Ocho locas en Jerez

“Lo tengo todo a punto. ¿Por dónde andáis? Preguntadle al taxista, son muy simpáticos”. Y ya nos da la risa. “Dice que estamos atravesando la Avenida de los Sementales”.

Cuando Dolors nos propuso hace unos meses una escapada a Jerez de la Frontera, enseguida nos precipitamos a la web de Ryanair a reservar nuestros vuelos, cada una desde nuestros distantes rincones de la aldea global: Andorra, Barcelona, Cardedeu, Dubai, Matadepera y Rotterdam. “Yo llegaré un día antes para prepararos la bienvenida”, avanzó Dolors. Trantrantrán.

De Dolors me admira, sobre todo, su rara habilidad para soslayar impertinencias sin perder la compostura, con flemática elegancia y, por supuesto, sin dar voces. Es una mujer fabulosa en todos los sentidos, y nos ha agasajado con un fin de semana inolvidable en ese Jerez de sus amores en el que está echando raíces poco a poco, como una exuberante buganvilla.

jaima“¡Eo, chicas, estoy aquí! ¡Ahora bajo!” La vemos saludándonos desde la azotea del edificio y tarda un rato en asomarse a la puerta. Y sí, el casoplón que será nuestro pied-à-terre –no cabíamos en su coqueto apartamento jerezano- es solo para nosotras, con sus cuatro dormitorios, sus cuatro baños, su patio interior andaluz y, lo mejor: una terraza entoldada, en plan jaima, con un refrescante vaporizador y unas vistas incomparables a la Iglesia de San Miguel. Clinclonc clinclonc clinclonc clinclonc clinclonc. Las cinco de la tarde, hora de merendar. Cerveza, vino blanco y cositas ricas antes de acercarnos a la escuela de flamenco reservada para nosotras por una maestra de excepción: nuestra queridísima amiga y anfitriona. Vámonos pallá.

Antes de empezar, Dolors nos asegura que el flamenco es mucho más que el cante y el baile. Es toda una forma de vida. Y nos habla del respeto reverencial con que debe relacionarse con él el foráneo: pobre de quien se le ocurra lanzarse a hacer el payaso cuando los jerezanos, que se sienten guardianes de ese arte que llevan en vena, improvisan una jarana en menos que cae un fino. De cómo la técnica sirve de poco si no se canta y se baila desde el estómago. De la epifanía de sentir que tienes el duende. De compases. De palos –alegrías, bulerías, tangos-. De Cádiz, Jerez y Triana. Me encantaría continuar escuchándola, pero hay que empezar a bailar.

Intento ese femenino y asombroso mariposear de manos, pero solo consigo que mis torpes dedos se muevan a la manera de las tenazas de un buey de mar. Persevero con algunos pasos básicos y constato que mi imagen reflejada en el espejo se parece bastante a la versión femenina del monstruo de Frankenstein. Así que desisto y Chantal se refugia a mi vera, muy a la verita mía. Ambas observamos desde una esquina cómo nuestras voluptuosas amigas cimbrean sus caderas siguiendo las indicaciones de Dolors, que se mueve como una diosa.

Tras la clase, cervecita fresca en la Plaza Plateros –qué bien la tiran en Jerez- y para casa a engalanarnos. Algunas duchas, risas y taconeos después, y tras otear las posibilidades que nos ofrece la noche, Dolors, nuestra guía espiritual y flamenquil, opta por el mesón Antonio, en la plaza Asunción, donde por el precio de la opípara cena –excelentes las puntillitas y las coquinas- disfrutas del club de la comedia gracias a un camarero que habla igual que Gilda Love, pero en hétero. Qué salao. Lo mismo pone el abrebotellas en modo pinganillo para hablar con Shakira, que nos va piropeando alternativamente con desparpajo y gracejo –atención, chicas que me estáis leyendo: si algún día tenéis un bajón de autoestima, pasaros un ratito por Jerez y os sentiréis las hembras más hermosas del planeta-.

Cuando el sábado por la mañana nos echamos a la calle, notamos que el calor se viene parriba, como nosotras mismas. Desayunamos en el evitable La Vega de la Plaza Esteve, donde nos sirven tarde, caro y mal, pero Núria puede comer los prototípicos churros. Está al lado del Mercado Central de Abastos, cuyos precios nos dejan ojipláticas: cerezas picotas a 3 euros el kilo, cañaíllas frescas a 6, a 12 la ventresca de atún de la cercana Barbate –donde por cierto reside una pequeña colonia de japoneses que hablan con gracioso acento gaditano-. Las paradas del mercadillo de los aledaños ofrecen prendas a precios inverosímiles. Bikinis a 1 euro, por ejemplo. Unbelievable.

