jpgUn poco más allá, en los alrededores del Mercato Centrale, las paradas al aire libre mostraban sus variopintas y coloridas mercancías, mientras que en el interior del edificio modernista erigido en 1894, la venta de productos frescos –incluso tienen carne kosher- se alternaba con la oferta de exquisiteces gastronómicas para llevar o para degustar allí mismo. Sin embargo hemos preferido almorzar en el Bar Duomo, en las inmediaciones de la reconstruida –más bien replicada- Cattedrale di San Francesco, donde he saboreado un delicioso plato de pasta a la marinera, con mejillones y tomatitos frescos y el toque indispensable del ajo y la guindilla. Los mejores placeres de la vida son, a menudo, los más sencillos.

79.Sinagoga.jpgA la salida nos ha costado identificar un truño indescriptible, a medio camino entre una nave espacial de cemento armado y una escafandra de dimensiones colosales. ¿Será un pájaro? ¿Será un avión? ¡No, es la horrisinagoga perpetrada por el arquitecto Angelo Di Castro! Ser judío y haber sido encarcelado por las leyes raciales del régimen fascista no es suficiente para que te encomienden un encargo de esas dimensiones. O no debería serlo.

80.Livorno_Correos.jpgPaseando por la Via Cairoli descubrimos Il Palazo delle Poste, que alberga la oficina central de correos. Con el inicio del Novecento, en la Via Cairoli se empezaron a demoler algunos inmuebles antiguos a fin de levantar en su lugar nuevos y flamantes edificios, tanto públicos como privados. El primer proyecto de construcción que se acometió fue, justamente, el Palazzo delle Poste, cuyas obras se iniciaron el 5 de octubre de 1919 –se celebró una ceremonia oficial de inauguración-, aunque se completaron 10 años después.

81.Mar_terrazaEn esa época también se pavimentó un pedacito del lungomare de Livorno, la Terrazza Mascagni, que se enlosó en 1925 y se caracteriza por la disposición geométrica de sus baldosas. Su elegante superficie de damero se extiende generosamente creando, más que un paseo, una inmensa y larga plaza junto al mar. Mariola ha decidido caminar por allí descalza –sus zapatos de plataforma la tienen frita-, por lo que sus pies desnudos han ido brincando alegremente sobre las losas blancas, que quemaban menos que sus oscuras vecinas.

Desde allí una escalerilla de acceso invita a bajar al Tirreno, en nuestro caso más para refrescarnos con la brisa y la visión de las aguas cristalinas que para remojarnos. Hemos estado muy a gusto observando cangrejos, sorteando musgo resbaladizo y, por lo que respecta a mis hijas, sumergiendo los pies en las pequeñas pozas entre las rocas.

Livorno ha sido un bálsamo reparador en esta recta final de nuestras vacaciones en Toscana. Qué día tan placentero. A ver cómo decidimos despedirnos mañana.

 

Adiós a Florencia

Hoy hemos regresado a Florencia impelidos por la ilusión de encontrar menos turistas que la semana pasada. Y lo cierto es que la multitud ha sido menos multitudinaria –si me permitís la redundancia- y la temperatura más agradable: a la sombra pasaba un ligero vientecillo, que ya es algo.

Hemos estacionado nuestro coche en el parking-timo del Mercato Centrale –jamás de los jamases entréis en él- y nos hemos dirigido, ufanos en nuestra ignorancia –no sabíamos a qué velocidad ultrasónica discurriría el parquímetro-, al interior del emblemático recinto, que complementa el Mercado de San Lorenzo del exterior. Su elegante estructura en hierro y cristal, obra del arquitecto Giuseppe Mengoni, fue levantada entre 1870 y 1874, cuando Florencia era todavía la capital de Italia.

Ventanales_mercadoLa planta baja es un mercado tradicional donde se pueden adquirir carne, pescado, fruta y verdura, claro, pero también todas esas exquisiteces italianas tan irresistibles: embutidos, quesos, pasta, aderezos… En cambio la planta superior, remodelada a fondo hace un par de años, es un inmenso show cooking amplio y diáfano donde todo ha sido proyectado al detalle para crear un entorno agradable, luminoso y cool –hasta los baños han sido decorados con divertidos vinilos-, a la medida de los numerosos turistas que frecuentan la ciudad y pueden vagar por allí a su antojo entre puestos de hamburguesas, focaccias, vinos o helados. Ver, dejarse tentar y engullir, esa es la idea. Todo se prepara ante los ojos curiosos de los comensales, que incluso tienen a su disposición una escuela de cocina atómica –a años luz de las vetustas instalaciones de la del Mercat de la Boqueria-. Los precios no son precisamente baratos, aunque no a causa de los sueldos de los empleados que trabajan allí: en varios cartelitos te recuerdan, una y otra vez, que les encantará recibir tu propina.

