El Gran Hotel La Toja

La meca del termalismo. El templo de las burbujas terapéuticas. El legendario establecimiento de referencia para los fanáticos de masajes, parafangos y pediluvios, entre quienes me incluyo. Siempre había fantaseado con conocer de primera mano las bondades del mítico balneario del Gran Hotel La Toja, tan lejano en todos los sentidos. Y sin embargo, mi amiga Iciar ha hecho realidad ese sueño. Ya me lo advirtió Mylove -la sonrisa cómplice ante mi exultante felicidad dibujándosele en los labios- en cuanto supo de mi adelantadísimo regalo de cumpleaños: “Es el mejor obsequio que vas a recibir, no voy a poder superarlo”.

El viernes pasado desgrané la mañana con la misma ilusión desatada e impaciente de mis vísperas de Reyes infantiles, revisando mi petate –se necesita muy poco equipaje para disfrutar de un fin de semana largo en albornoz- y observando el reloj de mi móvil, que arrastraba los dígitos a velocidad de caracol. Luego los desplazamientos –al punto de encuentro con Iciar, al aeropuerto de Barcelona, a Vigo, a la Isla de La Toja- discurrieron mucho más rápido. Por fin, antes de las ocho de la tarde, alcanzamos nuestro destino.

Llegando de Barcelona y sus áridas aguas calcificadas, sorprende abrir el grifo para lavarse las manos y sentir en la piel un tacto ligeramente oleoso, casi de líquido balsámico. Las propiedades antiinflamatorias de las aguas de la isla están especialmente indicadas para tratar afecciones cutáneas y óseas, como ya aseguraba Emilia Pardo Bazán. La escritora coruñense popularizó la leyenda del lugar, según la cual un borriquillo tiñoso, pelón y minado de costras, fue abandonado en La Toja por su dueño porque le apenaba sacrificarlo. Cuando, al cabo del tiempo, el aldeano regresó a la isla, se sorprendió al toparse con el rucio, que lucía saludable y lustroso y se revolcaba en uno de los fangosos charcos anejos a un surtidor de agua en ebullición. Qué historia tan tierna.

Tres noches de estancia en el Gran Hotel La Toja dan mucho de sí, pero es que además Iciar se había aplicado en programar actividades termolúdicas como si no hubiera un mañana. Como, por otra parte, el único garbeo que dimos por la isla nos acabó de convencer de que lo mejor nos aguardaba en nuestro privilegiado alojamiento, los momentos estrella de nuestra fabulosa escapada se desarrollaron en dos escenarios fundamentales: el comedor y el centro termal.

Los desayunos han sido espléndidos, imposible hacer un recuento de la extensa variedad de opciones con que contábamos. A continuación os detallo mis preferidas: zumo de naranja natural –te lo servías de un dispensador de varios litros-, tortilla de patata recién hecha con o sin cebolla, salmón ahumado con sus alcaparras y sus picadillos de cebolla o pepinillo, ibéricos y fiambres, quesos de diferentes tipos, membrillo, fruta fresca ya cortada o en macedonia, nueces mondadas, verduritas a la brasa, panes exquisitos… El único aspecto negativo, como suele suceder, fue la máquina de café. Como hace tiempo que me pasé a las infusiones, tampoco me ha afectado mucho, aunque sí a mi amiga Iciar. Qué lástima.

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Desde el restaurante Vista Mar disfrutábamos de una sensacional panorámica sobre la costa, el Illote Beiro y algunas mejilloneras. Supongo que de ahí procedían los maravillosos mejillones escabechados que tomé ayer para almorzar. Eran jugosos, suculentos y de un naranja luminoso que seducía por los ojos antes de enamorar por el paladar. Qué ricos frutos de mar hemos saboreado estos días. Y qué grata sorpresa que te sirvan estupendos Riojas y todo un Martín Códax como vinos de la casa. Ahí sí que al Gran Hotel La Toja se le trasparentan las estrellas.

