Raíces de manglar

La colcha de mi abuela es de algodón recio y está cosida y bordada a mano: unas rosas mínimas, muy gráficas, salpican de azul índigo su blanco y rústico algodón de ajuar de novia humilde. Recuerdo ese cubrecama, almidonado y níveo, refulgente, en un minúsculo dormitorio tan azulón como las flores que lo adornan: en mi pequeñez infantil no era consciente de las breves dimensiones de la habitación de mis abuelos, que apenas daban para una cómoda y una cama de un metro veinte, cuyo colchón de lana se volteaba a diario. A falta de espacio, el ropero se ubicaba en un cuartito que albergaba el sofá-nido en que dormíamos mi hermana y yo cuando íbamos con nuestros padres a Zaragoza. Hace ya tiempo que requisé el otro tesoro maño: las copas Pompadour de la bisabuela repudiada por fugarse con el cocinero. Son delicadas, de tallo ondulado y colores brillantes -verde dorado, azul cobalto, turquesa, ámbar, púrpura- y me quedan nueve. Unas copas sin par, literalmente.

Luego está el belén. Lo armó mi padre para aquella remota Navidad primigenia con leña, ramas y musgo que, conjeturo, recolectó él mismo en algún paseo por el bosque. Es un pesebre modesto y cuco que en su sencillez dispone de todo lo necesario, a saber: un suelo tapizado de verde -impresiona comprobar cómo ha preservado su tonalidad esmeralda a pesar de los años-, un comedero para el heno del buey y la mula y un saledizo donde encaramar un angelillo que hace juego con las otras figuritas del nacimiento.

Y, claro, también hay fotos, muchas fotos. De ascendientes que nunca llegué a conocer, del cogollo familiar -mis padres, mi hermana y yo-, de mi madre ya viuda pero todavía joven -todavía ella, antes de que la engullera el Alzhéimer-. En uno de los álbumes, un hallazgo cautivador: las primeras cartas que escribió el mozo de Zaragoza a la pizpireta barcelonesa, de quien se prendó en un guateque en la verbena de Sant Jaume de 1962.

Cuando desmontas la vivienda de tu madre, hurgas en la nostalgia de tu infancia feliz y empiezas a despedirte un poco de ese último agarradero que queda de tu niñez. Es como si mamá se alejara de ti, sin mirar atrás, por un corredor largo y penumbroso, arrastrando con ella la maleta de tus primeras vivencias. Sabes que, en cuanto llegue a su luminoso final -porque siempre hay luz al final del túnel-, te quedarás colgada de la nada, en una ingravidez extraña y solitaria de raíces de manglar. Y mientras masticas esa certeza indigerible, te agarras a la colcha, al belén y a esa foto que tanto te gusta de la niñita risueña que fuiste, ajena al devenir del mundo, tranquila y segura bajo la atenta mirada de mamá y papá.

Salir sin salir

Hace millones de años, en la remota era precoronavirus, cuatro parejas de amigos buscábamos algún alojamiento acondicionado para disfrutar juntos de un fin de semana y, a un tiempo, disponer de cierta privacidad. Así llegamos a la Masia del Bell Solà, una casona milenaria ubicada a kilómetro y medio de Sant Joan de les Abadesses que cumplía con nuestros requisitos. Entre tanto, llegó el bicho, nos puso la vida patas arriba y nos vimos obligados a posponer nuestra escapada conjunta en un par de ocasiones. La última, hace nada. Sin embargo, siendo autónomos mi marido y yo, estábamos especialmente sensibilizados con las vicisitudes de los microempresarios en este pandémico año.

– Tenemos que posponer de nuevo nuestra estancia de a ocho… Una pregunta, veo en vuestra web que también disponéis de un alojamiento más pequeño, el loft. ¿Está libre para nosotros dos?

– Sí, lo está.

– ¡Pues ahí vamos!

Lo bueno de teletrabajar es que te llevas la oficina puesta allá donde vayas. Lo malo es que, en cuanto llegas ufana y feliz a las montañas, cual Heidi cuando descubre la cabaña del Viejo de los Alpes, compruebas que las conexiones son insuficientes para tus necesidades tecnológicas y entras en pánico –nasíapa’sufrí-, hasta que caes en la cuenta de que te puedes acoplar al móvil, que para algo dispones de consumo de datos ilimitado. En fin, peripecias del freelanceo.

Nos requetechifla nuestro acogedor alojamiento. La entrada da a la antigua era de la masía, ahora un inmenso patio con vistas a las montañas, y la luz natural que se cuela por los grandes ventanales baña el salón durante todo el día. El calor de la estufa de hierro colado -cuyo fuego ya está prendido a nuestra llegada- caldea rápidamente no solo la planta baja, sino también la espaciosa alcoba de la planta superior, por donde trepa la chimenea hasta el tejado. Se está muy a gusto en este coqueto refugio. Como curiosidad: en un dormitorio mínimo anejo a la cocina se escondió durante la Guerra Civil Joan Pujol García, “el Garbo”.

