Rinlo

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Rinlo es una parroquia del municipio de Ribadeo, la última ciudad de las Rías Altas antes de llegar a Asturias -o la primera según te adentras en Lugo, depende de cómo lo mires-. Cuajada de vistosas casas indianas y con un coqueto centro peatonal, durante nuestras vacaciones en la Mariña lucense es la localidad hasta donde nos desplazábamos en busca de servicios médicos y farmacéuticos -Ángela llegó con tremenda otitis- o a por víveres: en Rinlo, por no haber, no existe ni una pequeña tienda de ultramarinos, tan solo un quiosquillo regentado por una dama octogenaria que vende alguna conserva y alguna bebida para casos de emergencia. Aunque nosotros no cambiaríamos la elegante Ribadeo por la minúscula y desportillada Rinlo por nada del mundo.

Puerto rinloDías y noches primaverales en pleno estío, silenciosas y solitarias mañanas, vivificantes paseos tan a mano que casi se podrían hacer en pantuflas y, de fondo, el olor y el murmullo del mar agreste y rocoso: Rinlo reúne las características que más valoramos en nuestra pequeña familia. Al no disponer de playas ni servicios, es un lugar poco frecuentado incluso en agosto, ya que la mayoría de turistas se acercan al recoleto puerto pesquero para almorzar o cenar en alguno de sus tres restaurantes de especialidades marineras.

percebesEn Rinlo nos alojamos en una casita sencilla pero requetelimpia, ubicada al lado del restaurante de la Cofradía de Pescadores, donde no pudimos reservar mesa porque no tenían hueco hasta el 28 de agosto. Sí que tuvimos ocasión de probar las otras dos marisquerías de la aldehuela: Porto Rinlo, donde nos dimos un homenaje de zamburiñas, calamares a la plancha, salpicón de buey de mar, pulpo a la brasa y percebes, y A Mirandilla, la recomendación de Mar, cuyos padres tienen casa en Ribadeo. Nos gustó tanto que regresamos una vez más para volver a disfrutar de sus percebes -mi marisco favorito- y del pulpo -el plato estrella del padre de mis hijas-.

Rinlo cetárea Vertical_corregida 2El paseo marítimo de Rinlo orilla el Cantábrico atravesando un paisaje áspero que enamora, en especial cuando se acerca el ocaso. Durante la caminata se pueden avistar las tres antiguas cetáreas de Rinlo, Estornín, Penacín y Ollo Longo -por orden de edificación y cercanía al puerto pesquero-, que aprovechaban las piscinas naturales creadas en los recovecos de los acantilados para recolectar los crustáceos autóctonos: langostas, centollas, bueyes de mar y bogavantes. El principal problema eran las algas que se depositaban en las compuertas que regulaban los flujos de las mareas y, al pudrirse, asfixiaban el marisco, por lo que había que recogerlas desde el exterior del muro de contención a fin de proteger a los preciados inquilinos de las cetáreas. Luego estas algas se utilizaban como abono en los cultivos vecinos.

BígarosRinloUna tarde cualquiera, sobre los peñascos de la tercera cetárea, la de Ollo Longo, una lluvia de bígaros desliza sus caparazones sobre la todavía húmeda superficie, que acaba de emerger tras el descenso de la marea. Mientras los contemplo fascinada, pienso en mi padre y se me escapa una sonrisa: él los hubiera capturado para cocinarlos con agua de mar y se los hubiera tomado como aperitivo para la cena.

El atardecer en los aledaños de Rinlo invita a embriagarse de brisa marina, dejarse arrullar por el vaivén de las olas, observar los cirros tintados de rojo por el crepúsculo y atisbar el vuelo de las aves marinas que se posan en los islotes. A pesar de que, según mi ocurrente marido, la ventisca alborota mi indómito cabello hasta parecer Bonnie Tyler en sus mejores tiempos.

Cuando oscurece -qué inmensa suerte haber coincidido esta semana con la luna llena-, sentados en un banco frente al puerto, las estrellas salpican el cielo con destellos de purpurina mientras la noche se llena de olor a brasas y caldero, risas y murmullo de conversaciones.

Esta mañana Rinlo nos ha despedido con una dulce y brumosa lluvia cantábrica y un atadijo de buenos recuerdos que nos ayudará a sobrellevar mejor los meses venideros.

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Mondoñedo

Beatriz se mudó a Mondoñedo hace siete años. Tiene dos hijas de la misma edad que las niñas de mis ojos y un marido, Paul, que bien podríamos apodar como el holandés errante: arquitecto especialista en recuperar edificios con solera, emigró con su familia desde los Países Bajos al Pirineo oscense para acabar en la Mariña lucense. De vacaciones por Galicia, ambos se prendaron de Mondoñedo y, con muy buen ojo, supieron apreciar las múltiples posibilidades de las numerosas casonas en venta. Una de ellas alberga hoy el hogar familiar y La Esmaltería, la tiendecilla donde Beatriz expone los preciosos objetos-joya que ha ido recolectando con su particular y divino gusto, desde las vajillas que dan nombre a su establecimiento, hasta piezas de bisutería únicas, con piedras semipreciosas engarzadas en trenzados de hilo. Qué agradable bienvenida nos dan Beatriz y su reconfortante conversación a su ciudad de adopción.

CasitaLa histórica población se asienta en el corazón del valle de su nombre. Rodeada de verdes colinas y refrescantes paisajes, las callejuelas de Mondoñedo están flanqueadas por encantadores edificios -algunos restaurados, los más desvencijados- que preservan el recuerdo de un pasado mejor: desde 1156 hasta 1833, año en que administrativamente fue absorbida por Lugo, fue la capital de una de las siete antiguas provincias del reino de Galicia.Rosetón

Cada jueves, también este 15 de agosto superfestivo, Mondoñedo alberga un mercado semanal que se extiende por su coqueta plaza Mayor. Uno de sus flancos está jalonado por un añejo soportal, quizás para echar la mañana o la tarde en la terraza de alguno de los bares que alberga mientras se contempla la imponente catedral basílica de la Virgen de la Asunción. Consagrada en 1246, también presenta elementos góticos, como el rosetón de cinco metros de diámetro que preside ciclópeamente la fachada, o barrocos, como las primorosas torres. La denominan “la arrodillada” por su poca altura, supongo que por comparación con otros templos, lo que vendría a ser confrontar a Juan Antonio Corbalán con Fernando Romay –sorry, me quedé en el baloncesto de mi adolescencia-. Sus tres gigantescas campanas cuentan con nombre propio, A Prima, A Ronda y Paula. Esta última, de 2500 kg de peso, ha dado nombre a todo el perímetro de Mondoñedo: se conoce como tierras de Paula hasta donde puede oírse su repicar, del que es responsable uno de los pocos campaneros que permanecen en activo -por cierto, al parecer existe otro tañedor de campanas en Rinlo, la ciudad donde nos hospedamos-.

Fonte VellaA dos pasos de la plaza Mayor, la Fonte Vella, edificada en el siglo XVI, marca el inicio de la ruta da auga, que conduce al Salto do Coro, la popular cascada del río Valiñadares, en una caminata de una hora y media que trepa por la montaña durante 3.800 metros. Como debemos acompañar a Ángela al aeropuerto de A Coruña para que regrese a Barcelona y disponemos de un tiempo limitado, desestimamos la tentadora excursión.

Mientras curioseamos por las calles de Mondoñedo, se dirige a nosotros un abuelito entrañable, de cabello cano, porte desgarbado y sonrojadas mejillas, que viste su traje de los domingos. Nos pregunta qué tal estamos pasando el día y nos desea una agradable jornada. Qué hombrecillo tan adorable.

