Cosas de las bases de datos

Hace unos días llegó a nuestro inmueble un nuevo envío -supongo que comercial, por supuesto no he abierto el sobre- de la compañía Mapfre. Iba dirigido a una empresa que hace más de diez años que ya no se ubica en los bajos del edificio, pero que sigue recibiendo, indefectiblemente, comunicaciones impresas periódicamente -sí, muy cansino-. Viendo que la había depositado allí Correos -“la compañía de todos”, indica el membrete-, decidí depositarla en un buzón, indicando con una x la causa de la devolución. Dudé entre desconocido o dirección incorrecta, pero al final opté por la primera opción -elección que me costó un pequeño disgusto conmigo misma, porque en realidad sé donde está ahora la susodicha pyme y detesto mentir-. Reconozco que marqué una crucecita insignificante, realmente discreta, pero no le di demasiada importancia porque estaba siguiendo escrupulosamente las instrucciones de esa compañía de todos: aunque no soy cartera sensu stricto, a partir del rellano de la entrada lo es cualquier vecino que recoja el fardo postal -con su característica goma de pollo cohesionadora-.

Pues bien, un par de semanas después, el cartero regurgitó de nuevo el mismo envío de Mapfre, en cuyo remite seguía constando la dirección corporativa de Majadahonda. Lo supe en cuanto vi mi pequeña crucecita azul en la casilla de desconocido. Entonces me pregunté qué periplo habría seguido aquel correo comercial bumerán con franqueo pagado -varias veces, me temo- y cuán difícil resulta mantener una base de datos actualizada -aunque en realidad resulte mucho más costoso guardar direcciones postales en vano-.

Estaba todavía reflexionando en si merecía la pena hacer un nuevo intento, esta vez indicando lo mismo con colores fluorescentes y quizás aplicando unas bonitas lentejuelas -además de llamar la atención, embellecerían aquel sobre tan soso-, cuando nos llegaron tres envíos de la DGT, que por lo visto ha decidido invadir todos los hogares del país con un mismo modelo de carta para recavar información sobre vehículos del pleistoceno. En nuestro hogar se excavaba en las catacumbas locomotrices de un Mini que perteneció a mi marido hace 30 años, un Renault 5 que fue mi primer coche y una Vespa Primavera que todavía conserva mi hermana por motivos sentimentales: me la regaló mi padre cuando cumplí los 16.

¿Cuántas toneladas de papel se habrán gastado en esta oleada de cartas? ¿Cuántos recursos se habrán invertido en ella? Y, lo que es peor, ¿cuántas patrañas se habrán pergeñado para justificar los datos incompletos -que haberlos haylos-? Porque a mi Renault 5 le habían adjudicado alegremente una dirección mía muy posterior. Pensándolo bien, tal vez aquel automóvil desvencijado tenía superpoderes y sabía predecir el futuro. Que gran pérdida la de aquel mágico vehículo, ahora podría dedicarme a la farándula y hacer bolos con él.

Definitivamente, los designios de la DGT, de Correos, de tantas instituciones públicas que pagamos con nuestros impuestos, son inescrutables.

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Frankfurt-Am-Main

A Valery y Clemens los conocimos hace ya quince años en Torres del Paine. Recién casados, como nosotros, apuraban su luna de miel en Chile –ellos vivían entonces en Argentina- antes de partir hacia la lejana Europa: mi hoy gran amiga Valery –solo nosotras sabemos cuánto puede afianzar una amistad el cruce de correos electrónicos-, una bellísima argentina descendiente de judíos que huyeron de la Alemania nazi, rizó el rizo de su historia familiar y echó raíces en la cuna de sus antepasados. Concretamente, en Frankfurt-Am-Main.

Tras su separación más que amistosa, queríamos celebrar con Valery, en plan cuarentañeras locas, la inauguración de su nuevo hogar. Mi amiga Iciar y yo llegamos el sábado a primera hora desde Barcelona y por la noche se nos unieron las expatriadas Carme y Carmen.

En cuanto llegamos al apartamento de nuestra anfitriona, y aun estando la mañana gris y desangelada, nos sentimos arropadas por la maravillosa luz que entraba a raudales por los magníficos ventanales. Me enamoré de su maravillosa cocina al instante y comprobé, una vez más, que Valery no tiene medida: yo creo que supuso que nos quedaríamos incomunicadas durante una semana por la repentina ola de frío, ya que aprovisionó toneladas de víveres de todo tipo –lo que más, limas, ginger ale y ron añejo para los mojitos-. En la nevera grande –el balcón de su casa- brillaba la olla de gulash que había preparado Carmen para la cena.

