A Galicia a comer percebes

Un día cualquiera de agosto, en el restaurante Marea Alta de Barcelona. En pleno homenaje gastronómico con mi madre y mi hermana a cuenta de mi inminente cumpleaños, nos sirven una cajita de madera con una decena de percebes-joya envueltos en un paño, como un tesoro.

– Qué ricos. Son grandes y están muy bien cocidos, pero no pueden compararse con los que tomé en Camariñas, ni por cantidad ni por precio. Aunque es lógico, allí los tienen más a mano –comento mientras rasgo con los dientes un pedúnculo y sorbo su fluido atlántico.

– Pues vámonos a Galicia a comer percebes –sugiere mi hermana, como si más de mil kilómetros de distancia se pulverizaran con solo pensarlo.

– Claro, claro –respondo yo, sin dejar de chuperretear.

– Lo sigo en serio. Mira cuándo te iría mejor y busca vuelos.

Ahí vamos. Compro los billetes Barcelona-Santiago de Compostela y reservo mesa en el restaurante Puerto Arnela de Camariñas. Cualquier excusa es buena para disfrutar de una escapada con mamá, ahora que todavía podemos: su pérfido alzhéimer avanza a la velocidad del rayo.

RyanairEn nuestro avión de Ryanair, las ilustraciones que explican las medidas de seguridad son abracadabrantes. Una de ellas me conmina a que no mire por la ventana si mi visión es tan intensa como un lanzallamas, a no ser que desee bloquear la puerta de emergencia -no había visto nada parecido desde “Zoolander”-. Tres más lucen manos voladoras que ejecutan tareas, en plan Cosa de la familia Addams. Aunque son inquietantes, observarlas resulta de lo más entretenido para que las dos horas de vuelo pasen más rápido.

Nuestro alojamiento, Casa de Amancio, es bastante básico pero está muy bien ubicado, a 10 minutos en nuestro coche de alquiler desde el aeropuerto. Escondido en una Casa de Amancioapacible aldehuela de los aledaños de Santiago de Compostela y ajeno al mundanal ruido, huele a campo, a bosque centenario y a puchero preparado con cariño: los guisos caseros de Belén son vivificantes. Lo comprobamos nada más llegar porque, aunque es tardísimo y estamos agotadas, los sabrosos efluvios que nos envuelven mientras hacemos el registro en el hostal nos empujan hasta una de las mesas de su acogedor restaurante. El menú de 15 euros lo incluye todo y es soberbio. El pulpo a la brasa que pide mi hermana, servido en un lecho de parmentier de patata, sensacional. Enseguida decidimos que cada día cenaremos, sí o sí, en el hotel.

Los desayunos son bulliciosos por el goteo incesante de peregrinos de camino a Santiago. Nos instalamos en la coqueta mesa redonda del jardín reservada para los huéspedes del establecimiento y el sol nos acaricia mientras ingerimos nuestros pinchos de tortilla de patata -jugosa y recién hecha- y nuestros zumos de naranja natural. Así podemos dirigirnos con más alegría a Camariñas, donde nos esperan primorosos encajes, las ruidosas gaviotas del puerto de pescadores, los anhelados percebes que han motivado el viaje y Faro Vilán: desde la colina aneja al vigía de la Costa da Morte, donde todavía se alza el Faro Vello, se divisan las brillantes aguas oceánicas circundantes. El mar está tan calmado que parece un lecho de cristal.

De regreso decidimos visitar tres de las iglesias de la ruta románica de la zona. Aunque disponemos del escueto mapa que nos han entregado en la oficina de turismo de Camariñas, las indicaciones brillan por su ausencia y nos vamos topando con los templos medievales cada vez que damos por fracasada la búsqueda, casi por casualidad. Cosa de meigas.

Santa Mª de XaviñaLa coqueta Santa Mª de Xaviña, que data del siglo XII y luce unos encantadores capiteles con motivos vegetales, se agazapa tras el muro del camposanto del villorrio de su nombre. Los difuntos duermen su sueño eterno tanto en los tradicionales nichos verticales como en las lápidas que enlosan el pavimento -qué angustia andar pisando cadáveres-.

