Quién me ha robado el mes de abril (antes de que empiece)

Assumpta era una de mis compañeras de clase de francés en la EOI de Vall d’Hebron. Desde que empezó el confinamiento, publica en su estado de whatsapp fragmentos de sus solos de piano. Gracias a Assumpta esta semana he rememorado la deliciosa Nuvole Bianche de Ludovico Einaudi y he descubierto a la compositora británica Anne Clark, que me cautivó con su Poem without words. Es mi particular banda sonora de la cuarentena.

En sus múltiples formatos de expresión –me arrebatan las lluvias de besos de Ángela cuando me nota cansada o los amorosos gintonics que me prepara los sábados el padre de mis hijas-, la lírica me ayuda a aliviar la hiriente falta de contacto físico con tantísimas personas a quienes echo de menos, aunque reconozco que compartir encierro con mi cogollo familiar me ayuda a sentirme arropada y protegida. Estamos a gusto juntos. En general, nos caemos bastante bien.

En nuestras frecuentes conversaciones en la mesa de la cocina, nuestro lugar de encuentro recurrente, elucubramos sobre lo primero que haremos cuando finalice nuestra reclusión.

H – Yo iré a ver a mi madre.

P – Pues yo me escaparé con la moto hasta Abrera.

H – No podrás encenderla, después de tantos días se habrá quedado sin batería.

M – ¡Yo abrazaré a mis amigas!

H – Y tú, Ángela, saldrás en plan correcaminos hacia Montcada. Y Joselito igual, corriendo hacia aquí, ¡os encontraréis en la Meridiana!

Ante mi ordenador, estos días de cotidianidad acogotada transcurren como adoquines de melaza. Levantan cada nueva jornada una pared densa y sinfín, untada de incertidumbre e inquietud, una y otra vez, que me abruma y me deja exhausta. Así que por higiene mental decido desconectarme durante sanadoras pausas de silencio digital y terapia de achuchones y risas en el sofá.

Nuevas rutinas. Mi marido pasea a diario cuarenta minutos por casa -del recibidor al salón y vuelta-, cada tarde bailo música ochentera, aplaudimos por las noches a quienes nos cuidan con vigor de agujetas y, quien baja a tirar la basura, pone de inmediato en la lavadora su ropaje de ninja, zapatillas deportivas incluidas. Aunque el calzado ya no hará falta centrifugarlo gracias al truco de mi amiga Silvia: rociar el felpudo con una solución de agua y lejía y desinfectar las suelas antes de volver a entrar en casa.

Como Ulabox no da al abasto –me siento un poco traicionada y desatendida, yo era clienta antes del coronavirus-, busco alternativas de compra en línea, como Manzaning, la aplicación que nos abastece de productos frescos procedentes de mercados municipales y pequeñas tiendas de Barcelona. Por precaución, jamás faltan provisiones en nuestra despensa: nunca se sabe cuándo llegará el próximo pedido. Y qué se perderá por el camino.

Nos sentimos especialmente satisfechos de haber rebajado –y cómo- el volumen de residuos plásticos que generamos: cada dos semanas El Masové nos sirve leche y agua mineral en envase de vidrio retornable de las marcas Letona, Veri y Vichy. Vamos cambiando nuestros hábitos de consumo de manera modesta pero sin pausa.

Me llaman de Chocolat Factory Balmes. ¿Para decirme “hola, bombón”? No, para informarme de que, si quiero, le llevan la mona a mi ahijada gratuitamente. Lo agradezco, pero, ¿qué sentido tiene? La gracia es achucharnos mucho, pintarnos las uñas juntas y darnos besos de chocolate. Es una celebración necesariamente orgánica. Así que este año las monas –la de Olivia y la de Joan, el ahijado de Ángela- nos las comeremos en agosto. O cuando sea: quién sabe qué secuelas tendrá esta cuarentena. Entre tanto, no queda otra que intentar que el limbo en que vivimos sea lo más habitable posible.

Este domingo nos regala una tregua: además de que tiene una hora menos, luce un confortable sol de papel de seda. Acurrucados en nuestra minúscula terraza, cerramos los ojos mirando al cielo como quien se adormece ante el fuego del hogar en íntimo estado de gracia. Quien tiene un balcón, tiene un tesoro.

IMG_20200328_135655.jpeg

Diez días después

Parece que haya pasado un milenio desde la última vez que pisé la calle. Lo que empezó como un confinamiento autoimpuesto se convirtió, en poco más de 24 horas, en emergencia nacional.

Durante estos primeros días de encierro, si bien hemos mantenido los horarios de siempre, para todo lo demás nos hemos ido adaptando a las novedades del año cero. Se nos transparentan las falanges de tanto lavarnos las manos y cruzamos los dedos cada vez que nos llega nuestra compra en línea: siempre falta algo que nos parece imprescindible y asociamos cualquier mínima carencia –miserable y desproporcionadamente- a cartillas de racionamiento y postguerra. Problemas del primer mundo. No obstante, subsanamos esas nimiedades con creatividad: a falta de Fairy, bien vale el gel de la lavadora, que además nos deja las ollas con aroma a colada secándose al sol.

Las visitas a la residencia donde vive mi madre, aquejada de Alzhéimer, fueron vetadas hace ya un par de semanas, aunque en alguna que otra ocasión nos vemos por videollamada. Marga, la psicóloga que la acompaña para lograr tamaña proeza, está, necesariamente, muy pegada a ella, protegida por la mascarilla reglamentaria. Nunca podré agradecer lo suficiente cómo y cuánto velan por ella.

A mitad de semana converso por teléfono con Milagros, la directora del centro, y me asegura que cada día recuerdan a los residentes las consecuencias de la pandemia. Sin embargo, la mayoría de ellos padecen algún tipo de demencia y las explicaciones no acaban de calar. Luego hablo con mi madre, quien ya ha olvidado mi nombre, que tiene hermanas o que tuvo un marido. Entro en pánico cuando pienso que, cuanto más dure la cuarentena, más fácil será que me borre de su cerebro.

– ¡Hola, mamá!

– ¿Quién eres?

– Soy yo, tu hija.

– ¡Ay, hola! –y ríe, siempre ríe mucho, seguro que fue una niña feliz-.

– Ya sabes que no puedo venir a verte por el virus, ¿verdad?

– ¿Ah, sí? Aquí no me han dicho nada.

– ¿No te han contado nada, mamá? ¿No has visto que no vienen familiares a veros?

– Pues sí, ahora que lo dices, yo pensaba, ¡qué raro que no venga! Suerte que me lo has explicado, ¡ya se lo diré a ellos!