Lina, la propietaria, también cuenta con antecedentes familiares que la vinculan con el pasado republicano de la masía, espero que nos los detalle cuando regresemos con nuestros amigos en cuanto el bicho nos dé tregua. Aunque hace ya tiempo que nuestra madurescente anfitriona dejó atrás la setentena, en mi opinión se plantó mentalmente en los treinta: despliega una energía y una vitalidad envidiables y es absolutamente arrebatadora. “Mis amigas son de tu edad”, me confía mientras me permite cotillear el apartamento con cinco suites -todos los dormitorios disponen de su baño privativo- que nos ha de hospedar cuando volvamos en pequeña multitud. Me encanta cómo cuida de cada detalle y cómo combina lo rústico con lo chic, y me fascinan los mil y un proyectos que tiene pendientes, todos relacionados con mejoras en su finca. Lo más inminente es una depuradora para eliminar el olor del agua sulfurosa de su pozo. A mí ese aroma tan característico me teletransporta al balneario de Paracuellos de Jiloca -mis escapadas termales y yo-, aunque mi marido no comparte ni mi afición a las aguas mineromedicinales ni mi opinión, “huele a huevos podridos”. Qué quisquilloso.

Decididos a aprovechar nuestro singular alojamiento en esta época de restricciones sanitarias, en Sant Joan de les Abadesses adquirimos vino y cositas ricas para nuestros aperitivos y almuerzos al sol, en la era, y nuestras cenas a la luz de las velas, junto al hogar, mientras permanecemos absortos en la mera e hipnótica contemplación de las brasas. Nos enamoran especialmente los productos de la carnicería-charcutería Marc Coma. Qué gran hallazgo.

– ¿Tenéis pa de fetge?

– Sí, y también fiambre de peus de porc. Y jamón de pavo que elaboramos nosotros mismos. ¡Esos huevos son ecológicos!

– Ya lo veo, son de una granja de por aquí… También querría llevarme un queso de oveja o de cabra, ¿cuál me recomiendas?

– Este de oveja, el Mas Farró.

– ¡Eso te lo dice porque él es de la Garrotxa! -se ríe su compañero.

– No, no lo digo por eso, ¡es el que más me gusta! -se defiende el charcutero que me atiende.

– ¿Y esas patatas, de qué están rellenas?

– De lo mismo que nuestros canelones y nuestros pimientos.

– ¿Y cómo se preparan?

– Hay que rebozarlas con clara de nuevo, pero solo con la clara, ¿eh?

– Gracias por la recomendación. También me llevaré un litro de vuestro caldo casero.

A los pies de la masía discurre la Ruta del Ferro i del Carbó. Sus 15 kilómetros siguen el antiguo trazado del ferrocarril que transportaba el carbón desde las minas de Ogassa hasta Ripoll. Es un sendero fácil que discurre sin pendientes y orilla campos, colinas de escasa altura y algún que otro huerto, ideal para pasear a pie o en bicicleta. A primera hora de la mañana, la ruta del ferro amanece cromada por la blanca purpurina de la escarcha y celada por un gato de Botero, orondo como una cantimplora, que rueda y ronronea a nuestros pies.

Siguiendo el consejo de Lina, nos acercamos hasta el Gorg de Malatosca, un discreto salto de agua cuya leyenda nos cautiva: en las noches de plenilunio, al abrigo de avellanos, sauces y helechos, esas mujeres libres, salvajes y savias que fueron las brujas celebraban allí sus fiestas y bailes.  

Mientras observamos las evoluciones del fuego de la chimenea de nuestra guarida, pensamos en esas magas avanzadas a su tiempo que fueron condenadas a perecer abrasadas en la hoguera. Qué hermoso hubiera sido comprenderlas, aprender de ellas y celebrar la vida con vehemente euforia. Nuestro último brindis en la Masia del Bell Solà va por ellas.

Los abrazos rotos

Hace siete meses que no abrazo a mamá. Que no paseo de la mano con ella. Que no acaricio su corta melena de suave cabello infantil. Que no beso sus tiernas mejillas surcadas de pequeñas arrugas. Un único día a la semana acudo al centro especializado en demencias donde reside. Froto las suelas de mis zapatos en una alfombrilla con lejía, me toman la temperatura, me desinfecto las manos, me adentro en el sendero que orilla el jardín por la izquierda, el que está reservado a los familiares, y me acomodo en un extremo de dos mesas alineadas, dos metros exactos de longitud entre una punta y la otra. Al cabo de unos minutos, una cuidadora acompaña a mi madre ante mí. En cuanto me ve, se le iluminan la mirada y la sonrisa y me conmueve como mis hijas cuando, de pequeñas, descubrían nuestro tió henchido de regalos.

– ¿No me das un beso?

