Parc d’Atraccions del Tibidabo

Sí, confieso que lo he hecho. Se lo prometí a mis hijas y, como soy mujer de palabra, hoy he ido con ellas al Parc d’Atraccions del Tibidabo. Y, ya puestas, hemos usado los mismos medios de transporte que cualquier guiri que visita Barcelona.

image_galleryEn la parada del encantador Tramvia Blau -literalmente, tranvía azul– intentaban mantener el orden un empleado de TMB que vendía los billetes -4 euros por persona el microtrayecto, un robo al mano armada… pero no sería el último de la jornada- y una relaciones públicas de la misma empresa, políglota y con nociones de artes marciales, tales son las cualidades que debe tener cualquier persona que intente controlar a una horda de turistas desbocados. Durante nuestra corta espera hemos presenciado algunos intentos de saltarse la cola que la avezada amazona de TMB ha soslayado con admirable habilidad. Ha sido nuestra heroína del momento.

Luego, ya en la taquilla del Funicular, el caos ha sido total y absoluto. La taquillera nos ha cobrado el precio de ida y vuelta estándar (7,70 euros por persona) sin preguntarnos si íbamos a entrar en el parque de atracciones (cosa que debe hacer un 80% de los pasajeros), lo que nos daba derecho a abonar solo 4 euros por cada billete de ida y vuelta. Que no sea dicho que el engranaje tragaperras no funciona. Una vez dentro del vagón, hemos tenido que soportar el nauseabundo hedor axilar de cuatro alemanes, lo que me ha hecho reflexionar en lo derrochones que somos en este sur de la comedida Europa, todo el día gastando jabón y desodorante a mansalva, hala, como si lo regalaran. Realmente vivimos por encima de nuestras posibilidades.

El Parc d’Atraccions del Tibidabo ofrece unas vistas panorámicas sobre Barcelona difícilmente mejorables. Desde la Talaia –atalaya– se puede contemplar a vista de pájaro toda la ciudad. Ahora bien, recomiendo que se abstengan quienes padezcan de fobia a las alturas. Otra opción para admirar Barcelona desde el cielo, así como el Parque Natural de Collserola, es entrar en el Magatzem de les Bruixes i els Bruixots –almacén de brujas y brujos-, aunque entonces se tiene que soportar la repelente voz del duende Buri-Buri, que desde el altavoz no deja de decir memeces durante todo el recorrido y resulta bastante irritante si no eres un niño de menos de cinco años. La próxima vez iré pertrechada con unos buenos auriculares.

1036Nos ha sorprendido gratamente -y, lo que es más difícil, nos ha encantado a las tres- el renovado pabellón de los espejos, Miramiralls, cuyo recorrido, aunque demasiado corto -como casi todas las atracciones de este parque- es mágico y realmente curioso. Muy recomendable. Comentario marginal: a pesar de que a la entrada te proporcionan unos guantes de plástico de usar y tirar para mantener la instalación en las más óptimas condiciones, hemos podido ver huellas dactilares por aquí y por allá, y no precisamente a la altura de un niño… ¿Acabarán entregando también un pañuelo de papel y una monodosis de Glassex?

Y continuamos descendiendo de nivel por este parque encaramado a una montaña (el 06 es el de arriba, el 01 es el más bajo). Si descartamos las atracciones menos peligrosas -“eso es demasiado infantil”- y las que intentan provocar al personal -“eso da demasiado miedo”-, nos encontramos con que amortizamos poco la entrada-joya (es una pulsera y, además, cuesta una pequeña fortuna). Es lo que tiene acudir al parque con dos adolescentes bisoñas. Pero no nos desanimemos, aún nos quedan algunas opciones. Así que nos subimos las tres al Diavolo con la sensación de que saldremos despedidas de nuestros columpios por la fuerza centrífuga del supertiovivo, aunque, por supuesto, no pasa nada. Bueno, sí: desde allí somos las espectadoras privilegiadas de la exhibición que ofrecen varios valientes zarandeados por la vecina Hurakan. Nota mental: nunca, jamás de los jamases, me subiré a esa atracción creada para uso y disfrute de personas, más que osadas, arrojadizas.

