Día de vino y rosas

Somos novios. Solo disponemos de 24 horas, pero estamos más que dispuestos a apurar al máximo nuestro paréntesis de íntimo asueto. Destino: Alt Penedès.

Antes de partir desayunamos divinamente en Rosa Estrella, el flamante establecimiento que inauguraron el pasado jueves en los bajos del edificio de La Rotonda. En la zona de degustación, Juan Pablo, que hasta hace nada reinaba en la barra de Cortacans, se multiplica para que todos tomemos lo que nos gusta y nos sintamos cómodos. Ha arrastrado al nuevo local a cuantos le conocían en el barrio -para que luego digan que cualquiera puede ser camarero-.

bodega_llegadaNos subimos al coche y enseguida comprobamos que nuestro destino está aún más cerca de lo previsto, de modo que discurrimos sin prisas entre los ya cobrizos viñedos. Llegamos a la Masia Parés Baltà a tiempo para la golosa cata que reservamos días atrás: maridaje de vino y chocolate. En recepción nos presentan a nuestra cicerone, Gisela, una muchacha locuaz y encantadora, vecina de La Granada, que únicamente nos acompaña a nosotros. Más personalizado, imposible. Unbelieveble.

biodinámicaDurante dos horas y media, Gisela nos contagia su entusiasmo por todo lo que explica. Nos desvela los secretos de la agricultura biodinámica, una forma de relacionarse con el entorno inspirada por Rudolf Steiner que concibe la granja como un organismo holístico que sigue el ritmo de los ciclos lunares y el movimiento de las constelaciones. barricaAsí mismo nos muestra cómo se elabora el cava y nos revela las diversas crianzas de los caldos que allí se producen: en barrica de roble europeo, que es menos poroso que el roble americano, en cuba de acero inoxidable, en tinaja de cerámica, a la manera autóctona prerromana, o en damajuana de vidrio, el último experimento de las dos intrépidas enólogas de Parés Baltà, María Elena y Marta.

cavaLa ceremonia del maridaje se desarrolla en una sala exclusiva para nosotros. Plaisir privé. Probamos siete variedades de vinos y cavas, un aromático aceite de arbequina que solo comercializan allí y cuatro especialidades diferentes de la cercana chocolatería Simón Coll. Sin embargo aún nos queda un hueco para el almuerzo.

Ante la inviabilidad de reservar en El Convent –días atrás fue imposible conseguir que respondieran al teléfono-, comemos en el restaurante La Vinya del Mar de Vilafranca: exquisitas las ostras, soberbias las croquetas de marisco y sabrosísimo el arroz meloso con calamares y alcachofas.

De camino a nuestro alojamiento, la sierra de Montserrat se recorta al fondo como un gigantesco decorado de cartón-piedra. Qué cielo tan magnífico.

llegadab&b2Cuando llegamos a B&B Wine&Cooking Penedès, la luz del atardecer baña el paisaje con su manto centelleante y nuestra anfitriona nos recibe con una cordial bienvenida que nos arropa el ánimo. Magnus y Marta, dos urbanitas reconvertidos en posaderos, han sabido convertir la Masia Can Xup en un coqueto y acogedor hogar. Un payés se ocupa del viñedo anejo a la finca: lo acaban de replantar para mejorar la cosecha de uva que les compra la bodega Vallformosa.

En el comedor de Wine&Cooking, una vistosa nevera rosa chicle alberga refrigerios de emergencia, desde bandejas de embutidos y quesos para viajeros cansados y hambrientos, hasta bebidas, como nuestra botella de cava cortesía de la casa. Marta nos confiesa que los cursos de cocina que anuncian en su web están bastante enfocados a los numerosos turistas americanos, canadienses y europeos que frecuentan el cautivador hospedaje, sobre todo en verano: los platos que les enseñan a elaborar forman parte de nuestra gastronomía casera.

