Jaca

Después de tantos días de vida bucólico-pastoril, a las niñas de mis ojos les apetecía un poco de civilización -llámale civilización, llámale tiendas de rebajas-. Tras arduas negociaciones, hemos acordado disfrutar de la jornada en Jaca, que está a 50 minutos de Oto en coche.

Nada más llegar nos hemos dirigido a la magnífica catedral románica de San Pedro, que se empezó a construir en el año 1076, casi a la par que la de Santiago de Compostela, aunque las obras se detuvieron en 1082 y hasta el año 1104 no se reemprendieron. Desde el exterior llama poderosamente la atención, dimensiones colosales aparte, la llamada “Lonja chica”, con un bonito porche de madera del siglo XVII que se apoya en columnas románicas procedentes del claustro.

Lamentablemente, una de las zonas que más me gusta admirar de cualquier templo religioso, el claustro, no se conserva. No obstante, lo que quedaba de él ha sido acondicionado –con mayor o menor fortuna, según los habitáculos- para albergar el Museo Diocesano, que fue renovado hace unos años para mejorar la experiencia museística. Su especialidad es la pintura románica, y lo cierto es que la explicación de la guía, Lorena, ha resultado muy interesante.

Antes de acercarnos a los frescos medievales, hemos observado con ella los detalles escultóricos e iconográficos de dos capiteles, el del sátiro y el de los músicos. También hemos visto la sala capitular, cuyos arcos y columnas exteriores se conservan aceptablemente, pero cuyo interior luce redecorado con un diseño contemporáneo bastante aséptico –por no decir desangelado- porque se utiliza para cursos, charlas y reuniones.

En el refectorio hemos podido apreciar llamativas pinturas murales románicas y góticas, y en las capillas laterales algunos ejemplos de imaginería religiosa –admito que la talla en madera de cristos, vírgenes y otros seres fabulosos me seduce poco-.

VerjaEl acceso a la Sala Bagüés, la reina del recinto, se hace a través de unas preciosas rejas de hierro forjado medievales que incorporan sorprendentes elementos decorativos vegetales, animales y humanos. En mi opinión y muy a mi pesar, no están lo suficientemente iluminadas y deslucen bastante. Una vez que nos adentramos, podemos contemplar los frescos que fueron arrancados de su templo original en los años 60 del siglo pasado –los de Boí y Taüll fueron descuajados mucho antes, hace casi un siglo- y disfrutar de un audiovisual que explica el proceso de creación de esta gran pintura mural y la técnica con que se transportó tamaño fresco desde Bagüés hasta su nuevo emplazamiento, maniobra un pelín más complicada que descolgar un lienzo.

En una sala anexa de la planta principal se pueden curiosear algunos documentos antiguos de la diócesis de Jaca, así como escuchar cómo suenan el chiflo y el salterio, dos instrumentos populares del Alto Aragón, y algunos estilos de repique de campanas. Curioseando este rincón he descubierto que el oficio de campanero se solía transmitir, matrilinealmente, a través de la familia del sacristán.

Otro monumento emblemático de Jaca es su singular ciudadela pentagonal. Fue levantada por orden del mismo rey, Felipe II, según las instrucciones del mismo ingeniero, Tiburzio Spannocchi, y por exactamente el mismo motivo que llevó a levantar la fortaleza de Aínsa: proteger la frontera de los hugonotes en plena Contrarreforma. Hoy la ciudadela ha abandonado su belicista uso original, aunque los cañones todavía apuntan, siempre amenazantes, desde las casamatas de los baluartes.

Fortaleza_ciervosLos alrededores de la fortaleza son un agradable parque donde grupos de familias y amigos sestean, se divierten o simplemente conversan disfrutando de la vivificante brisa que llega desde el cercano Pirineo, que enmarca el paisaje con su grandioso perfil. En el foso mora una manada de ciervos en la que conviven varios machos en perfecta y serena armonía -si alguien conoce el motivo de esta cérvida presencia, le agradeceré que me lo cuente porque me tiene intrigadísima-.

PuertafarmaciaJaca es una pequeña ciudad señorial que me recuerda más a Pamplona o Donosti que a otras poblaciones aragonesas. Invita al agradable paseo por las calles peatonales de su centro histórico donde, crímenes arquitectónicos setenteros aparte –que también los hay-, se pueden contemplar edificios soberbios, como el del número 20 de la calle Mayor, que aloja en sus bajos la decimonónica Farmacia Borau, o el pintoresco porche que se asoma frente a la catedral y cobija el paraíso de los golosos, la centenaria confitería Echeto, donde hemos improvisado la merendola de mi familia. Qué dulce despedida.

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