Oporto entre amigas

Aunque las cinco madrugamos de manera sobrehumana, nuestro Vueling sale con dos horas de retraso por la tormenta. Claro que mejor eso que perecer en accidente aéreo. Una azafata jovenzuela y rubia, con aspecto de haber desayunado endivias, rebuzna a Val: “¡señora, no puede pintarse las uñas!” -primera noticia de que están prohibidas las manicuras a bordo-, así que a Laura no le queda más remedio que pintárselas también, en un pequeño acto de vandalismo solidario. A Eva le entran ganas de depilarse las ingles, solo por provocar, lástima que no lleva unas bandas de cera a mano. Las chicas son guerreras.

dama-pe-de-cabraLlegamos a Oporto mucho más tarde de lo previsto, así que, en lugar de desayunar, almorzamos. Nos arrellanamos en dos de las mesas de Dama Pé de Cabra, un acogedor establecimiento regentado por un matrimonio que se reparte las tareas divinamente, ella en los fogones –y qué bien guisa- y él en sala. Nuestro anfitrión es educado, atento y políglota. Nos detalla cada opción con etérea elegancia y cada cual escoge su bocado preferido. Mi prima Marta y yo optamos por compartir unas tripas –suculentas y al tiempo delicadas gracias al truco de incorporar algo de pollo, como nos desvela la cocinera- y unas deliciosas mollejas estofadas.

Comme ÇaUna vez que nos hemos recuperado un poco, arrasamos en la zapatería Eureka –uno de mis grandes clásicos de Oporto- y luego nos lanzamos a corretear desde nuestro barrio, Baixa, hasta el de Cedofeita, callejeando sin prisas y deteniéndonos para recolectar objetos como urracas y recrearnos en las encantadoras fachadas de primorosos azulejos que engalanan la ciudad. Cenamos en el restaurante Comme Ça, en la Rua de José Falcão, donde nos sugieren que compartamos entre dos los platos principales, aunque no nos advierten de que con las ensaladas sucede lo mismo: a mi prima le traen un plato de dimensiones colosales, rebosante de hojas verdes con un par de bolinhos de salmao más que generosos.

El sábado –y también el domingo- iniciamos la jornada en Molete Bread&Breakfast, cuya relación calidad-precio es extraordinaria. Desestimamos desayunar en nuestro hotel porque Laura nos avisa de que allí el café solo es apto para aliviar el estreñimiento. Luego nos dirigimos al punto más elevado de la ciudad, la colina donde se alza la Catedral de la Sé, aunque yo prefiero soslayar la incursión al templo y resguardarme en un rincón sombreado: a 36 grados de temperatura, arden las calles y mi humor se tuerce. Jamásdelosjamases regresaré a Oporto en verano, viva el otoño atlántico. Mientras espero a mis amigas, me entretengo en avistar los tejados de los edificios que se extienden a nuestros pies y me dejo acariciar por la leve brisa, que apenas amortigua el calor achicharrante.

San BentoDescendemos todas del barrio de Batalha para contemplar los azulejos y las columnas de hierro colado de la Estación de San Bento –nunca me cansaré de admirarla-, y desde allí bajamos en alegre paseo por la peatonal Rua das Flores. Aunque se nos presentan numerosas opciones para hacer una pausa, nos decidimos por http://www.mercadorcafe.pt, una cafetería vintage donde saborearmos nuestros vivificantes zumos naturales en refinados vasos de cristal tallado.

El implacable sol no concede tregua, imposible ir en busca del restaurante de pescadores que nos ha recomendado John, el viajado marido de Eva, de modo que nos refugiamos en el primer comedero del barrio de Ribeira que cuenta con aire acondicionado. Y, oh, sorpresa, acertamos. En Essência Lusa, en la Rua de São João, amenizamos la espera con unas ricas aceitunas aliñadas con ajo y aceite de oliva, y Eva, mi prima y yo escogemos pulpo a la brasa. Soberbio.

PuentingTras el opíparo almuerzo, nos atrevemos a recorrer el muelle hasta el Ponte Luis I, desde donde algunos adolescentes, más que osados, arrojadizos –nunca mejor dicho-, se lanzan al Duero por un euro, como anuncian a grito pelado a quien les quiera escuchar. Y yo pienso, ¿qué clase de mamarracho es capaz de dar una moneda para ver cómo se precipita un púber en las procelosas aguas del río? Y, ya como madre, ¿merece la pena desvivirte en criar a tus cachorros para que se conviertan en semejantes seres? Cuando alcanzo la mitad del puente, procuro colocarme de manera que las vigas de hierro impidan la visión de los terribles saltos sin que obstaculicen las imponentes vistas al Duero. Me quedaría ahí durante un buen rato, disfrutando de la reconfortante brisa, pero el tránsito de viandantes por la estrecha acera no deja demasiado margen a la tonificante pausa.

funicularUna vez atravesado el puente, ya en Vila Nova de Gaia, el pavor se apodera de mí: ante mis ojos se extiende el soleado paseo que orilla el río. Ni una triste sombra donde guarecerse, tan solo los breves toldillos de los puestos de artesanos que ofrecen sus cautivadoras creaciones. Tras una corta incursión para cotillearlos, desestimamos visitar las bodegas y desandamos el camino para cruzar de nuevo el puente y llegarnos hasta los pies del Funicular dos Guindais, que asciende desde el barrio de Ribeira hasta el de Batalha y nos evita encaramarnos a pie por las colinas portuenses. Tras la inevitable cola –somos legión quienes preferimos evitar nuevos sofocos- nos refrescamos en el habitáculo del artefacto, que cuenta con climatización. Val, mi prima y yo nadamos en nuestro sudor, pero la canícula no hace mella en Laura, inmarcesible cual eterna primavera, ni en Eva, que luce sus apretados vaqueros como una heroína de Marvel. Envidia cósmica.

Cae la noche. Imposible calzar mis flamantes zapatos de plataforma recién adquiridos en Eureka, prefiero chancletear junto a mis amigas de camino al restaurante donde hemos reservado mesa. No obstante, mi prima se aúpa a sus zancos galácticos y casi se hace un esguince: los adoquines, el agotamiento y la adicción al móvil –su cuerpo está en Oporto pero ella en Mallorca con su novio vía whatsapp- son una combinación letal.

