Bye bye Britain

Queríamos viajar a Londres antes del Brexit, just in case, así que compré cuatro billetes de ida y vuelta con ocho meses de antelación por 200 euretes: easyJet es la compañía más lowcost del mundo mundial. Con la misma anticipación reservé nuestro alojamiento a través de la web de AccorHotels en el Ibis London Shepherds Bush–Hammersmith: tres noches en dos habitaciones dobles, con desayuno bufé para cuatro, 400 euros, gentileza de mi tarjeta de fidelidad.

fly to londonEn octubre me llegó vía email una oferta del Club Cliente de Aena, oh albricias, que me ofrecía un descuento del 25% en el parking del aeropuerto de El Prat, válido para reservas anteriores al 31 de enero de 2019. Hay un orden cósmico. Tras desestimar cambiar moneda y decidir tirar de VISA, a falta de pocos días para nuestra escapada familiar solo teníamos pendiente solucionar el traslado de Gatwick al hotel. Después de investigar distintas opciones, descubrimos que la compañía ferroviaria Southern Railway conectaba ese aeropuerto con nuestro Ibis, solo había que hacer un cambio de tren en la estación de Clapham Junction. Reservamos los billetes online y guardamos el código para imprimirlos a nuestra llegada. Ya teníamos todo a punto, empezaba la cuenta atrás, tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Viernes 4 de enero. Londres. Comprobamos que nuestro hotel está cerquísma de la estación de tren, de la estación de metro Shepherds Bush de Central Line y de las paradas de ida y vuelta del 94, que conecta con Piccadilly Circus las 24 horas del día. Almorzamos con horario británico en el restaurante Leon del barrio. Nos lo recomendó mi amiga Susana para satisfacer las preferencias vegetarianas de la mitad de mi familia, cuentan con un montón de establecimientos por toda la ciudad. Sí, también en Shepherds Bush.

museo de historianaturalMariola insiste en visitar el Natural History Museum. Millones de familias con niños de todas las edades y un ejército de cochecitos se arremolinan en la sección de dinosaurios. La marea humana nos atrapa y escapar de ella es como liberarnos de unas arenas movedizas, pordiosquésuplicio. Suerte que la zona de mineralogía está mucho menos concurrida y podemos apreciar las rocas y cristales de mil y una tonalidades sin aglomeraciones. Cruzamos la calle y enseguida entramos en el Victoria&Albert: su colección de moda me requetechifla. Sesión de museos finiquitada.

birraLos dos séniors despedimos la agotadora jornada en el pub Red Lion, al lado de Carnaby Street: tenemos la suerte de entrar a las seis y poco, justo cuando acaban de abrir el comedor de la planta de arriba. Como podemos escoger donde acomodarnos, nos instalamos en una bonita mesa bajo los ventanales. Me zampo un fish&chips glorioso y tomamos algunas pintas de medio litro. Awesome.

british coreaEl sábado llegamos al British Museum cuando están abriendo puertas, así podemos cotillear mejor el ingente patrimonio expoliado por los ingleses en Egipto, Grecia y Oriente Medio. La visita de las plantas superiores, que albergan interesantes dibujos, así como algunas espléndidas piezas de Corea y Japón, es mucho menos populosa y nos permite curiosear con más tranquilidad.

En cuanto salimos nos dirigimos a Candem. Almorzamos estupendamente en The Ice Wharf, que funciona como un pub -eso sí, a escala king size por las dimensiones colosales del local-: pides en la barra platos y bebidas, das tu número de mesa, lo abonas todo y te lo traen enseguida. En la carta incluso te animan a usar una aplicación, la Wetherspoon app, para solicitar la consumición directamente, sin pasar por el mostrador ni moverte de la mesa. Qué cracks.

Después de comer damos una vuelta por las mil y una tiendas de los alrededores, sin olvidarnos de Gohil’s, cuyas carteras son de una manufactura superior –sí, cae otra más, y ya van no sé cuántas-. El entrañable artesano -¿artista?- del cuero nos revela, ay, que está a punto de jubilarse, y nos confía que su hija, que vive en Toledo, está desolada porque allí no encuentra queso cheddar. Le pienso en la cara, “será que no hay mil y un quesos mejores que ese engendro”, pero enseguida reflexiono que yo tampoco podría vivir sin aceite de oliva. Al fin y al cabo, somos animales de costumbres. Sobre todo gastronómicas.

En una zapatería regentada por unos pakistanís encantadores me pruebo unos botines fabulosos que, no obstante, no superan la prueba de mi dolorido y cada vez más deforme pie derecho, así que con gran pena desisto de comprármelos. Googleo la marca, New Rock Original, y la fábrica está en Yecla. Qué cosas.

tower bridgeDe mercadillo a mercadillo: el domingo por la mañana nos desplazamos hasta Old Spitalfields Market. El frío hiela hasta las ideas y, tras ampliar mi repertorio de vestidos Collectif Vintage con una nueva adquisición aprovechando las rebajas, nos refugiamos en una cafetería y nos escapamos a la carrera –por aquello de entrar en calor- hasta la London Tower y luego atravesamos, igualmente a paso ligero, el Tower Bridge, a fin de recorrer el tramo del muelle que jalona el Támesis por los aledaños del atómico City Hall. Almorzamos –mal- en el primer comedero con que nos topamos y nos dirigimos al Big Ben a petición de Mariola: qué decepción, está andamiado hasta su cúspide, y mudo desde agosto de 2017 –y hasta el año 2021- por trabajos de restauración. Y nosotros sin saberlo. Es lo que tiene haber ido a Londres en otras ocasiones, que ya ni buscas información sobre los sitios turísticos y vas improvisando, a la caída.

angelLa tarde discurre en apacible paseo desde Covent Garden hasta Regent Street. Compartimos nuestro periplo con muchos menos peatones que los dos días anteriores y sin apenas oropeles: en calles y avenidas están retirando las centelleantes mallas cuajadas de luces de Navidad. Se acabaron las Fiestas y nuestro viaje. Bye bye, Britain. Fue bonito mientras duró.

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El nuevo hogar de mamá

Hoy hace dos meses que mamá vive a cinco minutos de casa. Su nuevo hogar está más cerca que cualquier panadería del barrio o que la cafetería en la que a veces desayunamos. Reside en Residencial Putxet, un centro geriátrico especializado en demencias.

Cuando mi hermana y yo lo visitamos por primera vez, fue un auténtico flechazo. Accedimos en coche por la rampa de acceso para automóviles –mi hermana vive fuera de Barcelona- y la primera impresión nos cautivó: el vasto jardín, jalonado por una hilera de pinos formidables, se extiende a los pies de un recoveco de la colina del Putxet, de manera que las instalaciones quedan perfectamente parapetadas del bullicio y los ruidos de la ciudad. Es una burbuja ajena al trajín de Barcelona.

Milagros, la directora, hace honor a su nombre -lo mismo que Amparo, quien tanto nos ayudó a cuidar de mamá en la fase más complicada de su Alzhéimer-. Mientras conversa con nosotras, observa a un abuelo que trastea con una de las sombrillas del jardín. Nos deja con la palabra en la boca y acude rauda hacia él para evitar que el artefacto le caiga encima. Luego nos acompaña en improvisado paseo para enseñarnos los espacios comunes, amplísimos y bañados por la luz natural que se cuela por el acristalado perímetro, y las habitaciones, todas ellas alegres, luminosas, con volátiles visillos y colchas de vivos colores.

– ¿Dónde dormiría mamá?

– Todavía no os lo puedo decir. Primero la tendríamos en observación algunos días en un cuartito junto al personal de guardia para analizar su adaptación y conocer sus hábitos, y luego ya compartiría dormitorio con quien pudiera congeniar mejor.