Acabamos nuestro recorrido veloz -ir arriba y abajo por el parque constantemente, mientras se soporta el húmedo clima de Barcelona, resulta francamente agotador- subiendo a la montaña rusa -nunca acabaré de acostumbrarme a estos artefactos- y, oh maravilla de las maravillas, visitando la refrescante atracción de La Mina d’Or –la mina de oro-, donde acabamos mojadas hasta las pestañas, pero felices tras haber aliviado un poco el calor sofocante de agosto.

PD: No haremos recuento de todo lo que hemos gastado hoy, OMG!, pero hay varias zonas de pícnic, convenientemente regadas a través de aspersores de vapor de agua, donde puedes instalarte cómodamente para ingerir tus propias vituallas sin tener que socavar aún más la siempre menguante economía familiar.

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Lles de Cerdanya

Encaramada en la cima de los Pirineos, vigilando -¿quizás desafiando?- a la vecina sierra del Cadí, mi aldea preferida de la Cerdanya es un excelente punto de partida para mil y un paseos con impresionantes vistas y la agradable compañía del silencio.

Lles_AransaEl sendero que une Lles con Aransa es un mirador incomparable desde el que se contemplan, en toda su majestuosidad, las imponentes cimas del Cadí. La primera parte del camino es la más fácil, bastante llana y con esa inmejorable panorámica ya mencionada. Más adelante el firme se quiebra en mil y un fragmentos rocosos y se precipita abruptamente hacia su destino, lo que no tendría demasiada importancia si no fuera porque el regreso, empinado, escarpado y con las fuerzas ya mermadas, es bastante agotador. No obstante, el recorrido -unos 6 km si sumamos la ida y la vuelta- vale la pena y es apto para todos los públicos: la primera vez que lo acometí me acompañó Mariola, mi hija pequeña, que entonces tenía cuatro años, y sobrevivimos al reto.

Si nos acercamos a Cap del Rec, donde hay una estación de esquí de fondo muy conocida por los aficionados a este deporte, podremos optar entre diferentes caminos de montaña poco transitados y aptos para todo tipo de caminantes -este verano hemos paseado acompañados de mi madre, que tiene 78 primaveras-. Allí mismo hay un inmenso refugio -es más bien un hostal de montaña- donde, además de comer y dormir, te alquilan un burro para que te lleve de paseo o cargue con tus enseres. Tengo que admitir que, aunque lo intentamos, Turró -que así se llamaba nuestro rucio- se empecinó en no seguir adelante con nosotros -qué borrico tan requetelisto, olió nuestra calidad de pixapins incluso cuando ya llevábamos allí unos días- y tuvimos que renunciar a un paseo con cuadrúpedo incluido.

LlacsPeraDesde Cap del Rec, y también desde la pista de esquí nórdico de Aransa, cuando ya no hay nieve se puede llegar en coche por una pista forestal que atraviesa paisajes extraordinarios hasta Les Pollineres, donde podemos aparcar nuestro vehículo para continuar, en hermoso ascenso, hasta los Estanys de la Pera. Más que los estanques en sí, lo mejor de esta excursión es el camino, que bordea el Riu del Molí, un riachuelo que baja en alegre dispersión y rodeado de una naturaleza refrescante. Una pequeña cascada nos anuncia la llegada al primer estanque -l’Estany Petit-. Más arriba queda el Estany Gran, al que se accede con más ánimos tras tomar un piscolabis en el chiriguito que han montado a mitad de camino, entre ambos estanques: la civilización ha llegado hasta sus cotas más altas -por desgracia, solo literalmente-. Si viajáis con niños muy pequeños o, como nosotros, con algún abuelito o abuelita, podéis subir por la pista forestal vetada a los automóviles particulares -no es tan bonito pero la subida es mucho más fácil- y regresar por el hermoso sendero que sigue el curso del río y que es, como hemos comentado antes, lo que más vale la pena. Una vez finalizada la excursión a los Estanys de la Pera, en Les Pollineres hay una zona habilitada para que familias, amigos o excursionistas solitarios tomen su pícnic cómodamente e incluso se hagan unas butifarras a la brasa: hay unas prácticas barbacoas habilitadas para uso y disfrute de los visitantes.

