El dulce placer de no hacer nada

Ayer, último día de nuestras vacaciones en la Gironda, decidimos destinar la jornada a lo que más nos apetecía: hacer absolutamente nada.

Desprogramarse no es tan fácil como parece. A mí me suele suceder que, si no invierto el tiempo en algo provechoso, me entran remordimientos. Pienso, ¿me estaré perdiendo alguna visita imprescindible? ¿Habrá algún otro pueblecito/aldea/monumento hasta donde valga la pena acercarse? Seguro que sí. ¿Y qué? ¿Acaso es tan importante?

Sí, estábamos en la Gironda, pero también en un alojamiento encantador. Una casita de pescadores ubicada en un apacible y recóndito rincón. Un lugar en el que nos sentimos como en casa nada más llegar. Así que, bien pensado, ¿qué mejor que aprovecharlo al máximo las últimas 24 horas de nuestra estancia?

Casa_dormitorioDormimos sin preocuparnos del despertador. Sin prisas. Hasta que el cuerpo nos dijo basta. Remoloneamos un poco en la cama, en ese dormitorio maravilloso con el suelo de madera, la estufa de hierro saludándonos desde el hueco de la chimenea, la vieja cómoda con su palangana y su jarra esmaltadas, la luz del soleado día entrando a raudales por la ventana y el balcón. Desayunamos perezosamente en la cocina, mientras Boris maullaba y nos observaba desde fuera, reclamando su capricho matutino del día –sí, lo hemos mimado mucho-.

Luego me dediqué a barrer la espaciosa terraza, cuyo suelo se veía tapizado de hojas y pétalos que había arrancado el viento. Me recordaba a los mantos florales de mi colegio de monjas -siempre íbamos a recoger retama para el Corpus-. Me apetecía retirar aquella alfombra amarilla y lila, preparar la terraza para nuestro almuerzo al aire libre. Se estaba bien allí. Respirando el perfume a rosa y jazmín. Con el liviano sol de primavera acariciándome y el Garona discurriendo, tranquilo y viajero –llegado de la Val d’Aran-, un poco más allá.

Mis adolescentes hijas decidieron hacer huelga de ducha, pasar el día en pijama y permanecer encerradas en su habitación, una con su portátil, la otra con el iPad familiar. Lo cual también estuvo bien porque fue como estar solos, de novios.

Después de comer, sesteamos un poco en la doble hamaca y el resto de la tarde la dediqué a leer mi libro sobre Leonor de Aquitania, con Boris acurrucado en mi regazo, ronroneante y feliz.

Esta mañana, antes de irnos, Sylviane y Pascal nos han obsequiado con una cajita de cannelés –que saben como a torrija, pero son más dulces y se les nota el regustillo a ron- y otra botella de vino de Burdeos, esta vez tinto. Son encantadores. Nos han asegurado que el buen tiempo que nos ha acompañado durante toda la semana no es habitual allí en esta época. Y que si nos hemos sentido tan a gusto en su casa es porque ellos también pasan allí sus vacaciones, y la ofrecen a sus huéspedes tal y como les gusta disfrutarla a ellos.

casa_teletrabajandoAhora que estoy ya en Barcelona, solo tengo que cerrar los ojos y visualizarme allí para sentirme bien. Han sido unas vacaciones reconfortantes.

Os recomiendo nuestro alojamiento al 100%:
http://www.gites-de-france-gironde.com/gite-location-saint-pierre-d-aurillac-3-epis-entre-deux-mers-cabrol-G3189.html

Y también la bodega donde encontraréis el vino blanco ecológico que tomamos en Cap Ferret:
http://www.chateau-canet.com/

Bon voyage!

Anuncios

Burdeos

Los primeros asentamientos humanos en lo que hoy es Burdeos datan del Neolítico y de la Edad de Bronce, según atestiguan los vestigios descubiertos durante diferentes trabajos urbanos llevados a cabo en el siglo XIX –como en Tarragona, que en cuanto excavan un agujero para plantar un seto, descubren un anfiteatro-. Los primeros restos arqueológicos propiamente dichos fechan la ocupación del territorio en el siglo VI aDC. Desde entonces, han pasado por Burdeos griegos, celtas, romanos, vándalos, visigodos, francos, árabes, vikingos e ingleses. A partir de 1453, por fin son franceses, al principio, a regañadientes: les molaba más permanecer bajo el dominio de las secuelas de los Platagenet.