Hay que apresurarse. Las tiendas cierran sobre la una y media –el sábado por la tarde Jerez parece una ciudad fantasma del desierto de Arizona- y todavía no he ido a Fátima Canca, en el Pasaje Santo Ángel del número 6 de la calle Tonería. Tengo una misión: encargar unos zapatos de flamenca para salir a petardear. De piel, hechos a mano y a medida, escojo tipo de tacón, material, diseño, color y bordado. Mi amiga Dolors me los traerá cuando regrese de sus vacaciones de agosto, ¡viva! Será mi autoregalo de cumpleaños.

El Festival de Jerez es el certamen internacional de flamenco más importante del mundo. El juez más temible, quien decide si el espectáculo que allí se estrena tendrá éxito o no cuando esté en gira, es el experto público que se arremolina en “La Reja” tras las representaciones en el vecino Teatro Villamarta. En la pasada edición, cuando la talentosa granadina Fuensanta La Moneta presentó “Paso a paso”, disfrutó de una ovación de cinco minutos de aplausos en el emblemático tabanco donde Dolors nos sugiere almorzar.

lasOchoCuando llegamos a “La Reja”, el establecimiento se ve prácticamente vacío, de modo que podemos escoger dos mesas gemelas y encaramadas, que parecen el trono del lugar. En la pizarra, la oferta del día: salmorejo, ensaladilla rusa, pulpo, cola de toro y secreto. Una maceta –la medida de cerveza jerezana- más una tapa, 2 euros. Tres tapas por cabeza –y qué tapas, el pulpo se deshace en la boca- nos bastan y nos sobran.

Por la tarde, siestas, confidencias y gintonics bajo la jaima vaporizada. Y, cuando menos lo esperamos, la guinda del pastel: la salida de los invitados de una boda de postín en la Iglesia de San Miguel, que podemos contemplar desde nuestro mirador privilegiado con todo lujo de detalles. Criticamos como locas –y aún nos quedamos cortas: tanto pijerío para luego dejar la plaza hecha unos zorros-, nos admiramos del colorido de los vestidos de las féminas –ni un solo vestido negro- y gritamos “viva los novios” arrebatadas.

LolaFloresHemos reservado mesa para nuestra noche flamenca y entre risa y risa se nos echa el tiempo encima. La segunda sesión de maqueo tiene un plus: a medianoche Mireia empezará a celebrar su cumpleaños. Estrena vestido y sombra de ojos y está radiante. Acicaladas como pimpollos nos llegamos a la casa donde nació Lola Flores –que permanece cerrada por deseo de su propietario, un ferviente admirador-, quien al parecer bailaba desnuda para los gerifaltes del franquismo –incluyendo “Paca, la Culona”-.

RocíoA pesar del perico –abanico king size– que agito cual ventilador, el calor es sofocante en el Tabanco El Pasaje –calle Santa María número 8- mientras esperamos a que empiece el espectáculo. Entre tanto llegan las tapas, las cervezas y el fino y el único regocijo nos lo da el apuesto mozo, que nos alegra la vista y nos hace más liviana la espera gracias a su diligencia –otro agua, otra cerveza, otro vino, por favor-. Por fin suben a la tarima Rocío Parrilla, que canta con tanto sentimiento cuando abandona el micro que nos saltan las lágrimas, y Antonio Jero, que la acompaña –divinamente- a la guitarra. “No me llames Dolores, llámame Lola, que ese nombre en tus labios sabe a amapola”.

Mientras abonamos la cuenta que han escrito con tiza en la barra, Andrew, un renombrado lutier inglés que se ha mimetizado con su tierra de adopción –no producirá más guitarras hasta noviembre porque ha reunido lo suficiente como para disfrutar de Jerez durante los próximos meses- nos recomienda que continuemos la noche en El Guitarrón de San Pedro, en Bizcocheros 16.

