Frankfurt-Barcelona-Frankfurt

Hacía siglos que no acudía al aeropuerto del Prat. Hago memoria y mi última escapada prepandémica fue a Córdoba, AVE mediante.

Adoro viajar en tren. Odio volar. Cada vez más. Mi incursión a Frankfurt para visitar a Val -un acto de amor, mi amiga tiene cáncer- no hace más que reafirmarme en ello: desplazarse en avión no solo es insostenible medioambientalmente, sino que además es inverosímil. Para empezar, el aeropuerto de Barcelona está tan mal comunicado que, o llegas allí en taxi a precio de limusina, o te acompaña alguien en coche -como ha sido mi caso-, o te tomas hora y media como poco si optas por un transporte público. Echando cuentas, entre lo que tardas en llegar, la anticipación con que debes asegurarte de que facturas tu equipaje y pasas el control de seguridad, y la espera antes de embarcar, te daría tiempo de escuchar un podcast con el Ulises de Joyce.

Luego hay curiosidades de la era COVID que me dejan, como poco, ojiplática. Mucha mascarilla y mucho gel hidroalcohólico, pero en el aeropuerto del Prat, si calzas botas te obligan a sacártelas y a pasear por un suelo roñoso que han hollado cienes y cienes de pasajeros antes que tú. Y cuando vuelves a calzarte haciendo equilibrios -ni un triste banco a la vista-, conservas contigo ese sustrato humano adherido a los calcetines. Después, cuando ya accedes a la zona de embarque, te fijas en esos pintorescos adhesivos “prohibido acomodarte aquí”, un asiento sí y otro no, antes de encerrarte en un avión para convivir con tus vecinos de una a catorce horas, según vayas a Mahón o a Tombuctú. En fin.

Como mis últimas experiencias con Vueling han sido abracadabrantes, esta vez vuelo con Lufthansa. Qué maravilla, desde la reserva online, todo es fácil, agradable, incluso armónico. Bueno, casi todo: mientras los pasajeros estándares -catalanes, árabes, manchegos- respetamos las indicaciones y somos educados y corteses, un par de ejemplares arios -cejas de esparto, piel traslúcida, ojos azul calzoncillo de niño- se cuela como quien está acostumbrado a avasallar sin pedir permiso. Luego, en el avión, mis germánicos vecinos de asiento me observan con curiosidad de entomólogo -como si yo fuera un insecto- cuando les saludo al llegar. En fin, en todas partes hay seres deleznables, como compruebo a mi regreso.

Seis días después, cuando Valery me deposita en la Terminal 1 del aeropuerto de Frankfurt -70 millones de pasajeros al año antes de la pandemia-, los mostradores de facturación automática de Lufthansa están extrañamente vacíos, por fortuna para mí: nunca he facturado el equipaje de esa manera y las novedades tecnológicas me estresan. Mi amiga les pide a los profesionales de tierra que pululan por allí que, por favor, me ayuden. Y desde luego que lo hacen porque, aunque es sumamente sencillo, no acierto a unir los extremos de la cinta adhesiva identificativa, cualquiera diría que necesito volver a ver algún episodio de Barrio Sésamo. Continúo mi recorrido en solitario y en el control de seguridad todo transcurre plácidamente: absolutamente todas las personas encargadas de cada etapa del protocolo están pendientes de mí. Me siento la pasajera del año. Me arrebata que una muchacha me invite a sentarme para sacarme las botas y, una vez lo hago, las deposite en una bandeja, a mi lado. Solo falta que me masajee los pies.

Igual que hice en Barcelona, aprovecho mi paso por el duty free para perfumarme con Le jardin de Monsieur Li de Hermès, una de mis fragancias preferidas, y me dirijo con calma hacia la puerta de embarque de mi vuelo de regreso. Cuando el empleado de Lufthansa acaba de dar las indicaciones pertinentes en alemán y en inglés, una catalana palurda exclama, indignada, “y si no sabes inglés, ¡que te jodan!”. Mientras la observo perpleja, una joven se compadece de ella y se ofrece a ayudarla, así que continúa con su diatriba, “es que es un vuelo a Barcelona, ya no pido que lo repita en catalán, pero por lo menos en castellano. ¡Cuando llegue, escribiré una nota!”. Claro que sí, señora, tiene usted toda la razón, la capital de Cataluña es el ombligo del mundo y la compañía Lufthansa no solo debe rendirle pleitesía, sino que tiene la obligación moral de contar con personal políglota que domine todas las lenguas del planeta. Y, si no, ¡que no vuelen a tantos países! Me pregunto qué carajo hace una analfabeta idiomática viajando en solitario, y estoy a punto de sugerirle que en próximas ocasiones escoja como destino Andorra, pero prefiero hacerme la loca, parapetarme tras mi mascarilla y contestar en inglés a quien me pregunta en inglés con acento de Arbeca para mimetizarme con el entorno.

En cuanto pongo los pies en el aeropuerto del Prat y me dirijo a por mi maleta la mar de ufana -hemos aterrizado 20 minutos antes de lo previsto-, compruebo que han amenizado nuestra llegada con un laberíntico y fluorescente circuito que me conduce hasta un muchacho con diversidad funcional, seguramente la persona menos indicada para el cometido que le han asignado.

-¡El código QR!

-¿Cuál? ¿El de mi tarjeta de embarque? -y se lo muestro.

-No, ese no, ¡el código QR!

-¿El de mi certificado de vacunación? -y se lo muestro también.

-No, ¡el código QR!

-¿Cuál? No tengo ninguno más…

-Pues apártese y váyase allí, que hay mucha gente.

-Pero ¿A QUÉ CÓDIGO QR TE REFIERES?

Un hombrecillo con chaleco amarillo intuye que voy a empezar a insultar a Rainman y me pregunta si rellené el formulario de control sanitario que exige el Gobierno de España para entrar al país desde el exterior. Le respondo que sí, pero que la plataforma del ínclito Ministerio de Sanidad no me permitió adjuntar mi certificado de vacunación.

-Le sucede a algunas personas, mis compañeras le entregarán el formulario impreso, lo rellenará en dos minutos.

Otro pasillo más allá, en un mostrador improvisado con dos mesas, dos señoras me atienden y me entregan un impreso.

-Todo esto ya lo rellené online, pero la plataforma no me dejó cargar mi certificado de vacunación digital, cada vez que lo intenté me daba error.

-¿Lo hizo desde Alemania?

-Pues claro, la plataforma no me permitió acabar de completar el formulario desde España hace una semana, debía hacerlo 2 días antes de regresar, y hace dos días estaba en Alemania.

-Bueno, la verdad es que no funciona muy bien, hay personas que no tienen ningún problema y otras que, como usted, no pueden subir el certificado de vacunación.

Relleno a mano el maldito formulario, lo entrego en una ventanilla sita unos metros más adelante y otra persona -ya he interactuado con cinco- me pide, esta vez sí, mi certificado de vacunación.

Me siento protagonista de un artículo de Mariano José de Larra.

Asqueada, voy a por mi maleta, que entre tanto ya está dando vueltas por la cinta. Miro el reloj y son las seis de la tarde, la hora de llegada que indicaba mi reserva de Lufthansa. Y pienso «bienvenida a España».

Ganas de mudarme a Madrid

Nuestra escapada girly de hace un par de semanas supuso, tanto para mí como para mis cuatro compañeras de evasión, una vivificante bocanada de aire fresco. Literalmente: la humedad adhesiva de Barcelona era asfixiante.

En cuanto llegamos, todas provistas de nuestras maletas rodantes y yo, además, de mi pamela-sombrilla, nos dirigimos a El Brillante para reponer fuerzas. Compartimos calamares, callos y albóndigas y nos llegamos paseando, equipaje en ristre, hasta nuestro alojamiento, el Hostal Astoria, barato, requetelimpio y muy bien ubicado: permite desplazarse a pie para ir a todas partes. Con eso nos basta y nos sobra.