Tabua rasaTabua Rasa es, más que un restaurante, una tienda gourmet con servicio de comidas: básicamente sirven apetitosas bandejas de quesos, embutidos y conservas. Laura ni se inmuta cuando el inclemente hedor a queso que impregna el local golpea su pituitaria. Nacida para sufrir. Nos sirven un gazpacho a la portuguesa, con las verduritas troceadas flotando en el agua aderezada, que a mí me chifla, aunque no resulta del gusto de todas: Eva odia el cilantro. Tras dar buena cuenta de mis sardinas ahumadas picantes, descubro una infusión de limón preparada con cortezas del popular cítrico. ¡Qué gran ocurrencia!

Val nos invita a una ronda de copichuelas en la Champanheria da Baixa. El nombre es un poco overpromise, deberían rebautizarlo como “Sangría a gogó”. Comparte terraza con el vecino Café Candelabro, que parece mucho más interesante pero no dispone de mesas libres, qué lástima. Preside la plazoleta una cabina de teléfonos inglesa que todavía funciona, pero hace las veces de plató improvisado: grupúsculos de guiris de diversas nacionalidades se fotografían junto a ella. A menudo los humanos somos inverosímiles.

El domingo empezamos la mañana con la recurrente navegación por el río Duero que muestra los puentes de la ciudad. Compramos los billetes a la primera compañía con que nos topamos, Tomaz do Douro. No cumplen con el horario estipulado y, aunque cae un sol de justicia mientras aguardamos, no facilitan información sobre el retraso. Una viejecita con muletas espera bajo el solazo y tampoco se preocupan por ella. De hecho, nadie atiende en el muelle antes de que llegue la embarcación, mientras dos personas, impertérritas, venden tickets bajo su sombrilla. Una vez a bordo, el horror: un españolazo con la camiseta remangada hasta el sobaco no solo nos enseña su peludo buche, sino que también exhibe sin pudor sus posaderas. Hacer turismo es un continuo sinvivir, mejor concentrarse en las maravillosas panorámicas de la travesía.puentes-porto

Almorzamos en Typographia Progresso y me pido un zumo de limón recién exprimido –sí, es una de las bebidas que sirven- y unas tripas atómicas. La intención era acercarnos después de comer al Faro da Foz do Douro, pero desistimos ante la cola de viajeros que esperan el tranvía, que por supuesto no cuenta con aire acondicionado.

Al final nos despedimos de Oporto en la terraza de una heladería de la Rua de Santa Caterina –el Café Majestic está cerrado- porque, justo enfrente, una chica que vende bolsos de paja y sombreros a cinco euros ameniza la tarde con su música ochentera.

Mientras nos vamos, empieza a refrescar y parece que el clima atlántico regresa, como si hubiéramos llevado el calor con nosotras todo el tiempo. Quién sabe, tal vez sea así. Al fin y al cabo, la mayoría de nosotras entiende la vida mediterráneamente.

Anuncios

En el hogar de “La Vaca que ríe”

¡Por fin vacaciones! A las nueve y media de la mañana, antes de llegar a la frontera con Francia, en los puentes peatonales que atraviesan la autopista se diseminan pintorescos indígenas de Yellowland ataviados con sus iridiscentes parafernalias, algunos protegidos por paraguas amarillos, los más parapetados tras lonas reivindicativas rotuladas en inglés. Desafían los 32 grados de temperatura que nos asolan -literalmente- para saludar a los vehículos de camino a Francia. En un puente de la Catalunya Nord se repite la misma estampa, pero con la cartelería en catalán. La fe mueve montañas y hastía a los descreídos.

gîte-jouheLlegamos a Jouhe, nuestro destino, varias horas después: el camino es largo y la autopista, un lento fluir de automóviles con familias a la fuga. Nos alojamos en “De Pierre et de Lumière”, una deliciosa finca con piscina y zona chill-out que alberga tres apartamentos y un par de habitaciones rurales, ubicada en el departamento de Jura y también muy cercita de la región borgoñesa de Côte d’Or y sus ricas mostazas y sus afamados vinos. Amaël, la propietaria, es encantadora y nos proporciona un fabuloso mapa turístico y tal abundancia de opciones y datos sobre los alrededores que podríamos dedicar varios días a recorrerlo todo. No obstante, como únicamente disponemos de dos semanas, seleccionamos aquello que nos resulta más atractivo y nos disponemos a explorarlo.

ile art 2Los alrededores de Jouhe están salpicados de bonitas aldehuelas que, aunque vivieron tiempos mejores antes de la filoxera, preservan su encanto borgoñón incluso careciendo de viñedos. Rainans, Menotey, Montmirey-la-Ville, Pesmes y Malans exhiben un vistoso mosaico de casitas de piedra con carpintería en gris, azul y granate, algunas decadentes, otras primorosamente recuperadas, sobre la que se arraciman flores de brillantes colores y las aterciopeladas escamas de la hiedra. En Malans el parque de esculturas Andrea Malaer, Ile Art, de entrada libre, extiende su impactante colección de piezas volumétricas alrededor del Château Sainte Marie, creando un curioso contraste de formas y texturas que también se adentra en el bosque colindante al jardín del palacete.

DoleMuy cerca de Jouhe, a orillas del Doubs, se asoma Dole, que en su día fue capital del ducado de Borgoña y hoy es una agradable aldea con dos coquetos rincones, el canal des Tanneurs, donde a partir del siglo XIII trabajaban los curtidores de la villa, y la Place Aux Fleurs, levantada en el siglo XIX en el espacio que ocupaba el matadero municipal. Su mayor orgullo es que el célebre bacteriólogo Louis Pasteur es hijo de la villa, como si tuviera algún mérito el lugar donde le nacieron -la cuna, siempre sobrevalorada-. Al otro lado del río se extiende la Fôret de Chaux, un vasto robledal -200 km cuadrados de nada- que acoge con su refrescante manto arbolado a los paseantes que recorren sus senderos. En una de sus esquinas, las Baraques du 14 rememoran el devenir de un poblado donde se transformaba en carbón la madera del denso bosque.

saline royalDos de las visitas incontournables del departamento de Jura son la Grande Saline de Salins-les-Bains, que empezó a funcionar en el siglo VIII y donde se continuó extrayendo sal en precarias condiciones hasta 1962, y el conjunto arquitectónico dieciochesco de la Saline Royal de Arc-et-Senans, que hasta el 21 de octubre acoge una exposición temporal sobre las ciudades ecológicas imaginadas por Luc Shuiten, rebosantes de habitárboles y soluciones de movilidad sostenible. Sus ilustraciones parten de la inspiración floral del movimiento modernista, pero despegan y rebasan sus límites para proponer que la vida se integre en las estructuras urbanas y que las construcciones crezcan al ritmo de la vegetación que las puebla. Desde ya me declaro superfan del fascinante arquitecto organicista belga.