Luego, siguiendo con ese eclecticismo tan suyo, se lucraron –y cómo- con la trata de negros. Eso sí, según explican en el Musée d’Aquitaine, en Burdeos a los esclavos los usaban para trabajar, no para intercambiarlos por las riquezas de las colonias como hacía Nantes, que sí que se hizo de oro comerciando con personas –nótese un poco del infantil “y tu más” en la argumentación-. Ahora bien, hay que reconocer que tienen el valor de hacer autocrítica e incluso exponer, además de los grilletes y las cadenas que se utilizaban, fotografías de esclavos con los pies mutilados o algún ojo amoratado. Todavía espero que por las españas se reconozcan los horrores de la Santa Inquisición. O de las encomiendas. En fin.

Burdeos_museo de aquitaniaAparte de las salas dedicadas al comercio atlántico y el esclavismo, otros aspectos muy interesantes del Museo de Aquitania son la gentileza de su gratuidad –atención familias, solo cobran por las exposiciones temporales- y la manera de exponer la historia del territorio, desde la Prehistoria hasta hoy –es un decir: el pabellón de la historia más reciente está montándose ahora mismo-. Me ha encantado poder ver, para variar, algo más que pantócrators, retablos y vírgenes negras en la sección dedicada a la Edad Media. De hecho, es la primera vez que no la recorro a toda velocidad para saltármela. La exposición de la Gironda y la Revolución Francesa también es muy completa, como era de esperar. Un audiovisual muy ingenioso va borrando paulatinamente a los girondinos de un mismo óleo por riguroso orden cronológico de decapitación. Clac. Clac. Clac. Robespierre, la mano que controlaba la guillotina, no les sobreviviría mucho.

El centro histórico de Burdeos es, por sí mismo, un gran museo al aire libre. Saliendo del Museo de Aquitania, nos hemos topado con la Tour Pey-Barland –aunque no hemos subido a ella-, el campanario gótico que se ubica a ocho metros de la catedral de Saint-André y en cuyo pináculo a algún iluminado se le ocurrió, ya en el siglo XIX, plantificar una virgen que la desluce bastante. Sí que queríamos subir al campanario de la iglesia de Saint-Michel, también separado de su basílica, que los bordeleses han apodado como “la flèche” por su forma puntiaguda. Sin embargo, los aledaños del conjunto estaban en obras y su perímetro, vallado, así que lo único que hemos podido hacer allí ha sido, muy a nuestro pesar, rebozarnos los pies en arena. Un peeling involuntario no muy agradable, cabe decir. Burdeos_porte cailhauTambién nos hemos acercado a dos puertas de la ciudad que me han hecho pensar en aquel juguete de mi infancia llamado Exin Castillos: la Porte Cailhau, que fue la principal puerta de entrada a Burdeos mientras existió el Palais de l’Ombrière, y la Grosse Cloche, lo único que queda de una antigua puerta defensiva que permitía el paso entre la doble muralla.

Hemos acudido a la Fnac en busca de algún libro que me aportara algo más de información sobre esa gran desconocida que es Alice Guy Blaché. Tan ignorada permanece la pobre que, cuando le he preguntado a la tipa de la susodicha tienda si tenían alguna biografía o ensayo que hablara de ella, me ha asegurado que no tenía ni idea de quién era y, tras buscar en la sección cine, me ha confirmado que allí no había nada acerca de esa gran pionera, coetánea de los hermanos Lumière y primera persona que dirigió una película -ahí lo dejo-. Sí que he podido hacerme con, además de una biografía de Leonor de Aquitania, dos curiosos diccionarios, “Le petit dico Franglais-Français” de Alfred Gilder, que propone varios vocablos franceses a cada anglicismo invasor, y “Oxymore, mon amour!” de Jean-Loup Chiflet, que se autodefine como un diccionario inesperado de la lengua francesa. Las típicas reflexiones acerca de la lengua que me chiflan.

