Vernissage

Anteayer los compis de Ángela de Dibujo Artístico, a quienes se sumaron algunos exalumnos, presentaron en Casa Sagnier una selección de sus trabajos. El Punt d’Informació Juvenil del distrito les cedió una pequeña sala para la exposición Painting in the Moonlight, cuyo nombre se inspira en el tema de Toploader que han escuchado de manera recurrente mientras creaban sus obras.

Acudieron no solo Gàbor Mészáros, profesor de técnicas graficoplásticas y promotor de la iniciativa –mis hijas le adoran-, y los estudiantes de esa asignatura optativa y sus respectivas familias, sino también un nutrido grupo de alumnos de 4º de ESO, algunos profesores y la muy querida Anna Molas –alma mater de la educación en valores del colegio-, que desearon compartir esa puesta en escena colectiva.

IMG-20160528-WA0004.jpgFue un ejercicio de aproximación estimulante que invitaba a reflexionar sobre la mirada artística. Había algunos dibujos ejecutados con una técnica impecable que permitían apreciar el preciosismo de la reproducción. Otros sabían expresar con fuerza un pensamiento, un mensaje, una reivindicación, algunos con cierta destreza estética, logrando una pieza armónica en fondo y forma que removía y turbaba, otros con quizás no tanta pericia pero con una claridad de ideas meridiana.

Habilidades artísticas al margen, me fascinaron los ejercicios de experimentación. Me cautiva el hallazgo de una voz personal, única y genuina, capaz de rebelarse, de entusiasmarse, de utilizar un lenguaje propio para comunicar y transformar. Porque, cuando la encuentras, cuando das con tu manera de expresarte, se manifiesta una conmovedora epifanía que te colma de felicidad.

Dos exalumnas, Júlia Isern y Andrea Puig a la guitarra, nos obsequiaron con la banda sonora de la velada y desbordaron de emoción el pequeño aforo. Cuando Júlia canta -profunda, intensa, estremecedora-, el mundo es un poco mejor.

Qué enriquecedora experiencia poder asomarme al vivero del que forma parte mi hija.

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De rodaje por Mañolandia

Esta semana hemos estado un par de días por tierras aragonesas por motivos laborales. Qué majicos son los maños. Aunque debo admitir que no soy objetiva: cuánto me reconforta escuchar ese acento íntimamente familiar que me teletransporta a mi infancia feliz en Zaragoza.

Nada más llegar, Juan, un afable Pitagorín talludo y enjuto, nos guió por la harinera donde trabaja y con él aprendimos, entre otros muchos interesantes aspectos del proceso fabril, cómo se consigue mantener una calidad óptima y homogénea –las cosechas son siempre cambiantes e impredecibles-, o cómo lo que a simple vista parece grano limpio se descubre, tras los sucesivos procesos mecanizados de purificación, como una ecléctica mezcla de trigo, briznas de paja e incluso arenilla y pequeñas piedras.

Tras almorzar en un restaurante cercano donde sirven raciones colosales –de postre sirvieron un arroz con leche en marmita de Obélix-, nos llegamos al predio oscense donde debíamos grabar las espigas en pleno proceso de crecimiento. Tras las abundantes lluvias de los últimos días, los campos lucían lozanos y espléndidos, atentos a la caricia del cierzo para empezar a amarillear. Los topos bermellones de los ababoles salpicaban, muy de tanto en tanto, los labrantíos de trigo y cebada, para disgusto de Hugo, el encargado de la finca, quien hubiera preferido la pradería desbrozada. En cambio a nosotros, ajenos a los criterios de la ingeniería agrónoma, nos parecía que los sembrados se veían mucho mejor con alguna que otra amapola como las que loara Juan Ramón Jiménez. Dispares puntos de vista.

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Cuando acabó la jornada, la idea era acostarse temprano porque al día siguiente tocaba madrugar. Pues no. Tras tomar una copa en el bar de nuestro hotel de Zaragoza, nuestros maños anfitriones nos llevaron a tapear por El Tubo. Pasamos por delante del emblemático local El Plata, que se autodefine como cabaret ibérico y cuyo director artístico fue Bigas Luna. Quedó pendiente para una próxima ocasión.

Nuestra primera parada, a pie de barra, fue en Bodegas Almau, donde probé la decepcionante tapa Dulce de anchoa, con crema de queso, anchoa y virutas de chocolate negro –dulce, no amargo, puaj-. Escogí mal. Tendría que haber optado por la Explosión de vinagre -crema casera de atún, boquerón, aceituna negra, anchoa, tomate deshidratado y sirope de vinagre de Módena, más la indispensable anchoa-. También me comentaron que sus croquetas estaban muy ricas. En fin, otra vez será. Luego nos acogollamos los siete alrededor de un par de mesas en El Balcón del Tubo, una taberna donde sirven ricos platillos. Allí continuamos con nuestro festín de cervezas, vino y raciones compartidas: todos rebañamos con pan, como posesos, el unto de la sartencica marinera, ¡deliciosa!

