Île d’Oléron

La mayor isla francesa del Atlántico queda a unos 20 minutos en coche del puerto de La Cayenne. A la derecha del puente que conecta el continente con Île d’Oléron, un pontón reverdecido y desvencijado se adentra en el mar, cual lengua de decrépito hormigón, para interrumpirse abruptamente, como si un coloso le hubiera descuajado un pedazo de un zarpazo. Más allá, como una herradura gigante varada eternamente frente a la costa de Bourcefranc-Le Chapus, se divisa Fort Louvois, la fortificación marítima del siglo XVII que proyectara Vauban con un curioso diseño en forma de suela equina, que se aprecia mejor con la marea baja.

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Fort Louvois lleva el nombre del secretario de defensa de Luis XIV, el marqués de Louvois, quien decidió reforzar la protección que se proporcionaba desde la ciudadela de Oléron al arsenal marítimo de Rochefort con un bastión de apoyo para el fuego cruzado. Para visitarlo –solo se abre al público en temporada alta, que empieza mañana- hay que tener en cuenta los horarios de las mareas, ya que su única vía de acceso terrestre permanece sumergida mientras la marea está alta.

Trabada al continente por el primer puente que unió a Francia con alguna de sus islas, Île d’Oléron es tan parecida a los alrededores de Marennes que casi se pierde la noción de estar abrazados por el océano: en el abigarrado paisaje insular de camino a Le Château-d’Oléron –tal es el nombre de la capital histórica de la isla- se suceden salinas, marismas de ostricultura y toscas casitas de pescador pintadas de colores brillantes, al estilo de las que abundan en la tupida red de canales que drenan el estuario del río Seudre.

La paradoja de Le Château-d’Oléron, que debe su nombre a la antigua fortaleza de los duques de Aquitania, es que ya no cuenta con tal edificación desde el siglo XVII: Vauban decidió arrasar tanto el castillo como el burgo medieval que se acogollaba a su alrededor –callejuelas, casas y edificios públicos y regiosos- para construir la ciudadela militar. Los crímenes arquitectónicos vienen de antiguo.

Hoy la capital económica de la isla es Saint-Pierre-d’Oléron, una bonita población cuyo ayuntamiento reside en una sencilla casona de dos plantas que bien pudiera acoger un albergue o un hostal. Cerca de esa muestra de arquitectura popular que es el Hôtel de Ville, un poco escondido en la misma place Gambetta, se ubica el diminuto Musée de l’Île d’Oléron, en cuya planta principal se invita a conocer un poco mejor la historia y las tradiciones de la isla, mientras que en su planta superior se exhiben exposiciones temporales. Gracias a esta visita hemos tenido conocimiento de los Rôles d’Oléron, una recopilación de documentos judiciales, creada en el siglo XII a petición de Leonor de Aquitania, que constituye el primer código marítimo europeo del que se tiene constancia. En los Rôles d’Oléron se tipifica, entre otras cuestiones, que el capitán de un navío debe mediar en las disputas de la tripulación y fomentar su cohesión, o que, en caso de naufragio, en lugar de ejecutar a los supervivientes para apropiarse de sus pertenencias, es necesario socorrerlos. A algún ministro que yo me sé le irían bien como lectura.

Callejeando por Saint-Pierre-d’Oléron, además de descubrir preciosas tiendecitas y pequeños restaurantes donde saborear cosas ricas, puedes toparte con la curiosa Lanterne des Morts, una esbelta torre que hace las veces de farola y que, por lo general, se ubica en los cementerios y se eleva 6 metros sobre el suelo. No obstante, la de Saint-Pierre-d’Oléron, que data del siglo XIII, triplica la talla normal y es la más elevada de Francia. Cuando no era un mero elemento ornamental y se utilizaba, la luz ardiente de la linterna evocaba las tinieblas, mientras que la cruz, colocada en el vértice del pináculo -en la foto, un pajarraco descreído la utiliza como pedestal-, representaba la redención divina.

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El microclima mediterráneo que comparte Île d’Oléron con la vecina Île de Ré -en parte por el mar interior que encierran ambas islas, pero también gracias a la corriente del golfo, que atempera las aguas atlánticas- facilita una vegetación meridional en la que florecen naranjos, higueras, mimosas e incluso algún olivo. No obstante, hoy nos ha compañado un lluvioso clima oceánico que le iba muy bien a la belleza salvaje de la costa norte de la isla. En su extremo más alejado, el Phare de Chassiron facilita la entrada de los barcos por el estrecho de Antioche, el brazo de mar entre las islas de Ré y Oléron. Su historia corre pareja al de su homólogo de Île de Ré.

