Sobreviviendo a la Navidad

En estos momentos quien más quien menos está ultimando preparativos para el par de días de ágapes pantagruélicos que se avecinan. En cuanto a nuestro pequeño hogar, acogeremos a nuestra familia más cercana por Nochebuena, dentro de unas horas, y también mañana, día de Navidad.

Hoy nos hemos acercado paseando a nuestro querido barrio de Gracia –algún día acabaremos viviendo allí, o por lo menos esa es mi ilusión- a por las insuperables tostadas de Turris, tan necesarias para las cositas ricas de las celebraciones navideñas.

IMG_20141224_114818Por el camino hemos hecho una pausa para resayunar –porque ya lo habíamos hecho antes- en La Pubilla, en el número 23 de la Plaça de la Llibertat. Sus esmorzars de forquilla –desayunos de tenedor- son fabulosos. No obstante, el servicio es mejorable y han cometido un error bastante básico: servir un plato primero y el otro un buen rato después, coincidiendo con un señor que se había instalado en la mesa contigua después que nosotros y había pedido lo mismo que yo. En fin.

Ahora ya estamos en casa y bien dispuestos a empezar a trajinar en la cocina. Ahí vamos. O ahí voy, que soy quien corta, monda y guisa –ninguna queja, que mi bienamado consorte se ocupa de la plancha, la tarea doméstica que más detesto y que, en consecuencia, peor se me da-.

Personalmente, con mis hijas ya adolescentes, debo admitir que este año la Navidad me da hasta repelús. ¿Acaso hay algo verdaderamente importante que celebrar? Me parece todo más de mentirijillas que nunca. De hecho, me encantaría escaparme hoy mismo a algún lugar remoto donde el turrón, el abeto o el muérdago ni se olieran, porque lo cierto es que, en mi pequeña esfera privada, este 2014 que está dando sus últimos coletazos -¡por fin!- ha sido un cúmulo de despropósitos, hasta tal punto que he decidido confeccionar una lista con ellos para prenderle fuego antes de tomar las uvas. No es una metáfora, lo haré literalmente, como una profesional y como debe ser: en la hoguera. Voy a hacer un sortilegio de mi invención para que el próximo año no vuelva a haber sustos tremendos, pérdidas irreparables ni fenómenos casi paranormales como los que hemos padecido estos últimos meses. ¿Qué, alguien se apunta?

Pues eso, que feliz 2015, que del 2014 ya hemos tenido más que suficiente. Por lo menos yo.

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Mamá

Mamás incondicionales, que quieren a sus hijos tal y como son, con sus virtudes, pero sobre todo con sus defectos. Desde el respeto y el amor infinitos. Sin adoctrinar. Sin juzgarlos. A menudo, sin acabar de comprenderles del todo. Ni falta que les hace: donde la razón no alcanza, siempre les llega el corazón.

Mamás eternamente ausentes. Ni están ni se las espera. No recuerdan cuál es el plato preferido de sus cachorros, ni lamen sus heridas cuando llegan tristes a casa. Andan permanentemente atareadas en cualquier otra cosa y no ven más allá de ellas mismas -qué fastidio que el niño tenga fiebre justo esta noche, pero da igual, ¿a que luzco divina con mi traje de cóctel para la cena de empresa?-.

Mamás vulnerables. Hacen lo que buenamente pueden, pensando que tal vez no es suficiente, o que quizás se equivocan. Nadie les ha dado el manual de instrucciones y dudan, dudan mucho. De si están haciendo lo correcto. De si podrían obrar mejor, que seguro que sí. De sí mismas, porque se fustigan constantemente rememorando los errores cometidos. Su única certeza es que sus vástagos son el ombligo del mundo. El centro del universo. Su razón de ser.

Mamás sobreprotectoras, que aman tanto que ahogan. O más bien aman mal. Que celan, que temen, que asfixian. Que transmiten sus fobias a sus criaturas y las aprisionan en una cárcel de chocolate y caramelo, a lo Hansel y Gretel, condenándolas a una eterna inmadurez de niños viejos.

Mamá. Dos simples letras repetidas con tantos significados.

Mi madre es una mujer difícil -con permiso de John Irving-, una de esas personas que dan su opinión aunque nadie se la haya pedido y están encantadas de conocerse. Mejor para ella, que tiene una autoestima a prueba de bomba.

De mamá me quedfotoo con aquellos domingos por la mañana remoloneando juntas en su cama, toda yo melena alborotada y mis pies diminutos calentándose entre sus piernas. Me visualizo, acompañada de mi hermana, colándome en secreto en su dormitorio, rebuscando los regalos de Reyes por los armarios y zangoteando dentro de sus pequeños zapatos, que entonces parecían inmensos. Recuerdo con precisión orgánica los bocadillos que nos preparaba, de paté con rodajitas de aceitunas, de jamón de york con chorizo, de pan con vino y azúcar –sí, hoy tan políticamente incorrecto-. El mejor de todos, el de tortilla de ajos tiernos con que acogollaba mis veinteañeras noches de invierno. Pero lo que más me viene a la memoria cuando pienso en su peculiar manera de ejercer la maternidad es su amor de madre incondicional, casi de mamma siciliana, en dos momentos clave de mi vida. Al final solo queda lo que verdaderamente importa.

