Collioure

Este fin de semana me he escapado a Collioure con tres amigas. El viernes preparé un buen bizcocho casero para mi consorte y mis retoños –qué haría yo sin la masa madre de las carmelitas de Sevilla- y, tras depositar la pequeña ofrenda en la mesa de la cocina, huí a toda velocidad. Bueno, en realidad no tanta, pero sí en sentido figurado: en cuanto me subí al coche de mi amiga Iciar, simplemente dejé de estar en Barcelona.

Por suerte no soy tan mayor como para haber tenido que memorizar la absurda lista de los reyes godos. Sin embargo, cuando pienso en ellos –por asociación de ideas, puesto que no es un tema al que dedique mis desvelos- siempre me vienen a la cabeza dos nombres que he retenido por lo graciosos que me parecen: Chindasvinto y Wamba. Es más, guardaba la secreta sospecha de que en realidad nunca habían existido, simplemente figuraban en los libros de historia escolares, junto con tantos otros nombres impronunciables, para aligerar la tortura mental que se infligía a los alumnos de la época. Así que, cuando leí en la web oficial de la oficina de turismo, www.collioure.com, que quien bautizó a la actual Collioure como Caucoliberis fue el mismísimo rey Wamba, me quedé bastante atónita.

Si llegáis en coche para pasar el día –nosotras tuvimos que dormir en Argelès-sur-Mer por no reservar nuestro alojamiento con suficiente antelación-, lo mejor es estacionarlo en el gran parking que hay antes de llegar al Château Royal: además de ser más barato que la zona azul y poder pagar con tarjeta, os evitaréis tener que estar pendientes del reloj para acudir cada tres horas a cambiar el ticket.

Nuestro primer desayuno en la turística población costera fue un espanto –el segundo fue ni fu ni fa, así que os avanzo que no le dedicaré ni dos líneas-. Se nos ocurrió sentarnos en una de las mesas de Les Délices Catalans, que preside la Place du 8 Mai 1945 –estos franceses siempre tan sencillos para el nomenclátor de sus calles-, sin hacer el siempre necesario casting previo, estábamos hambrientas. Preguntamos si tenían opción de desayuno salado y se hicieron los locos, repitiéndonos la oferta de petit déjeuner sucré que ya habíamos visto en la pizarra de la entrada, a saber: tostadas con mantequilla y mermelada, croissant o pain chocolat, café con leche y zumo de naranja. Decidimos aceptar su propuesta –si tanto insistía el garçon es que había de ser una buena opción- y tuvimos que ingerir un trozo de pan que no estaba tostado sino seco, mermelada de azúcar con alguna partícula de melocotón, un pain au chocolat del que mejor ni hablamos, un café con leche que sabía a calcetín en remojo y un zumo de naranja de bote antediluviano.

Suerte que la vida del guiri no es tan dura como parece y siempre hay una de cal y otra de arena: el sábado la localidad estaba realmente tranquila y pudimos callejear sin demasiadas multitudes, así como acercarnos al espigón de la playa de St-Vicent para contemplar desde allí la encantadora y conocidísima vista de postal de Collioure –aunque nos negamos a acercarnos a ese marco-engendro que se eleva sobre un pedestal y que tan de moda se ha puesto en multitud de lugares turísticos-. También visitamos el Château Royal –el recorrido era bastante caótico porque no estaba bien indicado y también allí había otro de esos horribles marcos metálicos que se funden con su atril- y la famosa tumba de Machado, cuyo valor es puramente sentimental pero ofrece el aliciente añadido de cotillear las sepulturas y panteones de los lugareños, que siempre es un curioso ejercicio sociológico. Es muy recomendable el recorrido que bordea la muralla del Château Royal desde el puerto hasta la playa de Port d’Avall, aunque si el mar está picado hay un alto riesgo de que las olas que rompen contra el borde del angosto paseo te salpiquen más de lo que quisieras.

