Aire

La vida del autónomo es impredecible, lo mismo crías telarañas entre las circunvalaciones cerebrales que te ataca, por varios frentes y en plan maremoto, una catarata de proyectos – ¡y el alborozo con que la recibes, oye!-. Como la previsión es trabajar a destajo durante varios días -festivos incluidos, cosas de la vida mercenaria-, dibujamos un paréntesis en nuestra programación de entregas para escaparnos con nuestras hijas a nuestro refugio recurrente: Lles de Cerdanya. Los compromisos laborales solo dan para un sube y baja de dos días, así que aprovechamos la maravillosa oportunidad para exprimirlos al máximo.

Salimos de Barcelona el sábado por la mañana temprano, desayunamos por el camino y acudimos directamente a las pistas de esquí nórdico de Cap del Rec. La lluvia nos acompaña durante casi todo el trayecto, hasta que salimos del Túnel del Cadí y nos topamos con el cambio de panorámica: la nieve cuaja el paisaje y lo emboza con su manto de sosiego. Qué gozosa felicidad.

Mientras nuestras hijas fueron pequeñas, nuestras actividades básicas a pie de pistas consistían en lanzar bolas, subir en trineo, garabatear sobre la nieve y modelar muñecos. Como aquella etapa está más que superada, decidimos innovar y probar con las raquetas. El alquiler cuesta 10 euros por persona; el forfait, 4 euros más. Las niñas de nuestros ojos enseguida se quejan de que es muy caro, aunque les hacemos caso omiso. Qué le vamos a hacer, en familia los gastos son al por mayor.

CapdelRec2Mientras exploramos el techo del Pirineo, nieva copiosamente. Quizás por ello se divisan pocos excursionistas. Haciendo gala de nuestro origen pixapinesco -a los barceloneses los lugareños nos llaman pixapins, es decir, meapinos-, nos hartamos de hacernos fotos en el bosque.

“Me encantan las películas que se desarrollan en páramos nevados, rollo Fargo. Las escenas de crímenes son mucho más gráficas, la sangre luce muy bien sobre la nieve”, reflexiona el padre de mis hijas. Escaparte a la Cerdanya para descubrir que “Dexter” hubiera debido ambientarse en Alaska en lugar de en Miami.

Lo bueno de pasear por la montaña con raquetas es que, como por fuerza avanzas despacio, no te desfondas durante el ascenso. Lo malo es que parece que calces plomo y llegas a creer que te has convertido en buzo o astronauta y que tu vida depende de la lucha contra la ingravidez. Eso sí, en cuanto te liberas de los pintorescos adminículos, caminas como si flotaras. ¡Y sin necesidad de recurrir a opiáceos!

Preferimos almorzar en nuestro alojamiento, la Fonda Domingo de Lles, que hacerlo en el refugio de Cap del Rec, donde la comida es más de rancho. En la fonda la relación calidad-precio es excelente. Si eres uno de sus huéspedes, todavía más. Aunque no disponen de opciones vegetarianas en el menú, enseguida apañan una suculenta propuesta para nuestras hijas, que se han apuntado a la práctica de nutrirse con alimentos sin ojos.

Camíd'Aransa3Tras la sobremesa nos llegamos a la vereda que conecta Lles con Aransa para estirar un poco las piernas. El cielo es una densa esfera blanca y apenas se distingue nada más allá de nuestras narices, como si permaneciéramos encerrados en la bola de cristal de “Ciudadano Kane”, solo que el vidrio es opaco en lugar de transparente. Ángela decide pasear sin cubrirse la cabeza y al cabo del rato la nieve cristaliza entre sus rizos, parece la novia del fantasma de Canterville. Entre tanto Mariola nos demuestra, una vez más, que continúa siendo un cachorrillo loco: nos arroja pelotas de nieve, atesora estalactitas de hielo y esculpe blancos monigotes mientras su risa cascabelera nos cosquillea el ánimo.

Los adultos estamos especialmente agotados, no sé si por los últimos y trepidantes días o por pensar en lo que todavía nos queda por delante, así que optamos por regresar a descansar a nuestro hotelito rural. Desde nuestra ventana contemplamos el hipnótico descenso del polvo de hielo mientras nos arropa un narcótico silencio: el mullido tapiz de nieve amortigua cualquier ruido. Cuánta falta nos hacía esta pausa de reconfortante serenidad.

Sabiendo que dos de sus huéspedes son vegetarianas, el cocinero de la Fonda Domingo tiene el detalle de prepararles sendos platos de legumbres para la cena y una bandeja de fruta natural para el desayuno. Como alojamiento es bastante básico, pero qué majos son y qué a gusto se está allí.