Cerca del Mercato Centrale se alza el Palazzo Medici Riccardi, cuyo patio interior es de libre acceso. A mediados del Quattrocento, Cosme de Médicis Il Vecchio, fundador de la dinastía, desea erigir su residencia privada. Piensa primero en Brunelleschi, el arquitecto de moda de la época, quien le propone un proyecto demasiado ostentoso. El patriarca mediceo prefiere no despertar envidias en la todavía República de Florencia y finalmente encarga a Michelozzo, igualmente eficaz pero mucho más sobrio, la construcción del primer edificio renacentista que se levantó en Florencia.

Paseando por el centro histórico de la capital de Toscana todos los caminos conducen al Duomo, donde una práctica cartelería va avisando a los sufridos turistas en formación de a uno cuánto les queda para lograr entrar. Pierdo la cuenta más allá de la indicación de hora y media y me admira que soporten la espera estoicamente, a pleno sol y sin más distracción que observar las nucas de quienes les preceden. He visto colas parecidas en mi ciudad ante la Casa Batlló, la Casa Milà o la Sagrada Familia. Florencia tiene tanto en común con Barcelona que me causa escalofríos.

Interior_frescosEscapamos de la muchedumbre adentrándonos por la Via dei Servi y descubrimos los primorosos frescos que decoran los techos del Palazzo Grifoni, una mansión del siglo XVI que desde finales del siglo XIX pertenece a la familia Budini Gattai, que lo alquila para eventos de postín.

En la aledaña Piazza della Santissima Annunziata abre sus puertas el novísimo Museo degli Innocenti, que se inauguró el pasado 24 de junio. Todavía está en obras y el interior es solo parcialmente visible, aunque la entrada la cobran al completo. La instalación se ubica en el primer hospicio que se construyó en Europa. El legado del comerciante Francesco Datini fue la fuente de financiación del proyecto, que fue ejecutado por Filippo Brunelleschi. En 1445 comenzó a cuidar a sus primeros nocentini –así se denominaba a los niños que acogían-.

Urna_medallaEn la entrada a la planta subterránea un audiovisual recrea cómo se fueron levantando los diferentes pabellones a lo largo de los siglos, mientras que en otra sala se guardan en 140 cajones los pequeños tesoros de algunos nocentini. Se trata de los objetos y notas personales que las familias depositaban junto a ellos cuando se veían obligados a abandonarlos. Abundan las medias medallas y las porciones de monedas y crucecillas, que denotan cierta esperanza en volver a ver a sus retoños. Cuánta tristeza en esos minúsculos pedacitos metálicos a la espera de su otra mitad. También se pueden revisar las anotaciones de los archivos donde se registraba la entrada de los pequeños, así como conocer cuatro testimonios en vídeo. Tres de ellos son de abuelitas que explican las adversas circunstancias familiares por las que fueron depositadas allí, mientras que el cuarto es el de la hija de una de las nodrizas, que acabó adoptando al bebé al que amamantó cuando solo tenía una hora de vida. Tras cada nocentino hay una historia conmovedora.

En la primera planta se puede pasear por el patio porticado acabado de recuperar, mientras que una galería de la segunda planta alberga obras de Botticelli, Ghirlandaio y Andrea della Robbia, autor de los putti de cerámica que durante siglos han presidido la fachada y son el símbolo de la institución. Los famosos querubines, recién restaurados, pueden verse hasta noviembre en el interior del museo.

Vista_terraza_museo.jpgDesde la azotea se aprecian unas magníficas vistas, aunque los precios del Caffè del Verone impiden sentarse a tomar algo allí: a 3 euros el capuccino, como que no. En cambio por 4 euros puedes saborear un suculento bocadillo en El Panino del Chianti de Via del Bardi, justo cruzado el Ponte Vecchio, a mano izquierda. Es un local mínimo que propone dos tipos de pan con diferentes rellenos. También venden vinos de la zona para tomar allí mismo o para llevar.

