Jump!

Aunque el cumpleaños de Mariola es hoy -14 años como 14 soles-, llevamos celebrándolo desde el pasado fin de semana, en plan boda farruquitil. El sábado compartió con seis amigas una tarde loca en VASVéns A Saltar?-, el paraíso de la cama elástica de Sant Cugat.

Llegamos bien entrada la tarde y la pequeña nave rebosaba humanidad, aunque lo cierto es que más de la mitad de quienes pululaban por allí eran papás y mamás controlando a sus cachorros: en el cuarto de hora precedente a nuestra cita –el invento funciona por turnos de 15 minutos- los saltimbanquis no tendrían más de 8 años. Enseguida quedamos pendientes de un marcador digital que indicaba el turno y los minutos restantes. En cuanto llegó al 00:00, sonó una sirena y un enjambre de pequeños acróbatas salió en tropel, mientras Mariola y sus amigas se precipitaban a la zona de los rebotes. Compartieron turno con otro grupo mixto de adolescentes que tenían más o menos su edad, pero distaban años luz de su actitud: ellas lucían tops diminutos y ombligo, mientras que nuestras niñas grandes estaban preocupadísimas por controlar el vaivén pectoral que, sin duda, iban a provocar sus cabriolas. Después de todo hay hormonas más veloces –y arrojadizas- que otras.

mariola_jumpingLas siete amigas –hermosas, radiantes, arrebatadoras- se rieron a carcajadas, retozaron como ratones de campo y sudaron como mecanismos de riego por aspersión. Incluso tuvieron tiempo de enamorarse de uno de los monitores, tierno, apuesto y fibrado: en cuanto vio a tanta púber suelta, se encaramó a la pista a exhibir algunas acrobacias de joven macho alfa -después de miles de años de evolución, hay cosas que nunca cambian-.

Tras agotar sus dos turnos consecutivos, muchísimos boing y algún que otro zasca después –porque también hubo caídas- y con unas cuantas agujetas encima, los siete pimpollos abandonaron las flexibles lonas tan exhaustas como si hubieran participado en una expedición para escalar el Himalaya: media hora de brincos frenéticos resulta tan estimulante como agotador.

La fiesta continuó en casa. Pasaron todas por la ducha y, muertas de hambre, se sentaron a la mesa que, por una vez, ofrecía todas las guarrerías del mundo mundial que tanto le gustan a Mariola y que en nuestro hogar están proscritas, desde yatekomos –ese conglomerado indescriptible de marca gallinácea- hasta el refresco de cola más popular de la galaxia. Un día es un día. Luego se acomodaron en el suelo del salón, bien enfundadas en sus sacos de dormir, y cayeron fulminadas como las bellas durmientes que eran -y que son-, sin poder dominar el sueño: nada mejor que una sesión intensa de saltos para convertir una fiesta de pijamas en plácida e incluso repetible velada. “Gracias, mamá, ha sido la mejor fiesta de cumpleaños de toda mi vida”, me dijo el domingo cual niña vieja.

Es mi locuela preferida. Mi trastillo indómito. Mi tesorete eternamente risueño y tozudamente feliz.

Empatizar o morir

Al parecer Izquierda Unida y Podemos desestiman presentarse juntos a las elecciones de diciembre en una candidatura de confluencia. No obstante, quizás no sea tan grave: que tanto Alberto Garzón como Pablo Iglesias se proclamen marxistas –o sea, secuaces de un señor del siglo XIX- resulta, como poco, inquietante. Quizás alguien debería zarandear no solo las instituciones, sino también los fundamentos del fosilizado y decrépito pensamiento político. Me parece mucho más interesante la economía del bien común de Christian Felber que el anticapitalismo, una opción que existe solo como contraposición al igualmente trasnochado capitalismo -a ver si abandonamos de una vez el paradigma de la Revolución Industrial, empezando por la educación-. En cualquier caso, qué bonito hubiera sido que tanto históricos como podemitas hubieran practicado, además del razonamiento evolutivo, el maravilloso don de la empatía.

Durante la charla con que la cabecera digital Sentit Crític conmemoró su primer aniversario, la periodista Mònica Terribas comentó algo que para mí supuso toda una revelación. Mientras Teresa Forcades disertaba sobre los estragos que había ocasionado el neoliberalismo, los allí presentes, mentalmente y en paralelo, íbamos tildando a los partidarios de esa teoría económica como despóticos, corruptos y quién sabe cuántos estigmas más, ligando a una parte con el todo en un ejercicio de metonimia especulativa. En esas estábamos cuando, de repente, Mònica Terribas expuso una obviedad en la que por lo menos yo no había caído: había personas que confiaban en las bondades de esa ideología no por fastidiar al prójimo o por afán de lucro, sino porque creían, de corazón, que el libre mercado generaba prosperidad.