MuiñosProseguimos nuestro periplo por el barrio de Os Muiñosque recibe su nombre de los molinos que utilizaban los lugareños para aprovechar la energía motriz del río Valiñadares. Los molinos de ayer hoy son deliciosas casitas y talleres de artesanos a cuyos pies discurren canales de agua que le dan un aire muy fresco al conjunto. Oficios tradicionales como el de cantero, el de titiritero, el de herrero o el de alfarero tienen también su espacio de trabajo y exposición en este rincón de Mondoñedo.

PontePasatempoSalvando las afanosas aguas del río Valiñadares, el Ponte do Pasatempo recuerda un suceso de intrigas eclesiásticas: aunque en la Edad Media era conocido como Ponte dos Ruzos, pasó a llamarse así porque, siguiendo la órdenes de Fadrique de Guzmán, obispo de Mondoñedo, unos canónigos entretuvieron a Doña Isabel de Castro para que el indulto real que había logrado por mediación de su propia prima, Isabel de Castilla, no llegara a tiempo para salvar a su esposo, el mariscal Pero Pardo de Cela, quien finalmente fue ejecutado públicamente junto con su hijo y Pero de Miranda. En este caso, al contrario de lo que asevera la expresión, la sangre sí que llegó al río.

TortillaCon tanta caminata hay hambre y a los cuatro nos apetece almorzar tortilla de patata. Llevada por la gula, en la taberna O Rincon de Mondoñedo insisto en pedir la más grande de su carta, la de doce huevos. Ojipláticos nos quedamos cuando nos la sirven, es el monstruo de las tortillas. Nota de cata: muy muy rica -para mi gusto, demasiado cuajada-, aunque no tanto como la de Casa Dani del Mercado de la Paz de Madrid. Y, por descontado, no admite comparación con la de mi amiga Laura, Lady Omelette. Como no podemos terminárnosla, nos preparan lo que queda de ella para llevar.

Además de los restos de nuestra sensacional tortilla de patatas, nos llevamos el recuerdo de esta hermosa ciudad.

Praia das Catedrais

entradaA quienes vivimos mediterráneamente nos fascina el flujo de las mareas. Durante nuestras numerosas incursiones a Francia y al norte peninsular hemos contemplado, embelesados, cómo afecta la fuerza de la gravedad al devenir de los océanos. Sin embargo, nada de lo que habíamos presenciado hasta ahora puede compararse con la bajamar en la playa de As Catedrais cuando el día empieza a clarear. Se llega allí desde Rinlo por una agradable carretera costera que orilla el singular litoral, la llamada ruta das praias. Desde ella se accede a las playas de Os Castros e Illas, tan vecinas que se convierten en una misma lengua de arena cuando la marea está baja, y a la de Esteiro. A la derecha, la abrupta roca tallada, a la izquierda, campos recién segados con balas de paja de reminiscencias normandas.

reflejosEn la playa de As Catedrais, denominada por los lugareños Augasantas, hay dos zonas gratuitas de estacionamiento para los vehículos: una a la derecha según se llega desde Rinlo, con vistas al mar, y otra a la izquierda, más cercana al acceso principal. Aunque nos registramos previamente como visitantes en la web que la Xunta de Galicia ha habilitado para tal fin, en ninguna de las tres ocasiones en que nos acercamos a la emblemática playa nos piden la autorización. Una pasarela de madera invita al paseo hasta la cercana playa Arealonga y ofrece un acceso alternativo, mucho menos concurrido, al extremo oeste de As catedrais. No obstante, el descenso es bastante más impactante por la escalinata que conduce al corazón del paisaje lunar de esta playa excepcional. Nosotros hemos tenido la suerte de poder disfrutar de la bajamar al amanecer y al atardecer, cuando la luz embellece todavía más las cautivadoras vistas.

puentesLos acantilados de cuarcitas y pizarras, cincelados por los movimientos tectónicos y la erosión marina durante millones de años, configuran un conjunto geológico que incluye paredes cóncavas y dentadas que se desploman sobre la playa, pedregosas y escurridizas grutas y arcos que desafían a ventiscas y marejadas. Recién replegadas las olas, la compacta y finísima arena, bruñida por la película de agua residual y los primeros rayos del sol, luce un tatuaje de acuáticos vasos capilares. De tanto en tanto, charcas de delicadas transparencias en las que han quedado presos pececillos, quisquillas y cangrejos. Sobre las rocas todavía húmedas, un tapiz de percebes, mejillones y lapas en los que se refugian pequeños crustáceos. Y a nuestro alrededor, esculturas pétreas que se disparan hacia el cielo y crean fascinantes juegos de sombras.

monjitasLa caminata por la playa de As Catedrais es un arrebatador ejercicio de observación, no solo geológico y faunístico, sino también sociológico: un pequeño grupo de monjas de alguna radiante congregación -sus hábitos son de un azul eléctrico reverberante- corretean apuradas sobre la arena dando pequeños brincos, como si llegaran tarde a maitines. Una de ellas se incrusta arácnidamente en el lateral de un promontorio y posa en plan Nosferatu mientras otra, vestida de negro ala de cuervo, la inmortaliza con su smatphone.

Más allá, un fotógrafo o un esnob, no sabría decirlo, pertrechado con una de esas cámaras-reliquia que ya nadie usa, muestra su irritación porque irrumpimos en el ángulo de visión de su objetivo. Madrugar para que turistas como nosotros arruinen tus planes resulta exasperante, pero pretender organizar una sesión fotográfica en pleno agosto es poco realista -por no decir inverosímil-. Entre tanto, no muy lejos de él, un promontorio muestra su perfil de moai de Isla de Pascua. Es tan instagrameable que los escasos visitantes que ya pululan por la playa están más preocupados por el encuadre y los filtros que por recrearse en los mil y un detalles de su pétrea figura. No somos nadie. Y sin las redes sociales, menos.

this is the endNos despedimos de As Catedrais a última hora de la tarde, antes de que se ponga el sol: el horario de las mareas de esta semana no nos da muchas más opciones para disfrutar de nuestra playa favorita con el tipo de luz que nos gusta. Aunque el mar se va retirando paulatinamente, lo perseguimos en su apacible retroceso para refrescarnos los pies y nos resistimos a abandonar ese conmovedor trocito de costa. Solo nos reconforta la certeza de que, cuando necesitemos una bocanada de aire fresco, nos trasladaremos mentalmente allí.

Rutas de España

Aunque salimos hacia León el sábado a las seis de la mañana, el repugnante calor atrapamoscas de Barcelona nos engulle sin piedad. Cualquier pausa durante el largo camino -Lérida, Zaragoza, Logroño- nos invita a soñar con un clima mejor. Entre tanto, miríadas de turistas ignífugos optan por nuestra viscosa ciudad como destino para sus vacaciones de verano. Para gustos, los calores.

Como llevamos demasiadas horas de conducción a cuestas, decidimos almorzar en Burgos. Tras peregrinar media hora a la búsqueda del restaurante ideal -el que no está cerrado por vacaciones no admite más reservas-, acabamos en Villalbilla con un chuletón de ternera fileteado -por el tamaño bien podría ser de mamut- que terminamos de asar en la parrilla que preside nuestra mesa. Pordiosquéhartura.

De camino a León nos saludan topónimos tan deliciosos como Villadiego, que forma parte de una de nuestras expresiones populares, Melgar de Fernamental, el primo burgalés de Galadriel o Boromir, Frómista, que suena a material de construcción, o Torneros del Bernesga, buen nombre para una saga novelesca o cinematográfica. En mitad del árido paisaje, prietos balines de paja salpican los campos como formidables terrones de azúcar y atestiguan que las mieses ya han sido segadas, mientras los agostados girasoles esperan, cabizbajos, a que los cosechen.

