Yo también sueño con unicornios

Es populismo identitario acudir al Parlament en helicóptero y, emulando a Jordi Pujol cuando estalló el caso Banca Catalana, ocultar los recortes en sanidad y educación entre los pliegues de la estelada.

Es populismo identitario convocar unas supuestas elecciones plebiscitarias sin molestarse en cambiar la ley electoral para evitar que los sufragios emitidos en Castelldefels computen menos que los de Castelló de Farfanya.

Es populismo indentitario proclamar, durante toda la campaña de esas falsas plebiscitarias, que quien no escoja una de las dos opciones pro-DUI no está por la independencia, pero luego, al no lograr los resultados esperados, cambiar de parecer y asimilar soberanismo con independentismo e independentismo con unilateralismo.

Es populismo identitario aprovechar cualquier manifestación –de denuncia de los recortes en educación, de defensa de los derechos de las personas refugiadas, de repulsa al terrorismo yihadista- para sacudir esteladas y reconducir cualquier tema al monotema.

Es populismo identitario acosar e intentar manipular a los periodistas que son críticos con el relato independentista, tal y como denuncia el informe de Reporteros sin Fronteras.

Es populismo identitario erigirse como portavoz del poble en el Parlament mientras se actúa de manera excluyente con la mitad de los electores y se aniquila el contrato social vigente sin contar con los dos tercios de apoyo de la cámara, tal y como estipula no solo la legislación española, sino también la catalana.

Es populismo identitario sentirse legitimado por tamaña ilegitimidad e invitar a participar en un referéndum sin garantías y contra la voluntad del resto de opciones políticas, también las soberanistas, aunque luego se les reclame en todo tipo de movilizaciones.

Es populismo identitario que no seamos considerados presos políticos quienes fuimos recluidos en la cárcel del ostracismo institucional aquel infausto 6 de septiembre.

Es populismo identitario tener conocimiento de que se van a enviar fuerzas policiales -entre ellas algunas antidisturbios- para detener el referéndum ilegítimo y, en lugar de proteger a la ciudadanía, animar a las familias a ejercer de escudo humano, con la desfachatez añadida de no predicar con el ejemplo.

Es populismo identitario que existan víctimas de abusos policiales de diferentes categorías y cuerpos armados cuya brutalidad se olvida o se minimiza –a ver qué opina Esther Quintana de los Mossos, a Juan Andrés Benítez ya no le podemos preguntar-. Y que la violencia psicológica profesada contra el disidente –la presión, la invasión, la saturación ad nauseam– no se contemple como tal.

Es populismo identitario poner como ejemplo de referéndum pactado a Quebec sin mencionar la huida de empresas y entidades bancarias a Toronto, de donde, por cierto, todavía no han regresado. O negligir la Ley de Claridad. Parafraseando al politólogo Stéphane Dion, Ministro de Asuntos Intergubernamentales de Canadá hace dos décadas, si España es divisible, Cataluña también –¿qué tal un Área Metropolitana de Barcelona independiente?-.

Es populismo identitario mendigar alguna aportación para abonar una fianza millonaria aunque se disponga de una larga hilera de ceros en un pequeño país de Centroeuropa.

Es populismo identitario emocionarse en público imaginando ese nuevo país repleto de elfos, unicornios y ríos de hidromiel mientras se admite en privado que la independencia conllevaría estrecheces y penurias durante una o dos generaciones –por supuesto, no para todos-.

Es populismo identitario acudir a presentar la candidatura de Barcelona como sede de la Agencia Europea de Medicamentos y, a la salida, asegurar ante los periodistas que el Catalexit no es comparable con el Brexit. En cuanto sea oficial que Barcelona no resulta elegida, es previsible que salgan en estampida las grandes farmacéuticas, que por ahora guardan un silencio sepulcral.

Es populismo identitario proclamar que la aplicación del artículo 155 atenta contra la democracia en el Parlament, como si hubiera sobrevivido al ya mencionado 6 de septiembre. Sí, mutilará los derechos civiles de la totalidad de los catalanes, pero la mitad quizás no lo notemos tanto porque ya estamos despojados de buena parte de ellos –los más llamativos, la falta de representación en instituciones y medios de comunicación públicos-.

Es populismo identitario cuanto mejor, peor, y aferrarse a esa unilateralidad que no emana de la voluntad de la mayoría de electores, sino únicamente de los propios, en una actitud característica de los totalitarismos. Como dice la canción, se nos gastó la democracia de tanto usarla. O más bien de tanto mencionarla en vano.