El primer Phar des Baleines, en Île de Ré, y el de Chassiron, en Île d’Oléron, se construyen por orden de Colbert como avispada avanzadilla para proteger el flamante puerto de Rochefort. Siglo y medio después, aquel primer faro, de 29 metros de altura, le queda pequeño a la lente ideada por Fresnel y, tras valorar su remodelación, la Commission des Phares estima que “la construcción de una nueva torre le parece más favorable que la restauración de la antigua” a causa de su avanzado estado de degradación y su excesiva proximidad al mar. De modo que, de 1834 a 1836, se levanta un nuevo faro de 43 metros de altura a tan solo 100 metros de distancia del viejo, que es demolido sin demasiadas contemplaciones.

Cuando se inaugura, el nuevo y fantasticuloso Phar de Chassiron es visible a 7 leguas -hoy sus ocho haces luminosos se aperciben a 28 millas de distancia-. En 1926 se pintan sobre su fachada circular tres anchas bandas negras, en parte para mejorar su visibilidad con mal tiempo, pero también para evitar confusiones con el Phar des Baleines.

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La visita al Phare de Chassiron es más que recomendable, no solo por la panorámica de la que se disfruta tras ascender sus 224 escalones, sino también por su logrado recorrido museístico automatizado en dos vueltas.

La primera teatralización, con actores que atronan desde los altavoces mientras las puertas y ventanas se abren y se cierran solas, ayuda a comprender mejor qué papel desempeñaban los faros cuando las tempestades desataban tragedias y sacudían buques como sábanas al viento.

El segundo periplo, que combina material expositivo y audiovisuales de tipo documental, detalla las estrategias desarrolladas por los lugareños para sobrellevar las particulares condiciones de la isla, desde cultivar hortalizas resistentes al viento salado, hasta suplir la falta de abono animal con algas. O, lo más fascinante, aprovechar las mareas para atrapar a los peces a través de largos muros de piedra creados por puro encaje, sin mortero, des écluses à poissons -en Île d’Oléron tan solo restan 14-, un método de pesca tradicional que perdura desde la Edad Media, aunque sus orígenes se remontan a la época galo-romana.

Mientras regresábamos por la carretera que orilla el litoral desde el faro, unos extravagantes árboles en crecimiento oblicuo nos han mostrado que, antes que plantarle cara a la tormenta en un quebrar de leños, conviene usar la ventisca a tu favor para crear un nuevo movimiento, hermoso por lo inesperado. Con la feroz belleza de lo que no es impostado, sino genuino y verdadero.

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La Rochelle, belle et rebelle

En el latín vulgar del año 1000, el término rochella se refería a un islote rocoso que albergaba un puerto pesquero y saladero. Personalmente, sospecho que tal palabro también tenía algo que ver con las gentes que poblaban aquel predio: desde siempre, los habitantes de La Rochelle han desafiado a sus convecinos y han mostrado un temperamento que hace honor a su pétreo gentilicio.

En la Edad Media los rocheleses quisieron ser ingleses –aunque solo a ratos, porque eran muy suyos- y sufrieron sucesivos asedios por ello. Ya en el siglo XVI, su laicismo extemporáneo y su afición al pensamiento crítico les llevó a abrazar el protestantismo y a autoproclamarse república hugonote, lo que les llevó a más guerras y destrucción -cosas del absolutismo, que no simpatiza con los disidentes-. No obstante, luego se resarcieron con la trata de esclavos: se aficionaron al comercio con América y gracias a ello obtuvieron pingües beneficios. De 1940 a 1945, como buenos partidarios del régimen de Vichy, colaboraron con los nazis y su puerto se convirtió en la base de los submarinos alemanes –La Rochelle fue la última ciudad francesa liberada-. Ahí parece que la rebeldía se la guardaron para una próxima ocasión. En fin.

Esta mañana hemos estacionado nuestro coche en los aledaños de la place de Verdun, desde donde se accede en agradable caminata a las calles peatonales del centro histórico de la ciudad. Sin embargo, nosotros hemos recalado allí porque queríamos tomar algo en el magnífico –y carísimo- Café de la Paix, que preserva su decoración y estilo centenarios y luce una encantadora decrepitud.