LeónLeón nos parece, desde nuestro subjetivísimo punto de vista, entre desvencijada e inquietante y tan acogedora como un puercoespín: abundan las fachadas alicatadas, la carpintería metálica y la decrepitud arquitectónica. Eso sí, el cogollo del centro histórico luce imponente, desde las extravagantes almenas de la casa de Botines, obra de Antoni Gaudí, hasta la soberbia Catedral de Santa María, la Pulchra leonina, cuyas arrebatadoras vidrieras góticas son, quizás, las más hermosas que haya contemplado jamás -con permiso de la Sainte-Chapelle de París-.Catedral

Horas después todavía perdura el hartazgo del patagruélico almuerzo burgalés, así que en Manjares de León ignoro los renombrados embutidos leoneses y selecciono algunas conservas de verduras asadas y frutas confitadas del Bierzo. Amo las tiendas de productos gourmet.

Suerte que el apartamento en el que nos alojamos está, cual Ricardo de las Cruzadas, en el corazón de León, y tardamos dos minutos en regresar a nuestro hogar provisional: nada nos apetece más que repantingarnos en casa para retomar nuestro periplo ibérico con energías renovadas.

CasaBotinesEl domingo a primera hora refresca. Nos arrebujamos, felices, en nuestras prendas, con el mismo placer que hemos experimentado mientras dormíamos cobijados bajo el nórdico. Las calles recién regadas e intransitadas -tan solo algún peregrino del Camino de Santiago- invitan a un último y vivificante paseo antes de partir.

AncaresNos separan dos horas y media en coche de Piornedo, una aldehuela perdida en mitad de la sierra de Ancares. Este macizo montañoso, declarado patrimonio de la biosfera por la Unesco, se desparrama entre León, Lugo y Asturias, ajeno a las fronteras que erigen los humanos. Nota mental: es un excelente lugar para disfrutar de asuetos estivales, ya que las caracoleantes y angostas carreteras son francamente disuasorias y la temperatura oscila entre los 10 y los 20 grados en pleno agosto. Adoro ese microclima otoñal.

Palloza1Rodeado de colinas verde esmeralda, Piornedo preserva una veintena de pallozas, esas viviendas de origen prerromano emparentadas con las casucas de los castros celtas. Son unas construcciones de planta circular u ovalada levantadas en piedra, sin más aberturas que su puerta de acceso y techadas con paja de centeno. Palloza2En las pallozas convivían familias y animales hasta no hace tanto: en Piornedo puede visitarse la Casa do Sesto, que estuvo habitada hasta hace 50 años.

Palloza3El restaurante y fonda del pueblo es la Cantina Mustallar, regentada por la misma familia que gestiona la palliza-museo. El menú del día es tan escueto como el diminuto comedor, pero casero, barato y muy rico: te dejan la sopera en la mesa y las patatas fritas de la guarnición de los segundos están cortadas a mano y fritas con cariño. El dulce de membrillo de mi postre gallego preferido me cautiva porque es frutal, un punto ácido y nada empalagoso. Sensacional.

RinloNos desplazamos hacia Rinlo, nuestro destino, por serpenteantes carreteras secundarias que se deslizan entre verdes paisajes que serenan el ánimo. Por fin, allá a lo lejos, divisamos el mar. En cuanto llegamos, la sorpresa: la casita que hemos alquilado está en el puerto, al lado del restaurante de la Cofradía de Pescadores. Qué felices vamos a ser aquí los próximos días, tan cerquita de esa fascinante costa rocosa, del mutante cielo atlántico, del embriagador olor del mar.

A Galicia a comer percebes

Un día cualquiera de agosto, en el restaurante Marea Alta de Barcelona. En pleno homenaje gastronómico con mi madre y mi hermana a cuenta de mi inminente cumpleaños, nos sirven una cajita de madera con una decena de percebes-joya envueltos en un paño, como un tesoro.

– Qué ricos. Son grandes y están muy bien cocidos, pero no pueden compararse con los que tomé en Camariñas, ni por cantidad ni por precio. Aunque es lógico, allí los tienen más a mano –comento mientras rasgo con los dientes un pedúnculo y sorbo su fluido atlántico.

– Pues vámonos a Galicia a comer percebes –sugiere mi hermana, como si más de mil kilómetros de distancia se pulverizaran con solo pensarlo.

– Claro, claro –respondo yo, sin dejar de chuperretear.

– Lo sigo en serio. Mira cuándo te iría mejor y busca vuelos.

Ahí vamos. Compro los billetes Barcelona-Santiago de Compostela y reservo mesa en el restaurante Puerto Arnela de Camariñas. Cualquier excusa es buena para disfrutar de una escapada con mamá, ahora que todavía podemos: su pérfido alzhéimer avanza a la velocidad del rayo.

RyanairEn nuestro avión de Ryanair, las ilustraciones que explican las medidas de seguridad son abracadabrantes. Una de ellas me conmina a que no mire por la ventana si mi visión es tan intensa como un lanzallamas, a no ser que desee bloquear la puerta de emergencia -no había visto nada parecido desde “Zoolander”-. Tres más lucen manos voladoras que ejecutan tareas, en plan Cosa de la familia Addams. Aunque son inquietantes, observarlas resulta de lo más entretenido para que las dos horas de vuelo pasen más rápido.

Nuestro alojamiento, Casa de Amancio, es bastante básico pero está muy bien ubicado, a 10 minutos en nuestro coche de alquiler desde el aeropuerto. Escondido en una Casa de Amancioapacible aldehuela de los aledaños de Santiago de Compostela y ajeno al mundanal ruido, huele a campo, a bosque centenario y a puchero preparado con cariño: los guisos caseros de Belén son vivificantes. Lo comprobamos nada más llegar porque, aunque es tardísimo y estamos agotadas, los sabrosos efluvios que nos envuelven mientras hacemos el registro en el hostal nos empujan hasta una de las mesas de su acogedor restaurante. El menú de 15 euros lo incluye todo y es soberbio. El pulpo a la brasa que pide mi hermana, servido en un lecho de parmentier de patata, sensacional. Enseguida decidimos que cada día cenaremos, sí o sí, en el hotel.

Los desayunos son bulliciosos por el goteo incesante de peregrinos de camino a Santiago. Nos instalamos en la coqueta mesa redonda del jardín reservada para los huéspedes del establecimiento y el sol nos acaricia mientras ingerimos nuestros pinchos de tortilla de patata -jugosa y recién hecha- y nuestros zumos de naranja natural. Así podemos dirigirnos con más alegría a Camariñas, donde nos esperan primorosos encajes, las ruidosas gaviotas del puerto de pescadores, los anhelados percebes que han motivado el viaje y Faro Vilán: desde la colina aneja al vigía de la Costa da Morte, donde todavía se alza el Faro Vello, se divisan las brillantes aguas oceánicas circundantes. El mar está tan calmado que parece un lecho de cristal.

De regreso decidimos visitar tres de las iglesias de la ruta románica de la zona. Aunque disponemos del escueto mapa que nos han entregado en la oficina de turismo de Camariñas, las indicaciones brillan por su ausencia y nos vamos topando con los templos medievales cada vez que damos por fracasada la búsqueda, casi por casualidad. Cosa de meigas.

Santa Mª de XaviñaLa coqueta Santa Mª de Xaviña, que data del siglo XII y luce unos encantadores capiteles con motivos vegetales, se agazapa tras el muro del camposanto del villorrio de su nombre. Los difuntos duermen su sueño eterno tanto en los tradicionales nichos verticales como en las lápidas que enlosan el pavimento -qué angustia andar pisando cadáveres-.