En cuanto salimos de allí, tanto mi hermana como yo sabemos, aliviadas, que la prospección ha cesado. Durante meses hemos recorrido la zona alta de Barcelona en busca de la residencia ideal para nuestra madre, pero hasta ese momento ninguna se había ajustado a los requisitos y las expectativas de ambas. Felicidad máxima.

El día acordado para su ingreso hay nervios, muchos nervios: no podemos acercarnos a visitar a mamá hasta que Milagros nos confirme que confía en el equipo de profesionales que trabajan con ella desde hace 20 años. Se me encoge el corazón cuando cavilo sobre su primera noche allí e imagino ese terrible momento en el que pensará que la hemos abandonado, aunque me reconforta la tranquilidad de que tanto mi hermana como yo coincidimos en que está en el mejor lugar posible. Sin embargo, en realidad todo es más fácil de lo que nos figurábamos: “Se ha hecho muy tarde, Roser, ¿te quieres quedar a dormir?”. Y sí, en cuanto cae el sol, mamá solo desea sentirse segura y protegida.

Cuatro días después de encomendarle mamá a Milagros, me escapo a visitarla. La encuentro radiante y feliz y me admira la velocidad a la que se ha adaptado. Claro que, bien pensado, cuesta muy poco acostumbrarse a lo bueno.

Cuando voy a verla, que es tan a menudo como puedo, paseamos juntas por el apacible jardín y nos entretenemos en oler las flores del exuberante jazmín, observar una charca donde moran cuatro tortugas, adivinar los movimientos de las urracas entre las copas centenarias o contemplar a un gato de vacuno pelaje que se cobija en los recodos más confortables. Muchas veces me la encuentro ya recorriendo el sendero que orilla el césped, mamá siempre ha sido muy andarina. A veces se nos suman Mercè, una enjuta madurescente con un grado de demencia un poco más avanzado –ya no sabe descifrar la hora ni responder a lo que le preguntas-, la elegante Maria, que camina a pasitos cortos, como si sus tobillos estuvieran trabados por un hilo invisible, o Montse, que lo observa todo desde sus ojazos con pestañas de femme fatal ampurdanesa. Esas visitas le hacen tanto bien a mamá como a mí: durante un vivificante paréntesis, el baño de realidad me hace concentrarme en lo que verdaderamente importa y desconectarme de lo demás. Sobre todo de mí misma.

Mientras caminamos o nos sentamos al sol, mamá se inventa que desde que está allí han crecido mucho las copas de los árboles, o que desde una esquina se puede avistar mi casa, pero también me cuenta que la cuidan muy bien, que todo el personal es muy cariñoso y que, incluso por la noche, los enfermeros de guardia se asoman de tanto en tanto por la puerta de su habitación para comprobar que está bien y arroparla si se ha desabrigado. Y es que desde hace varias semanas mamá ya tiene su propio dormitorio con vistas al parque del Putxet. Lo comparte con Concha, una entrañable abuelita de prístina mirada y dulce gesto que también se sienta con ella en el comedor.

Después de largos meses de angustia, de desazón, de incertidumbre, de irnos adaptando a la involución de su enfermedad y de que las personas que más quiero padecieran un pequeño infierno en mi insufrible compañía, se hizo la luz al final del túnel. Mi hija Ángela lo resumió requetebién en una sola frase: “Hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz, mamá, has estado viviendo en una nube negra”. Cuánta razón. Saber que mamá está en tan buenas manos las 24 horas del día no tiene precio.

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Día de vino y rosas

Somos novios. Solo disponemos de 24 horas, pero estamos más que dispuestos a apurar al máximo nuestro paréntesis de íntimo asueto. Destino: Alt Penedès.

Antes de partir desayunamos divinamente en Rosa Estrella, el flamante establecimiento que inauguraron el pasado jueves en los bajos del edificio de La Rotonda. En la zona de degustación, Juan Pablo, que hasta hace nada reinaba en la barra de Cortacans, se multiplica para que todos tomemos lo que nos gusta y nos sintamos cómodos. Ha arrastrado al nuevo local a cuantos le conocían en el barrio -para que luego digan que cualquiera puede ser camarero-.

bodega_llegadaNos subimos al coche y enseguida comprobamos que nuestro destino está aún más cerca de lo previsto, de modo que discurrimos sin prisas entre los ya cobrizos viñedos. Llegamos a la Masia Parés Baltà a tiempo para la golosa cata que reservamos días atrás: maridaje de vino y chocolate. En recepción nos presentan a nuestra cicerone, Gisela, una muchacha locuaz y encantadora, vecina de La Granada, que únicamente nos acompaña a nosotros. Más personalizado, imposible. Unbelieveble.

biodinámicaDurante dos horas y media, Gisela nos contagia su entusiasmo por todo lo que explica. Nos desvela los secretos de la agricultura biodinámica, una forma de relacionarse con el entorno inspirada por Rudolf Steiner que concibe la granja como un organismo holístico que sigue el ritmo de los ciclos lunares y el movimiento de las constelaciones. barricaAsí mismo nos muestra cómo se elabora el cava y nos revela las diversas crianzas de los caldos que allí se producen: en barrica de roble europeo, que es menos poroso que el roble americano, en cuba de acero inoxidable, en tinaja de cerámica, a la manera autóctona prerromana, o en damajuana de vidrio, el último experimento de las dos intrépidas enólogas de Parés Baltà, María Elena y Marta.

cavaLa ceremonia del maridaje se desarrolla en una sala exclusiva para nosotros. Plaisir privé. Probamos siete variedades de vinos y cavas, un aromático aceite de arbequina que solo comercializan allí y cuatro especialidades diferentes de la cercana chocolatería Simón Coll. Sin embargo aún nos queda un hueco para el almuerzo.

Ante la inviabilidad de reservar en El Convent –días atrás fue imposible conseguir que respondieran al teléfono-, comemos en el restaurante La Vinya del Mar de Vilafranca: exquisitas las ostras, soberbias las croquetas de marisco y sabrosísimo el arroz meloso con calamares y alcachofas.

De camino a nuestro alojamiento, la sierra de Montserrat se recorta al fondo como un gigantesco decorado de cartón-piedra. Qué cielo tan magnífico.

llegadab&b2Cuando llegamos a B&B Wine&Cooking Penedès, la luz del atardecer baña el paisaje con su manto centelleante y nuestra anfitriona nos recibe con una cordial bienvenida que nos arropa el ánimo. Magnus y Marta, dos urbanitas reconvertidos en posaderos, han sabido convertir la Masia Can Xup en un coqueto y acogedor hogar. Un payés se ocupa del viñedo anejo a la finca: lo acaban de replantar para mejorar la cosecha de uva que les compra la bodega Vallformosa.

En el comedor de Wine&Cooking, una vistosa nevera rosa chicle alberga refrigerios de emergencia, desde bandejas de embutidos y quesos para viajeros cansados y hambrientos, hasta bebidas, como nuestra botella de cava cortesía de la casa. Marta nos confiesa que los cursos de cocina que anuncian en su web están bastante enfocados a los numerosos turistas americanos, canadienses y europeos que frecuentan el cautivador hospedaje, sobre todo en verano: los platos que les enseñan a elaborar forman parte de nuestra gastronomía casera.

B&BllegadaDormimos plácidamente: nos hacía mucha falta un sueño reparador. El desayuno es espléndido y la puesta en escena de todos los ingredientes es tan pulcra como apetitosa. El pan, recién hecho, es de Ca l’Arseni, una tahona artesana de Sant Sadurní d’Anoia. Yo escojo probar un par de quesos mientras Marta nos prepara zumo de naranja natural, huevos fritos y tortilla. Enseguida llegan también nuestros cafés con leche, servidos en sendas tazas de loza de estilo provenzal –abundan los detalles cucos en la decoración y el menaje-. Mientras la mañana se despereza, la conversación se teje entre los tres con cálida complicidad.

