La buena ventura

Ángela ha tenido la inmensa fortuna de compartir 13 años de escolarización con un grupo de alumnas y alumnos excepcional. Cohesionado. Respetuoso. Proclive a deliberar, a debatir, a reflexionar. Responsable, sensible, solidario. Y otras muchas cualidades que harán que su paso por Escola Projecte haya sido una experiencia transformadora no solo para Ángela, sino también para quienes la hemos compartido con ella.

Ayer, durante la despedida que se celebró en la sala de actos del colegio, disfruté del privilegio de poder observarlos de cerca una vez más -¡ay, la última!-. Y volví a constatar, en los detalles, cuán grandes personas son.

Una de las niñas líderes -esas que protagonizan obras de teatro, parlamentos y vocalías- llegó con un poco de retraso y tuvo que sentarse junto a una compañera de curso que suele pasar desapercibida -aunque anoche lucía radiante, iluminada por una luz interior-. No le importó. No buscó una ubicación alternativa en otro lugar. Al contrario: saludó educada, incluso cariñosamente, a su vecina de asiento, y se quedó allí, feliz, disfrutando de toda la velada desde aquella misma esquina.

Cuando el alumnado tomó la palabra en el estrado, el encargado de leer la nota escrita entre todos –aunque sé por Ángela que buena parte del redactado era del muchacho en cuestión- subió al escenario y enseguida exhortó a sus compañeros y compañeras –más que una petición, era una exigencia- a que abandonaran sus asientos y le acompañaran. Quiso dejar muy claro que no era él quien hablaba, sino toda la clase de 4º de ESO. Como una sola voz. Armónica. Compacta. Indivisible. Me cuesta imaginar a alguno de los -¿las?- insufribles “populares” de la clase de Mariola, en esa misma tesitura, exhibiendo tamaño gesto de compañerismo fuenteovejunil. En la clase de 3º de ESO son más de yo, yo, yo y luego yo. Parecen impermeables a la educación en valores del colegio. Están a un solo curso, pero a años luz en la escala evolutiva respecto a la promoción que hoy finaliza la primera etapa de su educación.

Muchas, muchas lágrimas en la entrega personalizada de las orlas –no solo en el escenario, también entre los adultos de platea-. Y tantas anécdotas compartidas como estudiantes. Como la pequeñaja que no quería ser la primera en bajar del autocar escolar para no perderse las payasadas de Dolors, su acompañante. O el niño grande que, cada viernes, todavía abrazaba y le plantaba un par de besos a Frank, su tutor de 4º de Primaria. O la adolescente que llegaba tarde a clase cuando había una buena amiga en el pasillo a quien consolar.

Y luego, el mediometraje –qué excelente regalo- que había preparado amorosamente Gemma, una de las profesoras que, estoy segura, más va a echar de menos al grupo de Ángela -me consta que esta mañana ha llorado a mares-. Aunque yo creo que todos, desde el director del colegio hasta “las Maris” de secretaría, guardarán un buen recuerdo de esa treintena de jóvenes que, cuando compartían aula, manifestaban una fortaleza omnipotente e inquebrantable. Para quienes hemos tenido el placer de conocerles, constituyen la prueba fehaciente y definitiva de que el futuro será colaborativo o no será.

Hoy acaba un ciclo, pero también se inicia otro. Próxima etapa: bachillerato artístico en la Escola Massana. Lo mejor está por llegar.

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¿Y mañana?

2-_demain_le_filmTodos deberíamos ver Demain –Mañana-, el documental de Cyril Dion y Mélanie Laurent. El punto de partida no es nuevo: estamos dilapidando nuestros recursos naturales como si dispusiéramos de varios planetas. El enfoque, en cambio, es seductoramente audaz y surge de una reflexión en voz alta de Rob Hopkins: ¿qué pasaría si, en lugar de imaginar el catastrófico futuro que nos espera, nos centráramos en explicar las alternativas transformadoras que ya están intentando revertir esta situación?

Esa es la propuesta de Demain. A través de un discurso didáctico, clarificador y muy bien hilvanado, nos adentramos en el fascinante mundo de la permacultura, descubrimos que un aerogenerador es, además de una apuesta por una energía limpia, una inversión muy rentable, o que existen tantas maneras de aprender a leer como niños hay en un aula –y todas son válidas-.