B&BllegadaDormimos plácidamente: nos hacía mucha falta un sueño reparador. El desayuno es espléndido y la puesta en escena de todos los ingredientes es tan pulcra como apetitosa. El pan, recién hecho, es de Ca l’Arseni, una tahona artesana de Sant Sadurní d’Anoia. Yo escojo probar un par de quesos mientras Marta nos prepara zumo de naranja natural, huevos fritos y tortilla. Enseguida llegan también nuestros cafés con leche, servidos en sendas tazas de loza de estilo provenzal –abundan los detalles cucos en la decoración y el menaje-. Mientras la mañana se despereza, la conversación se teje entre los tres con cálida complicidad.

De regreso a Barcelona, concluimos que, aunque la perfección no existe, el breve paréntesis del que hemos disfrutado se acerca mucho a ella.

Anuncios

Siempre se aprende algo nuevo

museu-ciencies1Hace nada me enteré de que el Institut de Cultura y el Ayuntamiento de Barcelona promueven una actividad gratuita interesantísima: colarse en la trastienda de uno de los once museos municipales que gestionan. La iniciativa se llama In Museu y por lo visto llevan dos ediciones, la primera fue en diciembre, la otra, el sábado pasado.

inmuseuEn cuanto supe de esta maravillosa oportunidad, pregunté en casa si le apetecía a alguien más y Ángela enseguida se apuntó. Cuando se abrió el registro en línea, entré en la web para inscribirnos y le pregunté a mi hija qué opción le apetecía más. Escogió el Museu de les Cultures del Món. El recinto expositivo, que completa la oferta del Museu Etnològic de Barcelona, ocupa dos mansiones de la archiconocida calle Montcada, la Casa del Marquès de Llió, que durante años alojó al Museu Tèxtil i de la Indumentària, y la Casa Nadal, antigua sede del Museo Barbier-Müller de Arte Precolombino.

El recorrido de In Museu nos permitió apreciar, más allá de las obras en exhibición –de escaso interés para mí, por no decir nulo-, las cicatrices de las construcciones históricas, que indican la evolución de las edificaciones según las necesidades de los sucesivos inquilinos. Además de contar con las indicaciones de una simpática guía, dos expertos ampliaron información sobre algunos detalles reveladores.

sostreElena, especialista en patrimonio histórico, nos explicó que la Casa del Marquès del Llió cuenta con tesoros tan singulares como unos preciosos envigados policromados del siglo XIV o una excepcional alcoba barroca -en Barcelona solo restan dos divisorias de madera de este tipo catalogadas, la otra se ubica en una casa cerrada al público-. Si el visitante del Museu de les Cultures del Món se fija bien, distinguirá cartelería específica que instruye sobre estas raras piezas originales que todavía se conservan.

Elena también nos mostró una instantánea que preserva en su móvil desde 2015, cuando se acometieron las obras de rehabilitación y acondicionamiento de ambas residencias para su nuevo uso. Se trata de una escalera que, a causa del montaje del recorrido museístico, permanece oculta bajo un suelo de madera, aunque de manera reversible, como aclaró nuestra apasionada especialista. Qué gran privilegio escuchar a una profesional que desborda entusiasmo en cada explicación.

Para Ángela la visita fue redonda porque en la tienda del museo pudo hacerse con una recopilación de cuentos coreanos. No obstante le supo a poco y amenaza con regresar a por más munición para ampliar su microbiblioteca asiática. En cuanto a mí, además de tomar nota mental de futuras ediciones de In Museu, la guinda del pastel fue relamerme con las indispensables croquetas de calamar de Bar del Pla, parada obligada cuando por cualquier motivo pasamos por sus aledaños. ¡Barcelona sabe tan bien!

Barcelona en familia

Mis hijas están encantadas con esta semana al revés: dos días de clase y cinco de fiesta. Yo no tanto, me parecen inverosímiles los festivos incontrolados en un diciembre saturado de ocio navideño. Después el primer trimestre del año se hace eterno, ya se podrían repartir mejor los días de asueto en el calendario. En fin.

De todos modos he aprovechado para alternar el trabajo con el placer y he disfrutado de mi familia en Barcelona. ¿O quizás debería decir en la montaña de Montjuïc?