Llegamos cuando Juan Lara al cante y Jesús de Rebeco al toque están acabando su actuación, que se alarga insospechadamente porque el clan Carpio y Manuel de la Momi se arrancan para prolongar la fiesta. Qué gran regalo de cumpleaños para Mireia, que a medianoche nos tiene que soportar, a voz en grito, aullándole el inevitable cumpleaños feliz. Ruido de fondo para los profesionales que unos metros más allá, ajenos a la estridencia, continúan con su jaleo cañí.

Nos quedamos enganchadas al maravilloso espectáculo que se despliega espontáneamente ante nuestros ojos y acabamos entablando conversación con el mismísimo Manuel y con su encantadora novia, Pepa, que se encarga de coordinar las visitas a las Bodegas Williams & Humbert, 100% jerezanas a pesar de su británico nombre, y nos revela que el recorrido de los viernes incluye el acceso a su pista ecuestre para contemplar a sus caballos andaluces de pura raza –qué bellos y esbeltos ejemplares se aprecian paseando por Jerez-.

A punto de cerrar el local, nos invitan a la noche flamenca puertas adentro. Qué extraordinario privilegio. No obstante, declinamos la tentadora oferta porque nos sentimos incapaces de permanecer despiertas hasta que amanezca, y escaparnos antes sería una imperdonable falta de cortesía. De modo que finalizamos nuestra incursión nocturna en el Damajuana, local abarrotado donde pinchan eclécticamente música ochentera –hacía siglos que no escuchaba a Los Ronaldos- y se congrega tout Xérès. Duramos poco allí porque la aglomeración y la algarabía obstaculizan las dos únicas actividades que nos interesan: bailar y conversar. Así que, tras apearnos de nuestros tacones y retirar las máscaras de afeites, lunares, sedas y brillos, nos cobijamos bajo la jaima de casa en íntima charla bajo las estrellas.

A la mañana siguiente, con las maletas dispuestas y todo en orden, tras el abrazo colectivo con que continúa la celebración del cumpleaños de Mireia –emotivo discurso de la interfecta mediante-, salimos a desayunar a la carrera a La Parra Vieja, en el número 9 de la calle San Miguel, al ladito de casa: nada mejor que carecer de café para arrancarnos de ese dejar discurrir las horas perezosamente tan nuestro. Molletes para todas –de jamón, de jamón y queso y de melba- y café con leche hirviendo –a la jerezana-. Qué sofoco.

El implacable sol nos acompaña hasta la Alameda, que más allá del estío alberga un concurrido rastro los domingos por la mañana. El Patio de San Fernando del Conjunto Monumental del Alcázar, que se alza majestuoso ante nosotras, acoge cada viernes de julio y agosto sus Noches de Verano Jerez 2015, que incluye otros espectáculos en los Claustros de Santo Domingo y en la Plaza de la Asunción. La visita del Alcázar y la famosa Cámara Oscura del Palacio de Villavicencio, un ingenioso juego de lentes y espejos creado por los árabes que permite divisar la ciudad a vista de pájaro, queda postergada para una próxima ocasión.

Bordeamos las calles cobijándonos en los escuetos laterales umbríos que se deslizan bajo los voladizos. No se divisa ni un alma en varios metros a la redonda y arden los adoquines y las palabras hasta el vahído.

A la hora del almuerzo nos refugiamos en el El Asador, donde el aire acondicionado nos da cierto respiro y los camareros cuchichean cuando nos oyen hablar en catalán. Tomamos unas tapas, las fumadoras entran en combustión en la tórrida sombra de la terraza y nos empezamos a ir, ahora sí. Porque ir a por las maletas es iniciar un poco la despedida. Aunque lo cierto es que nunca te acabas de ir de Jerez. Que se lo digan a Dolors. Lo supo expresar muy bien –como tantos otros sentimientos y emociones- Federico García Lorca:

“¡Oh, ciudad de los gitanos!

¿Quién te vio y no te recuerda?

Que te busquen en mi frente,

juego de luna y arena.”