Esta afirmación entronca con el pensamiento de los matemáticos John Von Neumann y Oskar Morgenstern, que resume Jorge Iván González en el periódico colombiano La República: “Los problemas relevantes de la teoría económica no son los precios y las cantidades, sino la forma como los sujetos interactúan. El eje de la reflexión es la acción humana. (…) La teoría económica no es impersonal, sino que está encarnada en sujetos que con su razón, pasiones y creencias van construyendo el orden social”.

empatíaHoy continúo pensando que el liberalismo económico supone una grave amenaza para la sostenibilidad del planeta, pero paralelamente intento comprender a quienes piensan lo contrario que yo: soy de la opinión de que por ese camino, el de ponerse en la piel del otro, aunque sea tu antagónico, puede alcanzarse una vía de acuerdo si no mejor, menos mala para todos. Seguramente nunca lograrás el 100% de tu verdad –tan parcial y subjetiva como la de los demás-, pero merece la pena escudriñar por los rincones para rescatar la solución que genere más consenso y alcanzar un equilibrio de subóptimos, tal y como formuló otro ilustre matemático, John Nash.

A iniciativa de Deep Democracy Institute, y en el marco de su curso intensivo “Stakeholders Across Teams, Brands, Communities, Religions and Nations”, el pasado viernes se celebró en el Pati de les Dones del CCCB el foro Migración y refugiados: ¿Reforzar fronteras o alternativas integradoras?”. Su objetivo era fomentar el encuentro y la comunicación de personas con opiniones enfrentadas para intentar reconducir su polarización. Fue una hermosa y polifónica puesta en común de diferentes enfoques y experiencias.

let's_talkComenzaron la sesión un inmigrante pakistaní, un activista catalán y una ciudadana británica, quien expuso cómo está gestionando su gobierno la ola migratoria y de refugiados. Tras escuchar los tres parlamentos, Max Schupbach, uno de los facilitadores de la reunión, manifestó la dificultad que había tenido la plataforma en encontrar algún ponente que fuera partidario de blindar las fronteras, y animó a los asistentes a expresar esa voz para enriquecer el debate. Y entonces, de manera insospechada, se obró el milagro: se soltaron múltiples voces desde diferentes procedencias, sensibilidades y argumentaciones. Pudo escucharse la voz de la solidaridad, sí, pero también muchas otras, de las que personalmente aprendí bastante más.

Una mujer israelí manifestó, visiblemente nerviosa, su miedo: “Mi país ha admitido cero refugiados sirios. Mi marido, que es español, todavía recuerda con dolor los 200 muertos de la Estación de Atocha. Me siento protegida por las fronteras.¿Qué sucederá con los árabes si las abren?”. Y sin embargo, lo que declaró después una mujer suiza le conmovió hasta las lágrimas: “Mi país es un lugar seguro, me siento protegida por sus fronteras. Pero, por otro lado, pienso que, cuanto más férreo sea el control de esas fronteras, tanto más violenta podrá ser la situación más allá de ellas y con más fuerza querrán romperlas quienes queden fuera”.

Joana –lamento decir que es el único nombre que recuerdo, no anoté ninguno- relató una experiencia pretérita recorriendo Sudamérica acompañada de quien entonces era su novia. Fue consciente de que, en algunos de los países que atravesaron, manifestar públicamente su homosexualidad les hubiera ocasionado algunos problemas con la justicia. Incluso hubieran podido acabar ambas en la cárcel. Por eso pensaba que proteger con una frontera su pequeño país, Cataluña, lo convertiría en un refugio para quienes no disfrutaran de algunas libertades en otros lugares del mundo. Como un idílico Elysium en versión cuatribarrada.

No obstante, por alusiones, una vehemente inmigrante espetó, indignada, que Europa no era el mejor lugar del mundo en el que vivir, o no el único donde poder ser feliz, y que, en cualquier caso, si habitantes de los países con menos recursos se ven en la obligación de tener que emigrar a los países que se enriquecieron a su costa, los expoliados no tienen nada que agradecer –ni mucho menos mendigar- a sus expoliadores.

A un hombre marroquí le asombraba la opinión de sus familiares residentes –y ya nacionalizados- en Francia, firmes partidarios de endurecer la entrada de inmigrantes en territorio galo. En clara sintonía con su aseveración, una joven catalana recordó que, en realidad, quienes más temen a los inmigrantes son quienes menos recursos tienen. Supongo que piensan que si el gasto social se reparte entre más, a ellos les tocará a menos.