Esta mañana los finos copos nieve continúan depositándose en suave caída, danzando delicadamente en su diáfana liviandad. Observarlos es un ejercicio parecido a apreciar el oleaje, podría pasarme el día concentrada en su mera contemplación. Como me cuenta Audi desde una valla justo antes de Bourg-Madame, el tiempo es relativo y el mal tiempo, también.

HornoSolarOdeilloSí, nos adentramos en Francia porque el hombre de la casa nos quiere mostrar el horno solar de Odeillo, un artefacto colosal colmado de espejos construido hace medio siglo. Para los partidarios de convertir la energía solar en electricidad fue motivo de jubilosa ilusión hasta la crisis del petróleo de 1973: los políticos franceses prefirieron apostar por la energía nuclear porque su coste era mucho más bajo -de hecho, Francia es el país del mundo que más energía nuclear produce por densidad de población: el 86 % de la energía que genera procede de centrales nucleares-. Solo en fechas más recientes, a raíz de la creciente preocupación social por el medio ambiente, el horno solar de Odeillo ha ampliado su espectro de investigación a la búsqueda de alternativas energéticas, pero también al tratamiento de residuos radioactivos. Alucinante. Los franceses no parecen muy interesados en modificar sus hábitos de consumo. Tanto preocuparnos por si cierran o no nuestras centrales nucleares y hay chorrocientas al otro lado de los Pirineos. En fin.

ninot de neuAlmorzamos en Llívia y, cuando pasamos por Das, abrimos las ventanas del coche para llenarnos los pulmones de aire puro antes de atravesar esa frontera mental que es el Túnel del Cadí. Nuestro cabello revolotea al viento más sedoso que nunca: aunque lo hemos enjabonado con el gel del dispensador del baño del hotel, el efecto balsámico del agua de la montaña es espectacular. Vestir ropa térmica y lucir pelazo es lo más, ¿verdad, Freddie?

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Siempre se aprende algo nuevo

museu-ciencies1Hace nada me enteré de que el Institut de Cultura y el Ayuntamiento de Barcelona promueven una actividad gratuita interesantísima: colarse en la trastienda de uno de los once museos municipales que gestionan. La iniciativa se llama In Museu y por lo visto llevan dos ediciones, la primera fue en diciembre, la otra, el sábado pasado.

inmuseuEn cuanto supe de esta maravillosa oportunidad, pregunté en casa si le apetecía a alguien más y Ángela enseguida se apuntó. Cuando se abrió el registro en línea, entré en la web para inscribirnos y le pregunté a mi hija qué opción le apetecía más. Escogió el Museu de les Cultures del Món. El recinto expositivo, que completa la oferta del Museu Etnològic de Barcelona, ocupa dos mansiones de la archiconocida calle Montcada, la Casa del Marquès de Llió, que durante años alojó al Museu Tèxtil i de la Indumentària, y la Casa Nadal, antigua sede del Museo Barbier-Müller de Arte Precolombino.

El recorrido de In Museu nos permitió apreciar, más allá de las obras en exhibición –de escaso interés para mí, por no decir nulo-, las cicatrices de las construcciones históricas, que indican la evolución de las edificaciones según las necesidades de los sucesivos inquilinos. Además de contar con las indicaciones de una simpática guía, dos expertos ampliaron información sobre algunos detalles reveladores.

sostreElena, especialista en patrimonio histórico, nos explicó que la Casa del Marquès del Llió cuenta con tesoros tan singulares como unos preciosos envigados policromados del siglo XIV o una excepcional alcoba barroca -en Barcelona solo restan dos divisorias de madera de este tipo catalogadas, la otra se ubica en una casa cerrada al público-. Si el visitante del Museu de les Cultures del Món se fija bien, distinguirá cartelería específica que instruye sobre estas raras piezas originales que todavía se conservan.

Elena también nos mostró una instantánea que preserva en su móvil desde 2015, cuando se acometieron las obras de rehabilitación y acondicionamiento de ambas residencias para su nuevo uso. Se trata de una escalera que, a causa del montaje del recorrido museístico, permanece oculta bajo un suelo de madera, aunque de manera reversible, como aclaró nuestra apasionada especialista. Qué gran privilegio escuchar a una profesional que desborda entusiasmo en cada explicación.