Enseguida nos fuimos a por ricos panes alemanes para tomar un brunch sin prisas, perezosamente, abrazadas por la cálida conversación, un poco atropellada a causa de la catarata de anécdotas pendientes de compartir. Y allí, sin salir de casa, aprendimos un poco de historia. Porque resulta que desde el  nuevo hogar de Valery se ve perfectamente la descomunal estructura que hoy alberga la Goethe-Universität, conocida como IG-Farben-Haus y también como Poelzig-Bau, edificio Poelzig en alemán, ya que así se apellidaba el arquitecto que la diseñó.

IG-Farben-Haus se creó para albergar la sede de la IG-Faberindustrie AG, el mayor conglomerado químico del mundo de su época, integrado por seis compañías: Agfa, BASF, Bayer, Cassella, Höchst y Kalle. Se levantó en 24 meses y empezó a funcionar en 1931, el mismo año en que Hitler fue humillado públicamente por el abogado Hans Litten en la todavía República de Weimar. En aquel momento era el mayor edificio de oficinas de Europa. En pocos años pasaría a ser 28_30023315uno de los centros de operaciones del horror: entre otras sustancias químicas al servicio del Führer, IG-Farben desarrolló y produjo el Zyklon B, un pesticida a base de cianuro que fue usado en las cámaras de gas de los campos de concentración. IG-Farben tenía, así mismo, su propio campo de trabajos forzados, Buna-Monowitz, también conocido como Auschwitz III.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el edificio se convirtió en la sede administrativa de Eisenhower. Luego Estados Unidos continuó utilizándolo durante la Guerra Fría, hasta tal punto que se le llamaba el Pentágono de Europa. Cuando a mediados de los 90 los norteamericanos abandonaron el inmueble, pasó a ser el nuevo Campus Westend de la Johann Wolfgang Goethe-Universität.

Todo lo que acabo de explicar se puede contemplar desde casa de mi amiga. Porque aquello que perciben nuestros ojos no es simplemente una imagen, sino lo que hay tras ella. Lo que implica.

La lección de historia continuó sin salir aún a la calle, en su propio hogar. Porque en uno de los ángulos del salón, presidiendo el acceso desde el distribuidor de la entrada, la mirada se fija, indefectiblemente, en una preciosa máquina de coser Singer con el encanto de lo muy vivido. Un tesoro familiar que recuerda cómo salieron adelante los ancestros de mi amiga cuando huyeron del nazismo, prácticamente con lo puesto, a un nuevo país al otro lado del Atlántico, lejos de sus raíces, de su lengua, de todo lo que habían conocido hasta entonces. La barbarie los despojó de casi todo y los precipitó hacia lo ignoto. Les hizo comenzar de cero con el terror reciente prendido de la piel, impregnándoles la mirada, el gesto, el alma. Pero todavía se tenían a ellos mismos, a su empuje, a su valentía para salir adelante. A sus ganas de vivir y reinventarse. Y lo hicieron. Vaya si lo hicieron. Puntada a puntada. Entre dobladillos, vainicas, cortes al bies y botonaduras. Por eso más bien parece que sea la vieja Singer quien te observe a ti y te recuerde, encantadoramente gastada, de dónde viene. Y porqué está ahí.

Frankfurt también tuvo que renacer de sus cenizas. Literalmente. Las bombas solo dejaron en pie la catedral neogótica y Haus Wertheim, la única casa original que queda en la pintoresca plaza Römerberg, que fue reconstruida en los años sesenta tal y como era antes de la guerra. Cerca de allí discurre el Main y al otro lado del río se asoma el barrio de Sachsenhausen, donde antes moraban pescadores y curtidores y hoy habitan los frankfurters más cool. Se puede llegar hasta allí atravesando el Eiserner Steg, un encantador puente peatonal de acero –aunque es conocido como “el puente de hierro”- que es la copia del original de 1868 –sí, también fue destruido por el ejército aliado-. Enmarañan sus metálicas entrañas un sinfín de candados, práctica que, además de que degrada el paisaje urbano, me parece espeluznantemente estúpida, qué idea del amor tan retorcida. Como diría mi amiga Mónica, ¿por qué un candado, si la clave está en la llave?

Frankfurt Hauptbahnhof inside 1950La Frankfurt Hauptbahnhof –la estación central de trenes- se empezó a construir quince años después que el Eiserner Steg y se inauguró el 18 de agosto de 1888. Aunque el arquitecto alemán Hermann Eggert diseñó la estación, fue el prodigioso ingeniero Johann Wilhelm Schwedler quien se ocupó de su colosal esqueleto de acero, sin duda lo más impresionante del inmenso edificio. A través del cálculo de las tensiones de los puentes que proyectaba, Schwedler llegó a una importante innovación, revolucionaria en su momento: una estructura arqueada que se articulaba en tres puntos a fin de poder adaptarse a diferentes tensiones y a los cambios de temperatura. La mente del ingeniero nunca dejará de asombrarme.