Nuestras adolescentes hijas se han puesto muy impertinentes y hemos tenido que desistir de proseguir nuestro paseo. Por suerte, no sé qué nos hubiera costado el parking de habernos quedado más tiempo en Florencia: 29 eurazos por cuatro horas y media de estacionamiento. El importe me ha parecido tan alucinantemente increíble que me he dirigido a uno de los empleados, que casualmente pasaba por allí. Digo yo que su misión es atender a incautos turistas en estado de estupefacción: ante la otra máquina de abono, dos alemanes contemplaban, igualmente atónitos, los 29 euros que les indicaba la pantallita.

– Es un error, la máquina no funciona bien, ¿verdad?

– No, no, es que por la mañana los precios van creciendo.

– Fenomenal. Gracias por el suflé.

Sí, vale, lo comunicaban al entrar en el parking. Pero mal. Muy mal. Tan mal que solo podían hacerlo adrede –me niego a creer que nadie más se haya quejado por esta pequeña estafa-. Así que no me busquéis por Florencia porque no me encontraréis. Para ciudades parquetematizadas y prácticas y precios abusivos, ya tengo bastante con Barcelona, gracias.

Definitivamente, adiós, Florencia.

Cinque Terre desde el mar

La principal razón por la que escogimos nuestro alojamiento en Toscana fue que quedaba a una distancia bastante razonable de La Spezia, desde donde parten con más frecuencia los ferris de la empresa Consorzio Marittimo Turistico Cinque Terre Golfo dei Poeti, que bordean la costa de los deliciosos pueblecitos de Cinque Terre.

A las siete de la mañana se circula sin tránsito por la autopista. Reparo, una vez más, en que el calzio es, sin duda, el deporte rey en Italia, por lo menos por el norte: los campos de fútbol forman parte de la señalética básica y el recurrente pictograma del balón junto con la palabra stadio figuran en la cartelería de cualquier población.

Llegamos a La Spezia poco después ocho. A la entrada ya indican dónde se toman los transbordadores que conectan ese puerto con Portovenere y Cinque Terre. Luego encontrar el muelle desde donde salen los ferris es fácil si te fijas en la aglomeración de turistas e imposible si esperas alguna indicación clara. Ojo con confundirse con el deslumbrante edificio Golfo dei Poeti – Cinque Terre Cruise Terminal, que acoge a los pasajeros de los buques de gran eslora.

Suerte que hemos ido con tiempo, estacionar el coche se convierte en toda una aventura. No vemos ningún parking público por ningún lado, lo que nos parece bastante surrealista, y la zona más cercana al puerto tiene un tope de dos horas. Por fin damos con una zona azul en la que se permite aparcar sin restricciones horarias, pero cuyo parquímetro únicamente admite monedas. A 1’50 euros la hora, vaciamos nuestra hucha –turista que te mueves por la Toscana, y también por Liguria, intenta llevar siempre muchas monedas encima- y nos da para regresar a por nuestro automóvil sobre las cuatro de la tarde. Tendremos que adaptarnos a esa hora límite.

Desayunamos en un quiosco del puerto y nos subimos al primer barco de la jornada, que sale a las nueve y cuarto. Por fin salimos al Mar de Liguria. Mientras disfrutamos de la fresca brisa marina en el sombreado interior, decidimos quedarnos en la embarcación hasta el final del trayecto de ida, ¡se está tan a gusto sin tener que soportar el sofocante calor estival!, ya bajaremos a estirar las piernas en el de vuelta donde más nos apetezca.

61.Pueblo_portovenere6.jpgLa primera población en la que recalamos es Portovenere, cuyas recoletas playas se ven pobladas de bañistas. Sus viviendas de color ocre, teja y marfil, salpicadas por el verde de la carpintería de sus ventanales, dan color y vivacidad a la falda de las colinas en las que se asientan. Se nos suma una pequeña multitud de turistas y la navegación placentera se volatiliza como si nunca hubiera existido. Cuando abandonamos el puerto, madrugadores veraneantes se solazan en los breves arenales de la isla Palmaria, situada a nuestra izquierda. A nuestra derecha, la abrupta costa tapizada de pinos se zambulle verticalmente en el mar.