Entre risas y charlas nos acostamos a medianoche. Y a las seis sonaba el despertador. Horror y pavor. Claro que, como le comentó a Juan un buen amigo, lo verdaderamente desagradable es tener que levantarse y abandonar el confortable lecho, al margen de que te acuestes a las diez o a las tres de la madrugada. Que nos quiten lo reído y lo disfrutado.

Nuestro segundo día de trabajo por tierras aragonesas fue una intensa maratón: nos llevó doce horas prácticamente ininterrumpidas grabar el proceso de fabricación de la harina de trigo. Juan lo dio todo desde el minuto uno hasta el final, sin perder la alentadora sonrisa. Y también Pedrito, un hombretón corpulento de manos ásperas y andares rudos que despliega no solo una entrega formidable, sino también una admirable lucidez electromecánica -ese talento, tan ajeno a mí, me parece prácticamente magia-. Y lo mismo Maite. Y toda la pandi de personas encantadoras que trabajan junticas y en buena armonía gracias a los mimbres que han sabido tejer Paloma y Mª José. Qué majas son. Qué majos son todos. Y qué ganas de regresar para rodar la siega.

Las pruebas diagnósticas de 4º de ESO

Aunque me causa tremendo estupor tal expresión, transcribo literalmente la denominación que indica la carta que ha llegado a casa: pruebas diagnósticas. Como cuando tienen que practicarte una histerectomía y desean asegurarse de que no existe otra solución que extirparte el útero.

En el escrito que adjunta el resultado de tales pruebas nos aclaran que sirven para “analizar, valorar y reorientar, si es necesario, la práctica docente de los primeros cursos de cada etapa educativa para conseguir la formación y los aprendizajes que establece el currículum”. O sea, que esta evaluación diagnóstica –otro de los términos empleados- de 4º sirve para corregir desviaciones indeseadas en la manera de impartir las clases de 1º y 2º. O eso interpreto yo.

Tras leer la nota introductoria firmada por el centro donde estudian mis hijas, me detengo en el informe que ha preparado el Departament d’Ensenyament de la Generalitat. El señor Joan Mateo Andrés me explica que, desde su subjetivo punto de vista, las competencias básicas del alumnado de 4º de ESO son “comprender lo que leen, expresarse por escrito con claridad y corrección, tener un dominio básico de una lengua extranjera y resolver problemas matemáticos, científicos y tecnológicos parecidos a los de la vida cotidiana”. Acotar tanto los problemas de la vida cotidiana a solucionar ya da una pista de en qué territorio nos movemos: memoriza el principio de Arquímedes, pero ni te plantees preguntarte por el reparto desigual de la riqueza.

Compruebo que se han valorado cinco áreas: catalán, castellano, inglés, matemáticas y ciencia y tecnología. Como, por más que las busco, no las encuentro en el susodicho informe, me pregunto dónde quedan las artes y la filosofía, y llego a la conclusión de que para la Generalitat no son competencias básicas. Relacionarse con el medio de manera científica y tecnológica es fundamental para la futura ciudadanía, mientras que reflexionar sobre cómo hacerlo –de manera sostenible o como si no hubiera un mañana-, pues se ve que no tanto. O nada.

Me irrita profundamente la absurda evaluación diagnóstica. Lo peor no es el qué, ya de por sí arbitrario e inverosímil, sino el cómo. El entorno familiar, las circunstancias socioeconómicas o el estado de salud del examinando son solo tres de los múltiples factores distorsionantes que se me ocurren. Inciden de manera perversa en los resultados y, sin embargo, son obviados. Por no hablar de que la metodología favorece a los alumnos que dominan el manejo de las palabras y el lenguaje matemático. ¿Qué ocurre con aquellos estudiantes que se expresan con más precisión a través de, por ejemplo, el lenguaje musical, el gastronómico o el gimnástico? No cuentan. No existen para el mágico parámetro de la excelencia –creo que si alguien se vuelve a referir a ella en alguna sesión informativa de bachillerato me pondré a gritar-.

Recuerdo que hace tres décadas el sistema educativo vigente me favorecía. Se me daban bien las matemáticas, sabía explicarme bien por escrito y con cuatro conceptos básicos me las apañaba para hilvanar un discurso coherente, a diferencia de otros compañeros con talentos negligidos en el currículum académico. Muchos adolescentes de mi generación fueron un fracaso escolar, que yo entiendo como fallo catastrófico y alienante del sistema educativo. ¿Tan poco hemos evolucionado desde entonces?