Entre paseo y paseo siempre apetece hacer una pausa para tomar algo, todo un reto en Alemania: allí no existe la mediterránea costumbre de disfrutar de una comida en condiciones, aderezada de una agradable conversación. Mientras turisteábamos por Fressgass saboreamos un delicioso bocadillo de salchicha a la parrilla en Schvengrill, un puesto callejero –nada que ver con los infames frankfurts que te ofrecen por aquí- y por fin conseguimos sentarnos en una cafetería donde nos calentamos el cuerpo y el ánimo con una deliciosa sopa de paprika.

En claro contraste con el resto de la ciudad, los rascacielos de lo que se apoda Mainhattan, desafiantes e imponentes, proclaman a los cuatro vientos quién ostenta la capitalidad económica de Alemania y Europa: en Frankfurt se ubican el Deutsche Bundesbank –la inquietante mole que lo acoge, que bien podría ser la localización para un remake de “El Resplandor”, se ve cuando llegas desde el aeropuerto por la autovía- y el Banco Central Europeo.

El breve fin de semana estaba dando mucho de sí, pero todavía nos quedaba la esperada cita entre amigas. La noche “solo chicas” empezó en la barra de la cocina en cuanto llegaron Carmen y Carme. Tomamos juntas la primera ronda de mojitos, una exquisita gelée de merluza, caballa y gambas que había preparado Boris –amiguísimo de Valery- y el jamón ibérico que habíamos aportado Iciar y yo. Apenas nos conocíamos, pero las palabras fluían fáciles, veloces y divertidas y, a pesar de ser tan diferentes –o quizás precisamente por ello- nos amalgamaba una curiosa aleación de ecléctica y reconfortante feminidad. Continuamos, ya en la mesa, con el mencionado gulash –riquísimo, voy a incorporar ese guiso a mi lista de platos básicos ya mismo, y más con este frío, ¡brrrr!- y, por no cambiar de alcohol, más mojitos. Risas, exclamaciones de júbilo y confidencias discurrieron sinuosamente mientras nosotras, ajenas a todo lo que no fuera aquel momento, reponíamos serotonina. Fue una noche mágica y entrañable.

El domingo paseamos de nuevo por la ciudad, nos despedimos lánguidamente de sus rincones y saboreamos todo lo aprendido, que no era poco. No obstante, de nuestro fin de semana en Frankfurt me quedo, por encima de todo, con el hogar de mi amiga, que también siento un poco mío. Porque, al fin y al cabo, tu casa es un poco tú. Y a ella, como sucede con los buenos amigos, aunque viva a más de mil kilómetros, la pienso mucho y la llevo conmigo allá donde voy. Bis bald, Val!

Bye bye Vueling

La semana pasada leí un artículo que explicaba que, tras varias sentencias judiciales en su contra, Ryanair estaba empezando a enmendar su inveterada costumbre de maltratar a los usuarios de sus servicios. Quizás exista una red virtual de vasos comunicantes, porque ese escaso porcentaje de malas maneras que se está quitando de encima la compañía irlandesa ha salpicado –y calado hondo- en Vueling, que ha tomado el relevo del desprecio aéreo con ímpetu insospechado.

El 8 de agosto, a fin de beneficiarme de las ventajosas tarifas que acompañan a toda compra anticipada que se precie, programé un fin de semana en Frankfurt con mi amiga Iciar para visitar a mi otra amiga Valery. Tras desestimar Ryanair por lamentables experiencias pasadas, reservé a través del portal de Vueling dos billetes Barcelona-Frankfurt con ida el viernes 15 de noviembre y regreso el domingo 17, y me molesté en bloquear dos asientos juntos para ambos trayectos. Poco después se apuntó a la expedición una tercera amiga, Gemma, quien hizo igualmente su reserva online para los mismos vuelos de ida y vuelta. Todas contratamos el seguro de anulación por si las flys. Hasta aquí todo anodino y vulgar, ¿verdad?

A semana vista de la escapada teutona, a causa de nuestros compromisos laborales Iciar y yo nos vimos obligadas a aplazar nuestra ida 24 horas. Cuando entré en la web de Vueling para modificar la reserva, comprobé, estupefacta que:

(a) La reserva solo me permitía cambiar online ambos vuelos a la vez, el de mi amiga y el mío. Era el caso, pero podía no haberlo sido.

(b) Mi asiento de vuelta –pero no el de mi amiga- había desaparecido, como Los Ojos del Guadiana.

(c) Los cargos por el cambio incluían conceptos misteriosos e inextricables, en plan Cuarto Milenio.