Para Ángela la visita fue redonda porque en la tienda del museo pudo hacerse con una recopilación de cuentos coreanos. No obstante le supo a poco y amenaza con regresar a por más munición para ampliar su microbiblioteca asiática. En cuanto a mí, además de tomar nota mental de futuras ediciones de In Museu, la guinda del pastel fue relamerme con las indispensables croquetas de calamar de Bar del Pla, parada obligada cuando por cualquier motivo pasamos por sus aledaños. ¡Barcelona sabe tan bien!

Dormir en un faro

No sé de dónde viene mi pertinaz fijación por esos vigías oceánicos, en general odio la playa porque soy más de tierra adentro. Claro que el mar salvaje es otra cosa: me fascina observar cada movimiento brusco del oleaje contra las rocas y contemplar cómo acecha la tormenta desde el cielo procelosamente plúmbeo, henchido de rayos y truenos.

faroDormir en un faro era un deseo largamente codiciado pero nunca cumplido, de modo que hace trece meses decidí finalizar mi año de autohomenajes materializándolo. Husmeé y escarbé por los entresijos de Google y fueron cayendo alternativas en Holanda, Escocia y Croacia: ninguna igualaba siquiera el Phare de Kerbel, quizás porque estoy más acostumbrada a moverme por territorio galo y me manejo bastante mejor en francés que en inglés. Así que enseguida envié por correo electrónico mi petición de reserva e hice una transferencia con la paga y señal para bloquear la fecha. También planteé mis dudas por cibermensaje.

– Veo que el contrato de alquiler especifica que no están incluidas las toallas.

– Es que la gente se las llevaba, así que optamos por eliminarlas.

En ese momento pensé que, por el precio estipulado, bien podrían regalarnos no solo las toallas, sino también la tetera de la abuela. No obstante preferí no ponerme borde.

– Viajaremos con maleta de cabina y no dispondremos de espacio para toallas. Por favor, ¿sería tan amable de proporcionárnoslas?

– Está bien, lo indicaré en su dossier.

La primera noche cuesta una pequeña fortuna, pero para las sucesivas la tarifa es más normal, de modo que decidí que una duración de tres días sería ideal para amortizar mejor mi inversión. Y de paso la expedición milkilométrica.

El Phare de Kerbel se levanta en la costa del departamento de Morbihan, que en bretón significa mar pequeño, y para llegar hasta allí desde Barcelona hay que subirse a un avión de Vueling -la única compañía con conexión sin escalas- y luego alquilar un automóvil en el aeropuerto de Nantes.

El horario del vuelo Barcelona-Nantes nos obligó a llegar el día de Navidad y pernoctar en un Ibis Style cercano. Hasta la mañana siguiente no podíamos ir a por nuestro coche de alquiler y nos acercamos a una de las navettes que transportan pasajeros desde el aeropuerto hasta Nantes. Tras cruzar con él una breve conversación, el conductor, amabilísimo, se ofreció a acercarnos a nuestro hotel, aunque no se ubicaba en su ruta y tuvo que desviarse para acompañarnos. Sin embargo hizo mucho más que eso: rodeó la rotonda de la autovía y nos depositó en la mismísima puerta de nuestro alojamiento. Atómico.

El 26 por la mañana pedimos un taxi para acudir al aeropuerto a por nuestro coche de alquiler y su chófer corrigió –reiteradamente- mi forma de pronunciar Morbihan. “Bon, ça viendra”. Qué fácil es mofarse de la dicción ajena cuando la complejidad fonética de tu lengua materna te permite imitar cualquier sonido de cualquier idioma. Y no, no me estoy refiriendo al francés, sino al árabe. De hecho, nuestro segundo islamita políglota de la mañana nos atendió en el mostrador de Sixt en un castellano más que correcto. Además era joven y guapetón, a mis hijas les hubiera requetechiflado.

Hicimos las dos horas de conducción hasta el Phare de Kerbel del tirón. Madame Muin, el ama de llaves, nos acompañó hasta nuestro alucinante apartamento a ras de cielo. Subió los 126 escalones con pasitos cortos: era la segunda o tercera vez que lo hacía aquella misma mañana y se le notaba el agotamiento en el casi inaudible jadeo. Como para que se te olvide algo antes de alcanzar la cúspide.

vistas3Depositamos nuestras maletas, tomamos nota mental de las escuetas instrucciones y desandamos la caracoleante escalera para almorzar en Port-Louis, solitario en esa semana de vacaciones escolares de Navidad. Después, la larga y reparadora siesta en nuestro querido faro, mecidos por la tormenta. Y al despertar, acurrucados en nuestra cama, el devenir del atardecer, de la marea, de las gaviotas, de los matices que dibuja la luz en el paisaje. El mundo podía esperar. Por lo menos unas horas.

