Su primera “mani”

BVwnTbPCUAAkK_e.png_largeMi hija Ángela, que cursa 2º de ESO, quiso hacer huelga el jueves. No fue una decisión baladí tomada ante la tentadora perspectiva de saltarse un día de clase, sino el fruto de una conversación familiar durante la que valoramos las peoras de la contrarreforma educativa del inefable ministro Wert.

En casa ya nos parece aberrante -anacrónico, desfasado, absurdo- el marco educativo actual, no digamos la LOMCE, que clasifica a los estudiantes entre futuros líderes y peones y que en lugar de intentar formar a ciudadanos y ciudadanas capaces de transformar el mundo parte de premisas carpetovetónicas -según José Saturnino Martínez García, profesor de sociología de la Universidad de La Laguna, “Wert queda a la derecha de Villar Palasí, el ministro de Franco que promovió la Ley General de Educación (LGE) de 1970”-. En cualquier caso, nada que no hayamos visto ya antes con mayor o menor virulencia: en este país, cada partido político que obtiene su momento de gloria electoral crea una nueva ley ideologizante con el único objetivo de adoctrinar a niños y niñas, lo mismo que se apodera de los medios públicos para manipular a la audiencia a su antojo. Es lo que tiene montar una pseudodemocracia sobre cimientos franquistas.

Decía, pues, que Ángela se sintió afectada por esta nueva involución “educativa” -entrecomillo el término porque, una vez más, los politicuchos de turno no se han sentado con maestros, pedagogos o cualquier otro profesional de la enseñanza antes de perpetrar su engendro- y, ante su voluntad de participar en el que iba a ser su primer acto de libertad de expresión, me ofrecí a acompañarla.

Llegamos a la confluencia de Pelayo con Vergara sobre las 12:30 y nos topamos con una ecléctica multitud en la que predominaban las camisetas amarillas que lucían los maestros y maestras de los colegios públicos catalanes. Ángela, curiosa, me iba preguntando por cuanta enseña se ponía ante sus ojos:

– ¿Qué es aquella bandera, con una A grande?

– Una bandera anarquista.

– ¿Y qué es “anarquista”?

– El anarquismo es una teoría que me encanta. La formularon Bakunin y Proudhon en el siglo XIX. Podríamos resumirla con su consigna, “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. Se trataría de organizar la sociedad en pequeños grupos autónomos y autosuficientes en los que nadie mandaría sobre los demás y todo se decidiría según lo que fuera mejor para el bien común.

– Suena bien.

– Ya, la teoría es perfecta, pero, en mi opinión, es difícil que se pueda llevar a cabo, porque no todos los humanos son honestos, generosos y de buen corazón, y esa premisa es básica para que la teoría funcione. Por ejemplo, piensa en tu clase. Sois 30 alumnos: ¿tú crees que podría funcionar algo así con tus compañeros de curso?

– No… Tienes razón.

Paseamos entre banderas de UGT, CCOO y CGT, estelades, senyeres y banderas republicanas, alguna bandera casi de museo -la ya mencionada anarquista y otra comunista-, padres y madres con hijos y abuelos y abuelas con nietos, maestros y maestras de guardería e infantil, docentes de primaria y ESO, estudiantes de bachillerato y universitarios y turistas ojipláticos que tomaban fotos a diestro y siniestro. Como banda sonora, consignas en catalán y en castellano antiWert, pero también antiRigau, y la música festiva de tambores y grallas.

Cuando, bajando por Via Laietana, llegamos a la altura de la Plaza de la Catedral -tardamos una hora en llegar hasta allí- decidimos dar por finalizada nuestra asistencia. Fue una mañana verdaderamente hermosa y me encantó compartirla con mi hija.

– Mi primera muestra pública de respulsa a una decisión de nuestros gobernantes fue una plantada colectiva en el campus de la universidad.

– Pues yo lo he hecho antes, mamá, ¡te llevo ventaja!

Afortunadamente, ¡mi hija me lleva ventaja en tantísimas cosas!

