Liberación

Durante todo 4º de ESO, una de las compañeras más aplicadas de Ángela compartió los apuntes de Sociales con todos los alumnos de la clase –la asignatura hueso del colegio-. Esa generosidad pasa de admirable a exótica cuando la comparo con el talante de los lumbreras de la clase de Mariola, quienes, además de picarse por media décima de punto, miran de soslayo a quienes consideran alumnos inferiores y los tratan con arrogancia y desdén, como si fueran insectos. Son el mejor ejemplo de que la excelencia académica tiene poco -¿nada?- que ver con llegar a ser buena persona. O persona a secas.

En Primaria a Mariola la apodaban vaca con gafas y hermanastra de Cenicienta. A una de sus amigas, león marino. Y a los niños y niñas que no eran populares los obviaban en los vídeos de final de curso –sí, algún profesor también ha fomentado el ninguneo, en connivencia con sus perversos pupilos Dorian Gray-. Hasta hace no tanto, a un adolescente con fibrosis quística le llamaban Desnutr –de desnutrido- y manifestaban públicamente que les daba asco. Ese es el horrigrupo con el que Mariola ha convivido desde P3: nuncajamásdelosjamases quiso cambiar de colegio, aunque se lo propusimos reiteradamente.

abrazoreparadorEstos trece años mi hija se ha mantenido a salvo -arropada y querida- gracias a su burbuja de amigas. Les pusieron el mote de Heidis a finales de Primaria de manera despectiva -“sois tan infantiles”-. Sin embargo ellas, exhibiendo una actitud muy queer, le dieron la vuelta y lo adoptaron con alegría de jilguero, paladeándolo como si fuera una piruleta: son cachorrillos amorosos, felices con la edad que tienen y alérgicas al postureo. Se buscan, se lamen las heridas, se enfadan, se achuchan, se quejan, se vienen arriba, se pellizcan y se dibujan corazones. En cuanto te ven, se iluminan con una sonrisa, trotan a darte un abrazo de koala y te estampan un par de besos, chuic, chuic, ruidosos como Peta Zetas.

Sus madres somos Las mamiheidis, todavía ahora. A base de confidencias, complicidades y risas, hemos urdido unos tupidos mimbres de protección que nos han salvaguardado de hostiles interferencias externas. Convocamos cócteles de urgencia si alguna de nosotras necesita desahogarse, y compartimos inquietudes y retazos de información para parchear la foto de cómo están nuestras adolescentes hijas. A estas alturas solo ansiamos salir corriendo del colegio, sin mirar atrás.

Queríamos celebrar el anhelado fin de etapa en privado: nos daba tremenda pereza –sobre todo a mí- cualquier despedida con las familias de quienes han maltratado durante años a nuestras polluelas -vale, ahora ya no, pero too late, honey-. Debatíamos sobre si paella, tapeo o incursión a merendero cuando Sigrid propuso un planazo insuperable: una barbacoa en su casa de Foixà.

Pedro y Sigrid no solo nos abrieron las puertas de su refugio del Baix Empordà, sino que además nos agasajaron con tomates autóctonos, cebolla, patatas y lechugas del huerto, pan de la tahona de Foixà y una carne de ternera euskalduna que nos chifló a todos, incluso a mí que soy poco o nada carnívora: tierna, jugosa, liviana, exquisitamente sabrosa aun sin condimentos. Cada familia aportó cosillas para completar el almuerzo. Nosotros nos ofrecimos a ir a por los imprescindibles bisbalencs a la pastelería Sans de La Bisbal: encargamos dos de hojaldre con cabello de ángel y un par más de bizcocho con mazapán. Las simpáticas reposteras nos aseguraron que aguantaban hasta una semana fuera de la nevera, aunque la veracidad de la afirmación quedó pendiente de confirmar porque volaron.

La brisa nos arrulló durante una larga y placentera sobremesa regada con café y licores. Conversamos sobre cuán anacrónico nos parece el currículo educativo vigente y cuán absurdo resulta hacer exámenes de manera compulsiva o memorizar información como quien se aprende un listín de teléfonos. De fondo nos acompañaban los graznidos de las ocas del vecino y las risas y aguadillas de nuestros cascabeles, que chapoteaban en la piscina ajenos al calor de la tarde.

Cuando empezó a caer el sol, Mariola se quedó en Foixà a pasar la noche con sus amigas y nosotros dos nos desplazamos a la cercana Corçà: habíamos reservado habitación en Cal Nou, una casa rural que descubrimos a través de Booking.

Corçà se recorre en apenas diez minutos, es una aldehuela apacible y mínima. Su arquitectura popular es elegante y abundan las casonas restauradas. Incluso hay quien ha esculpido su nombre y un flamante dos mil y pico en un pegote de cemento en mitad de la recuperada fachada -la arrogancia es tan inquietante como atrevida, suerte que no borraron la fecha de construcción del dintel de la puerta-. El entramado urbano está salpicado de banderas estelades, la mayor de ellas pende del ayuntamiento. En la misma plazoleta donde se alza la casa consistorial, justo en el edificio de enfrente, una vecina cañí regaba las plantas de su balcón mientras escuchaba un quejío flamenco que desgarraba el silencio de la incipiente noche. Un poco más allá, una melodía árabe señalaba el final de la jornada y del ayuno inherente al ramadán. Qué instructiva caminata.

