Soy más de Alhakén que de Almanzor

Cuatro horas y cuarenta minutos separan Barcelona de Córdoba en AVE. Mi amiga Eva y yo aprovechamos el trayecto para compartir cuchicheos y empezar a despojarnos del lastre que arrastramos: trabajo, familia y vulnerabilidades varias. Confidencia a confidencia, risa a risa, nuestras inquietudes se nos desprenden del ánimo, como costras de heridas secas, en algún tramo entre Ciudad Real y Puertollano.

IMG_20200131_201952El Hotel Boutique Caireles cumple de sobras nuestras expectativas. Desde el ventanal de nuestra habitación, coqueta y requetelimpia, se divisa la muralla de la mezquita, con sus características almenas escalonadas, y desde su azotea, el alminar reconvertido en torre-campanario. Sensacional.

IMG_20200202_085332Nos adentramos en la Judería y, tras almorzar divinamente en El rincón de Carmen –todo un hallazgo la cerveza Alhambra de barrica amontillada-, recorremos sin prisa y sin mapas las alegres callejuelas, tapizadas de maceticas azul mediterráneo y árboles frutales que se emparran por las paredes para combatir el calor. Nos arrebata el fino trabajo de los plateros y nos conmueve la cordial amabilidad de los cordobeses y la pasión que ponen en todo, desde enseñarte una luminosa acuarela hasta limpiar con agua de la fuente una inmundicia que afea el pavimento.

IMG_20200131_211007En el Restaurante Federación de Peñas disfrutamos de una noche flamenca con el toque de Alberto Luque, el baile de Carmen Manzanera y el cante de Javier Romero, “el Soniquete”. Tras el indispensable homenaje de jamón del bueno cortado a mano –durante toda nuestra estancia nos alimentamos a base de ibérico y salmorejo- le pedimos a José, el camarero, si podemos tomar algo de fruta de postre, y nos trae una naranja cortada con canela, que regamos con aceite de oliva virgen, tal y como él nos sugiere. Soberbio. Luego nos recomienda que alarguemos la noche en el Sojo Ribera o en el Long Rock, pero hacemos caso omiso: al día siguiente nos espera nuestra esperada visita a la mezquita.

Tras desayunar en el restaurante-cafetería Patio Romano –recomendabilísimo-, nos presentamos en la Puerta del Perdón de la mezquita-catedral, que queda casi delante de nuestro alojamiento. Allí nos espera Rebeca de ArtenCórdoba, con quienes hemos reservado la visita guiada de cuatro horas, Córdoba a fondo –Eva y yo somos mujeres de excesos-.

IMG_20200201_100044Ingresamos en el recinto atravesando el Patio de los Naranjos, que ya forma parte de la mezquita. De hecho, era el patio de abluciones donde oraban las mujeres musulmanas -en todas las religiones somos ciudadanas de segunda-, en realidad su cítrica arboleda fue plantada en el siglo XIII. Aunque ahora están clausurados o cerrados por portones, en la época islámica todos los arcos que dan a esa gran explanada estaban abiertos para acceder al templo y escuchar las prédicas con facilidad. Ahora, en cambio, los visitantes se adentran al templo por donde les dejan –todo por el turismo- y lo primero con que se topan es el mar de columnas y dobles arcos bicolores de la mezquita fundacional de Abd al-Rahmán I.

IMG_20200201_100858El primer día de febrero a primera hora, con un flujo de turistas mínimo e inocuo, el impacto de colarse en ese evocador bosque de pilares es formidable. Cuesta soslayar el síndrome de Stendhal y prestar atención a las interesantes explicaciones de Rebeca, que ponen en contexto lo que observamos y nos detalla la evolución de un espacio de culto que se remonta a la época visigoda: la mezquita se superpuso a la antigua basílica de San Vicente y, en consecuencia, su qibla está orientada hacia el Guadalquivir y no hacia La Meca. De hecho, en esos lejanos inicios, cristianos y musulmanes convivían en plácida armonía, cada cual con sus rituales y sus rezos.