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Por qué hoy no pongo un lazo rosa en mi foto de perfil

Este año no. No es que repentinamente haya pasado a engrosar las filas de los psicópatas rabiosos que desean que alguna mujer padezca ese tipo de tumor –espero fervientemente que no exista nadie así, aunque la naturaleza humana nunca dejará de sorprenderme-, sino que me parece vanal. Superfluo. Anecdótico.

Tal vez sea porque este año ya he colaborado activamente con Beca Marta Santamaria, que apoya la investigación del cáncer de mama –www.becamartasantamaria.com-. Comparado con algo tan concreto y tangible, da un poco igual que manifieste públicamente que he compartido el sufrimiento de mujeres muy cercanas que han padecido esta terrible enfermedad –entre ellas mi propia abuela paterna, quien falleció por ello- con un lazo rosa. Llamadme práctica, pero en todo cuanto está al alcance de mis posibilidades, prefiero pasar a la acción.

Últimamente se ha puesto de moda expresar la firme adhesión a mil y una causas e ideologías –incluso profundas convicciones- a través de la foto de perfil. Tipo aquí estoy yo y así soy, toda una declaración de intenciones. Lo respeto –faltaría más- pero no lo comparto. El lenguaje futbolístico, maniqueo y reduccionista que se ha adueñado de instituciones, medios y redes sociales ha calado en la sociedad hasta tal punto que hoy no me da la gana de poner el lazo rosa en mi foto de perfil. Y no por ello voy a empatizar menos con cuanta mujer padezca un cáncer de mama.

Lo cierto es que hay un motivo más profundo, una pequeña decepción. El 6 de julio se celebró una gala benéfica de Beca Marta Santamaria en el vetusto pero entrañable teatro del Casino L’Aliança de Poblenou. Mi amiga Dolors me lo comentó unos meses antes y anoté la cita ineludible en la agenda familiar. Luego otra amiga, Valery, me dijo que iba a venir por aquellas fechas a Barcelona con sus hijos desde Frankfurt, y le respondí que su primer sábado en mi ciudad íbamos a ir todos a un espectáculo de danza. No eran profesionales, ni tampoco les apadrinaba alguna de esas rutilantes mujeres famosas y mediáticas que se prestan fácilmente a salir en la foto, pero era por una muy buena causa y con eso bastaba.

Yo imaginé que el teatro estaría lleno hasta la bandera. ¿Quién no iba a apoyar algo así? Cada jornada pro cáncer de mama, tanto facebook como guatzap se llenan de lazos rosas, ergo la asistencia iba a ser sin duda multitudinaria. Sin embargo, no fue así. Hubo mucho público, sí, y, por lo que me contaron las principales promotoras, Bárbara y Dolors, la fila cero también estuvo muy concurrida. No obstante, también hubo quien, sabiéndolo y teniendo tan fácil colaborar, no asistió ni presencial ni virtualmente y prefirió ir a la playa, a tomar unos pinchos o de excursión al Montseny sin darle demasiadas vueltas. Tal vez hoy se pongan el lazo rosa, es tan fácil poner una foto que te pasan desde mil y un grupos. Clic. Ya está.

Aunque tampoco importa demasiado, forma parte de la ya mencionada naturaleza humana. Por suerte todavía hay gente –muy buena gente- que siempre está ahí, que es incondicional, que nunca falla. Hay una palabra para definir la actitud y la manera de hacer de ese tipo de personas. Se llama compromiso.

Vinland

Parece que los lingüistas, una vez más, no se ponen de acuerdo –afortunadamente: cuán saludable resulta contar con diferentes puntos de vista-. Algunos etimologistas aseguran que Vinland significa tierra de viñedos. No obstante, también hay quien afirma que este término se refiere, más bien, a una hipotética tierra de pastos o praderas, lo que tendría más lógica, habida cuenta que la mítica Vinland se correspondería a la costa atlántica de Canadá.

