Barcelonauta

Hoy he tenido el placer de turistear un poco por mi ciudad. Hemos aparcado la moto en la calle Comerç, cerca de esa senyera king size que ondea ante el Mercat del Born -prima hermana de la inmensa rojigualda que se agita en el centro de Santander, cada loco con su trapo-, y desde allí hemos paseado hasta el Mercat de Santa Caterina con la intención de picar algo en La Torna. En la misma barra, junto al mostrador repleto de tentadoras gambas, colas de rape y rodajas de merluza a punto de pasar por la plancha, hemos saboreado unos calamares sublimes, unos estupendos boquerones en vinagre y un pincho de tortilla de patata con espárragos trigueros, que para mi gusto estaba demasiado dulce. En fin, no siempre se acierta.

Como se suponía que iba a ser nuestro almuerzo, y a fin de completar lo ingerido, nos hemos acercado al emblemático Xampanyet. Por el camino, atravesando la calle Montcada bajo un precioso sol de invierno, nos hemos topado con un grupo de pequeños alumnos –eran de P3 o de P4- que salían, felices y cantando, del Museo Picasso. He recordado entonces cuando mis hijas, muy pequeñas, estudiaron a Joan Miró y a los impresionistas franceses. Los niños entienden mucho mejor el arte contemporáneo que buena parte de los adultos. Como no podía ser de otro modo: nuestros hijos mejoran la especie.

Decía, pues, que en el Xampanyet hemos proseguido nuestro largo aperitivo. El mismo camarero que conocemos desde siempre –nos ha revelado que ya lleva 35 años trabajando allí- nos ha atendido con la sonrisa puesta y la recomendación en los labios. Las hermosas anchoas, las exquisitas alcachofas y el clásico vermú nos han sentado la mar de bien, y el vasito de moscatel con carquinyolis y almendrados ha sido un postre ideal.

colmado-quilez-5Una se pregunta, con cierta angustia, si al Xampanyet le pasará como al Colmado Quílez, que hoy es noticia porque por lo visto tendrá que cerrar: una de las consecuencias de la LAU –Ley de Arrendamientos Urbanos- es que les suben el alquiler un 700%, ahí es nada. Así que ya tenemos un nuevo Mango, Zara o Pull&Bear acechando esa codiciada esquina de Rambla Cataluña con Aragón. Qué elegantes lucirán allí las fotos de la tercera ciudad del mundo más retratada -eso afimaba Google ayer mismo-.

Es triste, muy triste, que establecimientos que forman parte de la idiosincrasia de Barcelona desaparezcan y se volatilicen como si nada. Cada vez más, pasear por el centro de las urbes occidentales va a ser un déjà vu, un más de lo mismo soporífero, aburrido, gris. Y, en el caso de mi ciudad y en lo que a mí respecta, enervante. Porque vivir en Barcelona cuesta una pasta y digo yo que los barceloneses también deberíamos tener derecho a opinar. Ah, claro, que ya lo hacemos. Cada cuatro años, gracias a eso que llaman democracia –pero no lo es, el dictador ya se preocupó de dejarlo todo atado y bien atado-.

Me aterra que mi ciudad acabe siendo una vieja gloria cateta, siliconada y de teatrillo, repleta de tiendas con sombreros mexicanos, terrazas con menús de Paellador –aunque sean catalanísimos y de Igualada- y pelotas y camisetas del Barça. Pero que no cunda el pánico, siempre nos quedará Barcelona World. Que, aunque se llame así, se ubicará en Tarragona, of course. Claro que sí, que Barcelona se convierta en una ciudad-estado de cartón piedra y llegue hasta Alcanar.

Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya!

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Siete novias para siete hermanos

1954-Siete-novias-para-siete-hermanos-Stanley-Donen-USA-5Gracias a esa maravillosa plataforma llamada Phenomena -http://www.phenomena-experience.com- puedo disfrutar de producciones cinematográficas míticas a toda pantalla y en versión original. Hoy he tenido el placer de ver, oír y tararear uno de los grandes musicales de Stanley Donen, “Siete novias para siete hermanos”  –el otro, “Cantando bajo la lluvia”, nos lo ofreció Phenomena hace unos meses, en sesión doble, junto a “Desayuno con diamantes”-.

Mi hija Mariola y yo hemos tomado los Ferrocarriles de la Generalitat para acercarnos al centro de Barcelona. En el vagón hemos coincidido con un grupúsculo de veinteañeros, con pintas de regresar de una excursión por la montaña, que han depositado sus pezuñas sobre los asientos que tenían delante. Lo explico porque una piensa que deposita sus posaderas en un lugar más o menos limpio y se le pueden adherir heces caninas, alquitrán reconcentrado o sustancias orgánicas que prefiero no detallar, encantadora cortesía de los susodichos jovenzuelos. Será para que los turistas se lleven un bonito recuerdo de nuestra ciudad. Qué majos, ¿verdad?

