Los inhumanos

A veces los inhumanos ladran. Hoy uno de ellos, en plena clase de francés, me ha levantado la voz. Hemos visto un vídeo en el que entrevistaban a los dibujantes satíricos Philippe Geluck y Jean Plantu, debíamos debatir sobre los límites del humor. A mí se me ha ocurrido opinar que, aunque todos tenemos algunos temas que nos escuecen –sí, yo también, por supuesto-, el derecho a la libertad de expresión debería estar por encima de todos ellos, y que el propósito del humor es, o debería ser, zarandear la sociedad e invitar a la reflexión. Se ve el vídeo ya le ha calentado el ánimo –es un energúmeno intolerante, senil, retrógrado-, así que mi intervención le ha sacado de sus casillas. Como afirma el gran caricaturista Kap, el tabú no está en el dibujo, sino en la mirada y el espíritu de quien mira.

Esta mañana los cachorros de Arran han cercado una sede del Partido Popular. Han empapelado la entrada con sus pegatinas y han voceado sus proclamas parapetados tras una pancarta. Niñatos aquejados de idiocia. Perversos polluelos que señalan y acosan a quienes no piensan como ellos -a ver quién es el facha-. Cobardes que han buscado el objetivo fácil, inocuo, simplón. Me han violentado profundamente y me han hecho pensar en estrellas amarillas. O en el libro de Fernando Aramburu que estoy leyendo ahora, “Patria”. Miedo, vergüenza y asco, todo a la vez.

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Y, antes de estos dos episodios lamentables -¿como causa o como síntoma?-, el terror global. Fue un ciudadano británico nacido en Kent, nacido Adrian Russel, quien atacó con un auto de alquiler y una navaja a quien se le puso por delante en Westminster. Cualquier delincuente común o simplemente alguien que no ha sido demasiado afortunado en la vida es presa fácil del discurso del odio: ellos tienen la culpa de lo que te pasa, te han robado lo que era tuyo, hay que exterminarlos. Luego está el otro lado del odio: los que no son como nosotros quieren dominar el mundo, van a matarnos a todos, hay que expulsarlos de nuestra tierra. Marine Le Pen entona la cantilena divinamente. Antes que ella muchos otros la afinaron muy bien –no hace falta irse muy lejos, recordemos al ínclito Heribert Barrera-. Entre tanto, unos y otros nos atrincheramos tras la barrera del miedo y la animadversión y, cuanto más lo hacemos, más perdemos nuestra humanidad.

Si alguien quiere matar y no le importa morir mientras lo hace, es imposible anticiparse a ello, de modo que es absurdo vivir atenazados por el pánico. Lo que hay que intentar es que esa persona no alcance tamaño grado de inhumanidad. Y que no vaya por la vida ladrando, atosigando, atacando al prójimo. Como hace mi compañero de clase de francés. Quién sabe, quizás de pequeño no le dieron suficientes abrazos y por eso es tan poco humano. Tan animal.

Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya!

gritoLevantarte por la mañana y ver que tus adolescentes hijas ponen la casa patas arriba para engalanarse para el carnaval, que en sus respectivas clases se celebra cada día de esta semana. Escaparte a tomar un té matutino con una amiga y, al regresar, toparte con pelotas de papel higiénico y tiras de salvaslips por los rincones, revoltijos de ropa diseminados aquí y allá –alegre fusión de prendas sucias y limpias, que bien tenían que hacer pruebas antes de decidir- y sus camas –de nuevo- sin hacer. Pasarte la jornada sorteando bragas, camisetas y sujes, porque te niegas a hacer su trabajo mientras intentas hacer el tuyo delante del ordenador. Tener que ausentarte por la tarde, a la vuelta detenerte en el súper y recibir una llamada mientras intentas, a la vez, pagar y embolsar la compra de supervivencia. Ver que quien te telefonea es una de tus hijas y decidir que ya le preguntarás qué quería en cuanto llegues. Escuchar “quería saber cuándo llegabas” mientras hueles la cera caliente, esperándote. Escabullirte con ladridos de bulldog a guardar las compras. Comprobar que -y ya van cien veces- tu otra hija ha dejado un envase vacío dentro de la caja de galletas, que ha vuelto a malcolocar –y ya van cien más-. Además de dejar su taza de la merienda sin recoger y con un asqueroso resto de leche con cereales que ya prácticamente se ha solidificado. Acudir a su dormitorio hecha un basilisco para recriminárselo –ella leyendo sin inmutarse en su catre, no ha cambiado la funda del nórdico desde hace meses- y estar a punto de caer desmayada por el fétido olor a cadáver de escualo de esa madriguera. Dominar las ganas de fumigar la habitación. O de quemarlo todo. Regresar a la cocina para preparar y congelar los bocadillos con que desayunan tus dos jóvenes parásitos y maldecir haber comprado un pan de miga alveolada y aromática, la próxima vez les compras una cutrebaguette. Arrojar dentro de él el fiambre, a pelo y sin los aderezos que les gustan –sin tomate, sin aceitunas, sin mostaza, sin guindillas-, y tomar nota mental de que, a partir de hoy, los emparedados se los harán ellas. Y sentarte en tu escritorio y empezar a aporrear el teclado para no ponerte a gritar.

A veces me divorciaría de mi familia. Hoy, sin ir más lejos.

Nuestro hogar es el vuestro

Ayer gocé del privilegio de presenciar en directo el Gran Concert per a les Persones Refugiades, una iniciativa ciudadana que cristalizó gracias al apoyo de cuantos participaron desinteresadamente en ese acto de reinvindicación colectiva, entre quienes figuraban mi buena amiga María, que cantó y actuó en el montaje de La Fura dels Baus junto con otros miembros de la coral Cármina.

