Termalismo urbano

Tras mi primera incursión en esa especie de parque temático termal del Born llamado Aire de Barcelona, me prometí que jamás regresaría. Me acerqué con mis amigas una multitudinaria tarde de julio, cuando hacía nada que habían abierto y era un espacio prometedor. Contra todo pronóstico, nos topamos con un lugar ruidoso y superpoblado -lo del límite de aforo no lo manejaban muy bien-. Tan denso era el cuchicheo a gritos que solidificaba el ambiente –nadie respetaba la recomendación de permanecer en silencio y la acústica reverberaba el follón- que, más que un placentero paréntesis termal, lo que experimentamos fue un verdadero suplicio.

No obstante, lo confieso: ayer volví allí. No por propia iniciativa, claro. Fue un regalo que le hicieron a mi marido para celebrar que había superado su infarto y que se había reincorporado a su vida laboral, así que, ya que la intención era buena, decidí que debía acompañarle –el obsequio era para dos, un detallazo-.

Sin tantas populosas multitudes pululando por el recinto pude valorar, esta vez sí, la soberbia arquitectura del lugar. Cuentan en su propia web que son unos antiguos baños restaurados, y que algunas de las piscinas fueron en otro tiempo pozas del sistema de reserva de aguas de la ciudad. El aire de todo ello es bastante orientalizante, con las lámparas de arabescas filigranas, la tenue luz de las velas y las mesitas donde puedes servirte té a discreción. Reconozco que esta segunda vivencia fue mucho más placentera –el masaje sobre piedra caliente, especialmente reconfortante-. Aunque, en mi opinión, el baño de sal decepciona, ya que no se acerca ni remotamente a la sensación de sumergirse –es un decir, allí flotas lo quieras o no- en el Mar Muerto. Y lo del silencio fue, una vez más, una entelequia.

Claro que mucho peor es la opción de Aqua Urban Spa, en el barrio de Gracia. En sus inicios fue un punto de encuentro recurrente para reuniones con las amigas: el espacio era pequeño y acogedor y el circuito termal, ideal por su privacidad –no compartías el espacio con otras personas mientras duraba tu tiempo-. Sin embargo, siguiendo la tónica de esta Barcelona que cuida más a sus turistas que a quienes vivimos en ella, incorporaron a personal nuevo que dominaba a la perfección los idiomas foráneos, pero tenía nociones escasas –por no decir nulas- de las lenguas autóctonas. Así que no había forma humana de entenderse. Pues adiós.

Definitivamente, si tuviera que recomendar una dirección para disfrutar de una sesión de termalismo urbano en mi ciudad, me quedaría, si duda, con Rituels d’Orient, http://www.rituelsdorient.com/, un hammam coqueto y encantador que, hasta la fecha, a mi amiga Iciar y a mí, compañeras de unguentos y burbujas, jamás nos ha defraudado. Y creedme, ya llevamos muchos spas de recorrido sobre nuestras masajeadas espaldas.

Si tenéis ocasión, no dejéis de ir. Felices baños árabes.

Ser o no ser independentista

vullbutaYo también quiero votar. Cuanto antes. No entiendo cómo Naniano el Plasmático puede ser tan cerrilmente necio. Y tan temerariamente obtuso: cuanto más tiempo pasa, más honda es la fractura. Más se atrincheran las posiciones. Y más cerca estamos de una consulta sin el necesario censo imparcial y completo. O de unas elecciones plebiscitarias con Carme Forcadell de candidata a la presidencia, arrasando en las urnas e, ipso facto, proclamando la república catalana independiente. Lo que me sabría muy mal, soy más de Ada Colau. Llamadme utópica, pero preferiría decidir sobre muchas otras cosas.

Entre tanto, nuestro paisaje urbano es cada vez más pintoresco. Con tanta bandera estelada –“estrellada” en catalán-, parecemos la versión mediterránea de los Estados Unidos de América, cuyos indígenas siempre están dispuestos a lucir con profusión su estampado de barras y estrellas. Momento de pánico estético: en una Cataluña independiente, ¿perduraría el decorado patriótico? Eso sí que sería un drama, y no la salida de la Unión Europea –que, por otra parte, me la trae al pairo-.