Los franceses son los reyes de la mercadotecnia. Antes de llegar a Arbois, en la cartelería de la carretera comarcal leemos Arbois, vignoble reputé. Voy a proponer al ayuntamiento de mi ciudad que incluyan en la señalética vial la leyenda Barcelona, afamada metrópolis. O mejor no, vaya a ser que nos invadan todavía más turistas. cascade des tufsEl mayor interés de la pequeña población vitivinícola -lo que ellos califican de flânerie gourmande no es más que una profusión ad nauseam de vinaterías- es atravesarla para llegar a Les Planches près d’Arbois, un salto de agua también conocido como cascade des Tufs, que se despliega en forma de abanico desde un risco calcáreo moldeado por las dentelladas hídricas.

Entre Arbois y Lons-le-Saunier, atravesando Château-Chalon, sus terrazas de viñedos y sus imponentes vistas, discurre una vía asfaltada, jalonada por la pertinaz rotulación autóctona de autobombo, que serpentea por la comarca vitivinícola donde se produce el preciado Vin Jaune. vinjauneFueron las abadesas de Château-Chalon quienes empezaron a elaborar el precioso caldo con uva blanca de la variedad savagnin. Cuentan los lugareños que, como las monjas tenían vetados los placeres de la carne, se concentraron con fervor en cultivar este oro líquido emparentado con el vino de Jerez: ambos se elaboran sous voile, un velo protector de levaduras que preservan su oxígeno y les confieren un aroma y un sabor muy particulares. En boca resultan muy parecidos, quizás un poco más suave el francés que el andaluz, aunque el protocolo para descorcharlo es distinto, ya que el Vin Jaune hay que abrirlo 24 horas antes de saborearlo y conviene degustarlo de 14 a 16 °C.

De camino a Lons-le-Saunier, la bonita aldea de Baume-les-Messieurs invita al paseo y a la apacible pausa. Su cautivadora arquitectura popular se acogolla en el corazón de un circo y dibuja en el verde paisaje pinceladas de piedras pardas y tejas rojizas.

la vaca que ríeLa Maison de la Vache qui Rit es un museo pop que despliega, en minuciosa exposición, una completa colección histórica de envases y cartelería de la emblemática marca: para dos publicistas como nosotros, el espectáculo resulta verdaderamente fascinante. No deja de ser un acierto que en su día decidieran que el naming fuera traducible, así los consumidores de quesitos de todo el planeta pueden sentir cierto sentimental apego por el buque insignia de la fábrica Bel. Ojiplática me deja que familias al completo abonen el precio de la entrada al templo de una empresa privada: 7,50 euros los adultos y 4,50 euros mis adolescentes hijas. Cosas de la sociedad de consumo.

Como curiosidad: la otra marca jurasiana de referencia es Vilac, que fabrica primorosos juguetes para niños de todas las edades. Como el madurescente padre de mis hijas, sin ir más lejos, que adquiere un precioso bólido de madera en una juguetería de Dijon.

Dijon_-_Musée_de_la_vie_bourguignonne_119El Musée de la vie bourguignonne de Dijon, de entrada gratuita, tiene trampa: la planta baja alberga una inquietante colección de indumentaria popular que luce igual que si estuviera embalsamada. Viene a ser una especie de prueba, porque si se superan el desasosiego y las ganas de salir corriendo y se continúa hasta la primera planta, se descubre una interesantísima recreación del antiguo tejido comercial de la ciudad desde 1789 hasta 1939. En cuanto al nuevo, Dijon depara numerosas y agradables sorpresas. Las calles de su centro histórico todavía están en proceso de recuperación -y patas arriba este mes de agosto-, pero todo y así merece mucho la pena perderse en ellas para, simplemente, flâner, que dirían los lugareños.

Estacionamos el coche en la rue Verrerie para acercarnos a ver la Maison à Trois Pignons, un curioso inmueble con tres fachadas edificado en 1440, y continuamos en agradable caminata por los aledaños de la place François Rude -los martes y los viernes hay mercado- hasta la rue de la Liberté. A nuestro paso observamos las bonitas fachadas de las maisons à pains de bois medievales que se conservan.

armesEl Musée des Beaux-Arts de Dijon, ubicado en el Palais des Ducs et des États de Bourgogne, también es de acceso gratuito, por lo menos mientras continúen sus obras de remodelación. En estos momentos tan solo exponen su colección de piezas medievales y renacentistas que, personalmente, considero bastante grimosa, sobre todo la sección de armas. Llamadme escrupulosa, pero es ver lanzas, ballestas y espadones –había uno de proporciones tan colosales que solo podría asirlo Goliat- e imaginar cráneos abiertos y miembros despedazados. Claro que a mí el culto a la guerra me parece una depravación. Sin embargo, en los lugares más recónditos de nuestro país vecino te topas con monumentos aux enfants morts pour la France. Más que de patriotas asesinados, habría que referirse a ellos como los cadáveres fruto de la estupidez de la especie humana, el tono grandilocuente y chauvin me parece tan inquietante como descorazonador.

voiture-ancienne-moutarderie-fallotMejor retomemos la senda bucólica y pastoril. Cerca de Dijon, en el delicioso pueblecito de Beaune, abre sus puertas para organizar visitas guiadas la afamada mostacería Edmond Fallot, que todavía elabora sus productos utilizando un molino de piedra. Entre sus clientes figuran prestigiosos chefs de todo el mundo: la calidad de sus mostazas es excepcional. Marie Thérèse nos glosa la historia de este condimento y la evolución de la empresa familiar con entusiasmo contagioso y orgullosa satisfacción. Habla despacio y vocaliza cuidadosamente para que los que no somos francófonos no perdamos detalle de su explicación. Es una mujer entrañable y gracias a ella nos asomamos un poco a los secretos de la buena mostaza y la cultura borgoñona. Si tenéis ocasión, no os perdáis la visita, también hay opción de hacerla en inglés.