Aunque las puertas se abrían a las ocho de la tarde, cuando llegamos a las siete y media algunos asistentes se agolpaban ya en los dos accesos al Palau Sant Jordi. El viento glacial hacía que nos apelotonáramos los unos con los otros en alegre marabunta, respetando el orden de fila con disciplina inusitada.

En cuanto entramos, nos acercamos al bar a por los bocadillos que nos iban a servir de cena. Dos adorables Teresinas que hacían cola delante de nosotras escucharon muy atentas las opciones que le recité a Ángela.

– Muchas gracias, así nosotras también sabremos qué pedir. Yo me tomaré un bocadillo de tortilla de patata.

– Será de esa prefabricada.

– ¿Y qué? ¿Acaso tú haces tortilla de patata en tu casa? ¿A que no?

– Es que ya no puedo pelar y cortar las patatas…

– Pues eso. Yo me lo voy a pedir igual, sea como sea la tortilla.

– No, si yo también.

– Entonces, ¿por qué te quejas de cómo la hacen?

Nos instalamos en nuestros asientos a contemplar cómo iban llegando los espectadores: las entradas se agotaron en seis días y la organización recomendó ir llegando paulatinamente, desde la apertura de puertas hasta las diez de la noche, hora oficial del inicio del concierto. Que no oficiosa: a las nueve y media empezó a tocar una deliciosa banda de gitanos, que amenizó los últimos minutos de espera con sus cíngaras melodías.

La Fura dels Baus llevó en todo momento la batuta de la escenografía y arrancó la noche con el primer capítulo de su teatralización de la guerra y el exilio. El presupuesto de la producción era ajustadísimo, de modo que emularon la mortífera destrucción de los bombardeos con grandes globos y cajas de cartón. Fue un inicio absolutamente arrebatador.

Después se sucedieron, con ágil ritmo, tanto activistas con parlamentos encendidos como músicos diversos que compartían una misma causa, de modo que se formaron efímeras e interesantes parejas mestizas, como Lluís Llach y Manolo García, Marina Rossell y Paco Ibáñez, In Crescendo y African Gospel Choir o Sopa de Cabra y Amaral. Nos hizo saltar, bailar y agitar los brazos el incombustible Macaco, y nos conmovió Joan Dausà con “Com plora el mar”, que escuchamos con dificultad porque las potentes voces de la coral Cármina le pasaron por encima como el maremoto que simbolizaban. Tras tomarle el relevo a una Gemma Nierga en estado de gracia, Jordi Évole levantó una estruendosa ovación cuando proclamó que, en un concierto así, no debería haber un palco reservado a las autoridades. Enseguida apostilló, muy en su estilo, que proporcionar asilo a las personas refugiadas no era solo una cuestión de competencias, sino también de incompetencia.

Por causas ajenas a mi voluntad, cuando apareció en escena el esperado Joan Manuel Serrat, que ayer estuvo inmenso, tuve que abandonar el Palau Sant Jordi. Justo a medianoche, igual que Cenicienta, pero sin zapatos de cristal y en versión maternal: mi adolescente hija se encontraba mal y tuvimos que regresar a casa.

Nadie tiene culpa de donde le nacen o de que una guerra aniquiladora fulmine el lugar donde eras feliz con tu vida sencilla y corriente. No es fácil tomar una decisión tan drástica como arrancar de cuajo tus raíces y arrastrar lo poco que queda de ellas en una huida desesperada. Tampoco es fácil intentar escapar de la muerte certera optando por una muerte probable en ese Mare Mortum en que se ha convertido el Mediterráneo. Y, sin embargo, es fácil, muy fácil, ponerse en los zapatos de las personas refugiadas. Lo que les ha sucedido podría pasarle a cualquiera de nosotros.

Hannah Arendt nos lo advirtió en esa larga reflexión que es “La banalidad del mal”: durante la II Guerra Mundial, la inacción convirtió en cómplices de atrocidades a personas aparentemente inofensivas, que miraron hacia otro lado mientras el exterminio seguía su curso en los campos de concentración. Si ahora no tomamos las riendas de la situación, perderemos un poco más de humanidad. Y en estos tiempos no andamos precisamente sobrados de ella.

Ayer se cumplió el sueño de dos periodistas que ejercen activamente el voluntariado, Clara y Rubén, “¿y si pudiérmos llenar el Palau Sant Jordi de solidaridad?”, y así fue: el recinto se colmó de ilusión y esperanza. La energía transformadora, las ganas de cambiar el discurrir de los acontecimientos, nos envolvió a todos con una fuerza formidable. Pero esas buenas intenciones no bastan. Hay que continuar en pie, reclamando medidas urgentes por parte de nuestras instituciones.

Todos a la mani del sábado 18 de febrero a las cuatro de la tarde. No podemos fallar.

Varietés valleinclanescas

Segundo capricho concedido con mi año de homenajes como pretexto: escaparme a Zaragoza para comer ternasco y presenciar el espectáculo del cabaré El Plata. Lo que iba a ser un mano a mano en Mañolandia con mi amiga Eva, acabó convirtiéndose en una pequeña expedición. En cuanto se enteraron de nuestros planes, se nos sumaron tres amigas más, entre ellas mi prima Marta, a quien me unen, además de lazos de sangre, una veterana complicidad.