En mi opinión urge una convocatoria de elecciones al Parlament, aunque previamente habría que modificar la ley electoral -una persona, un voto-, solo así se obtendría UnicornioNegroTristeun retrato veraz de la sociedad catalana, sin desenfoques ni falsos encuadres.

Ya veis, después de todo, yo también sueño con unicornios.

Anuncios

La indefensión

El pasado domingo, mientras presenciaba el terror en directo por televisión, me sentí como el 11 de septiembre de 2001 mientras miraba las noticias y, en tiempo real, me informaba sobre los atentados de las Torres Gemelas. Podía imaginar, presa del pánico, a cualquiera de mis queridísimos amigos independentistas, apostados en sus respectivos colegios electorales, recibiendo porrazos e impactos de pelotas de goma indiscriminadamente. Y me pregunté -todavía me lo pregunto ahora- cómo habíamos podido llegar hasta ahí.

Poco después de la una del mediodía supe que Nuria Marín había ejercido de alcaldesa de todos los hospitalenses, también de los que no solo no le habían votado, sino que además exteriorizaban con ostentación la inquina que le tenían, aun después de que evitara las cargas policiales contra ellos. Qué reconfortante sorpresa, un cargo electo velando por sus detractores. Lo que me llevó a comprender ese gran vacío que experimentaba mientras me iba enterando, estupefacta y horrorizada, de los abusos de los gorilas armados: cuando el Parlament inició su secesión de España los pasados 6 y 7 de septiembre, lo hizo desconectándose también de la mitad de los catalanes, que nos hemos quedado huérfanos y desamparados de nuestras instituciones. De modo que, aunque me horripilaba –y cómo- lo que estaba sucediendo, lo contemplaba como una guerra cercana pero ajena, que se desarrollaba en mi ciudad pero de la que yo no formaba parte. De hecho me siento, como escribía mi amiga Dolors en su última crónica y como cantaba en mi adolescencia B Movie, Nowere Girl.

La brutalidad policial es intolerable e inaceptable. No obstante, de la misma manera que una mujer maltratada lo es tanto si recibe una paliza como si es víctima de daños psicológicos, también es inadmisible la violencia social que ejerce una parte del independentismo, a diario y de manera creciente, contra quien disiente, condenándole a la versión actualizada del “no te signifiques” franquista. Yo misma estoy ejerciendo la autocensura y me he desactivado de Facebook. Me parece como poco un sarcasmo que uno de los símbolos que han adoptado los independentistas sea, precisamente, una ilustración con una boca tachada.

Insisto: hace casi un mes muchos de quienes hoy se autoproclaman defensores de la democracia y la libertad aniquilaron la pluralidad del Parlament. Silenciaron a la mitad de la población y lo consideraron lícito porque, según esa autodenominada revolución de las sonrisas, absolutamente todos cuantos discrepamos del pensamiento único somos fachas, desde los ultras que aúllan con sus trapos estampados de aguiluchos hasta los apátridas, los críticos y los escépticos. A ver si al final esas sonrisas van a ser solo una mueca como la del Joker.

el Roto - el bien y el mal.JPGEntre tanto, vamos de cabeza a la famosa DUI –y a las futuras truculencias que se deriven de ella-. Les urge a los demócratas sectarios que dan por válido el referéndum del domingo y que hoy aprovecharán el paro convocado en defensa de los derechos civiles para reclamar la separación exprés -jamás sin su estelada-. Ante la falta de entusiasmo de la convocatoria por parte de los sindicatos mayoritarios, la Generalitat ha dado el día libre a sus funcionarios para que se sumen a ella -eso sí, pagando los contribuyentes de nuestros bolsillos-. Del otro lado, liderando a los demócratas mamporreros que consideran proporcionado abrirle la cabeza a ancianas y, como indicó acertadamente Josep Cuní, continúan anclados en la era analógica, el plasmático, preso de su inmovilismo obtuso y atroz, permanece enquistado en la negación de la realidad. En cuanto al preparado, ni está ni se le espera -¿os lo imagináis abdicando y animando a iniciar un proceso constituyente? Yo tampoco-. Y cuantos nos hemos visto inmersos en este conflicto preguerracivilista sin buscarlo ni quererlo, nos preguntamos si existe alguien capaz de aportar algo de cordura. De reconducir este sinsentido. De protegernos de tanta permanente indefensión.