Cada atardecer, nos sumamos con devoción y espíritu de plegaria a los aplausos que homenajean a las extraordinarias personas que hacen posible que la vida continúe. La noche de la cacerolada contra nuestros regios parásitos, nos aplicamos con tanta energía que el padre de mis hijas mella mi paleta de cocinar preferida, tallada en madera de olivo. Ni me inmuto, entretenida como estoy fantaseando con que resucite Robespierre. Suerte que me han pasado una aplicación, icacerola.cl, que replica el ruido y evita que la furia nos haga destrozar el menaje, la guardaré para futuras ocasiones.

Entre la ovación y el martilleo, me envían una iniciativa de fraternidad epistolar de CTXT, uno de los medios digitales que apoyo: escribir cartas para amenizar la soledad de los afectados por el COVID-19 hospitalizados. En paralelo, recibo terribles noticias: el coronavirus acorrala a los padres de mi amiga Dolors. Él, de cabeza a la UCI, sin síntomas asociados al bicho –ni fiebre ni dolor de cabeza-. Ella, enferma en casa, sufriendo sola. Los padres de mi amiga viven en Andorra, ella, en Jerez. Qué angustia y cuánta impotencia. Otra amiga comparte en otro chat lo que le cuenta su cuñada radióloga: que nunca había visto nada semejante, las víctimas cuya sintomatología degenera en neumonía y fibrosis presentan los pulmones deshechos, carcomidos por la microalimaña.

Familia

No solo por solidaridad, sino también por coherencia –mi marido es grupo de riesgo-, lo único que podemos hacer en nuestro cogollo familiar es permanecer en casa, siguiendo escrupulosamente la cuarentena.

Quizás a los centroeuropeos y a los escandinavos no les resulte tan duro enclaustrarse, pero para nosotros la reclusión es todo un desafío: la cultura mediterránea es callejera, comunal y abrazadora, por eso hay tanta actividad en nuestros balcones. Vítores, reprobaciones, bailes, cánticos, fiestas, conciertos, cualquier motivo es bueno para seguir siendo nosotros. Suerte que puedo desahogarme un poco con Las Suellens, un grupo de skype en el que compartimos inquietudes, confidencias y alcohol. Es lo más parecido a salir que se nos ha ocurrido. Por un rato, volvemos a ser las locas de antes del coronavirus. Os lo recomiendo, nada como unas copichuelas virtuales para sobrellevarlo todo un poco mejor.

Coronavirus

Era enfermera en el hospital de Galdakao, pero falleció ayer en el de Basurto. Tenía mi edad, 52 años. Atendía a los enfermos de COVID-19 a pelo, sin suficiente protección. Obviamente. Por eso ha muerto. A la primera profesional sanitaria víctima del coronavirus la han aniquilado las letales condiciones de trabajo.

No hay dinero, al parecer, para que quienes cuidan de nuestra salud lo hagan sin jugarse la vida. Qué más da, son vidas plebeyas. Caerán más, pero poco le importa a la estirpe comisionista, corrupta y ruin que comparte alias con el virus que ha provocado la pandemia.

Entre tanto, el usurpador de la jefatura del estado se llena la boca con palabras huecas y soflamas patrióticas de otra era. Y con oídos sordos al feroz rugir de cacerolas desde Fisterra hasta Cabo de Gata, desde Portbou hasta Punta Umbría. ¿En qué planeta vive? ¿En qué universo paralelo habitan los diputados que se oponen a que se investiguen los delitos de sus bubónicas majestades?

El sátrapa reinante afirma, solemne, que renuncia a su herencia ultrajada. ¿Incluye el deshonrado legado la ilícita corona? Si a Su Bajeza Real le quedara alguna dignidad, se despojaría de contubernios e inviolabilidades y devolvería lo mucho malversado. Sin embargo sospecho que se aferrará al túrbido trono cual garrapata.

Para consolarme, continuaré asomándome al balcón cada anochecer a aplaudir, hasta que me duelan las manos, a todas las personas que nos velan, nos ayudan y nos cuidan. Y que me animan a pensar que entre todos quizás logremos acabar con ambos coronavirus. Porque esta crisis pasará, pero nada volverá a ser como era.

cropped-ESTE-Coronavirus.jpg

Soy más de Alhakén que de Almanzor

Cuatro horas y cuarenta minutos separan Barcelona de Córdoba en AVE. Mi amiga Eva y yo aprovechamos el trayecto para compartir cuchicheos y empezar a despojarnos del lastre que arrastramos: trabajo, familia y vulnerabilidades varias. Confidencia a confidencia, risa a risa, nuestras inquietudes se nos desprenden del ánimo, como costras de heridas secas, en algún tramo entre Ciudad Real y Puertollano.

IMG_20200131_201952El Hotel Boutique Caireles cumple de sobras nuestras expectativas. Desde el ventanal de nuestra habitación, coqueta y requetelimpia, se divisa la muralla de la mezquita, con sus características almenas escalonadas, y desde su azotea, el alminar reconvertido en torre-campanario. Sensacional.

IMG_20200202_085332Nos adentramos en la Judería y, tras almorzar divinamente en El rincón de Carmen –todo un hallazgo la cerveza Alhambra de barrica amontillada-, recorremos sin prisa y sin mapas las alegres callejuelas, tapizadas de maceticas azul mediterráneo y árboles frutales que se emparran por las paredes para combatir el calor. Nos arrebata el fino trabajo de los plateros y nos conmueve la cordial amabilidad de los cordobeses y la pasión que ponen en todo, desde enseñarte una luminosa acuarela hasta limpiar con agua de la fuente una inmundicia que afea el pavimento.

IMG_20200131_211007En el Restaurante Federación de Peñas disfrutamos de una noche flamenca con el toque de Alberto Luque, el baile de Carmen Manzanera y el cante de Javier Romero, “el Soniquete”. Tras el indispensable homenaje de jamón del bueno cortado a mano –durante toda nuestra estancia nos alimentamos a base de ibérico y salmorejo- le pedimos a José, el camarero, si podemos tomar algo de fruta de postre, y nos trae una naranja cortada con canela, que regamos con aceite de oliva virgen, tal y como él nos sugiere. Soberbio. Luego nos recomienda que alarguemos la noche en el Sojo Ribera o en el Long Rock, pero hacemos caso omiso: al día siguiente nos espera nuestra esperada visita a la mezquita.

Tras desayunar en el restaurante-cafetería Patio Romano –recomendabilísimo-, nos presentamos en la Puerta del Perdón de la mezquita-catedral, que queda casi delante de nuestro alojamiento. Allí nos espera Rebeca de ArtenCórdoba, con quienes hemos reservado la visita guiada de cuatro horas, Córdoba a fondo –Eva y yo somos mujeres de excesos-.