cluny okTambién en la región de Borgoña, pero más allá de Chalon-sur-Saône, se extienden interminables colinas esmeraldas cuajadas de viñedos y aldehuelas tan arrebatadoras como Saint Gengoux le National –podría quedarme a vivir allí- o Cluny, cuya emblemática abadía benedictina quedó en desuso en 1790 como daño colateral de la primera revolución burguesa -si la visitáis, no os perdáis el audiovisual que recrea cómo era la grandiosa iglesia-. Los monjes hay que buscarlos en l’Abbaye de Cîteaux, donde todavía practican el trabajo artesanal, la plegaria, la humildad, la introspección y el voto de silencio de la orden del císter.

grotteEstos días de vacaciones comprobamos de primera mano que el cambio climático no solo provoca estragos en Barcelona. Nada como penetrar en las Grottes d’Osselle para guarecerse del tórrido clima estival: sus calcáreas oquedades permanecen a 13 °C durante todo el año. De hecho, junto a la taquilla, un par de cestas provistas de prendas de abrigo invitan a tomar prestada alguna sudadera o tal vez una rebeca de punto, en plan Ed Wood. Nos conduce a través de los recovecos excabados durante siglos por las aguas subterráneas un apolíneo estudiante de ojos azules y mirada lánguida, que seduce a mis hijas al primer pestañeo mientras habla de estalactitas, estalagmitas, osos cavernarios y murciélagos. Por cierto, uno de esos huraños quirópteros se cuela en nuestro apartamento con nocturnidad y alevosía una de esas madrugadas de calor sofocante en que dormimos con las ventanas abiertas de par en par. El pobre animalillo no sabe cómo salir y rebota contra las paredes como una pelota de tenis hasta que lo atrapamos y lo liberamos al exterior.

hérissonEl parque natural regional de Haute-Jura es una pequeña Suiza que delimita con la verdadera patria de los corruptos: al otro lado de la frontera quedan Ginebra y el lago Léman. La joya de la corona del macizo montañoso son las siete cascades du Hérisson, que se avistan en un recorrido de tres horas -contando ida y vuelta- que se encarama ascendiendo por escarpados riscos -pordiosquésuplicio-. Desafortunadamente el ardiente estío ha causado estragos en el otrora impetuoso torrente: tan solo vislumbramos una triste lengua de agua que a duras penas lame los roquedales. Más que cascadas son salpicones, el esfuerzo solo merece la pena por la agradable temperatura primaveral del itinerario. Un consejo: a quien madruga, dios le ayuda a soslayar las hordas de visitantes. Y otro más, de pura supervivencia: cuando estéis por Borgoña Franche-Comté, salid cada día de casa pertrechados con vuestra cestita de víveres, abundan los horrirrestaurantes maltrataturistas. Al lado de las cascades du Hérisson, sin ir más lejos, extiende sus aguas el lac de Chalain, cuya agradable y poco concurrida playa cuenta con socorrista, bar, aseos y zona de pícnic. Es un buen lugar para solazarse y reponer fuerzas tras la larga caminata, aunque si consultáis el plano de la route des Lacs seguro que encontráis otras vivificantes opciones.

bancoSin embargo, para nosotros, el mejor rincón para descansar ha sido “De Pierre et Lumière”, un acogedor y coqueto refugio donde poner kilómetros de por medio tanto física como mentalmente. Y luego, apagar el ordenador e ignorar los correos electrónicos y las noticias. Olvidarse del recurrente insomnio. Ducharte sin prisas mientras tu familia prepara el desayuno. Desperezarte en la piscina a la espera de que tus hijas tengan a punto el almuerzo. Acabar un libro y empezar otro. Leer mañana, tarde y noche, devorando páginas con ojos hambrientos tras intensos meses de vivir a salto de mata.

Dos semanas en modo pausa. Sí, las auténticas vacaciones, reconfortantes y reparadoras, eran esto.

Las almagras atacan de nuevo

Acudir al Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro se ha convertido en uno de los momentos más esperados del verano. Este año se nos sumó mi hija Mariola, y mi amiga Val ya se ha reservado en la agenda el primer fin de semana de julio de 2019. La expedición va creciendo por momentos, a este paso tendremos que desplazarnos en microbús. Entre tanto es Miguel, nuestro taxista, quien viene a buscarnos a la estación del AVE de Ciudad Real y nos traslada en un plis hasta el corazón de la aldea manchega: nos alojamos en un apartamento ubicado en el número 6 de la calle de San Agustín, al lado de todo lo que nos interesa.

PlazaMayorNocheA las ocho y media de la tarde el calorazo es denso y asfixiante, no obstante nos hace ilusión cenar en una de las terrazas de la Plaza Mayor.

– Aquí pasamos al verano de golpe, el calor aprieta desde mayo hasta octubre.

– ¿Y qué coméis con estas temperaturas?

– A ver, gazpacho, salmorejo, ensalada… Claro que también legumbres, porque el verano es muy largo y hay que ir variando -ojipláticas nos quedamos, y nuestra interlocutora matiza-: las guisas, esperas que se enfríen y, si queman, soplas un poco.

Grandes logros de la comunidad almagreña: ingerir cocido a chorrocientos grados y sustituir el Fortasec por manchego seco.

El escenario de la representación de nuestra primera noche es el Hospital de San Juan. Como espectadora de sexo femenino, “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina, versionada por Borja Ortiz de Gondra, me indigna la mayor parte del tiempo: contemplar el devenir cotidiano de los roles de género de no hace tanto -de hecho, para según quién continúan tan inmutables como las leyes del universo- me saca bastante de mis casillas. Eso sí, la escenografía y el vestuario son espléndidos y los actores de la Compañía Nacional de Teatro Clásico desempeñan sus múltiples papeles de manera magnífica. Con su irritante talante machirulo y su sombrero de gángster enroscado en la cabeza, el Don Juan de Raúl Prieto me recuerda bastante a Loquillo. En fin.