Mientras el resto de su familia se instala en uno de los balcones de proa, una adolescente italiana se acomoda en el asiento con peor visión y masca, visiblemente asqueada, algunas galletas. Entre tanto, mis hijas sestean, que es otra manera de escabullirse de la navegación panorámica. Tres o cuatro pasajeros pasean por el barco empapados, al parecer alguna maniobra ha originado una salpicadura hostil. Otros lucen un rostro de alabastro que evidencia desagradable marejadilla. Amo la biodramina, afortunadamente los cuatro hemos tomado nuestra primera dosis antes de embarcar.

52.Riomaggiore.jpgLas casas de Riomaggiore se apiñan en alegre promiscuidad en una hendidura entre dos colinas. Desde nuestro transbordador se distigue, como si estuviera dibujada sobre la roca, la barandilla de la vereda que orilla la costa hasta Manarola. Se adivina una bonita caminata entre ambas poblaciones al atardecer. Bastante más arriba se ve la carretera que permite acercarse allí por vía terrestre, el regreso al parking ha de ser como una penitencia. En cambio el tren atraviesa el pueblo muy cerca del litoral, lo que reafirma el recurrente consejo para visitar Cinque Terre: mejor en ferrocarril o por mar.

53.Manarola.jpgTras fondear en Riomaggiore, recuperamos la baja densidad de pasajeros y enseguida llegamos a Manarola, cuyas edificaciones se retrepan a algunos metros de altura sobre el puerto. Quizás por ello es la localidad menos populosa si exceptuamos Corniglia, que carece de acceso por mar y vive a espaldas a él, a pesar de tenerlo tan cerca. Y sin embargo, qué bonita estampa ofrece desde nuestro ferri.

Enseguida aparece Vernazza, que se apoya sobre un estuario que le resta verticalidad. En efecto, su estructura urbana es más apaisada, aunque no tanto como la de Manarossa, la mayor población de esta lengua costera de a cinco y último enclave del periplo.

Sobre las once y media, una vez completado el recorrido de ida, nos damos cuenta de que los horarios de la naviera son un tangram y nos obligan a hacer una pausa de poco más de media hora en Vernazza y luego desplazarnos a Portovenere para almorzar y tomar el único ferri que llega a La Spezia antes de las cuatro. La vida del turista es, a menudo, trepidante.

Mientras esperamos para desembarcar en Vernazza –antes debe salir un catamarán que va en dirección contraria a la nuestra-, nos entretenemos en contemplar los huertecillos dispuestos escalonadamente sobre las laderas. Es una manera respetuosa y sostenible de adaptarse a la orografía que por estos pagos se practica desde hace siglos.

Vernazza es un pañuelo abigarrado de tiendas y restaurantes en cuyas fachadas han hecho mella los zarpazos de la erosión marina. La estación de tren queda en el corazón de la aldehuela, de modo que es una muy buena opción para alojarse si se viaja con maletas y se puede invertir más tiempo en recorrer la zona. Mientras saboreamos unos helados artesanales, observamos la frenética actividad de tres ancianas lugareñas, que refrescan las candelas y las flores de su minúscula capilla mariana.

49.mar.jpgLa embarcación que nos traslada desde Vernazza hasta Portovenere es más modesta y sus asientos son de madera. A mí me gusta muchísimo más. Ingerimos nuestra segunda y necesaria dosis de biodramina y nos dejamos acariciar por el agradable vientecillo, la mirada prendida del estimulante paisaje. Mientras observo las casitas diseminadas por las cimas de las montañas costeras, reflexiono que, cuando el nivel del mar ascienda a causa del deshielo ocasionado por el cambio climático, esas coquetas villas tendrán las aguas al alcance de la mano. Y el resto perecerá bajo el mar.

62.Pueblo_portovenere5Al ir a contrapié de los horarios locales –en Italia se almuerza requetetemprano-, nos colamos en la Via Giovanni Capellini de Portovenere, que se desliza justo por detrás de las terrazas del puerto, y a las dos encontramos mesa para comer en la minúscula osteria Bacicio. Nos atiende una camarera simpatiquísima que nos habla en perfecto castellano. Cuando se lo comento, me responde que ha vivido 15 años en Valencia y que su hija reside allí. Enseguida añade que ella también se mudará allí más pronto que tarde porque ya no aguanta más a sus compatriotas. “Y eso que yo soy italiana, ¿eh?”