De regreso a Barcelona, concluimos que, aunque la perfección no existe, el breve paréntesis del que hemos disfrutado se acerca mucho a ella.

Viñedos del Somontano

Con motivo del último cumpleaños de mi marido, organicé una escapada para dos a esa pródiga tierra de vinos que queda a dos horas y media en coche desde Barcelona. Viernes 12 de octubre, hala, vámonos.

Aunque salimos almorzados de casa, paramos a resayunar en Monzón. Dos televisores vomitan fatuas imágenes del desfile de las fuerzas armadas y la boda de Eugenia de York. Parecen de una galaxia muy muy lejana. En la Plaza Mayor, un grupo de lugareños, engalanados con sus trajes de mañico, esperan con sus flores de ofrenda a la Pilarica. Nobleza baturra.

Cuando llegamos a nuestro hotel rural, Casa Perarruga, nos dan la bienvenida Mireia y Jordi, dos catalanes de Mataró afincados en Pozán de Vero desde hace 10 años: aficionados al barranquismo y asiduos visitantes de los cañones de la Sierra de Guara, compraron una ruina y la fueron habilitando poco a poco, primero el pajar, donde ubicaron su vivienda, y posteriormente el caserón, que ahora aloja cuatro habitaciones y una cocina para uso y disfrute de los huéspedes, que además es comedor de desayunos. Es un apacible lugar muy cerca de todo y más que recomendable tanto para parejas como para familias.

AdahuescaJOseantonioLa población de Adahuesca preserva su coqueto casco urbano medieval, donde todavía pueden apreciarse algunas mansiones solariegas, así como buena parte del perímetro amurallado de su antiguo castillo, del que apenas quedan restos. Sí que permanecen, en cambio, horrivestigios del franquismo: la iglesia parroquial de San Pedro luce un pegote falangista con una lista de patriotas que empieza por el ínclito José Antonio Primo de Rivera y termina por una tal Nunilo, que responde a una de las dos santas del villorrio –antes decapitadas que musulmanas-. La otra cede su nombre a la primera bodega que visitamos.

moristelAlodia es la empresa vitivinícola familiar que gestionan Sergio y Beatriz, una anfitriona excepcional. Más que una visita al uso, nos glosa detalles interesantísimos sobre la región. Nos detalla que la Denominación de Origen de Somontano es muy joven -data de 1984-, pero que en la zona ha habido viñedos desde la época romana y que muchas familias tienen su propio lagar y elaboran vino para ellos mismos o para vender alguna botella de tapadillo. Fieles a la tierra en la que están arraigados y preocupados por preservar las especies autóctonas –son especialmente puristas con el uso del distintivo Denominación de Origen-, en Alodia se han especializado en las seis variedades de uvas locales, aunque entre ellas destacan tres, que solo se cultivan en esa comarca: la singular variedad blanca alcañón, prácticamente desaparecida, que se recoge muy tarde, después de cosechar las tintas, aunque por error se solía recolectar todavía verde; la parraleta, cuyo resultado es un vino ácido y lento; y la moristel, que me cautiva en cuanto pruebo su correspondiente monovarietal –en Alodia producen cinco caldos de esta tipología, la Serie1-.

Beatriz se extiende relatándonos a cuántos metros bajo tierra se adentran las raíces de la viña en busca de agua, cómo incide la piel de la uva en la carga cromática del vino o cómo afectó la filoxera a las cepas de todo el país, que desde entonces están injertadas en pies americanos –excepto en Canarias, donde la filoxera nunca llegó-. Respecto a otras bodegas de la zona, nos desvela que Bodega Pirineos conserva el espíritu cooperativista de la región, que Bodegas Lalanne, de origen francés, se fundó en Burdeos en 1842 y se instaló en el Somontano en 1894, y que una gran bodega de cuyo nombre no quiero acordarme abusa de la Denominación de Origen al comercializar con ese sello calidades ínfimas que lo desprestigian.

Garbanzos con foieTras la correspondiente cata subimos al comedor de su restaurante, El Alcañón, donde dos familias celebran acogolladas el santo de sus respectivas Pilares. El menú degustación es a lo maño. O a lo vasco, porque Beatriz es de Bilbao. Consta de tres entrantes, dos primeros -uno de ellos, unos garbanzos con foie atómicos- y un contundente segundo, a escoger entre tres opciones. Nosotros elegimos el jabalí estofado al curry, sorprendentemente tierno porque primero lo desangran y luego lo maceran con vino blanco y especias. Mientras intento engullir algunos pedazos del gorrino salvaje, me siento un poco Obélix. Y eso que todavía falta el postre, una selección de quesos de cabra de Radiquero y helado de uva. Pordiosnomecabenadamás.

Fuente republicanaLa capital del Somontano es Barbastro, una pequeña ciudad que se arracima a ambos márgenes del Vero. Orillando el río pueden apreciarse tres deliciosas fuentes, la del Azud y la del Vivero –conserva una inscripción de la I República-, que durante años permanecieron sepultadas, y la de San Francisco, que se asoma a los pies de la iglesia del mismo nombre. La fachada del templo ostenta un plafón king size de loanza a los caídos en la cruzada contra los rojos, aunque está salpicado de pintadas con los colores de la bandera republicana, “¿Cuándo lo quitáis?”. grafitiNo muy lejos de allí, en la calle Siervas de María, un grafiti anarquista desea, orwellianamente, un feliz 1984 a los peatones. Y en una pared cercana al río, un poeta urbano escribe “Millones de vicios y el mío está en tu iris”. Me está gustando mucho Barbastro.

Remontándonos al lenguaje pictórico de varios siglos atrás, en el Museo Diocesano de Barbastro –la rehabilitación borró de un plumazo cualquier resto del interior renacentista, pordiosquédespropósito- puede apreciarse el impresionante pantócrator del ábside de la iglesia de San Pedro de Villamana –ya veis, no solo hay frescos robados en el MNAC-. Me cautivan las lipsanotecas, pequeños cofres del tesoro que conservan datos relativos a la ceremonia de consagración de los templos románicos, desde la fecha hasta los ilustres personajes de la época presentes en ella. Siempre se aprende algo nuevo.

campanario 2Frente al museo, sobre el solar donde se alzaba la mezquita aljama, se levanta la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, un edificio de planta de salón cuyo campanario se yergue exento, seguramente por la reutilización del minarete del antiguo templo musulmán. En el pináculo de la solitaria torre anidan las cigüeñas, que otean la ciudad desde su privilegiado mirador.

Hacemos una pausa en la cafetería Victoria, que luce un par de fotos que resumen la historia del local: hace más de un siglo albergó una tienda de materiales de construcción y en 1930 se reconvirtió en bar castizo. Olé.

Más allá, la deliciosa Plaza del Mercado, que el sábado por la mañana se llena de frutas y verduras de los campos vecinos, parece el escenario de una obra de teatro: sus pilares neoclásicos de cartón-piedra son fruto de una de las reformas que han ido configurando este espacio público, acometida en 1932. opusLa última actuación urbanística es más inquietante: en una esquina de la plaza se edificó un inmueble en el lugar donde se ubicaba la casa natal de José María Escrivá de Balaguer –una placa conmemorativa se enorgullece de ello-. Sí, el fundador del Opus Dei es barbastrense.

PalacioArgensolaMuy cerca del mencionado caserón puede admirarse la soberbia fachada del Palacio Argensola, cuya galería de arcos de ladrillo, coronada por un hermoso alero de madera de trabajada manufactura, fue concebida como soporte y pieza de aireación de la cubierta. Hoy el palacete es de uso y disfrute público y alberga una minúscula sala de exposiciones, la biblioteca municipal y una escuela de música.

