Amigo del alma

Mucho, demasiado tiempo había pasado desde la última vez que pude escuchar, en vivo y en directo, a ese conmovedor poeta de la guitarra flamenca llamado Vicente Amigo. En aquella lejana ocasión, también compartió conmigo la memorable velada mi amiga Iciar, a quien tengo que agradecer que hace un rato hayamos podido presenciar, una vez más, la actuación de ese músico singular en el Palau de la Música.

Sevillano de nacimiento y cordobés por devoción, me enamoró de él su primer álbum, “De mi corazón al aire”, toda una declaración de principios musicales: aquel jovencísimo Vicente Amigo demostró que se pueden tañer versos libres al son de una guitarra. Atesoré sus imprescindibles “Vivencias imaginadas”, “Poeta” y “Ciudad de las Ideas”, aunque reconozco que, a partir de ahí, se me engulló la maternidad. Inopinadamente, de un día para otro abandoné esa afición mía a escucharle. Así que el concierto de esta noche ha sido una segunda oportunidad para aquel Amigo del alma del que perdí la pista sin mediar motivo alguno.

Hoy se nos ha unido a la actividad festiva musical mi amiga Valery, que ha llegado desde Frankfurt hace unas horas. A última hora de la tarde nos hemos acercado las tres a tomar unas tapas a Casa Alfonso, un encantador establecimiento que no ha cambiado mobiliario ni decoración en 80 años. Desde allí nos hemos dirigido, en corto paseo, al precioso recinto modernista, sorteando la bulliciosa efervescencia popular del centro de mi ciudad.

Vicente Amigo hoy Vicente-Amigo-46-Voll-Damm-Festival-Internacional-de-Jazzha estado inmeso. Sublime. Arrebatador. Los años le han sentado muy bien, se ha crecido con el tiempo sin dejar de ser él. Durante dos horas que han pasado como un suspiro, ni se ha movido de la silla, que presidía el escenario, ni ha soltado su guitarra, con la que es capaz de susurrar, tararear, escabullirse, reír a borbotones y cosquillearte el ánimo. Ha empezado el recital solo, y luego se le han ido uniendo, en flamenca y cómplice sinfonía, Paquito González al cajón, Rafael de Utrera al quejío, y, a la guitarra, Antonio Fernández, su primo. Un poco después, gracias a la aportación de los escoceses Ewen Vernal al bajo y, sobre todo, John McCusker al violín, hemos presenciado la infrecuente fusión, en cálido abrazo instrumental, del flamenco y la música celta, que ha alcanzado su punto culminante en el último tema de la velada, ya en los bises.

He tenido el placer de disfrutar de músicas mediterráneas que se amalgaman con cierta facilidad para regalo de los oídos. O de sonidos andalusís que se cuelan con maestría en géneros genuinamente americanos. No obstante, nunca antes había escuchado flamenco celta. Pues tendré que hacerme con “Tierra”, que está producido por el teclista de Dire Straits, Guy Fletcher, y grabado en el estudio de Mark Knoplfer en Londres. Guitarra acústica, violín, percusión, flautas y gaitas, qué atrevida y fascinante combinación.

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Mariola

180441_1855392467981_6513627_nHaciendo gala de su característica impaciencia, Mariola llegó una semana antes de lo previsto, hoy hace exactamente 13 años. No obstante, hay que reconocer que su precipitación en abandonar el refugio amniótico fue bastante lógica: mi segundo embarazo incluyó cuidar de su hermana Ángela –un añito-, viajar a París con cierta frecuencia por motivos laborales –mi compañero Josep Maria la llamaba “bebé piloto”- y construir un nuevo nido en el hogar donde desde entonces vivimos los cuatro. Vamos, como para querer salir corriendo del agitado tentetieso que fue su madre durante las últimas semanas de gestación.

Me enamoré de Mariola en cuanto la vi. La miraba embelesada mientras manifestaba con vehemencia mi deseo de repetir la experiencia. “Te está sentando mal la medicación”, fue la respuesta de mi querido consorte, alucinado también, pero por otros motivos: “Venga a salir sangre, y tu ginecóloga y tú charlando, como si nada”. Amo la epidural.

