Pompeya, Herculano y Paestum

Hace 8 años mi amiga Iciar y yo viajamos a Campania para visitar los yacimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano. Nos alojamos en un delicioso Bed&Breakfast napolitano ubicado frente al mar, en la Via Partenope, y utilizamos los transportes públicos para desplazarnos cómodamente y a un precio muy asequible, aunque una huelga de transportes nos obligó a pagar un trayecto en taxi a precio de limusina, peajes del turisteo. De aquella experiencia me llevé un sinfín de recuerdos memorables y también una certeza: que jamás de los jamases regresaría a Nápoles por voluntad propia. Me pareció una ciudad caótica, mugrienta y espeluznante.

Cuando hace meses supe que Easyjet había inaugurado su ruta low-cost Barcelona-Nápoles, reservé a toda velocidad nuestros vuelos para empezar mi año de homenajes con una escapada arqueológica en familia. Con el alojamiento me demoré bastante más: el presupuesto era limitado pero viajar en enero nos obligaba a escoger un lugar acogedor donde guarecernos confortablemente en cuanto cayera la noche -en esa época del año eso sucede a las cinco de la tarde-. Lo que iba encontrando no me daba demasiada confianza, de modo que finalmente opté por no hacer experimentos y recurrir a accorhoteles.com, cuyos estándares son siempre más que aceptables. Descartado el Ibis Styles de Nápoles por mi aversión a la capital campana, escogí el Novotel de Salerno, para alegría de mis hijas: “¿Cuatro días de desayuno bufé? ¡Yupi!”.

Cuando recogemos nuestro Fiat Panda de alquiler en el aeropuerto de Capodichino, el empleado de Maggiore nos recomienda que contratemos el seguro a todo riesgo. No lo hacemos porque a través de DoYouSpain –una web donde encontrar coches de alquiler a precios imbatibles- ya habíamos contratado una póliza de Allianz, pero no hay para menos: la conducción de los lugareños es, más que temeraria, arrojadiza. Adelantan con línea continua, circulan sin intermitentes, zigzagueando de manera imprevisible y con el morro adherido a tu trasera, y en los cruces entran al trapo, de forma abrupta y sin respetar la prioridad de paso. Lo más aconsejable para sobrevivir es mimetizarse con el entorno y manejarse al volante como ellos. Sin duda, toda una experiencia.

Llegamos a Pompeya a las nueve de la mañana y los primeros turistas -jubilados y japoneses- se arremolinan junto a sus guías en la zona de la entrada, como enjambres acogollados alrededor de sus abejas reinas. Nos saltamos todas las colas porque reservamos por Internet nuestro pase de tres días, que permite el acceso a los cinco sitios del Area Archelogica Vesuviana -20 euros por cada adulto, gratuito para mis hijas porque son menores-. Una vez dentro, es bastante fácil ubicarse incluso sin mapa: entrando por la Via Marina se llega al imponente Foro, que ahora luce mejor que nunca gracias a las esculturas colosales de bronce de Igor Mitoraj, una exposición póstuma del artista franco-polaco que finaliza este mes de enero.9.Estatuas_blog.jpg Desde allí parte la multitudinaria y concurrida Via dell‘Abbondanza, aunque madrugar ayuda -y cómo- a soslayar las hordas de turistas como nosotros que asolan -¿asolamos?- el conjunto monumental. Varias domus restauradas jalonan el recorrido hacia la Palestra y el Anfiteatro. Los trabajos de recuperación, que no tienen fin, han puesto al descubierto extraordinarios mosaicos y frescos que sorprenden por sus ricos colores y sus minuciosos dibujos, aunque en la Domus Della Venere in Conchiglia a la pobre diosa Venus parece que le hayan roto una pierna –spasticus autisticus es el punto de vista del autor, remoto antepasado de Ian Dury-. Personalmente os recomiendo que os encaraméis sobre la loma que se alza tras el Orto dei Fuggiaschi, donde un modesto mirador os permitirá distinguir con un poco más de perspectiva el entramado de esta otrora hermosa ciudad.19.Pompeia_vesubio.jpg

Lo más fascinante de la visita es que el paseante puede imaginar perfectamente el devenir cotidiano de los pompeyanos, con sus tabernas repletas de vasijas para almacenar mercancías y pintarrajeadas con sus rótulos de reclamo, sus mansiones reverdecidas mediante huertecillos, jardines y fuentes, sus vías empedradas con zonas de paso para soslayar las heces de mulas y rucios, sus numerosas y refrescantes termas, o su minúsculo lupanar -ahí se nota que era una actividad de lo más vulgar y que los precios estaban al alcance de los bolsillos menos pudientes-. Mariola comparte conmigo una curiosidad que ha aprendido en su clase de latín: “Jordi nos ha contado que lupa en latín es una palabra que tiene doble significado, loba y p-u-t-a (me lo dice así, deletreando la palabra maldita en su boca pudorosa), así que en la leyenda de Rómulo y Remo no queda claro quién amamantó realmente a los gemelos”. Para que luego digan que estudiar latín no sirve para nada.

Después de que la erupción del Vesubio la borrara de un zarpazo, Pompeya permaneció sepultada bajo capas y capas de lava y cenizas solidificadas durante siglos, hasta que ya entrado el siglo XVIII a Carlos III, que por aquel entonces solo era rey de Nápoles, se le antojó decorar su humilde palacio con algunas obras clásicas del siglo I -tal es el origen del descubrimiento del sitio arqueológico-. Primero había ordenado excavar en Herculano, pero los 23 metros de torrentes de tefra que sepultaban la población le hicieron desistir. Cuando el Vesubio escupió su vómito piroclástico, los herculenses que se habían desplazado hasta el mar para intentar ponerse a salvo perecieron al instante: a 600 grados de temperatura, en pocos segundos tan solo restaron sus esqueletos calcinados. Como Hiroshima, Nagasaki o Dresde, pero desde las entrañas de la tierra en lugar de desde las circunvalaciones cerebrales de algunas mentes enfermas. En efecto, en 1980 se descubrieron los restos óseos de cerca de 300 personas que habían huido hacia la playa con sus más valiosas pertenencias y se habían refugiado, en vano, en los Fornicis, unos almacenes abovedados donde se guardaban enseres portuarios y embarcaciones.

Las dimensiones de Herculano son mucho más modestas que las de Pompeya. Como, además, el grueso de los visitantes se concentra en el sitio arquelógico más visitado de Italia después del Coliseo de Roma, el recorrido es más apacible. Destacaría dos construcciones muy bien conservadas que conviven en buena vecindad porque una se anexionó a la otra. 23.Mosaico_Herculano.jpgMe refiero a la Casa de Neptuno y Anfitrite, con su precioso mosaico en pasta de vidrio, y la Tienda de Ultramarinos, que mantiene buena parte de su ebanistería: la explosión del Vesubio afectó a esta pequeña ciudad de manera distinta que a Pompeya, ya que la capa piroclástica que la cubrió la preservó intacta durante siglos. Gracias a ello se han conservado telas, papiros y maderas de hace casi dos milenios en perfecto estado.

