La Côte Vermeille

La también llamada côte rocheuse -costa rocosa- se extiende desde la playa del Racou de Argelès-Sur-Mer hasta Portbou. Es un litoral escarpado que alterna peñascosos acantilados con colinas cuajadas de viñedos y poblaciones pesqueras que han preservado su carácter marinero.

BanyulsBanyuls-Sur-Mer se asoma al mar donde el Pirineo se funde con el Mediterráneo. Esta pequeña y apacible localidad es conocida por el célebre vino dulce que lleva su nombre y por ser la cuna de Aristide Maillol, cuyos restos reposan en el jardín de La Métairie, la casa donde residió de manera intermitente desde 1910 hasta 1944, cuando falleció en un accidente de coche. El refugio donde el escultor pasaba los inviernos es hoy un museo abierto al público. Algunas de sus obras también se pueden contemplar mientras se pasea por su ciudad natal.

PaulillesFabricaEntre Banyuls-Sur-Mer y Port-Vendres merece la pena detenerse en el Grand Site de l’Anse de Paulilles. Abierto todo el año y de acceso gratuito, es un espacio natural protegido donde desde 1870 hasta 1984 se ubicó la fábrica de dinamita Nobel. Aunque el político neogaullista Jean-Claude Méry intentó construir en esa área privilegiada un puerto deportivo de lujo, la oposición popular detuvo el proyecto. Tras importantes trabajos de recuperación y saneamiento, desde 2008 Paulilles es un paraje encantador donde el bucólico paseo se combina con la memoria del uso industrial del lugar, que se abre al mar desde sus tres playas, la del Forat, la de Paulilles y la de Bernadi.  En mi opinión merece especial atención l’atelier des barques, el taller donde se recuperan todo tipo de embarcaciones marineras catalanas, desde pequeños barcos de pesca o de recreo hasta pedalones: los visitantes pueden asomarse a la nave donde se desarrollan los trabajos desde una pasarela que orilla el techo.TallerBarcasDentro

Desde la playa Bernardi de Paulilles parte un sendero litoral de 6 km de largo -unas dos horas y media de camino- que llega hasta el faro de Cap Béar, en el municipio de Port-Vendres, el principal puerto pesquero de los Pirineos Orientales y el único de aguas profundas del departamento -atención, cruceros, olvidad Collioure y soyez les bienvenus a Port-Vendres-. Experiencia en las artes de pesca no les falta: su bahía natural ya era utilizada como fondeadero por los romanos.

CollioureGeneralLa hiperactiva Port-Vendres no puede competir con su vecina Collioure, la prototípica población del pintoresquismo mediterráneo, con permiso de Cadaqués. Para estacionar el coche hay que rezarle a alguna patrona de los imposibles, pero como somos ateos nos encomendamos al turista-hastiado-que-se-pira-y-nos-deja-un-hueco. Nuestra impía plegaria funciona y, por fin, conseguimos aparcar. Solo nos resta hacer cola ante el parquímetro: con esta moda de tener que indicar el número de matrícula en el tique, todo se ralentiza.

Nos encaramamos por las calles menos transitadas de Collioure para apreciar mejor tanto las alegres fachadas pintadas en tonos pastel y engalanadas con floridas macetas, como las tuberías de desagüe esmaltadas en vivaces colores. Al doblar una esquina, insospechadamente, nos topamos con una tiendecilla donde una tímida muchacha vende sus creaciones: tarjetas ilustradas con primorosos dibujos y cantos rodados decorados a mano. Mariola escoge una postal preciosa para escribir a su amiga Alzina y despierta toda mi ternura: en la era de internet, enviar cartas por correo es una prodigiosa excentricidad.

Por pura casualidad me reencuentro con la sombrerería donde hace unos años adquirí una pamela divina. Tras comprobar que continúan contando con tallas para cabezas hiperdimensionadas como la mía, adquiero otro sombrerazo: es un alivio poder cubrirse el cráneo sin peligro de obstruir el flujo sanguíneo ni coagular el cerebro.

ColliourePlayaEl gentío dificulta la caminata y un músico ambulante nos desgarra los tímpanos, de modo que nos parapetamos en un recodo de la playa de Boramar, desde donde, mientras el mar nos arrulla, contemplamos las limpias aguas y la torre de la iglesia de Notre Dame des Anges, que se incrusta en la playa y nos muestra su formidable perfil de faro-campanario -hoy alumbro la costa y mañana toco a maitines-.