IMG_20200201_100044Ingresamos en el recinto atravesando el Patio de los Naranjos, que ya forma parte de la mezquita. De hecho, era el patio de abluciones donde oraban las mujeres musulmanas -en todas las religiones somos ciudadanas de segunda-, en realidad su cítrica arboleda fue plantada en el siglo XIII. Aunque ahora están clausurados o cerrados por portones, en la época islámica todos los arcos que dan a esa gran explanada estaban abiertos para acceder al templo y escuchar las prédicas con facilidad. Ahora, en cambio, los visitantes se adentran al templo por donde les dejan –todo por el turismo- y lo primero con que se topan es el mar de columnas y dobles arcos bicolores de la mezquita fundacional de Abd al-Rahmán I.

IMG_20200201_100858El primer día de febrero a primera hora, con un flujo de turistas mínimo e inocuo, el impacto de colarse en ese evocador bosque de pilares es formidable. Cuesta soslayar el síndrome de Stendhal y prestar atención a las interesantes explicaciones de Rebeca, que ponen en contexto lo que observamos y nos detalla la evolución de un espacio de culto que se remonta a la época visigoda: la mezquita se superpuso a la antigua basílica de San Vicente y, en consecuencia, su qibla está orientada hacia el Guadalquivir y no hacia La Meca. De hecho, en esos lejanos inicios, cristianos y musulmanes convivían en plácida armonía, cada cual con sus rituales y sus rezos.

IMG_20200201_103454Córdoba crece y con ella la mezquita, cuyo preciosismo culmina con las mejoras de Al-Hakam II. Mientras que una última ampliación de Almanzor despliega músculo pero estructuralmente aporta poco, la del segundo califa de Córdoba prolonga las naves, desplaza la qibla y la existente la sustituye por una exquisita fachada interior de arcos de herradura polilobulados. Inserto en la zona central de la nueva quibla, entre las portadas de la cámara del tesoro y del sabat, se localiza el mihrab, donde converge la nueva ampliación: la riqueza de la decoración y los materiales nobles utilizados crean una mezquita-joya dentro de la propia mezquita.

Confieso que desoigo el parlamento de Rebeca sobre la parroquia del sagrario, el crucero o la sillería del coro: me repatea el católico horripegote que tanto afea el prodigio arquitectónico omeya. Eso sí, me queda el consuelo de que podría haber sido peor y Fernando III bien hubiera podido tirar abajo la mezquita para levantar su catedral. En fin. Al abandonar la mezquita para proseguir con nuestro circuito, Rebeca se despide de nosotros y se incorpora nuestro segundo guía, Miguel Ángel, cuya especialidad es la Judería.

IMG_20200201_121510Presentes en Córdoba desde que la fundaron los romanos, los judíos apoyan la conquista musulmana por el rechazo que sufrieron por parte de los visigodos. Bajo los califatos de Abd al-Rahmán III y Al-Hakam II, judíos y musulmanes reciben instrucción sobre filosofía, gramática, botánica, matemáticas o música en las escuelas cordobesas.

En el siglo XII, el médico árabe Muhammad Al-Gafequi, experto en cataratas, escribe para su hijo el primer tratado sobre oftalmología, la Guía del oculista, que se conserva en la biblioteca del monasterio de El Escorial. Sin embargo, son tiempos convulsos para los judíos: el joven Maimónides, acosado por la persecución religiosa de los almohades, huye de Córdoba y, a su paso por Almería, conoce al filósofo y médico cordobés Abu-l Walid Muhammad ibn RusdAverroes en su forma latinizada-. Maimónides, con su aproximación holística al tratamiento de las enfermedades, investiga la causa de las dolencias y se centra en prevenirlas a través del ejercicio, la dieta, las caminatas, la música y la poesía: “no trate la enfermedad, trate al paciente”.

En 1349 se detecta el primer brote de peste negra en la Península Ibérica y posteriormente se continúan documentando epidemias, que coinciden con sequías y malas cosechas. La de 1383 dura varios años y desemboca en el asalto a las juderías: a los sefarditas se les acusa de originar la enfermedad, que afecta más a los cristianos por su falta de higiene –se me ocurre que quizás pusieron el mote de marranos a los judíos conversos porque dejaron de asearse para parecer más católicos-. En junio de 1391 la muchedumbre derrumba las puertas que protegen la Judería de Córdoba y llena sus calles de sangre y fuego: casi 2000 víctimas son asesinadas a golpes o a cuchilladas.

Los escasos judíos que sobreviven a la matanza se ven obligados a convertirse al cristianismo y resisten con demostraciones públicas de su repentina devoción, como “hacer sábado” para evidenciar que no celebran el sabbat, o añadir cerdo a la adafina sefardí que solían preparar la noche del viernes –así es como nace el tradicional codido-.

IMG_20200201_122644La Sinagoga de Córdoba, que puede visitarse en el corazón de la Judería, fue erigida en 1315 para uso privado. Tras la sanguinaria masacre de 1391, se convierte en hospital para tratar la hidrofobia y, a partir de 1588, una vez transformada en ermita de San Crispín y San Ciprián, el gremio de zapateros la utiliza como cofradía. En 1884, mientras se desarrollaban algunos trabajos de mantenimiento, Rafael Romero, padre del pintor Julio Romero de Torres, descubre las inscripciones que llevarían a la recuperación de la construcción. Es la única sinagoga medieval conservada en territorio andaluz y una de las tres anteriores a la expulsión de 1492 –las otras dos están en Toledo-.

IMG_20200201_123954La capilla mudéjar de la iglesia de San Bartolomé forma parte del edificio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba. Se cree que es donde se ubicaba la antigua gran sinagoga de la Judería. Como consecuencia de la salvaje carnicería de 1391 y la forzada conversión al cristianismo de los judíos supervivientes, surgió el barrio cristiano de San Bartolomé, donde se levantó la pequeña iglesia de San Bartolomé, que quedó inacabada. Durante la primera mitad del siglo XV se le añadió una capilla que constituye el mejor ejemplo del arte mudéjar cordobés, y también el mejor conservado: preserva su suelo original, vistosos zócalos de alicatados geométricos y coloridas yeserías que incoporan inscripciones con alabanzas a Allah puramente ornamentales.