El documental desovilla un complejo concepto que Barcelona en Comú incorporaba entre sus propuestas antes de ganar las elecciones, y que personalmente jamás acabé de comprender: la creación de una moneda local. La prensa explicó esta idea con cuatro trazos gruesos que desvirtuaban una iniciativa que ya está funcionando con éxito en varias ciudades, y que consigue logros muy significativos, como apoyar la economía autóctona o evitar la evasión de capitales a paraísos fiscales.

Ilumina e inspira el ejemplo de una empresa de Lille, Pocheco, donde la máxima diferencia de remuneración de los asalariados es de cuatro veces entre quien más gana respecto a quien tiene el sueldo más bajo, y en el que se reinvierten constantemente los beneficios obtenidos en reducir el impacto medioambiental de su actividad.

Demain no solo es una pieza admirable por su excelente realización –el guión, la fotografía, el montaje y la postproducción son impecables-, sino porque ha sido capaz de abandonar el discurso apocalíptico para construir un nuevo tipo de relato, alegre, soleado, pletórico, lo que le confiere un efecto positivo multiplicador y contagioso. Demain retrata a comunidades de personas empoderándose del mundo desde sus pequeñas e íntimas parcelas. Soslayando instituciones o prescindiendo de ellas. Recuperando una intensa, beneficiosa y colaborativa humanidad.

Os adjunto el enlace y os animo encarecidamente a que veais este documental imprescindible en cuanto os surja la ocasión. Hay un antes y un después de ver Demain.

http://www.demain-lefilm.com/

Su primer concierto

Hoy Mariola se ha despertado a las seis de la mañana presa de la excitación, como si fuera el día de reyes. Mi cachorrillo loco, que de natural es más bien nocturno y permanece en estado de letargo hasta mediodía, ha saltado de la cama de un brinco, los ojos como platos y rebosante de euforia: por fin había llegado el día del concierto, largamente esperado, de su banda favorita: 5SOS. O 5 Seconds of Summer, como se prefiera. Locura adolescente en estado puro.

Seconds-Summer-Barcelona.jpg5SOS es una muchachada autraliana que alcanzó la fama hace un par de años como teloneros de One Direction, esos mamarrachos que osaron profanar “One way or another” de Blondie. Tremenda desfachatez. Mariola compró las dos entradas para escuchar al cuarteto de Sidney hace siete meses con el dinero de su hucha: como es menor de 16 años, tenía que ir acompañada de madre/padre/tutor. Desde entonces me ha estado recordando, prácticamente a diario, cuántos días faltaban para el concierto. Como la cuenta atrás para el cambio de milenio, pero en versión púber.

Estos últimos días he intentado familiarizarme con los temas que mi hija tararea infatigablemente y de memoria, como una letanía. No obstante, confieso que desistí enseguida –la paciencia no es una de mis virtudes- porque todo me sonaba un poco igual. Claro que peor sería que le gustara el reguetón o las melodías de xiruca i costellada, dos géneros musicales –por llamarlos de alguna manera- muy en auge entre el alumnado de su colegio. Quien no se consuela es porque no quiere.

Sin embargo, cuando esta mañana he observado atentamente a Mariola en modo cascabel, me ha emocionado el brillo de sus ojos, su sonrisa radiante, su contagiosa alegría. Y enseguida he decidido que iba a disfrutar de la noche por y para ella. No iba a ver a 5SOS, sino a Mariola en estado de gracia.

Hemos atravesado Barcelona desde casa hasta el Palau Sant Jordi primero en metro y luego en autobús –una horeja de nada-. En cuanto hemos llegado, hemos comprobado que la mayoría de seguidoras se agolpaba en uno de los dos accesos al recinto. “Por aquella puerta de allá en la que no hay cola, ¿pueden entrar igualmente menores?”, le he preguntado a uno de los hombretones de seguridad. “Sí, claro. Pero que lleve el DNI a mano, se lo pedirán”. Ya dentro, en la tienda de merchandising eran legión las 5SOSfollowers que se amontonaban en busca de su objeto fetiche de recuerdo. Ante tamaña multitud, Mariola ha decidido que ya compraría algo en la página web oficial al regresar a casa. Es tan práctica como yo.

