Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya!

gritoLevantarte por la mañana y ver que tus adolescentes hijas ponen la casa patas arriba para engalanarse para el carnaval, que en sus respectivas clases se celebra cada día de esta semana. Escaparte a tomar un té matutino con una amiga y, al regresar, toparte con pelotas de papel higiénico y tiras de salvaslips por los rincones, revoltijos de ropa diseminados aquí y allá –alegre fusión de prendas sucias y limpias, que bien tenían que hacer pruebas antes de decidir- y sus camas –de nuevo- sin hacer. Pasarte la jornada sorteando bragas, camisetas y sujes, porque te niegas a hacer su trabajo mientras intentas hacer el tuyo delante del ordenador. Tener que ausentarte por la tarde, a la vuelta detenerte en el súper y recibir una llamada mientras intentas, a la vez, pagar y embolsar la compra de supervivencia. Ver que quien te telefonea es una de tus hijas y decidir que ya le preguntarás qué quería en cuanto llegues. Escuchar “quería saber cuándo llegabas” mientras hueles la cera caliente, esperándote. Escabullirte con ladridos de bulldog a guardar las compras. Comprobar que -y ya van cien veces- tu otra hija ha dejado un envase vacío dentro de la caja de galletas, que ha vuelto a malcolocar –y ya van cien más-. Además de dejar su taza de la merienda sin recoger y con un asqueroso resto de leche con cereales que ya prácticamente se ha solidificado. Acudir a su dormitorio hecha un basilisco para recriminárselo –ella leyendo sin inmutarse en su catre, no ha cambiado la funda del nórdico desde hace meses- y estar a punto de caer desmayada por el fétido olor a cadáver de escualo de esa madriguera. Dominar las ganas de fumigar la habitación. O de quemarlo todo. Regresar a la cocina para preparar y congelar los bocadillos con que desayunan tus dos jóvenes parásitos y maldecir haber comprado un pan de miga alveolada y aromática, la próxima vez les compras una cutrebaguette. Arrojar dentro de él el fiambre, a pelo y sin los aderezos que les gustan –sin tomate, sin aceitunas, sin mostaza, sin guindillas-, y tomar nota mental de que, a partir de hoy, los emparedados se los harán ellas. Y sentarte en tu escritorio y empezar a aporrear el teclado para no ponerte a gritar.

A veces me divorciaría de mi familia. Hoy, sin ir más lejos.

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Nuestro hogar es el vuestro

Ayer gocé del privilegio de presenciar en directo el Gran Concert per a les Persones Refugiades, una iniciativa ciudadana que cristalizó gracias al apoyo de cuantos participaron desinteresadamente en ese acto de reinvindicación colectiva, entre quienes figuraban mi buena amiga María, que cantó y actuó en el montaje de La Fura dels Baus junto con otros miembros de la coral Cármina.

Aunque las puertas se abrían a las ocho de la tarde, cuando llegamos a las siete y media algunos asistentes se agolpaban ya en los dos accesos al Palau Sant Jordi. El viento glacial hacía que nos apelotonáramos los unos con los otros en alegre marabunta, respetando el orden de fila con disciplina inusitada.

En cuanto entramos, nos acercamos al bar a por los bocadillos que nos iban a servir de cena. Dos adorables Teresinas que hacían cola delante de nosotras escucharon muy atentas las opciones que le recité a Ángela.

– Muchas gracias, así nosotras también sabremos qué pedir. Yo me tomaré un bocadillo de tortilla de patata.

– Será de esa prefabricada.

– ¿Y qué? ¿Acaso tú haces tortilla de patata en tu casa? ¿A que no?

– Es que ya no puedo pelar y cortar las patatas…

– Pues eso. Yo me lo voy a pedir igual, sea como sea la tortilla.

– No, si yo también.

– Entonces, ¿por qué te quejas de cómo la hacen?

Nos instalamos en nuestros asientos a contemplar cómo iban llegando los espectadores: las entradas se agotaron en seis días y la organización recomendó ir llegando paulatinamente, desde la apertura de puertas hasta las diez de la noche, hora oficial del inicio del concierto. Que no oficiosa: a las nueve y media empezó a tocar una deliciosa banda de gitanos, que amenizó los últimos minutos de espera con sus cíngaras melodías.

La Fura dels Baus llevó en todo momento la batuta de la escenografía y arrancó la noche con el primer capítulo de su teatralización de la guerra y el exilio. El presupuesto de la producción era ajustadísimo, de modo que emularon la mortífera destrucción de los bombardeos con grandes globos y cajas de cartón. Fue un inicio absolutamente arrebatador.

