Un año de homenajes

Si no surge ningún contratiempo, el 14 de agosto del año que estrenaremos dentro depapa_bautizo unas horas cumpliré 50 veranitos. Mi padre, tan amoroso y a la vez tan sabio, se autoconcedía todos los caprichos que se ponían a su alcance con un argumento incontestable, que repetía como una letanía: “hay muertes repentinas”. Y vaya si las hay. La suya, sin ir más lejos.

Así que, a partir de mañana y durante todo el 2017, que me quiten lo bailado, lo paseado, lo saltado. Lo reído, lo llorado, lo conversado, lo saboreado. Lo abrazado, lo besado, lo susurrado. Y, por supuesto, lo descubierto, lo admirado, lo viajado.

Doce meses, una causa: yo.

Está a punto de empezar mi particular y personalísimo jubileo. Primer deseo: empezar el año con una de esas escapadillas que tanto me gustan.

A la vuelta nos vemos por aquí y os cuento. ¡Hasta luego!

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Una jornada particular

La Navidad es como un sarampión, hay que pasarla. Atrás, muy atrás quedaron las celebraciones cándidas, despreocupadas, risueñas. Las veladas alumbradas por ese asombro casi pueril que perdura en tanto que no hay ausencias, en tanto que no falta nadie en el cogollo básico y fundacional de la infancia feliz.

Claro que, cuando tienes hijos –dos adolescentes deliciosamente imperfectas-, brincas en graciosa pirueta sobre el cable de funambulista que es tu vida y reinventas la ilusión de esas fiestas ineludibles en el calendario familiar. De modo que te agarras firmemente al teclado del ordenador mientras te crecen setas laborales por doquier, flop-flop, y alternas la revisión de correos electrónicos con la de las listas de los preparativos -mis listas y yo como un todo indestructible-: los detallitos navideños, la cena de Nochebuena, las sorpresillas del Tió, la comida de Navidad…

Sin embargo, todo ese ajetreo se volatiliza en cuanto llega el 26 de diciembre, cuando, como cada año, los fastos se detienen para celebrar, en íntimo homenaje, nuestro aniversario. De modo que nos despedimos de nuestros pimpollos y de nuestra amiga Valery, que ha pasado con nosotros las Navidades –qué balsámica compañía la suya, siempre- y escapamos a la carrera a disfrutar del soleado día. Nuestro día.

casaPunxes.jpgEste lunes superfestivo no se divisa apenas nadie en la Casa de les Punxes. El palacete modernista diseñado por Josep Puig i Cadafalch ocupa una manzana irregular delimitada por la avenida Diagonal y las calles Rosselló y Bruc y puede visitarse fácilmente con audioguía –la ruta comentada, visto lo visto, casi que la podéis obviar-.

El recorrido empieza con un paseo audiovisual que glosa la leyenda de Sant Jordi, personaje mítico que protagoniza uno de los dibujos cerámicos de la fachada. Aunque pretende ser épica, el tono irritantemente rimbombante hace que la narración resulte insufrible. Además de que despierta en mí una franca aversión por esa fábula que ya conocía -quizás porque me enfrento a ella con acerado pensamiento crítico-. La vocecilla enlatada nos explica que todas las doncellas del reino van siendo devoradas por el dragón hasta que quien peligra es la princesa, ya que, pequeño detalle sin importancia, el monarca ha amañado el sorteo para intentar salvar a su ilustre descendiente -prevaricando que es gerundio-. Total, ¿qué son algunos centenares de plebeyas comparadas con una sola damisela de sangre azul? Luego ya casi llego a la náusea cuando reflexiono sobre la descripción maniquea del heroico Sant Jordi –apolíneo, valeroso, cristiano- y la ignominiosa bestia –horrenda, innoble, infiel-. Es, en definitiva, una experiencia no recomendable para menores, a no ser que os dediquéis con didáctico empeño a comentarla convenientemente.