El Museo Archeologico Virtuale (MAV) se ubica un poco más arriba del sitio arqueológico de Herculano. En su auditorio se proyecta un audiovisual de interesante contenido e irregular realización que explica, en inglés o en italiano, cómo se desarrolló la más famosa erupción del que todavía es el volcán más peligroso del planeta y el único que permanece activo en la Europa continental -si se tienen en cuenta los últimos terremotos que han sacudido Italia, es como para pensarse la incursión a Campania-. El recorrido museístico, especialmente recomendable para familias con niños, incluye rincones interactivos de limpieza de mosaicos o de chapoteo en estanques de ficción. Imágenes en tres dimensiones, tanto fijas como en movimiento, recrean cómo eran los espacios públicos y privados más relevantes de Pompeya y Herculano. Incluso el aroma de las instalaciones rememora los afeites de aquella época. Claro que en cuanto sales de nuevo al exterior, topas con el olor a pescado, embutido y fruta en estado de descomposición del nada apetitoso mercado de Herculano, que rodea el perímetro posterior del MAV. No obstante, ningún perfume local puede competir con el hedor putrefacto de una familia escandinava que, para nuestra desgracia, se instala en la mesa vecina a la nuestra a la hora del almuerzo. Tienen pinta de ecologistas radicales, de esos que están reñidos con el desodorante y el jabón y se duchan una vez por semana. Suerte que cuando se sientan a comer en la Pizzeria Luna Caprese ya estamos esperando los cafés que acabamos de pedir, que nos abrasan la garganta porque queremos escapar de allí a toda costa. ¡Qué bien se está fuera, aun lloviendo a cántaros! En cuanto esos seres pestilentes abandonen el establecimiento, tendrán que fumigarlo. Pordiosquévahído.

Si no nos hubiésemos desplazado en nuestro auto de alquiler, quizás no hubiéramos visitado Villa Popea, un lugar intransitado donde solo coincidimos con siete u ocho italianos que recorren las ruinas en pareja o entre amigos. La finca, cuyo nombre hace referencia a su primera propietaria, la segunda esposa de Nerón, es el único sitio arqueológico abierto al público del yacimiento de Oplontis -hoy Via Annunziata-, una localidad cercana a Pompeya que cuando estalló el Vesuvio orillaba el Mediterráneo. De hecho la balconada de Villa Popea se asomaba a un acantilado que se abría al mar desde una altura de 15 metros. Es fácil visualizar la apacible vida de sus ilustres inquilinos -qué sencillo es todo cuando dispones de esclavos-, aficionados a la vegetación frondosa hasta el extremo de optar por primorosas reproducciones florales en algunos frescos. Otras estancias lucen teatrales trampantojos, como si la regia edificación necesitara de ilusiones ópticas para resplandecer todavía más. Cosas de los ricachos, que cuando se aburren se ponen graciosamente creativos.25.Frescos_Villa_popea.jpg

Excepto esos selectos enclaves cuya principal actividad es banderillear a pijos e incautos -desde la isla de Capri hasta las pintorescas poblaciones de la costa amalfitana-, la Campania es un territorio hostil. Mientras escribo algunas notas para ir hilvanando esta crónica, Mylove googlea y lee, lee mucho cada vez que llegamos a nuestro hotel. Quiere intentar comprender cómo el sinsentido y la decrepitud han podido enseñorearse de todo de un modo tan inverosímil. Cuando nos dirigimos a los sitios arqueológicos, atravesamos kilómetros y kilómetros de tremendos despropósitos urbanísticos. Recorremos carreteras, avenidas y callejuelas con boquetes como cráteres, flanqueadas por edificaciones que ostentan un feísmo y una negligencia desasosegantes. Sin compartir en absoluto su ideología -más bien estamos en las antípodas-, incluso podemos llegar a comprender a los lunáticos de la Liga Norte. Pues bien, parece que los verdaderos amos del lugar son las mafias de la Camorra napolitana. Son quienes controlan ilegalmente la recogida de residuos -la basura campa por doquier-, garantizan la construcción exprés de viviendas en el Parque Natural del Vesubio -que no está autorizada-, gestionan la multinacional italiana que más rinde -el tráfico de estupefacientes- y, en general, dirigen las vidas de una población que sufre un 70% de desempleo y que a menudo confía más en la Camorra que en el aparato del estado. Hasta los pequeñajos que juegan en mitad de la calle miran al forastero de soslayo y con el ceño fruncido. Como si no acabaran de fiarse de nadie que no forme parte de los suyos. Visto así, la amenaza de un cataclismo volcánico apocalíptico es el menor de sus problemas.

Lo bueno de alojarnos en Salerno es que podemos acercarnos en menos de una hora a Paestum, donde se alzan tres templos griegos de estilo dórico magníficamente conservados que permanecieron inmersos en una ciénaga y sumidos en el olvido durante siglos. Conforme avanzamos hacia el sur, el paisaje va abandonando ese aspecto de escupitajo de cemento y hormigón que predomina en las laderas del Vesubio y sus colinas aledañas. Nuestro pequeño Fiat Panda discurre por carreteras igualmente mal asfaltadas, pero jalonadas de huertos de legumbres, labrantíos y ganaderías dedicadas a la cría de búfalas, los famosos caseifici, que finalmente no visitamos: la mozzarella hay que comprarla, sí o sí, en el aeropuerto, ya que el suero en que flota para mantenerse en óptimas condiciones le impide superar el control de seguridad.

30.Paestum_temploAtenea.jpgPor fin, en mitad de la campiña, se aparece ante nosotros el templo de Atenea de Paestum. Aunque los griegos denominaron a su asentamiento Poseidonia en honor al dios de los océanos, los lucanos prefirieron el topónimo que ha perdurado hasta hoy. El luminoso sol, la ausencia de visitantes a una hora tan temprana y el fragante verdor que han propiciado las lluvias del recién estrenado invierno, nos transmiten una conmovedora serenidad interior.

Cuando comenzamos la visita, un grupo de jardineros se afana en segar la yerba de la zona de viviendas cercana al heroon, un pequeño edificio con techumbre a dos aguas que en las antiguas colonias griegas solía conservar los restos mortales -verdaderos o presuntos- del héroe fundador de la ciudad. Llaman también la atención por su extensión más que notoria la plaza del foro, centro neurálgico de la vida romana, y la piscina, el santuario dedicado a la fortuna virilis por los primeros colonos romanos. Por su función política destacan el ekklesiasterion, el edificio más antiguo del ágora, sede de las asambleas de los ciudadanos, y el comitium, donde se desarrollaban los juicios y las elecciones de los magistrados. No obstante hay que reconocer que hace falta mucha imaginación para visualizar los maltrechos vestigios de Paestum y convertirlos en la población grecorromana que un día fue, a excepción de los tres templos que alberga el sitio arqueológico. Son deliciosamente arrebatadores.

El templo de Atenea, levantado en el siglo VI a.C., fue construido con piedra caliza de los alrededores. El uso de dos órdenes arquitectónicos distintos, dórico para el exterior y jónico para el interior, hace que esta estructura sea un interesante ejemplo de arquitectura tardo-arcaica.