Recién estrenado el año, paseaba con mi amiga Laura por los aledaños de mi casa cuando se nos acercó, folleto en mano, un hombre de mediana edad, centinela de una caseta que hacía gala de toda la parafernalia independentista. Tenía pinta de convergent de fin de semana, con su ropa de colores sobrios, su corte de pelo trasnochado y sus gafas de montura clásica. Supongo que, al oirnos hablar en catalán –a pesar de que no mostramos curiosidad alguna por su parada ambulante-, infirió que podría interesarnos el panfleto en cuestión. “No, gracias”, le respondimos amablemente, y proseguimos nuestro camino. Diez metros más allá, otro señor igualmente arreglado de día de asueto -como a punto de subirse al Touareg para irse a esquiar a La Masella-, nos volvió a ofrecer su propaganda impresa. “No, gracias, no soy de esa secta”, murmuró mi amiga Laura. Y todavía faltaban nueve meses para la fecha mágica.

El pasado jueves por la mañana, 11 de septiembre tricentenario, me topé con un matrimonio sesentón, igualmente convergent –ella, con mechas rubias, pendientes carísimos pero nada ostentosos, vaqueros blancos y zapatillas deportivas de marca, él, con bermudas beige, polo y mocasines Sebago-, acicalados con sendas estelades a modo de capa de superhéroe -¿para volar a Andorra a depositar su dinero?-. Otra señora bien, embutida en su larga camiseta amarilla de algodón, cual Fofito deslumbrante, reprendió a mi amiga Pilar, de la charcutería Cortacans: “¡Por qué no luces hoy la camiseta!”. Es lo que tiene asociar las manifestaciones con sindicalistas y adláteres: cuando te ves en la obligación moral de acudir a una, en el fondo sabes que no eres del todo tú y, claro, te enojas si no ves a más gente con tu mismo talante de cartón-piedra.

Mis hijas ya llevan dos septiembres consecutivos aguantando, sí o sí –será una metáfora por el deseado resultado de la consulta-, que los grupos de whatsapp de sus respectivas clases adopten como foto colectiva el Leitmotiv propuesto por la Assemblea Nacional Catalana (ANC). El año pasado, Ángela intentó reflexionar sobre ello con sus compañeros de curso. “Para eso tenemos que estar todos de acuerdo, y yo no lo estoy. Soy una niña, así que todavía no puedo opinar sobre la independencia”. Lluvia fina para los oídos de esos pequeños grandes demócratas, que le hicieron caso omiso. Lo que mola es ser indepe. Si no, es que eres facha.

Leo en VilaWeb, estupefacta, que la última ocurrencia de la ANC es reclutar a 100.000 voluntarios para que visiten todos –sí, todos– los hogares catalanes y propaguen la buena nueva. Como los testigos de jehová -o los comerciales de algunas compañías energéticas-, pero cuatribarrados. Estoy segura de que lo conseguirán, hay independentistas muy devotos que se prestarán a ello y se aplicarán con fervor religioso. Porque la V de la última diada no significa tanto votar como victoria. El fin de fiesta de la multitudinaria manifestación lo dejó muy claro: el 9 de noviembre votaremos, el 9 de noviembre ganaremos. Como un Barça-Madrid, pero entre lugareños. Ya puestos, no sé cómo no propusieron dibujar sobre las calles de Barcelona, directamente, una I de independencia. Claro que entonces la puesta en escena no hubiera sido tan V de vistosa. Que lo fue, y mucho. La organización fue paradigmática y époustouflante, que dirían los franceses.

Lástima que yo sea atea. Que me den tanta grima los actos de exaltación patriótica. Que me aterre el fanatismo del pensamiento único. Y que opine que cualquier bandera -con permiso de ese extemporáneo ejército de las españas- no es más que un sobrevalorado pedazo de tela.