Después de desayunar en la cafetería Teo, en una esquina de la Plaza Mayor, nos acercamos al Museo Nacional del Teatro, una entretenida panorámica por el devenir de la dramaturgia ibérica que, sin embargo, ni conmueve ni emociona. Tratándose del único recinto expositivo dedicado a la historia de las artes escénicas patrias, una se esperaba un poco más de creatividad en su planteamiento, llamadme fantasiosa. Lo más destacable es la colección de réplicas de antiguos mecanismos de efectos especiales, que se exhiben en el perímetro del bonito claustro mudéjar del edificio y se pueden manejar para comprobar su funcionamiento. En la Iglesia de San Agustín, la exposición temporal “El arte de crear ilusiones: sonido, luz e ingeniería en el teatro barroco” redunda en la misma experiencia interactiva. Allí, por cierto, aprendemos de dónde procede la expresión “dar la matraca”: el ingenio ruidoso de ese nombre atronaba en las iglesias por Semana Santa, cuando no se podían repicar las campanas.

Nos parapetamos en la escasa sombra que se arrima a los soportales para llegarnos al Palacio de los Condes de Valdeparaíso, que perteneció a Juan Francisco Ruiz de Gaona y Portocarrero, primer Conde de Valdeparaíso, Ministro de Despacho UnivePlaza de Santo Domingorsal de Fernando VI, regidor perpetuo de Almagro y Caballero de Calatrava. Ya veis, un hombre sencillo. Frente a esta mansión señorial se alzaba, hace 12 meses, un inspirador árbol cuajado de libros que desparramaba sus páginas por un parquecillo ahora desnudo de literatura y, por ello, un poco huérfano.

A su vera, en la adoquinada Plaza de Santo Domingo, se elevan, solemnes, la Casa del Capellán de las Bernardas, del siglo XVI, y el Palacio de los Marqueses de Torremejía, levantado entre finales del siglo XV y principios del XVI, aunque sus herederos, ya en el siglo XVIII, lo remodelaron y modificaron la portada.

La Tabernilla es desde ya nuestro mesón de referencia en Almagro. Eduardo, el dueño, es un aparejador tan entrado en años como en kilos que siempre había soñado con abrir un restaurante. En el acogedor comedero se almuerza y se cena divinamente porque lo preparan todo ellos, desdeTorrezno las anchoas hasta las alcachofas en aceite. Los huevos lucen esa yema amarilla que delata la felicidad de las gallinas que los pusieron, y su cerveza de barril, por supuesto Estrella de Galicia, expande su vivificante frescor desde el gaznate hasta las entrañas. Su plato más célebre es un torrezno con berenjena tamaño diplodocus, aunque durante su horneado extraen el 50% de su grasa y resulta soprendentemente liviano.

– Ten, tómate esto, es lo que nos preparaban nuestras madres de pequeños cuando andábamos estreñidos.

– ¿Qué es?

– Judías verdes con caldo de berenjena de Almagro.

Ya veis, Eduardo nos ha adoptado y se ocupa de nosotras con ternura. Lo mismo que Montse, la dueña de “El baúl de Iris”, a quien conocimos el año pasado. O cualquier otro lugareño con quien entablemos conversación: los almagreños son acogedores y familiares.

CorralDeComediasNuestra segunda noche de teatro clásico es gloriosa. En el Corral de Comedias presenciamos “Desengaños amorosos”, una versión libre de diez narraciones de María de Zayas (Madrid, 1590-1661), la primera mujer española que escribió y publicó obra de ficción con su nombre. Es el contrapunto perfecto del Don Juan de la noche anterior: la trama hilvana reflexiones sobre temas tan abracadabrantes en el Siglo de Oro como la libertad de la mujer, la educación como origen de desigualdad de género o la homosexualidad. Fascinante. Cuánto debió sufrir nuestra heroína protofeminista por nacer varios siglos antes de lo que le hubiera tocado. Cuando acaba la función, Mariola y yo nos ponemos en pie y aplaudimos a rabiar. Hubiera dado un abrazo a Nando López por su maravillosa adaptación, a Ainhoa Amestoy por la dirección de escena, y a Silvia de Pé, Manuel Moya, Lidia Navarro y Ernesto Arias por sus soberbias interpretaciones. Qué experiencia tan memorable.

PlazaMayorDíaEl domingo nos despedimos de la población manchega, cómo no, desayunando en la Plaza Mayor. El próximo año, más, pero no mejor, porque es imposible, que diría El Gran Wyoming.

Les Cols Pavellons: menos es más

Este fin de semana he disfrutado de un regalo excepcional: una noche para dos en Les Cols Pavellons, el singular alojamiento ubicado en el corazón de la Garrotxa. Para acudir allí hay que adentrarse en Yellowland, ese terruño atiborrado de pintorescos lazos, grafitis y estandartes: el amarillo es tendencia en las comarcas gerundenses. Lástima que es un color que no me sienta bien, me favorecen más el violeta y el rojo pasión.

La población de Castefollit dBlog1Castellfollite la Roca cabalga sobre un peculiar risco de basalto en el que superponen dos coladas de lava. Según se llega, contamina la imponente panorámica una estelada de dimensiones colosales que se despliega, cual eccema formidable, sobre el cerro volcánico. Suerte que existe el Photoshop.

A primera hora de la mañana la aldehuela se ve tranquila, apenas un par de paseantes tan madrugadores como nosotros. En la calle de la iglesia, una abuelita que vende fesolets de Santa Pau –las famosas alubias autóctonas- escucha “Ay, pena, penita, pena” por la radio. El villorrio es mucho más interesante desde los aledaños del río Fluvià que desde sus entrañas, de modo que, tras estirar brevemente las piernas, decidimos cambiar de paisaje -que no de paisanaje-.

A 20 minutos en coche desde Castellfollit de la Roca, Santa Pau es un conjunto monumental que fue declarado de interés histórico-artístico en las postrimerías del franquismo. Su castillo medieval y su iglesia gótica son los lugares favoritos de los visitantes, aunque personalmente prefiero el Firal dels Bous, una plaza mayor cuyos porches albergaban un mercado de animales que acabó dándole nombre, y las viviendas de los siglos XVII y XVII que han preservado las inscripciones de sus frisos. Santa Pau es tan cuca que, por supuesto, está totalmente parquetematizada. Aún así optamos por almorzar allí porque nos pilla cerca de Olot. Cosas del turisteo.

En la sobria recepción de Les Cols Pavellons –bien podría ser el granero de un convento- nos recibe Emma, una muchacha encantadora que nos da la bienvenida y nos explica cómo funciona este hotel tan inusual. Los pabellones de Les Cols, cinco cubos de cristal que gravitan sobre el firme volcánico de la Garrotxa, son obra de RCR Arquitectes –las siglas corresponden a Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta-, un estudio de Olot que en 2017 fue galardonado con el prestigioso premio Pritzker.