Mientras paladeo unos sabrosos spaguetti vongole, mi plato de pasta preferido, me digo que, en realidad, insufribles somos todos los que llegamos en pequeña invasión. Conviene tenerlo presente y ser lo menos intrusivos posible, porque, turisteo al margen, qué hermosas vacaciones proporciona la costa de Liguria a quienes adoran el mar mediterráneamente.

Museo Leonardiano de Vinci

44.VinciA Leonardo le nacieron en Vinci –no está claro si en el castillo de su familia paterna o en una casa de Anchiano, a 3 km de allí-, una apacible aldehuela toscana cuyo mayor mérito es que la joven campesina Caterina pariera allí al hijo ilegítimo del acaudalado notario florentino Ser Piero Fruosino di Antonio. Gracias al poder adquisitivo de su progenitor, que reconoció en él un portentoso talento, pudo ingesar como aprendiz en el taller del artista florentino Andrea Il Verrocchio. Permaneció luego 17 años en la corte milanesa de Ludovico Sforza en calidad de pinctor et ingenierius ducalis. Tras dos breves estancias en Mantua y Venecia, regresó a Florencia y posteriormente fue alternando la capital de Toscana con Milán. Sus útimos años trascurrieron en el Vaticano y en Francia, donde dispuso ser enterrado. Enumero todos los lugares donde se desempeñó Leonardo para reflexionar sobre el escaso –o nulo- interés de que hubiera nacido en Vinci o en San Quirico d’Orcia y la ecasa –o nula- querencia que mostró por su ciudad natal. Paradójicamente, lo que expone el Museo Leonardiano de Vinci se refiere, fundamentalmente, a todo lo que su inquieta mente ideó bastante lejos de allí. En fin.

Aunque en su época fuera principalmente valorado por su obra pictórica, hoy todavía asombra la ingente producción del protípico hombre del Renacimiento en ámbitos tan variados como la arquitectura, la biología, la cartografía o la ingeniería. Es justamente a su faceta científica a la que está dedicado el recorrido expositivo del Museo Leonardiano de Vinci, que se desarrolla en tres inmuebles diferentes. Bueno, en realidad en dos, porque la presunta Casa Natal de Anchiano, aparte de estar ubicada en un lugar muy agradable, carece de interés: no aporta nada que no pueda encontrarse fácilmente en estudios de referencia.

foto_vinci_131En la Pallezina Ucelli se presentan algunas máquinas de construcción, haciendo especial hincapié en la cúpula de la catedral de Santa Maria dei Fiore de Florencia, obra de Brunelleschi en la que colaboró Leonardo cuando era aprendiz de Andrea Il Verrocchio. En la sección dedicada a la producción textil se explica que la hiladora proyectada por Leonardo, cuya reconstrucción se expone en el museo, se basa en la rueca con huso de aleta. Otros avances relacionados con la manufactura textil son diferentes dispositivos de corrección de incidencias, uno de los aspectos que obsesionaban a Leonardo por su pertinaz perfeccionismo.

vuelaLa segunda parte del trayecto leonardino continúa en el Castello dei Conti Guidi, donde se hace un repaso a otras vertientes del sabio del Cinquecento: una lira construida a partir de unos textos de Vasari nos acercan al músico y lutier, otra sala nos habla de su vertiente como ingeniero militar, y otra más de su afición a mecanismos tan ingeniosos como un dispositivo antifricción, mutte, para el campanario de la catedral de Saint-Étienne de Metz, algunas de sus mejoras para ruedas dentadas y maquetas de sus artilugios voladores. Un higrómetro, un inclinómetro, un anemómetro a láminas y un medidor de la velocidad del viento o del agua son algunas de sus originales invenciones para medir elementos atmosféricos y determinar mejor las posibilidades de éxito del hipotético vuelo humano al que tanta energía destinó. Su cerebro vasto y portentoso se desplegaba en los mil y un detalles de cada propósito que se marcaba, a fin de que no hubiera margen de error. Así es cómo funcionaba su mente. Esa obcecación en su búsqueda de la perfección le convirtió en un experto de tribología: siempre tenía en cuenta la fricción para predecir el comportamiento de las ruedas, los ejes y las poleas de sus aparatos, ya que sabía que limitaban su rendimiento.