A la entrada del Alcázar de los Reyes Cristianos, un sarcófago del siglo III tallado en un único bloque de mármol, en paño mojado, recuerda que, antes de que llegaran los árabes, la Colonia Patricia Corduba fue capital de la Bética, que junto con la Lusitania y la Tarraconensis configuraba la Hispania romana. Su estratégica ubicación geográfica sobre el Guadalquivir facilitaba su ruta comercial directa con Roma.

IMG_20200201_132747El Salón de los Mosaicos recibe su nombre por su interesante colección de taraceas procedentes de la Plaza de la Corredera –donde, casualidades de la vida, se celebrarían los autos de fe de esa temible Inquisición que acabaría ocupando el alcázar-. Una de ellas presenta la rareza de estar diseñada con profundidad de campo.

IMG_20200201_133808Esta gran sala está justo encima de los Baños Reales Mudéjares, edificados en 1338 por orden del rijoso Alfonso XI para la madre de diez de sus hijos, Leonor Núñez de Guzmán. Uno de ellos, Enrique de Trastámara, iniciaría el linaje de sus muy católicas majestades Isabel y Fernando tras asesinar a su hermanastro Pedro I, hijo de la reina consorte, María de Portugal.

IMG_20200201_142302Recién llegados desde Jerez, Lola y Paco nos esperan a la salida del alcázar y nos arrancan de los aledaños de la mezquita, de donde todavía no nos hemos movido. Atravesamos la Plaza de las Tendillas, cuyo reloj marca las horas con soleares del guitarrista Juan Serrano y, tras desestimar almorzar en la Taberna Salinas por la larga cola apostada en su puerta, nos instalamos en una terraza de la Plaza de la Corredera, que antes de convertirse en concurrido lugar de esparcimiento había albergado, además de los autos de fe ya mencionados, corridas de toros y ejecuciones. En 1893 se empieza a edificar un mercado de abastos en mitad de la plaza, que se derriba en 1959 por sus pésimas condiciones higiénicas. Cuando se acometen las obras de construcción de un mercado subterráneo para sustituirlo, se descubren los mosaicos romanos que se exponen en el alcázar. Igual que en Tarragona: excavas un poco y te topas con una domus. O con un anfiteatro.

IMG_20200201_163413Después de comer paseamos con Lola y Paco por la Plaza del Potro, donde nos asomamos al patio que comparten los museos de Bellas Artes y Julio Romero de Torres, y curioseamos la Posada del Potro, un corral de vecinos de los siglos XIV y XV donde se hospedó Miguel de Cervantes y que hoy es la sede del Centro Flamenco Fosforito.

Despedimos a nuestros amigos en el Puente Romano, al que de romano tan solo le quedan, además del nombre, los sillares y un par de arcos: aunque fue levantado en época del emperador Augusto y hasta 1953 fue el único de la ciudad, durante sus largos siglos de existencia ha sido derribado y reconstruido en numerosas ocasiones.

IMG_20200201_212138El sábado por la noche los restaurantes frecuentados por los cordobeses están repletos. Desesperación -la vida del turista es agotadora-. Y entonces nos acordamos del restaurante que nos ha recomendado nuestro guía: La Bodega de San Basilio. Aunque no tenemos reserva, nos hacen un hueco. Continuamos con nuestra dieta cordobesa y después del indispensable jamón ibérico cortado a mano, nos traen sendos salmorejos en plato llano: de tan espesos, podríamos tomarlos con tenedor.

Nuestra última actividad en Córdoba es la visita guiada a Medina Azahara. A diferencia de ArtenCórdoba, la organización de Córdoba a pie deja mucho que desear, pero el horario nos venía mejor –la salida del AVE de regreso marca nuestra agenda del domingo-. No obstante, nuestro guía, Miguel Ángel –qué nombre tan frecuente entre los guías cordobeses- es un 10.

IMG_20200202_111645Abd al-Rahmán III no sólo se autoproclama califa –esa especie de rey-papa- en 929, cortando los lazos con Damasco e iniciando una de las épocas de mayor esplendor de los omeyas, sino que en 936 construye, a ocho kilómetros de Córdoba y sobre la falda de la sierra que protege el valle del Guadalquivir, Madīnat al-Zahrā ciudad brillante en árabe-, un enclave que aprovecha las antiguas canalizaciones romanas que llevaban agua hasta Madinat QurtubaCórdoba la llana en árabe- y permite urbanizar la ladera en cuatro terrazas superpuestas que sirven para jerarquizar a su población.

IMG_20200202_112937Cuenta la leyenda popular que Abd al-Rahmán la levantó en honor a su favorita, la bella esclava cristiana Zahara, quien añoraba sus lejanas tierras nevadas del norte, y que el califa ordenó que se plantaran miles de almendros en flor para que sus pétalos, simulando copos de nieve, mitigaran su nostalgia. No obstante, si se recaba información sobre el inquietante personaje –se ensañaba especialmente con sus más de 6300 esposas, concubinas y esclavas-, la romántica historia va perdiendo credibilidad.

IMG_20200202_114512Hace falta mucha imaginación para figurarse la hermosa capital palatina a través de los escasos –y ruinosos- vestigios que se han excavado, tan solo una pequeña parte del primitivo conjunto califal. Medina Azahara quedó bastante deteriorada a causa del continuado expolio que sufrió tras su prematura destrucción, recién empezado el siglo XI: ya en época cristiana, todavía se reaprovechaban sillares y otros materiales.

IMG_20200202_121236Tras el sabor agridulce del recorrido por el conjunto arqueológico –aunque las explicaciones de Miguel Ángel compensan con creces la visita-, el magnífico vídeo que se proyecta en el centro de interpretación ayuda a hacerse una idea más clara de la grandeza de la ciudad califal. Lástima que la prodigiosa pieza audiovisual –técnicamente es una maravilla- carezca de perspectiva de género: no aparece ni una sola mujer en toda la recreación. Os hablo de un vídeo producido en 2018 –o sea, antes de VOX-.

Y sin embargo, las crónicas árabes afirman que en esa época vivían en los suburbios de Córdoba casi dos centenares de mujeres copistas –cultas, inteligentes, talentosas-, ninguneadas por historiadores y biógrafos –ese androcentrismo rampante-.

Aunque no todo está perdido: hace un año el ayuntamiento de Córdoba decidió llamar a una de sus calles Escriba Lubna. A Lubna de Córdoba, nacida en el seno de una familia cristiana esclava, su brillante inteligencia le valió la libertad. Experta en gramática, cálculo, geometría, caligrafía y métrica árabe, así como escritora y traductora, fue conservadora de la nutrida Biblioteca Real de Córdoba y secretaria de Al-Hakam II. Lubna viajó a El Cairo, Damasco y Bagdad en busca de libros para añadir a la biblioteca, y escribió tanto poesía sobre la vida en palacio como misivas oficiales en varios idiomas, entre ellos latín, griego y hebreo.