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Desde la rue Chaudrier hemos girado hacia la derecha para callejear por la rue du Minage, bajo cuyos pórticos se ubican exquisitas boutiques de mobiliario y objetos de diseño. Casi sin darnos cuenta hemos alcanzado los bulliciosos aledaños del Marché Couvert: hoy era día de mercado y las paradas de productos frescos embriagaban con sus coloridas propuestas. Fresas de intenso perfume, naranjas sanguinas, jugosos tomates, lechugas de un verde hipnótico. Sabrosas aceitunas aliñadas con especias y rellenas de ajo, de almendras, de pimiento. Enormes panes de recia miga que se vendían a peso. Apetitosos quesos de cabra, de oveja, de vaca. Y, por supuesto, pescado reluciente, de carnes prietas, fresquísimo. Un festín para los sentidos.

Después de curiosear entre centollos, melones y apionabos, hemos regresado a la place de Verdun por la rue Gargoulleau –en el número 28 se asoma el Musée des Beaux-Arts- para tomar de nuevo la rue Chaudrier, esta vez hacia la izquierda, y pasear lánguidamente hasta La Grosse Horloge, la puerta fortificada por la que se accede al quai Duperré del Vieux Port.

Y entonces, nada más atravesarla, el descubrimiento: dos de las tres emblemáticas torres de La Rochelle se alzaban, espléndidas, ante nuestros ojos, y un poco más allá se adivinaba el pináculo de la tercera. A la izquierda, la Tour Saint-Nicolas, que fue levantada en 1372, cuando los rocheleses decidieron echar a los ingleses de su ciudad y fortificaron el puerto para defenderlo. A la derecha, la Tour de la Chaîne, que se construyó a finales del siglo XIV en el emplazamiento que albergaba otra torre anterior, flanqueando la bocana del puerto desde la orilla contraria a la Tour Saint-Nicolas. Y todavía más a la derecha, al otro extremo del camino de ronda que corona la cortina del frente marítimo, se alzaba la Tour de la Lanterne, construida en el siglo XIII y mejorada con una linterna en el siglo XV para guiar a los navíos hacia el puerto.

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En el quai Valin, inopinadamente, nos hemos topado con un faro emergiendo de entre las edificaciones, cual jirafa alargando su cuello para mordisquear unas hojas de acacia. Fue erigido en 1852 para que los marinos no se confundieran con las luces de la ciudad. A su lado, la pequeña y humilde Porte des Canards perdura desde que, hace cuatro o cinco siglos, alguien decidió abrirle un boquete a la antigua muralla por un quítame allá esas piedras.

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El Vieux Port lucía hoy sereno y prácticamente solitario, apenas algunos turistas tostándose en las terrazas. El cielo limpio y brillante animaba a vagar con placentera indolencia y a regalarse la vista con las embarcaciones arracimadas junto a los muelles, las fachadas delicadamente decadentes y las arboledas todavía desnudas. En los rincones más resguardados, estudiantes descalzos y arremangados se entregaban a un pintoresco ritual coletivo de fotosíntesis. Risas, complicidades y cuchicheos adolescentes.

La Rochelle es extrañamente hermosa, señorial y burbujeante a un tiempo.

Marennes

Un frente laboral asilvestrado ha pulverizado hoy nuestras posibilidades de asueto. No tiene mayor importancia, son cosas de la vida mercenaria. Afortunadamente nos hemos refugiado en un rincón de Charentes-Maritime donde se está la mar de bien sin tener que recorrer largas distancias. A falta de tiempo para ir más lejos, siempre nos quedará Marennes.

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El topónimo Marennes deriva del término latín Terra maritimensis, ya que, después de ser isla, fue una península prácticamente sitiada por el océano: a un lado, el golfo de Brouage, al otro, el de Seudre. Sus marismas, especialmente pródigas para las salinas y la cría de ostras desde la época de los romanos, son el fruto de miles de años de depósito de sedimentos.

Marennes es una pequeña y apacible localidad que se distingue desde la lontananza gracias al pináculo de su emblemático templo, la iglesia parroquial de Saint-Pierre-de-Salles, levantada en el siglo XI y posteriormente reconstruida y modificada en numerosas ocasiones. De la primera edificación, de estilo gótico flamígero, solo perdura el imponente campanario de 83 metros de altura, que en el pasado también hacía las veces de faro y señalaba la entrada del río Sedre. Hoy es un mirador excepcional para contemplar unas vistas panorámicas sobrecogedoras de los alrededores.