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Guionistas y cineastas pioneras

Este mes de julio me he inscrito en el seminario “Pioneres del cinema”, que imparten Ingrid Guardiola y Marta Sureda en el Institut d’Humanitats de Barcelona del CCCB. Cada nueva y estimulante lección me impele a ampliar información sobre los múltiples fragmentos que se van pespunteando en el aula, a la manera de un gigantesco y armónico patchwork.

aliceguyLa primera sesión, “Guionistas: la perspectiva femenina desde la retaguardia”, versó, básicamente, sobre las guionistas de las primeras décadas del siglo XX. Quien puso la primera piedra fue la francesa Alice Guy, que en cuanto vio “La Sortie des Usines Lumière” de los archifamosos hermanos –un mero testimonio documental, sin ninguna intención narrativa- vio clara y diáfanamente el asombroso potencial de ese nuevo soporte. De modo que dirigió la primera película con vocación artística, “La Fée aux Choux” (1896), adelantándose en unas semanas a Georges Méliès. Aunque eso a Ingrid y Marta les da bastante igual: lo importante no es saber quién fue primero en qué, como si se tratara de una competición olímpica, sino que un grupo de personas, en un mismo marco temporal -con frecuencia solapándose y a menudo coincidiendo sin saberlo-, gracias a ciertos avances técnicos fueron creando eso que luego se calificó como séptimo arte.

loisWeberAlice Guy contagió su pasión por ese nuevo medio de expresión a la primera guionista norteamericana, Lois Weber, una mujer fascinante –la primera que realizó un largometraje- que escribía, dirigía y montaba sus propias creaciones como ejercicio de reflexión de la realidad que la rodeaba: el control de la natalidad, las clases sociales más desfavorecidas, el alcoholismo, la prostitución o la pena capital son algunos de los temas que abordó Lois Weber –desde su punto de vista conservador y muy de su tiempo-, hoy prácticamente ignorada, como tantas otras mujeres ninguneadas en esa historia escrita en masculino. Como viene al caso, aprovecho para apostillar que la toma de conciencia sobre el androcentrismo del pensamiento occidental me lo inculcó hace más de dos décadas Amparo Moreno, Catedrática de Historia de la Comunicación en mis felices años de facultad.

anitaLoosOtras guionistas de la época del cine mudo fueron la ingeniosa y ácida Anita Loos, que dotó de cierto carisma al atlético Douglas Fairbanks –los espectadores esperaban sus excelentes intertítulos repletos de juegos de palabras e ironías-, Frances Marion, que hizo tándem repetidamente con las míticas Mary Pickford y Lillian Gish, y June Mathis, quien descubrió a Rodolfo Valentino cuando lo seleccionó para que protagonizara “Los cuatro jinetes del Apocalipisis”, una de las primeras películas antibelicistas de la historia, basada en la novela homónima de Vicente Blasco Ibáñez. También escogió al director, práctica muy frecuente en la época: los guionistas supervisaban todo el proceso de producción y participaban en el casting del personal técnico y artístico, fabricaban a las estrellas protagonistas, se ocupaban de la publidad y la promoción, asistían a los rodajes, se sentaban en la sala de montaje –recordemos la importancia de los intertítulos en el cine mudo-, marcaban el ritmo de la historia, resolvían problemas narrativos… De hecho, June Mathis fue contratada por la MGM para reescribir y remontar los 530 minutos del film “Avaricia” de Erich von Stroheim y ajustarlo a una duración más comercial.

Fueron precisamente los criterios de mercado los que borraron del mapa a ese grupo de mujeres brillantes que tanto habían contribuido a la evolución de las técnicas cinematográficas. Los inicios del sonoro coincidieron con la aplicación del fordismo y el taylorismo en la industria del cine, que se transformó en una monstruosa máquina de hacer dinero, con un proceso fabril de estructura piramidal donde el productor lo decidía todo y las grandes majors controlaban la producción, la distribución y la exhibición. Aunque las guionistas reconocidas sobrevivieron al cataclismo –obviamente a costa de perder su poder de antaño-, en general las mujeres fueron catapultadas lejos de donde se tomaban las grandes decisiones y quedaron relagadas a vestuario, maquillaje y otras fruslerías inherentes al denominado woman’s touch, salvo raras excepciones, como Mae West e Ida Lupino.

mae_westMae West saltó a Hollywood en los años 30 desde Broadway, donde había triunfado con obras escritas, producidas, dirigidas y protagonizadas por ella misma, como “Sex” o “Diamond Lil”“Drag” no llegó a estrenarse en los escenarios neoyorquinos porque la homosexualidad era un tema tabú-. Sus continuos conflictos con el tristemente famoso Código Hays la hastiaron tanto que regresó al teatro, donde disfrutaba de mucha más libertad creativa, aunque continuó colaborando esporádicamente como actriz en alguna que otra película.