– No, mamá, estoy resfriada, por eso llevo esta mascarilla -miento cada semana, y le lanzo besos invisibles que se quedan atrapados en la tela que cubre la mitad de mi cara.

Aunque la tacaña normativa estipulada prescribe 30 minutos una vez por semana, mi paréntesis con mamá suele prolongarse durante una hora, incluso dos si la gobernanta de ese día es Sílvia -gracias, gracias, gracias-. Cada minuto ganado es una pequeña joya que debo aprovechar con esa nueva versión de mamá que, conjeturo, se acerca a la niña que fue. Así, las dos susurramos travesuras, cantamos, bailamos con los brazos, nos reímos y observamos la fauna y flora que nos rodea: los centenarios pinos que nos cobijan, el fragante jazmín, las tórtolas que picotean el césped, el gato de porte vacuno…

A pesar del inexorable deterioro cognitivo de mi madre, agravado por las medidas preventivas contra el bicho, el implacable alzhéimer no ha podido robarle su último reducto de humanidad: el lenguaje musical. No solo tararea las melodías que atesora, sino que, de tanto en tanto, me obsequia con un estribillo que me hace sentir una inmensa alegría y, a un tiempo, una hiriente tristeza: a ambas nos aliviarían el alma esos imprescindibles abrazos que quebró la pandemia.

A mi madre se le gasta la vida en una doble cuenta atrás, la que sobrellevamos todos y finaliza, inexorablemente, con la muerte, y la de su enfermedad degenerativa, que avanza inclemente e impredecible. Por eso me urge tanto exprimir los días medianamente lúcidos que le quedan.

Si a mamá le hubieran permitido elegir, estoy segura de que habría preferido una vida con besos y caricias a esta mera y vegetal supervivencia.

La huida

Tropecientas semanas de cautiverio. De, más que trabajar en remoto, convertirme en apéndice de mi ordenador. Y de comprarlo absolutamente todo en línea, también la amplia gama de mascarillas reutilizables que me acompañan en mis limitadas incursiones al mundo exterior. Escaparme de Barcelona es ya una cuestión de salud mental: necesito con urgencia zafarme de la tremenda presión, la perpetua incertidumbre y el calor húmedo y asfixiante de mi ciudad.

CasaJavierDe modo que el día de mi cumpleaños -¿qué mejor regalo que poner pies en polvorosa?- los cuatro miembros de mi pequeña familia partimos rumbo al Valle de Benasque. Antes de llegar a nuestro destino, almorzamos en Casa Javier, un restaurante perdido en mitad de la nada, entre Pont de Suert y Castejón de Sos, donde preparan ricos platillos para todos los gustos -también los de mis vegetarianas hijas- con ingredientes de proximidad.

PiscinaLinsolesNuestro apartamento se ubica en Linsoles, una urbanización bastante parecida a las que han colonizado la Cerdanya estos últimos años. No solemos frecuentar esos lugares de reminiscencias aldoushuxlianas, sin embargo, decidimos nuestro alojamiento durante nuestra alienación coronavírica y disponer de una piscina donde refrescarnos nos parece lo más. De modo que, en cuanto llegamos, arrojamos los bártulos y nos zambullimos en el gélido turquesa, alehop, bajo la atenta mirada de la socorrista. “Si os parece que el agua está demasiado fría, en el antiguo balneario de Benasque hay un jacuzzi exterior con aguas termales, se puede usar media hora y es gratis, es lo único que ha quedado abierto”.

Efectivamente, en enero, antes de la era Covid-19, el alcalde de la localidad ribagorzana confirmó que no reabriría las puertas del Hostal Baños de Benasque como cada verano: tras medio siglo sin reformas, ya no cumplía con la legislación vigente. Mis padres solían ir allí quince días cada mes de julio porque sus aguas eran beneficiosas para la artritis reumatoide que sufría mi padre, mientras que mi madre era feliz socializando y paseando por los alrededores -siempre ha sido muy andarina-. ReÉseracuerdo que en una ocasión fuimos a visitarlos y recorrimos juntos la vereda que une el balneario de propiedad municipal con los Llanos del Hospital, un paraje vivificante cuya toponimia nace de la hospedería que, desde la Edad Media, acogía a mercaderes y peregrinos en ruta transpirenaica hacia o desde Bagnères-de-Luchon y Valle de Arán. Nosotros aprovechamos para remojarnos los pies en el Ésera, que a su paso por esa llanada es un alegre arroyuelo.

Gorgas del AlbaOtra de las apacibles sendas con que nos atemperamos durante nuestra escapada benasquesa es el camino circular de Gorgas del Alba, un recorrido sencillo de aproximadamente una hora, jalonado con didácticas indicaciones de las especies botánicas autóctonas. Atravesamos tejos, bojes, pinos negros, abetos y un bosquecillo de hayas antes de contemplar la escueta cascada que forma el río Ésera al saltar por el barranco de Aigües Pases: allá donde vamos, comprobamos que las torrenteras desaguan con menos brío que en primavera.