Santiago de CereixoUn roble centenario de proporciones colosales nos brinda su reconfortante sombra antes de acceder al recinto de la iglesia de Santiago de Cereixo, vecina a las torres de Cereixo e igualmente enclavada en el corazón de su antiguo cementerio. Aunque debemos conformarnos con pasear por su perímetro porque permanece cerrada, podemos apreciar el relieve de su tímpano sur, que representa el traslado en barca hasta Galicia del cuerpo del apóstol Santiago.

San Xulián de MoraimeNo obstante nuestros más asombrosos descubrimientos son el prodigioso pórtico y, sobre todo, los fascinantes frescos de la iglesia de San Xulián de Moraime. Lamentablemente, debemos conformarnos con observar las raras pinturas góticas desde la distancia, asomadas a un ventanuco practicado en su portón: las visitas al templo están restringidas a los domingos.

Desde el conjunto medieval nos queda muy cerca Muxía, en la falda de cuyo faro nos sentamos tanto para soslayar la marea de visitantes como para contemplar cómo rompen las olas contra las rocas, aunque el Atlántico luce tan pacífico que lo que se despliega ante nuestros ojos es, más bien, un relajante vaivén.

FisterraAntes de regresar a nuestro alojamiento decidimos llegarnos hasta Fisterra, donde se agolpan turistas y peregrinos. Nos instalamos en la terraza de la cafetería del hotel O Semaforo de Fisterra y disfrutamos del dorado atardecer sin prisas, saboreando esa panorámica que se nos presenta cual singular ofrenda.

Cambados - Santa Mariña CambadosEl domingo Santiago de Compostela y sus aledaños amanecen con neblina atlántica, de modo que nos escapamos hacia el sur a la caza del sol. Santa Mariña de Dozo, en Cambados, es un monumento insólito: a lo que queda de la iglesia del siglo XII le ha crecido una necrópolis en las tripas, entre muros de granito y hermosos arcos románicos transversales. La zona del altar, la sacristía, las capillas laterales y la nave central están minadas de tumbas, que rebasan el recinto arquitectónico en ruinas y se enseñorean de su perímetro en colmenas de cemento, mármol y cristal. Un enjambre de mujeres buscan las garrafas de plástico que custodian los sillares y se afanan en regar los setos y renovar los centros con flores frescas. Ojipláticas nos deja su turbadora forma de venerar a los difuntos.

Cambados - casita conchasAl salir de allí nos encaminamos hacia otro de los supuestos puntos de interés de la población, la Torre de San Saduriño, cuyo único atractivo radica en el bello enclave en el que se ubica. Sin embargo, gracias a esa incursión descubrimos un llamativo detalle arquitectónico de algunas casas de pescadores del puerto de Cambados: sus muros limítrofes están revestidos con conchas para proteger las viviendas de la humedad.

La denominación de origen de las renombradas almejas de Carril procede de abreviar Santiago de Carril, localidad marisquera aneja a Vilagarcía de Arousa. Decididas a degustar los ilustres moluscos, nos instalamos en el restaurante Luchana. Su dueño, Manolo, es todo un personaje que lo mismo detalla la carta que canturrea en la cocina o relata sus aventuras en la Barcelona olímpica: hizo una pequeña fortuna vendiendo loros colombianos a los puestos de las Ramblas. Nos sirve un buey de mar con doble caparazón, en pleno cambio de muda: su tierno exoesqueleto interior es una infrecuente delicia. Tras unos berberechos jugosos, soberbios, fresquísimos, nos presenta una cazuela de fideos con almejas para dos que podría alimentar a cuatro comensales.

CarrilA fin de digerir el espléndido almuerzo nos encaminamos hacia el soleado paseo que orilla las cristalinas aguas. Desde el placentero puerto de Carril se divisa la isla de Cortegada, que alberga un singular bosque de laureles y cuenta con un centro de recepción de visitantes que forma parte del Parque Nacional de Illas Atlánticas. Su visita queda pendiente para una próxima ocasión.

Nuestra incursión pontevedresa continúa en la villa termal de Caldas de Reis para ver el puente romano sobre el río Bermaña, que no sabemos encontrar –los gallegos y sus más que mejorables señaléticas-. Una encantadora lugareña, Teresa, se ofrece a acompañarnos. Por el camino nos recomienda que, si podemos –otra vez será-, probemos las tapas y raciones del bar O Muiño, y que en un próximo viaje visitemos Allariz, Combarro y la ciudad Pontevedra. Antes de despedirse nos indica cómo regresar hasta nuestro coche: debemos atravesar la calle Real y girar a la derecha en cuanto lleguemos a la fuente termal de las Burgas.

Caldas de Reis - viejecitaMientras examinamos uno de los dos edificios con soportales que se conservan en Caldas de Reis, se nos acerca una anciana vivaracha y parlanchina. “¡Qué! ¿Os animáis a comprarlo? Está en venta desde hace mucho, son cuatro hermanos y no se ponen de acuerdo. Aquí donde me veis, tengo 92 años, he llegado a esta edad porque nunca he tomado una pastilla. Me hice una herida muy mala en la mano, porque tenemos ferretería, y cuando fui al médico me dijo que me tenía que dar tres puntos. Yo le contesté que ya me lo pensaría, pero no volví. Me curé con las aguas de aquí, ¿veis la cicatriz? Los médicos, como cada vez hay más viejos, aprovechan cuando vas al hospital y te dan pastillas para dormirte. Eso es lo que hacen. Por eso yo no tomo nada. Hay una mujer en el pueblo que tiene 100 años. Vino de América, se ve que hizo mucho dinero, lleva una diadema de brillantes. Vive sola y no quiere a nadie, su hija quiso ir a vivir con ella y la echó de malas maneras. ¿Y vosotras, de dónde sois, de Santiago?”. Es la monda.

Nuestro último día, lunes festivo en Barcelona pero laborable en Galicia, nos acercamos de nuevo al mar. En la entrada de la ría de Noia, muy cerca de Porto do Son, en Xuño, se extiende la salvaje Praia das Furnas, donde el impetuoso oleaje esculpe la fina arena blanca y se desliza entre rocas de pizarra y piscinas naturales de agua salada. A añadir a mi lista de propósitos: algún día me alojaré en la pensión As Furnas, un hostal a pie de playa que solo parece apto para surfistas. Ver la puesta de sol y el amanecer desde allí ha de ser todo un espectáculo. Praia das Furnas
Almorzamos en la villa señorial de Noia, cuyo casco histórico alberga edificaciones góticas tan bien conservadas como el pazo Dacosta, una casa señorial del siglo XIV reconvertida en el restaurante Tasca Típica. Como detalle de cortesía nos sirven un exquisito paté de atún, anchoas y pimientos del piquillo. Nos recomiendan las zamburiñas, que están tremendas, el lacón, muy suculento, y la especialidad de la casa, pulpo a feira con gratinado de queso de tetilla gallega. Añadimos a nuestra lista de platillos para compartir unos pimientos de padrón –carnosos, cocinados al punto- que nos parecen sublimes. Los postres tienen la mágica virtud de adaptarse al particular gusto de cada una: la crêpe de chocolate negro resulta perfecta para mi golosa madre, a mi hermana le encanta su ácido sorbete de mandarina y a mí me chifla mi tarta de queso, liviana y parca en azúcar. Nuestro almuerzo de despedida es todo un homenaje gastronómico, aunque este fin de semana largo en Galicia nos hemos regalado unos cuantos.