La británica Ida Lupino también dio un giro a su carrera a finales de los años 40. Abandonó el estrellato para montar su propia productora, dirigir sus películas y tratar temas como el aborto, la bigamia, o la violación desde el punto de vista de la víctima en su largometraje “Outrage”. Un planteamiento bastante novedoso, por cierto. Precisamente ese fue el eje vertebrador de la segunda sesión del seminario: “Cineastas: la mirada inconformista”.

La pionera Alice Guy vio enseguida que había que romper la rigidez del escenario teatral y ampliar el espacio diegético, de modo que empezó a rodar en más de una localización e incorporó, aun todavía muy rudimentariamente, el primer plano para enfatizar lo que sentía o pensaba un personaje. Su visión crítica del patriarcado se reflejó en “Les Résultats du feminisme” (1906), donde hombres y mujeres intercambiaban sus papeles. Suspense1913En “Suspense” (1913), Lois Weber incorporó el fuera de campo, dividió la pantalla para mostrar tres escenas que se estaban desarrollando simultáneamente y empleó la angulación de cámara con intención expresiva. Otras pioneras innovadoras en cuanto a contenidos fueron Lea Giunchi, quien en “Lea e il gomitolo” (1913) apuesta por una identidad femenina alternativa y conquista su derecho a leer en lugar de hacer calceta, y Olga Preobrazhenskaya, codirectora junto con Ivan Pravov de “Baby ryazanskie” (1927), que Marta Sureda nos recomendó fervientemente.

Conviene contextualizar con algunas pinceladas básicas esta pequeña gran rebelión de las cineastas que desafiaron las convenciones de su tiempo. Los inicios del cine se gestan en la sexofóbica sociedad victoriana del siglo XIX, después de que Joseph Proudhon excluyera a la mujer de sus teorías para cambiar el mundo –siguiendo la estela de la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, que no de la mujer ni de la ciudadana- y cuando Paul Moebius ahonda en este menosprecio y escribe “La deficiencia mental fisiológica de la mujer”. Cuánto daño ha hecho el psicoanálisis al feminismo.

DulacNo es de extrañar, pues, que Germaine Dulac fuese vilipendiada por los -hombres- surrealistas, a pesar de ser la autora de la primera película feminista, “La souriante madame Beudet” (1923) y de la primera obra surrealista en celuloide, “La Coquille et le clergyman” (1928), con permiso de “Un chien Andalou” de Buñuel (1929), quien copió algunas técnicas de representación cinematográfica surrealista aportadas por Dulac. Injusticias que perpetra quien escribe la historia.

También es surrealista –y también acabaría convirtiéndose en una fuente recurrente e inagotable de inspiración para David Lynch, igualmente de incógnito- la indómita Maya Deren, quien afirmaba que hacía sus películas – “obras de cámara”, según sus propias palabras- con lo que Hollywood se gastaba en pintalabios.

A Cecilia Bartolomé el trabajo de fin de carrera en la Escuela Oficial de Cine, “Margarita y el lobo”(1969), le costó 10 años de mordaza. Con su documental “Después de…” denunció la falsedad de la transición española mientras se estaba gestando –“Primera parte: no es os puede dejar solos”– y anticipó el golpe de estado del 23-F –“Segunda parte: atado y bien atado”-. Otra cineasta antifranquista, además de antisistema y anticapitalista, fue Helena Lumbreras, una militante combativa y comprometida que usaba como arma su cámara de 16 mm y dirigió “Spagna 68” (España 68: el hoy es malo, pero el futuro es mío) y “El cuarto poder” (1970) antes de fundar con su compañero Mariano Lisa Colectivo Cine de Clase. Juntos produjeron “El campo para el hombre” (1973), “O todos o ninguno” (1976) y “A la vuelta del grito” (1978).

foroughLas cineastas más transgresoras suelen ser las que, más allá del reduccionista marco cultural occidental judeocristiano, dan voz a quienes no la tienen. Fuera de tiempo ya de nuestra segunda lección magistral, Ingrid y Marta solo pudieron comentar una breve aproximación a la singular pieza “The House is Black” (1963), a mitad de camino entre el documental y la poesía visual, de Forough Farrokhzad. Acabo con cuatro versos suyos que definen muy bien el espíritu de esas mujeres inconformistas que, lejos de resignarse a ser objeto, luchan por ser sujeto y parte activa de la construcción del relato de la historia:

“Hundiré en el jardín mis manos,

germinarán, lo sé, lo sé, lo sé,

y las golondrinas pondrán sus huevos

entre mis dedos sucios de tinta.”