Las que veníamos desde Barcelona, AVE mediante, depositamos nuestras maletas en el recurrente Hotel Sauce y nos lanzamos a la calle en busca de algún bar donde desayunar. Con un buen pincho de tortilla de patata en el cuerpo, la lluvia te molesta menos, aunque lo cierto es que el paseo bajo el tenue aguacero no continuó mucho más allá porque se detuvo en Monge Joyeros, cuyas piezas de oro y plata funde Eva. Allí nos sentimos enseguida un poco como en casa, en parte porque todas las creaciones en exposición eran muy de nuestro gusto –a destacar una interesante e inusual vitrina de joyería masculina-, pero sobre todo porque se nota que le tienen cariño a mi amiga, que además de ser una gran profesional tiene una personalidad arrolladora.

Entre una cosa y otra casi nos quedamos a vivir en la coqueta joyería maña. Chantal se nos añadió a la una y pico –una tormenta de aguanieve ralentizó su viaje desde Andorra- y al cabo de nada ya era la hora del almuerzo: a las dos teníamos mesa reservada en El Fuelle, restaurante típico aragonés donde Eva y yo queríamos comer el esperado ternasco al horno con pataticas a lo pobre. Cómo rebañamos la marmita. Chantal e Iciar prefirieron croquetas –croquetones más bien-, y mi prima, caracoles a la brasa. Cayeron un par de botellas de Viñas del Vero y algunos chupitos, gentileza de Antonio, nuestro baturro camarero. Mi prima y yo no pudimos resistirnos a culminar la opípara ingesta con unas natillas caseras, para mi gusto un pelín empalagosas, aunque me las zampé igual.

ochoymedio_zapatería.jpegPor la tarde optamos por digerir lo engullido paseando bajo un impertinente chaparrón, que no nos impidió callejear por los aledaños. Gracias a Javier, de Monge Joyeros, descubrimos una zapatería imprescindible, 8 ½, en la calle Refugio número 12. El establecimiento es una antigua panadería que ha preservado su encanto y un primoroso suelo de baldosa hidráulica, el mejor marco posible para lucir arrebatadores zapatos de manufactura impecable y original diseño. Al fondo hay un habitáculo en el que también venden vinilos. Es un lugar fascinante.

Tras nuestra agradable caminata recalamos en el hotel para descansar brevemente y engalanarnos un poco. Eva compartió conmigo un truco infalible que le confió un amigo gay petardísimo: si el cansancio ha hecho mella en tu rostro, calma la hinchazón con un poquito de Hemoal. Al parecer es mano de santo, y tiene su lógica: si alivia las almorranas, cómo no va a mitigar unas simples bolsas en los ojos. Total, de ojo a ojete solo distan unos gramos de maquillaje.

ElPlata.jpegPicoteamos unas tapas de camino a El Plata y sobre las diez y media llegamos al popular cabaré ibérico urdido por Bigas Luna, ya que habíamos reservado mesa para la sesión de las once de la noche. El local es espacioso pero su distribución es, como poco, exótica: el minúsculo escenario y la ínfima barra le van pequeños, y las columnas que lo atraviesan dificultan la visibilidad desde algunas zonas. El mobiliario es otra pintoresca curiosidad: los espectadores se ubican en prietas hileras de mesas y sillas de fórmica, como en los comedores escolares, de modo que contemplan la función hacinados e incomodísimos, con el cuello torcido permanentemente, a pesar de que los artistas desarrollan sus piruetas en diferentes rincones del local.

Más que ibérico, tanto el elenco como la representación me parecieron esperpénticos –interprétese el calificativo en su acepción más valleinclanesca-. Teresa Cuesta, una púdica –y falsa- mujer barbuda de exuberante anatomía, no enseñó más allá de su poblada perilla, en tanto que la voluptuosa rubia Inma Chopo, una zaragozana con aspecto de valquiria, se desnudaba con soltura a la mínima ocasión. También se despelotaba con bochornosa alegría Alberto Espallargas, un muchachón profusamente tatuado de glande mínimo, mientras que el orondo cantante de jotas Rafael Gutiérrez, camuflado entre el público, todo lo más que mostró fue su corpachón de osezno.

La representación que presenciamos el sábado discurrió de manera ecléctica, entre el pasmo, la sonrisa y la franca indiferencia. Me chiflaron tres canciones de Edith Piaff cantadas divinamente durante una de las pausas –anteayer en El Plata escuché algunas voces soberbias-, así como las ejecuciones de la asombrosa gimnasta Marité Queralt. Me divirtieron las caracterizaciones de Daniel Velázquez y Carla Torbellino –desternillante su imitación de Tina Turner- y me sobraron la lánguida muchacha de peinado ochentero y aspecto enfermizo de cuyo nombre no quiero acordarme y, sobre todo, el taconeo flamenco en toples: qué angustia ver a la pobre bailaora con las tetas temblando al viento.

En fin, visto está. Ahí queda El Plata para el recuerdo, que no para la reincidencia. Aunque nunca se sabe.

El domingo desayunamos sin prisas en nuestro hotel: tortilla de patata recién hecha, zumo de naranja natural, pan con tomate, croissants de mantequilla y litros y litros de café con leche para Chantal. Mi andorrana amiga se fue de Zaragoza la primera, en el petit país del Pirineo continuaba nevando y debía apresurarse para soslayar lo peor de la tormenta. Las demás desafiamos el viento hipohuracanado del soleado día y atravesamos el Ebro por el Puente de Piedra, orillamos el río por el Paseo de la Ribera y lo volvimos a cruzar por el Puente del Pilar, más conocido como Puente de Hierro.