IMG_20200201_103454Córdoba crece y con ella la mezquita, cuyo preciosismo culmina con las mejoras de Al-Hakam II. Mientras que una última ampliación de Almanzor despliega músculo pero estructuralmente aporta poco, la del segundo califa de Córdoba prolonga las naves, desplaza la qibla y la existente la sustituye por una exquisita fachada interior de arcos de herradura polilobulados. Inserto en la zona central de la nueva quibla, entre las portadas de la cámara del tesoro y del sabat, se localiza el mihrab, donde converge la nueva ampliación: la riqueza de la decoración y los materiales nobles utilizados crean una mezquita-joya dentro de la propia mezquita.

Confieso que desoigo el parlamento de Rebeca sobre la parroquia del sagrario, el crucero o la sillería del coro: me repatea el católico horripegote que tanto afea el prodigio arquitectónico omeya. Eso sí, me queda el consuelo de que podría haber sido peor y Fernando III bien hubiera podido tirar abajo la mezquita para levantar su catedral. En fin. Al abandonar la mezquita para proseguir con nuestro circuito, Rebeca se despide de nosotros y se incorpora nuestro segundo guía, Miguel Ángel, cuya especialidad es la Judería.

IMG_20200201_121510Presentes en Córdoba desde que la fundaron los romanos, los judíos apoyan la conquista musulmana por el rechazo que sufrieron por parte de los visigodos. Bajo los califatos de Abd al-Rahmán III y Al-Hakam II, judíos y musulmanes reciben instrucción sobre filosofía, gramática, botánica, matemáticas o música en las escuelas cordobesas.

En el siglo XII, el médico árabe Muhammad Al-Gafequi, experto en cataratas, escribe para su hijo el primer tratado sobre oftalmología, la Guía del oculista, que se conserva en la biblioteca del monasterio de El Escorial. Sin embargo, son tiempos convulsos para los judíos: el joven Maimónides, acosado por la persecución religiosa de los almohades, huye de Córdoba y, a su paso por Almería, conoce al filósofo y médico cordobés Abu-l Walid Muhammad ibn RusdAverroes en su forma latinizada-. Maimónides, con su aproximación holística al tratamiento de las enfermedades, investiga la causa de las dolencias y se centra en prevenirlas a través del ejercicio, la dieta, las caminatas, la música y la poesía: “no trate la enfermedad, trate al paciente”.

En 1349 se detecta el primer brote de peste negra en la Península Ibérica y posteriormente se continúan documentando epidemias, que coinciden con sequías y malas cosechas. La de 1383 dura varios años y desemboca en el asalto a las juderías: a los sefarditas se les acusa de originar la enfermedad, que afecta más a los cristianos por su falta de higiene –se me ocurre que quizás pusieron el mote de marranos a los judíos conversos porque dejaron de asearse para parecer más católicos-. En junio de 1391 la muchedumbre derrumba las puertas que protegen la Judería de Córdoba y llena sus calles de sangre y fuego: casi 2000 víctimas son asesinadas a golpes o a cuchilladas.

Los escasos judíos que sobreviven a la matanza se ven obligados a convertirse al cristianismo y resisten con demostraciones públicas de su repentina devoción, como “hacer sábado” para evidenciar que no celebran el sabbat, o añadir cerdo a la adafina sefardí que solían preparar la noche del viernes –así es como nace el tradicional codido-.

IMG_20200201_122644La Sinagoga de Córdoba, que puede visitarse en el corazón de la Judería, fue erigida en 1315 para uso privado. Tras la sanguinaria masacre de 1391, se convierte en hospital para tratar la hidrofobia y, a partir de 1588, una vez transformada en ermita de San Crispín y San Ciprián, el gremio de zapateros la utiliza como cofradía. En 1884, mientras se desarrollaban algunos trabajos de mantenimiento, Rafael Romero, padre del pintor Julio Romero de Torres, descubre las inscripciones que llevarían a la recuperación de la construcción. Es la única sinagoga medieval conservada en territorio andaluz y una de las tres anteriores a la expulsión de 1492 –las otras dos están en Toledo-.

IMG_20200201_123954La capilla mudéjar de la iglesia de San Bartolomé forma parte del edificio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba. Se cree que es donde se ubicaba la antigua gran sinagoga de la Judería. Como consecuencia de la salvaje carnicería de 1391 y la forzada conversión al cristianismo de los judíos supervivientes, surgió el barrio cristiano de San Bartolomé, donde se levantó la pequeña iglesia de San Bartolomé, que quedó inacabada. Durante la primera mitad del siglo XV se le añadió una capilla que constituye el mejor ejemplo del arte mudéjar cordobés, y también el mejor conservado: preserva su suelo original, vistosos zócalos de alicatados geométricos y coloridas yeserías que incoporan inscripciones con alabanzas a Allah puramente ornamentales.