Santiago de CereixoUn roble centenario de proporciones colosales nos brinda su reconfortante sombra antes de acceder al recinto de la iglesia de Santiago de Cereixo, vecina a las torres de Cereixo e igualmente enclavada en el corazón de su antiguo cementerio. Aunque debemos conformarnos con pasear por su perímetro porque permanece cerrada, podemos apreciar el relieve de su tímpano sur, que representa el traslado en barca hasta Galicia del cuerpo del apóstol Santiago.

San Xulián de MoraimeNo obstante nuestros más asombrosos descubrimientos son el prodigioso pórtico y, sobre todo, los fascinantes frescos de la iglesia de San Xulián de Moraime. Lamentablemente, debemos conformarnos con observar las raras pinturas góticas desde la distancia, asomadas a un ventanuco practicado en su portón: las visitas al templo están restringidas a los domingos.

Desde el conjunto medieval nos queda muy cerca Muxía, en la falda de cuyo faro nos sentamos tanto para soslayar la marea de visitantes como para contemplar cómo rompen las olas contra las rocas, aunque el Atlántico luce tan pacífico que lo que se despliega ante nuestros ojos es, más bien, un relajante vaivén.

FisterraAntes de regresar a nuestro alojamiento decidimos llegarnos hasta Fisterra, donde se agolpan turistas y peregrinos. Nos instalamos en la terraza de la cafetería del hotel O Semaforo de Fisterra y disfrutamos del dorado atardecer sin prisas, saboreando esa panorámica que se nos presenta cual singular ofrenda.

Cambados - Santa Mariña CambadosEl domingo Santiago de Compostela y sus aledaños amanecen con neblina atlántica, de modo que nos escapamos hacia el sur a la caza del sol. Santa Mariña de Dozo, en Cambados, es un monumento insólito: a lo que queda de la iglesia del siglo XII le ha crecido una necrópolis en las tripas, entre muros de granito y hermosos arcos románicos transversales. La zona del altar, la sacristía, las capillas laterales y la nave central están minadas de tumbas, que rebasan el recinto arquitectónico en ruinas y se enseñorean de su perímetro en colmenas de cemento, mármol y cristal. Un enjambre de mujeres buscan las garrafas de plástico que custodian los sillares y se afanan en regar los setos y renovar los centros con flores frescas. Ojipláticas nos deja su turbadora forma de venerar a los difuntos.

Cambados - casita conchasAl salir de allí nos encaminamos hacia otro de los supuestos puntos de interés de la población, la Torre de San Saduriño, cuyo único atractivo radica en el bello enclave en el que se ubica. Sin embargo, gracias a esa incursión descubrimos un llamativo detalle arquitectónico de algunas casas de pescadores del puerto de Cambados: sus muros limítrofes están revestidos con conchas para proteger las viviendas de la humedad.

La denominación de origen de las renombradas almejas de Carril procede de abreviar Santiago de Carril, localidad marisquera aneja a Vilagarcía de Arousa. Decididas a degustar los ilustres moluscos, nos instalamos en el restaurante Luchana. Su dueño, Manolo, es todo un personaje que lo mismo detalla la carta que canturrea en la cocina o relata sus aventuras en la Barcelona olímpica: hizo una pequeña fortuna vendiendo loros colombianos a los puestos de las Ramblas. Nos sirve un buey de mar con doble caparazón, en pleno cambio de muda: su tierno exoesqueleto interior es una infrecuente delicia. Tras unos berberechos jugosos, soberbios, fresquísimos, nos presenta una cazuela de fideos con almejas para dos que podría alimentar a cuatro comensales.

CarrilA fin de digerir el espléndido almuerzo nos encaminamos hacia el soleado paseo que orilla las cristalinas aguas. Desde el placentero puerto de Carril se divisa la isla de Cortegada, que alberga un singular bosque de laureles y cuenta con un centro de recepción de visitantes que forma parte del Parque Nacional de Illas Atlánticas. Su visita queda pendiente para una próxima ocasión.

Nuestra incursión pontevedresa continúa en la villa termal de Caldas de Reis para ver el puente romano sobre el río Bermaña, que no sabemos encontrar –los gallegos y sus más que mejorables señaléticas-. Una encantadora lugareña, Teresa, se ofrece a acompañarnos. Por el camino nos recomienda que, si podemos –otra vez será-, probemos las tapas y raciones del bar O Muiño, y que en un próximo viaje visitemos Allariz, Combarro y la ciudad Pontevedra. Antes de despedirse nos indica cómo regresar hasta nuestro coche: debemos atravesar la calle Real y girar a la derecha en cuanto lleguemos a la fuente termal de las Burgas.

