Cuatro días en Nueva York

Me lo pidió el cuerpo. Mi marido celebró su cumpleaños pocas semanas después de sobrevivir a un infarto, así que no lo dudé ni medio nanosegundo. Efectivamente, rompí la hucha de los porsiacasos y le regalé lo que le hacía más ilusión de todo el mundo mundial: una escapada a Nueva York. Delta Airlines conecta Barcelona con Nueva York sin escalas –también American Airlines, pero a un precio mucho más elevado-, así que compré nuestros dos billetes a través del portal de Air France –misteriosamente, resultaba más barato por esta web que por la de la compañía aérea estadounidense-. Dicho y hecho. Quizás sin reflexionar demasiado sobre la conveniencia de las fechas seleccionadas, glups.

Tras 25 mil años de selección natural, algunos grupos de población de Siberia se han adaptado a inviernos que alcanzan los 50 grados bajo cero gracias a sucesivas mutaciones en su ADN. Al parecer, existen genes llamados UCP1, ENPP7 y PRKG1 –qué nombres tan crípticos- que les ayudan a convivir con tan ínfimas temperaturas. Y digo yo, ¿no podría alguien sintetizar esos mágicos genes? Porque es consultar la previsión meteorológica de Nueva York para febrero y darte un vahído. Pero como ya es too late, honey porque has comprado los billetes, en cuanto te recuperas, te vas a la carrera a Decathlon para hacerte con algunos básicos de supervivencia, a saber: suéteres polares, mallas térmicas, camisetas de snowsurf con pasamontañas incorporado, en plan tortuga ninja, pantalones de esquí, guantes de seda para llevar bajo los otros guantes y, lo más sorprendente, footwarmers y handwarmers, unos sobrecitos de usar y tirar que te calientan manos y pies durante algunas horas. Suerte que me los recomendó mi canadiense amiga Eva –yo, en mi limitada mediterraneidad, desconocía que existiera tan buen invento-.

FlatironHace 16 años, antes de la pequeña explosión demográfica que nos hizo pasar de pareja a familia, ya habíamos viajado juntos a la Gran Manzana. Disfrutamos de 10 días maravillosos que dieron mucho de sí y nos permitieron visitar cuantos lugares teníamos en mente en aquella época: los más emblemáticos museos -MoMA, Met, Whitney, Guggemheim, American Museum of Natural History-, el entramado urbano más concurrido –Canal Street, 5th Avenue, Madison Avenue, Broadway, Times Square-, los barrios más renombrados –Soho, Little Italy, China Town, TriBeCa-, los más célebres rascacielos –Flatiron, Empire State Building, las ya inexistentes Twin Towers-, los escenarios de tantas películas norteamericanas –Grand Central Terminal, Wall Street, Battery Park, Central Park, Broolkyn Heights- y, la guinda, la panorámica sobre Nueva York en helicóptero. No, no visitamos la Estatua de la Libertad –todavía hoy la idea nos da grima-. Y sí, por supuesto, paseamos por el Puente de Brooklyn.

ChryslerBuildingDos imágenes imborrables que me impactaron especialmente durante aquel viaje: el fascinante Chrysler Building desde el Empire State –adoro ese rascacielos- y las cautivadoras vistas desde el baño de señoras del restaurante Windows on the World, que se ubicaba en la torre no visitable del Word Trade Center y permitía ver la ciudad desde las alturas, sin hacer colas y abonando solo una mínima consumición.

En aquella ocasión nos alojamos en el Washington Square Hotel, muy cerca de la agradable plaza que le da nombre, el corazón de Greenwich Village. Como nos encantó el vecindario, esta vez seleccionamos un hotel ubicado en la misma zona, The Marlton. Construido en 1900, hace unas décadas acogió a algunos escritores de la Beat Generation –el King of the Beats, Jack Kerouak, trabajó allí en sus novelas The Subterraneans y Tristessa-. Hace un par de años el hotelero cool Sean MacPherson lo transformó en lo que él denomina “baby grand”, con sus 107 habitaciones “chic petites” –doy fe, nuestro dormitorio era tan coqueto como mínimo-.