En cuanto depositamos los bártulos en nuestros aposentos, salimos a la carrera hacia Chueca. Tras las risas, las conversaciones y los pequeños-grandes hallazgos, toca regresar para maquearse: hemos reservado mesa para cenar en Angelita Madrid, un restaurante que supera nuestras más optimistas expectativas. Por ponerle algún pero, deberían mejorar la iluminación, que para nuestro gusto es demasiado agresiva. Por lo demás, nos enamoran la profesionalidad de los camareros, que nos dan todo tipo de explicaciones a la hora de seleccionar el vino o degustar la tabla de quesos, y los platillos, preparados con ingredientes de su propio huerto. No cabemos en nosotras de gozo.

-Gracias por habernos atendido tan bien, no estamos acostumbradas.

-Gracias a vosotras por habernos elegido, habiendo tantas otras opciones para cenar en Madrid.

Piel de gallina.

La noche es joven, de modo que, siguiendo los buenos consejos de Alberto, compañero de trabajo de Madrid, nos dirigimos a Malasaña a cotillear dos locales emblemáticos de los ochenta -musicalmente, reconozco que me he quedado fosilizada allí-: La Vía Láctea y TupperWare. La calle de Velarde rebosa de jovenzuelos que esperan estoicamente para acceder a sus locales de referencia y es impracticable: la cola de El Vía Láctea llega hasta Alcorcón. Corredera Alta de San Pablo, en cambio, donde se asoma el TupperWare, parece menos concurrida. Nos colamos en la entrada del mítico local a cotillear un poco y lo que vemos nos deja ojipláticas y boquiabiertas: a pesar de que todo invita a bailar -las luces, la música, la noche- los moradores de sus entrañas fluorescentes se acomodan, disciplinadamente inmóviles, en sus mesas plateadas. Qué grima, parece una película de terror. Y pensamos ¿merece la pena pudrirse en la puerta media hora para convertirnos en estatuas metálicas, como las del jardín botánico de Radio Futura? De verdad, qué empacho de pandemia, con lo fácil que sería que nos pidieran nuestro certificado de vacunación para acceder a los bares y nos dejaran bailar hasta hacer surcos en la pista. En fin. 

Tras una noche raruna -por despiste dejamos el aire acondicionado a 18° C y, más que dormir, hibernamos- el día no podía empezar mejor: visitamos el Museo Nacional del Prado a primera hora -galerías solitarias, apenas visitantes a nuestro paso- y podemos contemplar con todo lujo de detalles la obra de El Bosco. Observar a fondo y sin prisas “El jardín de las delicias” nos colma de emoción. Luego nos separamos y cada cual se dirige a sus particulares fetiches. Como almorzamos en el cercano Barrio de las Letras -no podría gustarme más-, en cuanto damos por finalizado nuestro recorrido museístico cruzamos el Paseo del Prado y nos adentramos en sus adorables calles peatonales, arropadas por un cielo azul perfecto y engalanadas con una permanente sonrisa en la boca. Curioseamos por la tiendecilla de la calle Cervantes de Real Fábrica Española entre polveras de Maderas de Oriente, mandarinas con gajos de caramelo, aceiteras panzudas de Gordiola, pipas Chulapas -con su bolsita de papel para desechar las cáscaras- o mantas de Ezcaray.

Almorzamos en El Alambique y su menú nos sorprende por la calidad de sus platos -sabrosos y preparados con mucho cariño-, a la altura de la extraordinaria calidez de los anfitriones. Personalmente, me arrebata su decoración petarda-pop. Cualquiera diría que, como yo, se quedaron en los 80. Es el momento en que se suma a nuestra pequeña expedición mi buena amiga Valery, recién aterrizada de Frankfurt. Y aprovecha el cara a cara para compartir con nosotras el resultado de la biopsia que le han practicado hace cuatro días. No estábamos preparadas. Yo, menos que nadie: mi optimismo innato me hace pensar que mi amor incondicional por las personas a las que quiero las pone a salvo de todo. Sin embargo, el tumor de mi amiga tenía otros planes y desencadena una oleada de dolor, preocupación y sororidad.

Por la tarde Val y yo íbamos a ir a Fundación Telefónica para ver la exposición “Paisajes de luz” de Joanie Lemercier, que me había recomendado mi compañera María, pero hay cambio de planes. Obviamente. Mientras Eva y Joana descansan en nuestra habitación, yo me ducho, me acicalo y me preparo para un mano a mano con Valery, que se aloja en otro hotel. Entre tanto, oigo gritos procedentes de la calle -nuestro hostal se ubica en los aledaños del Congreso de los Diputados-: “¡Pedro Sánchez, dimisión! ¡Bote, bote, bote, comunista el que no bote!” y lindezas similares. Me asomo al balcón y una bandada de rojigualdos inunda la calle. Cielos, las banderas nos persiguen: huimos de Barcelona para soslayar esteladas y nos topamos con los trapos de sus adversarios. Nasías pa’ sufrir. Mientras observo a los pintorescos manifestantes, un par de ventanas más allá, hacia mi izquierda, algún vecino les arroja un cubo de agua. De un salto abandono mi privilegiado mirador y me refugio en la habitación porque no me apetece que me confundan con quien les ha empapado -hoy menos que nunca, debo concentrar mis energías en algo infinitamente más importante-, pero mi amiga Eva, en camiseta y tanga, se precipita a la barandilla para ver con sus propios ojos lo que acaba de suceder.

Rojigualdos: ¡Puta! ¡Baja aquí si tienes huevos!

Eva (mirando hacia la planta superior): Mira, están insultando al que les ha tirado agua…

Yo: No, Eva, ¡te insultan a ti!    

Eva: ¡Pero si yo no he sido!

Yo: Ya, pero ellos no lo saben, han mirado hacia arriba y te han visto a ti.

Eva: Jajajajaja, que se jodan. Además, son cuatro papanatas, no tienen media bofetada.

Eva en estado puro. Por eso, entre otras muchas cosas, la adoro.

Me escapo por la calle de atrás para esquivar a esos seres alterados y me apresuro a acudir al punto de encuentro acordado con Valery, lista para una lluvia de mimos, abrazos y confidencias. Por el camino nos topamos con acottémadrid, una coqueta boutique de la calle León en cuyo escaparate luce, como un faro, un cuarzo verde engarzado en una hermosa sortija. Y al instante decido que debo obsequiar a mi amiga con ese talismán, para que le acompañe durante las próximas semanas con mis mejores deseos de armonía, serenidad y bienestar emocional.

Sí, es un fin de semana verdaderamente intenso.

Aunque habíamos previsto hacer cola para cenar en Bodega de la Ardosa, otra de las excelentes recomendaciones de Alberto, las seis preferimos recogernos en el Ganz Wine Bar, donde un comedor privado nos proporciona la intimidad que nos pide el cuerpo, y acabar la noche en la coctelería del Angelita Madrid, que, a pesar de su exquisita puesta en escena, no cumple nuestras elevadas expectativas: es difícil superar la maestría de nuestro bartender predilecto, nuestro querido Kike del bar La Higuera de Barcelona.

Una de nuestras peticiones a Alberto fue que nos aconsejara dónde tomar un buen chocolate con churros, y su recomendación es sensacional: desayunar temprano en la Chocolatería San Ginés es un privilegio del que disfrutamos con golosa fruición. Y, de allí, al Rastro. Lo bueno de adentrarse en el popular mercadillo cuando todavía están acabando de montar algunas paradas es que puedes fisgonear a tu antojo, y hacerte con un primoroso rallador de queso de cerámica o un divertido bolso de color violeta, ideal para petardear por la noche.

Eva: Hola, quiero este bolso.

Tendero: Un euro.

Eva: Pero en el cartel pone que son dos euros, ¿no?

Tendero: Dame un euro y te doy una bolsa para llevarlo.    