Para redondear la mañana visitamos el Museo del Teatro de Caesaraugusta, que ayer disfrutaba de acceso gratuito. El recinto alberga los restos arqueológicos del anfiteatro romano de Zaragoza, que permanecieron sepultados bajo viviendas hasta los años 70 del siglo pasado –en la capital maña sucede como en Tarragona, que a la que excavan un poco en cualquier recoveco, emergen reliquias romanas-. La edificación se empezó a levantar en la época del emperador Tiberio, aunque en el siglo III ya se había sumido en una franca decadencia y sus sillares empezaron a reutilizarse para otras construcciones.

cafe-nolasco-zaragoza.pngEn cuanto sales del yacimiento del anfiteatro casi te das de bruces con el Café Nolasco, un delicioso remanso de bienestar. Nos acomodamos plácidamente en una de las mesas redondas de la esquinera entrada, arropadas por el jardín vertical y los jarros rebosantes de flores frescas, que multiplicaban la luminosidad de los amplios ventanales. A pesar de la tentación, nos mantuvimos firmes y resistimos la llamada de las tartas caseras que nos observaban desde la vitrina: disponíamos del tiempo justo para saborear un café o una infusión antes de empezar a regresar.

Cuán seratonínica ha resultado nuestra pequeña-gran evasión. Para Eva ha sido la primera desde que nació su cachorrillo –siete añitos la próxima semana-, pero no la última. Felicidades, amiga. Y por muchas escapadas más.

Pompeya, Herculano y Paestum

Hace 8 años mi amiga Iciar y yo viajamos a Campania para visitar los yacimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano. Nos alojamos en un delicioso Bed&Breakfast napolitano ubicado frente al mar, en la Via Partenope, y utilizamos los transportes públicos para desplazarnos cómodamente y a un precio muy asequible, aunque una huelga de transportes nos obligó a pagar un trayecto en taxi a precio de limusina, peajes del turisteo. De aquella experiencia me llevé un sinfín de recuerdos memorables y también una certeza: que jamás de los jamases regresaría a Nápoles por voluntad propia. Me pareció una ciudad caótica, mugrienta y espeluznante.

Cuando hace meses supe que Easyjet había inaugurado su ruta low-cost Barcelona-Nápoles, reservé a toda velocidad nuestros vuelos para empezar mi año de homenajes con una escapada arqueológica en familia. Con el alojamiento me demoré bastante más: el presupuesto era limitado pero viajar en enero nos obligaba a escoger un lugar acogedor donde guarecernos confortablemente en cuanto cayera la noche -en esa época del año eso sucede a las cinco de la tarde-. Lo que iba encontrando no me daba demasiada confianza, de modo que finalmente opté por no hacer experimentos y recurrir a accorhoteles.com, cuyos estándares son siempre más que aceptables. Descartado el Ibis Styles de Nápoles por mi aversión a la capital campana, escogí el Novotel de Salerno, para alegría de mis hijas: “¿Cuatro días de desayuno bufé? ¡Yupi!”.

Cuando recogemos nuestro Fiat Panda de alquiler en el aeropuerto de Capodichino, el empleado de Maggiore nos recomienda que contratemos el seguro a todo riesgo. No lo hacemos porque a través de DoYouSpain –una web donde encontrar coches de alquiler a precios imbatibles- ya habíamos contratado una póliza de Allianz, pero no hay para menos: la conducción de los lugareños es, más que temeraria, arrojadiza. Adelantan con línea continua, circulan sin intermitentes, zigzagueando de manera imprevisible y con el morro adherido a tu trasera, y en los cruces entran al trapo, de forma abrupta y sin respetar la prioridad de paso. Lo más aconsejable para sobrevivir es mimetizarse con el entorno y manejarse al volante como ellos. Sin duda, toda una experiencia.

Llegamos a Pompeya a las nueve de la mañana y los primeros turistas -jubilados y japoneses- se arremolinan junto a sus guías en la zona de la entrada, como enjambres acogollados alrededor de sus abejas reinas. Nos saltamos todas las colas porque reservamos por Internet nuestro pase de tres días, que permite el acceso a los cinco sitios del Area Archelogica Vesuviana -20 euros por cada adulto, gratuito para mis hijas porque son menores-. Una vez dentro, es bastante fácil ubicarse incluso sin mapa: entrando por la Via Marina se llega al imponente Foro, que ahora luce mejor que nunca gracias a las esculturas colosales de bronce de Igor Mitoraj, una exposición póstuma del artista franco-polaco que finaliza este mes de enero.9.Estatuas_blog.jpg Desde allí parte la multitudinaria y concurrida Via dell‘Abbondanza, aunque madrugar ayuda -y cómo- a soslayar las hordas de turistas como nosotros que asolan -¿asolamos?- el conjunto monumental. Varias domus restauradas jalonan el recorrido hacia la Palestra y el Anfiteatro. Los trabajos de recuperación, que no tienen fin, han puesto al descubierto extraordinarios mosaicos y frescos que sorprenden por sus ricos colores y sus minuciosos dibujos, aunque en la Domus Della Venere in Conchiglia a la pobre diosa Venus parece que le hayan roto una pierna –spasticus autisticus es el punto de vista del autor, remoto antepasado de Ian Dury-. Personalmente os recomiendo que os encaraméis sobre la loma que se alza tras el Orto dei Fuggiaschi, donde un modesto mirador os permitirá distinguir con un poco más de perspectiva el entramado de esta otrora hermosa ciudad.19.Pompeia_vesubio.jpg

Lo más fascinante de la visita es que el paseante puede imaginar perfectamente el devenir cotidiano de los pompeyanos, con sus tabernas repletas de vasijas para almacenar mercancías y pintarrajeadas con sus rótulos de reclamo, sus mansiones reverdecidas mediante huertecillos, jardines y fuentes, sus vías empedradas con zonas de paso para soslayar las heces de mulas y rucios, sus numerosas y refrescantes termas, o su minúsculo lupanar -ahí se nota que era una actividad de lo más vulgar y que los precios estaban al alcance de los bolsillos menos pudientes-. Mariola comparte conmigo una curiosidad que ha aprendido en su clase de latín: “Jordi nos ha contado que lupa en latín es una palabra que tiene doble significado, loba y p-u-t-a (me lo dice así, deletreando la palabra maldita en su boca pudorosa), así que en la leyenda de Rómulo y Remo no queda claro quién amamantó realmente a los gemelos”. Para que luego digan que estudiar latín no sirve para nada.