Habíamos quedado con mi amiga Mónica y su hija Lucía, a quien Mariola adora, para merendar en La Farga de Gran Vía, ya que está muy cerca del cine Comedia. Suerte que ellas habían llegado un poco antes –Mónica es puntualísima- y habían pillado mesa, porque el local estaba abarrotado, algo sorprendente porque la decoración es rancia y trasnochada a más no poder y los suizos –me refiero al chocolate a la taza con nata, no a los bollos- ya no son lo que eran. Pero nosotras, prescindiendo del entorno viejuno y la mar de bien: las niñas jugando, las adultas cotilleando de nuestras cosas y todas juntas fabricando serotonina.

A la siete y media nos hemos acercado a la puerta del Comedia y se nos ha añadido mi amiga Laura, que es una freak de los musicales y se sabe la letras de sus pelis favoritas de memoria. Como las entradas no eran numeradas, hemos optado por subir al anfiteatro: desde arriba la pantalla se ve mucho mejor.

Hemos conseguido unos asientos que estaban bastante bien y estábamos la mar de ufanas con nuestro logro hasta que han llegado cuatro o cinco madres con una docena de niñas adolescentes que, oh desgracia de las desgracias, se han sentado a nuestro lado. He estado a punto de levantarme para estrangular a algunas de ellas –no han parado de hablar y de hacer ruido con botellines de agua, bolsas de snacks y todo lo que tenían a mano-, pero no lo he hecho porque había ido allí a pasar un buen rato, no a cometer infanticidios indiscriminadamente. Y eso que cuando los mocetones han cantado mi tema preferido, “Lonesome Polecat”, les hubiera arrojado un grito hipohuracanado por su impertinencia.

En cambio, nuestros dos cachorros no han perdido comba ni han dicho ni pío durante toda la película. Claro que Mariola estaba feliz tras haber engañado a Mónica durante mi breve ausencia para ir al baño: ha pasado los 103 minutos de proyección abrazada a sus dos grandes trofeos, un cucurucho de palomitas y un refresco de cola cuya marca no hace falta mencionar.

La sesión ha acabado como todas las de Phenomena, con el público aplaudiendo a rabiar y lanzando gritos de júbilo. Es lo más parecido a un cine de barrio. Y tan reconfortante como cuando mi padre me llevaba a ver pelis de dibujos animados, que le chifablan -yo solo era su coartada-. Qué grande es el cine.

Todavía en modo Depeche Mode

Sí, reconozco que, salvo contadas excepciones, musicalmente hablando me quedé en el siglo pasado. Qué le voy a hacer, soy de los ochenta. O, como mucho, de los noventa. Aunque tampoco debería parecer tan raro. Al fin y al cabo, hace más de quince años que tengo la misma pareja, ¿por qué no iba a seguir gustándome una de las bandas sonoras que me acompañó de la juventud a la madurescencia?

En casa me consideran una freak y mis hijas se ríen de mí: por motivos profesionales –y quién sabe si, además, por cierta aversión a hacerse mayor- su padre está tan al día o más que ellas sobre tendencias musicales. Así que, cuando les dije que me iba a un concierto de Depeche Mode, los tres me pensaron en la cara que era una excéntrica pasada de moda. Hay miradas muy elocuentes.

Una amiga me contó hace poco una anécdota muy ilustrativa sobre este asunto. Su hija, que ahora tiene 18 años, le comentó que le gustaba mucho la música antigua. No se estaba refiriendo a Wagner o a Bach, sino a nuestra música. Esa que fui yo ayer a escuchar y a bailar al Palau Sant Jordi, con aquella afición incondicional y vintage.

Los conciertos deberían celebrarse siempre en verano, en invierno son una lata. Porque ya me contaréis qué hacer con cualquier chaquetoncio recio en un recinto cerrado con tropecientosmil espectadores sudorosos. Me acordé de los escenarios de accidentes, donde se suele abrigar a los damnificados con una especie de poncho-manta liviano y brillante, como de papel de aluminio. Si hubiera tenido alguno a mano, me lo hubiera puesto, aun a riesgo de ser el centro de todas las miradas mientras atravesaba Barcelona en metro, en plan bola de Navidad gigante y trasnochada. Atención, emprendedores, idea de negocio: la chaqueta fácil, confortable y plegable para conciertos invernales. ¡Que me la quitan de las manos, oiga! Pues se ve que no, que todavía no existe, por lo menos hasta ayer. Así que me lié la manta a la cabeza y la chaqueta a la cintura. La otra opción, la de ponerme el plumón zarrapastroso de Ángela y tirarlo nada más llegar al Palau Sant Jordi, la descarté por dos motivos: ¿Qué prenda de abrigo iba a guaracerme luego del termómetro hostil desde Montjuïc hasta mi humilde morada? ¿Y qué le parecería a mi hija que me deshiciera de su querido plumón antes de que él mismo se acabara de desintregrar, en épico suicidio?