Su íntima amiga, la copista Fátima, experta en gramática y poética, fue una de las encargadas de la supervisión de las 70 bibliotecas que el califa fundó durante su reinado. Ojeadora de libros, recorrió los mercados y librerías de Bagdad, Constantinopla, El Cairo y Samarcanda para ampliar la colección de Al-Hakam II. Además creó un novedoso y eficaz sistema de clasificación y catalogación que incluía todos los títulos de la biblioteca y los datos sobre temática y ubicación.

Dos mujeres singulares -y tantas otras cuyo recuerdo se ha borrado- que desarrollaron su talento estimuladas por un califa insólito. Inteligente, culto, estudioso y sensible, Al-Hakam II respetaba las otras religiones y siempre prefirió la vía diplomática a la militar. Amante de las artes y las letras, durante los quince años de su reinado (961-976) atesoró 400.000 volúmenes en la Biblioteca Real -probablemente la mejor de su tiempo-, fundó 27 escuelas públicas, decretó la educación básica obligatoria e impulsó la Universidad de Córdoba.

IMG_20200201_103034Supe de Al-Hakam por esa delicada ampliación de la mezquita que todavía deslumbra a quienes la visitan. Me parece abyecto recordar a Al-Mansur y sus crueldades, a Boabdil y sus últimos días en Granada o a los mugrientos reyes feudales mientras se soslaya la contribución de un califa excepcional. Definitivamente, soy más de Al-Hakam que de Al-Mansur. Y, por descontado, que de cualquiera de sus coetáneos cristianos.

 

Un brindis (o los que haga falta) por el 2020

PenjatsSanMillanEmpezamos el año en Ezcaray con la intención de explorar sus aledaños y, de entrada, San Millán de la Cogolla se nos resiste: nuestro coche empieza a renquear poco antes de Berceo. Nos detenemos en el arcén y, tras cruzar algunas llamadas con nuestra compañía aseguradora y el servicio de asistencia de Nissan -cielos, ¿cómo sobrevivíamos antes de que existiera el teléfono móvil?-, esperamos pacientemente a la grúa que nos ha de llevar a la capital de La Rioja. Entre tanto, a nuestro automóvil-refugio le abraza un gélido aliento de Mordor: estamos a -3°C y la densa niebla se podría enrollar como algodón de azúcar.

pochasLogroñoPrimera lección del año: tomarse cualquier contratiempo de la mejor manera posible. Por ejemplo, con unas pochas con almejas en la calle del Laurel de Logroño.

SanMillánDayAfter24 horas después, insistimos en acudir a la cuna de la lengua castellana. Inasequibles al desaliento, detenemos nuestro vehículo de sustitución en la misma esquina de la carretera donde nos quedamos tirados. En esta ocasión, luce un sol radiante y aprovechamos para otear los campos salpicados de escarcha y los árboles desnudos, que de tanto en tanto sostienen racimos de muérdago. Más adelante atisbamos, por fin, San Millán de la Cogolla, la aldea que les creció a dos monasterios cuyos nombres derivan del latín: Suso, de sursum, arriba, y Yuso, de deorsum, abajo. En efecto, una toponimia digna de Barrio Sésamo.

SusoInfantesLaraEl origen del pequeño monasterio de Suso es la gruta donde el eremita Millán oraba entre los siglos V y VI: nuestra guía nos explica que el santo vivió 101 años. También nos refiere abracadabrantes milagros y pérfidas maniobras de los infieles, e hilvana un relato entre trasnochado y maniqueo en el que no falta la pincelada gore de los cadáveres decapitados de los siete Infantes de Lara, que yacen en el claustro del monasterio. El malvado personaje culpable de todas las fechorías es Al-Mansur bi Allah –el victorioso de dios-. Sí, el mismísimo Almanzor.

SusoCapitelesAlabastroLos devotos de Millán fueron mejorando poco a poco la cueva que cobijaba los retiros espirituales del santo. Así, pronto llegó una primera construcción visigótica y, ya en el siglo X, una interesante ampliación mozárabe, entre cuyos vestigios destacan los característicos arcos de herradura y dos primorosos capiteles de alabastro, que sobrevivieron al incendio provocado por las huestes de Al-Mansur en el año 1002. El recinto se recuperó con alguna última mejora en estilo románico antes de trasladar las reliquias de San Millán al flamante monasterio de Yuso, que se levantó, entre otros motivos, para consolidar la nueva liturgia romana y finiquitar los ritos mozárabes hispanos del viejo cenobio emilianense -obviamente, nuestra católica y apostólica guía omite esta información-.

SusoMozárabeLa iglesia es lo único que se conserva del famoso monasterio, cuya importancia radica, más que en el santo que propició su fundación, en los manuscritos que se crearon en su desaparecido scriptorium, uno de los más prestigiosos de la Edad Media: la Biblia de Quiso (664), una copia del Apocalipsis del Beato de Liébana del siglo VIII, el Códice Emilianense de los Concilios (992), las famosas Glosas Emilianenses y la Vida de Santa Oria de Gonzalo de Berceo, primer representante del mester de clerecía.

YusoAunque ya hice la visita guiada a Yuso con mis amigas Maite y Marta hace un par de meses, me encanta volver a hacerla: además de disfrutar de los nuevos detalles que aporta Leire -ninguna guía comenta el recorrido de manera idéntica-, me arrebata volver a escuchar de primera mano el fascinante uso del alabastro para preservar frescos y cantorales.

Nuestro interés por el tinto graciano nos conduce a la Bodega Abel Mendoza, en San Vicente de la Sonsierra. Nos recibe Maite, enóloga y esposa de Abel, quien enseguida nos invita a acomodarnos en una cálida cocina-comedor que se nota muy vivida -al fondo, un jamón en proceso de mengua, detrás de nosotros, una chimenea colosal en la que todavía se aprecian las cenizas de la última velada entre amigos-. Es una afable mujer que nos va desgranando los orígenes de su proyecto de vida, hace ya 30 años, las peculiaridades de la orografía de la zona -es un territorio riojano que comparte margen del Ebro con Álava en alegre promiscuidad- y cuánta enjundia encierra cada una de sus botellas de vino.