El ejercicio de exaltación patriótica de la Casa de les Punxes continúa en la espléndida azotea, desde donde pueden apreciarse, soberbios y reverberantes, los pináculos que dan nombre a la finca. En los auriculares de la audioguía suenan piezas de Richard Wagner -quien, como decía Woody Allen, desata las ganas de invadir Polonia- y en los plafones se exponen textos pergeñados por un publicista con ínfulas de historiador: no es información, sino mera propaganda. Entre otras cuestiones para nosotros irrelevantes descubrimos que el egregio arquitecto se inspira en el castillo bávaro de Neuschwanstein, que a su vez rinde homenaje al músico predilecto de Adolf Hitler. Aprovecho para apostillar que Neuschwanstein fue utilizado por los nazis como depósito de obras de arte robadas en Francia y que Wagner fue el compositor que más se escuchó durante el III Reich.

CanFanga.jpgPetulancia panfletaria al margen, también recabamos algunos datos interesantes, como la innovación técnica que aportaron algunos elementos estructurales, principalmente los pilares y cinturones de refuerzo en hierro colado. No obstante, el gran hallazgo es conocer el origen del sobrenombre con que las afables gentes de comarcas se refieren a mi ciudad: Can Fanga –a los lugareños suelen denominarnos, con igual cariño, pixapins, meapinos-. Se ve que hasta 1906 la pavimentación del barrio del Eixample era responsabilidad tanto del consistorio municipal como de los vecinos, que debían hacerse cargo de los 2,5 metros de acera que jalonaba cada inmueble. Como los propietarios preferían invertir lo justo –que no necesario- en esta partida, en cuanto caían más de cuatro gotas, Barcelona se convertía en un auténtico fangal. De aquellos polvos, esos lodos. Literalmente.

façana_praktikBakery.jpgLa Casa de les Punxes está a dos minutos del regalo con que nos hemos obsequiado para celebrar nuestro aniversario: una noche en el hotel-panadería Praktik Bakery. Pequeño y muy bien ubicado, las habitaciones son básicas pero están pensadas al detalle: la lencería de cama de algodón arropa confortablemente, mientras que la espaciosa ducha dispone de una presión vivificante. No obstante lo mejor del sencillo alojamiento es que se levanta sobre el establecimiento del Eixample de Baluard, la mítica tahona de la Barceloneta. Hay quien dice que elaboran los mejores panes de mi ciudad.

pa_llescat.jpgEl rincón de desayunos de Praktik Bakery comparte pared de hierro y vidrio con el obrador de Baluard y culmina en un jardín interior que se prolonga, cristalera mediante, hasta una agradable terraza. El mobiliario de estilo escandinavo contrasta con el amarillo corporativo que salpica desde las puertas hasta las americanas con que viste el personal de recepción. Sobre el bufé, dispuestos de manera armónica y ordenada, nos esperan, junto a la cafetera, dos jarras de zumo de naranja, tres grandes frascos de mermelada, una variada selección de bollería de mantequilla, hogazas ya rebanadas –de aceitunas, de higos, de nueces…-, una bandeja con algunas lonchas de queso, jamón york y jamón serrano y, por descontado, tomatitos en rama y una aceitera. Mediterráneamente.

Desayunamos temprano, hoy es martes más que laborable y a las nueve en punto hay que volverse a instalar frente al ordenador. La vida sigue, sí. Aunque no exactamente igual.

El mercado de Navidad de Frankfurt

Cuando voy a Frankfurt a ver a mi amiga Valery, suelo vestir cual aficionada al esquí acudiendo a Pas de la Casa –es un decir, no soy carne de forfait-. Como si, en lugar de desplazarme a Alemania, estuviera emprendiendo una expedición a la tundra, pero sin ropa técnica. Qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo, que cantaba Serrat. Así que visualizadme con calcetines y gorro de lana, botas revestidas de franela, pantalones de forro polar y mi amortizadísima chaqueta-manta de Patagonia, que es como llevar el calefactor puesto. Confort total.

Para variar, en esta ocasión volamos con una compañía aérea de las de verdad, Lufthansa, porque encontramos unas tarifas fabulosas. Claro que, para que la emoción nos nos embargara en exceso, a los pilotos teutones les dio por convocar una huelga indefinida una semana antes de nuestra escapada y tuvimos que comprobar a diario la evolución -¿involución?- de las negociaciones. Nacidos para sufrir.