Un joven rumano compartió con los asistentes un trocito de su historia. Así supimos que, en el siglo XIX, las exigencias de los países del oeste de Europa, que eran ricos a costa de sus colonias y trataban a Rumanía como a su granero, hicieron que la población, eminentemente rural –un 90% del total se dedicaban a tareas agrícolas- regresara a condiciones de precariedad que no se vivían desde la época feudal. “Nosotros teníamos una tierra fértil y solo queríamos vivir de ella, jamás tuvimos colonias. Y aún así se nos considera ciudadanos de segunda”.

Un programador de origen ruso que llevaba 20 años en Nueva York afirmó que, mientras trabajaba, veía parrillas de números y datos para él inconexos en el gran monitor que presidía su despacho. Tenía conocimiento de caídas de bolsa, crisis y fluctuaciones monetarias, pero ninguna opinión acerca de ello. Carecía de suficientes elementos como para formular un juicio de valor. Acabó admitiendo que, en realidad, no sabía nada. Un joven griego que tomó el micrófono tras él le interpeló: “Mírame bien, quédate con mi cara y, cuando oigas algo relacionado con Grecia, acuérdate de mí”. Continuó explicando que había dado clases de griego a una refugiada afgana que había recorrido a pie los 4.000 km que separan Kabul de Atenas.

El último testimonio fue de otra catalana: “Me he dado cuenta de que, cuando salgo de mi país, soy mi fenotipo. Yo soy la frontera. Cuando estoy aquí también soy mi fenotipo: si se acerca un inmigrante para pedirme una pequeña ayuda, desvío la mirada, ni siquiera le miro a los ojos”. Sí, reconozco que yo también lo he hecho. Lo peor no es tanto dar o no dar una moneda, sino el hecho de invisibilizar, negar a quien tienes delante, porque lo deshumanizas. Lo cosificas. Como si fuera un elemento más del mobiliario urbano.

Leo en la prensa que este fin de semana un centenar de personas han sido asesinadas en Ankara mientras participaban en una marcha por la paz. Si los homicidas hubieran compartido un poco de cotidianidad con sus víctimas –ir a por fruta, cocinar juntos, improvisar alguna canción, engrasar una bisagra que chirría, contemplar un atardecer…-, entonces tal vez –solo tal vez- hubieran descubierto que el eje del mal, en realidad, no era tal. Y que, además de monstruoso, es inverosímil, estúpido, incluso pueril, morir matando.

Juntos por el sí y separados por el no

Pocos días después de iniciar 4º de ESO, algunos compañeros de clase de Ángela que se cuestionaban el independentismo como dogma de fe formularon la petición de un debate, argumentado y plural, sobre una posible disociación de Cataluña del estado del que forma parte. Desde el colegio decidieron, muy acertadamente –desde la vuelta de vacaciones se respira un tenso atrincheramiento-, posponer la multitudinaria asamblea reflexiva hasta después del 27 de septiembre. Y así se hizo.

Ángela nos comentó su convicción de que, con 15 años, carecía de suficientes elementos para formular una opinión sobre un asunto tan complejo, al tiempo que manifestó su interés por escuchar distintos puntos de vista, a fin de tener una panorámica más amplia y poder llegar a sus propias conclusiones. Como se trataba de valorar, sopesar y deliberar, compartimos con ella algunas dudas razonables que podrían surgir durante el debate. Y la disertación fue más o menos así…

El famoso “Espanya ens roba” es la letanía independentista que más ha arraigado en el pensamiento colectivo. Dejando de lado otras consideraciones –como qué grado de falacia esconde la sentencia o quién nos roba de verdad- asoma un inquietante matiz insolidario en el planteamiento. Los barceloneses también podríamos mostrarnos insolidarios con las comarcas interiores catalanas. El Área Metropolitana de Barcelona (Alt Penedès, Baix Llobregat, Barcelonès, Garraf, Maresme, Vallès Occidental y Vallès Oriental), es decir, el conjunto formado por la ciudad de Barcelona y su área de influencia, aporta buena parte del PIB catalán. Luego, ¿podríamos decir que Cataluña roba al Área Metropolitana de Barcelona? ¿Incluso llegar a afirmar que esta práctica habitual –el hecho de que Barcelona “pague las facturas” de Cataluña- se ha institucionalizado? Un ejemplo paradigmático: los ayuntamientos de la Seu d’Urgell y de Puigcerdà –y algunos representantes electos que se sienten muy catalanes pero tal vez poco o nada barceloneses- pretenden que Barcelona presente su mediterránea –y carísima- candidatura a los JJOO de Invierno y, adicionalmente, se ocupe de sufragar los gastos que pueda ocasionar la pintoresca extravagancia.