motor-vinciEn el piso de arriba se muestra un cabrestante florentino del siglo XVII o XVIII y una reproducción de la grúa de linterna de plataforma anular de Bonaccorso Ghiberti, que ayudan a comprender mejor la construcción de la linterna que culmina la cúpula de Brunelleschi. En la sección automoción pueden verse un modelo de bicicleta atribuido a un discípulo de Leonardo, Gian Giacomo Caprotti, alias Salai, y el protopipo de un motor de autopropulsión, aunque se sospecha que más bien se trata de un automatismo creado para representaciones teatrales. Más adelante se pueden apreciar una recreación de la escafandra ideada por Leonardo, una máquina para pulir espejos y estudios anatómicos sobre el ojo humano que le llevaron a interesantes conclusiones sobre óptica, como la cámara oscura. El último tramo del itinerario está destinado a las norias que Leonardo diseñó para que funcionaran como motores de embarcación. Si todavía no se hubiera inventado la rueda, seguro que hubiera sido capaz de imaginarla.

Al finalizar el periplo museístico leonardiano me pregunto qué hubiera pasado si, en lugar de patrocinar sus dotes artísticas, los nobles de la época se hubieran dedicado a financiar sus inventos. Quizás ciencias y humanidades hubieran discurrido en paralelo y en armonía y el mundo sería hoy un poco mejor. O tal vez no, las ciencias hubieran tomado protagonismo de manera más temprana y ya ni tan siquiera existiríamos.

En cualquier caso, qué personaje tan fascinante fue Leonardo da Vinci.

Lucca

Mi amiga Montse, cuyo hijo mayor está estudiando ingeniería aeronáutica en Pisa, me había avanzado que Lucca me iba a encantar. Y tenía razón. Desde ayer es mi ciudad toscana preferida.

37.Fachada_traseraLucca fue fundada por los romanos y fue el escenario del primer triunvirato de César, Pompeyo y Craso. El trazado romano de sus calles se ha preservado bastante, aunque los edificios de su centro histórico datan, fundamentalmente, de la Edad Media y el Renacimiento. De hecho, del antiguo anfiteatro romano solo restan su forma ovalada y algunas arcadas: los lugareños utilizaron los sillares de piedra para construir sus casas y hoy el lugar es una pintoresca plaza abarrotada de terrazas.

Como hemos llegado temprano, hemos podido aparcar fácilmente en la zona azul intramuros y enseguida hemos accedido a la ciudad atravesando la Via del Fosso, con su refrescante y encantador canal, para entrar por la Porta San Gervasio, que se llama igual que nuestro barrio de Barcelona.

El primer monumento de Lucca que hemos visitado es la Torre Guinigi, una estructura de ladrillo del siglo XIV que se eleva a 44 metros del suelo. La escalera que trepa por el interior de la singular fortaleza vertical -230 escalones- es metálica e impresiona un poco subir por ella si, como yo, padeces de vértigo. Además su barandilla te pringa de un óxido adherente que permanece en la palma de tu mano como una segunda piel. Os recomiendo llevar encima toallitas higiénicas si decidís acometer el ascenso, nosotros las echamos en falta. Eso sí, una vez arriba, las vistas son preciosas y se comparte terraza con los siete robles centenarios que coronan la azotea.33.Lucca_torre_guinigi_vistas.jpg

Existe una entrada combinada que permite visitar la Torre Guinigi y el punto más elevado de la ciudad -50 metros de altura-, la Torre delle Ore, que marca las horas desde 1390. No obstante el reloj actual se instaló a mediados del siglo XVIII. El ascenso por sus 207 escalones de madera originales me pareció mucho más llevadero, aunque la escalera es estrecha y empinada. Antes de alcanzar la cúspide se pueden observar los engranajes y ruedas del mecanismo del reloj, al que todavía se da cuerda manualmente.

La Torre delle Ore se ubica en Via Fillungo, la principal calle comercial de Lucca. Callejear por la ciudad es una experiencia muy agradable: los lugareños son discretos y exquisitamente educados y, mientras se desplazan sobre sus bicicletas, exhiben una paciencia infinita con los turistas. En una tienda de vinos y exquisiteces locales, un simpático cartel es toda una declaración de principios, además de una de las frases favoritas de mi amiga Eva: “Life is too short to drink bad wine”. Cuánta razón. Un poco más allá, en Zazzi Dallamano, una artesana teje en su telar primorosos pañuelos de cashmere, seda, lino, algodón y lana. Resulta fascinante contemplarla mientras trabaja. En cualquier esquina te topas con una zapatería maravillosa, repleta de preciosas sandalias rojas, fucsias, verdes o amarillas. Todo el calzado que yo me pondría lo tienen aquí, cielos, qué tortura refrenar las ganas de quemar la VISA.