Líneas rojas

El exjuez Santi Vidal, de bolos por Cataluña cuando todavía era, además de conferenciante, senador por ERC, desveló el robo de los datos personales de todos los catalanes desde el Govern. Así mismo manifestó que habían confeccionado una lista de jueces afines y no afines al procés y que habían camuflado 400 millones de euros –también de todos los catalanes, incluyendo a quienes no somos independentistas- entre distintas partidas presupuestarias, a fin de organizar el referéndum y construir las famosas estructuras de estado.

Llegó el verano y con él las purgas de aquellos a quienes les podía temblar el pulso ante la inminente consulta: Jordi Baiget, Consejero de Empresa y Conocimiento, fue destituido tras expresar en público sus dudas sobre su celebración. No fue el único cesado o dimitido. En paralelo, el Parlament aprobó un nuevo reglamento para adaptarlo a su plan de ruta. “Tengo unos principios, pero si no le gustan, tengo otros”, que decía Groucho. Por no hablar de la sonrojante profanación del homenaje a las víctimas del atentado terrorista de las Ramblas.

El 6 y el 7 de septiembre Junts pel Sí y la CUP pulverizaron el marco legal vigente: para cambiar una sola coma del Estatut se necesitan dos tercios de la cámara, no obstante aprobaron la Llei de Transitorietat Jurídica i Fundacional de la República saltándose el dictamen del Consell de Garanties Estatutàries, vulnerando los derechos de la mitad de quienes votamos en las últimas elecciones autonómicas y escudándose en su mayoría de escaños independentista, que sin embargo no se sustenta en una mayoría social, sino que es fruto de una distorsionante y españolísima ley electoral. La misma, por cierto, que nos sometió durante la pasada legislatura a las repugnantes arbitrariedades del PP aunque su mayoría absoluta tampoco fuera real.

Luego pudimos escuchar al President, el máximo representante de las instituciones catalanas, arengando a sus huestes a que se encararan con los alcaldes díscolos, haciendo gala de una exótica mezcla de irresponsabilidad, arrogancia y desfachatez. Aunque ya se va viendo la calaña de algunos seres que ostentan el epíteto de molt honorable.

Como era previsible -¿o alguien pensaba que Naniano iba a replicar con claveles y sonrisas?- la respuesta judicial y policial no se hizo esperar. La culminación llegó el pasado miércoles 20 de septiembre con la desproporcionada –¿pirómana?- entrada de la Guardia Civil en la Conselleria d’Economia por aquel “quítame allá esos datos” que se le escapó, cáspita, al exjuez y exsenador de ERC. Las redes sociales bautizaron a los detenidos como presos políticos, mientras nos conminaban a todos a salvaguardar la democracia. Un momento, ¿qué democracia? ¿Dónde estaban esos demócratas a principios de año, cuando explotaron las revelaciones de Santi Vidal? ¿Dónde se escondían cuando empezaron las purgas y los nombramientos de personajes afines? Y, lo peor de todo, ¿dónde se ocultaban todos ellos cuando se hizo añicos el contrato social vigente en Cataluña –insisto, yo también soy catalana- en el Parlament? En ese momento sentí una mezcla de vergüenza, indignación e impotencia. Esa fue mi línea roja: ahora veo a ambos bandos sumidos en el mismo lodazal.

goya-duelo-a-garrotazos.jpg

El PP ha intervenido la Generalitat por la puerta de atrás, así evita el urgente y necesario debate en el Congreso. Entre tanto, Mònica Terribas anima a sus radioyentes a informar de los movimientos de las fuerzas de seguridad del estado. ¿De qué va esto? ¿De que explote la olla a presión en la que habitamos y se cobre la primera víctima? Depongan las armas -la propaganda, la puesta en escena, el manejo del relato-. Siéntense. Dialoguen. Negocien. Y empiecen a remendar las costuras de este territorio deshilachado.

Como apuntaba recientemente Guillem Martínez en una de sus crónicas, deberíamos dejar de referirnos a nosotros mismos como pueblo -como Vallfogona, Organyà o Sant Quirze de Besora- y empezar a pensarnos como sociedad.

Mi vida es mía

Mamá ya no es mamá. Aunque a primera vista pueda parecerlo, si te fijas bien –algún lamparón en la ropa, el cabello apelmazado, la mejilla tiznada de tapaojeras-, enseguida te das cuenta de que algo no anda bien. Luego, cuando entablas conversación con ella y, al cabo de nada, te salpica con su verborrea vacua, reiterativa e imprecisa –no recuerda el nombre de algunos objetos básicos, inventa viajes imaginados, confunde términos y conceptos-, se le adivina la demencia.