Todavía nos sentíamos ahítos por la copiosa comida, sin embargo decidimos picar algo antes de retirarnos a nuestros aposentos. Compartimos tres tapas en el restaurante Raku –un rico carpacho de atún con tomate, una raruna ensalada con virutas de calamar y un bacalao mal desalado- y nos colamos por la estrecha puerta-rendija de nuestra habitación, a la que se accede directamente desde la calle: está habilitada en lo que había sido la antigua bodega de la casa, entre el subsuelo y la superficie, y goza de una agradable climatización natural. Gracias a los recios muros, desde la cama solo escuchamos las campanas de la iglesia, que marcan sin tregua los cuartos y las horas: al parecer las ordenanzas municipales de Corçà no contemplan el control de la contaminación acústica. O quizás consideran los tañidos como pintoresco patrimonio a preservar.

Cal Nou es un hotel rural de cuatro habitaciones regentado por una pareja encantadora, Sònia y Alfonso, quienes cuidan de cada detalle para que la estancia sea lo más acogedora posible: todo es sencillo y cuco a la vez. Las toallas huelen a flores y abundan las velitas en el dormitorio y las zonas comunes. El desayuno es también una delicia: zumo de naranja natural, minipanecillos recién horneados, una bandejita de pizarra con fuet, jamón york y serrano y queso, un escueto bufé con dados de piña natural, frambuesas, moras, magdalenas, galletas… Todo en su justa medida, ni mucho ni poco. Cuando pregunto si puedo tomar una infusión en lugar de un café, me sorprenden con un té rojo al cardamomo de Tegust, una empresa local que forma parte de la Xarxa Parc de les Olors, la red catalana de pequeños productores de plantas aromáticas y medicinales. Es fragante, delicado y redondo. No podría gustarme más.

A las diez de la mañana estamos de nuevo en Foixà. Nuestro automóvil se transforma en microbús y regresamos a Barcelona con Mariola y cuatro de sus amigas. Se les transparenta el sueño, las picadas de mosquito y el solete, y se despiden entre grandes abrazos, como si no fueran a verse mañana mismo. Nuestras crisálidas están nerviosas, desean apurar al máximo la semana larga que tienen por delante. Falta muy poco para el 21 de junio, el día en que abandonarán el nido-escuela y echarán a volar.

Dormir en La Alhambra

Dentro del mismísimo recinto amurallado de La Alhambra hay dos hospedajes disponibles para quienes, como yo, anhelen experimentar un sueño de mil y una noches por lo menos una vez en la vida. El más conocido es el Parador de Granada, auténtico lujo andalusí en todos los sentidos –también en sus tarifas-. El otro, cuya existencia desconocía hasta que me lo comentó mi amiga Dolors, es el Hotel América, nuestra elección para homenajearnos el 26 de mayo, la noche en que se cumplían 20 años de nuestra primera cita.

Una vez resuelto el alojamiento, había que reservar por internet las entradas a La Alhambra a través de la web oficial, http://www.alhambra-patronato.es. Os aconsejo adquirirlas con antelación. En mi opinión, la mejor opción para conocer los Palacios Nazaríes es la visita de las 8:30h, la primera de la mañana. Luego, según van pasando las horas, es un desborde de humanidad.

MiradorMezquitaMayorAlambra

La Alhambra no fue pensada para ser admirada por las hordas de turistas que la asolamos a diario, sino para vivirla en preciosa intimidad. Sus huertos y jardines, sus volúmenes, sus juegos de agua y su envolvente luminosidad la convierten en un ejemplo paradigmático de arquitectura para la vida. Fue concebida como residencia y fortaleza de la última dinastía musulmana en la península ibérica, la Nasr. Su primer sultán, Ibn al-Ahmar, inició la construcción de la ciudadela en La Sabika, la colina que se elevaba frente a la Alcazaba Antigua –al-Qasba Qadima– del Albayzín. De hecho hay quien asegura que el origen de al-Hamrā -la roja- hay que buscarlo en la bermeja barba del primer rey de Granada, y no en el color de la tierra de la loma en que se levantó o en la tonalidad de la arcilla con que se edificó.

El Patronato de la Alhambra y Generalife es tan espléndido con los turistas de quienes obtiene pingües beneficios que obliga, sí o sí, a imprimir las entradas desde un cajero de ServiCaixa de Andalucía –no valen los chorrocientos que tenemos en Barcelona- o desde los terminales de una pecera acristalada que se ubica junto a las taquillas del conjunto monumental. Nacidos para sufrir.

HotelAmérica2Desde la entrada principal, dejando para más tarde el desvío que conduce al Generalife, enseguida se atraviesa un puente por el que se accede al interior de la fortaleza por la Calle Real Alta. A la izquierda pueden apreciarse los vestigios de lo que fuera la medina artesanal, mientras que a la derecha se contemplan agradables jardines y, más allá, el perfil del antiguo Convento de San Francisco reconvertido en Parador de Granada. Un poco más abajo de la entrada al mismo se asoma, discreto y coqueto, el Hotel América, y más abajo aún, flanqueados por una frondosa higuera, los discretos baños públicos nazaríes que preceden a la Iglesia de Santa María. Luego, antes de alcanzar el Alcázar, hiere como un bloque-meteorito el Palacio de Carlos V, una mole aberrante que se incrusta con arrogante imposición en el paisaje. Cuán lejos de los arrebatadores yesos, ladrillos y azulejos del vergel de los Palacios Nazaríes vecinos.

PalacioCarlosV_1Aunque nos daba repelús entrar en el Palacio de Carlos V –no per se, sino por su lacerante agresión al entorno-, nos asombraron el inmenso patio circular interior y la afable voluntaria que comentó nuestro itinerario por el Museo de La Alhambra. Más allá de los detalles de las piezas expuestas, me pareció cautivadora su manera de referirse a la invasión de los cristianos. Porque fue exactamente eso, un asalto –cuán perverso me parece el término reconquista-. Redunda en esa idea un librito que adquirí en la tienda aneja –que, por cierto, gestiona la barcelonesa Laie-, “La Alhambra de Granada” de Triangle Books, con fotografías de Lluís Casals y textos de Félix Bayón.