Aunque no estamos habituadas a eso del regateo y los precios ya nos parecen más que razonables, los lugareños nos lo imponen sí o sí. Qué cosas.

Callejeando por el Rastro, nuestros ojos se quedan prendidos -y prendados- del abracadabrante escaparate de La Turmix: una Barbie sumergida en una pecera pasea a un tiburón. Y, claro, entramos. Nos fascina absolutamente todo en esa tienda-galería-teatrillo, y enseguida empezamos a charlar con Petra, quien cose algunos de los preciosísimos artículos en venta, mientras que su pareja, Juanjo, crea originales piezas de bisutería que delatan su talento como escultor. En nuestra conversación se deslizan el desasosiego que provoca el discurso del odio, el intento de privatizar el Rastro aprovechando la pandemia, el repudio de un amigo catalán residente en Madrid por parte de su familia indepe o las dificultades de seguir adelante cuando eres un autónomo o una microempresa.

Se acerca la hora del almuerzo. Tras un par de cervecitas acudimos a Los huevos de Lucio, un comedero obviable cuyo nivel gastronómico es simplemente correcto -o más bien mediocre- y cuya gerencia ha decidido apremiar a sus comensales para ir llenando cuantas más mesas, mejor. Es, con diferencia, el peor establecimiento que pisamos en Madrid.

Y sin embargo, enseguida olvidamos el mal sabor de boca que nos deja. A pesar de todo, Madrid ha sido una bombona de oxígeno y, lo más importante, el lugar de encuentro con mi amiga tras casi dos años sin vernos en vivo y en directo. Nos ha brindado la oportunidad de decirnos en persona -qué hartura de pantallas- lo que sentimos y cuánto nos queremos en el momento en que era, más que necesario, urgente manifestarlo. Por todo ello, pero también porque Valery se instalará a medio plazo allí, me invaden unas irrefrenables ganas de mudarme a Madrid.

Esa pionera del marketing que fue Madame Pommery

Aunque como marca comercial la viuda más famosa de Champagne es Barbe-Nicole Clicquot -quien a la muerte de su esposo y con solo 27 años empieza a dirigir la joven maison-, la historia de Jeanne-Alexandrine Louise Pommery es igualmente apasionante. Con 39 años toma las riendas del negocio vitivinícola recién fundado por su difunto marido, Alexandre-Louis Pommery -hasta entonces empresario de lanas-, y, mostrando una actitud más que atrevida, y consciente de que Moët&Chandon y Veuve Clicquot Ponsardin dominan el mercado francés, se lanza a la conquista del mercado internacional, mientras participa activamente en la invención del champagne como bebida de lujo y en la creación de la imagen de marca de Pommery: establece una manera de comunicar y un estilo único y maneja con soltura las relaciones públicas.

Su vivienda en el corazón de Reims le queda pequeña a sus ambiciosas ideas y decide apostar por un lugar donde unificar todas las actividades relacionadas con el proceso de vinificación. Así es como nace a las afueras de la ciudad el Domaine Pommery, un proyecto faraónico cuya construcción dura toda una década. ¿El desafío? Unir unas crayères -canteras de cal- galorromanas mediante galerías para reconvertirlas en 18 km de cavas. La particularidad de la cal es que, además de que retiene el agua como si fuera una esponja, proporciona una higrometría y una temperatura estables para preservar las botellas.

Mientras el Domaine Pommery va tomando forma, y siempre atenta a los gustos de sus clientes, su agente comercial inglés, Adolphe Hubinet, le confirma que hace falta un champagne “espumoso, aterciopelado, meloso, tan seco como sea posible, pero sin que amargue” para el mercado británico. Madame Pommery se pone manos a la obra y lanza el primer champagne brut, pensado no solo para el postre, sino, gracias a su bajo contenido de azúcar, también para ser disfrutado a lo largo de toda la comida -pensemos que la costumbre de la época era tomar champagne con una proporción de azúcar parecida a la Coca-Cola, o sea, aberrante-.

En línea con el arte de saberse vender que esa pionera del marketing lleva en la sangre, en cuanto las obras de las cavas del Domaine Pommery finalizan, se abren al público. Para facilitar el acceso a los visitantes, hace construir una escalera de 116 escalones lo suficientemente amplia como para albergar polisones -esos aparatosos armazones de las faldas de la época-. Y para añadir el necesario toque de sofisticación, encarga a Gustave Navlet una serie de gigantescos bajorrelieves que el artista esculpirá directamente sobre las paredes calcáreas. Magnifique !

Hoy la Maison Vranken Pommery todavía utiliza sus crayères como recinto de exposición y, a través de la iniciativa Expériences Pommery, invita a distintos artistas a que desarrollen sus intervenciones a 30 metros bajo tierra. La Expérience Pommery #15, titulada INTROSPECTION, recoge interpretaciones del singular santuario del champagne que oscilan de la estética kitch del “Fruit tree” del coreano Choi Jeong Hwa, a los ultrasonidos enviados sobre las botellas de champagne de Raul Keller, que funcionan como un sónar y evocan las “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne, o la escalera recuperada de un inmueble de Belfast por Paddy Bloomer y Nicolas Keogh para invitar a imaginar qué personajes podrían vivir en las alturas de la crayère.

Al lado del Domaine Pommery se eleva, como una mansión de cuento, Villa Demoiselle.

En 1904 Henry Vasnier, director de la Maison Pommery, encarga la edificación de una villa a Louis Sorel, alma del grupo de artistas “l’Art en Tout”. En plena transición del Art Nouveau al Art Déco, si bien confía a artesanos vidrieros, ebanistas, herreros, tapiceros y ceramistas toda la decoración, el arquitecto parisino innova en dos aspectos decisivos para la perdurabilidad de la mansión: no solo escoge construir la estructura en hormigón, sino que además decide que una parte de la carpintería sea metálica. Estos materiales propician que el conjunto se mantenga en pie durante los bombardeos de la Primera Guerra Mundial: mientras Reims acaba el conflicto bélico en ruinas, la villa resiste.

Tras 25 años de abandono, en 2004 la villa se convierte en la sede del champagne Vranken. Nathalie Vranken, fiel al espíritu Pommery de vincular arte y burbujas, recluta a un grupo de artesanos para recuperar la mansión y reemplazar los muebles perdidos por otros de la misma época y estilo. El resultado es fabuloso, doy fe. Claro que no soy objetiva porque me chiflan tanto el Art Nouveau como el Art Déco.

Por suerte dispongo de la ciudad de Reims para continuar con mi pasión por el Art Déco, es la parte buena de que tuviera que renacer de sus cenizas tras la Grande Guerre. En efecto, pasear por Reims es toparse a cada paso con edificios imponentes donde todavía constan el año de construcción, el nombre del arquitecto y, a menudo, también el del empresario inmobiliario. En los frisos superiores de las fachadas sorprenden algunos mosaicos que han perdurado hasta ahora, así como rótulos tanto pintados como cincelados. En puertas, ventanas y balcones llaman poderosamente la atención la desbordante e imaginativa profusión de trabajo en forja y las esculturas con motivos florales, neoclásicos y neogóticos que los engalanan. Los felices años 20 fueron especialmente fecundos en Reims.

Uno de los edificios que resistió a los bombardeos de la Primera Guerra Mundial -no solo eso, sino que además sirvió como refugio a los servicios municipales y policiales de la población- es el denominado Le Cellier, un almacén de botellas de champagne de estilo modernista cuya fachada fue concebida como una verdadera valla publicitaria: Madame Pommery marcó tendencia, y luego las demás maisons siguieron sus pasos para hacer sentir a sus clientes una experiencia única cuando acudieran a sus instalaciones.

A cinco minutos de paseo desde Le Cellier se llega al Musée Le Vergeur, cuya particularidad, además de los valiosos grabados de Durero que atesora en su interior, es que en su apacible jardín alberga una insólita colección arquitectónica: recién finalizada la Grande Guerre, el propietario de la mansión, Hugues Krafft, se dedica a recuperar fragmentos del patrimonio de la arrasada Reims para crear Le conservatoire d’Architecture, que incluye puertas y fachadas de edificios perdidos.