No muy lejos de Marennes, en mitad de la campiña ganada al mar, se divisa el recinto amurallado de Brouage. Cuesta imaginar que lo que hoy son verdes campos de pasto y cultivo fueron, en una época no tan pretérita, un puerto perfectamente resguardado por las mareas, con suficiente profundidad como para albergar a hasta 200 buques comerciales: los navíos echaban el ancla y sus tripulantes se desplazaban en gabarras por los canales.

Efectivamente, el municipio de Hiers-Brouage era un archipiélago ubicado en mitad del antiguo golfo de Santons, y cada isla tenía su propio puerto de sal. En 1555 Jacques de Pons fundó Jacopolis sur Brouage, fusionando su propio nombre con una derivación de Broatga y Broadgia –país de los lodos-. Gracias a su clara vocación mercantil, pronto se convirtió en el primer centro exportador de sal de Europa y, posteriormente, en el polvorín de la armada francesa: era allí donde se aprovisionaban las fragatas que zarpaban rumbo a Terranova. En una de ellas viajaba el geógrafo real Samuel de Champlain, que nació en Brouage y fundó la ciudad de Québec, por lo que es considerado como el padre de la Nueva Francia. Por lo menos en Brouage.

Hoy Brouage es una simpática aldehuela que rememora con cierta nostalgia su esplendoroso pasado, en plan vedette venida a menos, a través de un agradable recorrido perimetral intramuros, en el que se pueden curiosear el Polvorín de Saint-Luc, las antiguas letrinas, que evacuaban justo en la fosa que rodeaba el baluarte, o la Porte Royale y su rampa lateral, que conduce al camino de ronda. Por las escalerillas de esa rampa ascendía a llorar su malquerencia Marie Mancini, sobrina del cardenal Mazarino y amante despechada de un jovencísimo Luis XIV –que se excusó con el típico rollo de que él no podía escoger con quien casarse y tal y tal-.

La jornada no ha dado para más incursiones turísticas. Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, pienso en lo a gusto que estamos aquí, aun teletrabajando. Y me viene a la cabeza la banda sonora de estas vacaciones.

 

De roche en roche

Hoy, lunes laborable de teletrabajo, hemos podido combinar el freelanceo con el placer. Monique, nuestra pizpireta y simpática anfitriona, ha aparecido de buena mañana con dos docenas de ostras frescas Marennes Oléron y una botella de Blanc Colombard de los Vignobles Bertrand, “cuyo frescor característico y ligeramente yodado” –según indica la etiqueta- marida especialmente bien con el preciado bivalvo. De modo que hemos salido de casa la mar de felices, con nuestro tesoro aguardándonos en la nevera.

Cuando hemos llegado al Château de La Roche Courbon -que se levanta sobre un macizo rocoso, de ahí su nombre- hemos comprobado, admirados, que éramos los únicos visitantes. Hemos paseado en solitario por los espléndidos jardines hasta la hora convenida para el recorrido guiado por las dependencias del castillo. Y entonces, ¡oh, sorpresa!, hemos podido comprobar que Carole –tal era el nombre de nuestra cicerone- sabía expresarse en un más que correcto castellano, así que todos hemos podido escuchar cómodamente las interesantes explicaciones.

18.Castillo_jardines.jpgLa historia del castillo se remonta a la época de Leonor de Aquitania, que en 1152 se casa con Enrique de Plantagenêt, ocho semanas después de que fuera anulado su matrimonio con el rey de Francia, Luis VII. Al añadir matrimonialmente Aquitania al reino de Inglaterra se inician 300 años de destrucción, exterminio y pillaje, tras los cuales la antigua fortificación medieval de La Roche queda, lógicamente, arrasada. En 1475, siendo señor del dominio Jehan II de Latour, se levanta un nuevo castillo, o más bien fortín: después de tres siglos de guerras, cualquier precaución era poca. Por un culebrón de peripecias familiares derivadas del férreo patriarcado –ser mujer en según qué épocas era todavía peor que ahora-, en 1575 la propiedad pasa a manos de Jacques de Courbon, que desde entonces apellida el conjunto arquitectónico.