A unos sesenta minutos de nuestro singular alojamiento, en la playa de Port Maria de Quiberon, el oleaje trepa por los muros del muelle intentando agarrarse a ellos. Continuando por carretera hasta el último extremo de la Presqu’Île de Quiberon se llega a la Pointe du Congel, un paraje surcado por senderos de arena con vistas al Phare de la Teignouse, que se empezó a levantar en 1843 y empezó a funcionar un par de años después.

le café de mariaLa caminata al borde del mar nos abre el apetito. La placha gourmande de Le Café de Maria consiste en sopa de pescado, salmón, atún –se habían acabado las sardinas-, merluza, vieiras, langostinos, mejillones tan minúsculos como carnosos y un pequeño rodaballo. Todo tierno y jugoso, sin aderezos -ni falta que hace-. El sol nos acaricia a través de la ventana, pero resulta engañoso: en cuanto salimos del restaurante, la glacial ventisca nos azota como un cilicio.

Regresamos a nuestro faro por la Côte Sauvage de Quiberon, que orilla el océano sobre acantilados que hienden sus afiladas rocas en el abrupto oleaje. La arisca galerna es implacable y hiela hasta las ideas. Las sendas que serpentean por lomas y riscos se ven sorprendentemente populosas estos últimos días de diciembre. Es fácil imaginar que, en cuanto llegue la temporada alta, cada sendero acogerá tumultuosas romerías.

Otra deliciosa excursión que se puede hacer desde el Phare de Kerbel es visitar Aurey y su cautivador puerto, Saint-Gustan, que en coche quedan a unos 40 minutos. En Aurey se puede estacionar en la Place Notre-Dame, llegarse a la cercana Place aux Roues y continuar por la peatonal Rue du Belzic hasta la Rue Gachotte, jalonada de casitas con entramado de madera. Más allá, la empinada Rue du Château, con sus coquetas tiendas de artesanos, conduce al puerto de Saint-Gustan, donde ya habíamos recalado hace tres años durante nuestro viaje a Finistère en familia.

Como el obsequio de bienvenida al faro es una botella de champagne, no tenemos más remedio que comprar un par de docenas de ostras para hacerle los honores. Bretonas y del número 2, nos alternamos en abrir nuestros sabrosos bocados de mar con la habilidad que nos otorga un práctico tutorial de menos de un minuto. Que viva Google.

El sol de invierno bretón no calienta, tan solo irradia su fría luz septentrional para crear un trampantojo: estamos a -1°C. De camino hacia el interior de Morbihan, los campos de cultivo ocultan su manto verde esmeralda bajo el níveo tul de la escarcha.

josselin2El Château de Josselin es idéntico a mi castillo Exín infantil, cuyas piezas guardaba como un tesoro en el cubo de detergente Colón que me cedió mi abuela paterna -los que estáis en edad provecta sabéis de lo que os hablo-. Me hospedaría en el hotel que lo contempla desde la otra ribera del Canal de Nantes a Brest para observarlo durante horas, apoyada en el alféizar de la ventana. Por desgracia, permanece cerrado desde noviembre hasta abril, así que debemos conformarnos con callejear por Josselin. La antigua capital del condado de Porhoët fue fundada en 1008 por Guéthénoc, quien decidió bautizar el incipiente villorrio con el nombre de su vástago. Amor de padre. Nota marginal: sus descendientes, los Rohan, hoy pertenecen a una de las más antiguas familias de la nobleza francesa. Ducados al margen, fueron los artesanos y los comerciantes de Josselin quienes dinamizaron la villa: las 54 casitas en pain-de-bois que todavía se conservan –la más antigua data de 1538- dan fe de sus prosperidades pasadas.

A pesar de que la mañana avanza, como no superamos el umbral de los 0°C intentamos tomar un café con leche en una taberna. Ya es mediodía y tienen las mesas dispuestas para el almuerzo, de modo que la camarera nos mira con desdén y nos escupe que nos instalemos en la terraza. Cuatro parroquianos, acodados en la minúscula barra sin consumir nada, no hacen el menor gesto de cedernos un hueco, de modo que desistimos y abandonamos el pueblucho hostil a toda velocidad. Eso nos pasa por cambiar de tercio y adentrarnos en el interior en lugar de seguir saboreando la arrebatadora costa. En fin.