Visto lo visto, intenté contactar por teléfono con ellos para aclarar el asunto, pero una grey de voces metálicas de contestador automático fue rebotando mi llamada sin cesar, a capricho de irritantes códigos numéricos. Me sentí como en un bingo telefónico, aunque jamás hice línea y nunca me tocó un operador u operadora. Así que pasé al plan b, que fue enviar un correo electrónico a su departamento de atención al cliente, en el que les pedía que me aclararan la desaparición de mi asiento ya abonado y los crípticos conceptos del cargo por el cambio de billetes. Me respondió otra máquina:

Estimado cliente,

Gracias por contactar con el Servicio de Atención al Cliente de Vueling.

Estamos tramitando su solicitud y en breve nos pondremos en contacto con usted.

Aprovechamos la ocasión para enviarle un cordial saludo y agradecer la confianza depositada en nosotros.

Atentamente,

Dpto. de Atención al cliente

Vueling Airlines S.A.

Su número de referencia es:

[SR_Number: 1-1775232961]

Por favor, utilice esta referencia para futuras consultas sobre este caso, o responda a este mismo correo electrónico.

Tras esta respuesta automatizada (y embustera), pasó toda la semana previa a irnos y no recibí ninguna comunicación. Así que la víspera de nuestro viaje les refresqué el tema:

Buenos días.

Me voy mañana a Frankfurt y todavía no he recibido respuesta por vuestra parte.

Vuestro departamento de (des)atención al cliente es fabuloso, felicidades.

¿Qué entendéis vosotros por “en breve”?

Espero que os dignéis a dar señales de vida.

Expectante,

Helena Sanz

Mientras yo enviaba este nuevo correo electrónico –que por supuesto nunca recibió respuesta-, nuestra amiga Gemma perdía su vuelo Barcelona-Frankfurt. Le pidieron 200 euros por volar el sábado a Frankfurt con nosotras y también le advirtieron que su seguro de anulación no cubría el billete de vuelta, porque no había causa de fuerza mayor. Y yo me pregunto si acaso no lo es carecer de superpoderes para estar en el aeropuerto de Frankfurt habiendo perdido el vuelo de ida. Nota mental: tachar ese concepto de mi lista de suplementos imprescindibles en vuelos low cost. Mis futuras reservas serán como apuestas en un casino, todo o nada. Hagan juego, señores.

Cuando Iciar y yo subimos al avión el sábado comprobamos, pasmadas, que estaba prácticamente desocupado: el personal de cabina tuvo que pedirnos que nos sentáramos en los asientos de las puertas de emergencia para poder cumplir con el protocolo de seguridad del despegue y el aterrizaje. Mejor vacío que cobrar un poquito menos de 200 euros, qué gran política comercial. Seguro que se han inspirado en el mercado inmobiliario indígena.

Pero en el viaje de regreso aún nos esperaba otra sorpresa que iba a ser la guinda del pastel de nuestra particular odisea en el espacio con Vueling. Cuando me disponía a embarcar, tras verificar el código de barras de mi tarjeta de embarque, el jovenzuelo del personal de tierra me apartó de la fila. Me hizo esperar hasta que hubo entrado todo el pasaje y yo, entre tanto, saqué la fotocopia de mi reserva con el comprobante del pago de los asientos, que llevaba encima como precaución. Pero no me sirvió de nada: el repelente individuo se puso a buscar frenéticamente en su ordenador los asientos que quedaban libres, mientras yo intentaba, fotocopia en mano e infructuosamente, que me escuchara.

– Perdona, pero yo en su día pagué un pequeño suplemento para garantizar mi asiento.

– ¿Ah, sí? –me dijo mientras me sonreía con absoluto desdén.

– Mira, traigo la fotocopia de mi reserva…

– Pero usted hizo un cambio en la reserva…

– Sí, pero solo en la ida…

– Señora, ¿me deja hablar? –el que no me estaba dejando explicarme era él, que continuaba tecleando febrilmente, pero su arrogancia me hizo enmudecer- Con el cambio de reserva ha habido un cambio de configuración. Yo ya no le puedo dar ese asiento porque se le ha asignado a otra persona.

Entonces, en lugar de ofrecerme un cambio de asiento para mí y también para mi amiga –como comprobamos luego al subir al avión, había opciones de sobras-, me listó las posibilidades de ubicación que quedaban libres y me espetó que, como volaba a Barcelona, que formulara mi queja allí, en la central.

Mi particular encuentro con la tercera fase sucedió cuando todavía faltaba media hora para cerrar la puerta de embarque. Podía haberse mostrado brusco apremiado por las manecillas del reloj, pero no era el caso. Fue borde porque sí. Porque podía serlo y le dio la gana. A lo Ryanair.

Así que, a partir de ahora, cuando no me queden más opciones para desplazarme que Vueling o Ryanair, optaré por los auténticos, los que crearon tendencia. Mejor mortadela que chopped.