Tras reformas, ampliaciones y mejoras varias, en 1817 la última heredera Courbon, arruinada, vende la finca a dos productores de aguardiente que solo están interesados en el dominio forestal –necesitaban carbón vegetal para su industria- y cierran el castillo a cal y canto hasta que, gracias a la campaña emprendida por el célebre escritor Pierre Loti, que de niño veraneaba por los alrededores, Paul Chénereau lo compra en 1920 y descubre, intactos, los tesoros arquitectónicos y ebanísticos que hoy podemos apreciar. El Château de la Roche Courbon es ahora la vivienda de la nieta de Paul Chénereau, que invierte unos 600.000 euros al año para mantenerlo. De modo que, para sufragar los tremendos gastos, invita a recorrer su humilde morada y celebra en ella eventos variados.

Como curiosidad: el jardín a la francesa, al estar construido sobre unos terrenos pantanosos, de tanto en tanto desaparecía parcialmente, engullido por las aguas subterráneas, hasta que se construyó una plataforma de madera para sostenerlo, a la manera del Puente de Rialto de Venecia, cuyos 12.000 pilares de madera permanecen intactos tras más de cuatro siglos bajo las aguas porque, al no haber estado nunca expuestos al aire, no han contraído ninguna bacteria. Qué requetelistos, los arquitectos del Cinquecento.

Tras la edificante visita al castillo encaramado al roquedal, nos hemos dirigido a la ciudad que Luis XIV ordenó levantar sobre una fortaleza medieval arrasada: Rochefort. El longevo monarca quería contar con unos astilleros para fomentar la navegación atlántica y el comercio con América -ah, la grandeur!-. Por eso tanto Monique como cualquier publicidad referida a esta población, insisten en que no pueden dejar de visitarse la Corderie Royale –el edificio es simplemente apabullante y se extiende a lo largo de 374 metros- y el Hermione, la Fregate de la liberté, una réplica del navío de guerra que permitió a La Fayette unirse a los insurgentes durante la Guerra de la Independencia americana.

Pues no. La gloria naval de Francia nos la trae al pairo. Así que nos hemos acercado al maravilloso Musée des Commerces d’Autrefois. Es un edificio que exhibe una arrebatadora colección de objetos cotidianos de hace 100 años, primorosamente clasificados por áreas temáticas. Ayuda a teletransportarse a otra época y a otra manera de entender el mundo, y nos ha causado una honda impresión.

La visita empieza en el sótano del inmueble, en un aula infantil de aire vintage. La señora que se ocupaba del museo –también hemos estado solos en esta visita- nos ha invitado a tomar nuestras propias notas, untando un portaplumas en el tintero del pupitre. Qué esfuerzo sobrehumano escribir con semejante artilugio, y cuánto mérito hemos sabido apreciar luego en los cuadernillos de perfecta caligrafía que se exhibían allí. Ha sido aleccionador leer, a grandes rasgos, el origen del sistema educativo público francés, cuyo germen se gestó durante la Revolución Francesa pero no se acabó de implantar hasta un siglo después, con el advenimiento de la Tercera República y la promulgación de las llamadas leyes Jules Ferry, en honor a su promotor.

Para abandonar la escuela y proseguir el recorrido museístico se atraviesa la zona dedicada al Pineau des Charentes. En ese espacio vitivinícola se explica, de manera muy didáctica, que el vino más emblemático del departamento de Charentes-Maritime se obtiene a partir de una fascinante mezcla de zumo de uva y cognac. Magnifique!

23.MuseoBistrot.jpgLuego, ya en la planta principal, se atraviesa un adorable bistrot, un garaje, una farmacia, una deliciosa sombrerería y una tintorería al completo: los utensilios y herramientas que allí se exhiben forman parte de una cesión de un tintorero de la zona que lo utilizaba absolutamente todo hasta que lo donó al museo.

En el primer piso se reproducen una tienda de ultramarinos, otra de grano y productos agrícolas, una tercera de café, una barbería, una carnicería y una panadería-pastelería, con su correspondiente salón de té. Ya en el segundo piso, el viaje al pasado continúa con un estudio de fotografía, un cuarto de plancha, una ferretería, un taller de artesano zapatero y otro de forja –cuánto me he acordado de mi abuelo- y un encantador quiosco de periódicos. Es un museo cautivador.