La medicina moderna es, a veces, inverosímil al tiempo que perversa, porque confunde vida con constantes vitales. Pienso en mi suegra y la recuerdo tres años encogida en un lecho, toda ella piel y huesos, alimentándose de gelatina y sin mostrar respuesta a estímulo alguno. Los neurólogos recetan unas maravillosas píldoras que ralentizan el proceso degenerativo de la enfermedad de Alzheimer. Y sin embargo, no curan, tan solo prolongan la agonía con una falsa sensación de que el tiempo se detiene y, con él, la enfermedad. Para algunas farmacéuticas, que obtienen pingües beneficios de los pacientes crónicos, esos tratamientos constituyen un negocio muy lucrativo. Como leí recientemente en un foro, la ley que por fin regule la eutanasia llegará cuando la sanidad pública no pueda soportar el envejecimiento de la población y prescinda de la subsistencia vegetativa: al parecer, recortar gastos es una razón de estado más importante que la dignidad de las personas. Qué triste.

Sugiero que los neurólogos atiendan también a los familiares y nos prescriban ansiolíticos, antidepresivos y somníferos. Quizás así podremos sobrellevar mejor las noches en blanco, el pertinaz nudo en el estómago, la implacable impotencia ante una situación imposible de controlar que puede dilatarse durante años. Como una condena. Ahora comprendo a la perfección la súplica de Julianne Moore en la imprescindible “Still Alice”: ¡Ojalá tuviera cáncer!

eutanasia.gifMe niego a acabar así. A dejar de ser yo. A permanecer conectada a una máquina o a perderme en el limbo de la enajenación e ir desapareciendo poco a poco y de manera inexorable, sin opción a despedirme de las personas a quienes más quiero. A sufrir ese macabro embalsamamiento en vida que es la existencia vegetal, sin conciencia y despojada de mí misma. Exijo, llegado el caso, elegir cómo y cuándo morir. Y hacerlo plácidamente, rodeada de los míos. Con cariño. Con amor. En paz conmigo misma. E idealmente sin tener que viajar a Suiza para conseguirlo.

Lo comparto aquí, en público y a la vista de todos. Es mi testamento vital. Que cada cual haga con su vida lo que le parezca, pero mi vida es mía.

Selandia

De regreso hacia Selandia en la penúltima etapa de viaje, con pernocta en Esbjerg para no desplazarnos hasta Copenhague del tirón, Ribe nos parece una reparadora bocanada de aire fresco. La villa más antigua de Dinamarca está perfectamente preservada y resulta muy agradable para pasar el día sin hacer nada especial, salvo observarlo todo con los ojos bien abiertos: en cada callejuela se alinean primorosas casitas que atesoran siglos de historia. Ribe_RestaurantAprovechamos para almorzar en Postgaarden, un hostal coqueto y risueño en el que trabaja una camarera tan alta como la luna de la canción. Al principio pensamos que hay una tarima tras el mostrador, pero no: en cuanto viene con los platos que hemos pedido, comprobamos que es enjuta y larguirucha como una espiga de trigo. Los daneses están supervitaminados e hipermineralizados.

Pasear un sábado soleado por Copenhague puede resultar muy estresante, sobre todo cuando Radhus Pladsen y Kogen Nytorv, sus dos plazas más emblemáticas, están patas arriba, blindadas con vallas infranqueables -tanto para los pies como para los ojos- y solo practicables por los laterales. De entrada nos sumergimos en la marea humana que asola Strøget y Nyhavn, pero al final optamos por soslayar las hordas de turistas como nosotros y nos escabullimos por la intransitada Laederstraede. Tras un reparador almuerzo en la cafetería Spis, nos acercamos a Gråbødretorv y permanecemos un buen rato escuchando absortos a un músico callejero que interpreta piezas de Joaquín Rodrigo con su guitarra española. RundetaarnAdemás de las preciosas casas que se conservan intactas desde hace siglos, en el centro histórico nos impacta especialmente la Rundetaarn. Construida entre 1637 y 1642, su rampa caracolea hasta una azotea que alberga un observatorio astronómico, el más antiguo de Europa todavía en funcionamiento. A mitad de camino hasta lo más alto de la torre se puede curiosear el espacio donde se ubicó la primera biblioteca universitaria de la ciudad, aunque en 1861 hubo que traladarla de allí por falta de espacio.