38.Lucca_pmenúA la hora del almuerzo el calor es asfixiante y empezamos a buscar algún lugar con aire acondicionado, imposible permanecer en las terrazas, que están repletas de comensales -¿serán ignífugos?-. En los alrededores de la populosa Piazza Anfiteatro entramos a comer en el restaurante Tre Merli, que es bonito y acogedor y ofrece un apetitoso menú de 14 euros: carpaccio de buey con rúcula y grana padano, pasta casera con pesto y una botella de agua de 75 cl. Todo delicioso, todo perfecto.

39.Lucca_SanFredianoPor la tarde nos acercamos a la iglesia de San Frediano, consagrada a un irlandés que recaló en Pisa y Lucca allá por el siglo VI. Se trata de un magnífico templo de brillante fachada de mármol que luce un impactante mosaico en su friso. En su interior se conserva –y exhibe- el cuerpo momificado de Santa Zita. El disecado cadáver resulta casi tan turbador como el recurrente Museo de la Tortura, que también abre sus puertas en Lucca. Empiezo a pensar que existe una franquicia toscana dedicada a comercializar las perversiones humanas.

Una de las características más singulares de Lucca es su recia muralla, erigida de 1544 a 1650, que ha permanecido insólitamente intacta, al igual que la urbe medieval que alberga en su interior: mientras fue república independiente, la ciudad-estado de Lucca jamás fue atacada. Sobre los firmes muros de piedra discurre un agradable circuito arbolado de casi 4 km de longitud por el que circulan peatones y bicicletas. Pasear por el sendero de ese vivificante parque público perimetral nos proporcionó un tonificante respiro. Es un recorrido altamente recomendable.

43.Lucca_SanMichelle3Tras la caminata por el camino de ronda, finalizamos nuestro periplo en la iglesia San Michelle in Foro, una admirable construcción cuya arquitectura recuerda a los edificios de la Piazza dei Miracoli de Pisa y que, como su propio nombre indica, fue erigida sobre el antiguo foro romano en el siglo VIII, aunque su aspecto actual data de mediados del siglo XII. Buscando el aire acondicionado –nunca sin él-, en la cercana Caffetteria Turandot mis hijas escogieron dos granizados infectos a 5 euros cada uno. Cosas del turisteo, a veces aciertas, a veces te dan ganas de estrangular a alguien. O de entrar en Trip Advisor, que siempre reconforta.

Mar y montaña toscano

Hoy Mariola se ha levantado de un brinco a las siete de la mañana. Era el día en que habíamos previsto acercarnos a Pisa y estaba emocionadísima, quería hacerse esa absurda instantánea haciendo como que aguantas el archifotografiado monumento. Cosas de la adolescencia.

El cielo nos ha obsequiado con una tregua climatológica de densos nubarrones. Contemplar el día tormentoso por la ventana nos ha animado a echarnos a la calle a toda velocidad y en 20 minutos estábamos en Pisa observando atentamente la mutante arquitectura urbana, en la que cohabitan regios inmuebles señoriales con bloques de apartamentos chatos y desvencijados. Seguro que luce mucho mejor de septiembre a junio, con sus miríadas de estudiantes universitarios rebosantes de alegre juventud.

27.PisaPara llegar a la Piazza dei Miracoli basta con seguir el rastro de los manteros –ahora que caigo, en Florencia no nos topamos con ninguno, ¡qué exótico!-. Pululan por los alrededores desde muy temprano porque saben que los primeros grupos de turistas españoles y asiáticos desembarcan de los pullmantours antes de las nueve. Ahí están todos, diseminándose por el recinto en pequeños rebaños y concentradísimos en hacerse la foto de Mariola, en lugar de contemplar el impactante conjunto monumental románico, pulcro y refulgentemente immaculado. Hay quien ve la vida pasar a través de la pantalla del móvil.

Al final son las dos niñas de mis ojos las que se hacen la foto simulando que sostienen la torre inclinada, digo yo que lo próximo será que salgan a cazar pokémones. Claro que ellas son púberes y se les pasará. En cambio, resulta la mar de entretenido analizar los movimientos de una señora con chándal fucsia y zapatillas de cuña, arreglada pero informal, intentando posar para la foto de marras. Por no hablar de la jovenzuela que cree que es una avezada fotógrafa y se tira al suelo –ese pavimento hollado por trillones de turistas- para captar una imagen de la torre en contrapicado. De momento el espectáculo me está saliendo gratis. Aunque por poco rato, hay que pasar por taquilla.