LausLa segunda instalación vitivinícola somontana en la que tenemos cita es la Bodega Laus, cuya visita al uso -bastante aburrida, por cierto, os la podéis ahorrar- muestra los procesos de producción industrial del vino a través de flamantes plantas automatizadas. Arquitectónicamente, sus instalaciones se sustentan en cuatro elementos clave: agua, cemento, acero y cristal, la madera solo se atisba en la sala que da cobijo a las barricas de roble francés y americano donde maduran los vinos. La fábrica es una formidable oda a la modernidad a quien la crisis pasó factura: en 2016 entró en concurso de acreedores y fue adquirida por Enate, aunque el derroche fue mucho peor -más bien megalómano- en la cercana bodega Sommos -geográficamente, frente a frente, tan solo separadas por la N-240- y su galáctico edificio a lo Frank Gehry.

En la Bodega Laus la zona de cata está pensada al detalle, el marketing lo llevan estupendamente –ahí se nota la mano de Enate-. Las cinco mesas donde se apoyan las copas de degustación presentan muestras de los distintos suelos donde crecen las vides. Son auténticas vitrinas horizontales que esconden cantos de río, piedras calizas y tierras arcillosas. A pesar de la notable puesta en escena, continúo enamorada del Serie1 Moristel de Alodia y la cata no me dice ni fu ni fa. Y sin embargo sacamos algo de provecho: una pareja de madrileños que se sienta a nuestro lado nos recomienda la bodega Vivanco de La Rioja. Habrá que investigar.

La cocina del Restaurante Laus es irregular. La croqueta que sirven como aperitivo lleva demasiada bechamel para mi gusto, y los garbanzos fritos de mi crema de calabaza -pelín empalagosa- me resultan ásperos. En cambio las trompetas con langostino y huevo me parecen sublimes, y la combinación de tronco de bonito sobre lecho de berenjena asada con chips de boniato, todo un hallazgo. No obstante, lo mejor son las vistas sobre el paisaje de reminiscencias toscanas, cuajado de viñedos todavía verdes pero ya jaspeados de cobre otoñal.

Alquézar, fundada por los musulmanes en el siglo IX –su topónimo procede del árabe Al-Qasr-, es una ciudad-joya que, además de haber preservado su trazado urbano medieval, ofrece numerosas atalayas desde donde contemplar el magnífico paisaje esculpido por el río que discurre a sus pies: es la puerta de entrada al cañón del Vero y a la sierra de Guara. Llegamos allí cuando la luz del atardecer lame sus característicos caseríos, que cabalgan sobre la montaña rocosa calcárea siguiendo las curvas de nivel, como sus bancales de viñas, almendros y olivos. callizoEntre las calles principales de Alquézar se cuelan, de tanto en tanto, los callizos, unas callejuelas de conexión sobre las que los lugareños edificaron, hace cientos de años, habitaciones voladas que todavía perduran. Sobre algún dintel se pueden observar, clavadas, algunas patas de jabalí, amuletos de protección contra las fuerzas del mal que, según las creencias de los lugareños, favorecen la fertilidad de los cultivos y de los animales de la casa a quien guardan. En la cima de la colina por donde trepa la villa se alza la Colegiata de Santa María la Mayor, emplazada donde se ubicaba la antigua fortaleza musulmana. Queda pendiente para una próxima ocasión la ruta de las Pasarelas de Alquézar, que jalonan el último tramo del cañón del Vero.

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Antes de regresar a Barcelona, durante nuestro segundo y último desayuno, Mireia, nuestra anfitriona, corrobora que la incursión a las bodegas Lalanne es más que recomendable y agrega al pack de visitables a Viñas del Vero, que al parecer centra su periplo en la bodega de su vino de alta gama, Blecua.

Nos vamos, pero volveremos. Sin dudarlo.

A Galicia a comer percebes

Un día cualquiera de agosto, en el restaurante Marea Alta de Barcelona. En pleno homenaje gastronómico con mi madre y mi hermana a cuenta de mi inminente cumpleaños, nos sirven una cajita de madera con una decena de percebes-joya envueltos en un paño, como un tesoro.

– Qué ricos. Son grandes y están muy bien cocidos, pero no pueden compararse con los que tomé en Camariñas, ni por cantidad ni por precio. Aunque es lógico, allí los tienen más a mano –comento mientras rasgo con los dientes un pedúnculo y sorbo su fluido atlántico.

– Pues vámonos a Galicia a comer percebes –sugiere mi hermana, como si más de mil kilómetros de distancia se pulverizaran con solo pensarlo.

– Claro, claro –respondo yo, sin dejar de chuperretear.

– Lo sigo en serio. Mira cuándo te iría mejor y busca vuelos.

Ahí vamos. Compro los billetes Barcelona-Santiago de Compostela y reservo mesa en el restaurante Puerto Arnela de Camariñas. Cualquier excusa es buena para disfrutar de una escapada con mamá, ahora que todavía podemos: su pérfido alzhéimer avanza a la velocidad del rayo.

RyanairEn nuestro avión de Ryanair, las ilustraciones que explican las medidas de seguridad son abracadabrantes. Una de ellas me conmina a que no mire por la ventana si mi visión es tan intensa como un lanzallamas, a no ser que desee bloquear la puerta de emergencia -no había visto nada parecido desde “Zoolander”-. Tres más lucen manos voladoras que ejecutan tareas, en plan Cosa de la familia Addams. Aunque son inquietantes, observarlas resulta de lo más entretenido para que las dos horas de vuelo pasen más rápido.

Nuestro alojamiento, Casa de Amancio, es bastante básico pero está muy bien ubicado, a 10 minutos en nuestro coche de alquiler desde el aeropuerto. Escondido en una Casa de Amancioapacible aldehuela de los aledaños de Santiago de Compostela y ajeno al mundanal ruido, huele a campo, a bosque centenario y a puchero preparado con cariño: los guisos caseros de Belén son vivificantes. Lo comprobamos nada más llegar porque, aunque es tardísimo y estamos agotadas, los sabrosos efluvios que nos envuelven mientras hacemos el registro en el hostal nos empujan hasta una de las mesas de su acogedor restaurante. El menú de 15 euros lo incluye todo y es soberbio. El pulpo a la brasa que pide mi hermana, servido en un lecho de parmentier de patata, sensacional. Enseguida decidimos que cada día cenaremos, sí o sí, en el hotel.

Los desayunos son bulliciosos por el goteo incesante de peregrinos de camino a Santiago. Nos instalamos en la coqueta mesa redonda del jardín reservada para los huéspedes del establecimiento y el sol nos acaricia mientras ingerimos nuestros pinchos de tortilla de patata -jugosa y recién hecha- y nuestros zumos de naranja natural. Así podemos dirigirnos con más alegría a Camariñas, donde nos esperan primorosos encajes, las ruidosas gaviotas del puerto de pescadores, los anhelados percebes que han motivado el viaje y Faro Vilán: desde la colina aneja al vigía de la Costa da Morte, donde todavía se alza el Faro Vello, se divisan las brillantes aguas oceánicas circundantes. El mar está tan calmado que parece un lecho de cristal.

De regreso decidimos visitar tres de las iglesias de la ruta románica de la zona. Aunque disponemos del escueto mapa que nos han entregado en la oficina de turismo de Camariñas, las indicaciones brillan por su ausencia y nos vamos topando con los templos medievales cada vez que damos por fracasada la búsqueda, casi por casualidad. Cosa de meigas.

Santa Mª de XaviñaLa coqueta Santa Mª de Xaviña, que data del siglo XII y luce unos encantadores capiteles con motivos vegetales, se agazapa tras el muro del camposanto del villorrio de su nombre. Los difuntos duermen su sueño eterno tanto en los tradicionales nichos verticales como en las lápidas que enlosan el pavimento -qué angustia andar pisando cadáveres-.