Según las sagas vikingas, Erik Thorvaldsson, más conocido como Erik el Rojo, fundó el primer asentamiento vikingo en Groenlandia, mientras que su hijo Leif Eriksson –literalmente, el hijo de Erik– fue el primer europeo que llegó al continente americano, cosa que nunca sabremos a ciencia cierta porque, además de que no tenemos la bola de cristal de la pitonisa Pita, quizás algún otro vikingo antes que él, vete tú a saber, ya se llegó hasta aquellos andurriales. Sí que hay constancia y pruebas arqueológicas fehacientes, en cambio, de que en el siglo XI hubo un asentamiento vikingo temporal en lo que hoy se conoce como L’Anse aux Meadows, en la isla de Terranova.Viking site_27

En cuanto a las posibles causas de que ese asentamiento no prosperara, hay, como era de esperar, varias teorías –conjeturas más que otra cosa-, aunque quizás lo que en realidad sucedió tiene que ver con una combinación de todas ellas. Nunca lo sabremos. O sí.

Podría haber pasado que los lugareños, unos indígenas guerreros y aguerridos, no estuvieran dispuestos a compartir territorio con aquellos agricultores y pescadores tan rubios y tan altos (la competencia desleal nunca fue bienvenida) y éstos últimos, aunque se hubieran instalado allí con sus propias mujeres –hay utensilios que prueban la existencia de féminas en el poblado vikingo- y no buscaran líos, no estaban por la labor de batallar, así que regresaron a su Groenlandia querida con sus maravillosas naves.

Otro posible factor a tener en cuenta es que, cuando Leif y sus camaradas construyeron su poblado con vistas al mar, al parecer la temperatura era bastante agradable y los inviernos más que llevaderos, pero al cabo de unos tres lustros hubo un repentino cambio climático –quizás Odín y Frigg sufrieron algunos episodios de desavenencias conyugales- y los vikingos pensaron que, frío por frío, mejor lo pasaban en su tierra –en circunstancias adversas, a menudo aflora la añoranza del terruño-.

index_img-meadows.ashxFuera por eso, porque alguna enfermedad diezmó la población vikinga –recordemos los estragos que causaría tres siglos más tarde la peste negra-, porque hubo una pequeña rebelión doméstica y las mujeres amenazaron con plantar a sus compañeros, o por un poco de todo, lo cierto es que hasta que, basándose en los famosos manuscritos medievales de Islandia, los noruegos Helge Ingstad y Anne Stine Ingstad –padre e hija, respectivamente- dieron con él –ellos sí que fueron unos auténticos descubridores, y no Colón y sus secuaces-, el asentamiento vikingo en el nuevo continente permaneció en el limbo.

Cristobal Colón no descubrió América. No porque Leif Eriksson paseara por allí casi quinientos años antes que él, sino porque, cuando él llegó por primera vez, hacía siglos que era el hogar de otros humanos mucho más evolucionados. Desafortunadamente, desde que los colonizadores –que no deriva de Colón, sino del latín colonia– hollaron el territorio, los desdichados nativos se dedicaron a malvivir y a morir prematuramente más que a otra cosa: las avanzadas civilizaciones precolombinas fueron aniquiladas con ahínco.

Con la moda de lo políticamente correcto, hay quien ha rebautizado el otrora Día de la Hispanidad como Doce de Octubre -un término engañosamente aséptico- o como Fiesta Nacional –tampoco sé de qué nación estamos hablando, o más bien sí: el Reino de Castilla, que patrocinó la famosa expedición, impidió que la Corona de Aragón comerciara en el Nuevo Mundo-. Sería más coherente que se llamara Jornada de Reflexión por el Exterminio Amerindio, como mínima señal de respeto hacia las víctimas de aquel formidable genocidio. De ese modo se podrían unir también británicos, franceses y holandeses, que llegaron más tarde pero se aplicaron con igual fervor. Claro que pedir perdón por los crímenes perpetrados es una rara excentricidad. Será que algunos muertos –los sinnombre, los insepultos, los obviados- es mejor que permanezcan donde están, enterrados en la inexpugnable tumba del sañudo olvido.