Ponte MaceiraDe regreso a Santiago de Compostela nos detenemos en Negreira para curiosear el Ponte Maceira, a cuyo peculiar encanto se suma el idílico paisaje que lo enmarca.

Cuando llegamos a Santiago, mamá está tan fatigada –son ya tres días de hacerle trotar de aquí para allá- que nos subimos al tren turístico que parte de la plaza del Obradoiro: al preguntar por el itinerario, nos aseguran que recorre la zona universitaria y el casco histórico. Exceptuando las fabulosas vistas desde la Alameda, el recorrido resulta decepcionante, aunque mamá se apea feliz. Está radiante, no ha dejado de sonreír desde que salimos el viernes de Barcelona. “Estoy contenta. Me gusta. Lo pasamos bien, ¿verdad?”. Claro que sí, mamá, muy bien. Aunque tú ya no la recuerdes, ha sido una escapada inolvidable.

El Gran Hotel La Toja

La meca del termalismo. El templo de las burbujas terapéuticas. El legendario establecimiento de referencia para los fanáticos de masajes, parafangos y pediluvios, entre quienes me incluyo. Siempre había fantaseado con conocer de primera mano las bondades del mítico balneario del Gran Hotel La Toja, tan lejano en todos los sentidos. Y sin embargo, mi amiga Iciar ha hecho realidad ese sueño. Ya me lo advirtió Mylove -la sonrisa cómplice ante mi exultante felicidad dibujándosele en los labios- en cuanto supo de mi adelantadísimo regalo de cumpleaños: “Es el mejor obsequio que vas a recibir, no voy a poder superarlo”.

El viernes pasado desgrané la mañana con la misma ilusión desatada e impaciente de mis vísperas de Reyes infantiles, revisando mi petate –se necesita muy poco equipaje para disfrutar de un fin de semana largo en albornoz- y observando el reloj de mi móvil, que arrastraba los dígitos a velocidad de caracol. Luego los desplazamientos –al punto de encuentro con Iciar, al aeropuerto de Barcelona, a Vigo, a la Isla de La Toja- discurrieron mucho más rápido. Por fin, antes de las ocho de la tarde, alcanzamos nuestro destino.

Llegando de Barcelona y sus áridas aguas calcificadas, sorprende abrir el grifo para lavarse las manos y sentir en la piel un tacto ligeramente oleoso, casi de líquido balsámico. Las propiedades antiinflamatorias de las aguas de la isla están especialmente indicadas para tratar afecciones cutáneas y óseas, como ya aseguraba Emilia Pardo Bazán. La escritora coruñense popularizó la leyenda del lugar, según la cual un borriquillo tiñoso, pelón y minado de costras, fue abandonado en La Toja por su dueño porque le apenaba sacrificarlo. Cuando, al cabo del tiempo, el aldeano regresó a la isla, se sorprendió al toparse con el rucio, que lucía saludable y lustroso y se revolcaba en uno de los fangosos charcos anejos a un surtidor de agua en ebullición. Qué historia tan tierna.

Tres noches de estancia en el Gran Hotel La Toja dan mucho de sí, pero es que además Iciar se había aplicado en programar actividades termolúdicas como si no hubiera un mañana. Como, por otra parte, el único garbeo que dimos por la isla nos acabó de convencer de que lo mejor nos aguardaba en nuestro privilegiado alojamiento, los momentos estrella de nuestra fabulosa escapada se desarrollaron en dos escenarios fundamentales: el comedor y el centro termal.

Los desayunos han sido espléndidos, imposible hacer un recuento de la extensa variedad de opciones con que contábamos. A continuación os detallo mis preferidas: zumo de naranja natural –te lo servías de un dispensador de varios litros-, tortilla de patata recién hecha con o sin cebolla, salmón ahumado con sus alcaparras y sus picadillos de cebolla o pepinillo, ibéricos y fiambres, quesos de diferentes tipos, membrillo, fruta fresca ya cortada o en macedonia, nueces mondadas, verduritas a la brasa, panes exquisitos… El único aspecto negativo, como suele suceder, fue la máquina de café. Como hace tiempo que me pasé a las infusiones, tampoco me ha afectado mucho, aunque sí a mi amiga Iciar. Qué lástima.

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Desde el restaurante Vista Mar disfrutábamos de una sensacional panorámica sobre la costa, el Illote Beiro y algunas mejilloneras. Supongo que de ahí procedían los maravillosos mejillones escabechados que tomé ayer para almorzar. Eran jugosos, suculentos y de un naranja luminoso que seducía por los ojos antes de enamorar por el paladar. Qué ricos frutos de mar hemos saboreado estos días. Y qué grata sorpresa que te sirvan estupendos Riojas y todo un Martín Códax como vinos de la casa. Ahí sí que al Gran Hotel La Toja se le trasparentan las estrellas.

No puede decirse lo mismo de quienes gestionan el hotel de la cadena Eurostars, que utilizan estratagemas de publicidad engañosa: dos días antes de llegar te envían un email recordándote que, gracias a haber reservado por Internet, te beneficias de un 10% de descuento en los tratamientos de balneoterapia. Así, en general. Sin embargo, en el momento de abonar los servicios -que además no comunican bien, o, mejor dicho, no comunican-, te informan de que se refieren a los tratamientos individuales con agua. La gestión del motivo de nuestra escapada, o sea, de los servicios termales, es pésima: en la web hay que escarbar como si buscaras tanzanita, no hay ninguna información del balneario en la habitación y no te entregan ningún folleto, solo te muestran las páginas de que disponen ellos, como si fueran las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla. Curiosa estrategia de marketing. Casi tan pintoresca como la de ofrecer sales y jabones de La Toja Manantiales con sendos logotipos de Schwarzkopf y Henkel impresos. Lo más.

A pesar de estas innecesarias cicaterías, pienso en los tres programas termales recién paladeados y se me olvida todo.

Nos estrenamos el sábado con el programa Bienestar, que empieza con una bañera individual de agua lodosa que ellos llaman Niágara. Para mi gusto el agua estaba demasiado fría, claro que yo me ducho en verano con agua hirviendo. A continuación te envuelven en plásticos y mantas, cual capullo de gusano de seda, bien embadurnada con unas algas que desprenden un intenso olor a puerto pesquero y nutren e hidratan la piel. No obstante, el colofón es, oh maravilla, el momento masaje. Primero te friccionan suavemente todo el cuerpo con un aceite de almendra y aloe vera que favorece la elasticidad de la piel, y a continuación aplican aceite de rosa mosqueta en un delicado y relajante masaje facial. Qué felicidad.

El domingo se levantó atlántico y permanecimos guarecidas en nuestro refugio termal, leyendo plácidamente hasta la hora de nuestro programa Gran Hotel La Toja, que incluía una bañera Península de aguas lodosas y marinas; una ducha jet que arrojó sobre nosotras su chorro de aguas terapéuticas a manguerazos, como antaño; un parafango cuyas virtudes no comprendimos muy bien, ya que la placa de barro caliente en seco no se aplicaba directamente sobre la piel, sino a través de una sábana de algodón -lo mismo hubiera funcionado una esterilla eléctrica-; y un masaje localizado en la espalda que me descontracturó buena parte de los nudos de los últimos días. Por cierto, quisiera aprovechar para hacer una sugerencia a los fabricantes de camillas: de la misma manera que se practica un hueco para encajar la cara cuando toca masaje dorsal, digo yo que costaría bien poco prever sendos huecos para colocar las tetas, que es ponerse una boca abajo e ipso facto aplastar los pectorales como cuando te hacen una mamografía, pordiosquédolor.