Santiago de CereixoUn roble centenario de proporciones colosales nos brinda su reconfortante sombra antes de acceder al recinto de la iglesia de Santiago de Cereixo, vecina a las torres de Cereixo e igualmente enclavada en el corazón de su antiguo cementerio. Aunque debemos conformarnos con pasear por su perímetro porque permanece cerrada, podemos apreciar el relieve de su tímpano sur, que representa el traslado en barca hasta Galicia del cuerpo del apóstol Santiago.

San Xulián de MoraimeNo obstante nuestros más asombrosos descubrimientos son el prodigioso pórtico y, sobre todo, los fascinantes frescos de la iglesia de San Xulián de Moraime. Lamentablemente, debemos conformarnos con observar las raras pinturas góticas desde la distancia, asomadas a un ventanuco practicado en su portón: las visitas al templo están restringidas a los domingos.

Desde el conjunto medieval nos queda muy cerca Muxía, en la falda de cuyo faro nos sentamos tanto para soslayar la marea de visitantes como para contemplar cómo rompen las olas contra las rocas, aunque el Atlántico luce tan pacífico que lo que se despliega ante nuestros ojos es, más bien, un relajante vaivén.

FisterraAntes de regresar a nuestro alojamiento decidimos llegarnos hasta Fisterra, donde se agolpan turistas y peregrinos. Nos instalamos en la terraza de la cafetería del hotel O Semaforo de Fisterra y disfrutamos del dorado atardecer sin prisas, saboreando esa panorámica que se nos presenta cual singular ofrenda.

Cambados - Santa Mariña CambadosEl domingo Santiago de Compostela y sus aledaños amanecen con neblina atlántica, de modo que nos escapamos hacia el sur a la caza del sol. Santa Mariña de Dozo, en Cambados, es un monumento insólito: a lo que queda de la iglesia del siglo XII le ha crecido una necrópolis en las tripas, entre muros de granito y hermosos arcos románicos transversales. La zona del altar, la sacristía, las capillas laterales y la nave central están minadas de tumbas, que rebasan el recinto arquitectónico en ruinas y se enseñorean de su perímetro en colmenas de cemento, mármol y cristal. Un enjambre de mujeres buscan las garrafas de plástico que custodian los sillares y se afanan en regar los setos y renovar los centros con flores frescas. Ojipláticas nos deja su turbadora forma de venerar a los difuntos.

Cambados - casita conchasAl salir de allí nos encaminamos hacia otro de los supuestos puntos de interés de la población, la Torre de San Saduriño, cuyo único atractivo radica en el bello enclave en el que se ubica. Sin embargo, gracias a esa incursión descubrimos un llamativo detalle arquitectónico de algunas casas de pescadores del puerto de Cambados: sus muros limítrofes están revestidos con conchas para proteger las viviendas de la humedad.

La denominación de origen de las renombradas almejas de Carril procede de abreviar Santiago de Carril, localidad marisquera aneja a Vilagarcía de Arousa. Decididas a degustar los ilustres moluscos, nos instalamos en el restaurante Luchana. Su dueño, Manolo, es todo un personaje que lo mismo detalla la carta que canturrea en la cocina o relata sus aventuras en la Barcelona olímpica: hizo una pequeña fortuna vendiendo loros colombianos a los puestos de las Ramblas. Nos sirve un buey de mar con doble caparazón, en pleno cambio de muda: su tierno exoesqueleto interior es una infrecuente delicia. Tras unos berberechos jugosos, soberbios, fresquísimos, nos presenta una cazuela de fideos con almejas para dos que podría alimentar a cuatro comensales.

CarrilA fin de digerir el espléndido almuerzo nos encaminamos hacia el soleado paseo que orilla las cristalinas aguas. Desde el placentero puerto de Carril se divisa la isla de Cortegada, que alberga un singular bosque de laureles y cuenta con un centro de recepción de visitantes que forma parte del Parque Nacional de Illas Atlánticas. Su visita queda pendiente para una próxima ocasión.

Nuestra incursión pontevedresa continúa en la villa termal de Caldas de Reis para ver el puente romano sobre el río Bermaña, que no sabemos encontrar –los gallegos y sus más que mejorables señaléticas-. Una encantadora lugareña, Teresa, se ofrece a acompañarnos. Por el camino nos recomienda que, si podemos –otra vez será-, probemos las tapas y raciones del bar O Muiño, y que en un próximo viaje visitemos Allariz, Combarro y la ciudad Pontevedra. Antes de despedirse nos indica cómo regresar hasta nuestro coche: debemos atravesar la calle Real y girar a la derecha en cuanto lleguemos a la fuente termal de las Burgas.

Caldas de Reis - viejecitaMientras examinamos uno de los dos edificios con soportales que se conservan en Caldas de Reis, se nos acerca una anciana vivaracha y parlanchina. “¡Qué! ¿Os animáis a comprarlo? Está en venta desde hace mucho, son cuatro hermanos y no se ponen de acuerdo. Aquí donde me veis, tengo 92 años, he llegado a esta edad porque nunca he tomado una pastilla. Me hice una herida muy mala en la mano, porque tenemos ferretería, y cuando fui al médico me dijo que me tenía que dar tres puntos. Yo le contesté que ya me lo pensaría, pero no volví. Me curé con las aguas de aquí, ¿veis la cicatriz? Los médicos, como cada vez hay más viejos, aprovechan cuando vas al hospital y te dan pastillas para dormirte. Eso es lo que hacen. Por eso yo no tomo nada. Hay una mujer en el pueblo que tiene 100 años. Vino de América, se ve que hizo mucho dinero, lleva una diadema de brillantes. Vive sola y no quiere a nadie, su hija quiso ir a vivir con ella y la echó de malas maneras. ¿Y vosotras, de dónde sois, de Santiago?”. Es la monda.

Nuestro último día, lunes festivo en Barcelona pero laborable en Galicia, nos acercamos de nuevo al mar. En la entrada de la ría de Noia, muy cerca de Porto do Son, en Xuño, se extiende la salvaje Praia das Furnas, donde el impetuoso oleaje esculpe la fina arena blanca y se desliza entre rocas de pizarra y piscinas naturales de agua salada. A añadir a mi lista de propósitos: algún día me alojaré en la pensión As Furnas, un hostal a pie de playa que solo parece apto para surfistas. Ver la puesta de sol y el amanecer desde allí ha de ser todo un espectáculo. Praia das Furnas
Almorzamos en la villa señorial de Noia, cuyo casco histórico alberga edificaciones góticas tan bien conservadas como el pazo Dacosta, una casa señorial del siglo XIV reconvertida en el restaurante Tasca Típica. Como detalle de cortesía nos sirven un exquisito paté de atún, anchoas y pimientos del piquillo. Nos recomiendan las zamburiñas, que están tremendas, el lacón, muy suculento, y la especialidad de la casa, pulpo a feira con gratinado de queso de tetilla gallega. Añadimos a nuestra lista de platillos para compartir unos pimientos de padrón –carnosos, cocinados al punto- que nos parecen sublimes. Los postres tienen la mágica virtud de adaptarse al particular gusto de cada una: la crêpe de chocolate negro resulta perfecta para mi golosa madre, a mi hermana le encanta su ácido sorbete de mandarina y a mí me chifla mi tarta de queso, liviana y parca en azúcar. Nuestro almuerzo de despedida es todo un homenaje gastronómico, aunque este fin de semana largo en Galicia nos hemos regalado unos cuantos.

Ponte MaceiraDe regreso a Santiago de Compostela nos detenemos en Negreira para curiosear el Ponte Maceira, a cuyo peculiar encanto se suma el idílico paisaje que lo enmarca.