36.Paestum_TemploNeptuno3.jpgEl templo de Neptuno -aunque algunos estudiosos consideran que estaba destinado al culto a Zeus, Apolo o tal vez Hera- se levantó a mediados del siglo V a.C. utilizando piedra caliza local. En la actualidad es uno de los edificios dóricos mejor conservados de la Magna Grecia. Su interior está dividido en tres naves de dos filas de columnas cada una, colocadas en dos pisos. Las rampas de escaleras ubicadas a ambos lados de la celda permitían alcanzar el tejado de madera para su mantenimiento.

El nombre del templo llamado Basílica se debe a su falta de frontones, circunstancia que en el siglo XVIII hizo pensar en una edificación civil. Datado en el año 530 a.C. a juzgar por las inscripciones y los ex votos hallados en el área, presenta algunos elementos que denotan su antigüedad, como su número de columnas dispares, su pronunciado biselado y sus capiteles aplastados. La comparación de sus elementos arquitectónicos con los del vecino templo de Neptuno permite hacerse una idea de la evolución del orden dórico durante unos 70 años.46.Paestum_both.jpg

Esta interesante información y otros muchos datos de la excavación nos los facilita una práctica y compacta guía que encuentro en la tienda del museo. A veces resulta difícil seguir el hilo, da la impresión de que se ha traducido del italiano al español utilizando Google Traslator. En fin.

Cuesta, cuesta mucho abandonar el recinto arqueológico de Paestum. Se está muy a gusto allí. Hasta que empiezan a llegar familias italianas en alegre algarabía y razonamos que bien podríamos tomar un cappuccino y asomarnos al museo. Además de la curiosa Tumba del nadador, fechada en el 470 a.C. y que presenta graciosos motivos pictóricos -resulta especialmente encantador el coqueteo de dos apolíneos mancebos-, coincidimos con una exposición temporal que exhibe muestras del pillaje arqueológico, requisadas a los amantes de lo ajeno. Ojipláticos nos quedamos ante tan pintoresca muestra.

Nos apetece acercarnos al Tirreno y decidimos almorzar en Agropoli, una tranquila localidad portuaria con un agradable lungomare que recorremos sin prisa para abrir el apetito. Casi todos los establecimientos con vistas al mar se ven cerrados, pero un par de ellos ofrecen menús turísticos aptos para familias. Nos decidimos por Lounge Bistrot y seleccionamos algunos platillos de la carta. Yo cambio los spaguetti vongole con que me he estado alimentando estos días por una deliciosa pasta de nombre impronunciable con frutos de mar: chirlas, mejillones, ajo, tomate y un golpe de pimienta. Buenísimo. Mariola se enamora del jovencísimo y simpático camarero, que le hace ojitos y le dedica un trato más que especial. Él nos pregunta si regresaremos de nuevo, ella se quiere quedar a vivir allí. O, mejor aún, que él se traslade a Barcelona. Sí, hemos llegado a esa maravillosa fase de la adolescencia tontorronamente feliz.

Nuestra última noche en Campania nos obsequiamos con una cena atómica. El criterio de búsqueda “los mejores restaurantes baratos de Salerno” en TripAdvisor nos lleva a Pulecenella, una pizzería a la que no llegas por casualidad. Está a 10 minutos en coche desde nuestro hotel, en una calle angosta y sin salida en los arrabales del Stadio Arechi, bastante más cerca de Pontecagnano que del centro de Salerno. Llegamos a las 19:45, su hora de apertura, y ya está medio llena. El comedor es una gruta en la que caben, apretados en menos de una decena de mesas, una veintena de comensales. Los dos camareros son encantadores y el pizzaiolo, que se declara merengue en cuanto le desvelamos que somos de Barcelona, simpatiquísimo. En la carta solo hay un entrante, mozzarellinas de búfala campana, y una lista interminable de pizzas, a cual más tentadora. Las bebidas son escandalosamente baratas: 6 euros la botella de vino, 1,5 euros el refresco, 1’5 el chupito de limoncello. Nos traen el entrante en un platito de plástico con diminutos tenedores desechables. Hacemos un pequeño centro de mesa con las bebidas y los vasos de usar y tirar para hacer espacio para las pizzas y nos las sirven sobre papel encerado, como el de envolver embutidos en la charcutería, precortadas y sin cubiertos –sí, se comen con las manos-. Son colosales, sabrosas y sorprendente ligeras. Las últimas porciones las engullimos para no arrepentirnos después, porque lo cierto es que a la mitad de la ingesta ya estábamos más que saciados.

El jueves por la mañana, antes de abandonar Salerno, hacemos una parada en la barra del Bar Hilton para tomarnos el último cappuccino. De camino al aeropuerto, mientras paladeamos la golosina para adultos recién ingerida, cae una tenue cortina de nieve. De hecho la cima del Vesubio se ve blanca, como solía suceder cada invierno hace ya largos siglos, poco antes de tener lugar la que quizás sea la erupción volcánica más famosa de todos los tiempos.

Nadie esperaba que el Vesubio reventara en llamaradas. Ni siquiera existía una palabra para designar a una montaña así –viva, impredecible, indómita, feroz-, de modo que hubo que inventarla. Así fue como Vulcano quedó etimológica y sempiternamente atrapado en cada colina que escupe fuego.

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Viñedos toscanos

Toscana2012.jpgDesde mi subjetivo punto de vista, los paisajes más arrebatadores de Toscana se ubican en las regiones donde se producen sus más renombrados caldos. Tuvimos ocasión de recorrer las provincias de Arezzo y Siena hace cuatro años, durante una de nuestras escapadas románticas. En las deliciosas colinas delimitadas por hileras de cipreses se cultivan tanto el viñedo autóctono, el Sangiovese o Sangioveto, como el Cabernet o el Merlot. Aunque existen numerosas denominaciones de origen toscanas, las más renombradas son, quizás, cuatro: Chianti Classico, Brunello di Montalcino, Nobile di Montepulciano y Morellino di Scansano. Eso, en cuanto a tintos. Hay un vino blanco, el Vernaccia de San Gimignano, que también goza de cierto nombre, para nosotros incomprensible: lo probamos en Siena y no nos gustó. No obstante, reconozco que somos más de tintos, los blancos como que ni fu ni fa.

El territorio vitivinícola toscano más archiconocido es, sin duda, Chianti, la comarca situada entre Florencia y Siena. A pesar de la mala fama conseguida a causa de las malas prácticas de algunos productores poco escrupulosos, que compran uvas en otros lugares y comercializan vinos de ínfima calidad a los que también llaman Chianti, reporta unos excelentes vinos. Eso sí, hay que prestar atención al etiquetado y buscar la distinción específica de Chianti Classico.

Otra denominación de origen mucho más exclusiva es la de Brunello di Montalcino, cuyo precio es inversamente proporcional a su baja producción. Las bodegas de la localidad de Montalcino son elegantes, refinadas y solo accesibles para quienes cuentan con un alto poder adquisitivo. Corona la localidad su emblemática Fortezza, levantada en el siglo XIV y de acceso parcialmente gratuito: hay que abonar entrada para recorrer el camino de ronda de su perímetro. En uno de sus torreones su ubica la Enoteca La Fortezza di Montalcino. En nuestra opinión, Montalcino tiene un aire un poco esnob. Pero, claro, para gustos, los colores. O los vinos.