BodegaAbelMendozaMaite nos detalla el proceso de maceración carbónica con que elaboran sus caldos: la uva se recoge a mano, se transporta a pequeña escala y se vierte en un lago -así es como se denomina el gran depósito abierto de cemento-, donde los granos enteros fermentan intracelularmente. En ese inmenso lagar se sigue prensando la uva como antaño: pisándola. Mediante este proceso se obtienen tres calidades distintas de vino: el de lágrima o yema, procedente de los racimos rotos, el corazón, que proviene de la pulpa de los granos de uva enteros, y el de prensa, fruto del último estrujado. En Abel Mendoza solo embotellan el vino corazón, el de lágrima y el de prensa lo venden a empresas que comercializan vinos a granel.

Cinco familias viven de su producción vitivinícola, que por decisión propia se restringe a 70.000 botellas al año. Comercializan quince vinos distintos, uno de los cuales combina las cinco variedades de uva blanca autóctona que cultivan: malvasía, viura, garnacha blanca, torrontés y tempranillo blanco. Por desgracia, nos quedamos con las ganas de probarlo, porque ya no les queda ninguna botella. Sí que nos llevamos, entre otras preciosas adquisiciones, su vino 100 % graciano, aunque nos advierte de que debemos dejarlo envejecer unos meses más en su botella, cuantos más, mejor. Así lo haremos.

Haro_decadenteDurante nuestros días de asueto riojano visitamos también Haro, cuya sobrecogedora decadencia nos conmueve, y Santo Domingo de la Calzada, en cuya catedral un gallinero gótico alberga dos insólitos y plumíferos huéspedes: los mitos y leyendas de la zona nunca dejarán de sorprenderme. Ambas poblaciones despiertan en nosotros entre compasión y ternura: los carteles de inmuebles en venta, los más tan regios como desvencijados, son legión.

Desde nuestro subjetivísimo punto de vista, nada puede compararse a Ezcaray, tan pequeña y, a la vez, tan afín a todo aquello que nos gusta.

Los lugareños se muestran quejosos por la falta de nieve, que impide abrir las pistas de esquí de Valdezcaray, aunque se consuelan con los preparativos de la cabalgata del 5 de enero. Desde las ventanas de nuestro apartamento contemplamos la comitiva, encabezada por Herodes, que conduce un carro romano tirado por un burro, y un grupúsculo de centuriones con las piernas y los brazos al aire, eso sí que es ardor guerrero. A pesar del rucio, la puesta en escena promete. Pero no: tras la guardia pretoriana del rey de los judíos, avanza una colorida locomotora (¿?), luego tres comparsas de películas infantiles en plan carnaval anticipado y, por fin, las tres carrozas de los magos de Oriente. Y sí, lo habéis adivinado: Baltasar es Al Jolson en “The Jazz Singer”, pordiosquédespropósito.

Pero no hemos venido a aquí a ver la cabalgata, sino a almacenar botellas de vino para los próximos meses y a saborear las exquisiteces locales.

PulpoCasaMasipReservamos mesa en Casa Masip y no puede gustarnos más. El salón es clásico pero acogedor, y nos instalan en una mesa soberbia, bajo una de las ventanas que dan a la calle. Me pido una sensacional carbonara con setas capuchinas y trufa negra, y perdiz escabechada con una vinagreta muy particular, suave, dulce y jugosa. Regamos el almuerzo con un Allende Graciano de 2005 y salimos del restaurante pletóricos.

En cambio El Cuartito del Echaurren nos decepciona terriblemente. La ensalada de aguacate y langostinos es un cóctel de gambas versionado que nada en salsa rosa -un aderezo que me repugna-, el tartar de salmón estilo salpicón, que podría ser un plato exquisito, está innecesariamente bañado en mayonesa, y la pasta fresca con huevo escalfado, verduritas y gambas está ahogada en mantequilla. Tras ese abuso de aliño a traición, salgo del restaurante con el estómago revuelto. Nadie es perfecto, ni siquiera los Paniego.

De todos modos, nuestro restaurante preferido ezcarayense es el coqueto bistrot que improvisamos cada noche en nuestro cálido apartamento abuhardillado, alumbrados por el hipnótico fuego de nuestra chimenea de hierro colado. Por muchas cositas ricas y muchos descorches más.

CenitaEnCasa

Miedo y asco en Barcelona

Esta mañana, en la frutería del barrio donde suelo comprar, una señora bien de Sant Gervasi se queja a Marlén con tono de reproche.

– Ayer vine a hacer una gran compra y no estabas tú –como si la maravillosa persona que, hoy domingo, nos atiende, tuviera que acomodar su descanso semanal a sus pequeñoburgueses designios-. Esa otra chica que había, ¿es tu hermana?

– No, ¿por qué? -responde Marlén, sorprendida.

– Es que como todas os parecéis…

Entonces Marlén demuestra que la verdadera dama es ella: no pierde su dulce y eterna sonrisa y la mira con una envidiable mezcla de indiferencia y perplejidad.

En cambio esa vecina sí que se parece a otra madama: mientras paseo con mi madre por el jardín de la residencia donde la atienden, critica que la principal lengua de los cuidadores sea el castellano. Curiosamente, de cómo velan, lavan, peinan, dan friegas, curan llagas, alimentan, cambian pañales, limpian vómitos, abrazan, arropan, acompañan, consuelan, sonríen, acarician o susurran con cariño, no comenta nada. Haría bien en sacar de allí a su madre y contratar a una auténtica pubilla para que se ocupara de ella a base de ratafia mientras le canta el Virolai.

Los nietos de ambas arpías son dignos depositarios de ese etnicismo esencialista que ha mutado el xarnegos por castellans –como si el cambio de un término por otro camuflara el desdén con que lo escupen-, aunque su profundo desprecio sigue siendo el mismo: de igual manera que invaden los espacios y servicios públicos que son de todos, obstaculizan el acceso a clase a los universitarios que no piensan como ellos. Y si queman el mobiliario urbano, sus madres salen a la calle a gritar que a sus niños no los toca nadie, con lo monos que han quedado en los selfies que se han hecho junto a sus vistosas fogatas verbeneras. Aunque muy avispados no son: se cubren la cara y el cabello y luego lo comparten todo en redes sociales. Bueno, no todo, a veces editan las imágenes, al fin y al cabo es por una buena causa.

El vídeo en su versión íntegra empieza así: en un cruce del Ensanche, un grupo de púberes cataborrokos envuelve en cartón unos contenedores y los transforma en inminente pira. Antes de que les dé tiempo a prenderles fuego, se aproxima la muchachada del aguilucho. Al apercibirlos, la mayoría de los vándalos incendiarios pone pies en polvorosa. No obstante, uno de ellos se queda y se encara con los cafres rojigualdos, incluso les desafía con un lenguaje gestual bronco. No es valentía, es temeridad. O tal vez exceso de sustancias deshinibidoras en sangre.