En la sala de exposiciones temporales del museo Le Vergeur, la inquietante selección de piezas de 1914-1918, le patrimoine s’en va-t-en guerre muestra cómo la guerra de trincheras también se desarrolló en el ámbito de las imágenes y las ideas. Incluye desde ilustraciones y fotografías claramente maniqueas, creadas para desacreditar al pérfido enemigo, hasta exhibiciones de obras mutiladas como herramienta de propaganda. Una en concreto, celebrada en 1915 en París, establecía una cronología del “vandalismo alemán” desde las invasiones bárbaras del siglo III, con el objetivo de contraponer “al pueblo de Francia, eterno creador, con el eterno destructor que es el teutón”. En fin.

Una ciudad que fomenta exposiciones así, que pinta sus adoquines de colores y que cuelga hamacas en sus parques públicos es un lugar donde seguro que merece la pena vivir. O, por lo menos, abrir bien los ojos y aprender. Y en eso estamos, en apurar Reims hasta el último minuto.

La leyenda de Dom Pérignon

Al monje benedictino que vivió durante 47 años en la abadía de Hautvillers se le atribuyen tanto la invención del méthode champenoise y su característico assemblage des vins, como la adopción de la botella y el tapón de corcho representativos del burbujeante elixir. Cuenta la leyenda que los peregrinos del Camino de Santiago, de paso por Hautvillers en su regreso desde España, le habrían dado la idea de fabricar botellas más recias y de reemplazar los tapones de madera y estopa por los de corcho, más adecuados para soportar la presión de ese vino efervescente.

Y sin embargo, Dom Pérignon podría haberse inspirado en el primer vin saute bouchons -vino salta tapones- del que se tiene constancia, la blanquette de Limoux, una pequeña población occitana donde los vinos empezaron a burbujear mucho antes que en Champagne: los monjes benedictinos de la abadía de Saint-Hilaire inventaron este vino espumoso en 1531 de manera fortuita, y existe un manuscrito fechado en 1544 que se refiere a “les flacons de Blanquette de Limoux”. Su gran inconveniente es que se producía demasiado lejos de París, el ombligo del mundo galo. A diferencia del champagne, la blanquette se elabora, fundamentalmente, con uva blanca mauzac, una cepa originaria de la región.  

En cualquier caso, lo que está fuera de duda es que Dom Pérignon trabajó durante años en la mejora de la mezcla de los distintos caldos y fijó el famoso méthode champenoise: tras recolectar la uva a mano para preservar sus cualidades y prensarla con agilidad para obtener mosto blanco de uvas tintas, cada cepa se vinifica por separado y en primavera se procede al assemblage de los vinos de base, una operación esencial en la que cada viticultor decide la personalidad de su champagne.

En cuanto a los emblemáticos recipientes, los maestros vidrieros de la zona se pasaron a la creación de botellas en cuanto finalizaron su intervención en las grandes catedrales que todavía hoy podemos admirar. No obstante, fueron los británicos quienes inventaron un vidrio más sólido a fin de embotellar los preciosos caldos que deseaban importar de toda Europa, entre ellos los de Champagne.

Quienes introdujeron en la corte de Versailles ese vino espumoso, que en sus inicios se consideraba como defectuoso, fueron Jean-Baptiste Colbert, nacido en Reims y mano derecha de Luis XIV, y Luis XV, un rey depresivo que halló sus momentos de máxima euforia disfrutando de aquel extraño vino chispeante y puso de moda hacer saltar su tapón.

En 1844 Adolphe Jacquesson perfeccionó la oclusión de la botella con un corsé de alambre retorcido, que aseguraba que el corcho permaneciera sujeto al cuello, y también creó la célebre corona, objeto de deseo de coleccionistas.

Si Dom Pérignon levantara la cabeza, lo mínimo que sentiría sería perplejidad: aunque la iglesia parroquial donde está enterrado es de acceso público, la abadía de Saint Pierre a la que pertenecía es ahora propiedad de Moët & Chandon y el derecho de admisión está restringido a los mejores clientes de la casa. Qué paradójico contrapunto al ascetismo monacal y a ese símbolo universal de la celebración que es el champagne.

Aunque los vulgares plebeyos tenemos vetada la entrada a la famosa abadía, la visita a Hautvillers, cuyo origen se remonta al siglo VII, merece mucho la pena: es un pueblecito encantador rodeado de viñedos con categoría premier cru y preciosas vistas sobre Épernay. Desde el corazón de la minúscula población se llega fácilmente al frondoso Forêt Domaniale de Hautvillers, un bosque apacible y solitario donde es fácil recrearse en el silencio contemplativo. Su árbol más popular es el Chêne des Rinsillons, un roble de 250 años y 28 metros de altura que fue rescatado de la tala por el guardia forestal Émile Lemaire. Por eso los lugareños, agradecidos, lo llaman Chêne Lemaire.

El largo paseo por los vivificantes senderos de ese robledal excepcional nos abre el apetito y decidimos celebrar la jornada con nuestro particular homenaje a Dom Pérignon: brindar con el champagne rosado de uno de los 30 viticultores de Hautvillers. À votre santé !

Las dos capitales de Marne en Champagne

Me encanta nuestra casa de vacaciones. La privacidad de la que disfrutamos en nuestros dormitorios. La cocina-comedor, pensada para compartir y disfrutar en familia, y desde donde puedo escribir mientras, por ejemplo, horneo unas verduras -como ahora mismo-. La preciosa luz que lo inunda todo al empezar el día y te acompaña durante toda la jornada. O el jardín trasero, donde es tan fácil recolectar moras y frambuesas y zampárselas al instante, del arbusto a la boca, con glotonería infantil. Suerte que existe la web de Gîtes de France. Nunca defrauda, al contrario, casi siempre supera nuestras expectativas.

Nuestro alojamiento de Champfleury está a 20 minutos en coche de Reims y de Épernay, la capital espiritual del departamento: a lo largo del kilómetro de su imponente avenue de Champagne se alzan, majestuosas, las villas de las grandes Maisons de champagne. Una de ellas, el Château Perrier, alberga el Musée du vin de Champagne et d’Archéologie régional. Es fácil recorrer este museo de concepción clásica gracias a las prácticas audioguías incluidas en la entrada, disponibles también en español, y disfrutar de las explicaciones de cada sala.

No obstante, la experiencia museística más impactante sobre el champagne no está en Épernay, sino en sus aledaños, concretamente en Aÿ-Champagne. Pressoria invita a un recorrido interactivo bilingüe -francés e inglés- en el que los recursos audiovisuales se ponen al servicio de un relato fascinante y de concepción redonda, que empieza por una explicación científica sobre la formación del territorio y prosigue a lo largo de distintas salas, en las que cada cual escoge su propio ritmo y cómo interactúa para descubrir de manera inmersiva las particularidades del champagne.

En Pressoria la escenografía ha sido cuidada al detalle y los elementos fijos se combinan con los vídeos y los efectos de sonido de manera cautivadora. La visita culmina con la degustación de un par de champagnes locales. Los cuatro coincidimos en que nuestro preferido es el brut de la vecina bodega Collet, cuyos matices ácidos y refrescantes lo convierten, nos cuentan, en ideal para el aperitivo.    

En las antípodas de la aristocrática Épernay, la capital administrativa del departamento de Marne es Châlons-en-Champagne, una provinciana ciudad de provincias, si se me permite la redundancia: autodefinirse como la Venise pétillante -la Venecia burbujeante- es tan pretencioso como paleto. Al parecer cualquier villorio con canales se atreve a compararse a La Serenissima, una analogía ya no osada, sino arrojadiza. En fin.

