Ese tabú llamado sequedad vaginal

La menstruación me llegó sin avisar cuando tenía once años. Muy pronto. Innecesariamente pronto. Hasta hace no tanto fantaseaba con el momento en que se me retirara la regla definitivamente. Después de todo, los pequeños inconvenientes que me habían contado no me parecían tan graves comparados con la libertad de no vivir pendiente de compresas, tampones y otros artilugios pensados en hacernos más llevadera la higiene íntima. Por cierto, aprovecho para comentar que la famosa campaña de Evax “¿A qué huelen las nubes?” es una de las mayores gilipolleces que se hayan perpetrado jamás. Demasiados machos-alfa en los departamentos creativos de las agencias de publicidad. En fin.

sequedad.jpgPero volvamos a la menopausia. Mis amigas sénior me habían hablado de los incómodos sofocos, del insomnio recurrente, de la temida osteoporosis, del inquietante descenso de la libido. No obstante, nadie me advirtió de lo peor de lo peor, la implacable sequedad vaginal. Por eso estoy escribiendo estas líneas sobre mi particular experiencia: una información que atañe a tantas mujeres hay que compartirla con generosidad y sin recato.

Las palabras de la doctora Susana Sánchez, mi querida ginecóloga, no me reconfortaron demasiado cuando le comenté los primeros síntomas de agostamiento de las entretelas. “Cuanto más pálida es la epidermis, más fácil es que se manifieste”. Así que mi níveo cutis de dama antigua, además de acarrear algún que otro extrabonus para padecer cáncer de piel, conllevaba esa otra sorpresilla inesperada. Y todavía existen cretinos que creen en la supremacía de la raza blanca, buf.

Ahora bien, desde el punto de vista biológico, tiene su lógica: en cuanto pierdes la capacidad reproductiva, la perversa madre naturaleza pone en marcha los mecanismos necesarios para que dejes de practicar el sexo por puro placer. En plan bíblico.

A mí la regla se me fue a mis madurescentes 48 años, tan pronto como había venido. ¿Debía aceptar, como una condena, tamaño castigo? ¿Se trataba de alguna penitencia inverosímil que tenía que cumplir? Si hubiera sido creyente hubiera ido a ponerle una vela a San Isidro. Como no lo soy, le manifesté mi desazón a la doctora Sánchez. “Hay un tratamiento nuevo de Isdin, se trata de unas infiltraciones intravaginales de ácido hialurónico que al parecer están funcionando muy bien, hay estudios médicos que avalan su eficacia. Me han invitado a participar en un taller de demostración y puedo llevar a una paciente para aplicárselo. Piénsatelo y me dices si quieres participar”. “¡Sí, sí, sí!”, lo medité como tres nanosegundos.

El centro al que debía acudir como conejillo de indias –nunca mejor dicho- estaba a un corto paseo desde mi casa. En 10 minutos me planté allí en el día y a la hora convenida –aunque ya había hecho una visita previa de primera toma de contacto-. Me atendió la esteticista, que me acompañó a una cabina, me acomodó en una camilla, me pidió que me desnudara y me pusiera una bata quirúrgica y me aplicó Emla –esa milagrosa pomada anestésica para depilaciones láser- a cascoporro, tanto intravaginalmente, jeringuillazo mediante, como en los promontorios del monte de Venus, extendiendo el ungüento como si fuera crema pastelera. Luego cubrió la zona con papel film, me proporcionó una braguita de papel, me cubrió con una sábana y me dejó allí, estirada y reposando.

Como ya me habían avisado de que la espera sería larga, me dispuse a leer plácidamente en mi libro electrónico. Entre tanto fueron llegando los doctores que asistían al taller. La doctora Sánchez entró en la cabina a saludarme. “¿Estás lista? Cuando llegue todo el mundo nos darán la clase teórica, después yo te aplicaré el tratamiento, ¡nos vemos luego!”

Creo que pasaron más de dos horas desde que me estiré embadurnada en la camilla y me vinieron a buscar, aunque en realidad la pomada hace efecto al cabo de 45 minutos. Envuelta en mi batilla clínica y calzada con unos peucos plásticos, de extranjis y sin que nadie me viera, bajé a la sala aneja al aula donde la cirujana plástica Eva Guisante impartía su clase magistral. Era un espacio íntimo y acogedor donde supuse que también se desarrollaban trabajos de estética. Habían dividido la estancia en dos mitades gracias a tres pequeñas sábanas que pendían, cual colada en la azotea, de un cordel, de tal modo que los doctores podían presenciar la aplicación del tratamiento sin verme a mí. Mejor dicho, sin poder reconocer a quién pertenecían ese pubis y esas dos piernas. Desde mi parapeto, muy bien acompañada por la encantadora asistenta, quien de vez en cuando me invitaba a aspirar un poco de gas de la risa a través de una mascarilla, escuchaba los comentarios de la doctora Guisante y la conversación de los doctores.