Washington_Square5Greenwich Village es un buen lugar donde hospedarse porque, tras pasar el día turisteando de aquí para allá, proporciona diferentes opciones para hacer una merecida pausa y tomarle el pulso a la ciudad. Una de ellas es el brunch del emblemático Caffe Reggio –se autoproclaman como la primera cafetería que sirvió un cappuccino en Estados Unidos-, en 119 MacDougal Street, que incluye un cappuccino –cómo no- más un cóctel a un precio razonable -las bebidas alcohólicas en Nueva York son incluso más prohibitivas que en Francia-. Otra dirección a tener en cuenta para cenar sin arruinarse -a cualquier consumición debes sumarle las tasas y un mínimo de un 20% de propina, al final la cuenta sale escandalosamente cara- es Hummus Place, 71 7th Avenue South, un establecimiento donde preparan deliciosamente el baba ghanoush y el cuscús -obviamente también el hummus-. Allí probamos la Brooklyn Lager, una cerveza local que nos encantó. Y todavía otra dirección del Village, la de un lugar francamente curioso, the uncommons games coffee, en el 230 de Thompson Street, una especie de cafetería-centro recreativo, con juegos de mesa tanto a la venta como a disposición de la joven y populosa clientela: ojipláticos nos quedamos al comprobar que el sábado por la noche no cabía allí ni un alfiler. Si sois juguetones –no es mi caso-, podéis cotillear un poco en http://www.uncommonsnyc.com.

El encantador Chelsea Market queda a quince minutos de Whasington Square paseando por Greenwich Avenue. Además de sus conocidas tiendecitas gourmet, artesanos creadores ofrecen sus productos a los curiosos en la zona Artists&Fleas, http://www.artistsandfleas.com/. Una venerable dama tan dulce como coqueta expone allí mil y un adornos para la cabeza creados por Dora Marra –al día siguiente vimos a la diseñadora en el Artists&Fleas de Williamsburg-: diademas, máscaras y tocados con plumas y pedrería llamaron poderosamente mi atención -qué le voy a hacer, tengo alma de urraca-. También me parecieron divinos los dibujos de Natchie Art, con una cándida inocencia que recuerda vagamente a Saint-Exupéry. Al salir del Chelsea Market, a varios grados bajo cero, abandonamos por peregrina la idea de continuar nuestro recorrido por The High Lane, el famoso parque que ha recuperado unas vías de tren en desuso y luce en todo su esplendor desde la primavera hasta el otoño.

Los neoyorquinos son muy dados a crear nuevos palabros a través de apócopes de algunos términos. Por ejemplo, SoHo de South of Houston Street –atención, este Houston no se pronuncia como “jiúston, tenemos un problema”, sino como “how”, o sea, “jòuston”-, NoHo de North of Houston Street, TriBeCa de Triangle Bellow Canal (Street), Nolita de North of Little Italy y Top of the Rock de Top of the Rockefeller (Center) -nada que ver con el archiconocido género musical-.

Top_of_the_Rock_Empirepg2Lo bueno del cambio de horario transoceánico es que te despiertas requetetemprano y puedes plantarte en el concurridísimo Top of the Rock en cuanto abren, a las ocho de la mañana, cuando los aledaños respiran la reconfortante y apacible calma de las calles recién puestas. En mi opinión, las vistas desde la azotea de aires navales del rascacielos –realmente te sientes en la cubierta de un inmenso buque de hormigón- son las mejores de entre las diferentes atalayas que brinda Manhattan, Empire State Building incluido. Por un lado, el mencionado rascacielos y su perfecto perfil de obelisco contemporáneo, por el otro, Central Park, que en esta época del año luce su inmenso tapiz de tonos ocres y tostados cuajado de árboles desnudos, a la espera de tiempos mejores -la primavera, sin ir más lejos-. Cuando desciendes de las alturas puedes permanecer durante un buen rato hipnóticamente pendiente de las evoluciones de los patinadores en la pista de hielo del Sunken Garden, presidida por la escultura de Prometeo –un esperpento bling-bling- y pintorescamente jalonada por las banderas de los estados miembros de las Naciones Unidas, como si realmente les importaran a los estadounidenses, que no ven más allá de su enseña de barras y estrellas -qué hartura de patrióticas sábanas ondeando por doquier-.

SkylineFerryStatenIslandOtras vistas que merecen mucho la pena y no cuestan nada son las que se contemplan desde el ferry que une gratuitamente Manhattan y Staten Island. Además del precioso skyline que dibujan los rascacielos, desde la pasarela de la motonave se pueden observar Governors Island, la Estatua de la Libertad y Ellis Island, hasta 1954 parada obligada para los inmigrantes llegados desde Europa en tercera clase. Justo para reivindicar la memoria histórica de esos hombres y mujeres que desembarcaron en el puerto de Nueva York se creó el Tenement Museum, que recupera la voz de los europeos que se instalaron en precarios inmuebles del East Side. Las visitas guiadas, que admiten un máximo de 15 personas por grupo, invitan a diferentes recorridos a través de un edificio de inquilinos donde toman la palabra objetos personales, documentos e incluso alguna grabación de quienes moraron entre esas cuatro paredes. Nosotros seleccionamos la visita Hard Times -suerte que nuestra guía era rusa, mi inglés es bastante básico y comprender el americano veloz de los neoyorquinos me cuesta horrores-, pero había otras opciones, incluso alguna que incluía una charla posterior para reflexionar y debatir sobre los contenidos expositivos. Si os apetece sumergiros en la vida cotidiana de la gente corriente -en mi opinión mucho más heroica que la de esos seres sobrevalorados por los manuales de historia- os encantará el Tenement.