Me hubiera gustado contemplar de cerca el Miroir d’Eau, pero hacía un sol tan abrasador que hubiéramos perecido calcinados antes de llegar, tan solo atravesando el Quai de la Douane. O visitar el Petit Hôtel Labottière, aunque solo abre los sábados y nosotros el próximo ya estaremos regresando a Barcelona. No obstante, hoy no podía pedirles más a nuestras adolescentes hijas, que han aguantado estoicamente una jornada turística que les interesaba poco o nada.

Burdeos_esculturaJaumePlensaAntes de irnos nos ha observado telepáticamente, en plan mística, Sanna, una obra monumental de Jaume Plensa que se erige, serena, en la place de la Comédie. A los bordeleses les gusta tanto –formaba parte de las 11 creaciones del escultor barcelonés que se expusieron en las calles de la ciudad desde junio hasta octubre de 2013- que han organizado una recolecta para quedársela. 150.000 eurillos de nada tienen que conseguir. Pues a ver si lo logran.

Ostras, ostras, ostras…

La Bahía de Arcachon es un mar interior de 40 a 155 kilómetros cuadrados –depende de si la marea está baja o alta- muy conocido por su febril actividad ostrícola. El cultivo de ostras se inició allí en el siglo XIX con las ostras autóctonas, planas, llamadas gravettes, aunque la que se cría ahora es una variedad japonesa. La bahía de Arcachon es un auténtico vivero que proporciona dos terceras partes de las jóvenes ostras de las que se nutre la producción ostrícola francesa, que es necesariamente ambiciosa porque genera un negocio formidable. Aunque por otro lado, cuando piensas en los tres años de cría de cada ostra que ingieres en un plis, es lógico que no se vendan al peso, sino por piezas: son pequeñas joyas de mar.

El faro de Cap-Ferret es el segundo gran vigía de la bahía de Arcachon. El primero, construido en 1840, fue destruido en 1944: daños colaterales de la Segunda Guerra Mundial. CapFerret blockhousePor cierto que, justo a los pies del actual faro, se puede visitar uno de los blockhouse alemanes que formaban parte del Muro del Atlántico, concretamente el Ar36, construido en 1943 para albergar las tropas de la Kriegmarine (nota para quien es tan ignorante en temas bélicos como yo: la diferencia entre un blockhouse y un búnker es que el segundo se construye bajo tierra). La fachada del blockhouse Ar36 se pintó en trampantojo. También se construyó una cabaña de madera sobre el techo para completar el camuflaje y evitar que se detectara desde el cielo. Tras permanecer sepultado bajo la arena hasta 2010, hoy se exhibe tal y como estaba hace 70 años e incluye una interesante explicación sobre la división en dos de la Francia ocupada y esa barrera defensiva que ordenara montar Hitler.

El faro de Cap-Ferret, en cambio, siempre tuvo un uso muy positivo: en su momento fue un puntal de la seguridad marítima y su luz alcanzaba de 18 a 27 millas marinas de distancia. Hoy continúa funcionando a pleno rendimiento, aunque de manera automatizada, y sigue cuidando de los navíos que se acercan a la bahía de Arcachon. Además de las sobrecogedoras vistas que ofrece el faro tras ascender sus 258 escalones, hay plafones informativos que detallan la importancia de las cartas de navegación, así como los bustos de dos prohombres, imprescindibles en la señalización de las costas francesas. Uno de ellos es Augustin Fresnel. Todos quienes trabajamos en el sector audiovisual sabemos que existe un tipo de foco magnífico llamado fresnel. Pues bien, se llama así por el ingeniero que inventó la revolucionaria lente de óptica ondulatoria que lleva su nombre, que aumenta enormemente la capacidad de alumbrar. Hoy la usan también, además de los técnicos de iluminación cinematográfica, los faros de los automóviles.

Muy cerca del faro se extiende uno de los célebres barrios con cabañas de ostricultores, el Quartier des pêcheurs de Cap Ferret. Allí se va a por ostras frescas, o bien a degustarlas en toscas mesas y sillas de madera desgastadas por el salitre del Atlántico. Nosotros hemos optado por lo segundo: hemos pedido ostras –con las que me he reconciliado e incluso he repetido, hasta hoy me daban un asco tremendo-, palourdes –una variedad de almeja autóctona-, bulots –un tipo de caracol de mar-, gambas cocidas, paté de campaña y, para los adultos, una botella de vino blanco ecológico de Entre-deux-Mers, cuya bodega tenemos que buscar y visitar antes de regresar a Barcelona. O sea, hemos decidido probar todo lo que tenían, que era eso, nada más y nada menos. Todo fresco. Todo exquisito. Todo perfecto. A nuestro lado había una gran piscina en cuyo fondo yacían montones de ostras y algunas almejas, como en las otras cabañas ostrícolas que hemos cotilleado antes de optar por la que nos ha parecido mejor. Y hemos acertado al 100%. Os paso su web por si os apetece cotillear. Es para pedidos online, pero claro, solo en territorio francés…
http://www.huitres-roux.com/CapFerret ostras