Después de que la erupción del Vesubio la borrara de un zarpazo, Pompeya permaneció sepultada bajo capas y capas de lava y cenizas solidificadas durante siglos, hasta que ya entrado el siglo XVIII a Carlos III, que por aquel entonces solo era rey de Nápoles, se le antojó decorar su humilde palacio con algunas obras clásicas del siglo I -tal es el origen del descubrimiento del sitio arqueológico-. Primero había ordenado excavar en Herculano, pero los 23 metros de torrentes de tefra que sepultaban la población le hicieron desistir. Cuando el Vesubio escupió su vómito piroclástico, los herculenses que se habían desplazado hasta el mar para intentar ponerse a salvo perecieron al instante: a 600 grados de temperatura, en pocos segundos tan solo restaron sus esqueletos calcinados. Como Hiroshima, Nagasaki o Dresde, pero desde las entrañas de la tierra en lugar de desde las circunvalaciones cerebrales de algunas mentes enfermas. En efecto, en 1980 se descubrieron los restos óseos de cerca de 300 personas que habían huido hacia la playa con sus más valiosas pertenencias y se habían refugiado, en vano, en los Fornicis, unos almacenes abovedados donde se guardaban enseres portuarios y embarcaciones.

Las dimensiones de Herculano son mucho más modestas que las de Pompeya. Como, además, el grueso de los visitantes se concentra en el sitio arquelógico más visitado de Italia después del Coliseo de Roma, el recorrido es más apacible. Destacaría dos construcciones muy bien conservadas que conviven en buena vecindad porque una se anexionó a la otra. 23.Mosaico_Herculano.jpgMe refiero a la Casa de Neptuno y Anfitrite, con su precioso mosaico en pasta de vidrio, y la Tienda de Ultramarinos, que mantiene buena parte de su ebanistería: la explosión del Vesubio afectó a esta pequeña ciudad de manera distinta que a Pompeya, ya que la capa piroclástica que la cubrió la preservó intacta durante siglos. Gracias a ello se han conservado telas, papiros y maderas de hace casi dos milenios en perfecto estado.

El Museo Archeologico Virtuale (MAV) se ubica un poco más arriba del sitio arqueológico de Herculano. En su auditorio se proyecta un audiovisual de interesante contenido e irregular realización que explica, en inglés o en italiano, cómo se desarrolló la más famosa erupción del que todavía es el volcán más peligroso del planeta y el único que permanece activo en la Europa continental -si se tienen en cuenta los últimos terremotos que han sacudido Italia, es como para pensarse la incursión a Campania-. El recorrido museístico, especialmente recomendable para familias con niños, incluye rincones interactivos de limpieza de mosaicos o de chapoteo en estanques de ficción. Imágenes en tres dimensiones, tanto fijas como en movimiento, recrean cómo eran los espacios públicos y privados más relevantes de Pompeya y Herculano. Incluso el aroma de las instalaciones rememora los afeites de aquella época. Claro que en cuanto sales de nuevo al exterior, topas con el olor a pescado, embutido y fruta en estado de descomposición del nada apetitoso mercado de Herculano, que rodea el perímetro posterior del MAV. No obstante, ningún perfume local puede competir con el hedor putrefacto de una familia escandinava que, para nuestra desgracia, se instala en la mesa vecina a la nuestra a la hora del almuerzo. Tienen pinta de ecologistas radicales, de esos que están reñidos con el desodorante y el jabón y se duchan una vez por semana. Suerte que cuando se sientan a comer en la Pizzeria Luna Caprese ya estamos esperando los cafés que acabamos de pedir, que nos abrasan la garganta porque queremos escapar de allí a toda costa. ¡Qué bien se está fuera, aun lloviendo a cántaros! En cuanto esos seres pestilentes abandonen el establecimiento, tendrán que fumigarlo. Pordiosquévahído.

Si no nos hubiésemos desplazado en nuestro auto de alquiler, quizás no hubiéramos visitado Villa Popea, un lugar intransitado donde solo coincidimos con siete u ocho italianos que recorren las ruinas en pareja o entre amigos. La finca, cuyo nombre hace referencia a su primera propietaria, la segunda esposa de Nerón, es el único sitio arqueológico abierto al público del yacimiento de Oplontis -hoy Via Annunziata-, una localidad cercana a Pompeya que cuando estalló el Vesuvio orillaba el Mediterráneo. De hecho la balconada de Villa Popea se asomaba a un acantilado que se abría al mar desde una altura de 15 metros. Es fácil visualizar la apacible vida de sus ilustres inquilinos -qué sencillo es todo cuando dispones de esclavos-, aficionados a la vegetación frondosa hasta el extremo de optar por primorosas reproducciones florales en algunos frescos. Otras estancias lucen teatrales trampantojos, como si la regia edificación necesitara de ilusiones ópticas para resplandecer todavía más. Cosas de los ricachos, que cuando se aburren se ponen graciosamente creativos.25.Frescos_Villa_popea.jpg