No puede decirse lo mismo de quienes gestionan el hotel de la cadena Eurostars, que utilizan estratagemas de publicidad engañosa: dos días antes de llegar te envían un email recordándote que, gracias a haber reservado por Internet, te beneficias de un 10% de descuento en los tratamientos de balneoterapia. Así, en general. Sin embargo, en el momento de abonar los servicios -que además no comunican bien, o, mejor dicho, no comunican-, te informan de que se refieren a los tratamientos individuales con agua. La gestión del motivo de nuestra escapada, o sea, de los servicios termales, es pésima: en la web hay que escarbar como si buscaras tanzanita, no hay ninguna información del balneario en la habitación y no te entregan ningún folleto, solo te muestran las páginas de que disponen ellos, como si fueran las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla. Curiosa estrategia de marketing. Casi tan pintoresca como la de ofrecer sales y jabones de La Toja Manantiales con sendos logotipos de Schwarzkopf y Henkel impresos. Lo más.

A pesar de estas innecesarias cicaterías, pienso en los tres programas termales recién paladeados y se me olvida todo.

Nos estrenamos el sábado con el programa Bienestar, que empieza con una bañera individual de agua lodosa que ellos llaman Niágara. Para mi gusto el agua estaba demasiado fría, claro que yo me ducho en verano con agua hirviendo. A continuación te envuelven en plásticos y mantas, cual capullo de gusano de seda, bien embadurnada con unas algas que desprenden un intenso olor a puerto pesquero y nutren e hidratan la piel. No obstante, el colofón es, oh maravilla, el momento masaje. Primero te friccionan suavemente todo el cuerpo con un aceite de almendra y aloe vera que favorece la elasticidad de la piel, y a continuación aplican aceite de rosa mosqueta en un delicado y relajante masaje facial. Qué felicidad.

El domingo se levantó atlántico y permanecimos guarecidas en nuestro refugio termal, leyendo plácidamente hasta la hora de nuestro programa Gran Hotel La Toja, que incluía una bañera Península de aguas lodosas y marinas; una ducha jet que arrojó sobre nosotras su chorro de aguas terapéuticas a manguerazos, como antaño; un parafango cuyas virtudes no comprendimos muy bien, ya que la placa de barro caliente en seco no se aplicaba directamente sobre la piel, sino a través de una sábana de algodón -lo mismo hubiera funcionado una esterilla eléctrica-; y un masaje localizado en la espalda que me descontracturó buena parte de los nudos de los últimos días. Por cierto, quisiera aprovechar para hacer una sugerencia a los fabricantes de camillas: de la misma manera que se practica un hueco para encajar la cara cuando toca masaje dorsal, digo yo que costaría bien poco prever sendos huecos para colocar las tetas, que es ponerse una boca abajo e ipso facto aplastar los pectorales como cuando te hacen una mamografía, pordiosquédolor.

El solete de ayer por la tarde me arropó con su calorcillo primaveral en un breve sesteo en el balcón de nuestra habitación antes de acudir al centro termal, que parecía un congreso de bañistas. Demasiada gente a la vez, buf, deberían organizarlo mejor. Entre tanto, en uno de los salones del hotel se celebraba una timba multitudinaria que hubiera hecho las delicias de la madre de Iciar, que forma parte de una pandi de jugadoras de cartas. Luego cayó granizo y más tarde se dibujó un arcoiris sobre el litoral mientras cenábamos –el sol en Galicia se pone mucho más tarde-. El clima ha sido fascinante e imprevisible, hemos pasado de nubarrones barrigudos a vientos descacharrantes en medio nanosegundo. A lo loco se vive mejor.

Esta mañana hemos apurado nuestra estancia con el programa Mímate, que comienza con un peeling con sales de LaToja, que te deja la piel oleosa y teñida de una tonalidad terrosa y brillante.

– ¿Conoce usted esta bañera? –allí todo el mundo te llama de usted, incluso en la intimidad de la cabina, me parece inverosímil.

– Sí, es la Niágara. A ver -meto un dedo en el agua-. Sí, la temperatura está bien, el sábado estaba muy fría para mi gusto.