Cuando pasamos junto al cementerio, una pequeña y silenciosa multitud se arremolina frente a la tumba de Machado. Mientras los examino -los rostros apesadumbrados, la conversación congelada-, pienso en que Pedro Sánchez la visitó hace un par de meses, así como la sepultura de Manuel Azaña en Montauban y la playa de Argelès-Sur-Mer, donde el estado francés habilitó el primer campo de concentración para albergar al desborde de republicanos que huyeron de España tras la victoria de Franco. Ha sido la primera petición de perdón institucional y la primera muestra de condolencias por parte de un presidente del gobierno de España en más de 40 años de democracia. Entre tanto, la momia del dictador todavía se carcajea en el Valle de los Caídos.

Mis hijas han recorrido también la ruta de la memoria con la Escola Massana, forma parte de sus viajes formativos. Collioure, Argelès-Sur-Mer y la Maternidad Suiza de Elne fueron tres de las etapas de su peregrinaje. Todos deberíamos hacer ese viaje en algún momento de nuestras vidas. Porque todos, absolutamente todos, se lo debemos no solo a alguno de nuestros familiares, sino también a nosotros mismos.

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El Vallespir

Además de una conocida calle del barrio de Les Corts de Barcelona, el Vallespir es la última comarca de esa Catalunya Nord que se anexionaron alegremente los franceses en 1659, tratado de los Pirineos mediante. Aunque el acuerdo estipulaba que se respetarían los Usatges de Barcelona y las instituciones catalanas con sede en Perpignan, solo un año después Luis XIV derogó todo ello y prohibió el uso público y oficial del catalán, que por algo era el Rey Sol.

oznorNo deja de chocarme que todavía se cuestione un tratado no muy posterior, el de Utrecht, y se reclame rojigualdamente Gibraltar, sin tener en cuenta las preferencias de los lugareños, que desean continuar siendo súbditos británicos, mientras se menosprecia ese territorio que, aun estando al otro lado de los Pirineos, preserva su catalanidad con la intensidad de la flamma del Canigó. De hecho, Yellowland rebasa las fronteras geográficas pirenaicas y se extiende, más allá de la Junquera, en extravagante desborde de lazos amarillos y senyeres.

En efecto, Céret, capital del Vallespir, es una pintoresca población donde abundan las estelades, los transeúntes salpicados de amarillo y los autos engalanados con adhesivos del burro catalán, ya demodé al otro lado de la frontera. Cualquiera diría que estamos en plena Rambla de Catalunya: en la terraza de Can Jordi, en el boulevard Jean Jaurès, nos soplan 6 euros por un café con leche y un panaché tamaño microcaña. Como de costumbre -se nota que ya estamos en Francia-, sin servilletas. Incroyable.

TomatsCeretEl colorido mercado semanal de los sábados de Céret ofrece el variopinto género de los productores locales: fruta y verdura orgánicas, infrecuentes caldos de pequeños viñedos, sabrosos quesos de cabra y de oveja, pescado y marisco de la cercana Côte Vermeille, vivaces creaciones del popular textil catalán, cerámica de mil y una tonalidades -turquesa deslumbrante, rojo incandescente, amarillo solar-, tapenades artesanas de pimiento, ajo o tomate secado al sol… Qué delicia pasear entre las distintas paradas, curiosear sin prisa y probar mil y un tentadores caprichos.

Nos alejamos de las populosas calles repletas de mercaderes y oteadores y jalonadas por imponentes plataneros bicentenarios, y nos adentramos en el corazón de la localidad para apreciar mejor su arrebatadora arquitectura popular, sus cafeterías con carácter y sus galerías de arte. Mariola se prenda de los óleos de Matthew Wright, un adorable pintor setentañero cuya dulzura conmueve y enamora. No es el primer artista a quien cautiva esta llamativa villa, retratada por Pablo Picasso, Georges Braque, Juan Gris, Manolo Hugué, Francis Picabia o Marc Chagall. Precisamente ahora puede apreciarse en el Musée d’art moderne de Céret una exposición temporal del célebre pintor de origen bielorruso que recoge una selección de coloridas litografías de inspiración circense.

MoulinDeGalangauNos alojamos en la ecogîte del Moulin de Galangou. Es una casita construida con cariño cuyos grandes ventanales dan a un agradable jardincillo arbolado. Nuestro hospedaje se ve cuidado y requetelimpio y la calidad de los detalles -lencería de algodón, artesanía local en la decoración, mobiliario de madera maciza a medida- delatan el buen gusto de Isabelle y Pascal, los propietarios, que además son amabilísimos. No obstante, echamos de menos un microondas y nos sentiríamos más a gusto con un chorro de ducha más abundante. Lo mejor, su estufa de hierro colado, que nos arropa e hipnotiza con su cálida llama.