Nos pareció mucho más interesante la visita a Montepulciano, con una denominación de origen que, además, es bastante más extensa que la de Montalcino. Su gama alta son los de la categoría Nobile di Montepulciano, que acostumbran a madurar de dos a tres años en barrica antes de ponerse a la venta. Montepulciano es una bonita población medieval encaramada sobre una colina, ubicada estratégicamente entre la Val di Chiana y la Val d’Orcia. A lo largo de su calle mayor se alinean palacetes renacentistas y exquisitos establecimientos de degustación donde saborear y adquirir sus magníficos caldos. Si tenéis ocasión de visitarla, no dejéis de hacerlo.

Los Morellino di Scansano, que se producen en la Maremma grossetana, gozan también de cierto reconocimiento. Sus viñedos crecen en zonas más templadas, cercanas al mar Tirreno. Bolgheri Sassicaia es la denominación de origen más prestigiosa de ese territorio litoral. Se elabora con cepas Cabernet de un área específica del municipio de Castagneto Carducci y lo produce en exclusiva la hacienda Tenuta San Guido de Bolgheri.

88.Vista.jpgLamentablemente, durante nuestra incursión toscana de pareja no llegamos a la Maremma: quedaba demasiado alejada de Cortona, donde nos alojábamos –qué maravillosa estancia, durante cuatro días nos alimentamos de vino y bruschette-. Hoy hemos querido aproximarnos, si no a la distante Maremma grossetana, sí a la población de la Maremma livornesa que teníamos más a mano, Castagneto Carducci, donde de nuevo nos ha sorprendido un aparcamiento gratuito a disposición de los visitantes.

A la entrada de la pequeña localidad ha despertado nuestra curiosidad una indicación, Museo dell’Olio. Nos ha costado un poco encontrarlo porque se escondía en la recoleta Piazzeta della Gogna y más que un museo es un recoveco con cuatro vasijas mal colocadas. Hemos conjeturado que, en realidad, funciona de anzuelo para que los turistas se aproximen a la figura del anarquista Pietro Gori, que desde el pasado 8 de enero cuenta allí con una suscinta exposición –con su correspondiente merchandising de camisetas y bandoleras-, Nostra patria è il mondo entero. Todo un personaje, el tal Gori. Wikipedia me desvela que nació el mismo día que yo –aunque 102 años antes- y que fue poeta, periodista, escritor, compositor, criminólogo y abogado. Tomayá. No obstante, no dispuso de demasiado tiempo para batallas dialécticas porque falleció a los 45 años –con tanta actividad intelectual, seguro que de puro agotamiento-.

89.Mosquiteras.jpgEn una plazuela se secan al sol algunas mosquiteras. Estoy por pedir prestada un par de ellas para sobrellevar nuestra última noche aquí: los insectos autóctonos son inmortales. El tul abunda por Toscana, y no solo como barrera de protección contra los bichos: hemos visto crespones rosas y azules colgados de puertas indicando natalicios, y crespones de velo de novia señalando bodas recientes.

89.TorreonSubiendo una empinada costanilla nos encaramamos al punto más alto de Castagneto Carducci, la obviable rectoría de San Lorenzo, cuyo torreón es neogótico –o sea, fake-. El único interés radica en que desde su escalinata se divisa, allá a lo lejos, el mar.

90.AlbaBijouxEn cambio, paseando cuesta abajo por las callejuelas adoquinadas, mi corazón de urraca se desboca cuando me doy de bruces con la tienda de bisutería más maravillosa del mundo mundial. Ante mis hechizados ojos, un sinfín de pendientes, brazaletes, gargantillas y diademas irradian mil y un brillos refulgentes de preciosas y multicolores tonalidades. El tiempo se detiene y, entre tanto, mi pequeña familia se pudre fuera esperando. Como me reclaman varias veces, no sin gran dolor abandono el hipnótico establecimiento, agarrando cual alimaña mi valioso botín de Alba Bijoux, la marca de la artesana joyera Maria Teresa Buccella. Me siento un poco Gollum con my precious.

No puedo pedirle más a Castagneto Carducci y tampoco queremos abusar de los kilómetros la víspera de nuestra partida, así que nos desplazamos sin prisas entre viñedos y olivares. Intentamos asomarnos a las playas rocosas de Quercianella, en la Costa degli Etruschi, pero desistimos ante la formidable humanidad con que nos topamos. Ya definitivamente de regreso, interminables hileras de coches invaden los márgenes de la carretera, mientras sus usuarios disfrutan de la jornada en Cala del Leone y, más delante, ya en Calafuria –denominada así por el ímpetu de los elementos sobre sus escarpados despeñaderos-, en Scogli Piatti. El litoral al sur de Livorno es fascinante y está repleto de interesantes calas, aunque para los amantes de las playas fácilmente accesibles quizás no sea la mejor opción.

Esta noche nos espera, por supuesto, una botella de Nobile di Montepulciano. Qué gran vino. Brindaremos por nuestras vacaciones toscanas y por las venideras, que quién sabe dónde serán, o si tan siquiera serán: la vida mercenaria es siempre impredecible. Per Bacco!

Livorno

Tras el mal sabor de boca que nos había dejado el desagradable episodio de ayer en Florencia, necesitábamos un baño de normalidad, así que esta mañana hemos decidido acercarnos a la en principio anodina Livorno.

Livorno fue fundada en 1577 por iniciativa de los Médicis en un pueblecito de pescadores: las malas condiciones del puerto de Pisa les impulsó a encargar a Bernardo Buontalenti la construcción de una nueva dársena en ese enclave. En 1590 Fernando I declaró la ciudad puerto franco, privilegio que perdió en 1860 por la unificación de Italia. Durante la II Guerra Mundial los bombardeos de los Aliados aniquilaron el 90% de la localidad y sus edificios más emblemáticos, entre ellos la catedral, la sinagoga y el legendario faro medieval, obra del arquitecto Pisano y base de las observaciones astronómicas de Galileo Galilei -hoy solo resta su reconstrucción, pagada por suscripción popular y levantada en 1952-. Quizás por ello Livorno se muestra arquitectónicamente caótica. Fincas clásicas desvencijadas conviven con construcciones sin criterio estético y mansiones señoriales, según el barrio por el que te muevas.

73.Livorno_canal.jpgHemos estacionado nuestro coche en un parking público gratuito –el único con el que nos hemos topado en Toscana, cabe decir- y enseguida nos hemos adentrado en la llamada Venezia Nuova, nombre un tanto pretencioso: más que a la Serenísima República del Adriático, los canales de Livorno y sus aledaños recuerdan a la turbia capital de la Campania. No obstante es la única zona de la ciudad que permaneció bastante a salvo de la destrucción bélica y, en consecuencia, lo poco que resta de su antiguo centro histórico.

Venezia Nuova surgió como una ampliación del foso que rodeaba el recinto fortificado. El arquitecto sienés Giovanni Battista Santi se encargó de la planificación y ejecución del proyecto. En su corazón se alza la Fortezza Nuova, levantada entre 1590 y 1604 con objetivos militares. Los ataques aéreos destruyeron la mayor parte de sus instalaciones defensivas, aunque no su muralla perimetral, que hoy cobija un singular parque público.