Los baluartes de Entre-deux-Mers

El término baluarte está ya en desuso, pero es la mejor aproximación que conozco al palabro francés bastides, que tampoco se utiliza ya. El origen de los baluartes de la región de Entre-deux-Mers es la voluntad de los reyes franceses e ingleses de los siglos XIII y XIV de administrar -¿dominar?- el territorio comprendido entre el Garona y el Dordoña.

Hoy hemos visitado los más renombrados baluartes de la zona desplazándonos en nuestro automóvil. Si hubiéramos dispuesto de más días aquí, sin duda lo hubiéramos hecho a bordo de las bicicletas que nuestros anfitriones ponen a disposición de sus huéspedes: nada mejor que recorrer carreteras, pueblos y paisajes de la Gironda pedaleando sin prisas.

Todavía hoy, Sauveterre-de-Guyane, fundada en 1281 por el rey Eduardo I de Inglaterra, y voluble y caprichosa durante la Guerra de los Cien Años –cambió 10 veces de reino para acabar siendo francesa en 1451-, es un cruce de vías de comunicación. Las carreteras que llegan a esta población, que conserva su recinto amurallado y sus puertas medievales, la rodean en una curiosa circunvalación que evita atravesarla. Cremas aceituneroEsta mañana acogía a su mercado de productores locales, donde, cómo no, hemos adquirido una decena de los famosos cannelés de Bordeaux y un variado surtido de aceitunas y cremas para untar el pan tostado o aderezar la pasta: de berenjena asada, de alcachofa y de pesto rojo. Lo nuestro es un no parar de comer.

Fundada en 1273, Blasimon no se convierte en baluarte hasta 1322, de la mano de Eduardo II. No obstante, lo más destacable de Blasimon es un edificio religioso: lo que queda de la abadía de San Nicolás, que se localiza a las afueras de la localidad en un paisaje evocador, tranquilo y refrescante. Todavía se celebran ceremonias religiosas esporádicamente en su iglesia, tal y como indica el calendario de misas de las parroquias de la zona. Deben de haber muchos creyentes practicantes, porque abunda la información sobre rituales religiosos, como la comida del cordero pascual del próximo fin de semana –“recuerda traer tus propios cubiertos”-.

Monségur merece una mención especial, ya que es el único baluarte de la Gironda construido sobre una colina. Es una villa agradable y tranquila en la que apetece quedarse a pasar unos días. Fundada en 1265 por Leonor de Provenza, reina de Inglaterra, ha conservado su perímetro fortificado, sus callejuelas con pintorescas casas y las galerías de arcadas de su plaza principal –hoy renovadas por completo-, en mitad de la cual se eleva un mercado de hierro fundido y cristal del siglo XIX. Monségur2Su fresco y sombreado camino de ronda, que bordea los pies de las murallas –hoy son de propiedad privada y las puertas de la ciudad fueron destruidas en el siglo XIX-, invita a un agradable paseo con vistas al valle del Dropt, afluente del Garona.

La_Sauve_MajeureObviaría Créon -que además tiene nombre de planeta repleto de alienígenas de torva mirada- si no fuera porque le queda tan cerca la imponente abadía de La Sauve-Majeure, fundada en 1079 por monjes benedictinos en plena ruta del Camino de Santiago y consagrada en 1231. Es una fabulosa muestra de arquitectura románica que merece muchísimo la pena visitar.

Y a orillas del Garona se levanta el baluarte de CadillacCadilhac en gascón-, que data de 1280 y fue ordenado construir por Eduardo I de Inglaterra. A las viejas murallas y las dos antiguas puertas de la ciudad –la Porte de l’horloge y la Porte de la mer-, se suma como sitio de interés el Castillo de los Duques de Épernon, uno de los primeros ejemplos de arquitectura a la francesa.