30.Baptisterio_extNos acercamos a la biglietteria y leemos en un panel la mar de didáctico que subir a la torre cuesta 18 euros por cabeza, entrar en un monumento, 5, ver dos monumentos, 7, y verlos todos, 8. Escogemos visitar únicamente el Battistero, cuyo primoroso exterior, con su base románica y su cúpula gótica, parece promotedor. Por el mismo precio, nos comenta la taquillera toda ella sonrisas, nos obsequia con la entrada al Duomo, que abre a las diez.

Entramos en el Battistero y la bóveda está desnuda, incluso parcialmente desconchada. El púlpito, la pila bautismal octogonal y los mosaicos del suelo son los únicos elementos con algún motivo decorativo. Y ya. En fin.

Cuando salimos todavía falta un buen rato para que abran las puertas de la catedral. Los turistas se agolpan para acceder a ella y para subir a la famosa torre mientras un par de soldados, apostados junto a su vehículo militar y pertrechados con sendas metralletas, escrutan la creciente multitud en busca de algún sospechoso. Se les acercan dos carabinieri, que empiezan a charlar con ellos amigablemente. Los vigías de occidente contra el terror, que es incontrolable: me pregunto qué podrían hacer esos muchachos en caso de atendado, aparte de morir matando, y de pronto siento lástima por ellos. No esperamos más y abandonamos el lugar sin más dilación.

Todavía no nos habíamos acercado al mar, así que allí que nos vamos. Concretamente, a Viareggio, una extensa localidad que bordea el mar Tirreno durante kilómetros de playas, la mayoría de ellas privadas. El enclave lo puso de moda la hemana de Napoleón, Paulina Bonaparte, que mandó construir allí su palacete de verano en 1820. Los jueves hay mercadillo, como nos había advertido nuestra anfitriona, y las paradas con ropa de diferentes calidades invaden toda la passegiata, el paseo marítimo que en su tramo más cercano al puerto presenta hoteles y mansiones modernistas y, entre las playas y el paseo, graciosas construcciones de dos plantas estilo Belle Époque. En un extremo de la vasta pineta di levante, un grupo de idealistas ha montado su particular festival de verano y ofrece entretenimiento cultural bajo el lema “Avanti popolo, partigiani sempri”. Nos escabullimos del bullicioso gentío y nos escapamos a airearnos a la pineta di ponente, un pequeño bosque que goza de un agradable microclima en pleno corazón de la ciudad.

Pensando que quizás no es buena idea almorzar en Viareggio, o más bien que nos va a costar mucho encontrar un restaurante de nuestro gusto, nos subimos de nuevo al coche y nos dirigimos a Montecantini Terme a buscar algún lugar donde tomar un buen plato de pasta –es la dieta recurrente del viaje-. Objetivo fácil: en la apacible población balnearia enseguida damos con el bar-cafetería Cibus. Un lugar familiar, cómodo, tranquilo. Nos instalamos en la terraza y volvemos a saborear nuestro aperitivo toscano preferido –con permiso de los crostini y las bruschette-, las olive all’ascolana, esas aceitunas acroquetadas que nos pirran.

En cuanto saciamos nuestro apetito, nos llegamos a Montecantini Alto, el asentamiento original medieval, hasta donde también se puede acceder a bordo del coqueto funicular que fue inaugurado en 1898 –asistieron invitados tan ilustres como Giuseppe Verdi-. Qué agradable sorpresa asomarse a esta aldehuela diminuta y apacible. No sé si nos arrebata por su encanto, o porque no está infestado de turistas como nosotros, o porque corre una fresca y vivificante brisa que nos da la bienvenida y nos acompaña durante toda nuestra caminata. Supongo que, al fin y al cabo, experimentamos nuestras vivencias de una manera más orgánica de lo que parece. De hecho, ahora mismo siento que debo acabar de escribir estas líneas porque un microchupóptero indestructible me está mordisqueando los tobillos, qué fastidio. Cuando llegue el fin del mundo, los mosquitos dominarán el planeta. Palabra de bípeda.