Los Palacios Nazaríes no responden a ningún estilo determinado, ni siquiera califal: presentan elementos persas, egipcios, hebreos, grecorromanos, mozárabes y góticos. Pura fusión. Sus parientes más cercanos son las pirámides de Egipto: la torre de Comares mide 18 metros de altura por 11 de lado, justo 150 veces menos que la pirámide de Keops. Por eso conmueve a los expertos en geometría: su proporción áurea es práticamente perfecta, aunque se cometieron errores milimétricos intencionados para reservar la perfección a Allah.

Si desde el exterior la fortaleza de La Alhambra sorprende por la continuidad con el PalaciosNazaríes_techos_patio_leonespaisaje, como si se hubiera posado suavemente sobre la colina en la que se asienta, ya en el interior de los Palacios Nazaríes hechiza la sensación de que gravita sobre la tierra: la superestructura de arcos, bóvedas y techos es mucho más pesada que las columnas, bases y capiteles en que se apoya y que los patios de mármol y los fascinantes espejos de los estanques, albercas y fuentes que la pueblan. Todo un canto a la alegría terrenal y al íntimo regocijo. Es el reverso de las catedrales góticas coetáneas, que invitaban a elevar la mirada –la plegaria, la esperanza- hacia el cielo: en La Alhambra el edén está entre nosotros y a ras de suelo. Por eso hay quien asevera, como el escritor granadino Antonio Enrique, que es el paradigma del gótico invertido.

PulpoTras la larga e intensa mañana –nos habíamos levantado a las cuatro y media-, nuestro paraíso particular nos esperaba en el Restaurante Especia del Parador de Granada –su pulpo es uno de los mejores que jamás hayamos probado, solo a la altura del de Matosinhos- y en nuestra habitación abuhardillada –qué siesta tan reparadora-.

A última hora de la tarde abandonamos La Alhambra por la Cuesta de los Chinos, que serpentea por la parte posterior de la ciudadela en agradable y vertical paseo –los suelos empedrados granadinos no son aptos para calzado inverosímil- y va a parar al Puente del Aljibillo. Una vez cruzado el Darro, empezamos a trepar por las callejuelas del Albayzín hasta alcanzar la Mezquita Mayor de Granada, desde cuyo jardín se divisa una imponente panorámica de La Alhambra. Es una atalaya mucho más apacible que el cercano y atestado Mirador de San Nicolás, solo apto para amantes de las aglomeraciones.

CenaVista_ventana

Mi amiga María nos había recomendado tres restaurantes del Albayzín desde donde se puede otear La Alhambra: el Carmen Aben Humeya, El Huerto de Juan Ranas y el Mirador de Morayma. Finalmente optamos por reservar mesa en este último porque nos sedujo su interior con vistas, a salvo de los distorsionantes efluvios de posibles vecinos fumadores. Aunque no habían tomado nota de mi petición, lo solucionaron enseguida y nos ubicaron en una de las habitaciones del carmen, donde cenamos los dos solos mientras contemplábamos cómo La Alhambra iba mutando su tonalidad, según iba cayendo el sol, del dorado al carmesí y al plata. Luego regresamos sin prisa en larga caminata, orillando el Darro por el Paseo de los Tristes y regresando a La Alhambra por la Cuesta Gomérez hasta la Puerta de la Justicia. Antes de retirarnos al hotel, nos embriagó el perfume de los jardines y nos sentamos en un banco de piedra junto al Alcázar para impregnarnos de la noche. Qué delicioso momento, me basta con recordarlo para sentirme bien.

Ayer nos levantamos temprano para recorrer el Albaycín siguiendo el rastro de sus monumentos hispanomusulmanes. Desayunamos en la Cafetería Lisboa, en una esquina de la Plaza Nueva, y nos acercamos al Corral del Carbón, la alhóndiga nazarí, para imprimir nuestras entradas –insisto en que, en cuanto a los necesarios trámites del turisteo, la practicidad brilla por su ausencia-.

Antes de eCalle_Zaframpezar a encaramarse por las empinadas callejuelas del Albaycín, conviene llegarse al centro de interpretación de la Casa de Zafra para documentarse someramente sobre el emblemático barrio. Recomiendo iniciar el recorrido ascendiendo hasta el antiguo predio de la dinastía zirí para visitar el recoleto Palacio de Dar Al-Horra, donde residió la reina Aixa, madre de Boabdil –aprovecho para señalar que la mezquina frase “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” no es suya, la maquinó el padre Juan Echevarría-. De camino hacia las Casas del Chapiz y su vivificante jardín, merece la pena detenerse en la Casa Museo Max Moreau, un carmen con soberbias vistas a La Alhambra que el pintor belga donó a la ciudad. Más cerca de la ribera del Darro se pueden apreciar la Casa Morisca de la calle Horno de Oro, en cuya planta alta se conserva una extraordinaria techumbre en madera policromada, y el Bañuelo, unos baños árabes de la época zirí que los expertos datan entre los siglos XI y XII. Justo allí nos pilló la procesión de la Hermandad del Rocío de Granada: una carroza de plata tirada por un par de bueyes encabezaba la romería, aunque lo que más nos llamó la atención fueron los recios ropajes que lucían los participantes. La fe mueve montañas y sorbe sudores. Apuesto a que ellas usaban maquillaje waterproof.