El miércoles presencié con mi hija Mariola Maria Estuard en el Teatre Lliure: por mi cumpleaños me regalaron el abono de temporada y estoy exprimiéndolo al máximo. Sergi Belbel condensa la obra de Friedrich Von Schiller en dos horas que transcurren en un suspiro gracias a la conmovedora interpretación de Sílvia Bel y el resto del reparto. Destacaría también la sencilla pero brillante y efectista escenografía de Max Glaenzel, que convierte el escenario en un protagonista más.

El jueves regresé a Montjuïc, pero un poco más arriba y acompañada de mi hija mayor, para disfrutar de otro obsequio de aniversario: un par de entradas para el concierto de Depeche Mode.

Pululaba mucho madurescente por el Palau Sant Jordi, suerte que Ángela rebajaba el promedio de edad, aunque nos topamos con algún otro binomio de madre-retoño con ganas de ver a unos de mis dinosaurios preferidos –los otros son The Cure-. Antes de empezar a tocar –reconozco que nos saltamos los teloneros, qué malérrimas-, apareció en la macropantalla un publirreportaje de la asociación de la banda con los ultracarisísimos relojes Hublot para una campaña de captación de fondos: “agua para acabar con la crisis del agua”. La banda sonora del vídeo era “Where’s the revolution”, uno de sus nuevos temas, que también cantaron luego durante su actuación. Me parece como poco curioso que se atrevan a entonar esa proclama en un concierto a chorrocientos euros la entrada. Mi pensamiento crítico y yo.

Un fibrado Dave Gahan –y avejentado, se le transparentan los excesos pasados- salió dispuesto a darlo todo, cual demonio de Tasmania. Los ojos embadurnados de negro, las axilas depiladas, un Jennifer Forever tatuado en el brazo y el sempiterno chaleco adherido a su torso cual segunda piel. Brincó, se contoneó, se agarró la entrepierna y transpiró como un géiser, encantado de haberse conocido: es un animal escénico y se crece ante los focos. Como tierno contrapunto, Martin Gore, todo él manicura gótica y lánguida mirada, se mantuvo discreto, retraído, casi hierático. Excepto cuando agarraba el micro y su voz de satén colmaba el recinto.

Depeche071217Cuando no reflejaba el directo, la pantalla plasmaba gráficamente cada melodía con el apoyo de trazos pictóricos, ilustraciones o hipnóticos videoclips de factura coreográfica, tal era la precisión con que evolucionaban al ritmo de la música. Las dos horas de concierto finalizaron con la esperadísima “Personal Jesus”. Fue breve pero intenso. Además de que no hubiera podido soportar ni un minuto más el apestoso hedor sobaquil de mi vecina de asiento. Tendré que añadir a mi neceser de básicos un frasco de Brise frescor marino.

MarylinWarholPor tercer día consecutivo, ayer me acerqué de nuevo a Montjuïc, esta vez con mi familia al completo: habíamos reservado cuatro entradas a través de la web de CaixaForum para la visita comentada de la exposición “Warhol – El arte mecánico”. Mariola ya había ido con su clase de primero de bachillerato y le entusiasmó tanto que insistió en que fuéramos todos. Qué fascinante inmersión en la revolución que promovió ese avispado diseñador gráfico, que elevó la banalidad de la sociedad de consumo a la categoría de arte. Si estáis en Barcelona podéis verla hasta el 31 de diciembre, aunque, por desgracia, las entradas para las visitas comentadas están prácticamente agotadas.

Al salir, los dos adultos de la casa hicimos un amago de curiosear “500 años de reforma protestante”, sin embargo la mirada asesina de nuestras hijas nos hizo desistir enseguida y, en lugar de eso, nos fuimos de merendola. Ya regresaremos sin ellas, todavía tenemos mucho invierno por delante para continuar saboreando nuestra ciudad.

Barcelona desde la azotea

Desde el pasado viernes aprecio un poco más la azotea del inmueble donde vivimos: ahora sé que forma parte de la esencia mediterránea de Barcelona. Y es que anteayer mi amiga Iciar y yo disfrutamos de una de las expediciones de http://www.barcelonarooftops.com, una plataforma que organiza recorridos por los oteaderos vecinales de mi ciudad.