TresCascadasNo obstante, la excursión que nos deja mejor sabor de boca es la ruta circular de las Tres Cascadas del Boom, un periplo de unas dos horas y cuarto que discurre a la ida por un sendero que orilla el fondo de los barrancos de la Mascarada, el Clotet y Ardonés, y a la vuelta por una vía que se encarama a los montes y proporciona unas vistas arrebatadoras. El punto culminante de este hermoso recorrido es la cascada de Ardonés, la más caudalosa, aunque no tanto como para que nos acerquemos hasta sus pies desde la pasarela metálica. Para llegarse hasta este salto de agua existe una opción mucho más cómoda desde la carretera de acceso a la estación de esquí de Aramón Cerler -donde, por cierto, el telesilla continúa funcionando en verano, para solaz de los usuarios que prefieren ahorrarse la empinada subida al collado del Serrau para divisar el Aneto-. Es una buena alternativa para familias con niños pequeños o personas con problemas de movilidad.

Uvas BardancaAunque solemos comer en casa -jamás nos cansamos de los jugosos tomates de la zona y los sabrosos quesos del valle-, en un par de ocasiones nos escapamos a almorzar a Benasque: debo preservar la oronda silueta de escultura de Botero que me ha otorgado el confinamiento. Las chuleticas de ternasco, la longaniza de Graus y el vino con gaseosa del Restaurante Bardanca me teletransportan a los veranos infantiles con mis abuelos en Zaragoza, qué rica su comida casera sin pretensiones. Por cierto, de entre las uvas que nos sirven como postre, nos sorprende la forma de berenjena de una curiosa variedad tinta sin semillas, la Sweet Shapphire, de origen australiano.

AncilesNuestro alojamiento en Linsoles queda a un tiro de piedra de Anciles, una minúscula población que alberga un singular patrimonio arquitectónico de casonas solariegas de los siglos XVI y XVII, con encantadores tejados de pizarra levantados en escalera y jardines de inspiración británica. Una de sus deliciosas veredas luce un vistoso y tupido tapiz de boñigas equinas -gentileza de los usuarios de la hípica aledaña- que la hace impracticable para los bípedos como nosotros, llamadnos escrupulosos. Otra conduce, arriba y más arriba aún, hasta Cerler, pero la cardiopatía crónica de mi marido -y, desengañémonos, mi aversión a las pendientes demasiado pronunciadas- nos impide investigar más.

Sin embargo, tampoco nos importa demasiado: el objetivo de estos días en el Pirineo oscense es, justamente, detenernos. Abandonar la rueda giratoria de nuestras ratoneras mentales. Guarecernos en una efímera burbuja de descanso para hidratar el agostado intelecto. Rellenar el ánimo vacío con lectura y contemplación. En definitiva, desconectar de todo para reconectar con nosotros mismos y recobrar el buen juicio. O, simplemente, el aliento.

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Esa acosadora llamada Carlota Guisado

Hace seis o siete años, mi hija pequeña sufrió matonismo escolar, aunque yo no lo supe hasta ayer por la noche. Estábamos ya acostados y con la luz apagada cuando llamaron a la puerta de nuestro dormitorio. Era Mariola, que se escurrió como un pececillo en nuestra cama y se me acurrucó como suele hacer cuando algo la inquieta. Supongo que el detonante fue la foto de su graduación que alguien compartió en uno de los grupos de whatsapp. El caso es que, al abrigo de mi abrazo, mi cachorrillo loco me susurró el aciago episodio que en casa ignorábamos.

El hostigamiento empezó cuando la intimidadora cursaba 3º de ESO y Mariola 6º de Primaria. En una de las actividades conjuntas de Escola Projecte las hicieron sentarse juntas en la sala de actos y la tal Carlota le soltó, “no me quiero sentar a tu lado, me das asco”. A partir de ese momento tomó la costumbre de repetir lindezas por el estilo en cuanto se presentaba la ocasión, hasta que la hacía llorar.

Cuando Mariola pasó a 1º de ESO, el acorralamiento fue a peor: ya no se limitaba a esperar algún encuentro fortuito, sino que buscaba a mi hija, tal vez para canalizar alguna frustración que su cerebro trastornado no podía asumir. Un día la matona y dos secuaces persiguieron a Mariola y a una amiga hasta los baños del colegio. Mientras las víctimas permanecían encerradas, presas del pánico, escuchaban las risas de sus acosadoras, que al parecer lo pasaban en grande maltratando a un par de crías. Como la saña iba in crescendo, mi hija pidió ayuda a sus tutores. Ellos lo dejaron en manos del tutor de la agresora, quien decidió que la solución era que ambas tenían que sentarse a reflexionar e intentar arreglarlo juntas, una idea tan peregrina, ineficaz y cruel como pretender que dialoguen un violador y su víctima. Porque no era una conversación de igual a igual, sino de adolescente fustigadora a niña martirizada.