Ángela tiene la próxima semana un examen de lengua y, según me cuenta, aún arman árboles de análisis morfosintáctico. Llevo 25 años trabajando como redactora y nuncajamásdelosjamases he utilizado esos engendros que solo interesan a filólogos y logopedas. Me parece muy sintomático que se tienda al enfoque comunicativo para el aprendizaje de idiomas extranjeros mientras que, en los colegios, para la lengua materna se continúe primando la enseñanza gramatical. Es un pequeño ejemplo de cuán a fondo habría que replantear esa educación bulímica –maravillosa definición de María Acaso- en la que nuestros retoños deben invertir, sí o sí, tantos y tan preciosos años.

Cuántas ganas de que mis hijas acaben la anacrónica y enajenante ESO.OurEducationSystem.jpg

 

Feliz día de mamá

Aunque se niegue a reconcerlo y se obstine en no dejarse ayudar –qué mujer tan difícil-, mi madre está ya muy mayor. Se le nota en la repetición de la misma anécdota de juventud cinco, diez, quince veces. En la tergiversación de algunos recuerdos que compartimos. En la imposibilidad de retener que Ángela el próximo curso empezará bachillerato artístico. En la mirada infantil cuando pierde el hilo de una conversación. O en su cada vez más evidente fragilidad. Está en plena cuenta atrás. Como todos los humanos que pululamos por el mundo, por otra parte.

Hoy, día de la madre -para mí de la hija, las adolescentes niñas de mis ojos en tal fecha ni están ni se las espera-, le he invitado a comer a casa, con sus queridas nietas y su paciente yerno, y luego me la he llevado a ver a Sara Baras.

Nos hemos acercado al Tívoli en larga y placentera caminata: lucía un reconfortante sol primaveral y apetecía dejarse acariciar por él. Conforme nos acercábamos a la calle Caspe, según descendíamos por Paseo de Gracia, nos hemos topado con mossos en estado de alerta, metralleta en mano, y algún agente de paisano que se camuflaba entre la multitud. Ha sido un poco inquietante, aunque por suerte mi madre no se ha dado cuenta de nada, absorta como estaba en observar a los variopintos turistas que circulaban junto a nosotras.

sb-cartel-voces_pequenoYa en el teatro, nos hemos acomodado en la fila 1 del palco número 12, desde donde hemos disfrutado de unas vistas imponentes. Ante nuestros ojos, Sara Baras y los músicos y bailarines que la acompañaban han desgranado, con una energía apabullante, su particular ofrenda a los monstruos del flamenco: “Voces”. Paco de Lucía, Camarón de la Isla, Antonio Gades, Enrique Morente y Moraíto han hilvanado con sus palabras, eternamente vivas, el desarrollo del espectáculo, flamenco puro de cante, toque y movimiento. Sara Baras ha estado deslumbrante. A ratos se apoyaba en su fascinante vestuario, con el que dibujaba vistosas pinceladas de seda sobre el escenario, y en todo momento sorprendía su virtuoso dominio del taconeo. A su lado, magnífico y hercúleo, José Serrano desplegaba un baile vigoroso y electrizante. Ambos exhibían un empuje formidable.

Pero no solo sucedían cosas en el escenario. En el palco vecino al nuestro, tres guiris –un residente y sus padres, de visita en Barcelona- aplaudían enloquecidos en cuanto se presentaba la ocasión. Aullaban de tal modo que me recordaban a un oso grizzly furioso, a punto de arrancarle la cabeza a alguien de un zarpazo. Escalofriantemente turbadores. Frente a nosotras, al fondo de la platea, unos progenitores deleznables no solo han castigado a su indefensa criatura con dos horas de un espectáculo que no comprendía -ni soportaba-, sino que además nos han condenado a padecer su irritante vocecilla durante toda la sesión: ni por asomo se les ha ocurrido rescatar a su torturado retoño de semejante suplicio y, de paso, liberarnos a los demás. Les deseo unas almorranas como garbanzos.

Hoy se celebraba la última representación de “Voces” en Barcelona. Ha habido flores, lluvia de brillante confetti, palabras de agradecimiento y una sentida ovación. Seguro que había allí muchas otras madres aplaudiendo a rabiar, y sus vástagos con ellas. Aunque lo cierto es que cualquier día es bueno para obsequiar a mamá con un poco de tiempo y cariño. O más bien para regalarme a mí misma, egoístamente, una celebración con ella para el recuerdo.

Por muchos más días de la madre juntas, mamá.