Esta noche, abriendo las ostras que tan amablemente nos ha regalado Monique, nos hemos acordado de las herramientas que habíamos visto unas horas antes: quizás sobre el yunque del taller de forja y con la ayuda de algún cuchillo carnicero hubiéramos abierto mejor los ariscos moluscos, aunque lo cierto es que luego nos han sabido requetebién, tal vez por el tremendo esfuerzo invertido en desencajar sus firmes conchas. Qué deliciosas bocanadas de océano son las ostras.

Île de Ré

Qué añorado placer empezar la jornada con unas tostadas de pan, calentitas y acabadas de hacer, untadas con nuestras queridas rillettes de poulet. J’adore! Recién levantados, la calefacción radial de nuestro alojamiento invitaba a pasear descalzos por casa y a saborear los primeros minutos del día con perezoso regocijo.

Las subidas y bajadas de la marea son fenómenos que, a gentes mediterráneas como nosotros, nunca deja de admirarnos. Esta mañana plúmbea y encapotada, de camino a la Île de Ré, las barcazas embarradas en el lodo de los canales desnudos dibujaban un fantasmagórico paisaje lunar.

A la Île de Ré se accede, o bien por mar, o bien atravesando en automóvil el Pont de Ré, para lo que es necesario abonar un peaje de 8 euros en temporada baja, 16 a partir del próximo fin de semana. También se pueden recorrer sus 3 kilómetros en bicicleta o paseando.

Lo que hoy se conoce como Île de Ré fue en otro tiempo un archipiélago con cuatro islotes, Les Portes, Ré, Loix y Ars-Saint Clément. No obstante, la naturaleza, voluble y caprichosa, se encargó de aglutinarlos a todos en una misma ínsula. La islilla es un pequeño reducto de mediterraneidad que emerge de entre las aguas del Atlántico frente a la costa de La Rochelle. Por su superficie –unos 85 km cuadrados de extensión- se dispersan, como coquetas sirenas de escamas carmesí, blancas casitas con tejados a dos aguas, rodeadas de plácidos viñedos, reverberantes salinas y reminiscencias provenzales de pino y romero. Buena parte de su encanto radica en que ha sabido preservar su esencia a pesar de las hordas de turistas que la asolan cada verano. O quizás también gracias a ellos: los precios en temporada alta -y no tan alta- son desorbitados.

Île de Ré se recorre con facilidad a través de una carretera perimetral que atraviesa sus pintoresas poblaciones. Si se decide tomar el camino a la derecha según se deja atrás Rivedoux-Plage, merece la pena detenerse en La Flotte, pasear por los muelles de su puerto diminuto y asomarse a su mercado cubierto de inspiración medieval.

12.Burros_peludos.jpgMás adelante se alza la localidad más señorial de la isla, Saint-Martin-de-Ré, inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO –ahora que lo pienso, quizás la monumental estupidez humana también debería figurar allí-. Nos han dado la bienvenida unos rucios de la peluda raza autóctona, improbables descendientes del burro Platero y el wookiee Chewbacca.

El perímetro fortificado de Saint-Martin-de-Ré es obra del ingeniero militar Sébastien Le Prestre, Marqués de Vauban, el mismo que edificó las murallas de Mont-Louis y Villefranche de Conflent, en la Cerdanya francesa. En todas sus construcciones su técnica es siempre la misma: adaptar cada ciudadela a la particular orografía y desarrollar un proyecto defensivo imbatible. Vauban se convierte, en meteórica carrera, en la estrella arquitectónica belicosa de Luis XIV y se dedica no solo a diseñar fortalezas, sino también a mejorar las que le parecen frágiles. Todo un personaje, el señor Vauban.

De camino al Phare des Baleines desde Saint-Martin-de-Ré merece la pena hacer otra pausa en Ars-en-Ré, una pequeña aldea que invita al paseo por sus zigzagueantes callejuelas y en cuya iglesia se congregaba hoy una pequeña multitud de lugareños para escuchar misa. Aunque el templo en sí carecía de interés –lo hemos visitado a petición de Mariola, que nos ha salido un poco mística-, escuchar salmos y cánticos en francés ha sido una experiencia atómica.