El Palau Sant Jordi lucía a mitad de su capacidad. Unas colosales cortinas negras acotaban el aforo, mientras que en pista varias hileras de sillas reducían a la mínima expresión el espacio para presenciar el concierto de pie. El 90% de las asistentes eran fanáticas de la banda y sus entregadas madres, aunque de tanto en tanto se veía algún sufrido padre en compañía de las niñas de sus ojos. Justo delante de nosotras se ha instalado una bandada de pijas y mamás irritantes, todas superestupendas. Para nuestro alivio, antes de empezar el concierto, en vista de que unas hileras más adelante había asientos libres, han cogido sus bártulos y se han trasladado allí.

No sabíamos que había teloneros, así que los aullidos estridentes de los Sexy Zebras nos han pillado por sorpresa. Es el típico grupo que debe chiflar a un público con mucha testosterona, de modo que no dejaba de resultar chocante que intentaran encandilar a las jóvenes fanáticas que esperaban histéricas a sus mitos.

Unos veinte minutos más tarde de lo previsto han hecho su entrada triunfal las estrellas de la noche. Me ha enternecido ver a Mariola tan arrebolada, berreando y bailando al unísono con aquella fauna de muchachas enfervorecidas, que coreaban a voz en grito sus temas-himno y escuchaban atentamente los chascarrillos de sus ídolos. Los veinteañeros de Sidney han debido decir “hola Barcelona” como 243 veces, incluso han improvisado una canción con esas dos palabras. Y se han disculpado por no haber prestado más atención a su profesora de español cuando estudiaban –hace dos minutos – y por no poder comunicarse más que en inglés: nunca se habían planteado que llegarían aquí desde la lejana Australia.

Musicalmente hablando, me he aburrido soberanamente. Suerte que solo han tocado poco más de una hora –tampoco tienen tantísimo repertorio- antes de ese falso adiós teatralizado que precede a los bises. Y entonces he comprobado que aquel enjambre de jovenzuelas no sabía cómo pedir que el espectáculo continuara. Dudando entre “otra”, “one more song” o “another one”, se han limitado a graznar como grifos. Supongo que para dejar de escuchar ese chirrido tan ensordecedor, y a pesar de la poca pericia de la audiencia para reclamarlos sobre el escenario, han salido de nuevo y han tocado 10 minutos más. Dos temas. Rapidito. Y ya, que mañana estamos en Madrid. Qué lejos de los bises de hora y media de The Cure.

Antes de abandonar la pista, Luke Hemmings se ha envuelto en una rojigualda que alguien había dejado a sus pies junto con algún otro colorido trapo más. He pensado que quizás a alguna espectadora indepe le estallaría la cabeza tipo Hellraiser, pero no ha sucedido nada. Al contrario, la transtornada multitud ha ululado, una vez más, presa de su enajenación mental colectiva. Yo creo que, si hubiera depuesto un zurullo en el escenario, las fans de la primera fila lo habrían conservado en formol para guardarlo como reliquia, en plan “Las aventuras de Priscilla, reina del desierto”, esa encantadora película tan australiana como el cuarteto.

En fin, todo sea por Mariola, que ha salido del Palau Sant Jordi afónica, excitadísima, arrebatada. Ha sido su primer concierto. Y yo he estado allí.

Anoche un DJ nos salvó la vida

Ayer Raúl Orellana pinchó música ochentera en la fiesta “Studio 54 Barcelona” de El Molino. Gracias al legendario disc jockey se volatilizó en medio nanosegundo el mal sabor de boca de la noche anterior: el viernes padecí en vivo y en directo a Los Vivancos, que rima con Los Morancos porque son tan infumables como una gala de Telecinco. En fin.

Quedé para cenar en un pequeño restaurante italiano del barrio de Gracia con mi amiguísima Eva, cómplice de risas, brillos y taconeos. Decidí acercarme allí paseando, a sabiendas de que mis maravillosas sandalias de plataforma –primera salida sin medias de la temporada- me provocarían estigmas en los pies. ¿Y qué? Encaramada sobre unos buenos zapatos, una se siente divinamente mejor. No hay dolor.