Cadillac tiene un curioso nexo con la mítica marca automovilística, que tomó su nombre del fundador de la ciudad de Detroit: Antoine Laumet de la Mothe, señor de Cadillac, aunque tal título sea totalmente falso. Joven gascón hijo de simples burgueses, Antoine Laumet magnifica sus orígenes y se inventa ese señorío ficticio en el momento de contraer matrimonio en Québec. Los embustes continúan después, cuando se proclama militar de experiencia, aunque lo cierto es que lidera la expedición que construye el fuerte Pontchartrain, la primera piedra del futuro Detroit. Pero eso ya es otra historia…

Teletrabajando que es gerundio

Garona_desde_casaUno de los aspectos positivos de mi ocupación laboral es que puedo llevarme el trabajo puesto: solo necesito mi ordenador y una buena conexión internáutica. Así que hoy, megafestivo para los cachorros de la familia pero jornada lectiva para los adultos, hemos compaginado las obligaciones profesionales con el ocio la mar de bien. Y es que el trabajo, con vistas al Garona, es mucho más llevadero.

El sol primaveral sigue acompañándonos en nuestra estancia, así que hemos almorzado en el patio bajo la generosa sombrilla –las abejas se han adueñado del porche de lilas, imposible arriesgarse a comer con un enjambre sobre nuestras cabezas acompañados por nuestras dos adolescentes-. Después de remolonear un poco en la hamaca king size de la terraza, nos hemos acercado, sin nuestras hijas –han soslayado hábilmente esa visita cultural que les acechaba-, a La Réole, ciudad medieval amurallada que forma parte del Camino de Santiago y que hoy, lunes, se veía deshabitada, así que la hemos podido recorrer a nuestro antojo tranquilamente.

El otrora Priorato de Saint-Pierre es hoy la sede del ayuntamiento, las administraciones locales y la biblioteca municipal. Es un bello edificio cuya forma actual data del siglo XVIII y que, tras ser expropiado durante la Revolución Francesa –los monjes benedictinos fueron expulsados de allí en 1790-, hoy abre sus puertas a la ciudadanía. Literalmente: se puede acceder libremente para pasear por su apacible claustro, colarse por sus pasillos y seguir las indicaciones que invitan al recorrido pedestre del monumento. Nos han parecido especialmente interesantes los trabajos de forja en la reja y las barandillas de las escaleras, obra del herrero reolés Blaise Charlut. Claro que yo, como mi abuelo tenía ese oficio, siempre presto mucha atención a este tipo de ornamentos.

Mientras curioseábamos por el expriorato, se nos ha acercado un hombrecillo de aspecto desaliñado arrastrando los pies y caminando desgarbadamente. Su fisonomía era típicamente francesa: cabello oscuro ondulado, nariz prominente, como si un gran fresón le hubiera crecido en mitad de la cara, y ojillos pequeños, parapetados bajo unas pobladas cejas. Que si sabíamos si estaba abierta la alcaldía. Le hemos respondido que éramos turistas, que no lo sabíamos, pero ha continuado murmurando en voz alta como si nada. Ha comprobado que estaba cerrada y ha regresado preguntándonos si conocíamos el horario de atención al público. El pobre hombre andaba un poco desorientado. Cuando nos hemos ido, nos ha tomado el relevo una joven pareja de turistas locales.

El Ancien Hôtel de Ville, que se alza entre la place du Loup y la place des Martyrs de la Résistance, fue levantado en el siglo XII por orden de Ricardo Corazón de León, ese Plantagenet más que cuestionable que, sin embargo, ha pasado a la historia como el héroe que no fue. El susodicho Ricardo quiso recompensar la lealtad de los burgueses al rey de Inglaterra con esta regia alcaldía. La planta baja de la antigua casa consistorial también se utilizaba como mercado del grano. Qué apañados, los lugareños, ¿verdad? Y qué modernos con el doble uso, fueron unos auténticos pioneros del reutilizar. Claro que se les acabó el chollo en 1913, cuando el edificio fue catalogado como monumento histórico.