Mis adolescentes hijas están menstruantes y agotadas, aborrecen la ciudad y se niegan a entrar al decimonónico parque de atracciones Tivoli. Así que las escoltamos hasta nuestro hotel Cabin Express y nos dedicamos a inspeccionar los alrededores. Comprobamos que en nuestro barrio abundan los establecimientos orientales e italianos y, tras un agradable paseo por el vecindario, subimos al coche para nuestra particular panorámica de la ciudad. Las siete de la tarde de Copenhague son como las diez de la noche de Barcelona. Todo se ve tranquilo e intransitado y recorremos la ciudad sin prisas -qué hermosa arquitectura- hasta Churchill-parken. En efecto, nos dirigimos a perpetrar el crimen recurrente de todo turista que se precie: ver Den Lille Havfrue, la archiconocida Sirenita. A última hora son ya escasos los visitantes que se hacinan en el perímetro de esa escultura insignificante y absurda, una especie de Elsa Pataky de los iconos urbanos. Aún no le acabo de ver la gracia.

De regreso a nuestro hotel estacionamos el automóvil en el parking y, un par de calles más allá, nos instalamos en un rincón de la barra de la coctelería Salon 39. Cuánto necesitábamos este paréntesis a solas. Yo me tomo tres cócteles como si fueran Fanta y el alcohol con sus necesarios aderezos me sienta de fábula. Pequeños placeres mundanos. Como en la habitación familiar no disponemos de demasiada intimidad, acabamos en el coche muertos de la risa, rememorando nuestra lejana juventud.

Decidimos pasar el domingo explorando Selandia. Cuando llegamos al Vikingeskibs Museet de Roskilde a primera hora, nos topamos con algunos ánades que todavía duermen. Lo hacen de pie sobre una pata, la otra recogida y la cabeza acurrucada, escondiendo el pico entre su plumaje.

BarcosVikingosEl Vikingeskibs Museet es más que recomendable. Expone lo que queda de cinco naves vikingas que se hallaron en 1962, durante unas excavaciones en el fiordo de Roskilde. Formaban parte de un sistema de barreras defensivas y han ayudado a reconstruir cómo se relacionaban los vikingos con el mar. En la dársena del museo se pueden contemplar algunas embarcaciones ensambladas allí mismo como un gran rompecabezas, siguiendo antiguas técnicas de carpintería naval recuperadas. Durante el instructivo recorrido los visitantes conviven con diferentes artesanos, que trabajan en nuevos prototipos destinados a mejorar el fondo museístico.

Nos acercamos a la imponente catedral de la población, la Roskilde Domkirke, y decidimos cambiar de lugar y almorzar en la cafetería del Louisiana Museum. No obstante, nos vemos obligados a desistir: hay tal concurrencia de visitantes que cualquiera diría que toca una banda de rock. Y es más o menos así, porque del 24 al 27 de agosto se celebra “Louisiana Literature, Festival Events in English”. Así que sin bajar del coche ponemos rumbo a Helsingør –la Elsinore shakespeariana-. Por suerte: la carretera que bordea la costa del estrecho de Øresund, jalonada de preciosas casas de veraneo, es un placer inesperado. KronborgEl mayor atractivo de la localidad costera, con su majestuoso perfil divisándose desde varios kilómetros a la redonda, es Kronborg, el castillo de Hamlet. A pesar de la parquetematización ad nauseam, el entorno es agradable e invita al paseo. Rodeando la fortaleza hasta su zona posterior, que linda con el mar, se llega a una plácida playa de guijarros desde la que se divisa Suecia.

Sobre las cuatro insistimos en llegarnos al Lousiana Museum. En esta segunda ocasión  sí que conseguimos estacionar nuestro auto de alquiler y adentrarnos en el renombrado recinto expositivo, tan interesante o más que las numerosas y eclécticas obras que alberga. Museo_pulgarMientras nuestras hijas juegan a las cartas en el jardín, recorremos pasillos, salas y veredas –hay esculturas también en el exterior-, absorbiendo aproximaciones diversas de artistas daneses y foráneos. Aunque lo más hermoso es el lugar en sí, todavía más mágico envuelto con el manto de purpurina del atardecer.