Nos desplazamos hasta allí por una agradable carretera que discurre entre las colinas tapizadas de viñedos del parque natural regional de la Montaña de Reims. Nos conmueve que cada aldehuela cuide de sus preciosas casitas y sus delicados jardines como un regalo para la vista. En los extremos de algunos viñedos plantan coloridos rosales, rebosantes de tonalidades rubí, cereza, coral o magenta, cuya única función es engalanar las vistas de quienes los bordean a pie o en coche.

A nuestro paso por Aigny, orillan los márgenes de la carretera sendas lenguas de jardín forradas de césped recién podado. A el borde derecho, un sendero hilvana una humilde exposición fotográfica al aire libre con imágenes de hace más de cien años, y nos enternece que los bancos que jalonan el recorrido, a prueba de lluvias y tormentas, sean de Fábregas, un fabricante de mobiliario urbano de Igualada. El món és ben petit!

A la salida de Aigny nos topamos con una máquina expendedora de pan que, a falta de boulangerie, ofrece baguettes a cambio de unas monedas. Un jubilado jovial con ganas de conversar nos ve tan concentrados observando esa minipanadería que nos interpela por si le necesitamos. Cuando le respondemos que solo estamos admirados por el artilugio, nos pregunta de dónde venimos y nos relata un viaje por la península desde Lisboa hasta Barcelona. Se le ilumina la mirada cuando recuerda la Sagrada Familia y el Parc Güell, qué adorable.

Cuando llegamos a Châlons-en-Champagne, nos dirigimos a la oficina de turismo para pedir información sobre la visita guiada de sus cavas medievales porque no hay opción de visitarlas por nuestra cuenta. Nos explican que dura una hora -hay que ver lo que dan sí 200 metros cuadrados- y nos anuncian que son 19 euros por persona “con degustación”. A mí por ese precio me falta un masaje en los pies. Para que nos hagamos una idea de lo desorbitado del importe: visitar durante hora y media las cavas de Mumm -25 km de galerías subterráneas-, también con degustación incluida, solo cuesta cuatro euros más. Sonreímos, les damos las gracias y salimos por donde hemos llegado. Y nos dirigimos a lo que verdaderamente merece la pena ver en Chalôns-en-Champagne: las fascinantes vidrieras góticas de la catedral de Saint-Étienne y de la colegiata de Notre-Dame-en Vaux.

La Cathédrale de Saint-Étienne es un cofre acristalado de proporciones colosales donde el sol se cuela no solo desde las alturas, sino también por los laterales. Presenta tres niveles de vidrieras: en las grandes arcadas, en la balconada del triforio y en las ventanas que lindan con el tejado, lo que propicia que la luz entre a raudales incluso cuando el día está nublado, como es el caso. Lo que no son paredes indispensables son vidrieras de ricos colores que asombran por su claridad y su viveza. ¿No es maravilloso?

Como contrapunto a tanta abrumadora belleza, una curiosa instalación narra la pasión de Cristo en 10 episodios, a través de escenas montadas con simpáticos clicks de Playmobil. ¿Será para acercar la figura de Jesús a los niños? El resultado me parece, como poco, abracadabrante.

Aunque la Collégiale Notre-Dame-en-Vaux es popularmente conocida por su carrillón de 56 campanas, lo que me atrae como a una urraca es, cómo no, sus imponentes vidrieras, que arrancan desde las grandes arcadas, continúan en las amplias tribunas -fueron pensadas para albergar a los peregrinos del Camino de Santiago- y se abren también en las ventanas más altas, justo encima de su simbólico triforio. Sin embargo, lo que más me cautiva de esta iglesia es la fachada interior de madera, donde conviven el órgano, un radiante rosetón y tres coloridas ventanas en un insólito contraste de materiales.

Me encantan las vidrieras. Nota mental: no descarto poner vidrieras en las ventanas interiores de mi hogar barcelonés.

Paseamos un poco por el centro histórico de Châlons-en-Champagne y nos reafirmamos en el catetismo -¿desvergüenza?- del lugarejo. Conjeturo que el concejal de urbanismo es perverso -y comisionista- o lerdo, solo así se explica la chocante decisión de permitir edificar viviendas inverosímiles junto a bellas fachadas con entramados de madera.

Una tienda ofrece prendas a precios desproporcionados a pesar de aplicar un 50 % de descuento. Curioseo la etiqueta de una camisa colgada en el burro que han plantado en mitad de la acera: diseñada en España, confeccionada en China. Maravillas de la Venise pétillante.

Definitivamente, salimos de allí corriendo: nos esperan un apacible regreso en compañía de Ludovico Einaudi y las frambuesas rojas y amarillas de nuestro jardín.   

Lluvia de dólares sobre Reims

La Primera Guerra Mundial casi borra del mapa la ciudad de Reims. El 19 de septiembre de 1914, la estructura de madera de la catedral arde a causa del impacto de un obús alemán. El calor del incendio funde las 400 toneladas de plomo del tejado y las gárgolas escupen por sus fauces el metal colado, que cuando se solidifica se amalgama con la piedra. Durante los cuatro años que dura el conflicto bélico, unos 300 obuses estallan contra el calcinado templo y los bombardeos alemanes dañan buena parte de los edificios de Reims, aunque apenas perjudican las calles ni -importante en la capital del champagne– las bodegas ni las redes subterráneas.

Una vez finalizada la guerra, hay quien prefiere dejar en ruinas el amasijo de piedras y cenizas para convertirlo en catedral-mártir -el victimismo siempre cuenta con adeptos-, aunque por suerte son mayoría quienes prefieren que el templo gótico flamígero -más que flamígero, abrasado- recupere su magnífico esplendor.

Sin la intervención de dos grandes magnates estadounidenses, John Davidson Rockefeller Junior y Andrew Carnegie, la reconstrucción del templo arrasado y sus aledaños no hubiera sido tan rápida ni quizás tan llamativa. Es, tal vez, la enseñanza más relevante de la visita al Palais du Tau, que en su recorrido incluye un reportaje de la restauración de la vecina catedral: la exhibición del ajuar y la vestimenta relacionados con la coronación de los tropecientos reyes de Francia o el bautizo de Clovis me interesa más bien poco -por no decir nada-, y todavía menos los grimosos tapices y la exposición temporal con los horridibujos de Corinne Deville, cuyo único mérito fue ser la consorte de Jean Taittinger y la madre de sus hijos: aunque sus composiciones tienen cierta gracia, la técnica da vergüenza ajena. En fin.

Tras la devastación de la Grande Guerre, la restauración de Notre-Dame de Reims se inicia en 1919 y se prolonga hasta 1937, justo a tiempo para la Segunda Guerra Mundial -todo un detalle-. Antes de pasar por caja, Rockefeller pone como condición que el estado francés invierta una suma similar a la suya -llamadle quisquilloso-. El hijo del primer billonario estadounidense sufraga toda la reconstrucción del techo. En la excursión guiada a las torres -249 escalones de nada, atléticos que somos- puede apreciarse de cerca la magnitud de esos trabajos, liderados por el arquitecto Henri Deneux. En lugar de usar madera para los arcos que sostienen el tejado, se ensamblan piezas de hormigón armado numeradas para que no vuelva a hundirse la cubierta en caso de un nuevo incendio, pero también para abaratar costes -la postguerra encarece la madera notablemente- y porque, en caso de que haga falta alguna reparación, bastará con cambiar la pieza deteriorada. Esta novedosa solución arquitectónica es, además, más ligera que la antigua estructura de madera, por lo que se ejerce menos presión en el resto del edificio. Así que las sólidas entretelas de la catedral de Reims le deben mucho no solo a Rockefeller, sino también a la escuela de Chicago.  

Vale, la catedral derruida fue reedificada, pero, ¿qué pasó con las vidrieras? Aproximadamente la mitad de las que había quedaron pulverizadas. Qué dolor tan doloroso. La luz natural tamizada por los vítreos colores me conmueve hasta a mí, que soy una descreída. Me declaro devota de las vidrieras. O lo que es lo mismo, vidriófila.  