Desde la Presqu’Île de Gâvres se ve, al otro lado de la Petite Mer de Gâvres, nuestro faro, al que se llega dando un largo rodeo por tierra, aunque está a tan solo un kilómetro y medio atravesando las aguas. Cuando entramos en Gâvres la marea está baja y hay quien aprovecha para ir con un cubo a por frutos de mar. Y quien pasea bajo la lluvia como si fuera verano. Sin calcetines. Sin paraguas. Con un liviano chubasquero. Son la versión bretona de los superhéroes de Marvel.

Nos acercamos a cotillear el Fort de Porh Puns, construido para proteger Port-Louis de las huestes británicas, y coincidimos con la visita guiada de unos friquis de los asuntos bélicos, que soslayamos a toda velocidad: además de que el tema no nos interesa demasiado, el chubasco arrecia y nos guarecemos en una cálida librería-cafetería donde nos tomamos un café con leche y un chocolate caliente. Hipótesis que formulamos mientras permanecemos allí, al abrigo de las inclemencias atmosféricas: la circunspecta muchacha que lo regenta se recluyó en la pequeña población marinera por amor, de modo que decidió crear un rincón de doméstica tertulia literaria para sobrellevar mejor los inviernos bretones y arrebujarse con sus autores preferidos durante las lánguidas tardes de atlántico hastío. Tras esta reflexión de estar por casa, nos retiramos a nuestro añorado aposento.

vistas7Cuando el cielo está despejado, el Phare de Kerbel ofrece una vista panorámica circular que corta el aliento. Por la noche, al abrir los ojos desde la cama, te sientes en un íntimo y acogedor observatorio astronómico. En cuanto asoma el sol, el mar se funde con el cobrizo alborear y las embarcaciones parecen ancladas en una pradera de escamas de espejo. Alojarse más de una noche en ese torreón-guarida invita a saborear con más matices cada momento, desde las caprichosas tormentas, que balancean el aéreo refugio como un balandro entre las nubes y envuelven su perímetro de crepitantes silvidos, hasta las silenciosas calmas, que colman cada minuto de luz y serenidad.

Qué reconfortante paréntesis de raro sosiego disfrutamos hace ya una semana en el Phare de Kerbel.

Es solo un día más

La Navidad es esa convención social en la que nuestra obligación moral es mostrarnos eufóricos y fantasear con que la armonía y el júbilo reinan en nuestros hogares. Admito que a mí es una fecha que cada vez me causa más y más profunda tristeza: estos días de diciembre perdieron su diáfano regocijo infantil cuando falleció mi padre. Desde entonces los observo como una habilidosa tramoyista -todo por mis cachorros-.

Hoy me he acercado a casa de mi madre para desayunar juntas. La logística prevista para estas fiestas se ha desmoronado como diente de león ante ráfaga de viento y hoy comerá sola. Ella lo vive infinitamente mejor que yo porque está instalada en la enajenación de su incipiente Alzheimer, pero yo no puedo evitar un sentimiento de dolorosa culpa -esa educación judeocrustiana que tanto nos marca-. De negligencia en una fecha tan señalada. De abandono de mi deber.

I hate xmas.jpgNo obstante, lo cierto es que hoy es un día como otro cualquiera. Como ayer. Como mañana. Incluso como el 29 de febrero, que aparece y desaparece mágicamente por las inextricables cuadraturas del calendario gregoriano. Me basta con mirar a mi alrededor para constatarlo. Subo al autobús y me saluda una conductora de facciones y acento eslavos, no parece demasiado afectada por trabajar el día de Navidad. Una señora mayor se agarra del brazo de su marido para subir en la parada del hospital Vall d’Hebron, anda tan maltrecha por su enfermedad que calza zapatillas de estar por casa y da cortos pasitos de geisha. En algún momento fue joven y bonita, se le adivina en el coqueto cabello pelirrojo, en la impoluta manicura, en el abrigo desgastado pero requetelimpio. Luego sube un jubilado que nos saluda con un enérgico ¡Feliz Navidad! que llega hasta Badalona. Qué suerte tiene de creerse el cuento. Tal vez es el único pasajero que tiene fe en ese Hombre del Espacio del que se mofa Revista Mongolia.

A mamá le encanta el bocadillo de jamón y el café con leche que le llevo. Pensaba encontrármela dormida, pero me está esperando, ya duchada y medio vestida. A menudo no recuerda lo que le acabas de decir pero, de pronto, hay información que se le agarra en la precaria memoria con una tenacidad abracadabrante, como que su hija vendrá a desayunar con ella el día de Navidad. Cuando me despido de ella, me sonríe desde el corazón, atravesando capas de desmemoria. Sin reproches. Sin una sombra de duda. Pletórica de amor maternal. Y yo la observo para retener esa imagen y se me queda el alma en modo faquir, así que me acomodo a mis agujas de mala conciencia. Y me consuelo pensando que hoy, en realidad, no es Navidad, sino solo tan solo un día más.