Caldas de Reis - viejecitaMientras examinamos uno de los dos edificios con soportales que se conservan en Caldas de Reis, se nos acerca una anciana vivaracha y parlanchina. “¡Qué! ¿Os animáis a comprarlo? Está en venta desde hace mucho, son cuatro hermanos y no se ponen de acuerdo. Aquí donde me veis, tengo 92 años, he llegado a esta edad porque nunca he tomado una pastilla. Me hice una herida muy mala en la mano, porque tenemos ferretería, y cuando fui al médico me dijo que me tenía que dar tres puntos. Yo le contesté que ya me lo pensaría, pero no volví. Me curé con las aguas de aquí, ¿veis la cicatriz? Los médicos, como cada vez hay más viejos, aprovechan cuando vas al hospital y te dan pastillas para dormirte. Eso es lo que hacen. Por eso yo no tomo nada. Hay una mujer en el pueblo que tiene 100 años. Vino de América, se ve que hizo mucho dinero, lleva una diadema de brillantes. Vive sola y no quiere a nadie, su hija quiso ir a vivir con ella y la echó de malas maneras. ¿Y vosotras, de dónde sois, de Santiago?”. Es la monda.

Nuestro último día, lunes festivo en Barcelona pero laborable en Galicia, nos acercamos de nuevo al mar. En la entrada de la ría de Noia, muy cerca de Porto do Son, en Xuño, se extiende la salvaje Praia das Furnas, donde el impetuoso oleaje esculpe la fina arena blanca y se desliza entre rocas de pizarra y piscinas naturales de agua salada. A añadir a mi lista de propósitos: algún día me alojaré en la pensión As Furnas, un hostal a pie de playa que solo parece apto para surfistas. Ver la puesta de sol y el amanecer desde allí ha de ser todo un espectáculo. Praia das Furnas
Almorzamos en la villa señorial de Noia, cuyo casco histórico alberga edificaciones góticas tan bien conservadas como el pazo Dacosta, una casa señorial del siglo XIV reconvertida en el restaurante Tasca Típica. Como detalle de cortesía nos sirven un exquisito paté de atún, anchoas y pimientos del piquillo. Nos recomiendan las zamburiñas, que están tremendas, el lacón, muy suculento, y la especialidad de la casa, pulpo a feira con gratinado de queso de tetilla gallega. Añadimos a nuestra lista de platillos para compartir unos pimientos de padrón –carnosos, cocinados al punto- que nos parecen sublimes. Los postres tienen la mágica virtud de adaptarse al particular gusto de cada una: la crêpe de chocolate negro resulta perfecta para mi golosa madre, a mi hermana le encanta su ácido sorbete de mandarina y a mí me chifla mi tarta de queso, liviana y parca en azúcar. Nuestro almuerzo de despedida es todo un homenaje gastronómico, aunque este fin de semana largo en Galicia nos hemos regalado unos cuantos.

Ponte MaceiraDe regreso a Santiago de Compostela nos detenemos en Negreira para curiosear el Ponte Maceira, a cuyo peculiar encanto se suma el idílico paisaje que lo enmarca.

Cuando llegamos a Santiago, mamá está tan fatigada –son ya tres días de hacerle trotar de aquí para allá- que nos subimos al tren turístico que parte de la plaza del Obradoiro: al preguntar por el itinerario, nos aseguran que recorre la zona universitaria y el casco histórico. Exceptuando las fabulosas vistas desde la Alameda, el recorrido resulta decepcionante, aunque mamá se apea feliz. Está radiante, no ha dejado de sonreír desde que salimos el viernes de Barcelona. “Estoy contenta. Me gusta. Lo pasamos bien, ¿verdad?”. Claro que sí, mamá, muy bien. Aunque tú ya no la recuerdes, ha sido una escapada inolvidable.