Delimitadas por adarves de láminas de cristal esmerilado y juncos metálicos de color verde bosque, las poliédricas habitaciones son armónicas guaridas. Según se accede a la nuestra, a la derecha queda el espacioso y vítreo dormitorio, y a la izquierda un recoleto patio donde una joven haya proporciona, más que sombra, refugio y calidez.

Blog2SpaEl baño presenta un austero lavamanos sin grifería. Es una cubeta metálica rebosante de agua caliente con un singular sistema de renovación automático, parecido al de la pequeña piscina climatizada a la que se accede atravesando el pedregoso suelo de la ducha. Minutos después, acomodados y sumergidos hasta el cuello en nuestro spa de minerales aguas rasantes, nos entretenemos en observar las ondas de inspiración basáltica del suelo del pavimento y la hiedra que se cuela por los resquicios y salpica de verde cada recoveco. Desconexión total.

Según nos vamos familiarizando con el insólito hospedaje, reconocemos en cada detalle una fascinante reinterpretación franciscana del lujo. Un práctico mecanismo domótico controla la climatización y permite cubrir la vítrea estructura para protegerse de los rayos del sol. No hay televisor, ni equipo de música, ni teléfono, tan solo dos tomas de electricidad camufladas en una rendija. Tampoco dónde colgar los albornoces con que nos acabamos de secar, aunque nos bastan las ramas de nuestra hospitalaria haya para tenderlos. El gris oscuro del tejido de nido de abeja le da al patio un aire de jardín zen.

Blog3EspelmesPoco antes de la cena, Emma prepara la puesta en escena y ubica estratégicamente algunas velas. A la hora acordada, regresa con todo lo necesario para nuestro íntimo ágape, mobiliario de quita y pon incluido. El cava -un Blanca Cusiné Parés Baltà de burbuja suave y delicada- está helado y los platos se disponen por orden de ingesta en los cajones que se ocultan bajo la mesita. El postre, un primoroso plato de frutos rojos con un par de pedacitos de brownie, se mantiene inmune a los trasiegos gracias a una ingeniosa estrategia: fijar cada elemento al soporte de loza con una tenue película de gelatina rosada.

Blog4NocheCuando ya es noche cerrada -la luna lunera escondiéndose entre las nubes-, la oscuridad y el silencio nos envuelven con su apacible abrazo. Un gato pasea bajo nuestros pies y nos fisgonea a través del cristal del suelo. Las velas de la cena continúan prendidas, flotando en sus transparentes vasos y respondiendo en lumínico diálogo a las tenues luces de nuestra habitación. Fuera refresca. Todavía hay tiempo para tomar un último baño en nuestro particular hammam: me quedaría en remojo hasta que me crecieran escamas.

Nos despiertan el trinar de los pajarillos y el alborear. Remoloneamos en la cama hasta poco antes de las ocho y elevamos todas las cortinas para dejarnos acariciar por la luz natural, que aun con el cielo encapotado inunda la acristalada estancia. Las piedrecillas de la ducha masajean los pies en agradable pediluvio y el gel desprende un aroma a polvos de talco cautivador.

Blog5DesayunoAunque podríamos desayunar en nuestro pabellón, preferimos hacerlo en el huerto, plantados en mitad del praderío y junto a cebollas, coles y hierbas aromáticas. Mientras nos habilitan mesa y asientos, nos entretenemos en contemplar una docena de gallinas felices que exhiben un lustroso y tornasolado plumaje. Las custodia la madre de todas las encinas, cuyas frondosas ramas se desparraman como una fuente de color verde oceánico.

Antes de partir, al pasar por la recepción nos entregan una bolsa de pícnic que incluye lo que quedaba del queso de oveja y la longaniza olotense de nuestro desayuno, algunas vituallas y ocho rutas distintas para explorar los alrededores. Optamos por dos de ellas, una que desconocíamos y otra ya transitada en otras ocasiones.

Sin abandonar Olot nos acercamos al volcán de Montsacopa, el paseo recurrente de los lugareños. Invadido por la vegetación y los humanos desde hace siglos, no parece un volcán, aunque merece la pena ascender, en breve pero pronunciada pendiente, hasta su cima: ofrece unas atractivas vistas a la ciudad y al parque natural del que forma parte. En el perímetro de su arbolado cráter se alzan la horriglesia de Sant Francesc y dos torres de vigilancia, vestigio de las guerras carlistas.

No podemos dejar de visitar la Fageda d’en Jordà, un hayal enraizado en un sustrato de lavas rugosas procedentes del volcán de Croscat. En geomorfología, la colada sobre la que se asienta se califica como malpaís: nunca se han podido aprovechar sus tierras para el cultivo, circunstancia que ha facilitado que se preservara el extraordinario bosque.

Blog6FagedaTomamos el sendero Joan Maragall, un itinerario de 35 minutos que parte del aparcamiento. La mullida hojarasca que cruje bajo nuestros pies y abriga el suelo recuerda vagamente al otoño, cuando el paisaje se entinta de conmovedores tonos ocres. Cobijados por la grandiosa pérgola de copas centenarias del hayedo, nos impregna un olor húmedo a tierra y musgo de reminiscencias ancestrales.

Caminando por la Fageda d’en Jordà se entiende mejor a los artífices de Les Cols Pavellons: su manera de relacionar arquitectura y territorio está tan enraizada en su comarca como esas longevas hayas que amparan e inspiran. Que conversan con el entorno. Y que invitan a la conexión con uno mismo. Exactamente igual que nuestro añorado pabellón.

#Cuéntalo

Cuida-tus-alas-625x625Hace unos meses salí por ahí de fiesta con mi hija mayor –conste que fue a petición suya, muestra cierta afición a lo vintage-. En un bar musical, un individuo ebrio, birra en mano, empezó a seguirnos allá donde íbamos. Para mí tan solo formaba parte del paisaje, en cambio a Ángela le chocó de manera hiriente: se sintió tremendamente importunada. “¿Por qué hace eso?”. Bendita inocencia. Y, sin embargo, mi hija tenía toda la razón del mundo. Según maduramos, vamos interiorizando que, solo por ser mujeres, seremos acosadas, agredidas o maltratadas en algún momento de nuestras vidas, cualquiera diría que es tan natural como la caída de las hojas en otoño o el flujo de las mareas. Ahí radica, en mi opinión, buena parte del problema: en normalizar la anormalidad. En endurecernos ante lo intolerable hasta la indiferencia, por pura supervivencia mental.