SteMarieArlesAunque pertenece al municipio de Montferrer -un villorio retrepado en la montaña cuyo único interés es el mirador de La Creu, desde donde se divisa toda la región hasta el Mediterráneo-, el Moulin de Galangou está a cuatro minutos en coche de Arles-Sur-Tech, una apacible y decadente aldea que ha preservado su minúsculo centro histórico. Su joya más preciada es la Abbaye Sainte Marie d’Arles, una de las más antiguas de Cataluña, fundada en tiempos de Carlomagno en la vecina Amélie-les-Bains y trasladada a su actual ubicación en el siglo IX como precaución contra las invasiones normandas. El elegante claustro de delicadas columnas fue construido en el siglo XIII con mármol de Céret y piedra de Gerona. El recinto alberga un sarcófago paleocristiano del siglo VI que en su día preservó las reliquias de los santos Abdon y Sennen y al que los parroquianos atribuyen superpoderes: aunque los cuatro sillares de piedra que lo sostienen lo separan del suelo, desde el siglo XVI está documentada la milagrosa presencia de agua cristalina en su interior. Científicos que me leéis, por favor, averiguad la causa del acuático fenómeno y pulverizad tamaña estulticia.

MoulinDesArtsEl agua forma parte de la idiosincrasia de la población, cuyo devenir está ligado al curso del río Tech: l’aiguat de octubre de 1940 inundó y arrasó la zona industrial y liquidó la actividad de la renombrada fábrica chocolatera Cantaloup-Català, que se trasladó a Perpignan. También mermó la industria textil local, cuyos vestigios pueden observarse hoy si se visita Le Moulin des Arts et de l’Artisanat, donde se preserva uno de los antiguos telares y se han establecido artesanos de diversa índole más un gato de espléndido pelaje, que se ha enseñoreado de las naves.IMG-20190416-WA0062

En Arles-Sur-Tech nos asomamos al obrador de Florence Losa -sito en el número 12 de Baills Jean Vilar-, que nos abre las puertas de su taller aun cuando no es día de venta al público. Sus bombones son el súmmum para cualquier amante del chocolate: 97% mínimo de cacao de Ecuador, sin azúcar, ni aceite vegetal, ni soja, ni conservantes. Es tan puro que entras en trance en cuanto lo pruebas. Además de darnos a degustar un par de sabores, nos cuenta que solo trabaja con ingredientes orgánicos, pero que no puede publicitarlo porque el estado francés le crujiría con el impuesto especial de los productores bío. Mientras nos pesa las tres variedades de bombones que decidimos llevarnos -solo chocolate, jengibre, y cúrcuma y pimienta-, nos desvela que algunos clientes de Barcelona la buscan en el mercadillo semanal de Céret para comprarle sus golosinas para adultos.

Cambiamos de paisaje y nos desplazamos hasta el extremo suroeste del Vallespir, donde se ubica Prats-de-Molló, escenario de la Révolte dels Angelets de la Terra. El ya mencionado tratado de los Pirineos estipulaba que el rey de Francia mantendría las leyes catalanas y, en consecuencia, la exención de la gabelle, el impuesto sobre la sal, imprescindible en aquella época para garantizar la conservación de los alimentos. No obstante Luis XIV incumple lo acordado -ya sabéis, l’état c’est moi– y exige el pago de ese tributo, por lo que la sal pasa a costar dos veces más que la que se adquiría en la Cataluña Sur. Enseguida estalla la revuelta y durante 10 años se suceden la guerrilla y el contrabando de sal de los Angelets de la Terra, que finalmente son derrotados y descabezados -literalmente-. Así que cuando el Rey Sol le pide a Vauban, el famoso arquitecto militar, que amplíe la fortaleza de vigilancia, quizás no piensa tanto en avizorar la frontera española como en controlar a esos díscolos catalanes que osan resistirse a sus regios designios.

smartcaptureHoy la ciudadela de Fort Lagarde se eleva imponente sobre Prats-de-Molló, desde donde parten cuatro vías de ascenso para alcanzarla: una carreterilla asfaltada, un sendero que serpentea por la colina donde se asienta, el túnel por el que subía la soldadesca desde la villa en caso de ataque, y la vereda que orilla ese acceso subterráneo. La fortaleza recibe el nombre de la torre de señales medieval, llamada de La Guardia, corazón de la estrella que dibuja el recinto fortificado.