AlcachofasHellenMaría nos había recomendado también tapear en Los Diamantes de la Plaza Nueva –no entramos porque estaba abarrotado- y en Bodegas Castañeda, donde recalamos antes de almorzar en El Arce, en la calle Obispo Hurtado nº 13. A quince minutos del bullicioso centro histórico, es un oasis-restaurante donde la cocinera es feliz –dispone de un espacio tipo sala de baile para trabajar- y eso se nota en sus platos. Recomiendo sus alcachofas de la vega granadina con foie y virutas de jamón –sublimes-. No nos convenció el pulpo seco de Motril porque resultaba extraño a nuestro paladar. Y sin embargo, teníamos que probarlo. Que viva el pulpo.

El calor sofocante –ayer en Granada se rozaron los 40 grados- nos impidió disfrutar más de la ciudad. Por lLouisFaurera tarde nos arrastramos por el centro histórico como orugas. Nota mental: los vuelos de regreso tardíos no son aptos para climas hostiles. Nos decepcionó el Museo Casa de los Tiros, que alberga cuadros, publicaciones y mobiliario a modo de desván. Entre los abigarrados enseres inidentificados, brillaba con luz propia algún que otro cartel de los años 20 y 30 del siglo pasado, pero ni por esas: es un lugar obviable. En cambio nos sorprendió gratamente el Centro José Guerrero, donde descubrimos al fotógrafo estadounidense Louis Faurer gracias a una exposición temporal que finaliza el 25 de junio. Googlead un poco y maravillaos ante sus reflexiones fotográficas y sus atemporales retazos de realidad.

Al salir del Centro José Guerrero, casi te das de bruces con la Catedral de Granada, donde todavía duermen su sueño eterno Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Quisieron permanecer muy cerca de su más preciado botín de guerra: La Alhambra les enamoró de tal modo que la preservaron -parcialmente, eso sí- en lugar de arrasarla. Me imagino a sus almas en pena, vagando por La Alhambra y mesándose los cabellos cada vez que transitan ante el Palacio de Carlos V, el crimen arquitectónico que se perpetró en nombre de su nieto. Qué poética venganza.

La buena gente

Aunque he quedado con Jordi a las ocho y media para tomar el tren que lleva a Sant Cugat, llego a la cafetería del andén con quince minutos de antelación. La encargada es de aquellas personas de aspecto anodino cuyo rostro se olvida de inmediato tras haberla visto. No obstante, tras compartir con ella unos minutos, su recuerdo perdura para siempre. Mientras me sirve me fijo en que luce una pulcra manicura que desafía a su trabajo manual: sus uñas sin esmaltar se ven cuidadas y bonitas. Aunque su jornada laboral trascurre en un zulo sin luz natural, con su dulce sonrisa ilumina la larga cola de viajeros en tránsito, todavía somnolientos antes de ingerir su apremiante dosis de café.

Me acodo en una esquina de la escueta barra para tomarme el café con leche y el pequeño bocadillo que he pedido y me entretengo en observar lo que sucede a mi alrededor. Me sorprende que haya quien tantee la máquina tragaperras tan temprano, pero enseguida desvío la mirada hacia un hombrecillo canoso y desaliñado -la barba larga y sucia, el gesto hosco, las enormes y ennegrecidas bambas bailándole en los pies- que se refugia en un rincón del local, intentando mimetizarse con las baldosas de la pared mientras los clientes van pidiendo su desayuno para llevar.

– ¿Cuánto vale el café con leche?

– Un euro con cuarenta y cinco.

– ¿Y un cortado?

– Un euro con treinta y cinco.

– ¿Me lo dejarías por un euro?

Quien regatea es un joven viejuno -la piel tersa y arrugada a la vez-, con esa edad indefinida de quien vive en la calle. Enjuto y de escasa estatura, lleva las manos limpias y el pelo corto pero pringoso. El arañazo que surca su mejilla izquierda atestigua que dormir al raso no es fácil. Es un Scarface enclenque, vapuleado, maltrecho.

La encargada no duda ni media décima de nanosegundo.

– Claro. Toma, te lo he llenado más -o sea, “finalmente te he puesto un café con leche”.

Él da las gracias, rasga dos sobres de azúcar, vierte su contenido con presteza en el vaso de papel y lo agarra como si fuera un cáliz. Estoy tan absorta en asimilar la escena que acabo de presenciar que ni siquiera caigo en comprarle un bocadillo. Cuando me doy cuenta de que ya no está, me parece casi obsceno acabarme el mío.

Ha pasado la hora punta. Un par de trenes han partido ya y la cafetería se ve, de repente, vacía, casi desangelada. El abuelo desaseado se hace visible y se acerca al otro extremo de la barra, donde la encargada anda trajinando con platos y tazas vacías. En cuanto le ve, le regala una de sus diáfanas sonrisas y le interpela alegre.

– ¡Hola, Manolo! ¿Qué quieres tomar?

andanaFGC.jpgConsulto el reloj y pienso que Jordi está al caer, faltan un par de minutos para la hora convenida. Como de costumbre, me despido al salir. Sin embargo, mi saludo pasa desapercibido: urge servirle algo al añoso e indigente amigo. Y entonces aparece en el andén Scarface, el sintecho -¿sinsuerte?- de la cara marcada, que me parece aún más bajito que desde el taburete de la cafetería. Me escudriña como un niño viejo y me pide una moneda, que agradece risueño.

Mientras se va, alcanzo a comprender a esos vagabundos ebrios que se tambalean mientras mendigan migajas de dinero: les duele tanto la mera existencia que prefieren permanecer sedados. Entumecidos. Lelos. Y pienso que tal vez les aliviaría un poco que la encargada de la cafetería les acariciara el alma.