– Es que la temperatura va subiendo paulatinamente, si quiere luego añadimos agua fría.

– Lo sé. Gracias, no hará falta.

Sin embargo, igualmente asomó la cabeza cuando le faltaban nueve minutos a mi terapéutico baño de hidromasaje. Absolutamente todos los empleados del Gran Hotel La Toja son amables y solícitos, desde el técnico de mantenimiento, que te cumplimenta con un efusivo buenos días antes de encaramarse a una escalera para arreglar un aplique, hasta la limpiadora del turno de noche -a las diez sacándole brillo a una barandilla-, que te saluda mientras frota con energía y se cerciora de obtener el resultado deseado. Ahora bien, en recepción no parecen muy avispados. Cuando les consultas alguna duda, enseguida te envían a otro lado: pregunta en el comedor, en el balneario, en la bola de la pitonisa Pita. En fin.

Nuestro último tratamiento ha sido un masaje con aceite de sales de La Toja. Mientras la esteticista se aplicaba en intentar deshacer los nervudos nódulos que persistían en mi espalda, desde el hilo musical me acariciaba también la Première gymnopédie de Erik Satie. Una delicada melodía de otra época. Como los mármoles, los terciopelos y tapicerías adamascadas, las arañas de cristal y las columnas de hierro colado que todavía sostienen el techo del balneario. Quizás sean el último vestigio del edificio original, que fue inaugurado hace más de un siglo. Cada vez me gusta más lo vintage, tal vez porque yo también empiezo a serlo un poco.

Gracias, Iciar. Siempre nos quedará no solo La Toja, sino todo lo ya vivido juntas. Y nos inspirará de nuevo lo mucho por vivir.

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Porque nosotras lo valemos

Mi amiga Iciar y yo somos fanáticas del termalismo. Nos apasiona pasar el día en albornoz, relajarnos entre burbujas, que nos masajeen, que nos embadurnen con mágicos ungüentos y, lo más importante, no pensar en absolutamente nada durante ese efímero paréntesis de felicidad. Hasta ahora habíamos disfrutado de escapadas saludables a balnearios catalanes, pero este fin de semana nos hemos obsequiado con una pausa de bienestar por tierras aragonesas.

El viernes nos presentamos en el Hotel Sauce de Zaragoza sobre las seis de la tarde y, tras reponer fuerzas en la cafetería de nuestro alojamiento con su famosa limonada rosa y una porción de pastel de zanahoria casero, salimos a callejear por los alrededores. Hicimos una parada técnica en Fulanita Retal, donde me compré un vestidillo pop y una falda pintada a mano, y nos llegamos hasta el Mercado Central (1903) para contemplar su magnífica estructura. Luego vagamos por Alfonso I, adentrándonos por la calle Antonio Candalija para ver de cerca la encantadora Plaza de San Felipe, donde se ubica el Museo Pablo Gargallo, y subimos hasta el Coso para alcanzar el Paseo Independencia: queríamos acercarnos al Edificio de Correos (1926) para admirar su fachada de inspiración mudéjar. Cenamos temprano en El Balcón del Tubo, donde, llevadas por nuestra gula, pedimos ricos platillos que luego no nos pudimos acabar. Desfilaron ante nosotras sendos vasitos de salmorejo, sendas tapas de pisto con pesto y cuatro raciones compartidas: una ensalada de tomate encebollado con bacalao, unas verduras a la brasa con salsa romesco, unos calamares a la andaluza –tiernos y fresquísimos- y unos mejillones de roca al vapor.