EPÍLOGO

De: clientsvy@vueling.com
Fecha: Tue, 19 Nov 2013 14:11:30 +0100

Estimado cliente

Gracias por contactar con VUELING. En respuesta a su e-mail, le informamos
que el coste del cambio en su reserva  ha sido de € 116.60 con los
siguientes detalles:

45€ + 45€ de tasa de cambio

26.60 de diferencia de tarifa

Reciba un cordial saludo.
Atentamente,

Departamento de Atención al Cliente
VUELING AIRLINES S.A.

Su número de referencia es:
[SR_Number: 1-1775232961]

Por favor, utilice esta referencia para futuras consultas sobre este caso, o
responda a este mismo correo electrónico.

Estado de Objeción

Hoy ha llamado un tipo que se ha identificado como empleado del Instituto Nacional de Estadística (INE). Me conminaba a que nuestra microempresa entregara la encuesta que habían enviado tanto por correo electrónico como por correo ordinario -vaya a ser que no te des por enterado-. Y como garantía de tal encuesta, me informaba de que él representaba a un organismo público, no a una entidad privada -reconozco que tanto protocolo me ha dado mala espina-. Yo no sabía de qué me estaba hablando porque no soy la administradora y la comunicación duplicada no se había dirigido a mí, así que le he respondido que ya la enviaríamos si teníamos tiempo y si no, pues no. “En ese caso, tendremos que sancionarles”. En ese momento me hubiera gustado ser una brillante abogada para denunciar al estado por coacción, aun a riesgo de acabar como Baltasar Garzón. Pero no lo soy. Si creyera en la reencarnación, me pediría serlo en mi próxima vida. Pero tampoco: soy una descreída. Cuántas contrariedades en un solo día.

La susodicha encuesta -que en realidad no es tal encuesta, sino una lista interminable de casillas que es necesario rellenar con innumerables datos contables, o sea, un formulario- digo yo que servirá para que los preclaros hombres y mujeres del INE puedan lanzar proclamas del tipo “el 99% de pymes facturan menos de tropecientos millones de euros al año” o “el 99% de las grandes empresas tienen su sede en paraísos fiscales” -eso no se les escapará nunca, pero, puestos a elucubrar, conjeturo lo único que me apetecería saber-.

Los cráneos privilegiados del INE -o de quienes dicten sus órdenes- podrían haber buscado otra fórmula para recabar esos datos. Por ejemplo, incentivar la colaboración en lugar de penalizar la insumisión. O analizar ellos mismos la documentación que entregamos, año sí, año también, tras cada cierre fiscal. O aplicar la creatividad para que una tarea que, obviamente, no quieren hacer ni ellos porque es un auténtico peñazo, se convierta en algo atractivo, ilusionante, prometedor. Ah, no, que ellos solo trabajan con tabulaciones y parrillas.

A mí estos episodios no hacen más que acentuar mi vena anarquista, que últimamente está abandonando su estado de latencia y transmutando hacia un estado de efervescencia y convulsión. Por culpa del estado, valga la redundancia. Un estado que coacciona, ordena, controla, amenaza y chantajea. Que, entre otros abusos de autoridad, coarta mi libertad de elegir si colaboro o no con el INE. Porque podría pasar que no quisiera. De la misma manera que nunca doy mi permiso para que mis hijas salgan en fotos panfletarias del conseller de turno inaugurando el camí escolar o visitando el colegio.

Ahora mismo me encantaría poder montar una pequeña república independiente en algún lugar remoto. La llamaría Estado de Objeción. Sería bonito:

– ¿Y tú, dónde vives?

– En Estado de Objeción. Permanentemente.

Porto

Cuando Fèlix se enamoró de Gonçalo, lo hicimos nosotros también en cuanto nos lo presentó, mis hijas incluidas. Gonçalo es un portuense culto, educado, adorable y habla en perfecto catalán con acento de Girona, ¡fascinante! Así que, exceptuando a Fèlix –que describe Porto con la subjetividad del amor-, es el mejor embajador de su ciudad natal que pueda existir: su cálida conversación y su agradable compañía hacen que las ganas latentes de conocer Porto se multipliquen exponencialmente y ya no puedas dejar de pensar en ella hasta que logras escaparte para visitarla. Porque un día lo consigues. A solas con tu marido, de novios. Y cuatro días enteros. ¡La bomba!

Volamos a Porto con Tap y la experiencia no pudo ser mejor. Antes de embarcar nos etiquetaron las maletas de cabina y nos proporcionaron sendos resguardos, ya que el equipaje de mano se deposita cómodamente en un carro entes de subir al avión. En cuanto subes, lo entiendes todo: el interior es tan pequeño -incluso más que un autocar, hay una hilera de asientos individuales a la derecha y otra de a dos a la izquierda- que los trolleys deben almacenarse, necesariamente, en la bodega. Cuando el mágico microavión de Pin y Pon ya ha aterrizado, las maletas te están esperando a pie de escalera. ¡Qué maravilloso invento!

metroEn el aeropuerto Francisco Sa Carneiro hay una estación de metro y puedes ir directamente a Porto desde allí. Cómodo, rápido y asequible. Igualito que el aeropuerto de Barcelona, vamos. Claro, para qué queremos una buena conexión con el aeropuerto, teniendo prevista una marina fantasticulosa para cruceros de lujo. Tener un alcalde senil es lo más.