Mamá cumplió 80 el pasado domingo. Muchos años ya a sus espaldas. Se le notan en los cada vez más frecuentes vaivenes de la memoria. En la risa casi infantil. En la inusitada dulzura de algunos retazos de conversación. En el lento caminar –ella, que siempre fue tan andarina-. En su fragilidad. En la amenaza cada vez más cercana de su muerte, aunque su energía incombustible me anima a pensar que, por suerte, aún le quedan muchos años por delante.

Celebramos su cambio de década en familia, durante todo el fin de semana. Tan solo unas horas después, en la madrugada del lunes, se acabó de apagar la madre de mi amiga Mónica. Su luz de madre cariñosa, entrañable y encantadora dejó de alumbrar a sus cuatro hijas, a quienes tanto quiso. Y quienes tanto la querrán por siempre jamás. Porque no importa cuán mayor sea ya tu madre. Cuán enferma esté. O cuán complicada haya sido la convivencia con ella. Cuando falta, algo se te queda enredado entre los entresijos del alma y hace que, aunque en el fondo la lleves siempre contigo, la eches de menos. Caí en la cuenta de ello durante una conversación que mantuve hace poco con Ángela:

– No quiero morir demasiado mayor, prefiero morir joven.

– ¡Mamá! ¿Cómo puedes ser tan egoísta?

Ay, mamá, qué complicado resulta a veces quererte. Y, sin embargo, cuantísimo te quiero.

Ya huele a Navidad

Este año, por fin, he entendido qué es la magia de la Navidad: que tus hijas adolescentes ordenen su dormitorio y lo dejen de un limpio deslumbrante.

– Mamá, ¿cuándo iremos al trastero a por todo lo de Navidad?

– Cuando hagáis limpieza a fondo de vuestra habitación.

Lo sorprendente es que la estrategia ha funcionado. Les hacía muchísima ilusión montar nuestro árbol de Navidad petardo –todo él de rojo espumillón- y decorar nuestro hogar con adornos purpurinosos y brillantes. Cada año tendré que esperar a que empiece diciembre, pero ahora sé que, por lo menos una vez cada doce meses, su leonera pasará de espacio evitable a espacio habitable por arte de esa improvisada microbrigada de limpieza de a dos. Por algo se empieza.

Las hacendosas niñas de mis ojos han descubierto pulseritas infantiles olvidadas en su cofrecillo de los tesoros, se han deshecho de los dientes de leche que nunca se llevó el ratoncito Pérez y han acondicionado su rincón de lectura, cuya alfombra de colores ahora huele a Mimosín Moussel. Incluso han recopilado una inmensa montaña de libros que permanecían condenados al ostracismo. La próxima semana los llevaremos a la Asociación de Libros Libres, http://www.asllibreslliurescat.org/QueSomos.html, así otros niños podrán disfrutar de ellos como lo hicieron en su día Ángela y Mariola. Porque para donar libros a la red de bibliotecas públicas de Barcelona hay que hacer el pino-puente.

Una se pregunta por qué la sociedad civil funciona infinitamente mejor que cualquier institución pública y por qué surgen tantas iniciativas ciudadanas para resolver problemas que nuestros próceres, que moran en el limbo de los mundos de Yupi, no es que los ignoren, es que ni siquiera perciben que existan.

Compruebo, estupefacta, que mi ciudad se ha engalanado como nunca con luces navideñas. 60 kilómetros de luces en 300 calles, según la web de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals. “El coste total lo comparten el consistorio y los comerciantes, que ponen alrededor de un millón de euros cada uno. No obstante, el Ayuntamiento cede medio millón de euros más a la Fundación Barcelona Comercio para iluminar las grandes avenidas. En total, unos 2,7 millones, que supondrán para el alcalde Trias una factura casi medio millón más elevada que la del año pasado”. Como si la factura la pagara él, y no los barceloneses con nuestros impuestos.

sinluzLa información, que al fin y al cabo procede de la voz de su amo, justifica el dispendio: hay que estimular el consumo. Claro, de otro modo los posibles compradores circularíamos por Barcelona como habitantes de Mordor, provistos de farolillos y velas. Lo de la pobreza energética mejor lo obviamos, que da mal rollo y desluce el espíritu comercial de la Navidad. Pues llamadme rara, pero a mí este año la iluminación navideña me causa una profunda tristeza, y preferiría que esa pequeña fortuna se invirtiera en que a nadie le faltara el calor en casa, ni durante los próximos días ni durante lo más duro del frío invierno.

Qué ganas de que lleguen las próximas elecciones municipales.