Plaça_Reial_-_Fanal_de_GaudíIniciamos el itinerario en plena Plaça Reial, al lado de una de las dos farolas que diseñara un jovencísimo Antoni Gaudí. Tras la primera explicación de nuestro cicerone-historiador, y previo ascenso por una angosta y caracoleante escalera, gateamos hasta lo más alto de un desvencijado edificio de la Rambla que se levanta frente al Gran Teatre del Liceu.

Allí supimos que, en plena industrialización, cuando Barcelona inició su transformación en Rosa de Foc -Rosa de Fuego-, las tradicionales construcciones de dos plantas –la de a pie de calle para el negocio, la superior para la vivienda- empezaron a crecer verticalmente a fin de poder hospedar a las familias de los trabajadores: cada nuevo piso que le crecía a la estructura era de menor calidad y de más difícil acceso –todavía no había ascensores-. Se empezaron a techar los edificios con azoteas porque resultaba más fácil y más barato que hacerlo con tejados. De ese modo se crearon unas zonas limpias –en aquella época las vías urbanas eran nidos de barro y heces equinas- que las familias proletarias enseguida convirtieron en ágoras de estar por casa.

En las azoteas se ubicaban los lavaderos, los palomares y la vivienda de la portera, y las mujeres más humildes, que por supuesto habitaban en las plantas más altas, se ocupaban de la colada o cosían mientras sus retoños correteaban a su alrededor, mientras que las criadas de las plantas más nobles, que también subían a lavar la ropa de sus adinerados patronos, se relacionaban con las comadres de los terrados colindantes. Por San Juan o con motivo de cualquier fiesta que diera pie a celebrar algo se montaban saraos en los que participaba toda la comunidad, mientras que en las noches estivales más calurosas había quien subía el colchón y dormía allí, al fresco. Claro que este pequeño edén vecinal llegó a su fin cuando se popularizaron la lavadora y el automóvil, que despojaron a las azoteas de su delicioso bullicio y las fueron llenando de unidades exteriores de aire acondicionado y pestilencia a fritanga de bar. Por lo menos, así luce ahora esa primera azotea que visitamos. Claro que luego vendrían un par más.

SantJustiPastorLa segunda altura hasta donde trepamos fue la de la Basílica dels Sants Màrtirs Just i Pastor, que se esconde de los turistas en la intransitada plaza a la que da nombre, justo detrás de la populosa Plaça de San Jaume. Se empezó a construir en el siglo XIV pero, al cabo de seis años, la peste negra que asoló la ciudad dilató las obras un par de siglos. Según se entra en el templo gótico, a mano izquierda, una escalerilla conduce a la recoleta terraza que da acceso al campanario. Yo me quedé en esa balconada porque mi indomeñable claustrofobia me impidió culminar la ascensión –la prieta escalera del campanario da la impresión de que te va a engullir-, sin embargo Iciar continuó hasta el final y quedó gratamente sorprendida: la torre es un soberbio mirador desde donde se disfruta de una hermosa panorámica del casco antiguo de la ciudad.

façanaAntes de encaramarnos en la tercera y última azotea de la tarde, nos asomamos a la fachada original de nuestro magnífico ayuntamiento, una muestra de gótico civil catalán que fue mutilada a mediados del siglo XIX a causa de las obras de construcción del actual acceso principal. El cortipegui que luce es espeluznante, aunque hubiera sido muchísimo peor que la tiraran abajo, tal y como pretendía el arquitecto municipal, Josep Mas i Vila. Por desgracia en mi ciudad abundan los crímenes urbanísticos, todavía ahora.

Pero regresemos a los terrados, que es donde estábamos. Nos despedimos de nuestro peregrinaje por las alturas en una solana desde la que se contempla la Plaça Sant Jaume como si fuera un tablero de Monopoly: desde allí arriba, todos quienes pasean por la afamada explanada con la pretensión de hacer historia parecen piezas diminutas de un juego tan entretenido como intrascendente. Cuánto ayuda a relativizarlo todo observar la vida desde la azotea.