Si vais por primera vez a Nueva York quizás os ayude a ubicaros la visita Contrastes comentada por Gerardo Giraldo, http://www.veanytours.com. Nos la recomendó mi amiga Sílvia, que ha vivido en la Gran Manzana durante tres años, y nos decidimos a hacerla por la previsión meteorológica hostil -ante una amenaza de frío polar, mejor que te paseen cómodamente que aventurarte por tu cuenta hasta según qué lugares-. Men-in-Black2Debo admitir que me sorprendió gratamente, merece muchísimo la pena: recorrer el sur del Bronx, un trocito de Queens y el barrio judío ortodoxo de Brooklyn con Gerardo es todo un espectáculo. Es un guía encantador y locuaz que adora su trabajo, y se nota. Explica con desparpajo desde cuánto cuesta vivir en Nueva York hasta cómo detectar a un camello, qué se tatúan los pandilleros que alardean de haber asesinado a alguien o porqué se afeitan la cabeza las judías ultraortodoxas, todo ello trufado de peripecias personales y amenizado por vídeos musicales que lleva bien preparados en su tablet. Fue un lujo gozar de su cálida compañía y de su incontinencia verbal. Solo se le apagó la voz al recordar el atentado de las Torres Gemelas: se quedó sin trabajo como guía turístico -tras el 11S, durante más de un año nadie quería viajar a Nueva York- y se enroló en la búsqueda entre los escombros de los edificios siniestrados. Ha aprendido a convivir con las secuelas. “Ningún blanco quiso entrar ahí, solo trabajábamos en ese área tan contaminada negros e hispanos”. La tierra de las oportunidades, pero para algunos más que para otros. Y ahí siguen, apegados a sus armas, como los antiguos colonos. Rudos. Casi fieros. Avanzando a codazos entre la multitud. Apartando sin demasiadas contemplaciones a quien ose interponerse en su camino. Y sin saludarte en el ascensor –desengáñate, si alguien te desea good night antes de apearse, es un encantador ciudadano británico-.

El domingo 15 de febrero se registraron las temperaturas más bajas en 20 años –todavía habían de bajar más, pero por suerte ya no nos pillaría allí-. Con un tremendo gripazo a cuestas, pero bien pertrechada con mis prendas cuasi ígneas, fue salir a la calle cual muñeco Michelín, sentir la comezón de los nosecuantitos bajo cero atravesando capas de ropa y alcanzar, en tiempo récord, la boca del metro –hipótesis loca: los atletas norteamericanos se entrenan en pelotas en pleno invierno neoyorquino para arrasar luego en todo tipo de competiciones deportivas-. Allí estaba yo, en un día soleado de lo más fake –el sol no calentaba absolutamente nada- con los ojos llorosos y la nariz en modo grifo, pero motivadísima por mi deseado encuentro con mi expatriada amiga Sílvia, que ahora reside en Miami y se presentó en Nueva York por sorpresa. Llegó al Starbucks de Union Square resplandeciente, tan requeteguapa y estupenda como siempre.

WilliamsbourgSílvia nos llevó, metro mediante, a Williamsburg, el distrito de Brooklyn donde se están instalando los hipsters y gafapastas neoyorquinos –sí, está en pleno proceso de gentrificación, los new pijos son como las termitas-. Para llegar allí hay que bajarse en la parada de Bedford Avenue. Yo obvié el bonito skyline que ofrecen los alrededores del East River State Park –precioso parque que invita al pícnic y el esparcimiento cuando el clima acompaña- porque el gripazo me tenía totalmente abotargada, así que Sílvia y yo nos refugiamos en el mercadillo de Artists&Fleas, 70 North 7th St, mientras mi querido consorte desafiaba la hipohuracanada y gélida ventisca para llegarse con su inseparable cámara a la orilla del East River. A la hora del almuerzo nos acercamos a Juliette, http://www.juliettewilliamsburg.com, un restaurante-cafetería de aires franceses donde el brunch no era tal y solo incluía un plato, cosas de la modernidad. Ahora bien, debo admitir que mis huevos Forestière –de corral, exquisitos- lucían espectaculares sobre su lecho de espinacas, alcachofas y setas. Mi envidioso marido se los pidió también para compensar su parco tartar de salmón.