Pero regresemos a Porto. Nos alojamos en el barrio de Baixa, en el Hotel Teatro, Rua Sá da Bandeira, 84, que sería el escenario ideal para rodar algún capítulo de mi adorada serie “True Blood” -sí, soy así de freak-. No solo cuenta con un personmi_sombraal amable y atento -simpatiquísima e inasequible al desaliento Silvia Santos-, sino que está estratégicamente ubicado, muy cerca de la señorial Avenida dos Aliados, de la Estaçao de São Bento y sus preciosos azulejos, del decadente Mercado do Bolhão, de la bulliciosa Rua de Santa Catarina -en el número 2, en la librería Leya Latina, compramos nuestra guía de la ciudad, “Stop 4 Porto”-, del Café Majestic, del Café Guarany y del Café Progresso, al que se llega tras un empinado paseo. Sí, hicimos varias pausas para tomar algún que otro galão, pero es que nos las vimos con una lluvia lateral hostil incomodísima, como si alguien te estuviera vaporizando la cara constantemente -mejor tomárselo como un beneficioso tratamiento facial-.

Fachadas2Porto es una ciudad ecléctica en la que reinan los contrastes más sorprendentes. Edificios decrépitos y estructuras desvencijadas a lo Baby Jane Hudson conviven en armoniosa vecindad con preciosas fachadas esmeradamente restauradas, brillantes y coloridos azuletranviajos y verdaderos alardes arquitectónicos que desafían a las leyes de la gravedad y maravillan al paseante. Establecimientos que perduran desde tiempos pretéritos -todavía existen barberías como las de antaño- comparten acera con locales cosmopolitas y originales creadores: Eureka Shoes, en la Rua Passos Manuel, o Bem Português y Em Movimento, en la Rua Mouzinho Silveira, son solo tres ejemplos, aunque en las curiosas galerías comerciales de Miguel Bombarda con Rosário y aledaños hay muchos más.

LellaLa Livraria Lello es de visita obligada, no solo por la extraordinaria cantidad y variedad de libros que exhibe, sino también por el espacio en sí, primorosamente conservado como una biblioteca de cuento. Tuvimos la desgracia de coincidir con una terrible horda de turistas que, a pesar de la prohibición de tomar fotos, incomodaban tanto a los empleados como a mí misma con sus flashes indómitos e invasores. Y luego salían sin comprar nada, claro. El gran clásico.

AVidaPortuguesaAl lado de la concurridísima librería, y a fin de relajarse un poco tras la estresante experiencia, vale la pena curiosear un poco en A Vida Portuguesa, que además de ocupar un local diáfano muy acogedor, ofrece mil y un objetos curiosos para obsequiar o auto regalarse, desde reproducciones de cuadernos infantiles y juguetes vintage a tentadoras exquisiteces gastronómicas.

Un poco más allá se eleva la Torre Dos Clérigos, cuyos 76 metros de altura exigen al sufrido turista escalar 225 escalones -algunos con trampa, de esos que cuentan como uno pero valen por dos-. Eso sí, las vistas sobre el Douro son impresionantes incluso nublado y lloviendo -en esas condiciones subimos hasta allí nosotros-. No obstante, advierto a futuros oteadores que la organización deja mucho que desear y puedes llegar a pensar que morirás aplastado por la multitud, ya que no controlan los flujos de entrada y salida por la angosta escalera y la estrecha balconada circular que corona el monumento. Para un claustrofóbico puede llegar a convertirse en la peor de sus pesadillas.

grafitiSuerte que a poca distancia de allí puedes tomar una bocanada de aire fresco en el Passeio das Virtudes, un hermoso mirador ajardinado, y reponer fuerzas antes de acercarte, callejeando y pendiente abajo, al Palácio da Bolsa, cuya visita guiada merece mucho la pena, aunque recomendamos combinar la entrada con alguna otra actividad – por ejemplo, una travesía por el Douro- para amortizarla un poco. Lo más interesante del didáctico recorrido fue descubrir que las fastuosas paredes del Café Majestic, la Livraria Lello y el Palácio da Bolsa son de mentirijillas: los artesanos portuenses, para demostrar que eran más chulos que un ocho, decidieron demostrar al mundo su maestría y trabajaron con yeso, como si de un gran atrezzo se tratara. Da totalmente el pego, yo ni tocándolo me acababa de creer que aquello no fuera madera. Ya lo dice la canción: “Teatro, la vida es puro teatro…”.