El solete de ayer por la tarde me arropó con su calorcillo primaveral en un breve sesteo en el balcón de nuestra habitación antes de acudir al centro termal, que parecía un congreso de bañistas. Demasiada gente a la vez, buf, deberían organizarlo mejor. Entre tanto, en uno de los salones del hotel se celebraba una timba multitudinaria que hubiera hecho las delicias de la madre de Iciar, que forma parte de una pandi de jugadoras de cartas. Luego cayó granizo y más tarde se dibujó un arcoiris sobre el litoral mientras cenábamos –el sol en Galicia se pone mucho más tarde-. El clima ha sido fascinante e imprevisible, hemos pasado de nubarrones barrigudos a vientos descacharrantes en medio nanosegundo. A lo loco se vive mejor.

Esta mañana hemos apurado nuestra estancia con el programa Mímate, que comienza con un peeling con sales de LaToja, que te deja la piel oleosa y teñida de una tonalidad terrosa y brillante.

– ¿Conoce usted esta bañera? –allí todo el mundo te llama de usted, incluso en la intimidad de la cabina, me parece inverosímil.

– Sí, es la Niágara. A ver -meto un dedo en el agua-. Sí, la temperatura está bien, el sábado estaba muy fría para mi gusto.

– Es que la temperatura va subiendo paulatinamente, si quiere luego añadimos agua fría.

– Lo sé. Gracias, no hará falta.

Sin embargo, igualmente asomó la cabeza cuando le faltaban nueve minutos a mi terapéutico baño de hidromasaje. Absolutamente todos los empleados del Gran Hotel La Toja son amables y solícitos, desde el técnico de mantenimiento, que te cumplimenta con un efusivo buenos días antes de encaramarse a una escalera para arreglar un aplique, hasta la limpiadora del turno de noche -a las diez sacándole brillo a una barandilla-, que te saluda mientras frota con energía y se cerciora de obtener el resultado deseado. Ahora bien, en recepción no parecen muy avispados. Cuando les consultas alguna duda, enseguida te envían a otro lado: pregunta en el comedor, en el balneario, en la bola de la pitonisa Pita. En fin.

Nuestro último tratamiento ha sido un masaje con aceite de sales de La Toja. Mientras la esteticista se aplicaba en intentar deshacer los nervudos nódulos que persistían en mi espalda, desde el hilo musical me acariciaba también la Première gymnopédie de Erik Satie. Una delicada melodía de otra época. Como los mármoles, los terciopelos y tapicerías adamascadas, las arañas de cristal y las columnas de hierro colado que todavía sostienen el techo del balneario. Quizás sean el último vestigio del edificio original, que fue inaugurado hace más de un siglo. Cada vez me gusta más lo vintage, tal vez porque yo también empiezo a serlo un poco.

Gracias, Iciar. Siempre nos quedará no solo La Toja, sino todo lo ya vivido juntas. Y nos inspirará de nuevo lo mucho por vivir.

A Costa da Morte

La Costa da Morte es uno de los finibusterres de Europa –que no el único, y si no que les pregunten a los bretones-. El origen de su nombre podría estar relacionado con el punto de partida de la barca de Caronte de la Grecia Clásica, que los antiguos griegos ubicaban, justamente, en los confines de aquel mundo suyo parcialmente conocido. Otra teoría aventura que los fenicios, deseosos de seguir ostentando el control de esas aguas que facilitaban su lucrativo comercio marítimo, habrían fomentado también algunos mitos y leyendas para arredrar a sus competidores y así continuar explotando las rutas atlánticas en solitario.

El litoral de la Costa da Morte comprende tanto las playas como los montes que se orientan en dirección al mar y dibujan un perfil costero tortuoso para la navegación, repleto de abruptos entrantes y salientes y minado de peligrosos bajos. Aunque abarca, estrictamente, la franja comprendida entre Malpica de Bergantiños y Muros, nosotros decidimos iniciar en A Coruña nuestro tour galaico de cuatro días. La compañía aérea que conecta Barcelona con Galicia a mejor precio es Ryanair, aunque solo vuela a Santiago de Compostela. No obstante, como la idea era alquilar un coche y recorrer kilómetros a nuestro aire, no hubo mayor problema.

ChoquetínFelices y ufanos los dos a bordo de nuestro coqueto Fiat Cinquecento, tomamos el Camiño Inglés -o Camiño do Faro, que así se llama el ramal que parte de A Coruña- a la inversa -es un decir, porque fuimos por vía asfaltada y sobre cuatro ruedas-. Por lo visto durante la Edad Media el puerto de A Coruña era una concurrida puerta de acceso para los peregrinos que llegaban desde el norte de Europa, que por mar reducían notablemente la duración de su expedición y además soslayaban los maleantes que frecuentaban la ruta pirenaica. Tras largos años de afluencia multitudinaria, la reforma protestante atajó el tránsito de penitentes y el Camiño Inglés cayó en desuso. No obstante, desde hace un par de décadas está experimentando una segunda juventud. Cosas del turismo de la aldea global.

Galerías A Coruña.jpgA Coruña es una península rebosante de acristaladas edificaciones que se adentra en el océano como si quisiera domeñarlo, y en parte lo consigue. Incluso con el cielo encapotado y la fina lluvia calándonos hasta los huesos, nos sedujo por completo. Un plácido paseo por la Avenida da Mariña permite contemplar con detalle las magníficas galerías que han proporcionado a A Coruña el sobrenombre de ciudad de cristal. El elemento arquitectónico paradigmático de la capital gallega, esa característica galería acristalada montada sobre hierro fundido o madera noble, empezó a desarrollarse en el siglo XVIII adaptando la estructura de los invernaderos. Su función era crear una cámara térmica para proteger de la lluvia y el frío en invierno y ayudar a ventilar y refrescar en verano. Como curiosidad: los portales de las antiguas viviendas de pescadores de la Avenida da Mariña solían medir un remo de anchura porque se utilizaban para resguardar las embarcaciones cuando había temporal -cuando se levantó el conjunto en el siglo XIX, los soportales orillaban el mar-.

VermuteríaDetrás de la Avenida da Mariña se extiende, majestuosa y señorial, la Plaza de María Pita, la famosa heroína de la ciudad –otra mujer tristemente famosa por su testosterónica actitud guerrera-. Desde esa magnífica ágora abierta en pleno casco viejo se accede, entre otras sendas urbanas, a la calle Franja, un vericueto que luego cambia de nombre y se transforma en la calle Galera. Ese caminillo peatonal de denominación mutante está jalonado por pequeños establecimientos donde saborear cositas ricas, como por ejemplo la Vermutería Martínez. En el angosto pero acogedor local tomamos el primer pulpo a feira de nuestra escapada, unas curiosas croquetas de centolla, un salpicón de marisco exquisito y unos boletus salteados jugosos y en su punto. Ñam.

Torre de Hércules 1.jpgEl tesoro mejor guardado de A Coruña es, quizás, la Torre de Hércules. Lástima del nombre, que desmerece su función farera -se lo inventó el rey Alfonso X por aquello de darle un pedigrí mitológico al asentamiento urbano-. El pétreo vigía es el único faro romano que sigue en funcionamiento y quizás también el único de quien se conoce la autoría: el arquitecto Cayo Servio Lupo, natural de Coímbra, tuvo la argucia de dedicar su obra a Marte y ocultar la inscripción bajo la estatua del dios de la guerra que resguardaba la entrada. Tras las invasiones normandas, el faro dejó de usarse y con el devenir de los años los lugareños utilizaron algunos de los bloques de piedra para construir otros edificios. Tras siglos de decrepitud, el intenso comercio con América animó a volver a utilizar el faro, con la buena fortuna de que se le encargó el proyecto a un arquitecto extremeño de ascendencia italiana, Eustaquio Gianini, quien, en lugar de derruir el faro romano y levantar uno nuevo, prefirió conservarlo y ejecutar los trabajos necesarios para devolverle su esplendor.