Cuando llegamos al aeropuerto de Barcelona el viernes por la tarde, nos topamos con otra huelga: la de los empleados del servicio de limpieza. El espacio otrora diáfano, níveo, cuasi galáctico, luce un inmundo tapiz de tiras de periódico meticulosamente cortadas por los reclamantes, para evitar la lacerante soledad de los variopintos envases que vomitan las papeleras. Saltando entre la cochambre antes y después del control de seguridad –adentrarse en el baño, toda una hazaña-, nos plantamos los primeros de la fila para embarcar porque deseamos tener a mano nuestras maletas. Tres merluzos alemanes intentan colarse sibilinamente aprovechando el lío de los pasajeros con acceso preferente, sin éxito: una sola mirada maléfica a lo Jack Torrance basta para que no intenten acercarse. No sé si lo logran más atrás. Inciso: los ingenieros que proyectan los aviones deberían desarrollar cabinas de nueva generación, con capacidad para un bulto por persona de manera aneja a cada asiento. Ahí lo dejo.

En Lufthansa son tan sofisticados que hasta han bautizado con un nombre elegante su tarifa reducida: resulta que soy una pasajera Eco Light. Así da gusto viajar por un importe mínimo, incluso te sientes mejor persona. Además de ese breve subidón de autoestima, otra ventaja de volar con una compañía aérea vintage es que regresan esas viejas costumbres en desuso, a saber: un bocadillito, a escoger entre salmón ahumado o queso, y uno o dos refrescos –o una botella de cerveza- como detalles de cortesía. Por no hablar de la sonrisa sinfín de los azafatos y las azafatas. Lo único que da como cosica es el bronceado de rayos UVA que se ha pillado el piloto durante su semana de huelga. Eso, o se le ha ido la mano con las toallitas autobronceadoras. Grandes enigmas de la aviación.

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Nuestra amiga Valery y Sophia, su hija, nos recogen en el aeropuerto de Frankfurt y nos conducen directamente al corazón de la ciudad: esta vez visitamos, por fin, el Weihnachtsmarkt Frankfurt, su delicioso mercado de productos artesanos de Navidad. Más de 200 coquetas casetas de madera, engalanadas con sus hileras de bombillas, se extienden a lo largo y ancho del centro histórico, desde el paseo peatonal de Zeil hasta Paulsplatz y Römerberg, donde presiden la bulliciosa feria un carrusel decimonónico y un abeto de dimensiones colosales que se encarama hasta la estrellas y ejerce de mágico vigía del lugar. Caldean el ambiente –literalmente- las peculiares tabernas donde se expenden salchichas de diferentes tipos -sabrosas, de generoso tamaño y de excelente calidad- y sidra y vino calientes. Nos cuenta Valery que es tradición que te sirvan esa bebida en una jarrita de cerámica que cada año incorpora una decoración diferente. Si la devuelves, te abonan 3 euros, aunque muchos lugareños, que conversan arremolinados alrededor de unas altas mesas de madera, atesoran esas tazas con las que se calientan las manos como piezas de recuerdo. Como a Mylove y a mí los brebajes locales no nos acaban de convencer, optamos por compartir una cerveza. Por cierto, también recuperas 50 céntimos si devuelves la correspondiente botella de vidrio. Hay que reconocer que lo de reutilizar lo llevan estupendamente.

Imposible pasear entre las primorosas paradas, se ha acabado la semana laboral y todo Frankfurt se echa a la calle para acudir a su querido Weihnachtsmarkt antes de que cierre –cosa que sucede a las 21:30h-. Lo que me recuerda lo muchísimo que hace que no visito el mercadillo de Santa Llúcia de mi ciudad. Con lo bonico que es, ainsss.

Regresamos el sábado y la afluencia sinnúmero continúa. Una artesana joyera exhibe pulseras y pendientes de bisutería fascinantes, pero ante su expresión de dóberman nos asalta una pregunta inquietante: ¿transmitirán energía negativa sus creaciones? Más allá, artesanos de diferentes oficios presentan belenes de madera tallada, lámparas de pergamino, calcetines de lana tejidos a mano y brochetas de frutas chocolateadas. Impregna el paseo el aroma a almendra garrapiñada, a brasas recién prendidas y a golosa bollería. Entre los transeúntes, chinos, muchos chinos correteando de aquí para allá. Nuestra anfitriona nos desvela que desembarcan en asiática legión para hacerse con artículos de grandes marcas. Muy pintorescos.

man%cc%83anitaLa habitación de invitados de Valery es una buhardilla recoleta y cautivadora. Se inunda de luz natural durante todo el día a través de sus diferentes escotillas e invita a la siesta y al dolce far niente. Al placer de recrearse en el silencio, la serenidad y el íntimo ensimismamiento. Cuando cae la noche tras el hipnótico atardecer, es también un singular mirador desde el que se otean las arrebatadoras luces de los rascacielos vecinos. Qué acogedora guarida propicia a la escritura, la lectura y la meditación.