Tras la visita a La Réole, hemos regresado a nuestra gîte de vacaciones. Como era de esperar, nuestras hijas han hecho caso omiso a nuestra llegada y han continuado sumergidas en sus adolescentes ocupaciones. Como decía una editora neoyorquina cuyo nombre no recuerdo, cuando tus hijos ya han crecido, si quieres que alguien se alegre cuando llegas a casa, cómprate un perro. Claro que nosotros tenemos a Boris, que ha venido a saludarme en cuanto he bajado del coche. Creo que en Barcelona echaré de menos a ese gato.

Saint-Émilion

Desde nuestro privilegiado alojamiento en la ribera del Garona, dirigirse a Saint-Émilion es un placentero paseo que discurre, por carreteras serpenteantes, entre colinas y hondonadas de viñedos y mansiones imponentes, no tanto por ser ostentosamente lujosas, sino más bien por esa discreta elegancia innata, ese esmerado cuidado de setos, parterres e incluso senderos vecinales, que exhiben con orgullo nuestros vecinos galos en buena parte de los departamentos que hemos tenido la suerte de visitar –y ya llevamos unos cuantos-. Justo ayer Sylviane, la propietaria de nuestra casa de vacaciones, me preguntaba si no existía en España una red de alojamientos similar a Gîtes de France. Qué mas quisiera yo.

FresasAntes de recalar en Saint-Émilion, y ya atravesado el Dordoña, nos hemos detenido en Libourne, capital del Pays Libournais. El centro de la ciudad estaba tomado por domingueros como nosotros que curioseaban entre las paradas del mercado semanal de productores locales. Nuestras adquisiciones han sido un par de barquetas de fresas –atención, no fresones, sino pequeñas y sabrosas fresas- que nos hemos tomado sobre la marcha, un pan de aceitunas recién hecho y calentito que, para contrariedad de mi marido, llevaba ajo –digo yo que en otra vida fue vampiro, no comprendo esa aversión incurable a tan delicioso ingrediente-, y un cuarto de kilo de aceitunas a la marroquí que ha escogido Mariola personalmente: “mejor aquellas, mamá, de las que quedan menos, seguro que son las más buenas”.

Aunque las indicaciones de las señales de tráfico eran bastante precarias, hemos sabido que estábamos llegando a Saint-Émilion por la hilera de automóviles aparcados en los márgenes de la carretera. No obstante, nos hemos adentrado igualmente en la población y hemos estacionado nuestro vehículo sin problemas en el primer aparcamiento público con el que nos hemos topado.

Saint-Émilion la fundó un monje benedictino ermitaño en el siglo VIII. De hecho, la ciudad se construyó alrededor de la ermita donde el santón –que se llamaba Émilion, claro- pasó los últimos 17 años de su vida. Unos cuantos siglos después –en 1620- unas monjas ursulinas establecieron su convento allí y con ellas trajeron la famosa especialidad gastronómica a la que se rinde culto en toda Francia: los macarons, de cuya receta verdadera, cuentan, existe una única dipositaria, Nadia Fermigier, a quien a su vez se la transmitió Madame Blanchez. O sea, como la fórmula secreta de la Coca-Cola, pero a la francesa.

Emilionpg2La iglesia monolítica de Saint-Émilion es un templo verdaderamente singular: la cueva en la que habitó el santón de la localidad dio pie a que entre los siglos XI y XII se vaciaran 15.000 metros cúbicos de roca a su alrededor para crear la actual iglesia. Desde su campanario se divisan unas hermosas vistas, solo superadas por las que se contemplan desde la cúspide de la inquietante Torre del Castillo del Rey, que data del siglo XIII, a la que se accede tras encaramarse por una empinada escalera de 118 peldaños –aunque los del último tramo valen por dos y exigen una habilidad casi atlética-.

cocheMorganA las afueras de la ciudad –los viñedos y el paisaje de Saint-Émilion fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO- todavía queda una impresionante porción de un convento dominicano que se edificó en el siglo XIII y se destruyó voluntaria y preventivamente un siglo después, con motivo del inicio de la guerra de los 100 años: su proximidad al perímetro fortificado de la ciudad lo convertía en un peligroso enclave si caía en manos enemigas -cuán absurdo es a veces el devenir de los humanos-. Muy cerca quedan los vestigios del palacio cardenal del siglo XII, aunque a nosotros nos ha llamado más la atención un curioso automóvil que parecía salido de “Esos chalados y sus locos cacharros” y ha paseado ante nuestros ojos un par de veces. A nuestro amigo gatuno le hubiera encantado verlo, ¿verdad, Boris?Boris_vigila