Hubo más charlas de a dos, a cual más tortuosa. Lo peor de todo ello es que las amigas de mi hija, quienes confiaban en el criterio del colegio, arrastraron a Mariola hasta uno de esos diálogos ignominiosos. Literalmente: ella sentía terror por esa púber que le provocaba pesadillas y pataleó, lloró e incluso se tiró al suelo para intentar evitarlo. En vano. Y, por descontado, sin ningún resultado: al cabo de un mes volvió al ataque. Así que el problema solo se solucionó cuando la tal Carlota acabó la ESO y abandonó el centro.

Me pregunto qué mentes privilegiadas pudieron concluir que, en un conflicto de esa índole, de evidente y reiterativo acoso escolar, la solución fuera que ambas partes se sentaran a dirimir sus diferencias. No eran dos pares, en igualdad de condiciones y posición equitativa, sino una persona acosadora con los recursos que otorga la diferencia de edad y una víctima vulnerable e indefensa.

Se me ocurren un sinfín de terapias para corregir esa conducta psicótica, la más liviana de ellas, someterla a electroshock. Sí, estoy furiosa, porque para mí es como si todo aquello hubiera sucedido ayer. Y siento rabia e impotencia ante tamaña impunidad en connivencia con el excolegio de mis hijas, así que canalizo mi ira como mejor me sienta: volcándolo todo aquí, en mi blog.

Carlota Guisado, no te deseo ningún mal -entre otras cosas porque, si no has evolucionado, ya te llegará solo-, pero sí que te mantengas lejos, muy lejos de mi pequeña familia. Por lo menos en Tombuctú.

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Lo que de verdad importa

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En cuanto se llenaron las aceras de paseantes, se apagaron los aplausos a quienes nos cuidan. De un día para otro, los viandantes que divisaba desde mi balcón a las ocho de la tarde dejaron de sumarse al palmoteo colectivo, en parte por coherencia y reafirmación de que la ovación no iba por ellos -humanos confinados retomando su espacio urbano-, pero sobre todo por las ganas de ir recuperando poco a poco la normalidad perdida. Ojalá la impaciencia no nos haga arrojar por la borda tanto sacrificio.

Es gracioso que, en lugar de hablar de corredores, se emplee tanto el palabro runners, seguro que en breve recibo algún comentario al respecto de Fundéu. Es como llamar riders a los mensajeros de toda la vida, qué tendrá el inglés que tanto nos gusta. En fin, a lo que iba: mi marido salió el sábado a pasear y al poco regresó bastante ofuscado. Al parecer algunos de nuestros vecinos practican su deporte preferido –sí, el running– sin mascarilla ni demasiados miramientos con eso de la distancia de seguridad, de modo que, cuando pasan junto a ti mientras intentas soslayarlos, expulsan un aliento húmedo que resulta, como poco, inquietante. La verdad es que le han quedado pocas -¿nulas?- ganas de repetir. Claro que, si bien lo piensas, no todos los corredores son incívicos: a Antonio Banderas le pasó al revés y, al intentar salir de casa equipado de velocista, se topó con una nube de paparazzi que, a cara descubierta, le estamparon sus cámaras en las narices. No me extraña que por ahora prefiera permanecer confinado.

Yo todavía no he disfrutado de mi permiso para escaparme a pasear, quizás porque en el fondo pienso que no saldré cuando me lo digan, sino cuando me dé la gana. La calle puede esperar.

Quienes no pueden aguardar más son Marta, Mayte y Kerly, que abren esta semana Masternails Salón con todas las medidas de protección pertinentes –máscaras, mamparas, rutinas de deseinfección…-. Están tan ansiosas por abrir que hasta agendan citas para el sábado por la tarde. Es lo que tienen los pequeños negocios, que la COVID-19 les ha sumido en coma involuntario. De modo que, aunque en realidad no lo necesite, acudiré a que me hagan la manicura, hay que apoyar a las micropymes. Seguramente optaré por que me pinten las uñas de color azul turquesa, a juego con mi preciosa mascarilla de cosiricantar.com, de tela y reutilizable. Espero que este grupo de costureras que se ha reinventado para superar la coronacrisis empiece, más pronto que tarde, a confeccionar túnicas. Estoy convencida de que va a ser la prenda estrella del verano, comodidad ante todo. O más bien desahogo: hace falta ropa lo suficientemente amplia como para mantener los tipines acroquetados a salvo de miradas indiscretas.

Quiero pensar que este sol primaveral que nos alegra el encierro aniquilará al bicho con cuatro golpes de calor -toma que toma- y nos permitirá recobrar las riendas de nuestras vidas. Y que, mientras avanza el verano, en algún rincón del ancho mundo un grupo de científic@s desarrollará, si no la vacuna, por lo menos una cura para sobrellevar mejor la enfermedad que, a buen seguro, regresará en otoño con renovado brío.