Después se sucedieron, con ágil ritmo, tanto activistas con parlamentos encendidos como músicos diversos que compartían una misma causa, de modo que se formaron efímeras e interesantes parejas mestizas, como Lluís Llach y Manolo García, Marina Rossell y Paco Ibáñez, In Crescendo y African Gospel Choir o Sopa de Cabra y Amaral. Nos hizo saltar, bailar y agitar los brazos el incombustible Macaco, y nos conmovió Joan Dausà con “Com plora el mar”, que escuchamos con dificultad porque las potentes voces de la coral Cármina le pasaron por encima como el maremoto que simbolizaban. Tras tomarle el relevo a una Gemma Nierga en estado de gracia, Jordi Évole levantó una estruendosa ovación cuando proclamó que, en un concierto así, no debería haber un palco reservado a las autoridades. Enseguida apostilló, muy en su estilo, que proporcionar asilo a las personas refugiadas no era solo una cuestión de competencias, sino también de incompetencia.

Por causas ajenas a mi voluntad, cuando apareció en escena el esperado Joan Manuel Serrat, que ayer estuvo inmenso, tuve que abandonar el Palau Sant Jordi. Justo a medianoche, igual que Cenicienta, pero sin zapatos de cristal y en versión maternal: mi adolescente hija se encontraba mal y tuvimos que regresar a casa.

Nadie tiene culpa de donde le nacen o de que una guerra aniquiladora fulmine el lugar donde eras feliz con tu vida sencilla y corriente. No es fácil tomar una decisión tan drástica como arrancar de cuajo tus raíces y arrastrar lo poco que queda de ellas en una huida desesperada. Tampoco es fácil intentar escapar de la muerte certera optando por una muerte probable en ese Mare Mortum en que se ha convertido el Mediterráneo. Y, sin embargo, es fácil, muy fácil, ponerse en los zapatos de las personas refugiadas. Lo que les ha sucedido podría pasarle a cualquiera de nosotros.

Hannah Arendt nos lo advirtió en esa larga reflexión que es “La banalidad del mal”: durante la II Guerra Mundial, la inacción convirtió en cómplices de atrocidades a personas aparentemente inofensivas, que miraron hacia otro lado mientras el exterminio seguía su curso en los campos de concentración. Si ahora no tomamos las riendas de la situación, perderemos un poco más de humanidad. Y en estos tiempos no andamos precisamente sobrados de ella.

Ayer se cumplió el sueño de dos periodistas que ejercen activamente el voluntariado, Clara y Rubén, “¿y si pudiérmos llenar el Palau Sant Jordi de solidaridad?”, y así fue: el recinto se colmó de ilusión y esperanza. La energía transformadora, las ganas de cambiar el discurrir de los acontecimientos, nos envolvió a todos con una fuerza formidable. Pero esas buenas intenciones no bastan. Hay que continuar en pie, reclamando medidas urgentes por parte de nuestras instituciones.

Todos a la mani del sábado 18 de febrero a las cuatro de la tarde. No podemos fallar.

Varietés valleinclanescas

Segundo capricho concedido con mi año de homenajes como pretexto: escaparme a Zaragoza para comer ternasco y presenciar el espectáculo del cabaré El Plata. Lo que iba a ser un mano a mano en Mañolandia con mi amiga Eva, acabó convirtiéndose en una pequeña expedición. En cuanto se enteraron de nuestros planes, se nos sumaron tres amigas más, entre ellas mi prima Marta, a quien me unen, además de lazos de sangre, una veterana complicidad.

Las que veníamos desde Barcelona, AVE mediante, depositamos nuestras maletas en el recurrente Hotel Sauce y nos lanzamos a la calle en busca de algún bar donde desayunar. Con un buen pincho de tortilla de patata en el cuerpo, la lluvia te molesta menos, aunque lo cierto es que el paseo bajo el tenue aguacero no continuó mucho más allá porque se detuvo en Monge Joyeros, cuyas piezas de oro y plata funde Eva. Allí nos sentimos enseguida un poco como en casa, en parte porque todas las creaciones en exposición eran muy de nuestro gusto –a destacar una interesante e inusual vitrina de joyería masculina-, pero sobre todo porque se nota que le tienen cariño a mi amiga, que además de ser una gran profesional tiene una personalidad arrolladora.

Entre una cosa y otra casi nos quedamos a vivir en la coqueta joyería maña. Chantal se nos añadió a la una y pico –una tormenta de aguanieve ralentizó su viaje desde Andorra- y al cabo de nada ya era la hora del almuerzo: a las dos teníamos mesa reservada en El Fuelle, restaurante típico aragonés donde Eva y yo queríamos comer el esperado ternasco al horno con pataticas a lo pobre. Cómo rebañamos la marmita. Chantal e Iciar prefirieron croquetas –croquetones más bien-, y mi prima, caracoles a la brasa. Cayeron un par de botellas de Viñas del Vero y algunos chupitos, gentileza de Antonio, nuestro baturro camarero. Mi prima y yo no pudimos resistirnos a culminar la opípara ingesta con unas natillas caseras, para mi gusto un pelín empalagosas, aunque me las zampé igual.

ochoymedio_zapatería.jpegPor la tarde optamos por digerir lo engullido paseando bajo un impertinente chaparrón, que no nos impidió callejear por los aledaños. Gracias a Javier, de Monge Joyeros, descubrimos una zapatería imprescindible, 8 ½, en la calle Refugio número 12. El establecimiento es una antigua panadería que ha preservado su encanto y un primoroso suelo de baldosa hidráulica, el mejor marco posible para lucir arrebatadores zapatos de manufactura impecable y original diseño. Al fondo hay un habitáculo en el que también venden vinilos. Es un lugar fascinante.