A la entrada del Alcázar de los Reyes Cristianos, un sarcófago del siglo III tallado en un único bloque de mármol, en paño mojado, recuerda que, antes de que llegaran los árabes, la Colonia Patricia Corduba fue capital de la Bética, que junto con la Lusitania y la Tarraconensis configuraba la Hispania romana. Su estratégica ubicación geográfica sobre el Guadalquivir facilitaba su ruta comercial directa con Roma.

IMG_20200201_132747El Salón de los Mosaicos recibe su nombre por su interesante colección de taraceas procedentes de la Plaza de la Corredera –donde, casualidades de la vida, se celebrarían los autos de fe de esa temible Inquisición que acabaría ocupando el alcázar-. Una de ellas presenta la rareza de estar diseñada con profundidad de campo.

IMG_20200201_133808Esta gran sala está justo encima de los Baños Reales Mudéjares, edificados en 1338 por orden del rijoso Alfonso XI para la madre de diez de sus hijos, Leonor Núñez de Guzmán. Uno de ellos, Enrique de Trastámara, iniciaría el linaje de sus muy católicas majestades Isabel y Fernando tras asesinar a su hermanastro Pedro I, hijo de la reina consorte, María de Portugal.

IMG_20200201_142302Recién llegados desde Jerez, Lola y Paco nos esperan a la salida del alcázar y nos arrancan de los aledaños de la mezquita, de donde todavía no nos hemos movido. Atravesamos la Plaza de las Tendillas, cuyo reloj marca las horas con soleares del guitarrista Juan Serrano y, tras desestimar almorzar en la Taberna Salinas por la larga cola apostada en su puerta, nos instalamos en una terraza de la Plaza de la Corredera, que antes de convertirse en concurrido lugar de esparcimiento había albergado, además de los autos de fe ya mencionados, corridas de toros y ejecuciones. En 1893 se empieza a edificar un mercado de abastos en mitad de la plaza, que se derriba en 1959 por sus pésimas condiciones higiénicas. Cuando se acometen las obras de construcción de un mercado subterráneo para sustituirlo, se descubren los mosaicos romanos que se exponen en el alcázar. Igual que en Tarragona: excavas un poco y te topas con una domus. O con un anfiteatro.

IMG_20200201_163413Después de comer paseamos con Lola y Paco por la Plaza del Potro, donde nos asomamos al patio que comparten los museos de Bellas Artes y Julio Romero de Torres, y curioseamos la Posada del Potro, un corral de vecinos de los siglos XIV y XV donde se hospedó Miguel de Cervantes y que hoy es la sede del Centro Flamenco Fosforito.

Despedimos a nuestros amigos en el Puente Romano, al que de romano tan solo le quedan, además del nombre, los sillares y un par de arcos: aunque fue levantado en época del emperador Augusto y hasta 1953 fue el único de la ciudad, durante sus largos siglos de existencia ha sido derribado y reconstruido en numerosas ocasiones.

IMG_20200201_212138El sábado por la noche los restaurantes frecuentados por los cordobeses están repletos. Desesperación -la vida del turista es agotadora-. Y entonces nos acordamos del restaurante que nos ha recomendado nuestro guía: La Bodega de San Basilio. Aunque no tenemos reserva, nos hacen un hueco. Continuamos con nuestra dieta cordobesa y después del indispensable jamón ibérico cortado a mano, nos traen sendos salmorejos en plato llano: de tan espesos, podríamos tomarlos con tenedor.

Nuestra última actividad en Córdoba es la visita guiada a Medina Azahara. A diferencia de ArtenCórdoba, la organización de Córdoba a pie deja mucho que desear, pero el horario nos venía mejor –la salida del AVE de regreso marca nuestra agenda del domingo-. No obstante, nuestro guía, Miguel Ángel –qué nombre tan frecuente entre los guías cordobeses- es un 10.