En plena guerra, entre bombardeo y bombardeo, algunas mujeres-urraca escarban entre los escombros a la caza de fragmentos, muy preciados para la creación de piezas de joyería. Entre tanto, el vidriero Jacques Simon, con la ayuda de los bomberos, va desmontando las vidrieras que desafían a los obuses y, al finalizar la guerra, las restaura y las instala de nuevo junto con su equipo, bajo la supervisión del ya mencionado Henri Deneux. A lo largo de los años se crean nuevas vidrieras, como las de Marc Chagall y Charles Marq, que visten la capilla axial desde 1974, o las del artista alemán Imi Knoebel, que en 2011 ilustra la reconciliación con Alemania -más vale tarde que nunca-.      

Muy cerca de ese santuario de la vida contemplativa y la fe que es la catedral de Reims, puede visitarse de manera gratuita ese lugar sagrado de la reflexión y el pensamiento crítico que es la Biblioteca Carnegie. En efecto, el otro mecenas que patrocina la restauración de la arrasada ciudad es Andrew Carnegie: la Fundación Carnegie para la paz mundial invierte 200 000 dólares de la época en la construcción de la nueva biblioteca municipal -en Estados Unidos, 2 500 bibliotecas públicas se apellidan Carnegie-.

Inaugurada en 1928, la Biblioteca Carnegie es una joya art déco que arrebata y enamora. Por lo menos a mí: en cuanto atravieso sus primorosas puertas de hierro forjado y entro, me teletransporto a Nueva York y me veo en el fascinante hall del Empire State. O en su azotea, contemplando el requeteprecioso perfil del Chrysler Building. Y eso que la zona de la biblioteca abierta al público es francamente diminuta. La recepción presenta un revestimiento de mármol verde y ónix blanco en el que destacan veinte pequeños mosaicos murales. En el centro, una fuente que simboliza el manantial de todos los conocimientos, ahora seca -qué curiosa metáfora-, coronada por una insólita lámpara obra de Jacques Simon -sí, el salvador de las vidrieras de la catedral-. Desde allí se accede a una salita para exposiciones temporales -ahora mismo, una muy friki, Du cabinet de curiosités à la chambre des merveilles-, a un cuartito para consultar las fichas de los libros, con sus archivadores originales de madera, y a la sala de lectura, con paneles y estantes de caoba, una cristalera cenital y tres vidrieras por donde se cuela la luz natural. J’adore!

Reims renació de sus cenizas literalmente, pero emerger de su crisálida fue un proceso largo, difícil y costoso. Por suerte, Rockefeller y Carnegie no fueron sus únicos mecenas: otras ciudades galas apadrinaron la reconstrucción, y las familias de los soldados estadounidenses muertos en Francia durante la guerra patrocinaron la edificación de un hospital pediátrico, el American Memorial Hospital.

Luego llegaría otra guerra, pero esa ya es otra historia.

Vacaciones en Champagne

Un año después de lo previsto -gracias, pandemia- disfrutamos, por fin, del privilegio de escaparnos dos semanas al departamento de Marne, que toma el nombre del río que lo atraviesa. Nos alojamos en un gîte de vacances en Champfleury, una pequeña y apacible población residencial que anuncia la entrada al Parque natural regional de la montaña de Reims.

A todos los miembros de mi pequeña familia nos fascina nuestra maravillosa casa, cuyo agradable jardín trasero alberga un fabuloso porche donde resguardarse del calor los días más soleados -que aquí son raros, cabe señalar-. Me encanta pasear descalza por el cuidado césped, todavía mojado por el rocío de la mañana, y acercarme al huerto de frambuesas, donde las abejas liban, afanosas, entre alegres zumbidos. Los laboriosos himenóptilos ni se inmutan cuando me cuelo entre las ramas de los frambuesos a atrapar mis rojos tesoros: recién recolectadas, las bayas siempre saben mejor. De tanto en tanto también cae algún minúsculo fruto de alguno de los manzanos, cuya refrescante acidez es más idónea para elaborar sidra que para mordisquearla, aunque no puedo resistirme a darle algunos bocados. Y en breve las moras estarán lo suficientemente maduras como para saborearlas. Disponer de un jardín frutal es lo más.

Como tenemos quince días por delante, en cuanto llegamos nos concentramos en solazarnos, cada cual a su manera. En general, comemos -y bebemos- lo que nos apetece. Y en particular, yo me sumerjo en los tropecientos libros que he secuestrado de la biblioteca del barrio antes de partir -nada denso ni luctuoso, solo lectura que me entretenga y no me haga pensar demasiado-. Y me alejo del ordenador, que me da entre pereza y grima. Hasta hoy.

A menos de 20 minutos en coche de nuestro hogar provisional se extiende ese bosque encantado llamado Faux de Verzy, donde algunas hayas centenarias emulan a los viñedos que orillan su feudo, retorciendo sus ramas hacia el suelo en lugar de alzarlas hacia las nubes. Adentrarse por los senderos de la frondosa espesura y reconocer cada uno de esos árboles-guarida, que invitan a cobijarse en su interior de cabaña druida, es una vivencia cautivadora que rememora mitos y leyendas de épocas atávicas. ¿Por qué esas hayas tan díscolas crecen como una vivificante fuente, desparramándose hacia el sotobosque, en lugar de encaramarse hasta las alturas? Lo que en otro tiempo se interpretaba como el fruto de una maldición o de un castigo divino, hoy se explica a través de la botánica: la anastomosis de estos raros ejemplares se debe a una mutación genética del haya común. Claro que una veintena de estos ejemplares presentan ahora el fenómeno de la reversión y a su fisonomía de paraguas de tupidas ramas, de repente y de manera inopinada, le ha crecido un tronco que se eleva como un mástil y se desarrolla a la manera del haya común. Será que la moda de los híbridos ha llegado a los tallos leñosos.

Excursiones feéricas aparte, estamos en Champagne, y los puretas de la familia vamos a aprovechar estas vacaciones estivales para regalarnos el paladar.

Los propietarios de nuestro alojamiento, además de obsequiarnos con un tarro de dulce de membrillo casero y un exquisito champagne de una pequeña bodega -una botella de L’Ablutien de Champagne Didier-Ducos-, nos han proporcionado interesante información de la zona. Un folleto nos recomienda algunas pequeñas bodegas locales, entre las que seleccionamos Champagne Bouquet, en parte porque, de entre todos sus caldos, ellos aconsejan su Brut Rosé, mi tipo de champagne favorito, pero también porque, con ese apellido, sin duda era una familia predestinada a la viticultura. Y no nos defrauda. Como la hija está de vacaciones, aunque hemos reservado la visita en inglés para que también comprenda las explicaciones mi marido, Monsieur Bouquet nos lo detalla todo en francés y yo voy traduciendo. Y nos deja probar tres de sus cuvées en lugar de las dos que incluye la cata.

-El Millésime se produce con las uvas cosechadas en un año verdaderamente excepcional.

-¿Y si no?

-Si no es así, ¡ese año no hay Millésimes!

-¿Y vuestro Blanc de Noirs?

-Es porque está elaborado únicamente con uva tinta, 70 % Pinot Noir y 30 % Pinot Meunier, ya sabéis que la pulpa de todas las uvas es blanca.

Personalmente, me requetechifla su Brut Rosé, cuya mezcla es un 15 % de Chardonnay, un 17 % de Pinot Noir y un 68 % de Pinot Meunier, la variedad más ampliamente cultivada en la región, que aporta matices más suaves y afrutados.