Averías del corazón

La gestión del dolor es complicada y cada cual vive sus procesos de duelo como puede. Cuando falleció mi padre, no quise a nadie –a ninguno de los míos, se entiende, otra cosa fueron familiares y conocidos del difunto- ni en el tanatorio ni en el funeral. Mi amiga Iciar se ocupó de advertir a mis allegados que mi deseo era despedirme de él en privado. Y no di noticias del deceso en mi entorno laboral hasta que su cuerpo se convirtió en cenizas.

Socializo con bastante facilidad, verbalizo locuazmente tanto pensamientos como emociones y suelo generar vínculos afectivos con quienes me relaciono por un motivo u otro. No obstante, cuando las circunstancias me obligan a asimilar sucesos devastadores, necesito grandes dosis de preciosa intimidad. De estar a solas conmigo. De ahorrarme explicaciones de lo que se ha me varado en el corazón y se me encalla en la garganta. Hasta que me trago el meteorito y vuelvo a ser yo. Más o menos.

Mi marido, que hoy, felizmente, está de nuevo en casa, en su hogar, integrado en ese prieto cogollo que somos su pequeña familia, se está recuperando de un infarto de miocardio. Por eso estoy aquí, aliviada y un poco más ligera –ahora sí-, contándolo. Le quedan por delante tres semanas de reposo que debe aprovechar, necesariamente, en reinventarse. O, por lo menos –adora su trabajo-, en tomarse las cosas de otra manera.

El cine ha creado una imagen prototípica de esa terrible crisis cardíaca en nuestro imaginario colectivo: una persona cae fulminada por un latigazo de dolor cósmico en el pecho y el brazo izquierdo e, inmediatamente, llega alguien con un desfibrilador. Pues no. Os lo explico porque son detalles que desconocía y quisiera compartirlos. Nunca se sabe.

Cada cual tiene su umbral de dolor y lo expresa a su manera. Y la sintomatología de cada infarto es como la huella dactilar de quien lo padece: única y genuina. Así que puedes sufrir un infarto sin saber que lo es, continuar paseando tranquilamente por Brest, al día siguiente tomar unas fotos con tu dron, el fin de semana chuparte 1.300 kilómetros para regresar a Barcelona y el lunes empezar a trabajar como si nada, con un dolor inidentificado en garganta, pecho, espalda y brazos que atribuyes al estrés de la rentrée –cuánto trabajo por delante este mes de septiembre-.

Hasta que, por ficorazónn, te vas con tu moto a Urgencias y, tras un análisis de sangre y un electrocardiograma, te sueltan que –oh, sorpresa- era un infarto. Así que te ingresan en la Unidad de Cuidados Intesivos, descubren que tienes la arteria coronaria derecha obstruida al 100% desde hace casi cinco días, te la limpian, te implantan un stent –todo ello a través de un catéter, maravillosa cirugía moderna- y te dicen que en un mes se podrá valorar la dimensión de la necrosis en el tejido cardíaco, que no se regenera.

Mi marido estaba sereno y preparado para morir. “Estoy recibiendo los mejores cuidados posibles, así que, si me tengo que ir, pues me iré”. Yo, para ser viuda, no. En absoluto. De hecho, todavía estoy digiriendo lo que ha sucedido, a ritmo trepindante, durante nuestra accidentada vuelta de las vacaciones. Mientras permaneció en la UCI, no podía pensar en otra cosa que no fuera él. Su delicado estado de salud. Su repentina y amenazante vulnerabilidad. Pero, sobre todo, su imprescindible existencia.

Cuando, por fin, lo subieron a planta y le dieron una habitación, tomé una foto, la primera con sus hijas desde su hospitalización. Es una instantánea de ínfima calidad, hecha con el móvil –el convaleciente y mi hija mayor todavía me reprochan que hiciera una foto tan mala-, pero que, desde mi subjetivísimo punto de vista, encierra el centro del universo. El ombligo del mundo. Y la esencia de lo que verdaderamente importa.

Mientras cicatrizan las heridas de su avería cardíaca, continuaré lamiéndome las mías, que también son del corazón, pero de otra índole.

Nos vemos por aquí. Supongo. Algún día.