Torre_Hercules_vista2La Torre de Hércules todavía exhibe mil y un detalles que así lo demuestran: Gianini se dedicó a dejar numerosas pistas para distinguir los vestigios romanos de sus actuaciones de mejora. El primero que se aprecia es el revestimiento de la fachada sobre la estructura original, y su dibujo, que recrea la antigua rampa por donde se transportaba el aceite que alimentaba la luz del faro. Desde el exterior también llaman la atención las ventanas, algunas de las cuales son ciegas -solo están abiertas las que ya lo estaban en la estructura original romana-. Ya dentro, durante el ascenso, se detectan perfectamente los llamativos añadidos en pizarra y granito oscuro, las puertas y ventanas modificadas y las marcas donde debían de apoyarse techos y tarimas. Todo esto lo supimos gracias a nuestro guía, Manuel, quien también nos comentó que el habitáculo denominado “habitación de la reina” fue acondicionado para hospedar a Isabel II con motivo del inicio de la construcción del ferrocarril A Coruña-Madrid. No obstante, tras empapelar los muros, crear un falso techo e incluso poner visillos al improvisado dormitorio regio, la susodicha se negó a utilizar tan cuartelario y encaramado aposento. Disfrutamos de la instructiva compañía de Manuel hasta que alcanzamos la techumbre romana, construida a prueba de catástrofes naturales mediante un ingenioso encaje de sillares, como puede apreciarse allí mismo. Otra cosa es que, lo que no destruye un terremoto, lo pueda aniquilar un humanoide de un bombazo. En fin.

La Torre de Hércules se eleva sobre un cerro por el que serpentean agradables senderos que invitan al paseo junto al mar. En días plúmbeos el horizonte perece sepultado bajo los densos nubarrones, aunque el caprichoso clima mutante gallego es absolutamente impredecible: ahora se abre el cielo y asoma el sol, luego llueve rabiosamente, más tarde amaina y caen cuatro gotas que riegan el ánimo e hidratan las ideas. No se puede salir sin paraguas porque nunca sabes cuándo lo vas a necesitar.

Los días tormentosos el litoral de la Costa da Morte despliega una belleza salvaje e irresistible. El verde que tapiza sus colinas hace pensar en tupido musgo. Sorprende que la generosa pluviometría no haya hecho desarrollar a los lugareños membranas batrácicas en manos y pies. Horreo2Los pequeños hórreos que abundan por el camino son justamente una estrategia para salvaguardar el grano de la humedad y los rigores del invierno. Todos lucen o bien un alerón, una especie de rebaba que bordea el perímetro de la base, o bien unos círculos protectores sobre las columnas en las que se apoyan, que de tal guisa parecen setas gigantes. Esta protección evita que los animalillos trepen para acceder a las provisiones almacenadas en el hórreo.

Transcurrida media hora desde que dejamos atrás A Coruña, desde lo alto de la carretera contemplamos Caión, el antiguo puerto ballenero, cercado de olas encrespadas y rugientes, como si estuviera a punto de ser engullido por el Atlántico. No extraña que sus gentes se dedicaran a la pesca de los formidables cetáceos, acostumbrados como estaban a las dentelladas oceánicas y los rigores del mar.

Más adelante, en Baldaio, se extiende un maravilloso paraje con una vasta playa y unas pródigas marismas -es reserva natural- que, desafortunadamente, ha sido urbanizado sin criterio y al tuntún. Es el gran clásico de la costa noroccidental gallega: hacia el mar, vistas sobrecogedoras y recorridos de reminiscencias bretonas, hacia el interior, la invasión de las horricasas, una desconcertante profusión de hormigón y carpintería metálica sin sentido. Eso sí, en lugar de servirte el café con leche con una galletita o una chocolatina, te invitan a un buen pedazo de esponjoso bizcocho casero. Viniendo de Barcelona nos parece un pequeño milagro.

MalpicaEl puerto pesquero con más actividad de la Costa da Morte, Malpica de Bergantiños, es un buen lugar para detenerse a almorzar. Nuestra afición al horario europeo nos permitió escoger la mesa con mejores vistas en la taberna portuaria Cachón. Mientras degustábamos unas zamburiñas a la plancha, un salpicón de marisco -nada que ver con el engendro que sirven en cualquier restaurante catalán-, el indispensable pulpo a feira y unas alubias con almejas, pudimos observar las diferentes tonalidades de los coloridos barcos de pesca amarrados en el puerto: luminosos bajo el sol, sombreados por las nubes y brillantes bajo la lluvia torrencial.

En la Costa da Morte quedan interesantes vestigios celtas. Antes de llegar a la aldea de Corme, una indicación señala el camino de Gondomil y crees que se te va a aparecer un hobbit o un elfo. Y casi, porque entonces te topas con A Pedra da Serpe, una roca de granito con una serpiente alada esculpida, de origen desconocido pero sin duda relacionada con algún culto pagano, que algún católico ultramontano decoró con una cruz de piedra -la actual es reciente y sustituye a la original, que fue derribada por accidente-.

Faro_roncudoMás allá de Corme se alza el faro de la Punta do Roncudo, que en realidad es una baliza porque es una torre solitaria, sin edificio anejo, con una sola linterna que funciona con paneles solares. Cuando hay tormenta, el mar desbordado y arrollador envuelve a dentelladas espumeantes al impasible centinela, que está flanqueado por tres cruces blancas, una a su vera y dos más contemplándolo desde un altozano. Todas ellas rinden homenaje a los percebeiros que perecieron allí. Esos aguerridos marinos se sujetan con simples cuerdas y aprovechan la retirada de las olas antes de cada nuevo embate para arrancar el preciado fruto del mar con su raspeta: los percebes que se crían en esas rocas son, dicen, los mejores del mundo.

Al otro lado de la ría de Corme y Laxe, en la Punta da Insua, se alza el faro de Laxe, donde mi cabello empezó a parecerse peligrosamente a los tentáculos de una medusa: durante los ventosos días de nuestra escapada galaica me resigné a lucir un aspecto parecido al de Jack Nicolson en “El resplandor”. Lector/lectora me estás leyendo, si luces pelazo y tienes pensado visitar la Costa da Morte en invierno, olvídate del peine y encasquétate un gorro, imposible mantener la compostura con ráfagas de viento aspersor.

Desde Laxe, adentrándose hacia el interior, no queda demasiado lejos el conjunto etnográfico de los Batáns e Muíños do Mosquetín, que en días de lluvia torrencial y con el río crecido se ve mejor que nunca. La piedra circular de los muíños –molinos- aplastaban los cereales hasta convertirlos en harina aprovechando la fuerza del agua. Los mazos de los batáns –batanes- golpeaban los tejidos remojados durante 28 horas como poco –si el material no era de calidad había que invertir hasta el doble de tiempo- a fin de apretar la trama para que no se deshilachara. Los batanes solo funcionaban durante el invierno, cuando el caudal del río era más abundante.

CastilloVimianzoUn poco más adelante, según se entra a Vimianzo, a mano derecha, se puede visitar el Castelo de Vimianzo. Aunque es un jíbaro-edificio -creo que es el castillo más pequeño que jamás haya visitado- es bastante cuco y, con niños, supongo que tendrá su gracia. –adulto/a, puedes abstenerte de visitarlo-.