La buena gente

Aunque he quedado con Jordi a las ocho y media para tomar el tren que lleva a Sant Cugat, llego a la cafetería del andén con quince minutos de antelación. La encargada es de aquellas personas de aspecto anodino cuyo rostro se olvida de inmediato tras haberla visto. No obstante, tras compartir con ella unos minutos, su recuerdo perdura para siempre. Mientras me sirve me fijo en que luce una pulcra manicura que desafía a su trabajo manual: sus uñas sin esmaltar se ven cuidadas y bonitas. Aunque su jornada laboral trascurre en un zulo sin luz natural, con su dulce sonrisa ilumina la larga cola de viajeros en tránsito, todavía somnolientos antes de ingerir su apremiante dosis de café.

Me acodo en una esquina de la escueta barra para tomarme el café con leche y el pequeño bocadillo que he pedido y me entretengo en observar lo que sucede a mi alrededor. Me sorprende que haya quien tantee la máquina tragaperras tan temprano, pero enseguida desvío la mirada hacia un hombrecillo canoso y desaliñado -la barba larga y sucia, el gesto hosco, las enormes y ennegrecidas bambas bailándole en los pies- que se refugia en un rincón del local, intentando mimetizarse con las baldosas de la pared mientras los clientes van pidiendo su desayuno para llevar.

– ¿Cuánto vale el café con leche?

– Un euro con cuarenta y cinco.

– ¿Y un cortado?

– Un euro con treinta y cinco.

– ¿Me lo dejarías por un euro?

Quien regatea es un joven viejuno -la piel tersa y arrugada a la vez-, con esa edad indefinida de quien vive en la calle. Enjuto y de escasa estatura, lleva las manos limpias y el pelo corto pero pringoso. El arañazo que surca su mejilla izquierda atestigua que dormir al raso no es fácil. Es un Scarface enclenque, vapuleado, maltrecho.

La encargada no duda ni media décima de nanosegundo.

– Claro. Toma, te lo he llenado más -o sea, “finalmente te he puesto un café con leche”.

Él da las gracias, rasga dos sobres de azúcar, vierte su contenido con presteza en el vaso de papel y lo agarra como si fuera un cáliz. Estoy tan absorta en asimilar la escena que acabo de presenciar que ni siquiera caigo en comprarle un bocadillo. Cuando me doy cuenta de que ya no está, me parece casi obsceno acabarme el mío.

Ha pasado la hora punta. Un par de trenes han partido ya y la cafetería se ve, de repente, vacía, casi desangelada. El abuelo desaseado se hace visible y se acerca al otro extremo de la barra, donde la encargada anda trajinando con platos y tazas vacías. En cuanto le ve, le regala una de sus diáfanas sonrisas y le interpela alegre.

– ¡Hola, Manolo! ¿Qué quieres tomar?

andanaFGC.jpgConsulto el reloj y pienso que Jordi está al caer, faltan un par de minutos para la hora convenida. Como de costumbre, me despido al salir. Sin embargo, mi saludo pasa desapercibido: urge servirle algo al añoso e indigente amigo. Y entonces aparece en el andén Scarface, el sintecho -¿sinsuerte?- de la cara marcada, que me parece aún más bajito que desde el taburete de la cafetería. Me escudriña como un niño viejo y me pide una moneda, que agradece risueño.

Mientras se va, alcanzo a comprender a esos vagabundos ebrios que se tambalean mientras mendigan migajas de dinero: les duele tanto la mera existencia que prefieren permanecer sedados. Entumecidos. Lelos. Y pienso que tal vez les aliviaría un poco que la encargada de la cafetería les acariciara el alma.

Días de libros y rosas

Sant Jordi llamó a mi puerta esta semana cuando recibí, tras una espera de largos meses, “Al final, ganamos las elecciones”, más conocido como “El Libraco”. Es un recopilatorio de las campañas de marketing político de guerrilla que se desarrollaron en Barcelona y Madrid con motivo de las últimas municipales. Además de reproducir las vistosas piezas gráficas, incluye abundantes reflexiones de interés para cualquier profesional de la comunicación. Cada cual con sus particulares frikadas.