Entre-deux-Mers

El apelativo Entre-deux-Mers –literalmente, entre dos mares, o entre dos ríos si nos remontamos al término gascón bordelés-, es muy popular en Francia por el vino blanco seco que se produce en la región, y que se comercializa bajo la Denominación de Origen Burdeos –Bordeaux A.O.C.-. Abarca el territorio comprendido entre el Dordoña y el Garona y pertenece a la demarcación de la Gironda, en Aquitania. El estuario de la Gironda, donde desembocan ambos ríos, es, con 600 kilómetros cuadrados, el mayor de Europa, y el único por el que remonta el esturión europeo para reproducirse. Aquí, como en los Países Bajos, también hay pólderes: los construyeron maestros obreros holandeses en el siglo XVII.

Hemos salido de Barcelona hoy a las ocho de la mañana y hemos llegado a nuestro destino antes de las dos del mediodía. Por culpa del GPS nos ha costado un poco encontrarlo –hubiera sido más fácil seguir las indicaciones de los propietarios-, aunque la búsqueda ha sido muy agradable porque el paisaje y el entorno eran de lo más reconfortante. Afortunadamente, saber que nos alojábamos en una antigua casita de pescadores, ubicada en lo que en tiempos fue el puerto de Saint-Pierre-d’Aurillac, nos ha ayudado mucho a dar con nuestro hogar provisional, que se ubica en un área protegida.

casa exteriorNuestro pied-à-terre en la Gironda es inmejorable, las fotos que vimos en el portal de Gîtes de France, aunque prometedoras, no le hacen justicia. Es una bella casita con patio encantador y jardín delantero que casi se asoma al río. Recuperada con cariño y decorada con esmero –aquí y allá hay colecciones de todo tipo de antiguallas, desde farolillos de gas hasta manuscritos-, además de estar ordenada y requetelimpia, aprovecha cada rincón para camuflar artefactos tecnológicos, como la toma de internet, el microondas o el televisor, en los lugares más insospechados. Los propietarios, Sylviane y Pascal, nos han obsequiado con una botella de vino rosado de Borgoña, así que nuestra estancia no podía haber empezado con mejor sabor de boca.

BorisMientras tomábamos el almuerzo bajo un esplendoroso sol de primavera, en el exterior, el gato del lugar, Boris, ha decidido adoptarme –será porque ha notado que le tengo alergia a su pelo y no me he acercado a él-. Así que, en cuanto me he estirado en la maravillosa tumbona familiar de la terraza, ha venido a acomodarse sobre mí, cual peluda mantita, ronroneando. Y luego, por la tarde, lo mismo. Eso que, según Sylviane y Pascal, es un felino arisco y solitario.

Nos hemos acercado a la oficina de turismo de Saint-Macaire -está a un par de kilómetros de aquí- para hacernos con un mapa de la región: en un armario de esta casa hay variada y abundante información turística a disposición de los huéspedes, pero faltaba un buen plano para ubicarnos y recorrer algunos básicos que hemos previsto, a saber: el circuito de las fortalezas y de los pueblos medievales d’Entre-deux-Mers, Saint-Émilion, Cap-Ferret Village des Pêcheurs y la bahía de Arcachon -es lo que nos queda más lejos, pero nos apetece mucho ir- y, cómo no, Burdeos. Muchas visitas para una sola semana, esperemos que el clima nos acompañe tanto como hoy.

Escribo estas líneas cómodamente instalada en el escritorio del dormitorio principal. Veo el Garona desde la ventana –aunque ya poco porque anochece- y, si me apetece, me puedo asomar al pequeño balcón de madera de la habitación e impregnarme del aroma a jazmín que perfuma el lugar, mientras escucho el zumbido de las abejas, que hoy han estado atareadísimas para horror de mis adolescentes hijas. Quienes, por cierto, me están esperando, junto con mi sufrido consorte, para cenar las cositas ricas de pato que hemos comprado, así que aquí os dejo. Mañana, más.