Después de la tremenda paliza, algunos medios resumen la noticia: fascistas apalean a un antifascista. A pesar de la gravedad del linchamiento, el titular me parece tendencioso. Stricto sensu, fascistas lo son todos, porque fascista es quien impone y no admite la discrepancia. Quien se toma al pie de la letra els carrers sempre seran nostres -qué cosas, lo mismo decía el ínclito Manuel Fraga Iribarne-. Digo yo que la calle será de todos los barceloneses y barcelonesas, en nuestra variopinta diversidad y nuestras eclécticas discrepancias.

La etnocracia se ha incrustado en la sociedad y las instituciones catalanas espoleada por Torra, un activista de última hornada que, en cambio, hace ocho años se indignó cuando el movimiento 15-M rodeó el Parlament. Un presidente que admira a los hermanos Badia –reitero, ¿quién era fascista?-, los gestapillos de Estat Català, da miedo y asco. O asco y miedo, no sé en qué orden.

CapitàCollons

Arnedo

Reconozcámoslo: saber de quién te hablan cuando nombras a Nadia Comaneci delata una flagrante madurescencia. La famosa campeona de barra de equilibrio de los años 70 inspiró el nombre de guerra de uno de mis grupos de whatsapp, las komanechis, que por algo reinamos las tres en la barra de los bares que nos gustan o en el balcón de mi casa, donde compartimos mojitos cuando necesitamos terapia de amigas.

Una de aquellas noches en las que nos arropamos con risas y confidencias, Maite, la komanechi riojana, ofreció su casa de Arnedo y su automóvil para nuestra primera escapada juntas: ya iba siendo hora después de tantos años –nos conocimos hace muchisísimo a través de nuestras hijas-. Aunque me atrevo a afirmar que Marta, la komanechi más noctámbula, fue la verdadera instigadora de nuestra escapada otoñal, que agendamos con meses de antelación.

Llegamos a Arnedo a tiempo para asaltar uno de los outlets de la localidad. Maite nos cuenta que algunos vascos se acercan un par de veces al año para comprar ropa de deporte, calzado o prendas de vestir. No me sorprende, jamás hubiera imaginado que existiera una oferta así en mitad de La Rioja. Abracadabrante.

Sopitas_privéDespués del largo trayecto en automóvil desde Barcelona, cunde el cansacio, pero sobretodo el hambre. La oferta de restauración de la población riojana es, aunque limitada, sensacional. La mejor es, quizás, la del restaurante Sopitas. Excavado en el subsuelo, cada recoveco es un reservado donde nos cobijamos como en un refugio, a salvo de miradas ajenas y tan solo salpicadas por la cháchara y las risotadas de las conversaciones aledañas.

Sopitas_pimientosAntes de acordar nuestra selección de platillos, Maite nos advierte de que las raciones son más que generosas. Qué sabio consejo. Saboreamos unas cazuelitas de migas de pastor como entrante de bienvenida y luego compartimos los indispensables pimientos de cristal asados, una soberbia sartenada de alcachofas, unos canelones de foie trufados y unas manitas de cerdo tan melosas que se volatilizan en el paladar. Por supuesto, todo ello regado con el vino de Rioja que nos recomienda nuestra anfitriona.

Aunque ella nació en Barcelona, la familia de Maite procede de Arnedo, donde disponen de una vivienda increíblemente espaciosa en la que pueden hospedarse cómodamente 14 personas. Como el espíritu de nuestra escapada es el de unas colonias madurescentes, optamos por compartir una habitación con dos literas, en cuyos lechos nos agusanamos enfundadas en nuestros sacos de dormir, felices como colegialas.

Frutería_bróquilEn cuanto me levanto y salgo a la terraza a colgar la toalla de la ducha, me llena de nostálgica ternura divisar una hilera de macetas pintadas a mano -la base de un color, la cenefa superior de otro-, exactamente igual que en el patio de la casa de mi abuela la maña. La añoranza baturra me persigue: compramos pimientos del cristal ya asados en una verdulería donde exponen sus productos con primoroso esmero, y no puedo evitar comprar también borrajas, una hortaliza que me teletransporta a mis veranos infantiles en Zaragoza. En Arnedo todo tiene un aire muy familiar.

La hora de la excursión. De camino a San Millán de la Cogolla, contemplo un paisaje de reminiscencias moncayas: la hipnótica aridez rojiza, acentuada por los cobrizos viñedos, contrasta con los níveos perfiles de los molinos de energía eólica.

Yuste_glosasLos monasterios de Yuso y Suso son independientes el uno del otro. Aunque la copia de las famosas Glosas Emilianenses se exponen en el primero, en realidad se escribieron en el segundo: un monje anónimo, seguramente vasco –también apunta alguna palabra en euskera-, se enfrenta a un códice escrito en latín y anota en lengua romance algunas acotaciones para comprender mejor los giros gramaticales y los significados de algunos términos. Él no es consciente de estar creando el primer testimonio escrito en castellano. O, por lo menos, el más antiguo que se conserva. Hay quien, equivocadamente, piensa que el autor de las Glosas Emilianenses es el también monje Gonzalo de Berceo, el primero que firma un texto en castellano, aunque unos doscientos años después.

Yuste_unicornioAdemás de admirar el inacabado claustro de bóvedas góticas y concepción renacentista, la visita guiada a Yuso permite observar un pintoresco óleo que representa a San Millán cabalgando en un caballo que se parece bastante a un unicornio, así como apreciar los frescos del techo de la sacristía, que preservan la riqueza de sus pigmentos tricentenarios gracias a que el suelo de alabastro regula la temperatura y absorbe la humedad.

Yuste_cantoralesY sin embargo, lo que me cautiva de esta primera incursión al santuario de las rarezas bibliográficas monacales es el armario donde se conservan los cantorales de los monjes. Escritos sobre pergamino de piel de vaca y encuadernados en madera, cuero y herrajes, han resistido a lo largo de los siglos a través de un sistema habilitado por los benedictinos en el que los elementos primordiales son la ventilación y de nuevo el alabastro para controlar las condiciones óptimas de conservación.

Me arrebata la visita a Yuso.

BodegaInVinoVeritasAl salir de allí nos dirigimos a la vecina Badarán para almorzar en el Club del vino de la bodega David Moreno, donde la familia de Maite tiene su propia barrica. Todos quienes guardan su tesoro vitivinícola allí tienen derecho a usar un par de pequeños comedores que albergan lo necesario para disfrutar de los víveres que lleves y de tu propio vino. Como un pícnic, pero instaladas cómodamente en las entrañas de la bodega.