No me busquéis en Argelès-Sur-Mer

A pesar de haberlo intentado fervientemente -por desgracia demasiado tarde-, el fin de semana pasado mis amigas y yo tuvimos que abandonar la idea de pernoctar en la solicitadísima Collioure, así que optamos por un hotel de la playa de Argelès-Sur-Mer que era mínimamente aceptable según la valoración de TripAdvisor -ya no reservo nunca sin consultar previamente allí-.

La fachada marítima de Argelès-Sur-Mer es una ecléctica mezcla de edificios funcionales y construcciones inverosímiles, a cuyos pies se extiende un arenal tan vasto que me hizo pensar en largas carreras bajo el sol para alcanzar el agua en lo más duro del caluroso verano -una auténtica pesadilla-. Separando ambos mundos, un rectilíneo paseo jalonado de pinos discurre a lo largo de esa inmensa, apabullante playa, y proporciona al turista un efímero paréntesis de íntima felicidad.

A finales de septiembre, las calles de la zona comercial del puerto de Argelès se ven tan desangeladas como cuando se acaba la temporada de verano en Port d’Alcúdia o Calella de la Costa. Es un déjà vu del litoral mediterráneo más degradado: tiendecitas de souvenirs espeluznantes, restaurantes con menús turísticos, bares con neones imposibles, take-aways de pizzas y kebabs… Cenamos en el establecimiento que nos pareció más aceptable -más bien merendamos, estábamos hambrientas y nos adaptamos al temprano horario francés con gran agilidad- y la experiencia fue gratamente sorprendente, salvo el pésimo Tequila Sunrise que se me ocurrió pedir como aperitivo: qué manía de ponerle a los cócteles azúcar a gogó -desde ya, los cócteles, solo en el Stinger-.

No eran ni las nueve de la noche cuando iniciamos el camino de regreso al hotel por el mencionado paseo marítimo. Cuando habíamos recorrido más de la mitad del trayecto, vimos a un hombrecillo a nuestra derecha -lado playa, pero mirando hacia el interior- que, con los pantalones bajados y la mirada de estornino, intentaba rendirle a Onán su particular homenaje. Aunque le ignoramos y pasamos de largo, en cuanto se percató de que continuábamos como si tal cosa por el paseo, que se adentraba en una especie de bosquecillo sin demasiada iluminación, agarró los pantalones como pudo con la mano que le quedaba libre y empezó a perseguirnos correteando, mientras su cinturón repiqueteaba contra el suelo. Tenerle cerca era tan patético como repugnante: aunque le increpamos reiteradamente para que nos dejara en paz, tuvimos que alejarnos de allí -nosotras no íbamos con la ropa arremangada y teníamos las manos libres para darnos impulso, lo que nos daba cierta ventaja- hacia una zona más iluminada para que desistiera.

A las nueve y cuarto llegamos a nuestro hotel, todavía asqueadas y estupefactas, y nos encerramos a cal y canto en la habitación. Oímos unos golpecillos, pero no les dimos importancia hasta que empezaron a transformarse en lo que parecía una pequeña batalla campal. Empezábamos a pensar que aquel estruendo in crescendo era fruto de un episodio de violencia doméstica cuando nos pareció que llamaban a la puerta. No hicimos caso porque no esperábamos visitas -aquella noche, menos que nunca-, pero volvieron a llamar. Sí, alguien golpeaba suavemente sus nudillos contra la puerta de nuestra habitación. Un poco inquietante, ¿verdad? Pero abrí. Era una de las empleadas de la recepción, quien me comentó -más bien me susurró- que los inquilinos de la habitación de arriba se habían quejado de nosotras -¿los mismos que tiraban muebles contra el suelo para protestar por nuestra simple presencia?- y que si, por favor, podíamos hablar más bajo (!). Yo le contesté que eran las nueve y media de la noche, que solo estábamos conversando -aunque reconozco que mi voz se parece a la de Bárbara Rey- y que ni siquiera habíamos encendido la tele. Y ella, desolée, desolée, que aquellos huéspedes eran muy mayores y que por favor, por favor, por favor. O sea, como en el Monasterio de Silos, pero con un perturbado merodeando semidesnudo por los alrededores.

Tomad nota: Grand Hôtel du Lido, qué gran hallazgo.