Olivia

Nunca me cansaré de repetirlo: los amigos son la familia que tú escoges. A Laura la elegí especialmente bien porque, además de regalarme su reconfortante amistad, me ha obsequiado con Olivia, una niña arrebatadora que vino al mundo para colmarnos de felicidad.

Olivia.jpgOlivia es pizpireta, cariñosa, divertida, requetelista y danzarina: a la edad en que otros bebés se agarran al andador, cimbraba sus caderas mejor que Shakira. Me recuerda a mi hija Mariola en el modo orgánico con que se relaciona con el entorno: adora probarlo todo, se descalza para corretear más ligera y disfruta pringándose con golosinas, helado o arena de la playa, que por algo es un espíritu libre. No tiene padre ni padrino, ni falta que le hacen. Su madre y su madrina, que soy yo, valemos por dos. O por mil, según se tercie. Y no digamos sus abuelos. Olivia crece desbordada de amor. Aunque haya quien opine -qué fea costumbre eso de juzgar al prójimo- que una familia monomarental es un anatema y que una criatura no se desarrolla bien sin dos progenitores –de distinto sexo, se entiende, que otra cosa también es reprobable-. Deberían charlar un rato con alguna de mis amigas divorciadas. Claro que, como puntualiza un grupo de Facebook, hay gente que el día de reparto de cerebros no estaba.

Hace unos días Olivia me invitó al apartamento que tienen sus abuelos en Pals, y allí hemos ido los cuatro miembros de mi familia este fin de semana, en plan invasión. En cuanto llegamos el viernes por la noche, trotó a mi encuentro como un cachorrillo loco, la alcé en volandas y apretó sus bracitos requetefuerte alrededor de mi cuello. Los médicos deberían prescribir los abrazos de Olivia, son infalibles para aliviar el cansancio, el estrés y la ansiedad.

Ayer Laura nos animó a pasear por el agradable camino de ronda que une Calella con Llafranc. Estacionamos el coche en Calella de Palafrugell y tomamos la vereda desde la Platja del Canadell, un pintoresco rincón costero que ha preservado su delicioso aspecto de puerto de pescadores. Los burgueses acomodados de Barcelona empezaron a acudir a Calella a finales del siglo XIX, siguiendo la moda de los baños de mar. Ahora bien, el verdadero auge turístico llegó en los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando los lugareños abandonaron la pesca y el cuidado de sus huertos y se centraron en aprovechar el tirón de los forasteros, que les reportaban copiosas ganancias. Por suerte la fiebre urbanizadora no destrozó la encantadora población, que se ha mantenido prácticamente intacta hasta hoy.

El camino de ronda discurre orillando el Mediterráneo y regalando unas vistas extraordinarias sobre el litoral. Abundan aficionados a la pintura que se plantan con su caballete frente a algún risco o sobre alguna cala, intentando reflejar, a través de pinceladas cortas y coloridas, los destellos del agua o los zarpazos del mar contra los acantilados. Al llegar a Llafranc el cautivador sendero culmina en una escalinata que casi se precipita sobre el puerto, que ayer lucía patas arriba y en obras, lo que no nos impidió disfrutar de nuestro aperitivo frente al mar. Así hemos pasado el fin de semana, todo el día en un pienso, como decía mi abuela la maña.

Después de almorzar en casa nos acercamos a Mas Sorrer, donde el sol teñía la tarde de polvo de oro. Como son tan hippys y llegamos poco antes de las seis, ni nos atendieron ni pudimos tomar nada, no obstante estuvimos bastante entretenidos observando las evoluciones de los jovenzuelos que trabajan en ese coqueto bar-jardín. Mientras haraganeábamos en un par de sofás rodeados de flores y arbolillos, ellos carreteaban cajas, trasladaban botellas y vasos e iban acondicionando la caravana vintage que hace las veces de gastroneta. Al cabo del rato decidimos cambiar de vistas y llegarnos a la playa de Pals, donde Olivia buscó piedras planas para sus manualidades, rodó duna abajo en plan croqueta, pateó los castillos abandonados por otros niños y se sepultó bajo su manta de arena. Todavía tuvimos tiempo de ir a por algunas piñas a un bosquecillo cercano al apartamento de los padres de Laura: me encanta vestir con ellas las macetas de mi balcón.

Por la noche llegó uno de los momentos más deseados del fin de semana: la ya mítica tortilla de patatas de Laura, tierna, densa y melosa. Es un plato legendario que en casa esperamos con ansia en cuanto se presenta la ocasión de paladearlo. Los ingredientes están tan bien ligados –imprescindible la cebolla- que se funden en la boca como el más suculento de los besos. Ángela y yo tragoneamos las últimas porciones y rebañamos nuestros platos hasta sacarle brillo. La cocina popular es insuperable.

La velada fue redonda porque coincidió con el Festival de Eurovisión, un certamen con reminiscencias familiares: de pequeña me instalaba frente al televisor para no perderme ni un detalle –Royaume-Uni, dix points, United Kingdom, ten points-, memorizaba las tonadillas y luego me inventaba las letras de las canciones para improvisar coreografías con mi hermana y mis primas. No había vuelto a verlo desde hacía siglos y me han sorprendido dos notables novedades. Una, muy gratamente: se ha convertido en un evento gay. La otra, de manera decepcionante: el inglés se ha adueñado de las letras, lo que me parece un innecesario empobrecimiento de la diversidad lingüística de Europa. Suerte que al final ganó un lisboeta cantando en portugués.