Barcelona en familia

Mis hijas están encantadas con esta semana al revés: dos días de clase y cinco de fiesta. Yo no tanto, me parecen inverosímiles los festivos incontrolados en un diciembre saturado de ocio navideño. Después el primer trimestre del año se hace eterno, ya se podrían repartir mejor los días de asueto en el calendario. En fin.

De todos modos he aprovechado para alternar el trabajo con el placer y he disfrutado de mi familia en Barcelona. ¿O quizás debería decir en la montaña de Montjuïc?

El miércoles presencié con mi hija Mariola Maria Estuard en el Teatre Lliure: por mi cumpleaños me regalaron el abono de temporada y estoy exprimiéndolo al máximo. Sergi Belbel condensa la obra de Friedrich Von Schiller en dos horas que transcurren en un suspiro gracias a la conmovedora interpretación de Sílvia Bel y el resto del reparto. Destacaría también la sencilla pero brillante y efectista escenografía de Max Glaenzel, que convierte el escenario en un protagonista más.

El jueves regresé a Montjuïc, pero un poco más arriba y acompañada de mi hija mayor, para disfrutar de otro obsequio de aniversario: un par de entradas para el concierto de Depeche Mode.

Pululaba mucho madurescente por el Palau Sant Jordi, suerte que Ángela rebajaba el promedio de edad, aunque nos topamos con algún otro binomio de madre-retoño con ganas de ver a unos de mis dinosaurios preferidos –los otros son The Cure-. Antes de empezar a tocar –reconozco que nos saltamos los teloneros, qué malérrimas-, apareció en la macropantalla un publirreportaje de la asociación de la banda con los ultracarisísimos relojes Hublot para una campaña de captación de fondos: “agua para acabar con la crisis del agua”. La banda sonora del vídeo era “Where’s the revolution”, uno de sus nuevos temas, que también cantaron luego durante su actuación. Me parece como poco curioso que se atrevan a entonar esa proclama en un concierto a chorrocientos euros la entrada. Mi pensamiento crítico y yo.

Un fibrado Dave Gahan –y avejentado, se le transparentan los excesos pasados- salió dispuesto a darlo todo, cual demonio de Tasmania. Los ojos embadurnados de negro, las axilas depiladas, un Jennifer Forever tatuado en el brazo y el sempiterno chaleco adherido a su torso cual segunda piel. Brincó, se contoneó, se agarró la entrepierna y transpiró como un géiser, encantado de haberse conocido: es un animal escénico y se crece ante los focos. Como tierno contrapunto, Martin Gore, todo él manicura gótica y lánguida mirada, se mantuvo discreto, retraído, casi hierático. Excepto cuando agarraba el micro y su voz de satén colmaba el recinto.

Depeche071217Cuando no reflejaba el directo, la pantalla plasmaba gráficamente cada melodía con el apoyo de trazos pictóricos, ilustraciones o hipnóticos videoclips de factura coreográfica, tal era la precisión con que evolucionaban al ritmo de la música. Las dos horas de concierto finalizaron con la esperadísima “Personal Jesus”. Fue breve pero intenso. Además de que no hubiera podido soportar ni un minuto más el apestoso hedor sobaquil de mi vecina de asiento. Tendré que añadir a mi neceser de básicos un frasco de Brise frescor marino.

MarylinWarholPor tercer día consecutivo, ayer me acerqué de nuevo a Montjuïc, esta vez con mi familia al completo: habíamos reservado cuatro entradas a través de la web de CaixaForum para la visita comentada de la exposición “Warhol – El arte mecánico”. Mariola ya había ido con su clase de primero de bachillerato y le entusiasmó tanto que insistió en que fuéramos todos. Qué fascinante inmersión en la revolución que promovió ese avispado diseñador gráfico, que elevó la banalidad de la sociedad de consumo a la categoría de arte. Si estáis en Barcelona podéis verla hasta el 31 de diciembre, aunque, por desgracia, las entradas para las visitas comentadas están prácticamente agotadas.