Salimos de la taberna con ánimo de pasear un buen rato para digerir mejor el condumio. Por el camino nos topamos con una tiendecita de frikicamisetas, El lado oscuro, en el número 23 de la calle Méndez Núñez, cuya propietaria era simpatiquísima y pospuso su hora de cierre para atendernos. Y bien que hizo, porque mi amiga Iciar le compró seis prendas, tanto para sus sobrinos como para ella misma, porque, a pesar de su apariencia estándar, contaban con una prestación insospechada: sus ilustraciones eran de realidad aumentada y, a través de una aplicación, se podía disfrutar de una animación que también se podía fotografiar o grabar en vídeo.

parroquietaTras el inesperado shopping continuamos nuestro garbeo por el centro histórico de Zaragoza, que de noche luce precioso. Nos acercamos a La Seo para enseñarle a mi amiga el admirable muro exterior de la llamada Parroquieta, la capilla lateral de San Miguel Arcángel, construida entre 1374 y 1379. Dos maestros azulejeros sevillanos, Garci y Lop Sánchez, fueron los principales artífices de la cerámica vidriada polícroma de este llamativo lateral mudéjar. Me requetechifla.

FachadaEspoz_y_MinaEl sábado recién levantada, curioseando desde la ventana de nuestra habitación, me detuve a observar el edificio que teníamos enfrente. Me sorprendió un inquietante embaldosado, inapreciable desde la calle –dormíamos en la última planta-, que rompía con el resto de motivos decorativos del inmueble. Lucía el yugo y las flechas de Falange e indicaba una fecha, 3 de mayo de 1937. Tras investigar un poco por la red, hoy he dado con la respuesta a tamaña apología del fascismo hispano: a las seis y media de la tarde de ese día, el ejército republicano bombardeó a la población civil de Zaragoza. El primer artefacto cayó sobre el alero de las casas números 44 y 46 de la calle Espoz y Mina. Allí mismo. Al final, siempre hay una explicación para todo, incluso para lo inverosímil.

No obstante, en ese momento no tenía esta información, así que no le di más vueltas. Además, nos estaba esperando un opíparo desayuno y, una hora de coche después, muy cerquita de Calatayud, el pequeño edén termal que había escogido Iciar amorosamente. Porque nosotras lo valemos.

Construido en 1848 y declarado de utilidad pública en 1850, el Hotel Balneario de Paracuellos de Jiloca es el más antiguo de Aragón. Las bondades de sus aguas sulfuradas cloruradas-sódicas, especialmente indicadas en terapias dermatológicas y respiratorias, atrajo desde sus inicios a las familias más pudientes de la época, ya que eran los únicos que podían permitirse tal lujo –había más empleados que huéspedes y todos los servicios se desarrollaban manualmente-. El uso estrictamente medicinal de las aguas –la parte lúdica llegaría mucho después- obligaba a permanecer allí durante largas temporadas, incluso meses (entre nosotros y sin que salga de Europa, yo también me quedaría unas semanitas en el paraíso del relax).

El balneario de Paracuellos de Jiloca cuenta con dos conjuntos arquitectónicos históricos, el correspondiente a Los Baños Viejos, que fue convenientemente restaurado hace algunos lustros y alberga tanto los dormitorios de los clientes como el nuevo y flamante pabellón de instalaciones termales, y el de Los Baños Nuevos, que fue habilitado como hospicio durante la Guerra Civil y hoy es poco más que una ruina que se asoma a una fabulosa finca con dos lagos naturales -uno para los humanos, el otro para los peces- y 40.000 metros cuadrados de jardín que transmite una tonificante sensación de apacible serenidad.

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Iniciamos nuestra jornada reparadora con los parafangos, que consisten en una bandeja de barro caliente y seco –no mancha- colocada estratégicamente entre la camilla y la espalda, de manera que actúa sobre toda la zona dorsal, desde la rabadilla hasta los hombros. A continuación nos destensamos todavía más con un masaje de media hora, que utilizaba una eficaz técnica de digitopuntura que deshacía los nudos con firmeza pero sin dolor alguno. Una gozada. Probamos el agua sulfurosa con la voluntad de adquirir alguna habilidad diabólica, pero desistimos al primer sorbo: olía a huevo duro en avanzado estado de putrefacción y sabía como la salmuera.

