Aire

La vida del autónomo es impredecible, lo mismo crías telarañas entre las circunvalaciones cerebrales que te ataca, por varios frentes y en plan maremoto, una catarata de proyectos – ¡y el alborozo con que la recibes, oye!-. Como la previsión es trabajar a destajo durante varios días -festivos incluidos, cosas de la vida mercenaria-, dibujamos un paréntesis en nuestra programación de entregas para escaparnos con nuestras hijas a nuestro refugio recurrente: Lles de Cerdanya. Los compromisos laborales solo dan para un sube y baja de dos días, así que aprovechamos la maravillosa oportunidad para exprimirlos al máximo.

Salimos de Barcelona el sábado por la mañana temprano, desayunamos por el camino y acudimos directamente a las pistas de esquí nórdico de Cap del Rec. La lluvia nos acompaña durante casi todo el trayecto, hasta que salimos del Túnel del Cadí y nos topamos con el cambio de panorámica: la nieve cuaja el paisaje y lo emboza con su manto de sosiego. Qué gozosa felicidad.

Mientras nuestras hijas fueron pequeñas, nuestras actividades básicas a pie de pistas consistían en lanzar bolas, subir en trineo, garabatear sobre la nieve y modelar muñecos. Como aquella etapa está más que superada, decidimos innovar y probar con las raquetas. El alquiler cuesta 10 euros por persona; el forfait, 4 euros más. Las niñas de nuestros ojos enseguida se quejan de que es muy caro, aunque les hacemos caso omiso. Qué le vamos a hacer, en familia los gastos son al por mayor.

CapdelRec2Mientras exploramos el techo del Pirineo, nieva copiosamente. Quizás por ello se divisan pocos excursionistas. Haciendo gala de nuestro origen pixapinesco -a los barceloneses los lugareños nos llaman pixapins, es decir, meapinos-, nos hartamos de hacernos fotos en el bosque.

“Me encantan las películas que se desarrollan en páramos nevados, rollo Fargo. Las escenas de crímenes son mucho más gráficas, la sangre luce muy bien sobre la nieve”, reflexiona el padre de mis hijas. Escaparte a la Cerdanya para descubrir que “Dexter” hubiera debido ambientarse en Alaska en lugar de en Miami.

Lo bueno de pasear por la montaña con raquetas es que, como por fuerza avanzas despacio, no te desfondas durante el ascenso. Lo malo es que parece que calces plomo y llegas a creer que te has convertido en buzo o astronauta y que tu vida depende de la lucha contra la ingravidez. Eso sí, en cuanto te liberas de los pintorescos adminículos, caminas como si flotaras. ¡Y sin necesidad de recurrir a opiáceos!

Preferimos almorzar en nuestro alojamiento, la Fonda Domingo de Lles, que hacerlo en el refugio de Cap del Rec, donde la comida es más de rancho. En la fonda la relación calidad-precio es excelente. Si eres uno de sus huéspedes, todavía más. Aunque no disponen de opciones vegetarianas en el menú, enseguida apañan una suculenta propuesta para nuestras hijas, que se han apuntado a la práctica de nutrirse con alimentos sin ojos.

Camíd'Aransa3Tras la sobremesa nos llegamos a la vereda que conecta Lles con Aransa para estirar un poco las piernas. El cielo es una densa esfera blanca y apenas se distingue nada más allá de nuestras narices, como si permaneciéramos encerrados en la bola de cristal de “Ciudadano Kane”, solo que el vidrio es opaco en lugar de transparente. Ángela decide pasear sin cubrirse la cabeza y al cabo del rato la nieve cristaliza entre sus rizos, parece la novia del fantasma de Canterville. Entre tanto Mariola nos demuestra, una vez más, que continúa siendo un cachorrillo loco: nos arroja pelotas de nieve, atesora estalactitas de hielo y esculpe blancos monigotes mientras su risa cascabelera nos cosquillea el ánimo.

Los adultos estamos especialmente agotados, no sé si por los últimos y trepidantes días o por pensar en lo que todavía nos queda por delante, así que optamos por regresar a descansar a nuestro hotelito rural. Desde nuestra ventana contemplamos el hipnótico descenso del polvo de hielo mientras nos arropa un narcótico silencio: el mullido tapiz de nieve amortigua cualquier ruido. Cuánta falta nos hacía esta pausa de reconfortante serenidad.

Sabiendo que dos de sus huéspedes son vegetarianas, el cocinero de la Fonda Domingo tiene el detalle de prepararles sendos platos de legumbres para la cena y una bandeja de fruta natural para el desayuno. Como alojamiento es bastante básico, pero qué majos son y qué a gusto se está allí.

Esta mañana los finos copos nieve continúan depositándose en suave caída, danzando delicadamente en su diáfana liviandad. Observarlos es un ejercicio parecido a apreciar el oleaje, podría pasarme el día concentrada en su mera contemplación. Como me cuenta Audi desde una valla justo antes de Bourg-Madame, el tiempo es relativo y el mal tiempo, también.

HornoSolarOdeilloSí, nos adentramos en Francia porque el hombre de la casa nos quiere mostrar el horno solar de Odeillo, un artefacto colosal colmado de espejos construido hace medio siglo. Para los partidarios de convertir la energía solar en electricidad fue motivo de jubilosa ilusión hasta la crisis del petróleo de 1973: los políticos franceses prefirieron apostar por la energía nuclear porque su coste era mucho más bajo -de hecho, Francia es el país del mundo que más energía nuclear produce por densidad de población: el 86 % de la energía que genera procede de centrales nucleares-. Solo en fechas más recientes, a raíz de la creciente preocupación social por el medio ambiente, el horno solar de Odeillo ha ampliado su espectro de investigación a la búsqueda de alternativas energéticas, pero también al tratamiento de residuos radioactivos. Alucinante. Los franceses no parecen muy interesados en modificar sus hábitos de consumo. Tanto preocuparnos por si cierran o no nuestras centrales nucleares y hay chorrocientas al otro lado de los Pirineos. En fin.

ninot de neuAlmorzamos en Llívia y, cuando pasamos por Das, abrimos las ventanas del coche para llenarnos los pulmones de aire puro antes de atravesar esa frontera mental que es el Túnel del Cadí. Nuestro cabello revolotea al viento más sedoso que nunca: aunque lo hemos enjabonado con el gel del dispensador del baño del hotel, el efecto balsámico del agua de la montaña es espectacular. Vestir ropa térmica y lucir pelazo es lo más, ¿verdad, Freddie?

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