Aprovechamos el único día de nuestra estancia sin nubes ni lluvia para disfrutar del Douro y su desembocadura. Bajamos sin prisas hacia el barrio de Ribeira y decidimos bordear el río en un largo paseo que nos llevaría toda la mañana. PartimediaMaratónmos de la Praça da Ribeira y seguimos hacia Rua Nova de Alfãndega, donde nos topamos con los corredores de la media maratón de Porto y su séquito de animadores y voluntarios -todo un mundo en el que no me voy a recrear, las hazañas deportivas me parecen inverosímiles-. También vimos a varios grupos de jovenzuelos que regresaban de fiesta y pasamos por delante de algún que otro after hours -no veía nada así desde mis lejanas escapadas ibicencas-. Caminando, caminando, caminando, siempre junto al río, dejamos atrás el Ponte de Arrábida -obra del ingeniero Edgar Cardoso- y llegamos al barrio de Foz, que orilla el estuario del Douro. Allí nuestro recorrido se hizo más agradable y llegó a su punto culminante: Pontão da Foz. Foz2Desde el faro disfrutamos de un espectáculo sobrecogedor, ya que tuvimos la suerte de poder contemplar cómo el poderoso Atlántico abría sus fauces acuáticas para morder los espigones. Más adelante pudimos soslayar definitivamente a la troupe de la media maratón -que empezaba a ser demasiado cargante- gracias a un agradable sendero que bordea las playas de Foz hasta el Castelo do Queijo. SardinasDesde allí nos dirigimos a la entrada del Parque da Cidade -el mayor parque urbano de Portugal, se puede pasar el día allí perfectamente- para alcanzar Matosinhos, ciudad industrial anexa a Porto, conocida por sus playas para surfistas y -ahí radicaba nuestro interés- por los restaurantes de su barrio de pescadores. Efectivamente, la Rua Heróis de França está repleta de pequeños establecimientos donde hay una variada oferta de cocina marinera a la brasa. Nosotros optamos por Casa Serrao, en el número 517, y comimos el mejor pulpo asado que hemos probado jamás: la ración daba un poco de miedo -los tentáculos eran gruesos como culebras-, pero estaba tan tierno que se fundía en la boca, ¡sublime!

teleféricoTras la pequeña excursión estábamos exhaustos, pero nos negábamos a regresar al hotel y desperdiciar ese día soleado, aPonteEiffelsí que tomamos el metro para regresar y nos bajamos en la estación de Jardim do Morro de Vila Nova de Gaia, desde donde se accede al teleférico que desciende a Cais de Gaia y ofrece unas preciosas vistas panorámicas de Porto, que queda enfrente. Una vez en el muelle, tomamos un pequeño barco de madera desde el que pudimos observar las entrañas de seis de los puentes que atraviesan el río justo antes de ponerse el sol. Los que me parecieron más hermosos son el Ponte D. Luís I, inaugurado en 1886 y construido por la Société de Willebroeck de Bélgica, y el Ponte D. María Pia, obra de 1877 de la Casa Eiffel. Aunque, por supuesto, para gustos, los colores.

casa da musicaEn las antípodas de la imagen bucólica de la ciudad a orillas del Douro está la Casa da Música, obra del arquitecto holandés Rem Koolhaas. Es como si un gigantesco meteorito poliédrico de hormigón y cristal hubiera caído desde el espacio exterior y hubiera echado raíces ahí, entre las casitas con fachadas de azulejos y el frondoso y refrescante Jardim da Boavista. Queda pendiente disfrutar de algún concierto en ese escenario privilegiado.

La vida sin comer bien no es vida, así que, Matosinhos a parte, os paso algunas direcciones que os podrían ir bien si os animáis a ir a Porto.

EL MÁS COOL. El restaurante-librería Book, en la Rua de Aviz número 10, ocupa el espacio que antaño albergaba la Papelería Aviz –de hecho, dentro todavía lucen su cartel- y aún conserva una pared forrada de estanterías de madera y repleta de libros. Te sirven la carta dentro de un ejemplar gastado por el tiempo y también utilizan algún tomo de curiosa edición como salvamanteles. El que me tocó cuando me sirvieron el arroz con pulpo que escogí como segundo plato –exquisito- era ”Poesia e Ritmo” de Giuseppe Tavani, e incluía el análisis rítmico de un poema de Salvador Espriu y de otro de Pablo Neruda. Hermoso, ¿verdad?

