Villeneuve-lès-Avignon

Avignon

Tuvimos la mala fortuna de llegar demasiado tarde a Villeneuve-lès-Avignon, bella población desde la que se disfrutan unas hermosas vistas de Avignon desde el otro lado del Ródano. Tan tarde era para los lugareños (las cinco, la hora en la que empiezan a pasar cosas interesantes al sur de los Pirineos) que no pudimos visitar La Chartreuse, la emblemática cartuja en la que vivían los cardenales (los muy listillos preferían mantenerse a salvo de las impredecibles crecidas del Ródano).

– Pero pueden ustedes regresar mañana.

– Me temo que no, hoy es nuestro último día aquí, tenemos que volver a Barcelona.

– ¡Qué suerte! –me dijo en castellano la encantadora señora que atendía el mostrador.

Sin embargo, sí que pudimos callejear un poco (Villeneuve-lès-Avignon se ve enseguida, es una población muy chiquitita) y comprar pains au chocolat rellenos de Nutella para la merienda de nuestras hijas.

Anuncios

Saint-Rémy-de-Provence

Saint-RémNiñas_saltandoy-de-Provence es un pueblecito encantador cuyo centro histórico, surcado por serpenteantes callejuelas peatonales, alberga preciosas tiendecitas y boutiques maravillosas, buena parte de ellas con objetos tan exquisitos como inasequibles para nuestros bolsillos. Ahora bien, el comercio de proximidad de St Rémy permite disfrutar de fresas que saben a fresa (nada que ver con los fresones porexpánticos que abundan en grandes superficies), tiernos brotes para preparar sabrosas ensaladas y delicioso queso fresco, ingredientes que nos ayudaron a improvisar el restaurante en casa.

En vacaciones intentamos comer bien sin cocinar mucho. Una de las cosas que más nos gustan del país galo (quizás por eso lo visitamos con tanta asiduidad) es la facilidad para hacer provisión de productos frescos y especialidades típicas para nuestros desayunos y cenas. En cuanto al almuerzo, cuando las niñas eran más pequeñas siempre había un estupendo menu enfant para ellas y un plat du jour para nosotros. Ahora todos tomamos el plat du jour y pedimos une carafe d’eau (una jarra con agua del grifo, os la servirán en todas partes) y, a veces, un pichet de vin rouge (una jarrita de vino tinto de la casa). El vino embotellado lo reservamos para cuando estamos en casa, a los restaurantes franceses los fríen a impuestos con las bebidas y el vino un poco decente suele ser prohibitivo.

 

Parc naturel régional de Camargue

Marismas

Hermoso lugar donde se alternan los campos de arroz, las marismas y las llanuras por las que pastan, libremente, los caballos y los toros camargueses. Tuvimos la suerte de hacer una pausa para almorzar en un agradable merendero, Mas Saint Bertrand (http://www.mas-saint-bertrand.com), regentado por un matrimonio encantador que aún recordaba, con memoria fotográfica, su luna de miel en Peñíscola, 50 años atrás. Nos facilitaron información y disfrutamos de un paréntesis muy agradable en su soleado jardín.

Nuestra recomendación para visitar la Camarga es que os acerquéis hasta la cuna del imperio Solvay, Salin-de-Giraud, y aprovechéis para ver las salinas antes de tomar la D36c para bordear el Étang du Vaccarès. La siguiente parada podéis hacerla en los aledaños de la Digue à la mer: tras aparcar el coche se puede llegar paseando hasta el Phare de la Gacholle por un camino completamente llano que atraviesa las marismas. De vuelta a vuestro vehículo, rodeáis el estanque y vais parando a discreción para disfrutar de las vistas cuando os apetezca. Desde Pioch-Badet se toma la Route de Cacharel, que atraviesa un hermoso paisaje en el que se pueden avistar flamencos y otras aves autóctonas y lleva hasta Les Saintes-Maries-de-la-Mer, población costera tipo Lloret o Calella de la Costa (lo advertimos por si, como a nosotros, os horripila ese tipo de lugar: podéis obviar la visita).
Flamencos

Montpellier

Aunque la capital de la región de Languedoc-Roussillon pertenece al departamento de Hérault, la incluimos en nuestro periplo por la Provenza porque, regresando hacia Barcelona, pernoctamos allí por complacer a nuestras hijas. Durante los trayectos de ida y vuelta de nuestros viajes a Francia solemos hacer un alto en el camino en algún Novotel: por internet se encuentran buenas ofertas y la política familiar nos facilita mucho las cosas (nuestras hijas duermen y desayunan sin incrementar el precio de los dos adultos de la casa). Pues bien, en esta ocasión, que no íbamos tan lejos como para necesitar una etapa a mitad de camino, Ángela y Mariola reclamaron su tradicional noche en un Novotel, les encanta que durmamos todos en la misma habitación y, sobre todo, poder escoger a su antojo en el bufé de desayuno. En fin…

Montpellier recuerda al célebre verso de J.V.Foix, “m’exalta el nou i m’enamora el vell” (me exalta lo nuevo y me enamora lo viejo). Su ayuntamiento futurista y las galácticas avenidas de la parte nueva de la capital contrastan con las calles peatonales del núcleo antiguo, a las que se accede, en agradable paseo, desde la bulliciosa Place de la Comédie. El pintoresco circuito de los Ateliers de St Roch comprende algunos interesantísimos talleres y boutiques entre el Boulevard du Jeu de Paume, la Grand Rue Jean Moulin, la Place Jean Jaurès y la Rue Saint Guilhem.