Después del almuerzo –alubias con almejas, perdiz en escabeche y cuajada casera, qué rico estaba todo- haraganeamos un poco en el jardín, parapetadas bajo una sombrilla, y luego disfrutamos del tratamiento facial que había seleccionado especialmente Iciar. Fue suavemente delicado y muy gratificante, repleto de esencias perfumadas y bálsamos reparadores. Nunca antes me había solazado tanto con una experiencia así. Wonderfulloso. Tendremos que volver a por más.

Lástima que el circuito termal no cumplió con las expectativas. A las instalaciones se les entreveía la falta de mantenimiento –un botón que no va, una baldosa desprendida, un surtidor que no acaba de arrancar…- y había un claro exceso de humanoides pululando entre las aguas y acaparando ciertos burbujeantes rincones. Habrá que explorar las horas y las fechas menos populosas.

Después de cenar, y ante la parquedad de la oferta etílica de la cafetería del hotel, optamos por rememorar nuestra juventud y pedimos sendos Bailey’s con hielo –hacía siglos que no tomaba la crema de whisky irlandés-, que nos supo a hombreras, maquillaje y ropa de colores y peinados imposibles. Que es como, en el fondo, continuamos sintiéndonos. Porque hemos llegado a ese provecto momento de la vida en que, cuando ves a alguien de tu generación, le lees los años y piensas “¡qué mayor!”, pensando que tú te ves mucho más joven. Y no, no lo eres. Tienes su misma edad. Así que te miras en el espejo y descubres, sin reconocerte, a una señora que cada vez se parece más a tu madre o a tu abuela -según el día-, con las love handles enseñoreadas de tu abdomen y las incipientes bingo wings adueñándose de tus brazos.

Claro que eso es a primer golpe de vista. Porque luego te fijas con más atención y enseguida adviertes que la niña que fuiste se ha hecho fuerte en lo más profundo de tu mirada y se resiste a abandonar esa última guarida. De modo que trátala bien. Mímala. Y esfuérzate en ser, todos los ratos que puedas y a diario, intensamente feliz.

Termalismo urbano

Tras mi primera incursión en esa especie de parque temático termal del Born llamado Aire de Barcelona, me prometí que jamás regresaría. Me acerqué con mis amigas una multitudinaria tarde de julio, cuando hacía nada que habían abierto y era un espacio prometedor. Contra todo pronóstico, nos topamos con un lugar ruidoso y superpoblado -lo del límite de aforo no lo manejaban muy bien-. Tan denso era el cuchicheo a gritos que solidificaba el ambiente –nadie respetaba la recomendación de permanecer en silencio y la acústica reverberaba el follón- que, más que un placentero paréntesis termal, lo que experimentamos fue un verdadero suplicio.

No obstante, lo confieso: ayer volví allí. No por propia iniciativa, claro. Fue un regalo que le hicieron a mi marido para celebrar que había superado su infarto y que se había reincorporado a su vida laboral, así que, ya que la intención era buena, decidí que debía acompañarle –el obsequio era para dos, un detallazo-.

Sin tantas populosas multitudes pululando por el recinto pude valorar, esta vez sí, la soberbia arquitectura del lugar. Cuentan en su propia web que son unos antiguos baños restaurados, y que algunas de las piscinas fueron en otro tiempo pozas del sistema de reserva de aguas de la ciudad. El aire de todo ello es bastante orientalizante, con las lámparas de arabescas filigranas, la tenue luz de las velas y las mesitas donde puedes servirte té a discreción. Reconozco que esta segunda vivencia fue mucho más placentera –el masaje sobre piedra caliente, especialmente reconfortante-. Aunque, en mi opinión, el baño de sal decepciona, ya que no se acerca ni remotamente a la sensación de sumergirse –es un decir, allí flotas lo quieras o no- en el Mar Muerto. Y lo del silencio fue, una vez más, una entelequia.

