Líneas rojas

El exjuez Santi Vidal, de bolos por Cataluña cuando todavía era, además de conferenciante, senador por ERC, desveló el robo de los datos personales de todos los catalanes desde el Govern. Así mismo manifestó que habían confeccionado una lista de jueces afines y no afines al procés y que habían camuflado 400 millones de euros –también de todos los catalanes, incluyendo a quienes no somos independentistas- entre distintas partidas presupuestarias, a fin de organizar el referéndum y construir las famosas estructuras de estado.

Llegó el verano y con él las purgas de aquellos a quienes les podía temblar el pulso ante la inminente consulta: Jordi Baiget, Consejero de Empresa y Conocimiento, fue destituido tras expresar en público sus dudas sobre su celebración. No fue el único cesado o dimitido. En paralelo, el Parlament aprobó un nuevo reglamento para adaptarlo a su plan de ruta. “Tengo unos principios, pero si no le gustan, tengo otros”, que decía Groucho. Por no hablar de la sonrojante profanación del homenaje a las víctimas del atentado terrorista de las Ramblas.

El 6 y el 7 de septiembre Junts pel Sí y la CUP pulverizaron el marco legal vigente: para cambiar una sola coma del Estatut se necesitan dos tercios de la cámara, no obstante aprobaron la Llei de Transitorietat Jurídica i Fundacional de la República saltándose el dictamen del Consell de Garanties Estatutàries, vulnerando los derechos de la mitad de quienes votamos en las últimas elecciones autonómicas y escudándose en su mayoría de escaños independentista, que sin embargo no se sustenta en una mayoría social, sino que es fruto de una distorsionante y españolísima ley electoral. La misma, por cierto, que nos sometió durante la pasada legislatura a las repugnantes arbitrariedades del PP aunque su mayoría absoluta tampoco fuera real.

Luego pudimos escuchar al President, el máximo representante de las instituciones catalanas, arengando a sus huestes a que se encararan con los alcaldes díscolos, haciendo gala de una exótica mezcla de irresponsabilidad, arrogancia y desfachatez. Aunque ya se va viendo la calaña de algunos seres que ostentan el epíteto de molt honorable.

Como era previsible -¿o alguien pensaba que Naniano iba a replicar con claveles y sonrisas?- la respuesta judicial y policial no se hizo esperar. La culminación llegó el pasado miércoles 20 de septiembre con la desproporcionada –¿pirómana?- entrada de la Guardia Civil en la Conselleria d’Economia por aquel “quítame allá esos datos” que se le escapó, cáspita, al exjuez y exsenador de ERC. Las redes sociales bautizaron a los detenidos como presos políticos, mientras nos conminaban a todos a salvaguardar la democracia. Un momento, ¿qué democracia? ¿Dónde estaban esos demócratas a principios de año, cuando explotaron las revelaciones de Santi Vidal? ¿Dónde se escondían cuando empezaron las purgas y los nombramientos de personajes afines? Y, lo peor de todo, ¿dónde se ocultaban todos ellos cuando se hizo añicos el contrato social vigente en Cataluña –insisto, yo también soy catalana- en el Parlament? En ese momento sentí una mezcla de vergüenza, indignación e impotencia. Esa fue mi línea roja: ahora veo a ambos bandos sumidos en el mismo lodazal.

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El PP ha intervenido la Generalitat por la puerta de atrás, así evita el urgente y necesario debate en el Congreso. Entre tanto, Mònica Terribas anima a sus radioyentes a informar de los movimientos de las fuerzas de seguridad del estado. ¿De qué va esto? ¿De que explote la olla a presión en la que habitamos y se cobre la primera víctima? Depongan las armas -la propaganda, la puesta en escena, el manejo del relato-. Siéntense. Dialoguen. Negocien. Y empiecen a remendar las costuras de este territorio deshilachado.

Como apuntaba recientemente Guillem Martínez en una de sus crónicas, deberíamos dejar de referirnos a nosotros mismos como pueblo -como Vallfogona, Organyà o Sant Quirze de Besora- y empezar a pensarnos como sociedad.

Mi vida es mía

Mamá ya no es mamá. Aunque a primera vista pueda parecerlo, si te fijas bien –algún lamparón en la ropa, el cabello apelmazado, la mejilla tiznada de tapaojeras-, enseguida te das cuenta de que algo no anda bien. Luego, cuando entablas conversación con ella y, al cabo de nada, te salpica con su verborrea vacua, reiterativa e imprecisa –no recuerda el nombre de algunos objetos básicos, inventa viajes imaginados, confunde términos y conceptos-, se le adivina la demencia.

La medicina moderna es, a veces, inverosímil al tiempo que perversa, porque confunde vida con constantes vitales. Pienso en mi suegra y la recuerdo tres años encogida en un lecho, toda ella piel y huesos, alimentándose de gelatina y sin mostrar respuesta a estímulo alguno. Los neurólogos recetan unas maravillosas píldoras que ralentizan el proceso degenerativo de la enfermedad de Alzheimer. Y sin embargo, no curan, tan solo prolongan la agonía con una falsa sensación de que el tiempo se detiene y, con él, la enfermedad. Para algunas farmacéuticas, que obtienen pingües beneficios de los pacientes crónicos, esos tratamientos constituyen un negocio muy lucrativo. Como leí recientemente en un foro, la ley que por fin regule la eutanasia llegará cuando la sanidad pública no pueda soportar el envejecimiento de la población y prescinda de la subsistencia vegetativa: al parecer, recortar gastos es una razón de estado más importante que la dignidad de las personas. Qué triste.

Sugiero que los neurólogos atiendan también a los familiares y nos prescriban ansiolíticos, antidepresivos y somníferos. Quizás así podremos sobrellevar mejor las noches en blanco, el pertinaz nudo en el estómago, la implacable impotencia ante una situación imposible de controlar que puede dilatarse durante años. Como una condena. Ahora comprendo a la perfección la súplica de Julianne Moore en la imprescindible “Still Alice”: ¡Ojalá tuviera cáncer!

eutanasia.gifMe niego a acabar así. A dejar de ser yo. A permanecer conectada a una máquina o a perderme en el limbo de la enajenación e ir desapareciendo poco a poco y de manera inexorable, sin opción a despedirme de las personas a quienes más quiero. A sufrir ese macabro embalsamamiento en vida que es la existencia vegetal, sin conciencia y despojada de mí misma. Exijo, llegado el caso, elegir cómo y cuándo morir. Y hacerlo plácidamente, rodeada de los míos. Con cariño. Con amor. En paz conmigo misma. E idealmente sin tener que viajar a Suiza para conseguirlo.

Lo comparto aquí, en público y a la vista de todos. Es mi testamento vital. Que cada cual haga con su vida lo que le parezca, pero mi vida es mía.