Excepto esos selectos enclaves cuya principal actividad es banderillear a pijos e incautos -desde la isla de Capri hasta las pintorescas poblaciones de la costa amalfitana-, la Campania es un territorio hostil. Mientras escribo algunas notas para ir hilvanando esta crónica, Mylove googlea y lee, lee mucho cada vez que llegamos a nuestro hotel. Quiere intentar comprender cómo el sinsentido y la decrepitud han podido enseñorearse de todo de un modo tan inverosímil. Cuando nos dirigimos a los sitios arqueológicos, atravesamos kilómetros y kilómetros de tremendos despropósitos urbanísticos. Recorremos carreteras, avenidas y callejuelas con boquetes como cráteres, flanqueadas por edificaciones que ostentan un feísmo y una negligencia desasosegantes. Sin compartir en absoluto su ideología -más bien estamos en las antípodas-, incluso podemos llegar a comprender a los lunáticos de la Liga Norte. Pues bien, parece que los verdaderos amos del lugar son las mafias de la Camorra napolitana. Son quienes controlan ilegalmente la recogida de residuos -la basura campa por doquier-, garantizan la construcción exprés de viviendas en el Parque Natural del Vesubio -que no está autorizada-, gestionan la multinacional italiana que más rinde -el tráfico de estupefacientes- y, en general, dirigen las vidas de una población que sufre un 70% de desempleo y que a menudo confía más en la Camorra que en el aparato del estado. Hasta los pequeñajos que juegan en mitad de la calle miran al forastero de soslayo y con el ceño fruncido. Como si no acabaran de fiarse de nadie que no forme parte de los suyos. Visto así, la amenaza de un cataclismo volcánico apocalíptico es el menor de sus problemas.

Lo bueno de alojarnos en Salerno es que podemos acercarnos en menos de una hora a Paestum, donde se alzan tres templos griegos de estilo dórico magníficamente conservados que permanecieron inmersos en una ciénaga y sumidos en el olvido durante siglos. Conforme avanzamos hacia el sur, el paisaje va abandonando ese aspecto de escupitajo de cemento y hormigón que predomina en las laderas del Vesubio y sus colinas aledañas. Nuestro pequeño Fiat Panda discurre por carreteras igualmente mal asfaltadas, pero jalonadas de huertos de legumbres, labrantíos y ganaderías dedicadas a la cría de búfalas, los famosos caseifici, que finalmente no visitamos: la mozzarella hay que comprarla, sí o sí, en el aeropuerto, ya que el suero en que flota para mantenerse en óptimas condiciones le impide superar el control de seguridad.

30.Paestum_temploAtenea.jpgPor fin, en mitad de la campiña, se aparece ante nosotros el templo de Atenea de Paestum. Aunque los griegos denominaron a su asentamiento Poseidonia en honor al dios de los océanos, los lucanos prefirieron el topónimo que ha perdurado hasta hoy. El luminoso sol, la ausencia de visitantes a una hora tan temprana y el fragante verdor que han propiciado las lluvias del recién estrenado invierno, nos transmiten una conmovedora serenidad interior.

Cuando comenzamos la visita, un grupo de jardineros se afana en segar la yerba de la zona de viviendas cercana al heroon, un pequeño edificio con techumbre a dos aguas que en las antiguas colonias griegas solía conservar los restos mortales -verdaderos o presuntos- del héroe fundador de la ciudad. Llaman también la atención por su extensión más que notoria la plaza del foro, centro neurálgico de la vida romana, y la piscina, el santuario dedicado a la fortuna virilis por los primeros colonos romanos. Por su función política destacan el ekklesiasterion, el edificio más antiguo del ágora, sede de las asambleas de los ciudadanos, y el comitium, donde se desarrollaban los juicios y las elecciones de los magistrados. No obstante hay que reconocer que hace falta mucha imaginación para visualizar los maltrechos vestigios de Paestum y convertirlos en la población grecorromana que un día fue, a excepción de los tres templos que alberga el sitio arqueológico. Son deliciosamente arrebatadores.

El templo de Atenea, levantado en el siglo VI a.C., fue construido con piedra caliza de los alrededores. El uso de dos órdenes arquitectónicos distintos, dórico para el exterior y jónico para el interior, hace que esta estructura sea un interesante ejemplo de arquitectura tardo-arcaica.

36.Paestum_TemploNeptuno3.jpgEl templo de Neptuno -aunque algunos estudiosos consideran que estaba destinado al culto a Zeus, Apolo o tal vez Hera- se levantó a mediados del siglo V a.C. utilizando piedra caliza local. En la actualidad es uno de los edificios dóricos mejor conservados de la Magna Grecia. Su interior está dividido en tres naves de dos filas de columnas cada una, colocadas en dos pisos. Las rampas de escaleras ubicadas a ambos lados de la celda permitían alcanzar el tejado de madera para su mantenimiento.

El nombre del templo llamado Basílica se debe a su falta de frontones, circunstancia que en el siglo XVIII hizo pensar en una edificación civil. Datado en el año 530 a.C. a juzgar por las inscripciones y los ex votos hallados en el área, presenta algunos elementos que denotan su antigüedad, como su número de columnas dispares, su pronunciado biselado y sus capiteles aplastados. La comparación de sus elementos arquitectónicos con los del vecino templo de Neptuno permite hacerse una idea de la evolución del orden dórico durante unos 70 años.46.Paestum_both.jpg

Esta interesante información y otros muchos datos de la excavación nos los facilita una práctica y compacta guía que encuentro en la tienda del museo. A veces resulta difícil seguir el hilo, da la impresión de que se ha traducido del italiano al español utilizando Google Traslator. En fin.