De regreso a nuestro hogar provisional, nos detenemos en dos de los cementerios de soldados masacrados durante la Grande Guerre, la Primera Guerra Mundial. Ni una sola alusión a reflexionar que nunca vuelva a pasar algo así -como, de hecho, sucedió 20 años después-, solo palabras huecas como victoire y patrie. Para alguien como yo, que soy más de matrias que de patrias -pienso en los desamparados muchachos arrojados a aquella absurda guerra de trincheras-, me queda una desagradable sensación que oscila entre la desesperanza y la tristeza. 

Escapada conchícola

Amanecer sanjuanero. Nos levantamos de un salto con aquella ilusión: por fin, vacuna de Pfizer mediante, ¡nos vamos! Me pinto los labios con arrobo adolescente -en Francia ya se puede ir sin tapaboca por la calle- y guardo en el bolso una de mis mascarillas preferidas, la ocasión bien lo merece.

Mèze, un punto en el mapa. Atravesamos la frontera -no, los gendarmes no nos piden nuestros flamantes certificados digitales de vacunación- y en tres horas de coche nos plantamos allí. Ante nosotros, el étang de Thau y sus criaderos conchícolas, enfrente, Sète, y a nuestra espalda, un mar de viñedos. Nos arropan el sol mediterráneo, una brisa vivificante y una serenidad que parece brotar de entre las piedras. Qué a gusto se está en Mèze.

Callejeamos un poco por el pueblo y enseguida nos acercamos a Ostréisud, el criadero de bivalvos donde hemos reservado mesa para almorzar. Nos atiende un molusquero de edad indefinida, aspecto desaliñado y dulce mirada que enseguida nos acompaña a una tarima de madera sobre el agua. Las vistas son terapéuticas. El minúsculo comedero, un rincón entre los aparejos de faena cubierto por un toldo, luce un aspecto tan industrial que cualquiera diría que acaban de hacernos un hueco. Pregunto si podemos tomar una brasucade de moules, los célebres mejillones a la brasa, pero por lo visto solo la preparan por encargo, y para a partir de cuatro personas. La oferta de Ostréisud es minimalista: ostras y mejillones crudos o gratinados y tielle, una especie de empanada local rellena de pulpitos sofritos con tomate. Y vino y pan con mantequilla, claro. Me sorprende gratamente el postre, el mejor helado de melocotón de viña que haya probado jamás, porque sabe a fruta y no a azúcar, ¡qué hallazgo! Leo en el envase que está elaborado en el obrador de Maison Antolin, maestro artesano heladero de Boujan-sur-Libron. ¡Sensacional! Ya no tomaré otro postre mientras esté por aquí -es el helado recurrente en las cabañas de productores-.

A primera hora de la tarde llegamos a nuestro alojamiento, la Maison du Pêcheur, que se ubica en una coqueta calle peatonal de Mèze. Aunque habíamos reservado el pequeño apartamento de los bajos, la propietaria nos obsequia con una mejora más que notoria y nos instala en el luminoso dúplex de la planta superior. Nickel chrome! Tras cotillearlo todo -es un alojamiento sensacional- nos escapamos a la carrera hasta La Plagette de Mèze.

La fina arena brilla como polvo de oro bajo el agua, que está tan limpia que permite ver los pececillos que nadan por la orilla. Es una playa apacible, familiar, balsámica, que me recuerda a las de Tarragona: hay que caminar un buen rato para lograr zambullirse. Permanecemos ahí, sumergidos en ese líquido amniótico marino, hasta que nos sentimos limpios de inquietudes y desasosiegos.

El viernes por la mañana nos llegamos a Sète y nos horripila el denso tráfico y la multitud de humanos con que nos topamos, con razón hay quien le encuentra cierto parecido con Nápoles -no me busquéis allí-. Supongo que, viniendo de Barcelona, vamos más que sobrados de caos. Cuando logramos escapar de la ratonera, retomamos la senda de la tranquila placidez y nos dirigimos a Villeveyrac para visitar la Abbaye de Valmagne, una abadía cistercense del siglo XII que fue abandonada por los monjes benedictinos en 1789. Treinta años después, su primer propietario privado, que era viticultor, tuvo la ocurrencia de instalar unas enormes barricas de roble en las capillas de la nave, lo que seguramente evitó que el templo fuera reconvertido en cantera de sillares, como sucedió en tantas iglesias del norte de Francia. La insólita bodega funcionó hasta 1996.

Ahora se pueden apreciar los voluminosos barriles al iniciar el recorrido del conjunto abacial. En una de las paredes de la nave, nos arrebata una composición artística de un crucifijo con sarmientos, y nos cautivan también el claustro, la sala capitular y una fuente que no ha dejado de manar desde la época de los romanos. En su origen dedicada a Diana, los monjes la usaban para sus abluciones antes de cada pitanza, por eso el refectorio abre sus puertas frente a esta fuente.  

Aunque en la abadía hay un restaurante que ofrece platillos preparados con los productos ecológicos de su granja y su huerto, preferimos continuar con nuestra dieta a base de moluscos. En Coqui Thau, un productor de Marseillan, nos regalamos con un soberbio homenaje que incluye sus ostras a la Nino, con un aderezo exquisito que, explican, les enseñó un amigo alicantino, su brasucade de moules, cuyo aliño provenzal es simplemente insuperable, y un par de botellas de Domanine La Grangette Picoti Picota, un piquepoul rosado cuyo efecto inmediato es una cabezadilla de más de tres horas. Suerte que nuestros ágapes siguen el horario francés y a pesar de la siesta nos queda tiempo para bañarnos en la playa y pasear por Mèze.

Los sábados por la mañana hay mercadillo en l’Esplanade, delante de Les Halles. Es un rastrillo desconcertante donde se vende ropa disforme de segunda mano y todo tipo de enseres usados y feúchos. Me pregunto quién comprará algo que yo iría a depositar al punto de recogida del ayuntamiento, aunque también reflexiono que quizás mis hijas darían con algún chollo que en su cuerpo luciría como una pieza vintage y en el mío como la bata de Doña Rogelia. En fin.

Antes de abandonar nuestro alojamiento nos damos un último y sedante baño en La Plagette. La verdad es que nos quedaríamos una semana más, nos han faltado días para seguir relajándonos y continuar recorriendo los alrededores.

Nos despedimos del mar interior de Thau en La Cabane de Marseillan. Aunque nuestro productor preferido es Coqui Thau, en este comedero de moluscos podemos presenciar cómo se prepara la brasucade de moules. El cocinero vierte algunos kilos de mejillones sobre una plancha que se calienta con fuego de leña y los moluscos se van cociendo en su propio jugo, lentamente -el proceso dura una media hora-. Al cabo de un buen rato, va rociando los bivalvos con una gran jarra llena de agua de mejillones. Cuando él considera que ya están en el punto necesario, agarra la plancha con sus brazos de Aquiles y vierte el caldo de la plancha en la jarra que usará en la siguiente brasucade. El toque final es el aliño, en el caso de La Cabane, un sofrito de limón, cebolla y ajo. Cuando los mejillones están a punto, reparte el contenido de la plancha en cazuelas individuales de un kilo y los camareros las sirven enseguida. Los mejillones quedan jugosos pero sin nadar en líquido, y muy sabrosos. Bon appétit!

Raíces de manglar

La colcha de mi abuela es de algodón recio y está cosida y bordada a mano: unas rosas mínimas, muy gráficas, salpican de azul índigo su blanco y rústico algodón de ajuar de novia humilde. Recuerdo ese cubrecama, almidonado y níveo, refulgente, en un minúsculo dormitorio tan azulón como las flores que lo adornan: en mi pequeñez infantil no era consciente de las breves dimensiones de la habitación de mis abuelos, que apenas daban para una cómoda y una cama de un metro veinte, cuyo colchón de lana se volteaba a diario. A falta de espacio, el ropero se ubicaba en un cuartito que albergaba el sofá-nido en que dormíamos mi hermana y yo cuando íbamos con nuestros padres a Zaragoza. Hace ya tiempo que requisé el otro tesoro maño: las copas Pompadour de la bisabuela repudiada por fugarse con el cocinero. Son delicadas, de tallo ondulado y colores brillantes -verde dorado, azul cobalto, turquesa, ámbar, púrpura- y me quedan nueve. Unas copas sin par, literalmente.