Además de la pomada con que se había adormecido la zona, me inyectaron un anestésico cuyo pinchazo me escoció un poco y me recordó a mis visitas al dentista. “Es que es el mismo producto”, puntualizó la doctora Guisante. Empecé a notar esa parte de mi cuerpo tan insensible como el corcho. Me recordó a la extraña impresión en las piernas, como si no formaran parte de ti, que te queda cuando te inyectan la epidural –¡oh maravilloso invento!-.

Una vez que estaba todo requetedormido, la doctora Sánchez empezó a aplicarme el fabuloso ácido hialurónico, cuyo efecto dura unos 12 meses porque el cuerpo lo va reabsorbiendo. ¿Qué es lo que pasa tras aplicar ese mágico invento en los más recónditos rincones intravulvares? Pues que la cavidad vaginal, en ese momento lisa, blanquecina y deshidratada, recupera el volumen, la rugosidad y el tono sonrosado que la habían caracterizado siempre. Hasta el maldito climaterio.

Mientras Eva Guisante y Susana Sánchez se ocupaban de mí, se dejó oír una voz masculina: “¿Y este tratamiento no puede hacerse sin anestesia?”. La doctora Guisante le respondió tajante: “Sí, claro, aunque la paciente se sentiría muy molesta. Soy más partidaria de facilitar al máximo la comodidad y el confort”. Y entonces pensé que qué le parecería a él que le perforaran con finas agujas el glande, así, a pelo. Y me reafirmé, una vez más, en la sabia decisión de haber escogido una ginecóloga y no un ginecólogo.

Cuando finalizó el tratamiento gentileza de Isdin, Susana apartó una de las sábanas para acercarse a darme un abrazo. “Te espero en la consulta dentro de un mes, ¡tienes que contarnos cómo ha ido!”

Hoy puedo decir que, una semana después de su aplicación -había que esperar un mínimo de siete días para comprobar su eficacia-, el tratamiento de Isdin superó todas mis expectativas. Sin dolor, sin molestias, sin incomodidades. Con una lozanía juvenil especialmente vivificante gracias al feliz redescubrimiento: hacía demasiado que no disfrutaba plenamente de mi sexualidad. Así que, una vez más, gracias, Susana: no solo trajiste al mundo a las dos niñas de mis ojos, también me has devuelto el arrebatador placer de mi feminidad.

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La familia nepalesa de Samjhana

Samjhana ingresó en un orfanato tras el fallecimiento de su madre biológica. Shiva, su padre, a diferencia de otros progenitores nepaleses, que se desentienden de su descendencia en cuanto atraviesan el umbral de ese asilo provisional, acudía a visitarla periódicamente. La amaba –cómo no querer a esa niña-cascabel, compañera de juegos de mi cachorro Mariola-, pero no podía hacerse cargo de ella. Cuando Marta la adoptó quiso mantener los vínculos con la primera familia de su hija, hasta tal punto que este verano tenían previsto viajar a Nepal para disfrutar allí de sus vacaciones estivales. Ya habían comprado sus billetes de avión cuando el suelo se abrió en el corazón del Himalaya.

TerremotoNepalTodos conocemos los estragos que causó el terremoto que asoló el pequeño y montañoso país el pasado 25 de abril. El número de víctimas. La arrasadora destrucción. Las terribles consecuencias de la devastadora catástrofe que se cirnió sobre quienes pasaron de tener una vida ya de por sí azarosa y difícil a la nada más absoluta. No obstante, nuestra estupefacción y nuestro pesar no son comparables con el profundo dolor que sufren Samjhana y Marta: sus seres queridos han perdido sus hogares y lo poco que tenían y Rajan, el tío más joven de Samjhana, también la vida. Saben de primera mano que la alimentación y el agua potable escasean. Y que el riesgo de epidemias es ahora, junto con los incesantes temblores de tierra, la peor de las amenazas.

Además de hacer aportaciones a las oenegés que están colaborando con los nepaleses, también podemos contribuir a que Marta y Samjhana apoyen a sus familiares comprando alguno de los collares Besari que ellas elaboran artesanalmente, y cuyos beneficios de venta destinarán, íntegramente, a ayudarles. Os animo a hacerlo a través de su web, http://darimdrm.blogspot.com.es/. Si estáis en Barcelona este mes de mayo, también podéis encontrar a Besari per Nepal el sábado 16 en la Plaça Nicolás Salmerón -Gran de Gràcia con Jardinets de Gràcia- y el sábado 23 en la tienda Lola, Muntaner 530 bis. Con lo recogido el pasado sábado ya hay suficiente para iniciar la construcción de una nueva casa familiar en Archale.

Gracias a todos y a todas.