Cuesta, cuesta mucho abandonar el recinto arqueológico de Paestum. Se está muy a gusto allí. Hasta que empiezan a llegar familias italianas en alegre algarabía y razonamos que bien podríamos tomar un cappuccino y asomarnos al museo. Además de la curiosa Tumba del nadador, fechada en el 470 a.C. y que presenta graciosos motivos pictóricos -resulta especialmente encantador el coqueteo de dos apolíneos mancebos-, coincidimos con una exposición temporal que exhibe muestras del pillaje arqueológico, requisadas a los amantes de lo ajeno. Ojipláticos nos quedamos ante tan pintoresca muestra.

Nos apetece acercarnos al Tirreno y decidimos almorzar en Agropoli, una tranquila localidad portuaria con un agradable lungomare que recorremos sin prisa para abrir el apetito. Casi todos los establecimientos con vistas al mar se ven cerrados, pero un par de ellos ofrecen menús turísticos aptos para familias. Nos decidimos por Lounge Bistrot y seleccionamos algunos platillos de la carta. Yo cambio los spaguetti vongole con que me he estado alimentando estos días por una deliciosa pasta de nombre impronunciable con frutos de mar: chirlas, mejillones, ajo, tomate y un golpe de pimienta. Buenísimo. Mariola se enamora del jovencísimo y simpático camarero, que le hace ojitos y le dedica un trato más que especial. Él nos pregunta si regresaremos de nuevo, ella se quiere quedar a vivir allí. O, mejor aún, que él se traslade a Barcelona. Sí, hemos llegado a esa maravillosa fase de la adolescencia tontorronamente feliz.

Nuestra última noche en Campania nos obsequiamos con una cena atómica. El criterio de búsqueda “los mejores restaurantes baratos de Salerno” en TripAdvisor nos lleva a Pulecenella, una pizzería a la que no llegas por casualidad. Está a 10 minutos en coche desde nuestro hotel, en una calle angosta y sin salida en los arrabales del Stadio Arechi, bastante más cerca de Pontecagnano que del centro de Salerno. Llegamos a las 19:45, su hora de apertura, y ya está medio llena. El comedor es una gruta en la que caben, apretados en menos de una decena de mesas, una veintena de comensales. Los dos camareros son encantadores y el pizzaiolo, que se declara merengue en cuanto le desvelamos que somos de Barcelona, simpatiquísimo. En la carta solo hay un entrante, mozzarellinas de búfala campana, y una lista interminable de pizzas, a cual más tentadora. Las bebidas son escandalosamente baratas: 6 euros la botella de vino, 1,5 euros el refresco, 1’5 el chupito de limoncello. Nos traen el entrante en un platito de plástico con diminutos tenedores desechables. Hacemos un pequeño centro de mesa con las bebidas y los vasos de usar y tirar para hacer espacio para las pizzas y nos las sirven sobre papel encerado, como el de envolver embutidos en la charcutería, precortadas y sin cubiertos –sí, se comen con las manos-. Son colosales, sabrosas y sorprendente ligeras. Las últimas porciones las engullimos para no arrepentirnos después, porque lo cierto es que a la mitad de la ingesta ya estábamos más que saciados.

El jueves por la mañana, antes de abandonar Salerno, hacemos una parada en la barra del Bar Hilton para tomarnos el último cappuccino. De camino al aeropuerto, mientras paladeamos la golosina para adultos recién ingerida, cae una tenue cortina de nieve. De hecho la cima del Vesubio se ve blanca, como solía suceder cada invierno hace ya largos siglos, poco antes de tener lugar la que quizás sea la erupción volcánica más famosa de todos los tiempos.

Nadie esperaba que el Vesubio reventara en llamaradas. Ni siquiera existía una palabra para designar a una montaña así –viva, impredecible, indómita, feroz-, de modo que hubo que inventarla. Así fue como Vulcano quedó etimológica y sempiternamente atrapado en cada colina que escupe fuego.

Un año de homenajes

Si no surge ningún contratiempo, el 14 de agosto del año que estrenaremos dentro depapa_bautizo unas horas cumpliré 50 veranitos. Mi padre, tan amoroso y a la vez tan sabio, se autoconcedía todos los caprichos que se ponían a su alcance con un argumento incontestable, que repetía como una letanía: “hay muertes repentinas”. Y vaya si las hay. La suya, sin ir más lejos.

Así que, a partir de mañana y durante todo el 2017, que me quiten lo bailado, lo paseado, lo saltado. Lo reído, lo llorado, lo conversado, lo saboreado. Lo abrazado, lo besado, lo susurrado. Y, por supuesto, lo descubierto, lo admirado, lo viajado.

Doce meses, una causa: yo.

Está a punto de empezar mi particular y personalísimo jubileo. Primer deseo: empezar el año con una de esas escapadillas que tanto me gustan.

A la vuelta nos vemos por aquí y os cuento. ¡Hasta luego!

Una jornada particular

La Navidad es como un sarampión, hay que pasarla. Atrás, muy atrás quedaron las celebraciones cándidas, despreocupadas, risueñas. Las veladas alumbradas por ese asombro casi pueril que perdura en tanto que no hay ausencias, en tanto que no falta nadie en el cogollo básico y fundacional de la infancia feliz.