Pienso en la niña violada por cinco alimañas. 18 primaveras. Deambula por la calle confiada, tanto por su reconfortante entorno y su propia idiosincrasia como por las circunstancias que le han tocado vivir hasta ese aciago día –afortunada ella-. Está contenta y se besuquea con un chico que le parece guapo. Cómo se le va a pasar por la cabeza que él y sus compinches tienen intención de forzarla en grupo –y que el sistema judicial sería luego tan injusto, pero ese ya es otro tema-. Entonces hago el ejercicio de recordar cómo fui perdiendo mi candidez adolescente.

Tengo 19 años. Son las once de la mañana de un día laborable y estoy sentada en un autobús casi vacío. Permanezco ensimismada, pensando en mis cosas, cuando noto un extraño vaivén, un leve traqueteo rítmico que no se deriva de la marcha del vehículo. Buscando el motivo de tal movimiento, reparo en el ser que se sienta junto a mí, al lado de la ventana: se la está meneando a conciencia por debajo del jersey mientras me examina como si yo fuera una revista porno. Reprimo la náusea, me levanto a toda velocidad y me limito a cambiarme de asiento, esta vez junto a la puerta de salida. No me enfrento a él. No grito. No reacciono. Me quedo atónita, pasmada, perpleja. Ignoro cómo manejar la situación y me embarga, sin comprender la razón, una mezcla de asco y vergüenza, como si me hubiera puesto yo en esa tesitura. Por supuesto, no se lo cuento a nadie.

Un par de años después, en la pista de una discoteca. Visto una escueta minifalda blanca que la cultura patriarcal vigente –todavía hoy- interpreta como licencia para acosar. Mientras bailo y me divierto con mis amigas, alguien empieza a sobarme el culo a dos manos. Me giro. Un mequetrefe, rodeado de una pandilla de cretinos, se congratula de su ocurrencia. Le borro la carcajada de la boca de un guantazo cuyo chasquido estalla como un latigazo. El instinto se ha impuesto sobre la cautela, corro el riesgo de que el bofetón tome forma de bumerán. Pero no, no pasa nada. Los amigotes se ríen del imbécil esférico –lo mires por donde lo mires, es imbécil- y la noche continúa sin más incidentes.

Ya he cumplido veintipico. De madrugada por la zona alta de Barcelona, un par de amigas y yo cambiamos de bar. Taconeamos, charlamos, reímos. Al doblar una esquina nos topamos con un exhibicionista. Las tres observamos su pene como si fuera una nueva variedad de araña o una molesta grieta en la pared. Antes de reanudar nuestro camino –nuestro taconeo, nuestra charla, nuestras risas-, le espetamos, “¿eso qué es, un tumor?”, y su miembro se arruga como una oruga achicharrada por un lanzallamas. Ya no me escandaliza, son cosas que pasan. Pero solo a nosotras, aunque entonces no caiga en ello. Me temo que he normalizado la anormalidad.

No conozco a ninguna mujer que no haya padecido en sus carnes algún incidente parecido o, por desgracia, mucho más grave. Todas, absolutamente todas, hemos sentido con mayor o menor frecuencia miedo, repulsión, indignación o incomodidad por el mero hecho de habitar un cuerpo femenino. No deberíamos acostumbrarnos a ello como si fuera algo normal, porque no lo es. Cada vivencia personal es un retazo de un mismo relato colectivo que no solo despierta sororidad en nosotras, sino también solidaridad en esos maravillosos hombres –cada vez son más- que nos quieren libres e iguales. Por eso agradezco a Cristina Fallarás su excelente iniciativa y os animo a participar en ella. #Cuéntalo, tú también. Como cantaba Bebe, pa’ fuera telarañas.

https://www.youtube.com/watch?v=IhTOKqwXgzQ

24 horas en Madrid

– ¿Haces algo el fin de semana del 28 de abril?

– Bueno, nada que no pueda moverse.

– Esos días estaré en Madrid, ¡te invito!

Dicho y hecho, mi amiga Valery me montó una escapada inesperada en lo que dura una conversación por teléfono. A veces los mejores regalos surgen de la espontaneidad y la improvisación.

Tomar el metro a las seis de la mañana de un sábado es una edificante experiencia sociológica. Los pasajeros son una ecléctica mezcolanza de profesionales soñolientos a punto de empezar la jornada laboral, rostros surcados por las ojeras del turno de noche y fiesteros todavía adheridos a una lata de cerveza o a una litrona de botellón. Una indefensa criatura, atrapada en su carrito, luce una horridiadema rosa con un lazo que se le desparrama por media cara, la infortunada no puede defenderse de la fechoría perpetrada por sus progenitores. En el andén de enfrente, un grupo de postadolescentes estruendosos generan una onda expansiva de huida a su alrededor. Una de las crías -no tendrá más de 18 años, aunque el maquillaje le hace parecer la madre de todos- persigue a su novio allá donde va, mientras otro miembro de la pandi la busca a ella, sin ser consciente de ello. De hecho, creo que ninguno de los tres ha aprendido a descifrar la reveladora elocuencia del lenguaje corporal.

Un grupo de cincuentañeras llenan de risas y cómplices cuchicheos el vagón número 18 del AVE en que me desplazo a Madrid. Hacemos una única parada en Zaragoza antes de llegar a la Estación de Atocha, 2 horas y 45 minutos después.

Subo por Alfonso XII arrastrando mi maleta de cabina con resonante traqueteo de ruedas, y a mi paso observo algunas de las Meninas de fibra de vidrio que permanecerán instaladas en la ciudad hasta julio. Mientras continúo por Serrano, el viento sopla con tal fuerza que temo que alguna de las ondulaciones de la colosal rojigualda que preside la Plaza de Colón -294 metros cuadrados de nada- me saque un ojo.

tortillaCasaDaniLlego, por fin, a la casa en Madrid de mi amiga, un refugio colmado de luz y plácido silencio desde el que se divisan las azoteas del barrio de Salamanca. En la misma manzana de su edificio, en la cafetería Casa Dani del Mercado de la Paz, se puede paladear la mejor tortilla de patata de Madrid -yo diría que del universo-. Es jugosa, suculenta y, exceptuando la que prepara mi amiga Laura, que cuenta con ese ingrediente tan singular que es el cariño, diría que es la mejor que haya probado jamás.