75.Rest_spagetti_vongole.jpgUn poco más allá, en los alrededores del Mercato Centrale, las paradas al aire libre mostraban sus variopintas y coloridas mercancías, mientras que en el interior del edificio modernista erigido en 1894, la venta de productos frescos –incluso tienen carne kosher- se alternaba con la oferta de exquisiteces gastronómicas para llevar o para degustar allí mismo. Sin embargo hemos preferido almorzar en el Bar Duomo, en las inmediaciones de la reconstruida –más bien replicada- Cattedrale di San Francesco, donde he saboreado un delicioso plato de pasta a la marinera, con mejillones y tomatitos frescos y el toque indispensable del ajo y la guindilla. Los mejores placeres de la vida son, a menudo, los más sencillos.

79.Sinagoga.jpgA la salida nos ha costado identificar un truño indescriptible, a medio camino entre una nave espacial de cemento armado y una escafandra de dimensiones colosales. ¿Será un pájaro? ¿Será un avión? ¡No, es la horrisinagoga perpetrada por el arquitecto Angelo Di Castro! Ser judío y haber sido encarcelado por las leyes raciales del régimen fascista no es suficiente para que te encomienden un encargo de esas dimensiones. O no debería serlo.

80.Livorno_Correos.jpgPaseando por la Via Cairoli descubrimos Il Palazo delle Poste, que alberga la oficina central de correos. Con el inicio del Novecento, en la Via Cairoli se empezaron a demoler algunos inmuebles antiguos a fin de levantar en su lugar nuevos y flamantes edificios, tanto públicos como privados. El primer proyecto de construcción que se acometió fue, justamente, el Palazzo delle Poste, cuyas obras se iniciaron el 5 de octubre de 1919 –se celebró una ceremonia oficial de inauguración-, aunque se completaron 10 años después.

81.Mar_terrazaEn esa época también se pavimentó un pedacito del lungomare de Livorno, la Terrazza Mascagni, que se enlosó en 1925 y se caracteriza por la disposición geométrica de sus baldosas. Su elegante superficie de damero se extiende generosamente creando, más que un paseo, una inmensa y larga plaza junto al mar. Mariola ha decidido caminar por allí descalza –sus zapatos de plataforma la tienen frita-, por lo que sus pies desnudos han ido brincando alegremente sobre las losas blancas, que quemaban menos que sus oscuras vecinas.

Desde allí una escalerilla de acceso invita a bajar al Tirreno, en nuestro caso más para refrescarnos con la brisa y la visión de las aguas cristalinas que para remojarnos. Hemos estado muy a gusto observando cangrejos, sorteando musgo resbaladizo y, por lo que respecta a mis hijas, sumergiendo los pies en las pequeñas pozas entre las rocas.

Livorno ha sido un bálsamo reparador en esta recta final de nuestras vacaciones en Toscana. Qué día tan placentero. A ver cómo decidimos despedirnos mañana.

 

Adiós a Florencia

Hoy hemos regresado a Florencia impelidos por la ilusión de encontrar menos turistas que la semana pasada. Y lo cierto es que la multitud ha sido menos multitudinaria –si me permitís la redundancia- y la temperatura más agradable: a la sombra pasaba un ligero vientecillo, que ya es algo.

Hemos estacionado nuestro coche en el parking-timo del Mercato Centrale –jamás de los jamases entréis en él- y nos hemos dirigido, ufanos en nuestra ignorancia –no sabíamos a qué velocidad ultrasónica discurriría el parquímetro-, al interior del emblemático recinto, que complementa el Mercado de San Lorenzo del exterior. Su elegante estructura en hierro y cristal, obra del arquitecto Giuseppe Mengoni, fue levantada entre 1870 y 1874, cuando Florencia era todavía la capital de Italia.

Ventanales_mercadoLa planta baja es un mercado tradicional donde se pueden adquirir carne, pescado, fruta y verdura, claro, pero también todas esas exquisiteces italianas tan irresistibles: embutidos, quesos, pasta, aderezos… En cambio la planta superior, remodelada a fondo hace un par de años, es un inmenso show cooking amplio y diáfano donde todo ha sido proyectado al detalle para crear un entorno agradable, luminoso y cool –hasta los baños han sido decorados con divertidos vinilos-, a la medida de los numerosos turistas que frecuentan la ciudad y pueden vagar por allí a su antojo entre puestos de hamburguesas, focaccias, vinos o helados. Ver, dejarse tentar y engullir, esa es la idea. Todo se prepara ante los ojos curiosos de los comensales, que incluso tienen a su disposición una escuela de cocina atómica –a años luz de las vetustas instalaciones de la del Mercat de la Boqueria-. Los precios no son precisamente baratos, aunque no a causa de los sueldos de los empleados que trabajan allí: en varios cartelitos te recuerdan, una y otra vez, que les encantará recibir tu propina.

Cerca del Mercato Centrale se alza el Palazzo Medici Riccardi, cuyo patio interior es de libre acceso. A mediados del Quattrocento, Cosme de Médicis Il Vecchio, fundador de la dinastía, desea erigir su residencia privada. Piensa primero en Brunelleschi, el arquitecto de moda de la época, quien le propone un proyecto demasiado ostentoso. El patriarca mediceo prefiere no despertar envidias en la todavía República de Florencia y finalmente encarga a Michelozzo, igualmente eficaz pero mucho más sobrio, la construcción del primer edificio renacentista que se levantó en Florencia.

Paseando por el centro histórico de la capital de Toscana todos los caminos conducen al Duomo, donde una práctica cartelería va avisando a los sufridos turistas en formación de a uno cuánto les queda para lograr entrar. Pierdo la cuenta más allá de la indicación de hora y media y me admira que soporten la espera estoicamente, a pleno sol y sin más distracción que observar las nucas de quienes les preceden. He visto colas parecidas en mi ciudad ante la Casa Batlló, la Casa Milà o la Sagrada Familia. Florencia tiene tanto en común con Barcelona que me causa escalofríos.

Interior_frescosEscapamos de la muchedumbre adentrándonos por la Via dei Servi y descubrimos los primorosos frescos que decoran los techos del Palazzo Grifoni, una mansión del siglo XVI que desde finales del siglo XIX pertenece a la familia Budini Gattai, que lo alquila para eventos de postín.

En la aledaña Piazza della Santissima Annunziata abre sus puertas el novísimo Museo degli Innocenti, que se inauguró el pasado 24 de junio. Todavía está en obras y el interior es solo parcialmente visible, aunque la entrada la cobran al completo. La instalación se ubica en el primer hospicio que se construyó en Europa. El legado del comerciante Francesco Datini fue la fuente de financiación del proyecto, que fue ejecutado por Filippo Brunelleschi. En 1445 comenzó a cuidar a sus primeros nocentini –así se denominaba a los niños que acogían-.