Claro que, cuando tienes hijos –dos adolescentes deliciosamente imperfectas-, brincas en graciosa pirueta sobre el cable de funambulista que es tu vida y reinventas la ilusión de esas fiestas ineludibles en el calendario familiar. De modo que te agarras firmemente al teclado del ordenador mientras te crecen setas laborales por doquier, flop-flop, y alternas la revisión de correos electrónicos con la de las listas de los preparativos -mis listas y yo como un todo indestructible-: los detallitos navideños, la cena de Nochebuena, las sorpresillas del Tió, la comida de Navidad…

Sin embargo, todo ese ajetreo se volatiliza en cuanto llega el 26 de diciembre, cuando, como cada año, los fastos se detienen para celebrar, en íntimo homenaje, nuestro aniversario. De modo que nos despedimos de nuestros pimpollos y de nuestra amiga Valery, que ha pasado con nosotros las Navidades –qué balsámica compañía la suya, siempre- y escapamos a la carrera a disfrutar del soleado día. Nuestro día.

casaPunxes.jpgEste lunes superfestivo no se divisa apenas nadie en la Casa de les Punxes. El palacete modernista diseñado por Josep Puig i Cadafalch ocupa una manzana irregular delimitada por la avenida Diagonal y las calles Rosselló y Bruc y puede visitarse fácilmente con audioguía –la ruta comentada, visto lo visto, casi que la podéis obviar-.

El recorrido empieza con un paseo audiovisual que glosa la leyenda de Sant Jordi, personaje mítico que protagoniza uno de los dibujos cerámicos de la fachada. Aunque pretende ser épica, el tono irritantemente rimbombante hace que la narración resulte insufrible. Además de que despierta en mí una franca aversión por esa fábula que ya conocía -quizás porque me enfrento a ella con acerado pensamiento crítico-. La vocecilla enlatada nos explica que todas las doncellas del reino van siendo devoradas por el dragón hasta que quien peligra es la princesa, ya que, pequeño detalle sin importancia, el monarca ha amañado el sorteo para intentar salvar a su ilustre descendiente -prevaricando que es gerundio-. Total, ¿qué son algunos centenares de plebeyas comparadas con una sola damisela de sangre azul? Luego ya casi llego a la náusea cuando reflexiono sobre la descripción maniquea del heroico Sant Jordi –apolíneo, valeroso, cristiano- y la ignominiosa bestia –horrenda, innoble, infiel-. Es, en definitiva, una experiencia no recomendable para menores, a no ser que os dediquéis con didáctico empeño a comentarla convenientemente.

El ejercicio de exaltación patriótica de la Casa de les Punxes continúa en la espléndida azotea, desde donde pueden apreciarse, soberbios y reverberantes, los pináculos que dan nombre a la finca. En los auriculares de la audioguía suenan piezas de Richard Wagner -quien, como decía Woody Allen, desata las ganas de invadir Polonia- y en los plafones se exponen textos pergeñados por un publicista con ínfulas de historiador: no es información, sino mera propaganda. Entre otras cuestiones para nosotros irrelevantes descubrimos que el egregio arquitecto se inspira en el castillo bávaro de Neuschwanstein, que a su vez rinde homenaje al músico predilecto de Adolf Hitler. Aprovecho para apostillar que Neuschwanstein fue utilizado por los nazis como depósito de obras de arte robadas en Francia y que Wagner fue el compositor que más se escuchó durante el III Reich.

CanFanga.jpgPetulancia panfletaria al margen, también recabamos algunos datos interesantes, como la innovación técnica que aportaron algunos elementos estructurales, principalmente los pilares y cinturones de refuerzo en hierro colado. No obstante, el gran hallazgo es conocer el origen del sobrenombre con que las afables gentes de comarcas se refieren a mi ciudad: Can Fanga –a los lugareños suelen denominarnos, con igual cariño, pixapins, meapinos-. Se ve que hasta 1906 la pavimentación del barrio del Eixample era responsabilidad tanto del consistorio municipal como de los vecinos, que debían hacerse cargo de los 2,5 metros de acera que jalonaba cada inmueble. Como los propietarios preferían invertir lo justo –que no necesario- en esta partida, en cuanto caían más de cuatro gotas, Barcelona se convertía en un auténtico fangal. De aquellos polvos, esos lodos. Literalmente.

façana_praktikBakery.jpgLa Casa de les Punxes está a dos minutos del regalo con que nos hemos obsequiado para celebrar nuestro aniversario: una noche en el hotel-panadería Praktik Bakery. Pequeño y muy bien ubicado, las habitaciones son básicas pero están pensadas al detalle: la lencería de cama de algodón arropa confortablemente, mientras que la espaciosa ducha dispone de una presión vivificante. No obstante lo mejor del sencillo alojamiento es que se levanta sobre el establecimiento del Eixample de Baluard, la mítica tahona de la Barceloneta. Hay quien dice que elaboran los mejores panes de mi ciudad.

pa_llescat.jpgEl rincón de desayunos de Praktik Bakery comparte pared de hierro y vidrio con el obrador de Baluard y culmina en un jardín interior que se prolonga, cristalera mediante, hasta una agradable terraza. El mobiliario de estilo escandinavo contrasta con el amarillo corporativo que salpica desde las puertas hasta las americanas con que viste el personal de recepción. Sobre el bufé, dispuestos de manera armónica y ordenada, nos esperan, junto a la cafetera, dos jarras de zumo de naranja, tres grandes frascos de mermelada, una variada selección de bollería de mantequilla, hogazas ya rebanadas –de aceitunas, de higos, de nueces…-, una bandeja con algunas lonchas de queso, jamón york y jamón serrano y, por descontado, tomatitos en rama y una aceitera. Mediterráneamente.

Desayunamos temprano, hoy es martes más que laborable y a las nueve en punto hay que volverse a instalar frente al ordenador. La vida sigue, sí. Aunque no exactamente igual.