IMG-20190416-WA0028Encaramados sobre la muralla de Fort Lagarde divisamos, al fondo, el tupido mosaico de rojos tejados a dos aguas de Prats-de-Molló y enfrente, dominando el pico más alto de los aledaños, la Tour du Mir, otra de las torres de señales que formaban parte del sistema defensivo de los condados catalanes: desde allí los centinelas avisaban de posibles ataques de tropas enemigas con señales de humo durante el día y mediante hogueras por la noche. Esa afición a marcar territorio perrunamente es intrínseca a la especie humana, todavía hoy. En fin.

CorsavyA 10 minutos de coche de nuestro alojamiento, en Corsavy, se alza otra de esas torres-atalaya -o lo que queda de ella- que se erigían en guardianes de las cumbres prepirenaicas. Apacible y soleado, el paseo por Corsavy invita a curiosear sus fuentes, lavaderos y abrevaderos, aunque lo mejor de la aldehuela es Chez Françoise, un restaurante familiar al que se accede por la tienda de ultramarinos. Nos atiende Verònica, que atravesó el Pirineo junto a sus padres cuando era muy pequeña desde Molló. Con su encantador acento nos revela que el catalán es su lengua materna y que el francés lo aprendió en la escuela. La verdad es que viniendo de Barcelona es muy cómodo comunicarse con los lugareños aun sin saber francés: quien más quien menos habla catalán o se hace entender en esa lengua.

La carta de Chez Françoise es corta pero apetitosa. Compartimos un plato de embutidos preparados por ellas mismas -en la cocina, otra dama atiende los fogones-, otro con quesos de cabra y de oveja de la zona, el vino de la casa, más que correcto, un par de jugosas tortillas de ceps -cada una de cuatro huevos-, un par de ensaladas de hojas de roble con picada de almendras y una trucha de río con una contundente salsa casera de ajo y cebolla. Para acabar, una infusión de tomillo que nos sabe a gloria. Qué a gusto se almuerza en Chez Françoise, es lo más parecido a visitar a las tietes de Francia.

 

No me busquéis en Argelès-Sur-Mer

A pesar de haberlo intentado fervientemente -por desgracia demasiado tarde-, el fin de semana pasado mis amigas y yo tuvimos que abandonar la idea de pernoctar en la solicitadísima Collioure, así que optamos por un hotel de la playa de Argelès-Sur-Mer que era mínimamente aceptable según la valoración de TripAdvisor -ya no reservo nunca sin consultar previamente allí-.

La fachada marítima de Argelès-Sur-Mer es una ecléctica mezcla de edificios funcionales y construcciones inverosímiles, a cuyos pies se extiende un arenal tan vasto que me hizo pensar en largas carreras bajo el sol para alcanzar el agua en lo más duro del caluroso verano -una auténtica pesadilla-. Separando ambos mundos, un rectilíneo paseo jalonado de pinos discurre a lo largo de esa inmensa, apabullante playa, y proporciona al turista un efímero paréntesis de íntima felicidad.

A finales de septiembre, las calles de la zona comercial del puerto de Argelès se ven tan desangeladas como cuando se acaba la temporada de verano en Port d’Alcúdia o Calella de la Costa. Es un déjà vu del litoral mediterráneo más degradado: tiendecitas de souvenirs espeluznantes, restaurantes con menús turísticos, bares con neones imposibles, take-aways de pizzas y kebabs… Cenamos en el establecimiento que nos pareció más aceptable -más bien merendamos, estábamos hambrientas y nos adaptamos al temprano horario francés con gran agilidad- y la experiencia fue gratamente sorprendente, salvo el pésimo Tequila Sunrise que se me ocurrió pedir como aperitivo: qué manía de ponerle a los cócteles azúcar a gogó -desde ya, los cócteles, solo en el Stinger-.

No eran ni las nueve de la noche cuando iniciamos el camino de regreso al hotel por el mencionado paseo marítimo. Cuando habíamos recorrido más de la mitad del trayecto, vimos a un hombrecillo a nuestra derecha -lado playa, pero mirando hacia el interior- que, con los pantalones bajados y la mirada de estornino, intentaba rendirle a Onán su particular homenaje. Aunque le ignoramos y pasamos de largo, en cuanto se percató de que continuábamos como si tal cosa por el paseo, que se adentraba en una especie de bosquecillo sin demasiada iluminación, agarró los pantalones como pudo con la mano que le quedaba libre y empezó a perseguirnos correteando, mientras su cinturón repiqueteaba contra el suelo. Tenerle cerca era tan patético como repugnante: aunque le increpamos reiteradamente para que nos dejara en paz, tuvimos que alejarnos de allí -nosotras no íbamos con la ropa arremangada y teníamos las manos libres para darnos impulso, lo que nos daba cierta ventaja- hacia una zona más iluminada para que desistiera.