Claro que todo ello son meras conjeturas: nadie sabe qué sucederá no ya en las próximas semanas, sino en los próximos días. No obstante, estos casi dos meses de encierro me han servido para comprobar que los prietos mimbres familiares que me arropan son tan reconfortantes como una manta de lana y, a un tiempo, tan firmes como el acero. Ante tanto desasosiego y desolación, me agarro a la certeza del amor incondicional que comparto a diario en la mesa de la cocina, en el sofá del salón y en nuestro pequeño pero soleado balcón. Incluso en la cama en la que, bien apretados los cuatro, nos aplastamos hasta la risa tonta, nos acurrucamos como polluelos y nos hablamos muy bajito aunque no haga falta. Al final, esa íntima felicidad compartida es lo que de verdad importa.

Y el bicho entró

Hace 19 meses que cuidan de mi madre en la residencia Putxet, el proyecto vocacional que iniciaran Roberto y Marta hace 35 años y ahora gestiona Nacho, su hijo. Especializada en demencias y de titularidad privada, es una torrecilla con jardín soleada, familiar y acogedora: el verdadero lujo consiste en que cada paciente –porque todos lo son de un modo u otro- se sienta arropado y querido.

Aun tratándose de un centro donde se atiende a un grupo de alto riesgo, ninguna administración les ha suministrado no ya las pruebas para detectar la COVID-19, sino materiales de protección tan básicos como mascarillas, guantes, monos, batas, gafas o pantallas. Hasta ahora se habían manejado bastante bien por sus propios medios, pero en la ronda diaria de medición de la temperatura, hace unos diez días se manifestaron algunas febrículas y, ante la falta de respuesta por parte de nuestras instituciones, enseguida se procedió a comprar los tests por cuenta propia.

Dos residentes dieron positivo y de inmediato los aislaron y destinaron a dos cuidadores para atenderles en exclusiva, mientras se encargaban más pruebas para todo el personal del centro. Y sí, como era previsible –hace más de un mes que se suprimieron las visitas de los familiares, aunque no la salida de los residentes por necesidades médicas- dos trabajadores asintomáticos dieron positivo. Entre tanto, los geriátricos catalanes cambiaron de consejería –de Afers Socials a Sanitat– y la Generalitat, que hasta la fecha había hecho exactamente nada por la residencia, dictaminó intervenirla. Eso sí, sin proporcionar ayuda alguna y prohibiendo la acogida de nuevos residentes o la presentación de ERTES o EROS hasta nuevo aviso. Es decir, estrangulando la sostenibilidad del centro, que ha solicitado un crédito ICO.

Quienes nos gobiernan -en Barcelona, Madrid o Bruselas-, aparte de fiarlo todo a esa sanidad pública que mermaron con sus recortes –ojalá destinaran tantos recursos como elogios a quienes nos cuidan-, se dedican fundamentalmente a aplicar restricciones, sin destinar ingresos de mera supervivencia a los colectivos más expuestos. O, lo que es lo mismo, sin hacerlo con la suficiente celeridad: tras comunicar los primeros contagios, han tardado una semana en enviar un equipo de desinfección a la residencia de mi madre.

Entre tanto, los cráneos privilegiados del FMI dictaminan un futuro inmediato catastrófico, aunque tampoco proponen nada para evitarlo. No sé si esos preclaros líderes mundiales son conscientes de que, antes que perecer sin remisión, a más de un humano tal vez se le ocurra morir matando, como las abejas.

Hoy he vuelto a hablar por teléfono con mi madre, que vive en su particular limbo, risueña y ajena a todo –por ahora, también al coronavirus-. Nunca había estado tanto tiempo sin verla ni abrazarla y echo muchísimo de menos pasear con ella de la mano por el jardín de la residencia: vivo las relaciones familiares mediterráneamente y añoro el contacto físico con las personas a las que quiero. Y sin embargo, cada vez aborrezco más la especie humana.

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Quién me ha robado el mes de abril (antes de que empiece)

Assumpta era una de mis compañeras de clase de francés en la EOI de Vall d’Hebron. Desde que empezó el confinamiento, publica en su estado de whatsapp fragmentos de sus solos de piano. Gracias a Assumpta esta semana he rememorado la deliciosa Nuvole Bianche de Ludovico Einaudi y he descubierto a la compositora británica Anne Clark, que me cautivó con su Poem without words. Es mi particular banda sonora de la cuarentena.

En sus múltiples formatos de expresión –me arrebatan las lluvias de besos de Ángela cuando me nota cansada o los amorosos gintonics que me prepara los sábados el padre de mis hijas-, la lírica me ayuda a aliviar la hiriente falta de contacto físico con tantísimas personas a quienes echo de menos, aunque reconozco que compartir encierro con mi cogollo familiar me ayuda a sentirme arropada y protegida. Estamos a gusto juntos. En general, nos caemos bastante bien.