IMG_20200202_111645Abd al-Rahmán III no sólo se autoproclama califa –esa especie de rey-papa- en 929, cortando los lazos con Damasco e iniciando una de las épocas de mayor esplendor de los omeyas, sino que en 936 construye, a ocho kilómetros de Córdoba y sobre la falda de la sierra que protege el valle del Guadalquivir, Madīnat al-Zahrā ciudad brillante en árabe-, un enclave que aprovecha las antiguas canalizaciones romanas que llevaban agua hasta Madinat QurtubaCórdoba la llana en árabe- y permite urbanizar la ladera en cuatro terrazas superpuestas que sirven para jerarquizar a su población.

IMG_20200202_112937Cuenta la leyenda popular que Abd al-Rahmán la levantó en honor a su favorita, la bella esclava cristiana Zahara, quien añoraba sus lejanas tierras nevadas del norte, y que el califa ordenó que se plantaran miles de almendros en flor para que sus pétalos, simulando copos de nieve, mitigaran su nostalgia. No obstante, si se recaba información sobre el inquietante personaje –se ensañaba especialmente con sus más de 6300 esposas, concubinas y esclavas-, la romántica historia va perdiendo credibilidad.

IMG_20200202_114512Hace falta mucha imaginación para figurarse la hermosa capital palatina a través de los escasos –y ruinosos- vestigios que se han excavado, tan solo una pequeña parte del primitivo conjunto califal. Medina Azahara quedó bastante deteriorada a causa del continuado expolio que sufrió tras su prematura destrucción, recién empezado el siglo XI: ya en época cristiana, todavía se reaprovechaban sillares y otros materiales.

IMG_20200202_121236Tras el sabor agridulce del recorrido por el conjunto arqueológico –aunque las explicaciones de Miguel Ángel compensan con creces la visita-, el magnífico vídeo que se proyecta en el centro de interpretación ayuda a hacerse una idea más clara de la grandeza de la ciudad califal. Lástima que la prodigiosa pieza audiovisual –técnicamente es una maravilla- carezca de perspectiva de género: no aparece ni una sola mujer en toda la recreación. Os hablo de un vídeo producido en 2018 –o sea, antes de VOX-.

Y sin embargo, las crónicas árabes afirman que en esa época vivían en los suburbios de Córdoba casi dos centenares de mujeres copistas –cultas, inteligentes, talentosas-, ninguneadas por historiadores y biógrafos –ese androcentrismo rampante-.

Aunque no todo está perdido: hace un año el ayuntamiento de Córdoba decidió llamar a una de sus calles Escriba Lubna. A Lubna de Córdoba, nacida en el seno de una familia cristiana esclava, su brillante inteligencia le valió la libertad. Experta en gramática, cálculo, geometría, caligrafía y métrica árabe, así como escritora y traductora, fue conservadora de la nutrida Biblioteca Real de Córdoba y secretaria de Al-Hakam II. Lubna viajó a El Cairo, Damasco y Bagdad en busca de libros para añadir a la biblioteca, y escribió tanto poesía sobre la vida en palacio como misivas oficiales en varios idiomas, entre ellos latín, griego y hebreo.

Su íntima amiga, la copista Fátima, experta en gramática y poética, fue una de las encargadas de la supervisión de las 70 bibliotecas que el califa fundó durante su reinado. Ojeadora de libros, recorrió los mercados y librerías de Bagdad, Constantinopla, El Cairo y Samarcanda para ampliar la colección de Al-Hakam II. Además creó un novedoso y eficaz sistema de clasificación y catalogación que incluía todos los títulos de la biblioteca y los datos sobre temática y ubicación.

Dos mujeres singulares -y tantas otras cuyo recuerdo se ha borrado- que desarrollaron su talento estimuladas por un califa insólito. Inteligente, culto, estudioso y sensible, Al-Hakam II respetaba las otras religiones y siempre prefirió la vía diplomática a la militar. Amante de las artes y las letras, durante los quince años de su reinado (961-976) atesoró 400.000 volúmenes en la Biblioteca Real -probablemente la mejor de su tiempo-, fundó 27 escuelas públicas, decretó la educación básica obligatoria e impulsó la Universidad de Córdoba.

IMG_20200201_103034Supe de Al-Hakam por esa delicada ampliación de la mezquita que todavía deslumbra a quienes la visitan. Me parece abyecto recordar a Al-Mansur y sus crueldades, a Boabdil y sus últimos días en Granada o a los mugrientos reyes feudales mientras se soslaya la contribución de un califa excepcional. Definitivamente, soy más de Al-Hakam que de Al-Mansur. Y, por descontado, que de cualquiera de sus coetáneos cristianos.