LaguardiaCallejaTras una efímera parada en Cenicero para atisbar la decepcionante estructura de titanio ideada por Frank Gehry para Marqués de Riscal, estacionamos el coche en Laguardia, la capital de la Rioja Alavesa. La encantadora villa medieval se distribuye, abrazada por su perímetro amurallado, a lo largo de tres calles principales y algunas plazas y callejuelas en las que abundan restaurantes y alojamientos relacionados con el vino.

LaguardiaTorreDecidimos subir a la magnífica Torre Abacial, levantada entre los siglos XII y XIV. Se llama así porque se cree que pudo formar parte de un monasterio templario. Aunque se construyó como atalaya de defensa, posteriormente se utilizó como campanario de la cercana iglesia de Santa María de los Reyes, con la que estuvo unida hasta el siglo XIX por un pasapuente. Las vistas desde su amplia terraza superior merecen mucho la pena.

LaguardiaPlazaMayorLa arisca ventisca nos azota como látigos de hielo. Antes de abandonar la torre exenta, le preguntamos a la responsable del monumento si conoce alguna cafetería donde tomar un buen chocolate a la taza. La mujer, tan estupefacta como si le hubiéramos pedido dónde tomar una zarzaparrilla, nos mira con una mezcla de desdén y compasión y nos envía a la Plaza Mayor, “allí hay un par de bares antiguos, quizás os sirvan algo así”. Pero no, ni rastro de tisana alguna. Eso sí, coincidimos con el pintoresco momento en que tres figurillas asoman en alegre danza mecánica bajo el reloj del ayuntamiento. LaguardiaRelojDebajo, en la zona porticada, una tienda con prendas de Dolores Promesas y La compañía fantástica nos llama con sus cantos de sirena. Maite y yo nos entretenemos probándonos piezas. Estoy en el vestidor zafándome de una camisa cuando nos avisan de que debemos salir a toda prisa: hay un encierro de vaquillas y la tienda permanecerá cerrada durante una hora. Como no abreviemos, nos quedaremos allí atrapadas. Pordiosquéestrés, ya podrían habernos avisado antes. Me enfundo el suéter del revés, me calzo las deportivas en modo chancla, arrastro chaqueta y bolso como puedo y escapamos a la carrera. Ríete de “La huida” y de Steve McQueen.

Minutos después, en la cafetería extramuros donde nos guarecemos.

– ¿A qué viene el encierro? 
– Es por la fiesta de acción de gracias. 
– ¿Pero eso no es algo que solo se celebra en Estados Unidos? 
– No, damos las gracias a que hemos tenido una buena cosecha y ahora están los bolsillos llenos para gastar.

Pues nada, que corran la cerveza y el vino y las ternericas por las callejuelas.
Sin duda transtornada por el suceso, Marta manifiesta solemne: “Ha llovido agua”. Va siendo hora de regresar a Arnedo.

Tras la gratificante experiencia en el restaurante Sopitas la noche anterior, y aunque en las antípodas en cuanto a tipo de local, los ingredientes de proximidad sabiamente preparados son igualmente característicos en la cocina del bullicioso bar Hugo. Probamos la especialidad preferida de Maite, champiñones a la plancha, y también unas alcachofas con foie y unos chipirones en su tinta gloriosos. Nos fascina que la camarera se multiplique para atender a los numerosos parroquianos: reparte bebidas y platos con habilidad de croupier. La proclamo, desde ya mismo, camarera del año.

A las once de la mañana del domingo tenemos cita en el ayuntamiento para conocer el patrimonio rupestre de Arnedo. La entrada para la visita guiada es un mismo y minúsculo recibo donde se escribe a mano el nombre de quien reserva, el número de personas y el importe total. 90% sostenible –solo le falta estar impreso a una sola tinta-.

En la iglesia de Santo Tomás, coronada por su nido de cigüeñas y con sus capillas excavadas en las entretelas de la loma, se inicia el entramado urbanístico rupestre de Arnedo, propiciado por la roca arenisca presente en todo el valle del Cidacos. La orografía del municipio la configuran tres perforados cerros, el de San Fructuoso, con un complejo de cuevas de origen religioso, el del castillo, cuyas cavernas se usaban como vivienda, y el de San Miguel, donde se ubicaban tanto bodegas como viviendas horadadas en la colina.

CuevaAlpargatasEn las viviendas-cueva se preservaba fácilmente la temperatura. Sin luz ni agua corriente, las fuentes eran el centro de reunión del pueblo, y la iluminación se solucionaba con lámparas de aceite, candiles y velas. Como complemento a los ingresos domésticos, se cosían alpargatas, una industria que con el tiempo se transformaría en la principal actividad económica de la localidad.

CuevaCocinaLa cultura del aprovechamiento estaba muy arraigada entre los habitantes de las casas-cueva. En el caso de los ingredientes perecederos, se conservaban para utilizarlos durante el invierno, como el pimiento de pincho -asado, limpio y deshidratado-, el tomate seco, los orejones de manzana, las mermeladas, el membrillo… En aquella época libre de plástico, los desperdicios se reutilizaban, bien para darles un nuevo uso, bien para alimentar el hogar o a los animales.

CuevaColumbariosLa Cueva de los cien pilares, también conocida como monasterio de San Miguel, es una de las 184 cuevas de Arnedo de origen religioso. Siguiendo creencias paganas vinculadas a las palomas como guardianas de los espíritus, también se agujereaba la montaña para construir colmenas de columbarios que habían de albergar urnas funerarias. Estos columbarios convivían en alegre armonía con numerosos palomares, que etimológicamente guardan con ellos un íntimo parentesco.

En las cuevas era fácil defenderse de los saqueadores despeñándolos por los estrechos pasos que jalonaban los barrancos, o escapando hacia las cuevas superiores por estrechos agujeros que, o bien se blindaban retirando las escaleras de acceso, o bien se utilizaban como trampa mortal en cuanto asomara la cabeza de cualquier bandido.

Al finalizar la visita, albergo cierto recelo sobre algunos datos que nos ha proporcionado nuestro guía, un ser repelente y soberbio que utiliza como unas 35 veces por minuto la expresión “a la definitiva” y está encantado de conocerse. Maite asegura que su padre –un culto arnedano de memoria prodigiosa- contrastará todo lo que cuenta cuando asista a esta actividad pendiente. Si pudiera presenciar el encuentro, me sentaría a disfrutarlo con un cucurucho de palomitas.

Qué fin de semana tan estupendo. A ver cuándo programamos la próxima escapada de komanechis.