Mariola sonrió muy pronto. Me despertó de madrugada, una de tantísimas veces, reclamando a berridos mi presencia. En cuanto me la puse al pecho, me miró risueña con aquellos ojazos suyos y, pezón en boca, me sonrió. Desde entonces, me desarma en cuanto se lo propone, tiene mil y un recursos para hacerlo. El mejor, que sabe ser divinamente encantadora. Al finalizar sus primeros campamentos de verano, una monitora se despidió de ella diciéndole que era guapa reversible, por dentro y por fuera. Ese darle la vuelta del derecho y del revés también es aplicable a sus extremos, arrolladoramente desbordantes y típicos de su temperamento artístico. Convivir con ella es vivir al límite.

A Mariola le hiere profundamente la sola idea de devolver una ofensa o responder a una provocación: es capaz de empatizar incluso con quien se muestra odiosamente irritante con ella. Y es que, detrás de sus repentinos prontos indómitos –más que osados, arrojadizos-, de sus brotes de psicótica adolescencia, de los decibelios de más de su voz o de sus accesos de atolondrada risa incontrolable, se esconde un enorme y henchido corazón.

Mariola es plenamente consciente de su frágil vulnerabilidad: de la misma manera que rehúye cualquier conato de conflicto, soslaya las conversaciones que escarban demasiado y podrían desvelar su verdadera naturaleza. Ella siempre tan pudorosa. Tan suya. Tan arrebatadoramente impredecible.

Mariola es mi chispeante piruleta con sabor a risas de colores. El travieso cascabel que se me cuela por las costuras del alma y me roba el corazón. Mi pequeña niña-joya de matices y brillos inesperados. Mi cachorrillo locuelo y adorable, eternamente feliz.

El refugio del pescador

Este fin de semana ha sido pródigo en esperadas y bienhechoras celebraciones familiares. Hoy hemos rematado los múltiples festejos en El Prat de Llobregat, que alberga, según mi hermana -kitesurfista y aficionada a los deportes al aire libre-, la mejor playa de Barcelona y alrededores.

Al parecer, esta población del Baix Llobregat es uno de los municipios catalanes con más superávit en sus cuentas. Es lógico, reciben pingües beneficios del aeropuerto ubicado en sus lindes, que ocupa un tercio de su territorio y es, con diferencia, la principal empresa del lugar. Esta generosa fuente de ingresos ha propiciado que Lluís Tejedor esté incrustado en el ayuntamiento desde hace 32 años, en plan califato. Qué afición muestran algunos cargos electos a perpetuarse en la poltrona, cual enfermedad crónica. Y cuánta falta hace cambiar nuestra apolillada ley electoral -como tantas otras cosas, por otra parte-.

Pero volvamos a temas más armoniosos y gratificantes: el buen yantar. Una de las ventajas del boca-oreja de las redes sociales es que te permiten descubrir direcciones interesantes para disfrutar de un masaje ayurvédico, presenciar una obra de teatro conmovedora o saborear alguna exquisitez gastronómica a un precio razonable. Y a este tercer supuesto quería llegar yo: recientemente leí, a través de Facebook, una recomendación de la gastrónoma Inés Butrón y, afortunadamente, tomé buena nota del prodigioso restaurante objeto de sus elogios.

Hemos llegado a El refugio del pescador antes de las dos, los primeros. Pocas mesas en el sencillo establecimiento. Apenas cuatro personas atendiendo fogones y sala –a pleno rendimiento, más bien dos, ambos honestos, afables, profesionales-. Y el aire acondicionado a toda máquina, desangelando el ambiente, “es que cuando se calienta la plancha y ya ha llBouegado todo el mundo, sube la temperatura”.

No obstante, en cuanto han hecho acto de presencia los generosos platos, se ha producido el milagro: calamares, mejillones, almejas, langosta, gambas, buey de mar, centollo, ostras, cañaíllas, navajas, cigalas… Todo troceado y listo para comer. Solo frutos de mar tiernos, sabrosos, fresquísimos y en su perfecto punto de cocción. Y bien acompañados por un refrescante vino Verdejo. Qué gran homenaje.

Como postre hemos compartido una apetitosa bandeja con piña y melón, ya porcionados, y algunas bolas de helado –de limón, de leche merengada, de tutti frutti-. Tras los inevitables cafés, hemos podido comprobar que la cuenta, en relación con el festín, era más que comedida: 30 euros por persona.

Sin duda, repetiremos. Porque ahora ya sabemos, de primera mano, que en el número 83 de la calle Penedès de El Prat de Llobregat se esconde lo más parecido a una taberna portuaria tierra adentro.