A las nueve y cuarto llegamos a nuestro hotel, todavía asqueadas y estupefactas, y nos encerramos a cal y canto en la habitación. Oímos unos golpecillos, pero no les dimos importancia hasta que empezaron a transformarse en lo que parecía una pequeña batalla campal. Empezábamos a pensar que aquel estruendo in crescendo era fruto de un episodio de violencia doméstica cuando nos pareció que llamaban a la puerta. No hicimos caso porque no esperábamos visitas -aquella noche, menos que nunca-, pero volvieron a llamar. Sí, alguien golpeaba suavemente sus nudillos contra la puerta de nuestra habitación. Un poco inquietante, ¿verdad? Pero abrí. Era una de las empleadas de la recepción, quien me comentó -más bien me susurró- que los inquilinos de la habitación de arriba se habían quejado de nosotras -¿los mismos que tiraban muebles contra el suelo para protestar por nuestra simple presencia?- y que si, por favor, podíamos hablar más bajo (!). Yo le contesté que eran las nueve y media de la noche, que solo estábamos conversando -aunque reconozco que mi voz se parece a la de Bárbara Rey- y que ni siquiera habíamos encendido la tele. Y ella, desolée, desolée, que aquellos huéspedes eran muy mayores y que por favor, por favor, por favor. O sea, como en el Monasterio de Silos, pero con un perturbado merodeando semidesnudo por los alrededores.

Tomad nota: Grand Hôtel du Lido, qué gran hallazgo.

Collioure

Este fin de semana me he escapado a Collioure con tres amigas. El viernes preparé un buen bizcocho casero para mi consorte y mis retoños –qué haría yo sin la masa madre de las carmelitas de Sevilla- y, tras depositar la pequeña ofrenda en la mesa de la cocina, huí a toda velocidad. Bueno, en realidad no tanta, pero sí en sentido figurado: en cuanto me subí al coche de mi amiga Iciar, simplemente dejé de estar en Barcelona.

Por suerte no soy tan mayor como para haber tenido que memorizar la absurda lista de los reyes godos. Sin embargo, cuando pienso en ellos –por asociación de ideas, puesto que no es un tema al que dedique mis desvelos- siempre me vienen a la cabeza dos nombres que he retenido por lo graciosos que me parecen: Chindasvinto y Wamba. Es más, guardaba la secreta sospecha de que en realidad nunca habían existido, simplemente figuraban en los libros de historia escolares, junto con tantos otros nombres impronunciables, para aligerar la tortura mental que se infligía a los alumnos de la época. Así que, cuando leí en la web oficial de la oficina de turismo, www.collioure.com, que quien bautizó a la actual Collioure como Caucoliberis fue el mismísimo rey Wamba, me quedé bastante atónita.

Si llegáis en coche para pasar el día –nosotras tuvimos que dormir en Argelès-sur-Mer por no reservar nuestro alojamiento con suficiente antelación-, lo mejor es estacionarlo en el gran parking que hay antes de llegar al Château Royal: además de ser más barato que la zona azul y poder pagar con tarjeta, os evitaréis tener que estar pendientes del reloj para acudir cada tres horas a cambiar el ticket.

Nuestro primer desayuno en la turística población costera fue un espanto –el segundo fue ni fu ni fa, así que os avanzo que no le dedicaré ni dos líneas-. Se nos ocurrió sentarnos en una de las mesas de Les Délices Catalans, que preside la Place du 8 Mai 1945 –estos franceses siempre tan sencillos para el nomenclátor de sus calles-, sin hacer el siempre necesario casting previo, estábamos hambrientas. Preguntamos si tenían opción de desayuno salado y se hicieron los locos, repitiéndonos la oferta de petit déjeuner sucré que ya habíamos visto en la pizarra de la entrada, a saber: tostadas con mantequilla y mermelada, croissant o pain chocolat, café con leche y zumo de naranja. Decidimos aceptar su propuesta –si tanto insistía el garçon es que había de ser una buena opción- y tuvimos que ingerir un trozo de pan que no estaba tostado sino seco, mermelada de azúcar con alguna partícula de melocotón, un pain au chocolat del que mejor ni hablamos, un café con leche que sabía a calcetín en remojo y un zumo de naranja de bote antediluviano.