Y, de repente, la fiesta. Por eso estamos allí, para celebrar con nuestra amiga del alma un nuevo cumpleaños. Corren el prosecco, el blanco, el tinto. Los bocados caprichosos, el exquisito goulash, la ensalada de fruta sublime –superior, me atravería a decir- de Marcela, el budín de Sonia, la mousse de chocolate y el solicitadísimo lemon pie de Valery. Fluyen conversaciones, puntos de vista, complicidades y risas en español, alemán, inglés, italiano, francés. Mientras Tito se afana en preparar sus esperados cócteles, empieza la discoteca. No obstante, al cabo del rato, en vista de que la banda sonora involuciona hacia ritmos latinos, hacemos un mutis por el foro para retirarnos a nuestros aposentos: nos parece inverosímil bailar algo que nos horripila. Qué lastima, porque Mylove es el mejor danzarín de funky que conozco y es un raro placer verle evolucionar sobre la pista. Verdad verdadera. Aunque luego, ya en nuestra alcoba –cada nueva cancioncilla atraviesa las paredes como si fuera un ectoplasma-, mi rey del dance floor se contorsiona requeteconcentrado, intentando descifrar a través de su experto lenguaje corporal el machacón compás. Y ante cada uno de sus intentos espasmódicos, nos viene a la cabeza el spasticus autisticus de Ian Dury, una íntima broma recurrente, y nos da la risa.

Abrimos una ventana, contemplamos desde nuestra privilegiada atalaya las hipnóticas luminarias nocturnas en rojo y azul eléctrico y nos impregnamos de la gélida y vivificante corriente para poder refugiarnos con todavía más ganas en nuestra cama. Permanecemos sumidos en un amodorrado duermevela, acurrucados como cachorros felices bajo la funda nórdica de algodón, hasta que abandonan la casa los últimos invitados.

El domingo por la mañana, el sol que se cuela por una rendija nos despierta dulcemente, sin prisas. Queremos saborear las escasas horas que nos quedan antes de volver y nos desperezamos con una agradable caminata con nuestra amiga por Grüneburgpark, el parque público que se extiende, rodeando la Goethe Universität, por los antiguos dominios de la familia Rothschild, quienes donaron a la ciudad tanto el castillo cbody-of-knowledge-2010-jaume-plensa-ffm-022omo sus vastos jardines en 1935. El palacete fue destruido durante uno de los bombardeos de la II Guerra Mundial y en cuanto finalizó el conflicto los terrenos se ampliaron hasta alcanzar las 29 hectáreas actuales. Cuán afortunados son los estudiantes por contar con esa plácida área de esparcimiento. Y con la extraordinaria escultura Body of Knowledge de Jaume Plensa, recordándoles a diario que la universidad es una extensión de nuestro cuerpo, esto es, un espacio para el intercambio de ideas y, sobre todo, para la comunicación. La humanidad -entendida como cualidad de humano/a- era eso. Pequeña nimiedad: en la placa junto a la imponente estructura de acero del artista catalán no figura su nombre, sino el del patrocinador que sufragó la obra. Abracadabrante concepto del arte en la quintaesencia del saber. En fin. Body of Knowledge es prima hermana de El alma del Ebro, que puede verse en el Palacio de Congresos de Zaragoza y fue creada para la Exposición Internacional del Agua. Quizás me acerque a verla en mi próxima incursión a mañolandia.

aeropuertoDe vuelta a casa, Barcelona nos da la bienvenida con un cálido abrazo de 12 grados más de temperatura y las niñas de nuestros ojos con una cena preparada por ellas amorosamente. La próxima vez que veamos a Valery será aquí, en nuestro hogar: ya falta menos para esas Navidades que disfrutaremos con ella. Tras tantos años de amistad, forma parte de los nuestros. Después de todo, los buenos amigos –incondicionales, comprometidos- son la familia que tú escoges. Y también la que te elige a ti.