Cuando llegamos a Santiago, mamá está tan fatigada –son ya tres días de hacerle trotar de aquí para allá- que nos subimos al tren turístico que parte de la plaza del Obradoiro: al preguntar por el itinerario, nos aseguran que recorre la zona universitaria y el casco histórico. Exceptuando las fabulosas vistas desde la Alameda, el recorrido resulta decepcionante, aunque mamá se apea feliz. Está radiante, no ha dejado de sonreír desde que salimos el viernes de Barcelona. “Estoy contenta. Me gusta. Lo pasamos bien, ¿verdad?”. Claro que sí, mamá, muy bien. Aunque tú ya no la recuerdes, ha sido una escapada inolvidable.

Oporto entre amigas

Aunque las cinco madrugamos de manera sobrehumana, nuestro Vueling sale con dos horas de retraso por la tormenta. Claro que mejor eso que perecer en accidente aéreo. Una azafata jovenzuela y rubia, con aspecto de haber desayunado endivias, rebuzna a Val: “¡señora, no puede pintarse las uñas!” -primera noticia de que están prohibidas las manicuras a bordo-, así que a Laura no le queda más remedio que pintárselas también, en un pequeño acto de vandalismo solidario. A Eva le entran ganas de depilarse las ingles, solo por provocar, lástima que no lleva unas bandas de cera a mano. Las chicas son guerreras.

dama-pe-de-cabraLlegamos a Oporto mucho más tarde de lo previsto, así que, en lugar de desayunar, almorzamos. Nos arrellanamos en dos de las mesas de Dama Pé de Cabra, un acogedor establecimiento regentado por un matrimonio que se reparte las tareas divinamente, ella en los fogones –y qué bien guisa- y él en sala. Nuestro anfitrión es educado, atento y políglota. Nos detalla cada opción con etérea elegancia y cada cual escoge su bocado preferido. Mi prima Marta y yo optamos por compartir unas tripas –suculentas y al tiempo delicadas gracias al truco de incorporar algo de pollo, como nos desvela la cocinera- y unas deliciosas mollejas estofadas.

Comme ÇaUna vez que nos hemos recuperado un poco, arrasamos en la zapatería Eureka –uno de mis grandes clásicos de Oporto- y luego nos lanzamos a corretear desde nuestro barrio, Baixa, hasta el de Cedofeita, callejeando sin prisas y deteniéndonos para recolectar objetos como urracas y recrearnos en las encantadoras fachadas de primorosos azulejos que engalanan la ciudad. Cenamos en el restaurante Comme Ça, en la Rua de José Falcão, donde nos sugieren que compartamos entre dos los platos principales, aunque no nos advierten de que con las ensaladas sucede lo mismo: a mi prima le traen un plato de dimensiones colosales, rebosante de hojas verdes con un par de bolinhos de salmao más que generosos.

El sábado –y también el domingo- iniciamos la jornada en Molete Bread&Breakfast, cuya relación calidad-precio es extraordinaria. Desestimamos desayunar en nuestro hotel porque Laura nos avisa de que allí el café solo es apto para aliviar el estreñimiento. Luego nos dirigimos al punto más elevado de la ciudad, la colina donde se alza la Catedral de la Sé, aunque yo prefiero soslayar la incursión al templo y resguardarme en un rincón sombreado: a 36 grados de temperatura, arden las calles y mi humor se tuerce. Jamásdelosjamases regresaré a Oporto en verano, viva el otoño atlántico. Mientras espero a mis amigas, me entretengo en avistar los tejados de los edificios que se extienden a nuestros pies y me dejo acariciar por la leve brisa, que apenas amortigua el calor achicharrante.

San BentoDescendemos todas del barrio de Batalha para contemplar los azulejos y las columnas de hierro colado de la Estación de San Bento –nunca me cansaré de admirarla-, y desde allí bajamos en alegre paseo por la peatonal Rua das Flores. Aunque se nos presentan numerosas opciones para hacer una pausa, nos decidimos por http://www.mercadorcafe.pt, una cafetería vintage donde saborearmos nuestros vivificantes zumos naturales en refinados vasos de cristal tallado.

El implacable sol no concede tregua, imposible ir en busca del restaurante de pescadores que nos ha recomendado John, el viajado marido de Eva, de modo que nos refugiamos en el primer comedero del barrio de Ribeira que cuenta con aire acondicionado. Y, oh, sorpresa, acertamos. En Essência Lusa, en la Rua de São João, amenizamos la espera con unas ricas aceitunas aliñadas con ajo y aceite de oliva, y Eva, mi prima y yo escogemos pulpo a la brasa. Soberbio.

PuentingTras el opíparo almuerzo, nos atrevemos a recorrer el muelle hasta el Ponte Luis I, desde donde algunos adolescentes, más que osados, arrojadizos –nunca mejor dicho-, se lanzan al Duero por un euro, como anuncian a grito pelado a quien les quiera escuchar. Y yo pienso, ¿qué clase de mamarracho es capaz de dar una moneda para ver cómo se precipita un púber en las procelosas aguas del río? Y, ya como madre, ¿merece la pena desvivirte en criar a tus cachorros para que se conviertan en semejantes seres? Cuando alcanzo la mitad del puente, procuro colocarme de manera que las vigas de hierro impidan la visión de los terribles saltos sin que obstaculicen las imponentes vistas al Duero. Me quedaría ahí durante un buen rato, disfrutando de la reconfortante brisa, pero el tránsito de viandantes por la estrecha acera no deja demasiado margen a la tonificante pausa.

funicularUna vez atravesado el puente, ya en Vila Nova de Gaia, el pavor se apodera de mí: ante mis ojos se extiende el soleado paseo que orilla el río. Ni una triste sombra donde guarecerse, tan solo los breves toldillos de los puestos de artesanos que ofrecen sus cautivadoras creaciones. Tras una corta incursión para cotillearlos, desestimamos visitar las bodegas y desandamos el camino para cruzar de nuevo el puente y llegarnos hasta los pies del Funicular dos Guindais, que asciende desde el barrio de Ribeira hasta el de Batalha y nos evita encaramarnos a pie por las colinas portuenses. Tras la inevitable cola –somos legión quienes preferimos evitar nuevos sofocos- nos refrescamos en el habitáculo del artefacto, que cuenta con climatización. Val, mi prima y yo nadamos en nuestro sudor, pero la canícula no hace mella en Laura, inmarcesible cual eterna primavera, ni en Eva, que luce sus apretados vaqueros como una heroína de Marvel. Envidia cósmica.

Cae la noche. Imposible calzar mis flamantes zapatos de plataforma recién adquiridos en Eureka, prefiero chancletear junto a mis amigas de camino al restaurante donde hemos reservado mesa. No obstante, mi prima se aúpa a sus zancos galácticos y casi se hace un esguince: los adoquines, el agotamiento y la adicción al móvil –su cuerpo está en Oporto pero ella en Mallorca con su novio vía whatsapp- son una combinación letal.

Tabua rasaTabua Rasa es, más que un restaurante, una tienda gourmet con servicio de comidas: básicamente sirven apetitosas bandejas de quesos, embutidos y conservas. Laura ni se inmuta cuando el inclemente hedor a queso que impregna el local golpea su pituitaria. Nacida para sufrir. Nos sirven un gazpacho a la portuguesa, con las verduritas troceadas flotando en el agua aderezada, que a mí me chifla, aunque no resulta del gusto de todas: Eva odia el cilantro. Tras dar buena cuenta de mis sardinas ahumadas picantes, descubro una infusión de limón preparada con cortezas del popular cítrico. ¡Qué gran ocurrencia!

Val nos invita a una ronda de copichuelas en la Champanheria da Baixa. El nombre es un poco overpromise, deberían rebautizarlo como “Sangría a gogó”. Comparte terraza con el vecino Café Candelabro, que parece mucho más interesante pero no dispone de mesas libres, qué lástima. Preside la plazoleta una cabina de teléfonos inglesa que todavía funciona, pero hace las veces de plató improvisado: grupúsculos de guiris de diversas nacionalidades se fotografían junto a ella. A menudo los humanos somos inverosímiles.