Al salir, los dos adultos de la casa hicimos un amago de curiosear “500 años de reforma protestante”, sin embargo la mirada asesina de nuestras hijas nos hizo desistir enseguida y, en lugar de eso, nos fuimos de merendola. Ya regresaremos sin ellas, todavía tenemos mucho invierno por delante para continuar saboreando nuestra ciudad.

Yo también sueño con unicornios

Es populismo identitario acudir al Parlament en helicóptero y, emulando a Jordi Pujol cuando estalló el caso Banca Catalana, ocultar los recortes en sanidad y educación entre los pliegues de la estelada.

Es populismo identitario convocar unas supuestas elecciones plebiscitarias sin molestarse en cambiar la ley electoral para evitar que los sufragios emitidos en Castelldefels computen menos que los de Castelló de Farfanya.

Es populismo indentitario proclamar, durante toda la campaña de esas falsas plebiscitarias, que quien no escoja una de las dos opciones pro-DUI no está por la independencia, pero luego, al no lograr los resultados esperados, cambiar de parecer y asimilar soberanismo con independentismo e independentismo con unilateralismo.

Es populismo identitario aprovechar cualquier manifestación –de denuncia de los recortes en educación, de defensa de los derechos de las personas refugiadas, de repulsa al terrorismo yihadista- para sacudir esteladas y reconducir cualquier tema al monotema.

Es populismo identitario acosar e intentar manipular a los periodistas que son críticos con el relato independentista, tal y como denuncia el informe de Reporteros sin Fronteras.

Es populismo identitario erigirse como portavoz del poble en el Parlament mientras se actúa de manera excluyente con la mitad de los electores y se aniquila el contrato social vigente sin contar con los dos tercios de apoyo de la cámara, tal y como estipula no solo la legislación española, sino también la catalana.

Es populismo identitario sentirse legitimado por tamaña ilegitimidad e invitar a participar en un referéndum sin garantías y contra la voluntad del resto de opciones políticas, también las soberanistas, aunque luego se les reclame en todo tipo de movilizaciones.

Es populismo identitario que no seamos considerados presos políticos quienes fuimos recluidos en la cárcel del ostracismo institucional aquel infausto 6 de septiembre.

Es populismo identitario tener conocimiento de que se van a enviar fuerzas policiales -entre ellas algunas antidisturbios- para detener el referéndum ilegítimo y, en lugar de proteger a la ciudadanía, animar a las familias a ejercer de escudo humano, con la desfachatez añadida de no predicar con el ejemplo.

Es populismo identitario que existan víctimas de abusos policiales de diferentes categorías y cuerpos armados cuya brutalidad se olvida o se minimiza –a ver qué opina Esther Quintana de los Mossos, a Juan Andrés Benítez ya no le podemos preguntar-. Y que la violencia psicológica profesada contra el disidente –la presión, la invasión, la saturación ad nauseam– no se contemple como tal.

Es populismo identitario poner como ejemplo de referéndum pactado a Quebec sin mencionar la huida de empresas y entidades bancarias a Toronto, de donde, por cierto, todavía no han regresado. O negligir la Ley de Claridad. Parafraseando al politólogo Stéphane Dion, Ministro de Asuntos Intergubernamentales de Canadá hace dos décadas, si España es divisible, Cataluña también –¿qué tal un Área Metropolitana de Barcelona independiente?-.

Es populismo identitario mendigar alguna aportación para abonar una fianza millonaria aunque se disponga de una larga hilera de ceros en un pequeño país de Centroeuropa.

Es populismo identitario emocionarse en público imaginando ese nuevo país repleto de elfos, unicornios y ríos de hidromiel mientras se admite en privado que la independencia conllevaría estrecheces y penurias durante una o dos generaciones –por supuesto, no para todos-.

Es populismo identitario acudir a presentar la candidatura de Barcelona como sede de la Agencia Europea de Medicamentos y, a la salida, asegurar ante los periodistas que el Catalexit no es comparable con el Brexit. En cuanto sea oficial que Barcelona no resulta elegida, es previsible que salgan en estampida las grandes farmacéuticas, que por ahora guardan un silencio sepulcral.

Es populismo identitario proclamar que la aplicación del artículo 155 atenta contra la democracia en el Parlament, como si hubiera sobrevivido al ya mencionado 6 de septiembre. Sí, mutilará los derechos civiles de la totalidad de los catalanes, pero la mitad quizás no lo notemos tanto porque ya estamos despojados de buena parte de ellos –los más llamativos, la falta de representación en instituciones y medios de comunicación públicos-.