Lástima que desconocía que esta vez sí que había guardarropa. Y muchas otras novedades, la más notoria que los people in black de la organización parecían seguratas adiestrados por el inefable Fernández Díaz: por ahí no puedes pasar, las entradas de graderío no sirven para acceder a la pista, por allí el acceso está vetado, enséñame otra vez tu entrada… ¡Pordiosquéyincana!

foto_depecheNo obstante, allí estábamos, al fin. Esperando que David Gahan empezara a contonearse en el escenario. Y apareció con su traje de luces –el brillibrilli es un clásico en sus escuetas indumentarias, la americana le duró cuatro compases- y un maquillaje sudorproof que ya lo quisiera para mí. Qué hombre tan irresistible.

Mientras se iban desgranando las canciones, Isabel, Laura y yo convivimos con algunos seres bastante peculiares, desde dos cincuentones que parecían rememorar sus tardes en el Up&Down –ella iba disfrazada con una rebeca de angora y un coletero de Tous-, hasta una mujer-poste que se nos plantó delante cuan alta era –nota mental: sugerir a cualquier promotor que se precie que organice los espectadores de la pista por riguroso orden de estatura-. Sin embargo, los más incordiantes fueron una pareja de rusos. Ella era una veinteañera espectacular con aspecto de haber tomado algún estupefaciente –inenarrable su movimiento de manos, intentando emular el espectáculo de flamenco que debía de haber visto el día anterior- y él un baboso cincuentón que llevaba el ritmo tan mal como ella. Ambos repartían codazos y empujones con alegría, sin reparar en que no estaban solos allí -apenas 18.000 espectadores de nada en el recinto-, pero cualquiera se atrevía a decirles algo, lo mismo llevaban un Kalashnikov en el bolsillo. No eran los únicos rusos, será que Barcelona está de oferta. Más allá había un par de féminas –rubias, altas, guapísimas- vestidas con unos simpáticos trajes regionales. O eso parecían sus inverosímiles atuendos.

Aunque lo importante no era el entorno, sino dejarse llevar por el movimiento pélvico de David Gahan y temazos como “Precious”, “Black Celebration”, “Policy of True”, “Tonight”, “Enjoy the Silence”, “Personal Jesus” -que se hizo de rogar con una lánguida entrada- e incluso, ya en los bises, la petarda “Just Can’t Get Enough”. Martin Gore –una vez más, maravillosa su negra manicura- quiso cantar también y hasta se atrevió con el clásico “Shake the Disease”. Que nadie me malinterprete, tiene una voz extraordinaria y es un gran compositor, pero, en mi opinión, le pega más montar un dueto con Barbra Streisand. O con Liza Minnelli, a cuyo look en “Cabaret” me recuerda tantísimo. En fin, cosas mías. Porque lo cierto es que, 24 horas después, continúo en modo Depeche Mode. Y ahí sigo.

Ángela

IMG_20140113_213801La primera imagen que me viene a la memoria de cuando Ángela era un bebé adorable –“un bebé fuera de serie”, solía decir mi madre- es esa sonrisa suya tan fresca y reconfortante. Cada mañana, cuando iba a verla a su cuna -dormía del tirón toda la noche con poco más de un mes-, me saludaba con una sonrisa como un sol. Porque Ángela es un sol. Sabe dar besos de muchas maneras. Los dibuja, los pinta, los escribe, los canta, los baila, los abraza y, sí, también los sonríe.

Ángela fue mi primera parada en ese viaje tan imprevisible que es la maternidad, el mejor de mi vida con diferencia. Abrió en mí puertas que, no es que permanecieran cerradas, es que ni tan siquiera sabía que existían. Me soltó la presa de las lágrimas. Yo la tenía clausurada a cal y canto, pero ella como si nada, abrió las compuertas en cuanto llegó y jamás han vuelto a cerrar como antes. Por suerte: un buen llanto dilata las pupilas y deja la piel lozana y brillante. Mejor que un tratamiento de cualquier marca carisísima. Y mucho más barato.