Reconozco que nos divertimos muchísimo opinando sobre las melodías, la escenografía y el vestuario. Despellejando y ovacionando, riéndonos de algunos gorgoritos y conjeturando el significado de algunas interpretaciones –sugiero subtitular las canciones como en las películas musicales-. Por cierto, Mariola fue la única que detectó el gallo de Manel Navarro, nos parecía tan infumable que ni lo notamos.

Poco a poco fuimos tomando posiciones y verbalizando quiénes eran nuestros favoritos. Como me perdí la actuación de Salvador Sobral porque me pilló marujeando en la cocina, me decanté por Kristian Kostov, el representante de Bulgaria, que me provocó tanta ternura con “Beautiful Mess” que incluso envié un sms para votar por él –sí, a veces soy muy friki-. Y sin embargo hoy me he pasado el día tarareando el estribillo de “City Lights”, la canción candidata de Bélgica, que al final será mi particular banda sonora de este magnífico fin de semana en Pals. Con ella os dejo.

https://www.youtube.com/watch?v=xbomdE81_mA

El Gran Hotel La Toja

La meca del termalismo. El templo de las burbujas terapéuticas. El legendario establecimiento de referencia para los fanáticos de masajes, parafangos y pediluvios, entre quienes me incluyo. Siempre había fantaseado con conocer de primera mano las bondades del mítico balneario del Gran Hotel La Toja, tan lejano en todos los sentidos. Y sin embargo, mi amiga Iciar ha hecho realidad ese sueño. Ya me lo advirtió Mylove -la sonrisa cómplice ante mi exultante felicidad dibujándosele en los labios- en cuanto supo de mi adelantadísimo regalo de cumpleaños: “Es el mejor obsequio que vas a recibir, no voy a poder superarlo”.

El viernes pasado desgrané la mañana con la misma ilusión desatada e impaciente de mis vísperas de Reyes infantiles, revisando mi petate –se necesita muy poco equipaje para disfrutar de un fin de semana largo en albornoz- y observando el reloj de mi móvil, que arrastraba los dígitos a velocidad de caracol. Luego los desplazamientos –al punto de encuentro con Iciar, al aeropuerto de Barcelona, a Vigo, a la Isla de La Toja- discurrieron mucho más rápido. Por fin, antes de las ocho de la tarde, alcanzamos nuestro destino.

Llegando de Barcelona y sus áridas aguas calcificadas, sorprende abrir el grifo para lavarse las manos y sentir en la piel un tacto ligeramente oleoso, casi de líquido balsámico. Las propiedades antiinflamatorias de las aguas de la isla están especialmente indicadas para tratar afecciones cutáneas y óseas, como ya aseguraba Emilia Pardo Bazán. La escritora coruñense popularizó la leyenda del lugar, según la cual un borriquillo tiñoso, pelón y minado de costras, fue abandonado en La Toja por su dueño porque le apenaba sacrificarlo. Cuando, al cabo del tiempo, el aldeano regresó a la isla, se sorprendió al toparse con el rucio, que lucía saludable y lustroso y se revolcaba en uno de los fangosos charcos anejos a un surtidor de agua en ebullición. Qué historia tan tierna.

Tres noches de estancia en el Gran Hotel La Toja dan mucho de sí, pero es que además Iciar se había aplicado en programar actividades termolúdicas como si no hubiera un mañana. Como, por otra parte, el único garbeo que dimos por la isla nos acabó de convencer de que lo mejor nos aguardaba en nuestro privilegiado alojamiento, los momentos estrella de nuestra fabulosa escapada se desarrollaron en dos escenarios fundamentales: el comedor y el centro termal.

Los desayunos han sido espléndidos, imposible hacer un recuento de la extensa variedad de opciones con que contábamos. A continuación os detallo mis preferidas: zumo de naranja natural –te lo servías de un dispensador de varios litros-, tortilla de patata recién hecha con o sin cebolla, salmón ahumado con sus alcaparras y sus picadillos de cebolla o pepinillo, ibéricos y fiambres, quesos de diferentes tipos, membrillo, fruta fresca ya cortada o en macedonia, nueces mondadas, verduritas a la brasa, panes exquisitos… El único aspecto negativo, como suele suceder, fue la máquina de café. Como hace tiempo que me pasé a las infusiones, tampoco me ha afectado mucho, aunque sí a mi amiga Iciar. Qué lástima.

capvespre

Desde el restaurante Vista Mar disfrutábamos de una sensacional panorámica sobre la costa, el Illote Beiro y algunas mejilloneras. Supongo que de ahí procedían los maravillosos mejillones escabechados que tomé ayer para almorzar. Eran jugosos, suculentos y de un naranja luminoso que seducía por los ojos antes de enamorar por el paladar. Qué ricos frutos de mar hemos saboreado estos días. Y qué grata sorpresa que te sirvan estupendos Riojas y todo un Martín Códax como vinos de la casa. Ahí sí que al Gran Hotel La Toja se le trasparentan las estrellas.

No puede decirse lo mismo de quienes gestionan el hotel de la cadena Eurostars, que utilizan estratagemas de publicidad engañosa: dos días antes de llegar te envían un email recordándote que, gracias a haber reservado por Internet, te beneficias de un 10% de descuento en los tratamientos de balneoterapia. Así, en general. Sin embargo, en el momento de abonar los servicios -que además no comunican bien, o, mejor dicho, no comunican-, te informan de que se refieren a los tratamientos individuales con agua. La gestión del motivo de nuestra escapada, o sea, de los servicios termales, es pésima: en la web hay que escarbar como si buscaras tanzanita, no hay ninguna información del balneario en la habitación y no te entregan ningún folleto, solo te muestran las páginas de que disponen ellos, como si fueran las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla. Curiosa estrategia de marketing. Casi tan pintoresca como la de ofrecer sales y jabones de La Toja Manantiales con sendos logotipos de Schwarzkopf y Henkel impresos. Lo más.