Es populismo identitario cuanto peor, mejor, y aferrarse a esa unilateralidad que no emana de la voluntad de la mayoría de electores, sino únicamente de los propios, en una actitud característica de los totalitarismos. Como dice la canción, se nos gastó la democracia de tanto usarla. O más bien de tanto mencionarla en vano.

En mi opinión urge una convocatoria de elecciones al Parlament, aunque previamente habría que modificar la ley electoral -una persona, un voto-, solo así se obtendría UnicornioNegroTristeun retrato veraz de la sociedad catalana, sin desenfoques ni falsos encuadres.

Ya veis, después de todo, yo también sueño con unicornios.

La indefensión

El pasado domingo, mientras presenciaba el terror en directo por televisión, me sentí como el 11 de septiembre de 2001 mientras miraba las noticias y, en tiempo real, me informaba sobre los atentados de las Torres Gemelas. Podía imaginar, presa del pánico, a cualquiera de mis queridísimos amigos independentistas, apostados en sus respectivos colegios electorales, recibiendo porrazos e impactos de pelotas de goma indiscriminadamente. Y me pregunté -todavía me lo pregunto ahora- cómo habíamos podido llegar hasta ahí.

Poco después de la una del mediodía supe que Nuria Marín había ejercido de alcaldesa de todos los hospitalenses, también de los que no solo no le habían votado, sino que además exteriorizaban con ostentación la inquina que le tenían, aun después de que evitara las cargas policiales contra ellos. Qué reconfortante sorpresa, un cargo electo velando por sus detractores. Lo que me llevó a comprender ese gran vacío que experimentaba mientras me iba enterando, estupefacta y horrorizada, de los abusos de los gorilas armados: cuando el Parlament inició su secesión de España los pasados 6 y 7 de septiembre, lo hizo desconectándose también de la mitad de los catalanes, que nos hemos quedado huérfanos y desamparados de nuestras instituciones. De modo que, aunque me horripilaba –y cómo- lo que estaba sucediendo, lo contemplaba como una guerra cercana pero ajena, que se desarrollaba en mi ciudad pero de la que yo no formaba parte. De hecho me siento, como escribía mi amiga Dolors en su última crónica y como cantaba en mi adolescencia B Movie, Nowere Girl.

La brutalidad policial es intolerable e inaceptable. No obstante, de la misma manera que una mujer maltratada lo es tanto si recibe una paliza como si es víctima de daños psicológicos, también es inadmisible la violencia social que ejerce una parte del independentismo, a diario y de manera creciente, contra quien disiente, condenándole a la versión actualizada del “no te signifiques” franquista. Yo misma estoy ejerciendo la autocensura y me he desactivado de Facebook. Me parece como poco un sarcasmo que uno de los símbolos que han adoptado los independentistas sea, precisamente, una ilustración con una boca tachada.

Insisto: hace casi un mes muchos de quienes hoy se autoproclaman defensores de la democracia y la libertad aniquilaron la pluralidad del Parlament. Silenciaron a la mitad de la población y lo consideraron lícito porque, según esa autodenominada revolución de las sonrisas, absolutamente todos cuantos discrepamos del pensamiento único somos fachas, desde los ultras que aúllan con sus trapos estampados de aguiluchos hasta los apátridas, los críticos y los escépticos. A ver si al final esas sonrisas van a ser solo una mueca como la del Joker.

el Roto - el bien y el mal.JPGEntre tanto, vamos de cabeza a la famosa DUI –y a las futuras truculencias que se deriven de ella-. Les urge a los demócratas sectarios que dan por válido el referéndum del domingo y que hoy aprovecharán el paro convocado en defensa de los derechos civiles para reclamar la separación exprés -jamás sin su estelada-. Ante la falta de entusiasmo de la convocatoria por parte de los sindicatos mayoritarios, la Generalitat ha dado el día libre a sus funcionarios para que se sumen a ella -eso sí, pagando los contribuyentes de nuestros bolsillos-. Del otro lado, liderando a los demócratas mamporreros que consideran proporcionado abrirle la cabeza a ancianas y, como indicó acertadamente Josep Cuní, continúan anclados en la era analógica, el plasmático, preso de su inmovilismo obtuso y atroz, permanece enquistado en la negación de la realidad. En cuanto al preparado, ni está ni se le espera -¿os lo imagináis abdicando y animando a iniciar un proceso constituyente? Yo tampoco-. Y cuantos nos hemos visto inmersos en este conflicto preguerracivilista sin buscarlo ni quererlo, nos preguntamos si existe alguien capaz de aportar algo de cordura. De reconducir este sinsentido. De protegernos de tanta permanente indefensión.