COCINA CASERA. O Buraco, en el número 95 de la Rua do Bolhao, fue otra de las recomendaciones de Fèlix y Gonçalo. La verdad es que por su aspecto exterior no hubiéramos entrado jamás, pero lo aconsejamos encarecidamente, ¡se come de fábula a un precio inverosímil! Cuando entramos, un encantador señor con aspecto de tener que haberse jubilado ya nos envió al comedor de abajo, mientras nos explicaba algo en su portugués veloz que no logramos descifrar. Nos sentó en una mesa y nos dio una carta mientras nos traía una ensalada y un par de buñuelos de bacalao que no habíamos pedido. “¿Carne o pescado?”, nos preguntó escuetamente. Yo enseguida pedí las famosas tripas -impresionantes en todos los sentidos-, que no quería dejar de probar. Mi marido, tras dudar un poco, se decantó por unas sardinas, que le chiflan. Entonces el hombrecillo le dio dos opciones que no comprendimos y optó por la vía del medio: le trajo las dos, unas abiertas sin espina y otras más pequeñas y enteras, en plan pescadito frito. El vino también fue motivo de risas. El anciano caballero nos preguntó si preferíamos vino tinto o blanco y escogimos tinto. Él se dispuso a traernos el vino de la casa pero mi marido quería darle un vistazo a la carta de vinos, así que cuando llegó un camarero más joven con el tinto, se la pidió. Pero mientras ojeaba qué caldo luso podríamos probar, regresó nuestro padre adoptivo y nos abrió la botella de vino de la casa sí o sí, que estaba muy bien y que si no nos gustaba ya nos lo cambiaría. Por suerte sí que nos dejó escoger la copa de Porto de 20 años -exquisito- con que acompañamos el postre. Salimos de allí tan ahítos como felices. Comer en O Buraco te hace reconciliarte con la especie humana.

TAPAS Y GINTONICS. En Canelas de Coelho, Rua Elísio de Melo 29-33, abren ininterrumpidamente desde las tres del mediodía hasta las dos de la madrugada y se pueden tomar platillos y tapas con vino o gintonic, según las preferencias de cada cual -cuentan con una amplia oferta para ambas opciones-. La primera noche que fuimos, dos gabachos cincuentones demostraron, una vez más, que cuando un francés se pone borde no hay quien le supere. La camarera, que hablaba un inglés impecable y a nosotros nos entendía sin problemas en castellano, hacía mil y un esfuerzos para explicarles la carta -ellos solo hablaban francés- y de vez en cuando intercalaba alguna palabra en francés, esforzándose, con éxito, en pronunciar bien, hasta que llegó, ay amigos, al poisson maudit y dijo poison. Sí, lo habéis adivinado: el tipo tuvo la gran desfachatez de corregirla. Pues yo le hubiera servido poison con el poisson. Poquito, solo para causarle una pequeña indigestión.

9WINE BAR. Entramos en La Ricotta, en Rua Passos Manuel con Rua Sá da Bandeira, porque tenía buena pinta, estábamos cansados y necesitábamos comer algo no muy lejos del hotel para acercarnos luego a descansar un poco -la vida del turista es verdaderamente agotadora-. Y acertamos. Fue un placer probar un auténtico pata negra portugués -pido disculpas, pero me niego a llamarle presunto-, cortado a mano y exquisito, y regarlo con un soberbio vino del Alentejo -una botella de Grous, para más señas-. Recomendable para un romántico mano a mano.

LUJO LUSO. Mi viajada y viajera amiga Isabel estuvo en Porto hace unos meses con Víctor, su pareja, e insistió en que teníamos que probar O Paparico, así que nos reservó mesa ella misma. Llegar hasta el remoto lugar donde se ubica ya es toda una aventura, y el aire de estar a punto de descubrir algo diferente continúa cuando llegas: debes golpear la puerta con los nudillos, como si fuera un local clandestino de la época de la ley seca estadounidense. Un muchacho encantador al que llamaremos Néstor, porque era clavadito al hermano de mi amiga Silvia, nos explicó los entrantes que ya había dispuestos primorosamente en la mesa en un castellano impecable y luego atendió a unos ingleses con un acento british fabuloso -al parecer todos los portugueses son políglotas-. Néstor nos recomendó un arroz caldoso con bogavante azul que no estaba en la carta, pero nosotros habíamos ido allí, básicamente, para hacernos un homenaje gastronómico con el pulpo asado del que nos había hablado Isabel -sí, el pulpo fue monotema, y no el bacalao-. Todo estuvo perfecto, excepto un solo detalle: la salita de la entrada hacía las veces de espacio para fumadores y, al carecer de puerta, conforme la noche transcurría, el hedor del tabaco impregnaba el ambiente a nuestro alrededor cada vez más, llamadnos quisquillosos -que en eso lo somos, y mucho-. Suerte que llegamos temprano y no tuvimos que sufrirlo demasiado.

PonteAtardecer3Y hasta aquí la entrada más larga que haya escrito hasta la fecha en este blog. Quisiera acabar tal y como la he empezado: lo mejor de Porto, lo que me haría regresar de nuevo sin pensarlo dos veces, es cuán amable, encantadora y acogedora es su gente donde quiera que vayas. Muito obrigada!