Regresamos a Copenhague por el litoral, disfrutando de la puesta de sol, y decidimos obsequiarnos con una cena por nuestro barrio. La camarera de un pub donde solo sirven pastel de carne con patata –Mariola se pone estupenda y rehúsa tomarlo, aunque huele que alimenta- nos recomienda Madklubben, en Vesterbrogade 62. Es un establecimiento con onda y de cuidado diseño a precios ajustados –para ser Copenhague y en la franja noche-. Está abarrotado y los adultos amenizamos la espera con un cóctel buenísimo, Dark’n’stormy. Lleva ron, cerveza al gengibre y lima. Espectacular. Las adolescentes se quejan todo el tiempo y prefieren comprar el postre en el supermercado de al lado: una tarrina de arándanos para cada una. En fin.

Esta mañana, en la cotidiana normalidad de un día laborable -las bicicletas circulando en colorida diversidad-, Copenhague lucía radiante y despierta. Puente_MalmoNos despedimos de Dinamarca en Dragør, desde donde se contemplan unas excelentes vistas del puente de Øresund, que enlaza Copenhague con Malmö. Al otro lado, Suecia. A diez minutos de allí, el aeropuerto. Y a tres horas de vuelo, de nuevo nuestras vidas. También el Alzheimer de mi madre, pertinaz e implacable. Qué duro regresar a esa realidad.

El extremo norte del sur de Escandinavia

Tras un par de días en el centro de Jutlandia, dejamos atrás Århus para dirigirnos a Aalborg, la siguiente etapa de nuestra ruta. Como durante este viaje nos levantamos especialmente temprano –en Dinamarca amanece a las seis de la mañana-, nos despedimos de los excelentes desayunos del hotel The Mayor sin prisas y nos encaminamos hacia Mariager, una deliciosa pausa en el camino. 1.MariajerEstacionamos nuestro coche en Egepladsen y nos dejamos arropar por la soleada mañana: llevamos un par de días con un clima poco escandinavo, aunque a primera hora siempre refresca bastante. Desde la bonita plazoleta nos encaminamos a un par de callejuelas adoquinadas, Teglgade y Vestergade, cuyas coloridas casitas de madera son primas hermanas de las que pudimos observar en Aerøskøbing. En la estación de ferrocarril del puerto curioseamos los vagones de madera del veterantog, el tren vintage que une Mariager con Handest durante los fines de semana de julio y agosto y los martes y jueves de julio –el mes de temporada alta aquí-. Uno de los vagones me enternece especialmente porque es muy parecido al que solíamos ocupar mi abuela y yo cuando me venía a buscar en tren a Barcelona para llevarme con ella a Zaragoza.

2.fortaleza vikingaA unos 15 kilómetros de Mariager hacemos otro alto en el camino en Hobro para conocer Vikingegården Fyrkat, un conjunto de nueve casas de madera levantadas a la manera vikinga. Las que están abiertas son la vivienda y el taller del herrero, el almacén de lanas y el taller de alfarería, las demás están en construcción. Un kilómetro más adelante, después de recorrer un agradable sendero que orilla un lago, se alza Fyrkatborgen, una de las fortalezas levantadas durante el reinado de Harald I Dienteazul –sí, el de las estelas rúnicas de Jelling-.

4.cementerio vikingoYa en Aalborg los avistamientos vikingos continúan en Lindholm Høje, un imponente cementerio que se ha preservado hasta nuestros días porque permaneció enterrado bajo la arena durante siglos. Más allá del interés histórico que pueda tener el yacimiento, el relajante paraje –murmullo de hojas mientras el viento hace cosquillas a las arboledas que lo rodean- invita a la reflexión y al recogimiento. Aunque, cuando lo visitamos, un ecléctico rebaño de cabras y ovejas no mostraba ningún reparo en mordisquear el pasto anejo a los monumentos funerarios. Maravillosa indiferencia ovina.