Luego está el belén. Lo armó mi padre para aquella remota Navidad primigenia con leña, ramas y musgo que, conjeturo, recolectó él mismo en algún paseo por el bosque. Es un pesebre modesto y cuco que en su sencillez dispone de todo lo necesario, a saber: un suelo tapizado de verde -impresiona comprobar cómo ha preservado su tonalidad esmeralda a pesar de los años-, un comedero para el heno del buey y la mula y un saledizo donde encaramar un angelillo que hace juego con las otras figuritas del nacimiento.

Y, claro, también hay fotos, muchas fotos. De ascendientes que nunca llegué a conocer, del cogollo familiar -mis padres, mi hermana y yo-, de mi madre ya viuda pero todavía joven -todavía ella, antes de que la engullera el Alzhéimer-. En uno de los álbumes, un hallazgo cautivador: las primeras cartas que escribió el mozo de Zaragoza a la pizpireta barcelonesa, de quien se prendó en un guateque en la verbena de Sant Jaume de 1962.

Cuando desmontas la vivienda de tu madre, hurgas en la nostalgia de tu infancia feliz y empiezas a despedirte un poco de ese último agarradero que queda de tu niñez. Es como si mamá se alejara de ti, sin mirar atrás, por un corredor largo y penumbroso, arrastrando con ella la maleta de tus primeras vivencias. Sabes que, en cuanto llegue a su luminoso final -porque siempre hay luz al final del túnel-, te quedarás colgada de la nada, en una ingravidez extraña y solitaria de raíces de manglar. Y mientras masticas esa certeza indigerible, te agarras a la colcha, al belén y a esa foto que tanto te gusta de la niñita risueña que fuiste, ajena al devenir del mundo, tranquila y segura bajo la atenta mirada de mamá y papá.

Salir sin salir

Hace millones de años, en la remota era precoronavirus, cuatro parejas de amigos buscábamos algún alojamiento acondicionado para disfrutar juntos de un fin de semana y, a un tiempo, disponer de cierta privacidad. Así llegamos a la Masia del Bell Solà, una casona milenaria ubicada a kilómetro y medio de Sant Joan de les Abadesses que cumplía con nuestros requisitos. Entre tanto, llegó el bicho, nos puso la vida patas arriba y nos vimos obligados a posponer nuestra escapada conjunta en un par de ocasiones. La última, hace nada. Sin embargo, siendo autónomos mi marido y yo, estábamos especialmente sensibilizados con las vicisitudes de los microempresarios en este pandémico año.

– Tenemos que posponer de nuevo nuestra estancia de a ocho… Una pregunta, veo en vuestra web que también disponéis de un alojamiento más pequeño, el loft. ¿Está libre para nosotros dos?

– Sí, lo está.

– ¡Pues ahí vamos!

Lo bueno de teletrabajar es que te llevas la oficina puesta allá donde vayas. Lo malo es que, en cuanto llegas ufana y feliz a las montañas, cual Heidi cuando descubre la cabaña del Viejo de los Alpes, compruebas que las conexiones son insuficientes para tus necesidades tecnológicas y entras en pánico –nasíapa’sufrí-, hasta que caes en la cuenta de que te puedes acoplar al móvil, que para algo dispones de consumo de datos ilimitado. En fin, peripecias del freelanceo.

Nos requetechifla nuestro acogedor alojamiento. La entrada da a la antigua era de la masía, ahora un inmenso patio con vistas a las montañas, y la luz natural que se cuela por los grandes ventanales baña el salón durante todo el día. El calor de la estufa de hierro colado -cuyo fuego ya está prendido a nuestra llegada- caldea rápidamente no solo la planta baja, sino también la espaciosa alcoba de la planta superior, por donde trepa la chimenea hasta el tejado. Se está muy a gusto en este coqueto refugio. Como curiosidad: en un dormitorio mínimo anejo a la cocina se escondió durante la Guerra Civil Joan Pujol García, “el Garbo”.

Lina, la propietaria, también cuenta con antecedentes familiares que la vinculan con el pasado republicano de la masía, espero que nos los detalle cuando regresemos con nuestros amigos en cuanto el bicho nos dé tregua. Aunque hace ya tiempo que nuestra madurescente anfitriona dejó atrás la setentena, en mi opinión se plantó mentalmente en los treinta: despliega una energía y una vitalidad envidiables y es absolutamente arrebatadora. “Mis amigas son de tu edad”, me confía mientras me permite cotillear el apartamento con cinco suites -todos los dormitorios disponen de su baño privativo- que nos ha de hospedar cuando volvamos en pequeña multitud. Me encanta cómo cuida de cada detalle y cómo combina lo rústico con lo chic, y me fascinan los mil y un proyectos que tiene pendientes, todos relacionados con mejoras en su finca. Lo más inminente es una depuradora para eliminar el olor del agua sulfurosa de su pozo. A mí ese aroma tan característico me teletransporta al balneario de Paracuellos de Jiloca -mis escapadas termales y yo-, aunque mi marido no comparte ni mi afición a las aguas mineromedicinales ni mi opinión, “huele a huevos podridos”. Qué quisquilloso.

Decididos a aprovechar nuestro singular alojamiento en esta época de restricciones sanitarias, en Sant Joan de les Abadesses adquirimos vino y cositas ricas para nuestros aperitivos y almuerzos al sol, en la era, y nuestras cenas a la luz de las velas, junto al hogar, mientras permanecemos absortos en la mera e hipnótica contemplación de las brasas. Nos enamoran especialmente los productos de la carnicería-charcutería Marc Coma. Qué gran hallazgo.

– ¿Tenéis pa de fetge?

– Sí, y también fiambre de peus de porc. Y jamón de pavo que elaboramos nosotros mismos. ¡Esos huevos son ecológicos!

– Ya lo veo, son de una granja de por aquí… También querría llevarme un queso de oveja o de cabra, ¿cuál me recomiendas?

– Este de oveja, el Mas Farró.

– ¡Eso te lo dice porque él es de la Garrotxa! -se ríe su compañero.

– No, no lo digo por eso, ¡es el que más me gusta! -se defiende el charcutero que me atiende.

– ¿Y esas patatas, de qué están rellenas?

– De lo mismo que nuestros canelones y nuestros pimientos.

– ¿Y cómo se preparan?

– Hay que rebozarlas con clara de nuevo, pero solo con la clara, ¿eh?

– Gracias por la recomendación. También me llevaré un litro de vuestro caldo casero.

A los pies de la masía discurre la Ruta del Ferro i del Carbó. Sus 15 kilómetros siguen el antiguo trazado del ferrocarril que transportaba el carbón desde las minas de Ogassa hasta Ripoll. Es un sendero fácil que discurre sin pendientes y orilla campos, colinas de escasa altura y algún que otro huerto, ideal para pasear a pie o en bicicleta. A primera hora de la mañana, la ruta del ferro amanece cromada por la blanca purpurina de la escarcha y celada por un gato de Botero, orondo como una cantimplora, que rueda y ronronea a nuestros pies.

Siguiendo el consejo de Lina, nos acercamos hasta el Gorg de Malatosca, un discreto salto de agua cuya leyenda nos cautiva: en las noches de plenilunio, al abrigo de avellanos, sauces y helechos, esas mujeres libres, salvajes y savias que fueron las brujas celebraban allí sus fiestas y bailes.  

Mientras observamos las evoluciones del fuego de la chimenea de nuestra guarida, pensamos en esas magas avanzadas a su tiempo que fueron condenadas a perecer abrasadas en la hoguera. Qué hermoso hubiera sido comprenderlas, aprender de ellas y celebrar la vida con vehemente euforia. Nuestro último brindis en la Masia del Bell Solà va por ellas.