En nuestras frecuentes conversaciones en la mesa de la cocina, nuestro lugar de encuentro recurrente, elucubramos sobre lo primero que haremos cuando finalice nuestra reclusión.

H – Yo iré a ver a mi madre.

P – Pues yo me escaparé con la moto hasta Abrera.

H – No podrás encenderla, después de tantos días se habrá quedado sin batería.

M – ¡Yo abrazaré a mis amigas!

H – Y tú, Ángela, saldrás en plan correcaminos hacia Montcada. Y Joselito igual, corriendo hacia aquí, ¡os encontraréis en la Meridiana!

Ante mi ordenador, estos días de cotidianidad acogotada transcurren como adoquines de melaza. Levantan cada nueva jornada una pared densa y sinfín, untada de incertidumbre e inquietud, una y otra vez, que me abruma y me deja exhausta. Así que por higiene mental decido desconectarme durante sanadoras pausas de silencio digital y terapia de achuchones y risas en el sofá.

Nuevas rutinas. Mi marido pasea a diario cuarenta minutos por casa -del recibidor al salón y vuelta-, cada tarde bailo música ochentera, aplaudimos por las noches a quienes nos cuidan con vigor de agujetas y, quien baja a tirar la basura, pone de inmediato en la lavadora su ropaje de ninja, zapatillas deportivas incluidas. Aunque el calzado ya no hará falta centrifugarlo gracias al truco de mi amiga Silvia: rociar el felpudo con una solución de agua y lejía y desinfectar las suelas antes de volver a entrar en casa.

Como Ulabox no da al abasto –me siento un poco traicionada y desatendida, yo era clienta antes del coronavirus-, busco alternativas de compra en línea, como Manzaning, la aplicación que nos suministra productos frescos procedentes de mercados municipales y pequeñas tiendas de Barcelona. Por precaución, jamás faltan provisiones en nuestra despensa: nunca se sabe cuándo llegará el próximo pedido. Y qué se perderá por el camino.

Nos sentimos especialmente satisfechos de haber rebajado –y cómo- el volumen de residuos plásticos que generamos: cada dos semanas El Masové nos sirve leche y agua mineral en envase de vidrio retornable de las marcas Letona, Veri y Vichy. Vamos cambiando nuestros hábitos de consumo de manera modesta pero sin pausa.

Me llaman de Chocolat Factory Balmes. ¿Para decirme “hola, bombón”? No, para informarme de que, si quiero, le llevan la mona a mi ahijada gratuitamente. Lo agradezco, pero, ¿qué sentido tiene? La gracia es achucharnos mucho, pintarnos las uñas juntas y darnos besos de chocolate. Es una celebración necesariamente orgánica. Así que este año las monas –la de Olivia y la de Joan, el ahijado de Ángela- nos las comeremos en agosto. O cuando sea: quién sabe qué secuelas tendrá esta cuarentena. Entre tanto, no queda otra que intentar que el limbo en que vivimos sea lo más habitable posible.

Este domingo nos regala una tregua: además de que tiene una hora menos, luce un confortable sol de papel de seda. Acurrucados en nuestra minúscula terraza, cerramos los ojos mirando al cielo como quien se adormece ante el fuego del hogar en íntimo estado de gracia. Quien tiene un balcón, tiene un tesoro.

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Diez días después

Parece que haya pasado un milenio desde la última vez que pisé la calle. Lo que empezó como un confinamiento autoimpuesto se convirtió, en poco más de 24 horas, en emergencia nacional.

Durante estos primeros días de encierro, si bien hemos mantenido los horarios de siempre, para todo lo demás nos hemos ido adaptando a las novedades del año cero. Se nos transparentan las falanges de tanto lavarnos las manos y cruzamos los dedos cada vez que nos llega nuestra compra en línea: siempre falta algo que nos parece imprescindible y asociamos cualquier mínima carencia –miserable y desproporcionadamente- a cartillas de racionamiento y postguerra. Problemas del primer mundo. No obstante, subsanamos esas nimiedades con creatividad: a falta de Fairy, bien vale el gel de la lavadora, que además nos deja las ollas con aroma a colada secándose al sol.

Las visitas a la residencia donde vive mi madre, aquejada de Alzhéimer, fueron vetadas hace ya un par de semanas, aunque en alguna que otra ocasión nos vemos por videollamada. Marga, la psicóloga que la acompaña para lograr tamaña proeza, está, necesariamente, muy pegada a ella, protegida por la mascarilla reglamentaria. Nunca podré agradecer lo suficiente cómo y cuánto velan por ella.

A mitad de semana converso por teléfono con Milagros, la directora del centro, y me asegura que cada día recuerdan a los residentes las consecuencias de la pandemia. Sin embargo, la mayoría de ellos padecen algún tipo de demencia y las explicaciones no acaban de calar. Luego hablo con mi madre, quien ya ha olvidado mi nombre, que tiene hermanas o que tuvo un marido. Entro en pánico cuando pienso que, cuanto más dure la cuarentena, más fácil será que me borre de su cerebro.