Mientras descendía por la calle Torrent de l’Olla, me pareció escuchar el sonido de un artefacto volador. ¿Sería un pájaro? ¿Tal vez un avión? ¡No, era un helicóptero de la Conselleria d’Interior! Miré a mi alrededor para dar con el motivo de esa vigilancia policial, sin éxito: únicamente atisbé bares y restaurantes abarrotados de guiris y lugareños. No obstante, al llegar a la altura de Travessera de Gràcia, se hizo la luz: chorrocientas lecheras y una prieta hilera de Mossos en posición de defensa habían cortado la calle. Parapetados tras sus escudos y máscaras, lucían el inquietante aspecto de una guardia pretoriana de nueva generación. Mientras por las vías aledañas se desparramaba la fauna urbana habitual, un poco más abajo una modesta manifestación se adentraba en las entrañas del barrio. Luego me enteré de que eran algunos vecinos que se solidarizaban con los cinco okupas del Banc Expropiat que habían sido desalojados por los Mossos aquella misma mañana.

Inciso. En Barcelona abunda un perfil de okupa niñobién que se dedica intensamente al activismo porque sus burgueses papás se ocupan de su manutención. Les animo a okupar las propiedades de sus respectivas familias y a quemar sus Audis y Cayennes. Fin del inciso.

Tras compartir una ensalada, una pizza y una reconfortante sobremesa de íntimos cuchicheos, Eva y yo tomamos el metro para acudir a nuestra esperada cita en El Molino. Una vez depositadas nuestras chaquetas en guardarropía, nos acomodamos en un par de asientos de la balconada de la tercera planta para observar a la concurrencia, que nada más llegar se precipitaba, a toda velocidad, bien a la pista, bien a la barra, según sus urgencias más inmediatas. Aunque casi todos éramos babyboomers de los 60, había danzantes de todo tipo, desde aquellos a quienes los años les habían pasado por encima como una apisonadora o a quienes se les transparentaba el uso y abuso de estupefacientes, hasta los que habían madurado con cierta dignidad y lucían sus mejores galas para la ocasión.

Una pareja de cuarentañeros no había querido perderse la ocasión de moverse al ritmo de míticos temazos.

– ¿No eres un poco joven para haber ido a Studio 54?

– Qué va, yo con 14 años me colaba allí los viernes por la tarde para bailar y bailar, ¡ahora no encuentras música así en ningún sitio!

En mi tierna adolescencia las discotecas abrían por las tardes para los niñatos de 16. Y las chicas no pagábamos entrada. O pagábamos menos. Y con 14 o 15 años nos pintábamos como puertas para que no nos pidieran el DNI. Deliciosos ochentas.

Ayer conocí a Julián, un músico del Conservatorio separado desde hace doce meses. Ha estado residiendo en Pamplona durante 25 años, pero ha perdido los vínculos que le ligaban a esa ciudad -dos de sus hijos estudian música en Amsterdam, el tercero en París- y está planteándose mudarse a Madrid o Barcelona. “Me alojo en un hotel de aquí al lado y, cuando he visto que había cola para entrar en esta sala, he pensado que debía haber algo que merecía la pena”. Julián es, además de educado y encantador, un hombre admirable: se esfuerza en intentar ser feliz. Como dice mi amiga Eva, ser feliz es una cuestión de actitud.

Eva es un imán para los personajes extravagantes. Ayer se prendó de ella el hermano del disc jockey, un hombrecillo de metro y medio y voz cazallera:

– ¿Te vienes a meternos unas clenchas?

– Vete a tomar por el culo.

– Bueno, pues ten este tiquet de consumición y tómate algo a mi salud.

studio54No paramos de bailar, llevábamos demasiados sábados sufriendo al pésimo pinchadiscos del Alfa, que pincha temas literalmente, porque los hostiga y los revienta. Ya no recordábamos lo que era un disc jockey de verdad, capaz de controlar el ritmo de la pista y de crear una continuidad musical. De fusionar notas de temas distintos de manera armoniosa e integrada. De envolver. De seducir. De exaltar hasta esa euforia tan cercana a la dicha total.

Larga vida a Raúl Orellana. Y por muchas fiestas más.