Tras nuestra agradable caminata recalamos en el hotel para descansar brevemente y engalanarnos un poco. Eva compartió conmigo un truco infalible que le confió un amigo gay petardísimo: si el cansancio ha hecho mella en tu rostro, calma la hinchazón con un poquito de Hemoal. Al parecer es mano de santo, y tiene su lógica: si alivia las almorranas, cómo no va a mitigar unas simples bolsas en los ojos. Total, de ojo a ojete solo distan unos gramos de maquillaje.

ElPlata.jpegPicoteamos unas tapas de camino a El Plata y sobre las diez y media llegamos al popular cabaré ibérico urdido por Bigas Luna, ya que habíamos reservado mesa para la sesión de las once de la noche. El local es espacioso pero su distribución es, como poco, exótica: el minúsculo escenario y la ínfima barra le van pequeños, y las columnas que lo atraviesan dificultan la visibilidad desde algunas zonas. El mobiliario es otra pintoresca curiosidad: los espectadores se ubican en prietas hileras de mesas y sillas de fórmica, como en los comedores escolares, de modo que contemplan la función hacinados e incomodísimos, con el cuello torcido permanentemente, a pesar de que los artistas desarrollan sus piruetas en diferentes rincones del local.

Más que ibérico, tanto el elenco como la representación me parecieron esperpénticos –interprétese el calificativo en su acepción más valleinclanesca-. Teresa Cuesta, una púdica –y falsa- mujer barbuda de exuberante anatomía, no enseñó más allá de su poblada perilla, en tanto que la voluptuosa rubia Inma Chopo, una zaragozana con aspecto de valquiria, se desnudaba con soltura a la mínima ocasión. También se despelotaba con bochornosa alegría Alberto Espallargas, un muchachón profusamente tatuado de glande mínimo, mientras que el orondo cantante de jotas Rafael Gutiérrez, camuflado entre el público, todo lo más que mostró fue su corpachón de osezno.

La representación que presenciamos el sábado discurrió de manera ecléctica, entre el pasmo, la sonrisa y la franca indiferencia. Me chiflaron tres canciones de Edith Piaff cantadas divinamente durante una de las pausas –anteayer en El Plata escuché algunas voces soberbias-, así como las ejecuciones de la asombrosa gimnasta Marité Queralt. Me divirtieron las caracterizaciones de Daniel Velázquez y Carla Torbellino –desternillante su imitación de Tina Turner- y me sobraron la lánguida muchacha de peinado ochentero y aspecto enfermizo de cuyo nombre no quiero acordarme y, sobre todo, el taconeo flamenco en toples: qué angustia ver a la pobre bailaora con las tetas temblando al viento.

En fin, visto está. Ahí queda El Plata para el recuerdo, que no para la reincidencia. Aunque nunca se sabe.

El domingo desayunamos sin prisas en nuestro hotel: tortilla de patata recién hecha, zumo de naranja natural, pan con tomate, croissants de mantequilla y litros y litros de café con leche para Chantal. Mi andorrana amiga se fue de Zaragoza la primera, en el petit país del Pirineo continuaba nevando y debía apresurarse para soslayar lo peor de la tormenta. Las demás desafiamos el viento hipohuracanado del soleado día y atravesamos el Ebro por el Puente de Piedra, orillamos el río por el Paseo de la Ribera y lo volvimos a cruzar por el Puente del Pilar, más conocido como Puente de Hierro.

Para redondear la mañana visitamos el Museo del Teatro de Caesaraugusta, que ayer disfrutaba de acceso gratuito. El recinto alberga los restos arqueológicos del anfiteatro romano de Zaragoza, que permanecieron sepultados bajo viviendas hasta los años 70 del siglo pasado –en la capital maña sucede como en Tarragona, que a la que excavan un poco en cualquier recoveco, emergen reliquias romanas-. La edificación se empezó a levantar en la época del emperador Tiberio, aunque en el siglo III ya se había sumido en una franca decadencia y sus sillares empezaron a reutilizarse para otras construcciones.

cafe-nolasco-zaragoza.pngEn cuanto sales del yacimiento del anfiteatro casi te das de bruces con el Café Nolasco, un delicioso remanso de bienestar. Nos acomodamos plácidamente en una de las mesas redondas de la esquinera entrada, arropadas por el jardín vertical y los jarros rebosantes de flores frescas, que multiplicaban la luminosidad de los amplios ventanales. A pesar de la tentación, nos mantuvimos firmes y resistimos la llamada de las tartas caseras que nos observaban desde la vitrina: disponíamos del tiempo justo para saborear un café o una infusión antes de empezar a regresar.

Cuán seratonínica ha resultado nuestra pequeña-gran evasión. Para Eva ha sido la primera desde que nació su cachorrillo –siete añitos la próxima semana-, pero no la última. Felicidades, amiga. Y por muchas escapadas más.