Claro que mucho peor es la opción de Aqua Urban Spa, en el barrio de Gracia. En sus inicios fue un punto de encuentro recurrente para reuniones con las amigas: el espacio era pequeño y acogedor y el circuito termal, ideal por su privacidad –no compartías el espacio con otras personas mientras duraba tu tiempo-. Sin embargo, siguiendo la tónica de esta Barcelona que cuida más a sus turistas que a quienes vivimos en ella, incorporaron a personal nuevo que dominaba a la perfección los idiomas foráneos, pero tenía nociones escasas –por no decir nulas- de las lenguas autóctonas. Así que no había forma humana de entenderse. Pues adiós.

Definitivamente, si tuviera que recomendar una dirección para disfrutar de una sesión de termalismo urbano en mi ciudad, me quedaría, si duda, con Rituels d’Orient, http://www.rituelsdorient.com/, un hammam coqueto y encantador que, hasta la fecha, a mi amiga Iciar y a mí, compañeras de unguentos y burbujas, jamás nos ha defraudado. Y creedme, ya llevamos muchos spas de recorrido sobre nuestras masajeadas espaldas.

Si tenéis ocasión, no dejéis de ir. Felices baños árabes.

Fabulosa a los 50 en Caldes de Malavella

50 no se cumplen cada día, ¿verdad Heidi? Así que la homenajeada, Iciar y yo nos hemos regalado una placentera y reconfortante escapada termal. Tres locas fabricando serotonina durante 24 horas en el Balneari Prats de Caldes de Malavella, ¡qué buen plan!

Aunque también se conserva un conjunto termal del siglo I dC del municipio romano d’Aquae Calidae, la mayoría de construcciones de Caldes de Malavella datan del siglo XIX y principios del XX, época en que se puso de moda disfrutar de las aguas minero-medicinales –sódicas, alcalinas, litínicas y fluoradas- que manan a 60ºC. Se calcula que transcurren unos 50 años desde que el agua de lluvia se inflitra por las múltiples fracturas de la roca granítica y llega, adentrándose 1.000 metros en el subsuelo, al acuífero donde se enriquece con los preciados minerales, hasta que regresa al exterior atravesando velozmente la gran falla sobre la que se asienta la población. Así que, al parecer, hoy hemos estado toda la mañana en remojo en aguas coetáneas de Heidi, lo que no deja de tener su gracia.

chalets-balneario-caldesMientras que el monumental Hotel Balneario Vichy Catalán cuenta con un elegante parque con pinos y plátanos y un edificio de estilo neoislámico típicamente modernista –incluso alberga una reproducción de la fuente del Patio de los Leones de la Alhambra-, el Balneari Prats, donde nos hemos alojado nosotras gracias a la recomendación de mi amiga María, es más familiar y, precisamente por ello, más de nuestro gusto. E igualmente señorial: los primeros Baños Prats datan de 1840 y el edificio neoclásico, de finales del siglo XIX.

Recogimos a Heidi ayer por la tarde, tras su comida familiar con motivo de su reciente ingreso en la década prodigiosa, y nos dirigimos a Caldes de Malavella emocionadísimas. Ella más si cabe, porque no sabía a qué lugar nos dirigíamos. Era una sorpresa. O quizás no tanto: un pequeño desliz de Iciar y chivarle, entre otras pistas falsas, que llevara consigo chanclas y traje de baño, seguro que le sugirieron de qué iba la cosa. No obstante, la corazonada definitiva venía de sus más íntimos deseos, “¡ojalá me llevaran a un balneario!”, y claro, si anhelas algo con vehemencia, a menudo se cumple. Sobre todo si te lo mereces. Porque cuando has dado mucho sin esperar nada a cambio, una parte de todo lo entregado vuelve a ti como un bumerán.

Heidi es una buena amiga que siempre ha estado ahí, siempre está y siempre estará. La recuerdo en momentos de mi vida muy complejos. Sin tener que pedir su ayuda y, lo que es más infrecuente, de manera nada invasiva, ella sabe cómo hacerte sentir que puedes contar con ella si lo necesitas. Todavía conservo dos emails que me envió cuando nació Ángela, uno la víspera de mi cesárea programada, el otro, el día en que abandoné la clínica y mi hija mayor se incorporó de verdad a nuestro hogar. Solo por esos dos correos electrónicos que tanto bien me hicieron le estaré eternamente agradecida. Qué menos que irme con ella de escapada termal por su 50 cumpleaños, ¿verdad?