Aransa_BescaranOtra opción para gozar de espléndidas vistas sobre el Cadí es dirigirse hacia Bescaran por camino forestal -pero abierto a uso público- desde las pistas de esquí nórdico de Aransa. Una vez allí, además de respirar aire puro y recorrer los alrededores en busca de la mejor panorámica -cuidado: bajar es fácil, pero desandar cuesta arriba una colina que en principio parece inofensiva es más duro de lo que parece-, si vas a bordo de un cuatro por cuatro puedes continuar el camino hasta Andorra: se entra por el parque de Naturlàndia -Sant Julià de Lòria-, en plan contrabandista. Pero eso ya es otra historia…

La Cerdanya

vacaCuando se accede a la Cerdanya desde el Túnel del Cadí, se tiene la sensación de estar atravesando una frontera. Es, más que un paréntesis, un punto y aparte. Un limbo que discurre a ambos lados del Segre, entre el Pirineo y la sierra del Cadí. Por poner un ejemplo fácil para quien no haya ido nunca, se parece muchísimo al idílico hogar de los Teletubbies, aunque por sus laderas solo trotan vacas lecheras, terneras y millares de pixapins como nosotros.

Bajo mi punto de vista (que por supuesto es muy mío), existen tres cerdanyes: la francesa, la gironesa y la leridana.

Puigcerdà y sus aledaños se han convertido en un semillar de pletes (aprisco en catalán, digo yo que han escogido ese nombre para darles un aire más rústico), repletas -valga la redundancia- de casas iguales, simétricamente perfectas, con madera, piedra y pizarra en idéntica proporción. Me recuerdan a esas películas norteamericanas de los años 50 en las que Doris Day cantaba y regaba sus setos, mientras sus vecinas hacían lo mismo sin dejar de sonreír, en estudiada coreografía. Inquietante, ¿verdad?

La Cerdanya de Lleida es otra cosa (aquí se me va a notar un poco que es mi preferida). Se ven por allí también pletes y casitas pareadas, sí (son crímenes arquitectónicos que abundan por doquier, la burbuja inmobiliaria se propagó como fuego avivado por la tramuntana), pero todavía quedan pueblos y aldeas con auténticas casas de piedra antiguas, algunas en franca decadencia, otras primorosamente recuperadas para alegría y goce de todos.

Cadí

Os paso nuestras direcciones de la Cerdanya que más nos gusta:

Ca l’Abel – Hostal-restaurante familiar donde solíamos alojarnos cada vez que nos escapábamos a nuestro rincón preferido: Lles de Cerdanya. Meritxell y Francesc son los perfectos anfitriones, ella atendiendo todos los detalles, tanto en las habitaciones (sin televisor, sencillas e impolutas) como en el restaurante, y él en los fogones, preparando sabrosas especialidades elaboradas con productos autóctonos. Os recomiendo mucho la media pensión, el desayuno es formidable y a gusto de todos (amplia variedad de cositas buenas dulces y saladas) y las creaciones de Francesc, tanto para la comida como para la cena, siempre generosas y suculentas. NOTA AÑADIDA EL 18 DE OCTUBRE: me dice Meritxell que los dueños los obligan a dejar Ca l’Abel para gestionarlo ellos. Así que lo que era mi recomendación número uno deja de serlo. ¡Esperando que pronto se hagan cargo de algún hostal-restaurante en la Cerdanya! Porque en esto, como en todo, lo importante son las personas, no nos engañemos…

Ple de Bo – Núria es la reina de las mermeladas. Trabaja con ingredientes de proximidad y hace maravillas con los productos de su huerto. El sabor que no existe, lo inventa ella. Mis hijas todavía recuerdan su particularísimo quètxup casolà (ketchup casero), tan exquisito como solicitado, ¡se agota rapidísimo! Su último invento es un allioli que no repite, ¡magia potagia!, elaborado con calabaza. Vende sus productos en su casa-taller-laboratorio, en Cal Miquel, c/ de l’Església, Travesseres.

Turet – El dueño de este establecimiento de embutidos artesanales ubicado en Martinet, a pie de carretera -hace un par de años abrieron otra tienda en Puigcerdà- ostenta el título de mestre cansalader (maestro charcutero). Sus butifarras, salchichas, fuets y longanizas, con o sin pimienta, son sublimes, pero su pa de fetge –que viene a ser como un paté de campaña pero infinitamente mejor- es simplemente insuperable, y lo prepara de mil y una maneras diferentes: el clásico, con escalivada, con setas, con ciruelas y piñones… Turet, c/ del Segre 54, Martinet.