Una vez bien desayunadas -en mi caso resayunada-, nos acercamos paseando hasta el Museo Thyssen-Bornemisza: tenemos entradas para visitar las exposiciones temporales de Sorolla y Louis Vuitton.

SorollaPara recorrer “Sorolla y la moda” disponemos de las indispensables audioguías, que nos amplían interesante información sobre el pintor valenciano y su afición a ejercer de estilista de su familia. Nos fascinan tanto el retrato de la llamativa transición indumentaria de su época, como la mirada tierna y amorosa del artista que, ante todo, es esposo y padre, así como esa cautivadora capacidad de reflejar la luz mediterránea y la cantábrica.

LouisVuittonEn cuanto entramos en “Time capsule. Louis Vuitton”, una muchacha se nos acerca para invitarnos a una explicación de la sección expositiva que le han asignado. Es muy instructivo contar con distintas informadoras según se avanza -todas monísimas y ni un chico, la política de género la dejamos para otra ocasión-, sus comentarios enfocan con efecto lupa los objetos que se aprecian en las vitrinas. Me parece especialmente sugerente un maletín para guardar el neumático de recambio, pensado para los primeros automóviles que se fabricaron. Resulta curioso presenciar la evolución de los baúles, maletas y bolsones ideados por los Vuitton al ritmo de los tiempos. Hoy son el paradigma del lujo estratosférico y de esa afición a las marcas que me parece inverosímil, pero en sus inicios fueron unos auténticos pioneros. Tremendas ganas de ir a París para visitar la Fondation Louis Vuitton.

Cuando salimos de la Thyssen es tan tarde para almorzar que, tras intentar tomar algo en un abarrotado Mercado de San Antón, decidimos ya casi merendar en Celicioso, la coqueta cafetería del hotel Only You. Tomamos fuerzas con unos exquisitos huevos pochés sobre tostas con guacamole, nos hidratamos con sendos licuados recién hechos y proseguimos nuestra larga caminata desde Chueca hasta Salamanca.

Nos falta tiempo para ponernos al día y las horas se escapan a toda velocidad. Cenamos en Martinete, un restaurante que recuerda un poco a aquella Norma Desmond que interpretara Gloria Swanson de “El crepúsculo de los dioses”. Es sábado por la noche y la clientela es escasa y poco estimulante. El lugar preserva el particular encanto de lo clásico y los camareros son amabilísimos, sin embargo la cocina es simplemente correcta. Por suerte nos da un poco igual porque continuamos enfrascadas en nuestras confidencias, que se prolongan luego en casa de mi amiga hasta que nos vence el sueño y nos retiramos a descansar.

El domingo se despierta lluvioso y frío. Nos escapamos a la carrera hasta la pastelería Mallorca, protegidas por el minúsculo paraguas Samsonite que siempre llevo encima. Cuando le pregunto a la camarera dónde está el azúcar para mi cappuccino, me responde muy resuelta que están recomendando a sus clientes que no tomen azúcar, pero que sí, que si lo prefiero blanquilla o moreno -pero no panela o moscovado-. Además de parecerme una impertinencia, me resulta del todo incongruente -por no decir rayano a la estupidez- que se formule tal advertencia en un establecimiento tradicional -muy tradicional, tremendamente tradicional- donde más de la mitad del mostrador es repostería y bollería y preparan casi todos sus bocadillos con croissants y brioches. Márketing socioconsciente impostado.

Me despido de Val con la sensación de que todavía nos queda mucha charla pendiente, no obstante su vuelo y mi tren no admiten esperas. Gracias, amiga, por regalarme una escapada tan reconfortante. Aunque, como bien sabes, el verdadero obsequio es tu amistad.

Jueces que nos prefieren muertas

Según los promotores de su canonización y quienes creen en su santidad, María Goretti fue apuñalada 14 veces por Alessandro Serenelli por negarse a ser la vasija en la que él saciara sus apetitos sexuales. Recibió curas médicas sin anestesia y falleció 24 horas després del ataque. Ya es casualidad que su virtud se celebre el 6 de julio, víspera de San Fermín. O quizás no tanta.

Ayer tres jueces devotos de María Goretti fallaron abuso en lugar de violación y minimizaron el delito de una piara de cinco energúmenos recién bajados del árbol. Recriminaron a la víctima que antepusiera su vida a su dignidad –seguro que ellos prefieren hablar de honor-, así que, en realidad, la culparon a ella, y por extensión a todas nosotras. A las que osamos andar solas por la calle de madrugada. A las que llevamos escote, prendas ajustadas, faldas o pantalones cortos. A las que bebemos alcohol. A las que coqueteamos con un chico que ha salido de fiesta con sus amigos porque, en nuestra ingenuidad, no se nos ocurre que el filtreo degenere en una violación en grupo. A las que decimos no cuando el verraco está más que dispuesto a embestir. A las que no deseamos ser otra Diana Quer ni otra Nagore Laffage ni tantas otras asesinadas por intentar defenderse de una violación. A las que nos queremos libres.

Creo que desde ayer Carles Puigdemont lo tiene un poco más fácil para evitar su extradición a España, ojipláticos se habrán quedado los jueces alemanes al conocer una sentencia que evidencia cómo se infiltra la idología de los magistrados en sus actuaciones. Esta vez sí, comparto al 100 % su tuit: “cuando el machismo entra por la puerta de la justicia, el estado de derecho salta por la ventana”. En ese goteo incesante de despropósitos judiciales –ya van tantos-, la gota que colma el vaso es acusar a la víctima y exculpar a quienes cometieron el crimen, con el agravante de que dos de ellos todavía forman parte de los cuerpos de seguridad del estado, cuya misión debería ser cuidar, proteger y salvaguardar a la ciudadanía.

Los tres jueces que nos prefieren muertas han dictaminado que inmovilizar entre cinco a una niña de 18 años para meterle un falo por la boca, y por cuantas oquedades de su cuerpo apetezca, no es ejercer la violencia.

Cada vez es más inquietante en manos de quién estamos.