El Balneari Prats tiene el encanto de los balnearios clásicos de toda la vida. Nuestra habitación, ubicada en el edificio original, del que solo se ha preservado la fachada –en el interior todo es absolutamente nuevo-, daba al jardín y era muy confortable, aun siendo tres las ocupantes –qué pintoresca la disposición de la supletoria, a los pies de las otras dos camas-. Tras confirmar los tratamientos de nuestro pack antiestrés para hoy domingo, nos dirigimos al bar y pedimos un gintonic de Bombay Sapphire para cada una –que, por cierto, nos prepararon la mar de bien-. Como merienda quizás os pueda parecer una opción un tanto extraña. No obstante, como dice mi madre, la ginebra es muy saludable porque se elabora con hierbas, y qué decir de la tónica, tan digestiva, o del toque cítrico del limón. Todo muy medicinal.

La cena fue simplemente correcta. Yo me pedí un milhojas de foie y salmón ahumado que, para mi sorpresa, estaba montado entre lonchas de manzana –un plato demasiado dulce para mi gusto- y el lenguado estaba un poco crudo –aunque mejor así que pasado-. No obstante, la cuajada que tomé de postre, casera a la manera cantábrica e insospechada por tierras gerundenses, me reconcilió con el restaurante. Mis amigas prefirieron una porción de pastel de nata de aspecto muy goloso. Sí, Heidi se saltó un poco su recién estrenada dieta y pecó, pero por un buen motivo: estábamos celebrando su cumpleaños.

Esta mañana, tras ingerir, ya en albornoz, nuestro delicioso desayuno bufé, nos hemos dirigido a la zona termal, a la que se accede sin tener que salir al exterior, detalle que se agradece incluso ahora con buen tiempo –Iciar y yo recordamos, con horror, la excursión que hay que hacer en el monstruoso Hotel Termes Montbrió-. La acogida no podía ser más calurosa –nos han dado besos y abrazos para recibirnos- y los cuatro tratamientos de nuestro pack nos han sentado realmente bien.

Dolors, mi terapeuta, enseguida me ha acompañado a la primera etapa de mi periplo termal: la bañera de burbujas. Se escondía en una cabina privada, embaldosada de arriba abajo, que me ha recordado ligeramente a ese curioso cinecuento llamado “El Gran Hotel Budapest”.

Luego me ha compañado a una luminosa sala –da al exterior, pero una persiana gradolux protege a los efímeros inquilinos de las miradas curiosas- donde las cabinas de tratamiento quedan separadas a través de cortinas, a la manera de los boxes de algunos servicios hospitalarios. Allí me ha masajeado durante no recuerdo cuánto –me he relajado tanto que he perdido la noción del tiempo- y luego me ha hecho pasar a otro habitáculo similar, pero con ducha anexa, para untarme con arcilla como si fuera un bratwurst, vuelta y vuelta, la cara incluida.

Tras la necesaria ducha para eliminar el potingue, Dolors y yo hemos entrado en otra cabina embaldosada de arriba abajo, en mitad de la cual había una camilla y, encima, suspendida del techo, como una creación de artista postindustrial, una cañería-ducha. Mi terapeuta se ha quedado en traje de baño y, mientras el agua caía sobre mí –la cara protegida por una minicortina-, ella me iba masajeando. Se ve que el curioso artilugio tiene constantes tareas de mantenimiento por la elevada mineralización del agua: en alguna ocasión, me ha revelado Dolors, incluso ha caído alguna piedra por el caño. Como un riñón de latón.

Al acabar la ducha-masaje he podido secarme y ponerme el traje de baño en un coqueto vestidor individual, con su espejo, su estantería de mármol y su banco de madera. ¡Me ha encantado!