El almuerzo nos reconcilió con la gastronomía local: en Le Safran Bleu, que se ubica en el número 6 de la Place du 18 Juin, disfrutamos de un menú con una relación calidad-precio excelente. A destacar la sopa del pescado, exquisita con las tostadas untadas con rouille, y la pulcritud y el cuidado del aseo –¡oh, maravilla de las maravillas!-.

Hay dos direcciones más que quisiera compartir. Una es la de art’Zana, 2 rue Dagobert, un taller de bisutería y joyas de plata donde la mayor parte de piezas que se exhiben, a cual más original, están creadas por ellos mismos. Al fondo de la tienda, casi escondido en un rincón del suelo y protegido por una barandilla, un minúsculo estanque artificial acoge a varios peces centelleantes que nadan ajenos a las miradas furtivas de quienes los observan.

La otra dirección es de una boutique que quizás no es tan llamativa, aunque a mí me chifló toparme con ella. Siempre ando a la busca y captura del sombrero de ala ancha ideal –no puedo tomar el sol y es la manera más cómoda de protegerme de él- porque me cuesta muchísimo encontrar algún modelo que me guste y que, además, exista en la talla que requiere mi cráneo sobredimensionado. Si estás leyendo esto y eres cabezuda como yo, estás de suerte: en Manijao, 6 Rue Arago, encontré una maravillosa pamela de color magenta, tejida artesanalmente, de tamaño king size. Quizás alguien me confunda con la sombrilla de una terraza, pero en la vida hay que correr riesgos.

Contra todo pronóstico –había previsión de lluvia-, hoy el día ha amanecido soleado y el centro de Collioure se ha inundado de paradas de todo tipo: comerciantes de ropa, complementos y bisutería, productores de queso, embutidos, vino, mermeladas y anchoas, pescateros, carniceros, payeses que ofrecían lo mejor de su huerto, cocineros de cositas ricas y no tan ricas para llevar… El mercadillo era verdaderamente variopinto y alegre, y desde la terraza de Les Templiers -www.hotel-templiers.com- se veían pasar a numerosos compradores felices con sus recientes adquisiciones.

Callejear y contemplar el mar desde rincones con encanto son los dos grandes atractivos de Collioure, así que a eso hemos dedicado la mañana tras mimetizarnos con la marea humana que peinaba el mercadillo y avanzar superando mi fobia a las multitudes –aprovecho para retractarme de mi afirmación de que la vida del turista no es tan dura: sí, lo es-. Empezaba a nublarse cuando hemos decidido despedirnos de Collioure con las tapas de La Cuisine-Comptoir, 2 rue Colbert, donde hemos almorzado razonablemente bien -exceptuando el puré de garbanzos que ellos llamaban hummus-, aunque hemos tenido que esperar tres cuartos de hora para que nos sirvieran, lo que en realidad ha sido una suerte porque nos hemos sentado en la agradable terraza con horario francés, pero hemos comido con horario español.

Regresar a la normalidad tras un fin de semana de asueto se hace menos pesado si uno se evade mentalmente a la próxima escapada. Así que, como los burros, me concentro en mi apetitosa zanahoria: Oporto. Qué ganas tengo de que empiece noviembre.

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Daños colaterales

Mi pequeña familia y yo vivimos en el barrio del Putxet. Habrá quien piense que es una zona privilegiada de Barcelona, y lo es, pero no por el poder adquisitivo de sus convecinos, que de todo hay –para muestra, un botón-, sino por su agradable microclima –el termómetro siempre marca varios grados menos que en el centro de la ciudad- y por la lejanía de las hordas de turistas que chancletean por doquier -sí, las multitudes me enervan y me sacan la vena arisca-.