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En el último extremo de la isla, oteando el horizonte desde su ojo ciclópeo, el Phare des Baleines es lo que se denomina un faro de aterrizaje, porque facilita el acceso de las embarcaciones al puerto de La Rochelle. O sea, como una torre de control, pero en versión Fresnel. Lo explica muy graciosamente uno de los vídeos que se proyectan en la vieja torre de vigía. Porque, en realidad, el Phare des Baleines son dos: la torrecilla levantada en 1682 por orden de Jean-Baptiste Colbert y bajo las directrices de Vauban con el objetivo de defender el puerto militar de Rochefort -el mismo que hoy alberga un simpático museo destinado al público infantil, ¡si Vauban levantara la cabeza!-, y el faro de 57 metros –madremíaquéagujetas- erigido en 1849. El nombre les viene de las manadas de cetáceos que se acercaban por allí cuando aún no estaban en peligro de extinción y cuya grasa se utilizaba, entre otras cosas, para alimentar la luz de ambos faros.

Regresando por la carretera de circunvalación se llega, tras atravesar la apacible villa de La Couarde-Sur-Mer, a Sainte-Marie-de-Ré, la que quizás es la villa más prototípicamente francesa de cuantas tapizan la isla.

Hoy hemos almorzado los primeros moules-frites de nuestra estancia, en parte porque siendo domingo, y además en la carisísima Île de Ré, era la opción más económica para nuestro almuerzo familiar, pero sobre todo porque nos encantan estos sabrosos moluscos. Nos ha acabado de convencer un menú de cazuelita de mejillones más Pelfort Blonde muy tentador. Yo he optado por los mejillones al roquefort –soslayando mi colesterol hostil- y lo cierto es que estaban exquisitos, cocinados en su propio jugo, con un poco de cebolla tierna y el queso sin más –o sea, sin la pertinaz crema de leche de la que tanto se suele abusar en la cocina gala-.

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Ya de regreso a nuestro confortable hogar charentés, hemos disfrutado de una agradable caminata y hemos aprovechado para comprar en la tienda del Restaurant Le Cayenne algunos bulots ya cocidos –tiernos y en su punto- y una botella de Pineau des Charentes para el aperitivo previo a nuestra cena. Tal vez Île de Ré es más glamurosa y renombrada, pero no la cambiaríamos por nuestro rinconcito de Marennes por nada del mundo.

La Charente-Maritime

Este encantador departamento francés, que administrativamente forma parte de la nueva y flamante región de Aquitaine-Limousin-Poitou-Charentes, orilla la costa atlántica desde el estuario de la Gironda hasta la Reserva Natural de la bahía de Aiguillon. Toma su nombre del río Charente, que riega las poblaciones de Cognac, Saintes y Rochefort antes de desembocar en el océano frente a la isla de Oléron.

Hemos salido de Barcelona poco antes de las ocho de la mañana y, paradas de avituallamiento y pausa mediante, hemos alcanzado nuestro destino sobre las cuatro de la tarde. El cansancio del largo trayecto se ha volatilizado de repente al contemplar el arrebatador paisaje, con las coloridas cabañas de los ostricultores jalonando el último tramo del recorrido, y la apacible y soleada tarde que nos daba la bienvenida.

2.Atardecer ostril.jpgDurante una semana nos alojaremos en el apartamento de vacaciones de la Demeure du Port, una casona que en 1889 ya figuraba en los mapas de los puertos de Francia como puesto de aduanas. Se ubica al final de la carretera del puerto de La Cayenne, en Marennes, y está flanqueada por los canales de Marennes y de Lindron. Un poco más allá, el río Seudre, que desemboca en la Reserva Natural de Moëze-Oléron.

Monique, nuestra locuaz y encantadora anfitriona, nos ha detallado los incontournables de los alrededores sobre un mapa y nos ha recomendado el restaurante Le Buccin, que se ubica a escasos metros de nuestro hogar provisional -de hecho, lo vemos desde las ventanas de la cocina-. No obstante, hoy hemos preferido curiosear otro comedero que hemos visto de camino, a un corto paseo de casa, el Restaurant Le Cayenne, donde, mientras las adolescentes se conectaban a sus queridas redes sociales, los adultos de la familia nos hemos obsequiado con una gloriosa merendola, a saber: una bandeja de degustación para probar cuatro variedades de ostra, un pica-pica de salmón ahumado y rillettes de sardina y salmón, más una botella de un refrescante vino blanco afrutado de la vecina Île d’Oléron. Así, para empezar las vacaciones de Pascua con alegría.6.Ostras_ostras.jpg

Mañana, más, pero no sé si mejor, porque llegar a este remanso de paz y tranquilidad ha sido un auténtico regalo tras los trepidantes días de vorágine laboral de los que nos hemos escapado.