Creo que fue Rosa Montero quien definió tan acertadamente que un hijo es tu tercer brazo. Podrías ser la mar de feliz sin ellos si nunca llegaras a conocerlos, y sin embargo, una vez que están contigo, haces cosas que quizás no harías por nadie más –sin pestañear, sin el menor atisbo de duda- y eres incapaz de imaginarte la vida sin esos pequeños monstruos cuellicortos de los que despotricara Liz Taylor en “La gata sobre el tejado de cinc”.

La peor de mis pesadillas es ese pertinaz miedo latente a que algún día pueda pasarle algo a Ángela o a su hermana. Obviamente, aprendes a manejar ese pánico terrorífico y a sobrellevarlo con disimulo y dignidad. No obstante, cada nuevo paso que da la niña de tus ojos hacia la vida adulta, te entran sudores fríos y te planteas brevemente la imperiosa necesidad de hacer terapia. Luego se te pasa, claro, y te acostumbras a que se adentre nadando en el mar, vaya a hacer algún recado por el barrio sin ti, tome sola el autobús o salga de paseo con sus amigas. Y a lo que haga falta, por supuestísimo.

Ángela cumple hoy 14 años, que es como su semimayoría de edad –una de tantas leyes coaccionadoras le obliga a hacerse el DNI-. Pero para mí, cumpla lo que cumpla –quién sabe cuántos cumpleaños suyos veré yo-, siempre será aquel bebé risueño que cada mañana me hacía cosquillas en el corazón.

Feliz cumpleaños mi todo, mi vida, mi flor.

Orcos abertzales

La jauría nos pilló totalmente desprevenidos. Hace exactamente una semana, durante nuestra escapada bilbaína, curioseábamos tranquilamente los escaparates de la calle Licenciado Poza junto con otros transeúntes cuando fuimos expulsados del paseo peatonal por la turba, como si fuéramos un remolino de hojas secas ante un tubo de aire comprimido. De malos modos. Sin apenas tiempo a buscar refugio en un portal, una zona ajardinada o un vado. Ellos eran los dueños de la calle y no había más que hablar.

Aquella horda de energúmenos estaba formada, básicamente, por niñatos con cara de estar muy cabreados, amorrados a su botellón o su extravaso de cerveza y visiblemente ebrios a dos horas de que empezara el partido en San Mamés –porque se trataba de eso, de fútbol-. También había entre aquellos jóvenes machos-alfa –algunos con cráneos rapados, los más con botas pateadoras- algún adulto que sonreía jubilosamente, orgulloso de la fiereza de sus cachorros. Coreaban rabiosos, a voz en grito, “españoles hijos de puta”. Sí, en español. Es que si lo dicen en vasco no les entiende el enemigo, que está en todas partes, infiltrado como la vil alimaña que es.

Yo pensé –no estoy muy al día de nada que tenga que ver con encuentros deportivos- que quizás jugaba el Atlético de Bilbao contra el Real Madrid. Pues no. Era un partido de la selección nacional de Euskadi contra Perú.

Me fijé en su mirada. En sus muecas. En su posición corporal. En su lenguaje gestual. Los vestí mentalmente con los bonitos uniformes que creara Hugo Boss para las Schutzstaffel –vestidos para matar, pero con prestancia y donosura-, sin olvidar las elegantes botas altas de piel, y me los imaginé derribando puertas, destrozando inmuebles y machacando cráneos judíos a patadas. Porque si una sola persona hubiera osado discrepar ante ellos, la hubieran desmembrado en medio nanosegundo, hubieran devorado sus entrañas y luego habrían arrojado sus restos al Nervión.

Imagenes_esdla_eliminadas_41Españoles hijos de puta. Vascos hijos de puta. Catalanes hijos de puta. Qué facil es confundir la parte con el todo y descargar un odio furibundo e indiscriminado contra un colectivo –ya lo hemos vivido en el pasado, se llama fascismo-. Y cuán cerca están mentalmente esos seres poco evolucionados. Porque los orcos abertzales son idénticos a los orcos ultras que atacaron la librería Blanquerna en Madrid en pasado 11 de septiembre. E idénticos a tantos otros orcos que creen que, si no piensas como ellos -es un decir, ellos no piensan-, mereces morir.

Es ante este tipo de gentuza y su violencia reconcentrada cuando soy más consciente de que no es que el ser humano esté solo en el universo, sino que demasiado a menudo lo está en su propio planeta. En su ecosistema. Entre esas bestias hueras que demuestran que el hombre de Neandertal no se extinguió y vive entre nosotros, ajeno al raciocinio. Al respeto. A la convivencia. A la vida misma. Millán Astray, aquel orco legionario, lo expresó clara y diáfanamente: “Muera la inteligencia. Viva la muerte.”