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Oporto entre amigas

Aunque las cinco madrugamos de manera sobrehumana, nuestro Vueling sale con dos horas de retraso por la tormenta. Claro que mejor eso que perecer en accidente aéreo. Una azafata jovenzuela y rubia, con aspecto de haber desayunado endivias, rebuzna a Val: “¡señora, no puede pintarse las uñas!” -primera noticia de que están prohibidas las manicuras a bordo-, así que a Laura no le queda más remedio que pintárselas también, en un pequeño acto de vandalismo solidario. A Eva le entran ganas de depilarse las ingles, solo por provocar, lástima que no lleva unas bandas de cera a mano. Las chicas son guerreras.

dama-pe-de-cabraLlegamos a Oporto mucho más tarde de lo previsto, así que, en lugar de desayunar, almorzamos. Nos arrellanamos en dos de las mesas de Dama Pé de Cabra, un acogedor establecimiento regentado por un matrimonio que se reparte las tareas divinamente, ella en los fogones –y qué bien guisa- y él en sala. Nuestro anfitrión es educado, atento y políglota. Nos detalla cada opción con etérea elegancia y cada cual escoge su bocado preferido. Mi prima Marta y yo optamos por compartir unas tripas –suculentas y al tiempo delicadas gracias al truco de incorporar algo de pollo, como nos desvela la cocinera- y unas deliciosas mollejas estofadas.

Comme ÇaUna vez que nos hemos recuperado un poco, arrasamos en la zapatería Eureka –uno de mis grandes clásicos de Oporto- y luego nos lanzamos a corretear desde nuestro barrio, Baixa, hasta el de Cedofeita, callejeando sin prisas y deteniéndonos para recolectar objetos como urracas y recrearnos en las encantadoras fachadas de primorosos azulejos que engalanan la ciudad. Cenamos en el restaurante Comme Ça, en la Rua de José Falcão, donde nos sugieren que compartamos entre dos los platos principales, aunque no nos advierten de que con las ensaladas sucede lo mismo: a mi prima le traen un plato de dimensiones colosales, rebosante de hojas verdes con un par de bolinhos de salmao más que generosos.

El sábado –y también el domingo- iniciamos la jornada en Molete Bread&Breakfast, cuya relación calidad-precio es extraordinaria. Desestimamos desayunar en nuestro hotel porque Laura nos avisa de que allí el café solo es apto para aliviar el estreñimiento. Luego nos dirigimos al punto más elevado de la ciudad, la colina donde se alza la Catedral de la Sé, aunque yo prefiero soslayar la incursión al templo y resguardarme en un rincón sombreado: a 36 grados de temperatura, arden las calles y mi humor se tuerce. Jamásdelosjamases regresaré a Oporto en verano, viva el otoño atlántico. Mientras espero a mis amigas, me entretengo en avistar los tejados de los edificios que se extienden a nuestros pies y me dejo acariciar por la leve brisa, que apenas amortigua el calor achicharrante.

San BentoDescendemos todas del barrio de Batalha para contemplar los azulejos y las columnas de hierro colado de la Estación de San Bento –nunca me cansaré de admirarla-, y desde allí bajamos en alegre paseo por la peatonal Rua das Flores. Aunque se nos presentan numerosas opciones para hacer una pausa, nos decidimos por http://www.mercadorcafe.pt, una cafetería vintage donde saborearmos nuestros vivificantes zumos naturales en refinados vasos de cristal tallado.

El implacable sol no concede tregua, imposible ir en busca del restaurante de pescadores que nos ha recomendado John, el viajado marido de Eva, de modo que nos refugiamos en el primer comedero del barrio de Ribeira que cuenta con aire acondicionado. Y, oh, sorpresa, acertamos. En Essência Lusa, en la Rua de São João, amenizamos la espera con unas ricas aceitunas aliñadas con ajo y aceite de oliva, y Eva, mi prima y yo escogemos pulpo a la brasa. Soberbio.

PuentingTras el opíparo almuerzo, nos atrevemos a recorrer el muelle hasta el Ponte Luis I, desde donde algunos adolescentes, más que osados, arrojadizos –nunca mejor dicho-, se lanzan al Duero por un euro, como anuncian a grito pelado a quien les quiera escuchar. Y yo pienso, ¿qué clase de mamarracho es capaz de dar una moneda para ver cómo se precipita un púber en las procelosas aguas del río? Y, ya como madre, ¿merece la pena desvivirte en criar a tus cachorros para que se conviertan en semejantes seres? Cuando alcanzo la mitad del puente, procuro colocarme de manera que las vigas de hierro impidan la visión de los terribles saltos sin que obstaculicen las imponentes vistas al Duero. Me quedaría ahí durante un buen rato, disfrutando de la reconfortante brisa, pero el tránsito de viandantes por la estrecha acera no deja demasiado margen a la tonificante pausa.