Urna_medallaEn la entrada a la planta subterránea un audiovisual recrea cómo se fueron levantando los diferentes pabellones a lo largo de los siglos, mientras que en otra sala se guardan en 140 cajones los pequeños tesoros de algunos nocentini. Se trata de los objetos y notas personales que las familias depositaban junto a ellos cuando se veían obligados a abandonarlos. Abundan las medias medallas y las porciones de monedas y crucecillas, que denotan cierta esperanza en volver a ver a sus retoños. Cuánta tristeza en esos minúsculos pedacitos metálicos a la espera de su otra mitad. También se pueden revisar las anotaciones de los archivos donde se registraba la entrada de los pequeños, así como conocer cuatro testimonios en vídeo. Tres de ellos son de abuelitas que explican las adversas circunstancias familiares por las que fueron depositadas allí, mientras que el cuarto es el de la hija de una de las nodrizas, que acabó adoptando al bebé al que amamantó cuando solo tenía una hora de vida. Tras cada nocentino hay una historia conmovedora.

En la primera planta se puede pasear por el patio porticado acabado de recuperar, mientras que una galería de la segunda planta alberga obras de Botticelli, Ghirlandaio y Andrea della Robbia, autor de los putti de cerámica que durante siglos han presidido la fachada y son el símbolo de la institución. Los famosos querubines, recién restaurados, pueden verse hasta noviembre en el interior del museo.

Vista_terraza_museo.jpgDesde la azotea se aprecian unas magníficas vistas, aunque los precios del Caffè del Verone impiden sentarse a tomar algo allí: a 3 euros el capuccino, como que no. En cambio por 4 euros puedes saborear un suculento bocadillo en El Panino del Chianti de Via del Bardi, justo cruzado el Ponte Vecchio, a mano izquierda. Es un local mínimo que propone dos tipos de pan con diferentes rellenos. También venden vinos de la zona para tomar allí mismo o para llevar.

Nuestras adolescentes hijas se han puesto muy impertinentes y hemos tenido que desistir de proseguir nuestro paseo. Por suerte, no sé qué nos hubiera costado el parking de habernos quedado más tiempo en Florencia: 29 eurazos por cuatro horas y media de estacionamiento. El importe me ha parecido tan alucinantemente increíble que me he dirigido a uno de los empleados, que casualmente pasaba por allí. Digo yo que su misión es atender a incautos turistas en estado de estupefacción: ante la otra máquina de abono, dos alemanes contemplaban, igualmente atónitos, los 29 euros que les indicaba la pantallita.

– Es un error, la máquina no funciona bien, ¿verdad?

– No, no, es que por la mañana los precios van creciendo.

– Fenomenal. Gracias por el suflé.

Sí, vale, lo comunicaban al entrar en el parking. Pero mal. Muy mal. Tan mal que solo podían hacerlo adrede –me niego a creer que nadie más se haya quejado por esta pequeña estafa-. Así que no me busquéis por Florencia porque no me encontraréis. Para ciudades parquetematizadas y prácticas y precios abusivos, ya tengo bastante con Barcelona, gracias.

Definitivamente, adiós, Florencia.

Cinque Terre desde el mar

La principal razón por la que escogimos nuestro alojamiento en Toscana fue que quedaba a una distancia bastante razonable de La Spezia, desde donde parten con más frecuencia los ferris de la empresa Consorzio Marittimo Turistico Cinque Terre Golfo dei Poeti, que bordean la costa de los deliciosos pueblecitos de Cinque Terre.

A las siete de la mañana se circula sin tránsito por la autopista. Reparo, una vez más, en que el calzio es, sin duda, el deporte rey en Italia, por lo menos por el norte: los campos de fútbol forman parte de la señalética básica y el recurrente pictograma del balón junto con la palabra stadio figuran en la cartelería de cualquier población.

Llegamos a La Spezia poco después ocho. A la entrada ya indican dónde se toman los transbordadores que conectan ese puerto con Portovenere y Cinque Terre. Luego encontrar el muelle desde donde salen los ferris es fácil si te fijas en la aglomeración de turistas e imposible si esperas alguna indicación clara. Ojo con confundirse con el deslumbrante edificio Golfo dei Poeti – Cinque Terre Cruise Terminal, que acoge a los pasajeros de los buques de gran eslora.

Suerte que hemos ido con tiempo, estacionar el coche se convierte en toda una aventura. No vemos ningún parking público por ningún lado, lo que nos parece bastante surrealista, y la zona más cercana al puerto tiene un tope de dos horas. Por fin damos con una zona azul en la que se permite aparcar sin restricciones horarias, pero cuyo parquímetro únicamente admite monedas. A 1’50 euros la hora, vaciamos nuestra hucha –turista que te mueves por la Toscana, y también por Liguria, intenta llevar siempre muchas monedas encima- y nos da para regresar a por nuestro automóvil sobre las cuatro de la tarde. Tendremos que adaptarnos a esa hora límite.

Desayunamos en un quiosco del puerto y nos subimos al primer barco de la jornada, que sale a las nueve y cuarto. Por fin salimos al Mar de Liguria. Mientras disfrutamos de la fresca brisa marina en el sombreado interior, decidimos quedarnos en la embarcación hasta el final del trayecto de ida, ¡se está tan a gusto sin tener que soportar el sofocante calor estival!, ya bajaremos a estirar las piernas en el de vuelta donde más nos apetezca.

61.Pueblo_portovenere6.jpgLa primera población en la que recalamos es Portovenere, cuyas recoletas playas se ven pobladas de bañistas. Sus viviendas de color ocre, teja y marfil, salpicadas por el verde de la carpintería de sus ventanales, dan color y vivacidad a la falda de las colinas en las que se asientan. Se nos suma una pequeña multitud de turistas y la navegación placentera se volatiliza como si nunca hubiera existido. Cuando abandonamos el puerto, madrugadores veraneantes se solazan en los breves arenales de la isla Palmaria, situada a nuestra izquierda. A nuestra derecha, la abrupta costa tapizada de pinos se zambulle verticalmente en el mar.

Mientras el resto de su familia se instala en uno de los balcones de proa, una adolescente italiana se acomoda en el asiento con peor visión y masca, visiblemente asqueada, algunas galletas. Entre tanto, mis hijas sestean, que es otra manera de escabullirse de la navegación panorámica. Tres o cuatro pasajeros pasean por el barco empapados, al parecer alguna maniobra ha originado una salpicadura hostil. Otros lucen un rostro de alabastro que evidencia desagradable marejadilla. Amo la biodramina, afortunadamente los cuatro hemos tomado nuestra primera dosis antes de embarcar.

52.Riomaggiore.jpgLas casas de Riomaggiore se apiñan en alegre promiscuidad en una hendidura entre dos colinas. Desde nuestro transbordador se distigue, como si estuviera dibujada sobre la roca, la barandilla de la vereda que orilla la costa hasta Manarola. Se adivina una bonita caminata entre ambas poblaciones al atardecer. Bastante más arriba se ve la carretera que permite acercarse allí por vía terrestre, el regreso al parking ha de ser como una penitencia. En cambio el tren atraviesa el pueblo muy cerca del litoral, lo que reafirma el recurrente consejo para visitar Cinque Terre: mejor en ferrocarril o por mar.