Retomando el camino hacia la costa llegamos a Ponte do Porto, la localidad que, como su nombre indica, atraviesa el río Porto. El núcleo urbano fusiona, en ecléctica combinación bipolar, esperpentos de hormigón con tejados a cuatro aguas y pintorescas casitas tradicionales de piedra. Ponte do Porto es un cruce de caminos hacia el litoral: a la derecha, Camariñas, a la izquierda, Muxía.

Camariñas es un puerto pesquero muy renombrado por los primorosos encajes de bolillos de sus artesanas. En la pequeña aldea marinera se ubican dos lugares absolutamente imprescindibles. El primero es el imponente faro do Cabo Vilán, un torreón que adquiere proporciones colosales porque desafía las procelosas aguas encaramado a una peña. El primer faro eléctrico de España cuenta con un edificio anejo que alberga una exposición permanente acerca de la abrupta costa. Además de otros muchos datos interesantísimos, proporciona información de cómo se aprovechaban los restos de los naufragios para completar los parcos ingresos que brindaban la agricultura y la pesca: según la leyenda negra, en días de temporal se colocaban faroles en los cuernos de las vacas para confundir a los navegantes.

PuertoArnela_pulpoLa otra dirección imprescindible en Camariñas es la del restaurante Puerto Arnela, en la calle del Carmen. Además de ser un establecimiento acogedor y coqueto, se come opíparamente a un precio más que razonable. Allí tuve el placer de saborear los mejores percebes de mi vida. Fresquísimos, recién cocidos, al punto, exquisitamente tiernos y con sabor a mar. Cuán grata fue la experiencia. Nos lo recomendó David, el recepcionista del Meliá María Pita de A Coruña, donde disfrutamos de la primera noche Wonderbox de nuestra escapada -siempre recordaremos nuestra soberbia cama king size-. Las otras dos pernoctamos en el hotelito rural A Torre de Laxe, un alojamiento acogedor y decorado con cariño donde los desayunos incluyen zumo de naranja natural y bollería y mermelada caseras.

Faro MuxiaPero retomemos nuestro itinerario. Para proseguir hacia el sur nuestra ruta por la Costa da Morte hay que desandar el camino de Camariñas a Ponte do Porto y, desde allí, tomar el camino hacia la villa marinera de Muxía, que cuenta con sus correspondientes balizas –que no faros- para facilitar la entrada a la ría. La de la Punta da Barca se levanta junto al santuario de la Virxe da Barca y muy cerca de dos rocas mitológicas relacionadas con cultos paganos, la Pedra de Abalar, que durante siglos no dejó de balancearse, hasta que hace casi 40 años un inclemente temporal la desplazó y la quebró parcialmente, y la Pedra dos Cadrís, a la que se atribuyen propiedades curativas por su forma de riñón.

CaboTouriñán.jpgDesde Muxía no hay indicaciones para continuar hasta el Cabo Touriñán, el extremo más occidental del continente, de modo que para intentar llegar hay que tomar vías rurales precariamente asfaltadas y atravesar bosques de eucaliptos y añejos villorrios reverdecidos por la perenne humedad. Por la DP-5201 se llega hasta Viseo, donde aparece la primera señal que marca el camino a Touriñán. Y luego, por fin, te asomas a un paisaje encantador con aires irlandeses por donde pacen ovejas y caballos salvajes. Sí, hay un universo celta que no sabe de fronteras. Desde allí, dos pináculos acristalados coronados por sendas veletas, el del faro y el de la caseta de vigilancia, otean el horizonte. Los alrededores, sobrecogedores incluso en invierno, ofrecen bonitos paseos con vistas alucinantemente hipnóticas sobre la costa atlántica.

Corcubión_juzgadosAunque Fisterra no es, en realidad, el fin de la tierra, ni siquiera el de la Europa continental, fue considerado como tal durante siglos y hoy es el enclave más concurrido de la Costa da Morte. No obstante, o quizás precisamente por ello, nosotros preferimos soslayarlo -no nos encantó cuando lo visitamos hace cuatro años, llamadnos extravagantes- y acudir directamente a Corcubión. Tuvimos suerte y, cuando llegamos, lucía un sol radiante, aunque los corcubienses paseaban igualmente paraguas en mano, nunca se sabe cuándo puede caer de nuevo un chaparrón –vimos tantos arcoiris en Galicia que, por momentos, me sentí Little Pony-. La localidad es propicia al agradable caminar por sus encantadoras callejuelas, en las que conviven casitas tradicionales renovadas, fascinantes ruinas que están pidiendo a gritos que alguien las restaure y edificios señoriales decadentes con desvencijadas galerías de madera –el salitre y la humedad causan estragos en la carpintería y levantan la pintura más recia-.

CascadaÉzaro2.jpgLa abundante lluvia reciente nos permitió contemplar la cascada de Ézaro cayendo a borbotones, aunque las torres de electricidad y el apabullante cableado restaban épica a las vistas.

La visita al faro de Louro os la podéis ahorrar si no os interesa demasiado la mansa vertiente sur de la Costa da Morte, que alberga kilómetros y kilómetros de dunas y playas. Para despedirnos del paraíso de los bañistas nos escapamos a Muros, una bonita población que cada verano vive sus momentos de máxima saturación. Nada más llegar comprobamos que, además de con paraguas, por esos pagos quizás haya que salir también con casco, porque aun con sol cayeron algunas ráfagas de granizo garbancil a modo de perdigonazos, capaces de perforar el cráneo más robusto. Para sobrevivir al clima mutante imitamos a los lugareños, que permanecieron impasibles bajo los soportales hasta que el pedrisco amainó. Luego continuaron con sus rutinas como si tal cosa, mientras nosotros nos recuperábamos del apocalipsis. Pues nada, a seguir. Y a comer.

En el bar El Muelle nos ofrecieron unas generosas raciones y un albariño de la casa muy correcto. Quisimos probar la especialidad de la casa, su tortilla de patata sin cebolla. Nos la sirvieron recién hecha y muy jugosa, quizás un pelín dulce para mi gusto, aunque yo, por lo general, soy muy salá. Una madurescente arrebatadora -lucía una larga melena pelirroja y eye liner y blondas a cascoporro- que se sentaba en la mesa vecina empezó a conversar conmigo en gallego. No le pedí que se pasara al castellano porque la entendí divinamente. Si me quedo unos días más, me animo a falar galego.

Nos despedimos de Galicia acercándonos a Santiago de Compostela –qué buenos momentos compartimos allí hace unos años-. Como la puerta de la catedral que da a la Plaza del Obradoiro estaba impracticable –hay obras de mejora en curso-, entramos al museo a preguntar por algún acceso alternativo y un jovenzuelo repelente y hipster nos maltrató verbalmente. Me limité a observar su barba recogemigas y atrapabacterias deseándole mil y un hedores pútridos. A pesar de él encontramos un acceso lateral y fui directa a abrazar al santo en nombre de mi amiga María. No había demasiados peregrinos, se notaba que era un lunes laborable. Nos topamos, oh sorpresa, con un precioso belén historiado que representaba diferentes escenas bíblicas relacionadas con el nacimiento. Aunque tenían el detalle de citar a “los magos de Oriente” –personas sabias, quizás astrónomos, nada que ver con la realeza-, las figuritas correspondientes que acompañaban a la leyenda lucían corona. Paradojas de la muy apostólica y romana iglesia.

Cruces_roncudoSantiago de Compostela huele a eucalipto y a libro viejo y sabe a chocolate a la taza del bueno. Me quedo con ese recuerdo, con el húmedo romper de las olas en los faros de la Costa de Morte y la bocanada de mar de los percebes de Camariñas.

Qué bien nos ha ido esta escapada, ¿verdad, my love?