Un apunte: las comarcas donde las candidaturas a favor de una declaración unilateral de independencia –la famosa DUI- no alcanzaron el 50% de los votos son buena parte de las del Área Metropolitana de Barcelona, más el Baix Penedès, el Tarragonès, el Baix Camp y la Val d’Aran, que, por motivos diferentes a las demás, es la comarca menos independentista, con tan solo un 31% de sufragios a los dos partidos pro DUI. Este es otro tema interesante: la Val d’Aran. Los araneses son los grandes olvidados. Y negligidos. Excepto la CUP, ningún candidato ni ningún representante electo se ha molestado en proponer que el alumnado catalán aprenda ni tan siquiera unas nociones básicas de aranés en el colegio. ¿Qué respeto podemos pedir a los demás si no empezamos por valorar nosotros mismos nuestra propia diversidad y riqueza cultural?

Otra premisa que convendría poner en duda: de la misma manera que Cataluña no es Convergència ni Junts pel Sí, España no es el PP. Tenemos un grave problema: la ley electoral vigente. El PP obtuvo su mayoría absoluta con el apoyo de tan solo el 31% de la población con edad de votar, o lo que es lo mismo, careciendo de la legitimidad de una mayoría social. Ello no le ha impedido perpetrar las más inverosímiles medidas involutivas a golpe de decreto-ley, aun en contra de los anhelos y aspiraciones de buena parte de la ciudadanía.

esconsEn Cataluña el marco electoral no es mejor, como refleja el listado publicado en el periódico digital Sentit Crític “¿Cuántos votos cuesta cada escaño?”, que detallaba: “La cotización depende también, como avanzábamos, de la barrera electoral, el 3% de los votos totales en la provincia. Por eso UDC no ha podido rentabilizar ninguno de sus 102.870 votos, 75.405 de ellos en Barcelona, que doblan el precio medio final del escaño en la provincia. Si la barrera se hubiera reducido, por ejemplo, al 2%, UDC hubiera entrado en Barcelona con dos diputados, en detrimento de JxSí y del PP.”

En Holanda -16,8 millones de habitantes- funciona un sistema electoral exóticamente alícuota, con un distrito único, listas abiertas y máxima proporcionalidad: se divide el total de votos entre los escaños a repartir y se establece un cociente electoral (a los escaños que quedan pendientes de asignar sí que se les aplica la lei de Hondt). Los gobernadores provinciales son escogidos por el gobierno, que está más que habituado a pactar y encontrar fórmulas de consenso, ya que no se exige ningún mínimo porcentaje de votos a ningún partido para acceder a los órganos de elección popular.

Y todavía más dudas. Como se preguntaba Rosa Cañadell en eldiario.es antes de las famosas plebiscitarias, ¿qué sería mejor, una Cataluña independiente gobernada por la derecha, o una Cataluña formando parte de un estado que estuviera gobernado por la izquierda? En el fondo -aunque no en las formas-, la derecha catalana y la española guardan un parecido sobrecogedor: ambas están salpicadas por escándalos de corrupción y han sumido en la indefensión y la precariedad a buena parte de la población con sus recortes. Es más, la derecha catalana ha sido tan aplicada haciendo los deberes que ha desmantelado nuestra sanidad pública –como explica Teresa Forcades a quien quiera escucharla-: Cataluña se ha precipitado a la cola de la clasificación de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (FADSP), que mide las diferencias en la atención sanitaria entre las diferentes comunitades autónomas: mientras que en 2009 figuraba en la 5ª posición, en 2015, después de perder cuatro posiciones respecto a 2014, ocupa el antepenúltimo lugar.

Una última reflexión: en esta Europa controlada por los mercados financieros –¿os suena Grecia?- y en una aldea global dominada por los lobbies, ¿independentes de quién?

-¿Qué tal el debate sobre pros y contras de la independencia?

-No he aprendido nada.

Ángela quedó claramente insatisfecha tras su sesión en el aula: se dedicaron más a seleccionar y coleccionar noticias de la prensa convencional que a analizar la información recabada. ¿Quizás para evitar dinámicas que pudieran degenerar en acerada guerra dialéctica? Entre tanto, me cuentan que algunos cachorros independentistas amenazan con votar al PP en las elecciones generales de diciembre, en plan táctica guerrillera: con Rajoy les va mucho mejor. Como decía Einstein, la estupidez humana no tiene límites.