– ¡Hola, mamá!

– ¿Quién eres?

– Soy yo, tu hija.

– ¡Ay, hola! –y ríe, siempre ríe mucho, seguro que fue una niña feliz-.

– Ya sabes que no puedo venir a verte por el virus, ¿verdad?

– ¿Ah, sí? Aquí no me han dicho nada.

– ¿No te han contado nada, mamá? ¿No has visto que no vienen familiares a veros?

– Pues sí, ahora que lo dices, yo pensaba, ¡qué raro que no venga! Suerte que me lo has explicado, ¡ya se lo diré a ellos!

Cada atardecer, nos sumamos con devoción y espíritu de plegaria a los aplausos que homenajean a las extraordinarias personas que hacen posible que la vida continúe. La noche de la cacerolada contra nuestros regios parásitos, nos aplicamos con tanta energía que el padre de mis hijas mella mi paleta de cocinar preferida, tallada en madera de olivo. Ni me inmuto, entretenida como estoy fantaseando con que resucite Robespierre. Suerte que me han pasado una aplicación, icacerola.cl, que replica el ruido y evita que la furia nos haga destrozar el menaje, la guardaré para futuras ocasiones.

Entre la ovación y el martilleo, me envían una iniciativa de fraternidad epistolar de CTXT, uno de los medios digitales que apoyo: escribir cartas para amenizar la soledad de los afectados por el COVID-19 hospitalizados. En paralelo, recibo terribles noticias: el coronavirus acorrala a los padres de mi amiga Dolors. Él, de cabeza a la UCI, sin síntomas asociados al bicho –ni fiebre ni dolor de cabeza-. Ella, enferma en casa, sufriendo sola. Los padres de mi amiga viven en Andorra, ella, en Jerez. Qué angustia y cuánta impotencia. Otra amiga comparte en otro chat lo que le cuenta su cuñada radióloga: que nunca había visto nada semejante, las víctimas cuya sintomatología degenera en neumonía y fibrosis presentan los pulmones deshechos, carcomidos por la microalimaña.

Familia

No solo por solidaridad, sino también por coherencia –mi marido es grupo de riesgo-, lo único que podemos hacer en nuestro cogollo familiar es permanecer en casa, siguiendo escrupulosamente la cuarentena.

Quizás a los centroeuropeos y a los escandinavos no les resulte tan duro enclaustrarse, pero para nosotros la reclusión es todo un desafío: la cultura mediterránea es callejera, comunal y abrazadora, por eso hay tanta actividad en nuestros balcones. Vítores, reprobaciones, bailes, cánticos, fiestas, conciertos, cualquier motivo es bueno para seguir siendo nosotros. Suerte que puedo desahogarme un poco con Las Suellens, un grupo de skype en el que compartimos inquietudes, confidencias y alcohol. Es lo más parecido a salir que se nos ha ocurrido. Por un rato, volvemos a ser las locas de antes del coronavirus. Os lo recomiendo, nada como unas copichuelas virtuales para sobrellevarlo todo un poco mejor.

Coronavirus

Era enfermera en el hospital de Galdakao, pero falleció ayer en el de Basurto. Tenía mi edad, 52 años. Atendía a los enfermos de COVID-19 a pelo, sin suficiente protección. Obviamente. Por eso ha muerto. A la primera profesional sanitaria víctima del coronavirus la han aniquilado las letales condiciones de trabajo.

No hay dinero, al parecer, para que quienes cuidan de nuestra salud lo hagan sin jugarse la vida. Qué más da, son vidas plebeyas. Caerán más, pero poco le importa a la estirpe comisionista, corrupta y ruin que comparte alias con el virus que ha provocado la pandemia.

Entre tanto, el usurpador de la jefatura del estado se llena la boca con palabras huecas y soflamas patrióticas de otra era. Y con oídos sordos al feroz rugir de cacerolas desde Fisterra hasta Cabo de Gata, desde Portbou hasta Punta Umbría. ¿En qué planeta vive? ¿En qué universo paralelo habitan los diputados que se oponen a que se investiguen los delitos de sus bubónicas majestades?

El sátrapa reinante afirma, solemne, que renuncia a su herencia ultrajada. ¿Incluye el deshonrado legado la ilícita corona? Si a Su Bajeza Real le quedara alguna dignidad, se despojaría de contubernios e inviolabilidades y devolvería lo mucho malversado. Sin embargo sospecho que se aferrará al túrbido trono cual garrapata.

Para consolarme, continuaré asomándome al balcón cada anochecer a aplaudir, hasta que me duelan las manos, a todas las personas que nos velan, nos ayudan y nos cuidan. Y que me animan a pensar que entre todos quizás logremos acabar con ambos coronavirus. Porque esta crisis pasará, pero nada volverá a ser como era.

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