BOH – Me cuenta Cristina que abrió su acogedor y coqueto gastrobar el 1 de junio de este año, hace nada, pero que era una idea que tenía en la cabeza desde hace cuatro años. Su cocina, abierta ininterrumpidamente, y su carta, corta pero bien escogida -tres ensaladas y seis o siete “platobocadillos”-, hacen que sea una muy buena opción para comidas y cenas improvisadas o a deshoras. Mis hijas adoran sus gofres, nosotros sus gintonics de Bombay Sapphire. BOH, Plaça de Sant Roc 17, Bellver de Cerdanya.

Un burka en la Diagonal

Seguimos barceloneando en esta semana de calor húmedo y hostil, que nos retiene en casa durante el día, protegidos por el superpoderoso abrazo del aire acondicionado -qué miedo el próximo recibo de Endesa- y nos echa a la calle en cuanto el sol empieza a desfallecer. Regresábamos de tomar unas tapas en el Cañota -la maravillosa Pulpería A’Gudiña, ubicada frente al famoso Tickets de Ferran Adriá, está cerrada por vacaciones- cuando, oh sorpresa, nos hemos topado con una curiosa pareja parando un taxi. Ella iba tapada de la cabeza a los pies como esa inverosímil superheroína que acaban de presentar en Pakistán llamada “The burka avenger” -imposible que nadie pueda hacer piruetas, brincar y prácticamente volar con una prenda de ropa que pesa tropecientos kilos-. No obstante, su acompañante -que no compañero- vestía vaqueros y llevaba su camisa occidental de manga corta con los botones desabrochados hasta medio torso. Mi marido se ha quedado estupefacto. Según él, jamás de los jamases había contemplado, en vivo y en directo, a una mujer con burka, y menos a tan solo 10 metros de distancia. Eso es lo que él se cree, seguro que cuando estuvimos en Petra -hace ya demasiados años- vimos también a alguna, lo que pasa es que no se acuerda. Claro que, fuera de contexto, reconozco que choca más: una mujer con burka te la esperas en un mall de superlujo o en una jaima, pero en la esquina de Avenida Sarriá con Diagonal, en dicotómico contraste con su partenaire, está como desubicada. Cuando el galán en cuestión se ha metido en el taxi a toda velocidad sin hacer siquiera el gesto, no ya de cederle el paso a ella, sino de invitarla a entrar en el vehículo con él -ella ha permanecido fuera como una estatua, esperando alguna indicación-, mi encantador marido ha pasado de la estupefacción a la indignación. Desafortunadamente, hay cosas que ni se comparten ni se entienden.

Es agosto en mi ciudad

Le Cucine Mandarosso

Conocí este restaurante ubicado en los aledaños del Palau de la Música Catalana, como tantas otras cosas, gracias a mi amiga Isabel Hidalgo, quien, además de guapa a rabiar, es encantadora y maravillosa. La noche del descubrimiento saboreamos las especialidades caseras italianas que incluía la carta del día: tentadores platillos de cocina mediterránea, bien elaborada con productos de temporada, ¿que más se puede pedir? Pues eso no era todo, amigos y amigas. Hace bien poco, barceloneando un domingo por la noche con mi amiga Valery -argentina residente en Frankfurt am Main y siempre bienvenida-, nos acercamos a Le Cucine Mandarosso para ver si podíamos picar algo antes de ver un espectáculo en el ya mencionado Palau de la Música -extraordinario ejemplo de arquitectura modernista, o de latrocinio de la burguesía catalana, según se mire-. Y vaya si podíamos. “Hoy no es restaurante, solo bar”. Qué gran humildad por su parte: pides cualquier bebida (un vino, un refresco, un agua mineral) y te la sirven acompañada de una tapa sorpresa (una pequeña pero consistente ración de mozzarella de búfala con tomate, de cordero a las finas hierbas, de lasagna de verduras, de macarrones, de tortellini…) al precio de la bebida (de 2 a 3,50 euros). Así que esta noche he regresado allí con mi pequeña familia y hemos cenado los cuatro la mar de bien por 24 euros. Por cierto, qué hermoso es aprovechar el mes de agosto para turistear en tu propia ciudad, ¡me encanta Barcelona!

Le Cucine Mandarosso, c/Verdaguer i Callís nº 4Imagen