Técnicamente Lindholm Høje se ubica en Nørresundby, la zona norte de Aalborg: la ciudad está partida en dos por el Limfjorden, el estrecho que separa la península de Jutlandia de la isla de Vendsyssel-Thy. Nuestro alojamiento, un hotel Cabinn bastante básico –Cabinn es una cadena danesa tipo Ibis Budget-, se ubica en la zona sur de Aalborg, a dos pasos de Nørregade, una bulliciosa calle peatonal que luego cambia de nombre a Bredegade y Algade. 3.Aalborg +++Desde esa arteria comercial se accede a dos callejuelas absolutamente arrebatadoras, Peder Barkes Gade y Hjelmerstald, cuyas preciosas casitas-joya serían el sueño de cualquiera. Qué suerte gozar del privilegio de habitarlas. Uno de los vecinos presenta en su puerta, orgulloso, la lista de quienes han morado en su vivienda desde el siglo XVIII. Allí al lado un buen lugar para tomar un Caffè Latte y alguna pieza de bollería local –suelen llevar mantequilla a cascoporro- es Herman’s Café & Bageri. Un poco más allá, en Boulevarden 1, se pueden saborear especialidades danesas –entre ellas el recurrente smørrebrød de salmón- en Penny Lane, un  establecimiento acogedor y coqueto. Cerca de nuestro hotel hay otra deliciosa cafetería, Behag Din Smag. Sí, en Dinamarca hay buenas opciones para alimentarse sin maltratar la economía familiar.

A 100 kilómetros de Aalborg, los estrechos de Skagerrak y Kattegat, que conectan el mar Báltico con el mar del Norte, se funden en choque de oleajes en el extremo más septentrional de Dinamarca, la punta de Grenen. 5.GrenenAunque se puede pasear hasta allí por cualquier sendero de la playa de Kattegat, lo mejor es hacerlo muy arrimados a la orilla: sobre la prieta y húmeda arena que bordea el mar, la caminata es mucho más cómoda. Cuando alcanzamos el vértice de esa esquina entre dos mares, nos topamos con un cachorro de foca varado en el costado de Skagerrak. No sabemos si está herido o simplemente asustado, ni tampoco qué hacer, si acercarlo al agua o pedir ayuda a algún lugareño. Entre tanto llega el tractor de Sandormen acarreando a turistas perezosos, de modo que le consultamos al conductor cómo podemos socorrer al animalillo. Nos mira con gesto de fastidio –seguro que no somos los primeros que le comentamos lo mismo- y nos responde de manera tajante y contundente. “No hay que intervenir, la naturaleza debe seguir su curso. Cuando la playa esté tranquila –como si eso fuera posible, el flujo de visitantes es incesante-, su madre vendrá a por él. Y si está herido, morirá. Así es la vida”.

Desandamos el camino y nos dirigimos al puerto de Skagen a almorzar. En el embarcadero, yates suecos con tripulantes alegres y distendidos, cada cual con su fiesta privada y sus risas. 6.SkagenFrente a ellos, una hilera de tabernas ofrecen productos del mar para comer en sus terrazas, que disponen de toldos y estufas para cuando el clima se pone báltico –como es el caso-. Tras una rápida prospección, nos decantamos por Havfruen Fiskehus, donde las mantas a disposición de los comensales las patrocina Carlsberg -ese merchandising escandinavo-. A pesar de las bajas temperaturas, el camarero va en manga corta, como si el día gris no fuera con él. Cuando ya hemos escogido lo que queremos, vemos que junto al mostrador hay cartas en varios idiomas, también en español. Albricias. Aunque la palabra tapas y cortado aparece de manera recurrente en bares y cafeterías, incluso en este extremo de Dinamarca.

Damos una vuelta por el centro peatonal de Skagen y luego nos acercamos a Råbjerg Mile, una duna inmensa que se mueve a su aire varios metros cada año –cosas que las ventiscas norteñas-. Una recuerda a Omar Sharif en “Lawrence de Arabia” y piensa que se va a desenvolver igual que él en el desierto, con ese porte distinguido y gentil. Pues no. Desengañémonos: trepar por una montaña de arena es lo más parecido a patear uvas en un lagar. Total, para encaramarte a una duna que está en mitad de la campiña, ni siquiera te queda el consuelo de ver el mar. 7.faroPara eso es mucho mejor acercarse a Løkken y contemplar la duna que se tragó el faro de Rubjerg Knude. Es alucinante. De lejos es un aparición marciana, como si un agujero negro que conectara con otra dimensión asomara la nariz a través de un cráter. De cerca parece el escenario de un bombardeo, hay cascotes desperdigados, retorcijones metálicos, recovecos rebosantes de arena y carpintería reventada. Resulta chocante porque no parece Dinamarca, donde todo es tan ordenado, tan pulcro, tan perfecto. Un pedacito de caos que perdurará hasta que el mar engulla duna, faro y escombros como si nunca hubieran existido.