funicularUna vez atravesado el puente, ya en Vila Nova de Gaia, el pavor se apodera de mí: ante mis ojos se extiende el soleado paseo que orilla el río. Ni una triste sombra donde guarecerse, tan solo los breves toldillos de los puestos de artesanos que ofrecen sus cautivadoras creaciones. Tras una corta incursión para cotillearlos, desestimamos visitar las bodegas y desandamos el camino para cruzar de nuevo el puente y llegarnos hasta los pies del Funicular dos Guindais, que asciende desde el barrio de Ribeira hasta el de Batalha y nos evita encaramarnos a pie por las colinas portuenses. Tras la inevitable cola –somos legión quienes preferimos evitar nuevos sofocos- nos refrescamos en el habitáculo del artefacto, que cuenta con climatización. Val, mi prima y yo nadamos en nuestro sudor, pero la canícula no hace mella en Laura, inmarcesible cual eterna primavera, ni en Eva, que luce sus apretados vaqueros como una heroína de Marvel. Envidia cósmica.

Cae la noche. Imposible calzar mis flamantes zapatos de plataforma recién adquiridos en Eureka, prefiero chancletear junto a mis amigas de camino al restaurante donde hemos reservado mesa. No obstante, mi prima se aúpa a sus zancos galácticos y casi se hace un esguince: los adoquines, el agotamiento y la adicción al móvil –su cuerpo está en Oporto pero ella en Mallorca con su novio vía whatsapp- son una combinación letal.

Tabua rasaTabua Rasa es, más que un restaurante, una tienda gourmet con servicio de comidas: básicamente sirven apetitosas bandejas de quesos, embutidos y conservas. Laura ni se inmuta cuando el inclemente hedor a queso que impregna el local golpea su pituitaria. Nacida para sufrir. Nos sirven un gazpacho a la portuguesa, con las verduritas troceadas flotando en el agua aderezada, que a mí me chifla, aunque no resulta del gusto de todas: Eva odia el cilantro. Tras dar buena cuenta de mis sardinas ahumadas picantes, descubro una infusión de limón preparada con cortezas del popular cítrico. ¡Qué gran ocurrencia!

Val nos invita a una ronda de copichuelas en la Champanheria da Baixa. El nombre es un poco overpromise, deberían rebautizarlo como “Sangría a gogó”. Comparte terraza con el vecino Café Candelabro, que parece mucho más interesante pero no dispone de mesas libres, qué lástima. Preside la plazoleta una cabina de teléfonos inglesa que todavía funciona, pero hace las veces de plató improvisado: grupúsculos de guiris de diversas nacionalidades se fotografían junto a ella. A menudo los humanos somos inverosímiles.

El domingo empezamos la mañana con la recurrente navegación por el río Duero que muestra los puentes de la ciudad. Compramos los billetes a la primera compañía con que nos topamos, Tomaz do Douro. No cumplen con el horario estipulado y, aunque cae un sol de justicia mientras aguardamos, no facilitan información sobre el retraso. Una viejecita con muletas espera bajo el solazo y tampoco se preocupan por ella. De hecho, nadie atiende en el muelle antes de que llegue la embarcación, mientras dos personas, impertérritas, venden tickets bajo su sombrilla. Una vez a bordo, el horror: un españolazo con la camiseta remangada hasta el sobaco no solo nos enseña su peludo buche, sino que también exhibe sin pudor sus posaderas. Hacer turismo es un continuo sinvivir, mejor concentrarse en las maravillosas panorámicas de la travesía.puentes-porto

Almorzamos en Typographia Progresso y me pido un zumo de limón recién exprimido –sí, es una de las bebidas que sirven- y unas tripas atómicas. La intención era acercarnos después de comer al Faro da Foz do Douro, pero desistimos ante la cola de viajeros que esperan el tranvía, que por supuesto no cuenta con aire acondicionado.

Al final nos despedimos de Oporto en la terraza de una heladería de la Rua de Santa Caterina –el Café Majestic está cerrado- porque, justo enfrente, una chica que vende bolsos de paja y sombreros a cinco euros ameniza la tarde con su música ochentera.

Mientras nos vamos, empieza a refrescar y parece que el clima atlántico regresa, como si hubiéramos llevado el calor con nosotras todo el tiempo. Quién sabe, tal vez sea así. Al fin y al cabo, la mayoría de nosotras entiende la vida mediterráneamente.