Flavita-Banana_PLYIMA20151203_0002_5.png

Y más libros. La tradicional recolección de tesoros impresos de cada 23 de abril la adelantamos a ayer sábado a causa de la agenda familiar, así que por la noche llegué a casa feliz como una perdiz con mi ecléctico botín de este año: “Las cosas del querer” de Flavita Banana, editorial Lumen; “¡Estás fatal!” de Monstruo Espagueti, Lunwerg Editores; “Volver a casa” de Yaa Gyasi, Salamandra; “La invasión de las bolas peludas” de Luke Rhinehart, Malpaso –en una edición que incluye el e-book- y una “Breve historia de la literatura española” de Carlos Alvar, José-Carlos Mainer y Rosa Navarro, Alianza editorial –el próximo julio quiero asistir más que preparada al Festival de Teatro de Almagro-.

Ahora vamos a por las rosas. A las siete de esta misma mañana Mariola se ha vestido de dragona –aunque hay quien la ha confundido con una jirafa- y se ha echado a la calle a escoger una buena ubicación para vender las rosas solidarias de “Save the Children”, que un año más han invadido las calles de Barcelona: en cada esquina podía verse a un grupo de amigos adolescentes que habían invertido sus ahorros en comprar las rosas y adelantar el correspondiente donativo –la organización que hay detrás de todo ello me parece un pelín mafiosa, aunque quizás solo sea mi subjetivo punto de vista-. Luego, durante la jornada, cada cual se las ha apañado para intentar recuperar lo avanzado, el gran reto de la maratón floral. Felizmente, mi quinceañera y sus amigas lo han conseguido. Ha sido su primera iniciativa por su cuenta y riesgo y se han topado con no pocos imprevistos que ha solventado, cómo no, la red familiar. No obstante, valoro positivamente la lección de vida. Y, lo más importante, ella también.

Yo por mi parte he aprendido mucho en el Palau de la Música. He invitado a mi madre a la visita guiada y ambas hemos revisado brevemente la historia del encantador edificio modernista, así como los fascinantes detalles del jardín de piedra del interior, desde el rutilante sol del techo que baña las bonitas flores que trepan por vidrieras y muros, hasta las chocantes arañas-girasol, inclinadas por siempre jamás hacia la enorme lámpara-estrella, como si las hubieran colgado al bies.

Hemos finalizado nuestro recorrido acomodadas en la platea, desde donde hemos presenciado un delicioso concierto de pequeño formato: un pianista, un tenor y algunas sopranos han colmado de emoción la gran bombonera acristalada y han dado vida al jardín que ideara Lluís Domènech i Montaner por encargo de l’Orfeó Català. Cada vez que se llena de música, el Palau se empapa de una recurrente e íntima primavera. Como si cada día pudiera ser, como hoy, Sant Jordi.

Nuestro hogar es el vuestro

Ayer gocé del privilegio de presenciar en directo el Gran Concert per a les Persones Refugiades, una iniciativa ciudadana que cristalizó gracias al apoyo de cuantos participaron desinteresadamente en ese acto de reinvindicación colectiva, entre quienes figuraban mi buena amiga María, que cantó y actuó en el montaje de La Fura dels Baus junto con otros miembros de la coral Cármina.

Aunque las puertas se abrían a las ocho de la tarde, cuando llegamos a las siete y media algunos asistentes se agolpaban ya en los dos accesos al Palau Sant Jordi. El viento glacial hacía que nos apelotonáramos los unos con los otros en alegre marabunta, respetando el orden de fila con disciplina inusitada.

En cuanto entramos, nos acercamos al bar a por los bocadillos que nos iban a servir de cena. Dos adorables Teresinas que hacían cola delante de nosotras escucharon muy atentas las opciones que le recité a Ángela.

– Muchas gracias, así nosotras también sabremos qué pedir. Yo me tomaré un bocadillo de tortilla de patata.

– Será de esa prefabricada.