Al barri hi ha de tot, que decía una campaña municipal de ni recuerdo cuándo, y el centro neurálgico de nuestro diminuto microcosmos es Craywinckel. En esa breve calle se ubica la pastelería-charcutería Cortacans, que forma parte indispensable del tejido social del barrio gracias a la hospitalidad de su anfitriona, Pilar, y al buen hacer de Rafa, Marcela, Montse, Susana y el dicharachero Juan Pablo, cuyas groupies octogenarias se arraciman junto a la barra a la hora del vermú.

Mi marido y yo desayunamos allí durante la semana laboral. Es una rutina que establecimos hace años para pellizcar pequeños paréntesis de pareja y nos va la mar de bien, además de facilitar que nos relacionemos con nuestros convecinos. Todos tenemos una franja horaria más o menos establecida y, a fuerza de coincidir día sí, día también, hemos ido sedimentando lazos de afecto con buena parte de nuestros contertulios, incluso de íntima complicidad con nuestra queridísima María.

Hacía meses que echábamos de menos a Xavier. Se escapaba unos minutos de la sucursal de Caixa de Terrassa que había unos metros más allá -la cerraron poco después de que constatáramos que sus ausencias no eran pasajeras-. Era el director. Un director joven, sobre los 40. Saludaba sonriente, se sentaba en su mesa del rincón y ojeaba la prensa deportiva mientras tomaba un café con leche y un bocadillo. Jamás participaba en las conversaciones ajenas, pero le vi empequeñecerse un poco cuando todos nos dedicábamos a denostar a cajas, bancos y todo tipo de entidad financiera que formara parte del paisaje de la crisis, sin reparar en él. O a sabiendas.

Yo creo que su tumor le vino de aquello. De sentirse mal por todo lo que estaba pasando. De formar parte de La Gran Estafa sin quererlo. Porque era buena gente. Muy buena gente. Me lo dice Pilar –así que lo creo a pies juntillas-, que le conocía bien porque durante años tuvo una cuenta allí, en esa pequeña oficina de barrio que ya no existe, cuyo gerente no existe tampoco: se lo ha llevado el cáncer. Y estoy triste, muy triste. Porque nunca me senté con él para preguntarle qué pensaba de todo aquello. Porque nunca le di una oportunidad. Ni un abrazo. Y ahora me gustaría hacerlo.

Barcelona-Zaragoza

– Pero tú, ¿qué eres, catalana o maña?

– ¡Maña! –respondía yo rápidamente, los brazos en jarras y los ojillos vivarachos de la infancia feliz.

De niñas, mi hermana y yo pasábamos buena parte de nuestras vacaciones escolares con nuestros abuelos paternos, María y Daniel, que vivían en Zaragoza. No en una encantadora aldea o una pintoresca población de los Monegros o el Moncayo, sino en la mismísima Caesaraugusta. Pero como si fuera el reino de Nuncajamás: cada vez que nuestros padres nos venían a recoger para regresar a Barcelona, llorábamos desconsoladamente hasta Alfajarín.

– Yaya, si tengo que volver a Barcelona para ir al colegio, ¿por qué no buscamos uno en Zaragoza?

– ¡Calla, insensata! ¡Y ni se te ocurra decírselo a tu madre, que no querrá que vengas más!

Mi abuela cocinaba como nadie porque su paupérrima familia la había puesto a servir de muy pequeña y, habilidosa y listísima como era, enseguida se ganó a pulso un merecido puesto entre los fogones de los ricachos. De aquella extraordinaria mujer recuerdo sus achuchones con besos sonoros, de esos que te estallan en las mejillas y te cosquillean las entrañas, la alpargata voladora cuando mi hermana o yo habíamos perpetrado alguna trastada, sus manos con sempiterno olor a lejía -ella siempre tan requetelimpia-, la almohadilla sobre la que se arrodillaba para fregar los suelos de toda la casa, el volteo diario de los colchones de lana, su sabrosa e imaginativa cocina de pobre, las sesiones de cine clandestinas para ver con nosotras “Aeropuerto 75” y otras pelis de catástrofes setenteras, pero, sobre todo, el amor que derrochaba en cualquier gesto, cualquier detalle, cualquier palabra que saliera de su boca.

