Es solo un día más

La Navidad es esa convención social en la que nuestra obligación moral es mostrarnos eufóricos y fantasear con que la armonía y el júbilo reinan en nuestros hogares. Admito que a mí es una fecha que cada vez me causa más y más profunda tristeza: estos días de diciembre perdieron su diáfano regocijo infantil cuando falleció mi padre. Desde entonces los observo como una habilidosa tramoyista -todo por mis cachorros-.

Hoy me he acercado a casa de mi madre para desayunar juntas. La logística prevista para estas fiestas se ha desmoronado como diente de león ante ráfaga de viento y hoy comerá sola. Ella lo vive infinitamente mejor que yo porque está instalada en la enajenación de su incipiente Alzheimer, pero yo no puedo evitar un sentimiento de dolorosa culpa -esa educación judeocrustiana que tanto nos marca-. De negligencia en una fecha tan señalada. De abandono de mi deber.

I hate xmas.jpgNo obstante, lo cierto es que hoy es un día como otro cualquiera. Como ayer. Como mañana. Incluso como el 29 de febrero, que aparece y desaparece mágicamente por las inextricables cuadraturas del calendario gregoriano. Me basta con mirar a mi alrededor para constatarlo. Subo al autobús y me saluda una conductora de facciones y acento eslavos, no parece demasiado afectada por trabajar el día de Navidad. Una señora mayor se agarra del brazo de su marido para subir en la parada del hospital Vall d’Hebron, anda tan maltrecha por su enfermedad que calza zapatillas de estar por casa y da cortos pasitos de geisha. En algún momento fue joven y bonita, se le adivina en el coqueto cabello pelirrojo, en la impoluta manicura, en el abrigo desgastado pero requetelimpio. Luego sube un jubilado que nos saluda con un enérgico ¡Feliz Navidad! que llega hasta Badalona. Qué suerte tiene de creerse el cuento. Tal vez es el único pasajero que tiene fe en ese Hombre del Espacio del que se mofa Revista Mongolia.

A mamá le encanta el bocadillo de jamón y el café con leche que le llevo. Pensaba encontrármela dormida, pero me está esperando, ya duchada y medio vestida. A menudo no recuerda lo que le acabas de decir pero, de pronto, hay información que se le agarra en la precaria memoria con una tenacidad abracadabrante, como que su hija vendrá a desayunar con ella el día de Navidad. Cuando me despido de ella, me sonríe desde el corazón, atravesando capas de desmemoria. Sin reproches. Sin una sombra de duda. Pletórica de amor maternal. Y yo la observo para retener esa imagen y se me queda el alma en modo faquir, así que me acomodo a mis agujas de mala conciencia. Y me consuelo pensando que hoy, en realidad, no es Navidad, sino solo tan solo un día más.

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Barcelona en familia

Mis hijas están encantadas con esta semana al revés: dos días de clase y cinco de fiesta. Yo no tanto, me parecen inverosímiles los festivos incontrolados en un diciembre saturado de ocio navideño. Después el primer trimestre del año se hace eterno, ya se podrían repartir mejor los días de asueto en el calendario. En fin.

De todos modos he aprovechado para alternar el trabajo con el placer y he disfrutado de mi familia en Barcelona. ¿O quizás debería decir en la montaña de Montjuïc?

El miércoles presencié con mi hija Mariola Maria Estuard en el Teatre Lliure: por mi cumpleaños me regalaron el abono de temporada y estoy exprimiéndolo al máximo. Sergi Belbel condensa la obra de Friedrich Von Schiller en dos horas que transcurren en un suspiro gracias a la conmovedora interpretación de Sílvia Bel y el resto del reparto. Destacaría también la sencilla pero brillante y efectista escenografía de Max Glaenzel, que convierte el escenario en un protagonista más.

El jueves regresé a Montjuïc, pero un poco más arriba y acompañada de mi hija mayor, para disfrutar de otro obsequio de aniversario: un par de entradas para el concierto de Depeche Mode.

Pululaba mucho madurescente por el Palau Sant Jordi, suerte que Ángela rebajaba el promedio de edad, aunque nos topamos con algún otro binomio de madre-retoño con ganas de ver a unos de mis dinosaurios preferidos –los otros son The Cure-. Antes de empezar a tocar –reconozco que nos saltamos los teloneros, qué malérrimas-, apareció en la macropantalla un publirreportaje de la asociación de la banda con los ultracarisísimos relojes Hublot para una campaña de captación de fondos: “agua para acabar con la crisis del agua”. La banda sonora del vídeo era “Where’s the revolution”, uno de sus nuevos temas, que también cantaron luego durante su actuación. Me parece como poco curioso que se atrevan a entonar esa proclama en un concierto a chorrocientos euros la entrada. Mi pensamiento crítico y yo.

Un fibrado Dave Gahan –y avejentado, se le transparentan los excesos pasados- salió dispuesto a darlo todo, cual demonio de Tasmania. Los ojos embadurnados de negro, las axilas depiladas, un Jennifer Forever tatuado en el brazo y el sempiterno chaleco adherido a su torso cual segunda piel. Brincó, se contoneó, se agarró la entrepierna y transpiró como un géiser, encantado de haberse conocido: es un animal escénico y se crece ante los focos. Como tierno contrapunto, Martin Gore, todo él manicura gótica y lánguida mirada, se mantuvo discreto, retraído, casi hierático. Excepto cuando agarraba el micro y su voz de satén colmaba el recinto.

Depeche071217Cuando no reflejaba el directo, la pantalla plasmaba gráficamente cada melodía con el apoyo de trazos pictóricos, ilustraciones o hipnóticos videoclips de factura coreográfica, tal era la precisión con que evolucionaban al ritmo de la música. Las dos horas de concierto finalizaron con la esperadísima “Personal Jesus”. Fue breve pero intenso. Además de que no hubiera podido soportar ni un minuto más el apestoso hedor sobaquil de mi vecina de asiento. Tendré que añadir a mi neceser de básicos un frasco de Brise frescor marino.

MarylinWarholPor tercer día consecutivo, ayer me acerqué de nuevo a Montjuïc, esta vez con mi familia al completo: habíamos reservado cuatro entradas a través de la web de CaixaForum para la visita comentada de la exposición “Warhol – El arte mecánico”. Mariola ya había ido con su clase de primero de bachillerato y le entusiasmó tanto que insistió en que fuéramos todos. Qué fascinante inmersión en la revolución que promovió ese avispado diseñador gráfico, que elevó la banalidad de la sociedad de consumo a la categoría de arte. Si estáis en Barcelona podéis verla hasta el 31 de diciembre, aunque, por desgracia, las entradas para las visitas comentadas están prácticamente agotadas.

Al salir, los dos adultos de la casa hicimos un amago de curiosear “500 años de reforma protestante”, sin embargo la mirada asesina de nuestras hijas nos hizo desistir enseguida y, en lugar de eso, nos fuimos de merendola. Ya regresaremos sin ellas, todavía tenemos mucho invierno por delante para continuar saboreando nuestra ciudad.