Después de comer mi cuerpo enfermo no daba más de sí, así que regresamos a Manhattan. Sílvia y yo nos acomodamos en el lobby del hotel Marlton –murmullo de conversaciones ajenas, chimenea prendida al fondo- para ponernos al día y compartir confidencias mientras nos tomábamos sendos Negronis -¿no dicen que el alcohol mata los virus?-. Mi feliz marido salió a perderse por su ciudad preferida, inmune al frío glacial, que crecía exponencialmente conforme el pálido sol desaparecía.

Qué triste tristeza despedirme de Sílvia. Quién sabe cuándo y dónde la volveré a ver. Si nuestra habitación del Marlton hubiera sido más grande, seguro que hubiéramos alargado nuestro mano a mano sentadaGlobos las dos en una esquina, quizás por los suelos, pero muertas de risa. Con esa risa floja que te entra cuando estás a gusto. Cuando te sientes bien.

Quedan pendientes para otra ocasión –mi maldito gripazo jibarizó el escaso tiempo disponible- la visita guiada al Woolworth Building, la pausa en la sala de lectura de la New York Public Library, el recorrido por el Museum of the Moving Image y cualquier otro lugar que escojamos con nuestras hijas –si hay otra incursión a la ciudad de los rascacielos, será con ellas-. Aunque, en realidad, ¿quién sabe? Quizás visitemos otros rincones, otros imanes de viajeros. Nueva York es tan inabarcable que depende mucho del estado de ánimo. De lo ya vivido. Y, sobre todo, de ese preciso momento.

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Espléndidos 50

Una de las certezas que aporta el paso de los años es la de saber discernir, con claridad meridiana, entre las personas con quienes puedes contar y las que no. Más allá de echar una mano en aquello que resulta fácil –lo que igualmente se agradece-, quienes han optado por quererte de corazón ponen también todo su empeño en ayudarte en lo que tú realmente necesitas, al margen de que no les convenga demasiado e incluso les vaya a contrapelo. Ahí radica la verdadera esencia de la amistad, en la atenta predisposición a estar a tu lado. Como la foto que captura a los atletas justo antes de echar a correr tras el pistoletazo de salida.

Esos amigos y amigas comprometidos –por el camino quedan los de pacotilla- son la familia que has escogido. La oreja que te escucha sin sermonearte ni juzgarte. La mano que tira de ti cuando caes –y las piernas que caminan por ti mientras te recuperas-. Las palabras sanadoras que lamen tus heridas al tiempo que, en un quiebro, se tragan las lágrimas compartidas. Los cálidos asideros en que te vas apoyando durante tu paseo por la vida.

Mi buena amiga Mireia, conversadora cómplice e intuitiva en el íntimo mano a mano, es, por encima de todo, una mujer generosa, con un corazón tan grande que me admira que quepa en su cuerpecillo menudo y pizpireto. Hace apenas unas horas quiso celebrar sus inminentes 50 –los cumple brunch_publichoy- con contagiosa alegría madurescente y nos invitó a su coqueta cafetería de la calle Casanova 158, el Public Cafè –sí, escrito así, en catanglish-. Fue mi primera noche allí, aunque ya había disfrutado de sus cositas ricas en anteriores ocasiones -de camino a mi dermatóloga, que tiene consulta junto al Mercat del Ninot y el Hospital Clínico, o haciendo tiempo para recoger a Ángela del Instituto Francés-. En el Public Cafè descubrí las crujientes y sabrosas tostaditas de la panadería Turris, que acompañan a su exquisito hummus, y tantos otros platillos caprichosos con que sabe tentar a sus clientes en el desayuno y el almuerzo. De lo bueno lo mejor, y siempre con una sonrisa.

Ayer Mireia lucía tan guapa por dentro como por fuera –con una belleza reversible, que decía la monitora de campamentos de Mariola-. Irradiaba felicidad como la supernova en que se convirtió unas horas antes de atravesar la frontera del cambio de década. Nos agasajó con jamoncito del bueno seleccionado especialmente por ella –ese gran clásico infalible- y bocaditos tan irresistibles como microbrochetas de verduritas con salsa romesco, guacamole con atún, salmón ahumado con semillas de sésamo, minitortillas de calabacín y rollitos de pollo, rúcula y tomate confitado, por citar las delicatessen sin queso que probé –colesterol obliga-. Según mi goloso marido, el pastel de cumpleaños, de intenso chocolate negro, era un auténtico pecado.

Sus excompañeros de pretéritas vicisitudes laborales le obsequiamos dos noches de alojamiento en Le Château Brangoly, un recóndito hotelito cercano a la localidad francesa de Enveitg, que está a un par de horas de Barcelona. Fue idea de Gerard, que hace no mucho disfrutó allí de una encantadora noche romántica con su querido Josep Maria. Espero y deseo que Mireia y Joaquim sean muy pero que muy felices durante ese fin de semana que les hemos envuelto para regalo.

Felicidades, Mireia. No cambies nunca.