Pasábamos cada tarde del mundo mundial, en pleno agosto, en un parque al que llegábamos atravesando el Huerva –hoy veo, cotilleando por Google Maps, que se llama Parque Bruil-. Tras acarrear hasta allí a sus nietas, su sillita plegable, su bolsa de labores y nuestra merienda, se instalaba bajo algún árbol frondoso y, mientras sus manos tricotaban y tricotaban sin cesar, vigilaba atenta nuestras evoluciones en la piscina municipal. Un día a la semana guisaba algo rico, lo metía en una fiambrera y, pertrechada con sus bártulos, nos arrastraba en autobús por Zaragoza para llevarnos al Parque del Cabezo. Los fines de semana nos acompañaba también mi abuelo, quien, además de mi padrino y lector compulsivo de Marcial Lafuente Estefanía, era forjador en una fragua y tenía unos bíceps como Popeye. Entonces íbamos al Ojo del Canal a pasar el día: chapoteábamos como las ranas, perseguíamos zapateros y cogíamos chufas. Luego, por la Pilarica, las dos nietísimas nos vestíamos de baturras –siempre envidié el precioso mantón de manila azul celeste de mi hermana- para participar en la ofrenda de flores a la patrona de la ciudad, quien para mí nunca fue vigía de las españas ni nada que se le parezca. Por eso, aunque ahora sea una descreída, escogí hacer la primera comunión en la basílica donde se le rinde culto.

De mi abuela catalana, que era mi madrina y compartía nombre y oficio con la otra -fue cocinera en el bar que regentaban sus padres, así conoció a mi abuelo Amador, que era cliente habitual-, recuerdo, además de su serenidad, su sensatez y su saber estar, el trajín de bolsas de agua caliente para aclimatar las camas, o las rebanadas de pan de payés que tostábamos en la estufa de butano con que intentaba caldear el enorme caserón en que vivía, un lugar mágico donde celebrábamos con mi familia materna, año sí, año no, el 25 y el 26 de diciembre, Nadal y Sant Esteve. Durante aquellos dos días invadían el espacioso comedor de mi abuela un par de mesas dispuestas para la ocasión –una para los adultos, otra para los babyboomers– en las que disfrutábamos tanto de los ricos platillos navideños que preparaba la matriarca del clan –qué gran mujer, puntal de todo y de todos- como del divertido jolgorio de tiets y cosins: mi tío Miquel siempre acababa protagonizando alguna entrañable performance con algún tapete en la cabeza, mientras que a los primos nos encantaba montar festivales de Eurovisión caseros –qué bonito es inventarse todas las letras- para mortificante deleite de nuestros progenitores.

Creo que queda claro que soy charnega, un vocablo que para mí carece de significado despectivo. Mi padre, el mejor de la galaxia y del universo entero, era un aragonés que en una verbena de San Pedro se enamoró de una catalana, a su vez charnega también: su madre era de Lleida y su padre -al que nunca conocí porque murió antes de que yo naciera- de Almería. En casa de mi madre se hablaba, la mayor parte del tiempo, en catalán. No obstante, cuando nací, decidió que me hablaría en castellano por respeto a sus suegros. “Nena, semblarà xarnegueta”, le soltó su hermano Toni cuando hizo pública su resolución –al parecer para él el palabro sí que tenía connotaciones negativas-. Cuando nació Ángela, mi primogénita, empecé a hablarle en catalán porque quería que fuera bilingüe –su padre y yo hablamos en castellano-. Como yo, por otra parte: de muy pequeña determiné que con mi familia materna hablaría en catalán.

– Pero tú, ¿cómo te sientes, catalana o española?

– Pues ni una cosa ni otra. En todo caso, barcelonesa. Pero ahora mismo, lo que más, extraterrestre.