– ¿Y qué? ¿Acaso tú haces tortilla de patata en tu casa? ¿A que no?

– Es que ya no puedo pelar y cortar las patatas…

– Pues eso. Yo me lo voy a pedir igual, sea como sea la tortilla.

– No, si yo también.

– Entonces, ¿por qué te quejas de cómo la hacen?

Nos instalamos en nuestros asientos a contemplar cómo iban llegando los espectadores: las entradas se agotaron en seis días y la organización recomendó ir llegando paulatinamente, desde la apertura de puertas hasta las diez de la noche, hora oficial del inicio del concierto. Que no oficiosa: a las nueve y media empezó a tocar una deliciosa banda de gitanos, que amenizó los últimos minutos de espera con sus cíngaras melodías.

La Fura dels Baus llevó en todo momento la batuta de la escenografía y arrancó la noche con el primer capítulo de su teatralización de la guerra y el exilio. El presupuesto de la producción era ajustadísimo, de modo que emularon la mortífera destrucción de los bombardeos con grandes globos y cajas de cartón. Fue un inicio absolutamente arrebatador.

Después se sucedieron, con ágil ritmo, tanto activistas con parlamentos encendidos como músicos diversos que compartían una misma causa, de modo que se formaron efímeras e interesantes parejas mestizas, como Lluís Llach y Manolo García, Marina Rossell y Paco Ibáñez, In Crescendo y African Gospel Choir o Sopa de Cabra y Amaral. Nos hizo saltar, bailar y agitar los brazos el incombustible Macaco, y nos conmovió Joan Dausà con “Com plora el mar”, que escuchamos con dificultad porque las potentes voces de la coral Cármina le pasaron por encima como el maremoto que simbolizaban. Tras tomarle el relevo a una Gemma Nierga en estado de gracia, Jordi Évole levantó una estruendosa ovación cuando proclamó que, en un concierto así, no debería haber un palco reservado a las autoridades. Enseguida apostilló, muy en su estilo, que proporcionar asilo a las personas refugiadas no era solo una cuestión de competencias, sino también de incompetencia.

Por causas ajenas a mi voluntad, cuando apareció en escena el esperado Joan Manuel Serrat, que ayer estuvo inmenso, tuve que abandonar el Palau Sant Jordi. Justo a medianoche, igual que Cenicienta, pero sin zapatos de cristal y en versión maternal: mi adolescente hija se encontraba mal y tuvimos que regresar a casa.

Nadie tiene culpa de donde le nacen o de que una guerra aniquiladora fulmine el lugar donde eras feliz con tu vida sencilla y corriente. No es fácil tomar una decisión tan drástica como arrancar de cuajo tus raíces y arrastrar lo poco que queda de ellas en una huida desesperada. Tampoco es fácil intentar escapar de la muerte certera optando por una muerte probable en ese Mare Mortum en que se ha convertido el Mediterráneo. Y, sin embargo, es fácil, muy fácil, ponerse en los zapatos de las personas refugiadas. Lo que les ha sucedido podría pasarle a cualquiera de nosotros.

Hannah Arendt nos lo advirtió en esa larga reflexión que es “La banalidad del mal”: durante la II Guerra Mundial, la inacción convirtió en cómplices de atrocidades a personas aparentemente inofensivas, que miraron hacia otro lado mientras el exterminio seguía su curso en los campos de concentración. Si ahora no tomamos las riendas de la situación, perderemos un poco más de humanidad. Y en estos tiempos no andamos precisamente sobrados de ella.

Ayer se cumplió el sueño de dos periodistas que ejercen activamente el voluntariado, Clara y Rubén, “¿y si pudiérmos llenar el Palau Sant Jordi de solidaridad?”, y así fue: el recinto se colmó de ilusión y esperanza. La energía transformadora, las ganas de cambiar el discurrir de los acontecimientos, nos envolvió a todos con una fuerza formidable. Pero esas buenas intenciones no bastan. Hay que continuar en pie, reclamando medidas urgentes por parte de nuestras instituciones.

Todos a la mani del sábado 18 de febrero a las cuatro de la tarde. No podemos fallar.