53.Manarola.jpgTras fondear en Riomaggiore, recuperamos la baja densidad de pasajeros y enseguida llegamos a Manarola, cuyas edificaciones se retrepan a algunos metros de altura sobre el puerto. Quizás por ello es la localidad menos populosa si exceptuamos Corniglia, que carece de acceso por mar y vive a espaldas a él, a pesar de tenerlo tan cerca. Y sin embargo, qué bonita estampa ofrece desde nuestro ferri.

Enseguida aparece Vernazza, que se apoya sobre un estuario que le resta verticalidad. En efecto, su estructura urbana es más apaisada, aunque no tanto como la de Manarossa, la mayor población de esta lengua costera de a cinco y último enclave del periplo.

Sobre las once y media, una vez completado el recorrido de ida, nos damos cuenta de que los horarios de la naviera son un tangram y nos obligan a hacer una pausa de poco más de media hora en Vernazza y luego desplazarnos a Portovenere para almorzar y tomar el único ferri que llega a La Spezia antes de las cuatro. La vida del turista es, a menudo, trepidante.

Mientras esperamos para desembarcar en Vernazza –antes debe salir un catamarán que va en dirección contraria a la nuestra-, nos entretenemos en contemplar los huertecillos dispuestos escalonadamente sobre las laderas. Es una manera respetuosa y sostenible de adaptarse a la orografía que por estos pagos se practica desde hace siglos.

Vernazza es un pañuelo abigarrado de tiendas y restaurantes en cuyas fachadas han hecho mella los zarpazos de la erosión marina. La estación de tren queda en el corazón de la aldehuela, de modo que es una muy buena opción para alojarse si se viaja con maletas y se puede invertir más tiempo en recorrer la zona. Mientras saboreamos unos helados artesanales, observamos la frenética actividad de tres ancianas lugareñas, que refrescan las candelas y las flores de su minúscula capilla mariana.

49.mar.jpgLa embarcación que nos traslada desde Vernazza hasta Portovenere es más modesta y sus asientos son de madera. A mí me gusta muchísimo más. Ingerimos nuestra segunda y necesaria dosis de biodramina y nos dejamos acariciar por el agradable vientecillo, la mirada prendida del estimulante paisaje. Mientras observo las casitas diseminadas por las cimas de las montañas costeras, reflexiono que, cuando el nivel del mar ascienda a causa del deshielo ocasionado por el cambio climático, esas coquetas villas tendrán las aguas al alcance de la mano. Y el resto perecerá bajo el mar.

62.Pueblo_portovenere5Al ir a contrapié de los horarios locales –en Italia se almuerza requetetemprano-, nos colamos en la Via Giovanni Capellini de Portovenere, que se desliza justo por detrás de las terrazas del puerto, y a las dos encontramos mesa para comer en la minúscula osteria Bacicio. Nos atiende una camarera simpatiquísima que nos habla en perfecto castellano. Cuando se lo comento, me responde que ha vivido 15 años en Valencia y que su hija reside allí. Enseguida añade que ella también se mudará allí más pronto que tarde porque ya no aguanta más a sus compatriotas. “Y eso que yo soy italiana, ¿eh?”

Mientras paladeo unos sabrosos spaguetti vongole, mi plato de pasta preferido, me digo que, en realidad, insufribles somos todos los que llegamos en pequeña invasión. Conviene tenerlo presente y ser lo menos intrusivos posible, porque, turisteo al margen, qué hermosas vacaciones proporciona la costa de Liguria a quienes adoran el mar mediterráneamente.

Museo Leonardiano de Vinci

44.VinciA Leonardo le nacieron en Vinci –no está claro si en el castillo de su familia paterna o en una casa de Anchiano, a 3 km de allí-, una apacible aldehuela toscana cuyo mayor mérito es que la joven campesina Caterina pariera allí al hijo ilegítimo del acaudalado notario florentino Ser Piero Fruosino di Antonio. Gracias al poder adquisitivo de su progenitor, que reconoció en él un portentoso talento, pudo ingesar como aprendiz en el taller del artista florentino Andrea Il Verrocchio. Permaneció luego 17 años en la corte milanesa de Ludovico Sforza en calidad de pinctor et ingenierius ducalis. Tras dos breves estancias en Mantua y Venecia, regresó a Florencia y posteriormente fue alternando la capital de Toscana con Milán. Sus útimos años trascurrieron en el Vaticano y en Francia, donde dispuso ser enterrado. Enumero todos los lugares donde se desempeñó Leonardo para reflexionar sobre el escaso –o nulo- interés de que hubiera nacido en Vinci o en San Quirico d’Orcia y la ecasa –o nula- querencia que mostró por su ciudad natal. Paradójicamente, lo que expone el Museo Leonardiano de Vinci se refiere, fundamentalmente, a todo lo que su inquieta mente ideó bastante lejos de allí. En fin.

Aunque en su época fuera principalmente valorado por su obra pictórica, hoy todavía asombra la ingente producción del protípico hombre del Renacimiento en ámbitos tan variados como la arquitectura, la biología, la cartografía o la ingeniería. Es justamente a su faceta científica a la que está dedicado el recorrido expositivo del Museo Leonardiano de Vinci, que se desarrolla en tres inmuebles diferentes. Bueno, en realidad en dos, porque la presunta Casa Natal de Anchiano, aparte de estar ubicada en un lugar muy agradable, carece de interés: no aporta nada que no pueda encontrarse fácilmente en estudios de referencia.

foto_vinci_131En la Pallezina Ucelli se presentan algunas máquinas de construcción, haciendo especial hincapié en la cúpula de la catedral de Santa Maria dei Fiore de Florencia, obra de Brunelleschi en la que colaboró Leonardo cuando era aprendiz de Andrea Il Verrocchio. En la sección dedicada a la producción textil se explica que la hiladora proyectada por Leonardo, cuya reconstrucción se expone en el museo, se basa en la rueca con huso de aleta. Otros avances relacionados con la manufactura textil son diferentes dispositivos de corrección de incidencias, uno de los aspectos que obsesionaban a Leonardo por su pertinaz perfeccionismo.

vuelaLa segunda parte del trayecto leonardino continúa en el Castello dei Conti Guidi, donde se hace un repaso a otras vertientes del sabio del Cinquecento: una lira construida a partir de unos textos de Vasari nos acercan al músico y lutier, otra sala nos habla de su vertiente como ingeniero militar, y otra más de su afición a mecanismos tan ingeniosos como un dispositivo antifricción, mutte, para el campanario de la catedral de Saint-Étienne de Metz, algunas de sus mejoras para ruedas dentadas y maquetas de sus artilugios voladores. Un higrómetro, un inclinómetro, un anemómetro a láminas y un medidor de la velocidad del viento o del agua son algunas de sus originales invenciones para medir elementos atmosféricos y determinar mejor las posibilidades de éxito del hipotético vuelo humano al que tanta energía destinó. Su cerebro vasto y portentoso se desplegaba en los mil y un detalles de cada propósito que se marcaba, a fin de que no hubiera margen de error. Así es cómo funcionaba su mente. Esa obcecación en su búsqueda de la perfección le convirtió en un experto de tribología: siempre tenía en cuenta la fricción para predecir el comportamiento de las ruedas, los ejes y las poleas de sus aparatos, ya que sabía que limitaban su rendimiento.

motor-vinciEn el piso de arriba se muestra un cabrestante florentino del siglo XVII o XVIII y una reproducción de la grúa de linterna de plataforma anular de Bonaccorso Ghiberti, que ayudan a comprender mejor la construcción de la linterna que culmina la cúpula de Brunelleschi. En la sección automoción pueden verse un modelo de bicicleta atribuido a un discípulo de Leonardo, Gian Giacomo Caprotti, alias Salai, y el protopipo de un motor de autopropulsión, aunque se sospecha que más bien se trata de un automatismo creado para representaciones teatrales. Más adelante se pueden apreciar una recreación de la escafandra ideada por Leonardo, una máquina para pulir espejos y estudios anatómicos sobre el ojo humano que le llevaron a interesantes conclusiones sobre óptica, como la cámara oscura. El último tramo del itinerario está destinado a las norias que Leonardo diseñó para que funcionaran como motores de embarcación. Si todavía no se hubiera inventado la rueda, seguro que hubiera sido capaz de imaginarla.