Adentrándonos en Jutlandia

1.StonesGeográficamente Dinamarca es un archipiélago anejo a una península: su único territorio continental es Jutlandia. De camino a Aarhus, la segunda población del país en cuanto a número de habitantes, decidimos detenernos en Jelling, el asentamiento donde el caudillo vikingo Gorm el Viejo estableció el trono real danés, aunque fue su hijo Harald I Dienteazul quien unificó los territorios daneses y cristianizó el territorio. Así lo explica una de las dos estelas rúnicas que se conservan en Jelling, que está dedicada a los progenitores de Harald, Gorm y Thyra. A escasos metros de las estelas merece la pena entrar en el Kongernes Jelling, un museo nacional de acceso gratuito cuyo recorrido interactivo da algunas pinceladas sobre la vida vikinga y la transición de la mitología nórdica al cristianismo, además de plasmar en un mural la indestructible tenacidad de la casa real danesa: es la dinastía más antigua de Europa. No obstante, lo mejor de este centro de interpretación se ubica en la azotea: unos prismáticos digitales que apuntan a la iglesia y los dos túmulos funerarios de Jelling permiten disfrutar de una recreación de la evolución del paisaje a través de los siglos.

2.Pg_DelganbleEste par de días que nos hemos alojado en Aarhus –por cierto, qué fabulosa nuestra habitación familiar abuhardillada del hotel The Mayor- han dado mucho de sí. Personalmente, me ha entusiasmado Den Gamle By, un museo al aire libre en el que se levantan casas históricas procedentes de todos los rincones de Dinamarca. El objetivo es rememorar cómo vivían los daneses en tres períodos distintos: 1864, 1927 y 1974. Además de admirar las magníficas construcciones trasplantadas, en Den Gamle By se puede contemplar cómo se distribuía el espacio doméstico y se vivía la cotidianidad y cómo y con qué instrumentos trabajaban los artesanos. En cuanto a los inmuebles dedicados a los años de mi más tierna infancia, me encantó descubrir un taller de electrónica gemelo al que tenía mi padre, así como curiosear en los apartamentos que reproducen un consultorio ginecológico setentero y diferentes tipos de inquilinos, desde una familia hasta una pequeña comuna: vestidos pop en los armarios, muebles de fórmica, vajillas de duralex, vinilos… ¡qué lejano y, a la vez, qué familiar me resultaba todo!

4.Exterior museo2Otro lugar más que recomendable en los aledaños de Aarhus –y donde, al igual que en Den Gamle By, la entrada es gratuita para los menores de 18 años- es el Moesgaard Museum, especializado en antropología y etnografía. Arquitectónicamente es todo un hallazgo: el exterior, que se alza como si a la colina donde se asienta se le hubiera abierto una colosal rendija, es una mullida y extensa pendiente tapizada de césped, mientras que el interior ha sido adaptado para albergar tanto las exposiciones permanentes –sí, también hay sección vikinga- como el conjunto de salas donde ahora se exhibe “The Journey”, una interesantísima creación audiovisual que invita a reflexionar sobre la condición humana. En estos tiempos en los que se tiende a focalizar en aquello que nos divide, “The Journey” recoge diferentes testimonios en siete lugares del planeta sobre siete elementos básicos que compartimos pero experimentamos de maneras diversas: el nacimiento, el amor, el miedo, la pérdida, la fe, la racionalidad y la muerte. En efecto, lo que nos une es más –o más importante- que lo que nos separa, aunque a veces lo olvidemos.

Desde Aarhus queda relativamente cerca –está a menos de 50 kilómetros- el llamado Distrito de los Lagos, donde se ubica el mayor lago de Dinamarca, el Mossø, y también el río más largo, el Gudenå. Desde Silkeborg, la principal localidad de la zona, parte el Trækstien -en danés camino de sirga-, un apacible sendero peatonal que orilla el Gudenå hasta Randers. En su origen, a mediados del siglo XIX, era la vereda desde la que se tiraba de las barcazas de remolque que se usaban para transportar mercancías desde y hacia Silkeborg.

5.Pico_AltoA unos 15 kilómetros de Silkeborg el paisaje se ondula en Himmelbjerget, que con 147 metros de altura es la colina más alta de Dinamarca. Merece la pena acercarse allí para pasear por los frondosos alrededores y contemplar las vistas. Aunque lo que más le ha gustado a Ángela de nuestra incursión a Søhøjlandet –que así se llama en danés esa zona- es el vikingo que nos ha atendido durante nuestro almuerzo en Rye. De hecho mis dos adolescentes hijas están tan fascinadas con los lugareños que les adivino unas inminentes e irresistibles ganas de aprender danés. Y si no, al tiempo.