El domingo empezamos la mañana con la recurrente navegación por el río Duero que muestra los puentes de la ciudad. Compramos los billetes a la primera compañía con que nos topamos, Tomaz do Douro. No cumplen con el horario estipulado y, aunque cae un sol de justicia mientras aguardamos, no facilitan información sobre el retraso. Una viejecita con muletas espera bajo el solazo y tampoco se preocupan por ella. De hecho, nadie atiende en el muelle antes de que llegue la embarcación, mientras dos personas, impertérritas, venden tickets bajo su sombrilla. Una vez a bordo, el horror: un españolazo con la camiseta remangada hasta el sobaco no solo nos enseña su peludo buche, sino que también exhibe sin pudor sus posaderas. Hacer turismo es un continuo sinvivir, mejor concentrarse en las maravillosas panorámicas de la travesía.puentes-porto

Almorzamos en Typographia Progresso y me pido un zumo de limón recién exprimido –sí, es una de las bebidas que sirven- y unas tripas atómicas. La intención era acercarnos después de comer al Faro da Foz do Douro, pero desistimos ante la cola de viajeros que esperan el tranvía, que por supuesto no cuenta con aire acondicionado.

Al final nos despedimos de Oporto en la terraza de una heladería de la Rua de Santa Caterina –el Café Majestic está cerrado- porque, justo enfrente, una chica que vende bolsos de paja y sombreros a cinco euros ameniza la tarde con su música ochentera.

Mientras nos vamos, empieza a refrescar y parece que el clima atlántico regresa, como si hubiéramos llevado el calor con nosotras todo el tiempo. Quién sabe, tal vez sea así. Al fin y al cabo, la mayoría de nosotras entiende la vida mediterráneamente.

En el hogar de “La Vaca que ríe”

¡Por fin vacaciones! A las nueve y media de la mañana, antes de llegar a la frontera con Francia, en los puentes peatonales que atraviesan la autopista se diseminan pintorescos indígenas de Yellowland ataviados con sus iridiscentes parafernalias, algunos protegidos por paraguas amarillos, los más parapetados tras lonas reivindicativas rotuladas en inglés. Desafían los 32 grados de temperatura que nos asolan -literalmente- para saludar a los vehículos de camino a Francia. En un puente de la Catalunya Nord se repite la misma estampa, pero con la cartelería en catalán. La fe mueve montañas y hastía a los descreídos.

gîte-jouheLlegamos a Jouhe, nuestro destino, varias horas después: el camino es largo y la autopista, un lento fluir de automóviles con familias a la fuga. Nos alojamos en “De Pierre et de Lumière”, una deliciosa finca con piscina y zona chill-out que alberga tres apartamentos y un par de habitaciones rurales, ubicada en el departamento de Jura y también muy cercita de la región borgoñesa de Côte d’Or y sus ricas mostazas y sus afamados vinos. Amaël, la propietaria, es encantadora y nos proporciona un fabuloso mapa turístico y tal abundancia de opciones y datos sobre los alrededores que podríamos dedicar varios días a recorrerlo todo. No obstante, como únicamente disponemos de dos semanas, seleccionamos aquello que nos resulta más atractivo y nos disponemos a explorarlo.

ile art 2Los alrededores de Jouhe están salpicados de bonitas aldehuelas que, aunque vivieron tiempos mejores antes de la filoxera, preservan su encanto borgoñón incluso careciendo de viñedos. Rainans, Menotey, Montmirey-la-Ville, Pesmes y Malans exhiben un vistoso mosaico de casitas de piedra con carpintería en gris, azul y granate, algunas decadentes, otras primorosamente recuperadas, sobre la que se arraciman flores de brillantes colores y las aterciopeladas escamas de la hiedra. En Malans el parque de esculturas Andrea Malaer, Ile Art, de entrada libre, extiende su impactante colección de piezas volumétricas alrededor del Château Sainte Marie, creando un curioso contraste de formas y texturas que también se adentra en el bosque colindante al jardín del palacete.

DoleMuy cerca de Jouhe, a orillas del Doubs, se asoma Dole, que en su día fue capital del ducado de Borgoña y hoy es una agradable aldea con dos coquetos rincones, el canal des Tanneurs, donde a partir del siglo XIII trabajaban los curtidores de la villa, y la Place Aux Fleurs, levantada en el siglo XIX en el espacio que ocupaba el matadero municipal. Su mayor orgullo es que el célebre bacteriólogo Louis Pasteur es hijo de la villa, como si tuviera algún mérito el lugar donde le nacieron -la cuna, siempre sobrevalorada-. Al otro lado del río se extiende la Fôret de Chaux, un vasto robledal -200 km cuadrados de nada- que acoge con su refrescante manto arbolado a los paseantes que recorren sus senderos. En una de sus esquinas, las Baraques du 14 rememoran el devenir de un poblado donde se transformaba en carbón la madera del denso bosque.

saline royalDos de las visitas incontournables del departamento de Jura son la Grande Saline de Salins-les-Bains, que empezó a funcionar en el siglo VIII y donde se continuó extrayendo sal en precarias condiciones hasta 1962, y el conjunto arquitectónico dieciochesco de la Saline Royal de Arc-et-Senans, que hasta el 21 de octubre acoge una exposición temporal sobre las ciudades ecológicas imaginadas por Luc Shuiten, rebosantes de habitárboles y soluciones de movilidad sostenible. Sus ilustraciones parten de la inspiración floral del movimiento modernista, pero despegan y rebasan sus límites para proponer que la vida se integre en las estructuras urbanas y que las construcciones crezcan al ritmo de la vegetación que las puebla. Desde ya me declaro superfan del fascinante arquitecto organicista belga.

Los franceses son los reyes de la mercadotecnia. Antes de llegar a Arbois, en la cartelería de la carretera comarcal leemos Arbois, vignoble reputé. Voy a proponer al ayuntamiento de mi ciudad que incluyan en la señalética vial la leyenda Barcelona, afamada metrópolis. O mejor no, vaya a ser que nos invadan todavía más turistas. cascade des tufsEl mayor interés de la pequeña población vitivinícola -lo que ellos califican de flânerie gourmande no es más que una profusión ad nauseam de vinaterías- es atravesarla para llegar a Les Planches près d’Arbois, un salto de agua también conocido como cascade des Tufs, que se despliega en forma de abanico desde un risco calcáreo moldeado por las dentelladas hídricas.

Entre Arbois y Lons-le-Saunier, atravesando Château-Chalon, sus terrazas de viñedos y sus imponentes vistas, discurre una vía asfaltada, jalonada por la pertinaz rotulación autóctona de autobombo, que serpentea por la comarca vitivinícola donde se produce el preciado Vin Jaune. vinjauneFueron las abadesas de Château-Chalon quienes empezaron a elaborar el precioso caldo con uva blanca de la variedad savagnin. Cuentan los lugareños que, como las monjas tenían vetados los placeres de la carne, se concentraron con fervor en cultivar este oro líquido emparentado con el vino de Jerez: ambos se elaboran sous voile, un velo protector de levaduras que preservan su oxígeno y les confieren un aroma y un sabor muy particulares. En boca resultan muy parecidos, quizás un poco más suave el francés que el andaluz, aunque el protocolo para descorcharlo es distinto, ya que el Vin Jaune hay que abrirlo 24 horas antes de saborearlo y conviene degustarlo de 14 a 16 °C.