Al finalizar el periplo museístico leonardiano me pregunto qué hubiera pasado si, en lugar de patrocinar sus dotes artísticas, los nobles de la época se hubieran dedicado a financiar sus inventos. Quizás ciencias y humanidades hubieran discurrido en paralelo y en armonía y el mundo sería hoy un poco mejor. O tal vez no, las ciencias hubieran tomado protagonismo de manera más temprana y ya ni tan siquiera existiríamos.

En cualquier caso, qué personaje tan fascinante fue Leonardo da Vinci.

Lucca

Mi amiga Montse, cuyo hijo mayor está estudiando ingeniería aeronáutica en Pisa, me había avanzado que Lucca me iba a encantar. Y tenía razón. Desde ayer es mi ciudad toscana preferida.

37.Fachada_traseraLucca fue fundada por los romanos y fue el escenario del primer triunvirato de César, Pompeyo y Craso. El trazado romano de sus calles se ha preservado bastante, aunque los edificios de su centro histórico datan, fundamentalmente, de la Edad Media y el Renacimiento. De hecho, del antiguo anfiteatro romano solo restan su forma ovalada y algunas arcadas: los lugareños utilizaron los sillares de piedra para construir sus casas y hoy el lugar es una pintoresca plaza abarrotada de terrazas.

Como hemos llegado temprano, hemos podido aparcar fácilmente en la zona azul intramuros y enseguida hemos accedido a la ciudad atravesando la Via del Fosso, con su refrescante y encantador canal, para entrar por la Porta San Gervasio, que se llama igual que nuestro barrio de Barcelona.

El primer monumento de Lucca que hemos visitado es la Torre Guinigi, una estructura de ladrillo del siglo XIV que se eleva a 44 metros del suelo. La escalera que trepa por el interior de la singular fortaleza vertical -230 escalones- es metálica e impresiona un poco subir por ella si, como yo, padeces de vértigo. Además su barandilla te pringa de un óxido adherente que permanece en la palma de tu mano como una segunda piel. Os recomiendo llevar encima toallitas higiénicas si decidís acometer el ascenso, nosotros las echamos en falta. Eso sí, una vez arriba, las vistas son preciosas y se comparte terraza con los siete robles centenarios que coronan la azotea.33.Lucca_torre_guinigi_vistas.jpg

Existe una entrada combinada que permite visitar la Torre Guinigi y el punto más elevado de la ciudad -50 metros de altura-, la Torre delle Ore, que marca las horas desde 1390. No obstante el reloj actual se instaló a mediados del siglo XVIII. El ascenso por sus 207 escalones de madera originales me pareció mucho más llevadero, aunque la escalera es estrecha y empinada. Antes de alcanzar la cúspide se pueden observar los engranajes y ruedas del mecanismo del reloj, al que todavía se da cuerda manualmente.

La Torre delle Ore se ubica en Via Fillungo, la principal calle comercial de Lucca. Callejear por la ciudad es una experiencia muy agradable: los lugareños son discretos y exquisitamente educados y, mientras se desplazan sobre sus bicicletas, exhiben una paciencia infinita con los turistas. En una tienda de vinos y exquisiteces locales, un simpático cartel es toda una declaración de principios, además de una de las frases favoritas de mi amiga Eva: “Life is too short to drink bad wine”. Cuánta razón. Un poco más allá, en Zazzi Dallamano, una artesana teje en su telar primorosos pañuelos de cashmere, seda, lino, algodón y lana. Resulta fascinante contemplarla mientras trabaja. En cualquier esquina te topas con una zapatería maravillosa, repleta de preciosas sandalias rojas, fucsias, verdes o amarillas. Todo el calzado que yo me pondría lo tienen aquí, cielos, qué tortura refrenar las ganas de quemar la VISA.

38.Lucca_pmenúA la hora del almuerzo el calor es asfixiante y empezamos a buscar algún lugar con aire acondicionado, imposible permanecer en las terrazas, que están repletas de comensales -¿serán ignífugos?-. En los alrededores de la populosa Piazza Anfiteatro entramos a comer en el restaurante Tre Merli, que es bonito y acogedor y ofrece un apetitoso menú de 14 euros: carpaccio de buey con rúcula y grana padano, pasta casera con pesto y una botella de agua de 75 cl. Todo delicioso, todo perfecto.

39.Lucca_SanFredianoPor la tarde nos acercamos a la iglesia de San Frediano, consagrada a un irlandés que recaló en Pisa y Lucca allá por el siglo VI. Se trata de un magnífico templo de brillante fachada de mármol que luce un impactante mosaico en su friso. En su interior se conserva –y exhibe- el cuerpo momificado de Santa Zita. El disecado cadáver resulta casi tan turbador como el recurrente Museo de la Tortura, que también abre sus puertas en Lucca. Empiezo a pensar que existe una franquicia toscana dedicada a comercializar las perversiones humanas.

Una de las características más singulares de Lucca es su recia muralla, erigida de 1544 a 1650, que ha permanecido insólitamente intacta, al igual que la urbe medieval que alberga en su interior: mientras fue república independiente, la ciudad-estado de Lucca jamás fue atacada. Sobre los firmes muros de piedra discurre un agradable circuito arbolado de casi 4 km de longitud por el que circulan peatones y bicicletas. Pasear por el sendero de ese vivificante parque público perimetral nos proporcionó un tonificante respiro. Es un recorrido altamente recomendable.

43.Lucca_SanMichelle3Tras la caminata por el camino de ronda, finalizamos nuestro periplo en la iglesia San Michelle in Foro, una admirable construcción cuya arquitectura recuerda a los edificios de la Piazza dei Miracoli de Pisa y que, como su propio nombre indica, fue erigida sobre el antiguo foro romano en el siglo VIII, aunque su aspecto actual data de mediados del siglo XII. Buscando el aire acondicionado –nunca sin él-, en la cercana Caffetteria Turandot mis hijas escogieron dos granizados infectos a 5 euros cada uno. Cosas del turisteo, a veces aciertas, a veces te dan ganas de estrangular a alguien. O de entrar en Trip Advisor, que siempre reconforta.