Llegando a la pequeña iglesia de St Roch nos topamos, por casualidad, con un restaurante encantador, pintoresco y muy francés, Le Bouchon Saint Roch, donde se come muy bien a un precio razonable aunque hay que esperar un buen rato para hacerlo: cuando nosotros fuimos estaba repleto de comensales y para atenderlos improvisaban nuevas mesas en los lugares más insospechados.

Cerca de allí hay una cafetería especialmente pensada para familias con peques que todavía van en cochecito, Chez Ninou! le café des bebés, con espacio aparcacochecitos, una zona para que los adultos se puedan tomar algo y conversar tranquilamente y otra perfectamente habilitada con cojines, juguetes y mobiliario a pequeña escala para que los bebés jueguen felices, ¡qué gran idea!

l’Isle-sur-la-Sorgue

El Sorgue, el río que nace en Fontaine-de-Vaucluse, se deshilacha en encantadores canales a su paso por l’Isle-sur-la-Sorgue, que lo mismo se deslizan entre las callejuelas y reflejan las eclécticas tiendecitas de los anticuarios, que hacen girar las antiguas norias que atestiguan el esplendoroso pasado de esta bonita población como centro productor de lana. Cuando estuvimos allí, aunque había algunas casetas repletas de viejos tesoros orillando la Sorgue -una especie de avanzadilla de la popular feria de Pascua-, el clima lluvioso y frío las sumió en un desangelado estado de letargo y semiabandono. Nuestras hijas se quedaron con las ganas de dar de comer a los ánades del lugar, porque no llevábamos encima absolutamente nada –smints y goma de mascar no cuentan- que pudieran comer los pobres patos. Nota mental para todas las familias con niños que adoran los plumíferos animalillos: no salir jamás de paseo sin el pan del día anterior. Nunca se sabe cuándo puede asomar un pico de oro.

Gordes

Gordes

A pesar del chiste facilón que viene a la cabeza en cuanto se lee el nombrecillo en cuestión en catanyol (yo más bien lo considero una manera divertida de no olvidar el topónimo), Gordes se pronuncia gord en francés. Es una población bellísima que le ha crecido a una colina, tapizando sus laderas de hermosas casitas de piedra. Tuvimos la mala suerte de visitar Gordes un día tormentoso y gélido. Así y todo, la primera visión, desde el mirador estratégicamente ubicado para que piquemos todos los turistas de pro, simplemente corta la respiración. Nos hubiera encantado callejear un poco más, pero el viento hipohuracanado y la lluvia lateral nos hicieron desistir de tal idea. Un efecto colateral del clima hostil fue que tuvimos que refugiarnos en la coqueta cafetería-restaurante Aurore et Michel, donde sus dos simpáticas anfitrionas nos dieron todo tipo de recomendaciones e incluso nos escribieron una lista de pueblecitos cercanos que no podíamos dejar de visitar, a saber: Roussillon, Lacoste, Bonnieux y, un poco más lejos, l’Isle-sur-la-Sorgue y la Fontaine de Vaucluse. ¡Saludos para ambas desde aquí!

Avignon

Una ciudad encantadora que merece la pena recorrer sin prisa. La Place du Palais es verdaderamente imponente. Nosotros tuvimos la suerte de verla sin apenas turistas e impresiona en su inmensidad. De camino hacia allí curioseamos en una maravillosa tiendecita de productos locales, “Le comptoir de Mathilde” (http://www.lecomptoirdemathilde.com). Compramos una botella-molinillo de sal de Camarga con hierbas provenzales y algunas otras gourmandises irresistibles.

Mientras hacíamos cola para acceder al Palais des Papes, tuvimos el típico incidente con una pareja de gabachos que se colaron artísticamente, camuflados bajo su aspecto de seres inofensivos. Seguro que eran hermanos, tenían los mismos terroríficos ojos saltones. Aunque les indicamos que la cola empezaba más atrás, su mirada batracia nos traspasó como si fuésemos transparentes y, en cuanto abrieron una nueva taquilla (cuyo cartel especificaba que era solo para grupos… o parejas de franceses, que lo mismo le daba al funcionario de turno), corretearon a por sus entradas con sus patitas hipotróficas y luego nos arrojaron una mirada triunfante, pequeño consuelo a toda una vida viéndolo todo a través de sus ojos de sapo (¿será porque Avignon fue, tiempos atrás, una especie de ciénaga de proporciones colosales?).

Imagen

A pesar de lo que cuenta la célebre canción, sobre Le Pont d’Avignon no se baila. Es más, ni siquiera se atraviesa el Ródano. Parece que está en marcha un proyecto para recrear un paseo virtual por el famoso puente en 3D. En teoría este espectáculo supercalifragilísticoespialidoso iba a inaugurarse en 2013, pero cuando nosotros lo visitamos solo proyectaban un documental explicando la fantasticulosa idea. Démosles un margen, aún le quedan unos cuantos meses a este año. En cualquier caso, es de agradecer que proporcionen a cada visitante, sin cobrarle más por ello, una práctica audioguía en el idioma de su elección, así fue más fácil que nuestra descendencia protoadolescente se interesara por la historia del famoso puente de Saint-Bénezet.

Imagen