De camino a Lons-le-Saunier, la bonita aldea de Baume-les-Messieurs invita al paseo y a la apacible pausa. Su cautivadora arquitectura popular se acogolla en el corazón de un circo y dibuja en el verde paisaje pinceladas de piedras pardas y tejas rojizas.

la vaca que ríeLa Maison de la Vache qui Rit es un museo pop que despliega, en minuciosa exposición, una completa colección histórica de envases y cartelería de la emblemática marca: para dos publicistas como nosotros, el espectáculo resulta verdaderamente fascinante. No deja de ser un acierto que en su día decidieran que el naming fuera traducible, así los consumidores de quesitos de todo el planeta pueden sentir cierto sentimental apego por el buque insignia de la fábrica Bel. Ojiplática me deja que familias al completo abonen el precio de la entrada al templo de una empresa privada: 7,50 euros los adultos y 4,50 euros mis adolescentes hijas. Cosas de la sociedad de consumo.

Como curiosidad: la otra marca jurasiana de referencia es Vilac, que fabrica primorosos juguetes para niños de todas las edades. Como el madurescente padre de mis hijas, sin ir más lejos, que adquiere un precioso bólido de madera en una juguetería de Dijon.

Dijon_-_Musée_de_la_vie_bourguignonne_119El Musée de la vie bourguignonne de Dijon, de entrada gratuita, tiene trampa: la planta baja alberga una inquietante colección de indumentaria popular que luce igual que si estuviera embalsamada. Viene a ser una especie de prueba, porque si se superan el desasosiego y las ganas de salir corriendo y se continúa hasta la primera planta, se descubre una interesantísima recreación del antiguo tejido comercial de la ciudad desde 1789 hasta 1939. En cuanto al nuevo, Dijon depara numerosas y agradables sorpresas. Las calles de su centro histórico todavía están en proceso de recuperación -y patas arriba este mes de agosto-, pero todo y así merece mucho la pena perderse en ellas para, simplemente, flâner, que dirían los lugareños.

Estacionamos el coche en la rue Verrerie para acercarnos a ver la Maison à Trois Pignons, un curioso inmueble con tres fachadas edificado en 1440, y continuamos en agradable caminata por los aledaños de la place François Rude -los martes y los viernes hay mercado- hasta la rue de la Liberté. A nuestro paso observamos las bonitas fachadas de las maisons à pains de bois medievales que se conservan.

armesEl Musée des Beaux-Arts de Dijon, ubicado en el Palais des Ducs et des États de Bourgogne, también es de acceso gratuito, por lo menos mientras continúen sus obras de remodelación. En estos momentos tan solo exponen su colección de piezas medievales y renacentistas que, personalmente, considero bastante grimosa, sobre todo la sección de armas. Llamadme escrupulosa, pero es ver lanzas, ballestas y espadones –había uno de proporciones tan colosales que solo podría asirlo Goliat- e imaginar cráneos abiertos y miembros despedazados. Claro que a mí el culto a la guerra me parece una depravación. Sin embargo, en los lugares más recónditos de nuestro país vecino te topas con monumentos aux enfants morts pour la France. Más que de patriotas asesinados, habría que referirse a ellos como los cadáveres fruto de la estupidez de la especie humana, el tono grandilocuente y chauvin me parece tan inquietante como descorazonador.

voiture-ancienne-moutarderie-fallotMejor retomemos la senda bucólica y pastoril. Cerca de Dijon, en el delicioso pueblecito de Beaune, abre sus puertas para organizar visitas guiadas la afamada mostacería Edmond Fallot, que todavía elabora sus productos utilizando un molino de piedra. Entre sus clientes figuran prestigiosos chefs de todo el mundo: la calidad de sus mostazas es excepcional. Marie Thérèse nos glosa la historia de este condimento y la evolución de la empresa familiar con entusiasmo contagioso y orgullosa satisfacción. Habla despacio y vocaliza cuidadosamente para que los que no somos francófonos no perdamos detalle de su explicación. Es una mujer entrañable y gracias a ella nos asomamos un poco a los secretos de la buena mostaza y la cultura borgoñona. Si tenéis ocasión, no os perdáis la visita, también hay opción de hacerla en inglés.

cluny okTambién en la región de Borgoña, pero más allá de Chalon-sur-Saône, se extienden interminables colinas esmeraldas cuajadas de viñedos y aldehuelas tan arrebatadoras como Saint Gengoux le National –podría quedarme a vivir allí- o Cluny, cuya emblemática abadía benedictina quedó en desuso en 1790 como daño colateral de la primera revolución burguesa -si la visitáis, no os perdáis el audiovisual que recrea cómo era la grandiosa iglesia-. Los monjes hay que buscarlos en l’Abbaye de Cîteaux, donde todavía practican el trabajo artesanal, la plegaria, la humildad, la introspección y el voto de silencio de la orden del císter.

grotteEstos días de vacaciones comprobamos de primera mano que el cambio climático no solo provoca estragos en Barcelona. Nada como penetrar en las Grottes d’Osselle para guarecerse del tórrido clima estival: sus calcáreas oquedades permanecen a 13 °C durante todo el año. De hecho, junto a la taquilla, un par de cestas provistas de prendas de abrigo invitan a tomar prestada alguna sudadera o tal vez una rebeca de punto, en plan Ed Wood. Nos conduce a través de los recovecos excabados durante siglos por las aguas subterráneas un apolíneo estudiante de ojos azules y mirada lánguida, que seduce a mis hijas al primer pestañeo mientras habla de estalactitas, estalagmitas, osos cavernarios y murciélagos. Por cierto, uno de esos huraños quirópteros se cuela en nuestro apartamento con nocturnidad y alevosía una de esas madrugadas de calor sofocante en que dormimos con las ventanas abiertas de par en par. El pobre animalillo no sabe cómo salir y rebota contra las paredes como una pelota de tenis hasta que lo atrapamos y lo liberamos al exterior.

hérissonEl parque natural regional de Haute-Jura es una pequeña Suiza que delimita con la verdadera patria de los corruptos: al otro lado de la frontera quedan Ginebra y el lago Léman. La joya de la corona del macizo montañoso son las siete cascades du Hérisson, que se avistan en un recorrido de tres horas -contando ida y vuelta- que se encarama ascendiendo por escarpados riscos -pordiosquésuplicio-. Desafortunadamente el ardiente estío ha causado estragos en el otrora impetuoso torrente: tan solo vislumbramos una triste lengua de agua que a duras penas lame los roquedales. Más que cascadas son salpicones, el esfuerzo solo merece la pena por la agradable temperatura primaveral del itinerario. Un consejo: a quien madruga, dios le ayuda a soslayar las hordas de visitantes. Y otro más, de pura supervivencia: cuando estéis por Borgoña Franche-Comté, salid cada día de casa pertrechados con vuestra cestita de víveres, abundan los horrirrestaurantes maltrataturistas. Al lado de las cascades du Hérisson, sin ir más lejos, extiende sus aguas el lac de Chalain, cuya agradable y poco concurrida playa cuenta con socorrista, bar, aseos y zona de pícnic. Es un buen lugar para solazarse y reponer fuerzas tras la larga caminata, aunque si consultáis el plano de la route des Lacs seguro que encontráis otras vivificantes opciones.

bancoSin embargo, para nosotros, el mejor rincón para descansar ha sido “De Pierre et Lumière”, un acogedor y coqueto refugio donde poner kilómetros de por medio tanto física como mentalmente. Y luego, apagar el ordenador e ignorar los correos electrónicos y las noticias. Olvidarse del recurrente insomnio. Ducharte sin prisas mientras tu familia prepara el desayuno. Desperezarte en la piscina a la espera de que tus hijas tengan a punto el almuerzo. Acabar un libro y empezar otro. Leer mañana, tarde y noche, devorando páginas con ojos hambrientos tras intensos meses de vivir a salto de mata.

Dos semanas en modo pausa. Sí, las auténticas vacaciones, reconfortantes y reparadoras, eran esto.