A pesar de estas innecesarias cicaterías, pienso en los tres programas termales recién paladeados y se me olvida todo.

Nos estrenamos el sábado con el programa Bienestar, que empieza con una bañera individual de agua lodosa que ellos llaman Niágara. Para mi gusto el agua estaba demasiado fría, claro que yo me ducho en verano con agua hirviendo. A continuación te envuelven en plásticos y mantas, cual capullo de gusano de seda, bien embadurnada con unas algas que desprenden un intenso olor a puerto pesquero y nutren e hidratan la piel. No obstante, el colofón es, oh maravilla, el momento masaje. Primero te friccionan suavemente todo el cuerpo con un aceite de almendra y aloe vera que favorece la elasticidad de la piel, y a continuación aplican aceite de rosa mosqueta en un delicado y relajante masaje facial. Qué felicidad.

El domingo se levantó atlántico y permanecimos guarecidas en nuestro refugio termal, leyendo plácidamente hasta la hora de nuestro programa Gran Hotel La Toja, que incluía una bañera Península de aguas lodosas y marinas; una ducha jet que arrojó sobre nosotras su chorro de aguas terapéuticas a manguerazos, como antaño; un parafango cuyas virtudes no comprendimos muy bien, ya que la placa de barro caliente en seco no se aplicaba directamente sobre la piel, sino a través de una sábana de algodón -lo mismo hubiera funcionado una esterilla eléctrica-; y un masaje localizado en la espalda que me descontracturó buena parte de los nudos de los últimos días. Por cierto, quisiera aprovechar para hacer una sugerencia a los fabricantes de camillas: de la misma manera que se practica un hueco para encajar la cara cuando toca masaje dorsal, digo yo que costaría bien poco prever sendos huecos para colocar las tetas, que es ponerse una boca abajo e ipso facto aplastar los pectorales como cuando te hacen una mamografía, pordiosquédolor.

El solete de ayer por la tarde me arropó con su calorcillo primaveral en un breve sesteo en el balcón de nuestra habitación antes de acudir al centro termal, que parecía un congreso de bañistas. Demasiada gente a la vez, buf, deberían organizarlo mejor. Entre tanto, en uno de los salones del hotel se celebraba una timba multitudinaria que hubiera hecho las delicias de la madre de Iciar, que forma parte de una pandi de jugadoras de cartas. Luego cayó granizo y más tarde se dibujó un arcoiris sobre el litoral mientras cenábamos –el sol en Galicia se pone mucho más tarde-. El clima ha sido fascinante e imprevisible, hemos pasado de nubarrones barrigudos a vientos descacharrantes en medio nanosegundo. A lo loco se vive mejor.

Esta mañana hemos apurado nuestra estancia con el programa Mímate, que comienza con un peeling con sales de LaToja, que te deja la piel oleosa y teñida de una tonalidad terrosa y brillante.

– ¿Conoce usted esta bañera? –allí todo el mundo te llama de usted, incluso en la intimidad de la cabina, me parece inverosímil.

– Sí, es la Niágara. A ver -meto un dedo en el agua-. Sí, la temperatura está bien, el sábado estaba muy fría para mi gusto.

– Es que la temperatura va subiendo paulatinamente, si quiere luego añadimos agua fría.

– Lo sé. Gracias, no hará falta.

Sin embargo, igualmente asomó la cabeza cuando le faltaban nueve minutos a mi terapéutico baño de hidromasaje. Absolutamente todos los empleados del Gran Hotel La Toja son amables y solícitos, desde el técnico de mantenimiento, que te cumplimenta con un efusivo buenos días antes de encaramarse a una escalera para arreglar un aplique, hasta la limpiadora del turno de noche -a las diez sacándole brillo a una barandilla-, que te saluda mientras frota con energía y se cerciora de obtener el resultado deseado. Ahora bien, en recepción no parecen muy avispados. Cuando les consultas alguna duda, enseguida te envían a otro lado: pregunta en el comedor, en el balneario, en la bola de la pitonisa Pita. En fin.

Nuestro último tratamiento ha sido un masaje con aceite de sales de La Toja. Mientras la esteticista se aplicaba en intentar deshacer los nervudos nódulos que persistían en mi espalda, desde el hilo musical me acariciaba también la Première gymnopédie de Erik Satie. Una delicada melodía de otra época. Como los mármoles, los terciopelos y tapicerías adamascadas, las arañas de cristal y las columnas de hierro colado que todavía sostienen el techo del balneario. Quizás sean el último vestigio del edificio original, que fue inaugurado hace más de un siglo. Cada vez me gusta más lo vintage, tal vez porque yo también empiezo a serlo un poco.

Gracias, Iciar. Siempre nos quedará no solo La Toja, sino todo lo ya vivido juntas. Y nos inspirará de nuevo lo mucho por vivir.

Días de libros y rosas

Sant Jordi llamó a mi puerta esta semana cuando recibí, tras una espera de largos meses, “Al final, ganamos las elecciones”, más conocido como “El Libraco”. Es un recopilatorio de las campañas de marketing político de guerrilla que se desarrollaron en Barcelona y Madrid con motivo de las últimas municipales. Además de reproducir las vistosas piezas gráficas, incluye abundantes reflexiones de interés para cualquier profesional de la comunicación. Cada cual con sus particulares frikadas.