Suerte que la vida del guiri no es tan dura como parece y siempre hay una de cal y otra de arena: el sábado la localidad estaba realmente tranquila y pudimos callejear sin demasiadas multitudes, así como acercarnos al espigón de la playa de St-Vicent para contemplar desde allí la encantadora y conocidísima vista de postal de Collioure –aunque nos negamos a acercarnos a ese marco-engendro que se eleva sobre un pedestal y que tan de moda se ha puesto en multitud de lugares turísticos-. También visitamos el Château Royal –el recorrido era bastante caótico porque no estaba bien indicado y también allí había otro de esos horribles marcos metálicos que se funden con su atril- y la famosa tumba de Machado, cuyo valor es puramente sentimental pero ofrece el aliciente añadido de cotillear las sepulturas y panteones de los lugareños, que siempre es un curioso ejercicio sociológico. Es muy recomendable el recorrido que bordea la muralla del Château Royal desde el puerto hasta la playa de Port d’Avall, aunque si el mar está picado hay un alto riesgo de que las olas que rompen contra el borde del angosto paseo te salpiquen más de lo que quisieras.

El almuerzo nos reconcilió con la gastronomía local: en Le Safran Bleu, que se ubica en el número 6 de la Place du 18 Juin, disfrutamos de un menú con una relación calidad-precio excelente. A destacar la sopa del pescado, exquisita con las tostadas untadas con rouille, y la pulcritud y el cuidado del aseo –¡oh, maravilla de las maravillas!-.

Hay dos direcciones más que quisiera compartir. Una es la de art’Zana, 2 rue Dagobert, un taller de bisutería y joyas de plata donde la mayor parte de piezas que se exhiben, a cual más original, están creadas por ellos mismos. Al fondo de la tienda, casi escondido en un rincón del suelo y protegido por una barandilla, un minúsculo estanque artificial acoge a varios peces centelleantes que nadan ajenos a las miradas furtivas de quienes los observan.

La otra dirección es de una boutique que quizás no es tan llamativa, aunque a mí me chifló toparme con ella. Siempre ando a la busca y captura del sombrero de ala ancha ideal –no puedo tomar el sol y es la manera más cómoda de protegerme de él- porque me cuesta muchísimo encontrar algún modelo que me guste y que, además, exista en la talla que requiere mi cráneo sobredimensionado. Si estás leyendo esto y eres cabezuda como yo, estás de suerte: en Manijao, 6 Rue Arago, encontré una maravillosa pamela de color magenta, tejida artesanalmente, de tamaño king size. Quizás alguien me confunda con la sombrilla de una terraza, pero en la vida hay que correr riesgos.

Contra todo pronóstico –había previsión de lluvia-, hoy el día ha amanecido soleado y el centro de Collioure se ha inundado de paradas de todo tipo: comerciantes de ropa, complementos y bisutería, productores de queso, embutidos, vino, mermeladas y anchoas, pescateros, carniceros, payeses que ofrecían lo mejor de su huerto, cocineros de cositas ricas y no tan ricas para llevar… El mercadillo era verdaderamente variopinto y alegre, y desde la terraza de Les Templiers -www.hotel-templiers.com- se veían pasar a numerosos compradores felices con sus recientes adquisiciones.

Callejear y contemplar el mar desde rincones con encanto son los dos grandes atractivos de Collioure, así que a eso hemos dedicado la mañana tras mimetizarnos con la marea humana que peinaba el mercadillo y avanzar superando mi fobia a las multitudes –aprovecho para retractarme de mi afirmación de que la vida del turista no es tan dura: sí, lo es-. Empezaba a nublarse cuando hemos decidido despedirnos de Collioure con las tapas de La Cuisine-Comptoir, 2 rue Colbert, donde hemos almorzado razonablemente bien -exceptuando el puré de garbanzos que ellos llamaban hummus-, aunque hemos tenido que esperar tres cuartos de hora para que nos sirvieran, lo que en realidad ha sido una suerte porque nos hemos sentado en la agradable terraza con horario francés, pero hemos comido con horario español.

Regresar a la normalidad tras un fin de semana de asueto se hace menos pesado si uno se evade mentalmente a la próxima escapada. Así que, como los burros, me concentro en mi apetitosa zanahoria: Oporto. Qué ganas tengo de que empiece noviembre.