Tras finalizar nuestro reconfortante recorrido por la zona termal, todavía nos quedaba mucha mañana por delante, así que hemos aprovechado el solete para disfrutar de la piscina exterior y del jardín. Heidi, que no quería perder detalle de nada, también se ha apuntado a la sesión de aquagim, aunque la clase no ha cumplido sus expectativas: “No me ha gustado mucho el yayagim”, ha sido su resumen. Creo que se lo ha pasado mejor columpiándose conmigo en un encantador balancín de madera, mientras Iciar nos miraba lánguidamente desde la tumbona.

Para compensar un poco la cena de ayer, el almuerzo de hoy ha sido simplemente espectacular. Hasta el vino nos ha sabido mejor –claro que ayer, después del gintonicazo, apenas probamos el tinto ecológico que habíamos pedido-. L’esqueixada de bacallà con tapenade que hemos escogido Heidi y yo era sublime –me voy a copiar el plato ya mismo-, y los pies de cerdo guisados con setas, tan tiernos como deliciosos. Así que hoy no me ha cabido otra cuajada. Qué pena. A Heidi, como había pedido lubina, sí que le ha cabido un trozo de pastel de coco, a modo de despedida. Adiós, postres golosos, adiós.

Tras abandonar la habitación –nos han permitido permanecer en ella hasta después de comer- hemos querido pasear un poco por Caldes de Malavella, que se recorre de extremo a extremo en diez minutos. Nos ha sorprendido ver tantas peluquerías –incluso caninas- en una población tan minúscula. Otra cosa no, pero los lugareños seguro que van bien peinados. Quién sabe, quizás sea un intento de paliar los efectos de la tramuntana. Lo que es imposible, por otra parte.

En los aledaños de las termas romanas, dos niños nos lanzaban miradas de soslayo mientras jugaban. Hasta que por fin la niña, pizpireta y graciosísima, se nos ha acercado:
– ¿Estáis buscando la fuente de agua caliente?
– No –cara de disgusto de la niña-. Pero si nos acompañas tú, iremos a verla –cambio a sonrisa en su cara-.
– Es por aquí. Está un poco lejos. Pero no tanto.
– ¿Cómo te llamas?
– Soraya. ¿Y tú?
– Helena.
– ¿Y tú?
– Heidi.
– ¿Y tú?
– Iciar.
– Yo voy al colegio allí, ¿lo veis? Tengo ocho años.
– Ah, entonces estás haciendo 3º de Primaria.
– Sí. Tengo un hermano que tiene 13 años y está haciendo 1º de ESO. Luego tengo otro hermano, no sé si tiene 16 o 17. Claro, como tengo dos hermanos, a veces me hago un poco de lío. Él ya acabó de estudiar, ahora es mecánico. Aquí hoy ha habido mercado –indicando una calle junto a la que estábamos pasando-.
– Ah, por eso hay toda esa basura ahí –he señalado un montículo de cajas de cartón y restos de fruta y verdura-.
– Sí. Mi padre ha trabajado hoy allí. A veces trabaja en otros sitios. Trabaja en muchos sitios diferentes… Mi hermano y yo acompañamos a la gente que llega cerca de casa, porque si no dan vueltas por allí mucho rato. A veces va él, otras voy yo, como ahora. Antes ha ido él a acompañar a otras personas.
– Entonces es como si trabajaras para la oficina de turismo del ayuntamiento.
– ¡Sí! –ha dicho Soraya sonriendo- ¡Mira, ya hemos llegado!
Heidi le ha dado una moneda de dos euros que la niña ha mirado dos veces, bastante ojiplática.
– ¿Sabes?, a veces acompaño a gente que no me da nada. Bueno, ahí está la fuente de agua caliente. ¡Adiós!

Esa moneda entregada a Soraya ha sido nuestro talismán para regresar al Balneari Prats, o para acudir a cualquier otro. No la hemos arrojado a la Fuente de la Mina –también conocida como Raig d’en Mel-, pero se la hemos dado, allí mismo, a una niña encantadora. Y tengo más fe en Soraya que en la Fontana di Trevi, aunque se haya bañado en ella la voluptuosa Anita Ekberg.