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Y más libros. La tradicional recolección de tesoros impresos de cada 23 de abril la adelantamos a ayer sábado a causa de la agenda familiar, así que por la noche llegué a casa feliz como una perdiz con mi ecléctico botín de este año: “Las cosas del querer” de Flavita Banana, editorial Lumen; “¡Estás fatal!” de Monstruo Espagueti, Lunwerg Editores; “Volver a casa” de Yaa Gyasi, Salamandra; “La invasión de las bolas peludas” de Luke Rhinehart, Malpaso –en una edición que incluye el e-book- y una “Breve historia de la literatura española” de Carlos Alvar, José-Carlos Mainer y Rosa Navarro, Alianza editorial –el próximo julio quiero asistir más que preparada al Festival de Teatro de Almagro-.

Ahora vamos a por las rosas. A las siete de esta misma mañana Mariola se ha vestido de dragona –aunque hay quien la ha confundido con una jirafa- y se ha echado a la calle a escoger una buena ubicación para vender las rosas solidarias de “Save the Children”, que un año más han invadido las calles de Barcelona: en cada esquina podía verse a un grupo de amigos adolescentes que habían invertido sus ahorros en comprar las rosas y adelantar el correspondiente donativo –la organización que hay detrás de todo ello me parece un pelín mafiosa, aunque quizás solo sea mi subjetivo punto de vista-. Luego, durante la jornada, cada cual se las ha apañado para intentar recuperar lo avanzado, el gran reto de la maratón floral. Felizmente, mi quinceañera y sus amigas lo han conseguido. Ha sido su primera iniciativa por su cuenta y riesgo y se han topado con no pocos imprevistos que ha solventado, cómo no, la red familiar. No obstante, valoro positivamente la lección de vida. Y, lo más importante, ella también.

Yo por mi parte he aprendido mucho en el Palau de la Música. He invitado a mi madre a la visita guiada y ambas hemos revisado brevemente la historia del encantador edificio modernista, así como los fascinantes detalles del jardín de piedra del interior, desde el rutilante sol del techo que baña las bonitas flores que trepan por vidrieras y muros, hasta las chocantes arañas-girasol, inclinadas por siempre jamás hacia la enorme lámpara-estrella, como si las hubieran colgado al bies.

Hemos finalizado nuestro recorrido acomodadas en la platea, desde donde hemos presenciado un delicioso concierto de pequeño formato: un pianista, un tenor y algunas sopranos han colmado de emoción la gran bombonera acristalada y han dado vida al jardín que ideara Lluís Domènech i Montaner por encargo de l’Orfeó Català. Cada vez que se llena de música, el Palau se empapa de una recurrente e íntima primavera. Como si cada día pudiera ser, como hoy, Sant Jordi.

Los inhumanos

A veces los inhumanos ladran. Hoy uno de ellos, en plena clase de francés, me ha levantado la voz. Hemos visto un vídeo en el que entrevistaban a los dibujantes satíricos Philippe Geluck y Jean Plantu, debíamos debatir sobre los límites del humor. A mí se me ha ocurrido opinar que, aunque todos tenemos algunos temas que nos escuecen –sí, yo también, por supuesto-, el derecho a la libertad de expresión debería estar por encima de todos ellos, y que el propósito del humor es, o debería ser, zarandear la sociedad e invitar a la reflexión. Se ve que el vídeo ya le había calentado el ánimo –es un energúmeno intolerante, senil, retrógrado-, así que mi intervención le ha sacado de sus casillas. Como afirma el gran caricaturista Kap, el tabú no está en el dibujo, sino en la mirada y el espíritu de quien mira.

Esta mañana los cachorros de Arran han cercado una sede del Partido Popular. Han empapelado la entrada con sus pegatinas y han voceado sus proclamas parapetados tras una pancarta. Niñatos aquejados de idiocia. Perversos polluelos que señalan y acosan a quienes no piensan como ellos -a ver quién va a ser el facha-. Cobardes que han buscado el objetivo fácil, inocuo, simplón. Me han violentado profundamente y me han hecho pensar en estrellas amarillas. O en el libro de Fernando Aramburu que estoy leyendo ahora, “Patria”. Miedo, vergüenza y asco, todo a la vez.

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Y, antes de estos dos episodios lamentables -¿como causa o como síntoma?-, el terror global. Fue un ciudadano británico nacido en Kent, nacido Adrian Russel, quien atacó con un auto de alquiler y una navaja a quien se le puso por delante en Westminster. Cualquier delincuente común o simplemente alguien que no ha sido demasiado afortunado en la vida es presa fácil del discurso del odio: ellos tienen la culpa de lo que te pasa, te han robado lo que era tuyo, hay que exterminarlos. Luego está el otro lado del odio: los que no son como nosotros quieren dominar el mundo, van a matarnos a todos, hay que expulsarlos de nuestra tierra. Marine Le Pen entona la cantilena divinamente. Antes que ella muchos otros la afinaron muy bien –no hace falta irse demasiado lejos, recordemos al ínclito Heribert Barrera-. Entre tanto, unos y otros nos atrincheramos tras la barrera del miedo y la animadversión y, cuanto más lo hacemos, más perdemos nuestra humanidad.

Si alguien quiere matar y no le importa morir mientras lo hace, es imposible anticiparse a ello, de modo que es absurdo vivir atenazados por el pánico. Lo que hay que intentar es que esa persona no alcance tamaño grado de inhumanidad. Y que no vaya por la vida ladrando, atosigando, atacando al prójimo. Como hace mi compañero de clase de francés. Quién sabe, quizás de pequeño no le dieron suficientes abrazos y por eso es tan poco humano. Tan animal.