Quién me ha robado el mes de abril (antes de que empiece)

Assumpta era una de mis compañeras de clase de francés en la EOI de Vall d’Hebron. Desde que empezó el confinamiento, publica en su estado de whatsapp fragmentos de sus solos de piano. Gracias a Assumpta esta semana he rememorado la deliciosa Nuvole Bianche de Ludovico Einaudi y he descubierto a la compositora británica Anne Clark, que me cautivó con su Poem without words. Es mi particular banda sonora de la cuarentena.

En sus múltiples formatos de expresión –me arrebatan las lluvias de besos de Ángela cuando me nota cansada o los amorosos gintonics que me prepara los sábados el padre de mis hijas-, la lírica me ayuda a aliviar la hiriente falta de contacto físico con tantísimas personas a quienes echo de menos, aunque reconozco que compartir encierro con mi cogollo familiar me ayuda a sentirme arropada y protegida. Estamos a gusto juntos. En general, nos caemos bastante bien.

En nuestras frecuentes conversaciones en la mesa de la cocina, nuestro lugar de encuentro recurrente, elucubramos sobre lo primero que haremos cuando finalice nuestra reclusión.

H – Yo iré a ver a mi madre.

P – Pues yo me escaparé con la moto hasta Abrera.

H – No podrás encenderla, después de tantos días se habrá quedado sin batería.

M – ¡Yo abrazaré a mis amigas!

H – Y tú, Ángela, saldrás en plan correcaminos hacia Montcada. Y Joselito igual, corriendo hacia aquí, ¡os encontraréis en la Meridiana!

Ante mi ordenador, estos días de cotidianidad acogotada transcurren como adoquines de melaza. Levantan cada nueva jornada una pared densa y sinfín, untada de incertidumbre e inquietud, una y otra vez, que me abruma y me deja exhausta. Así que por higiene mental decido desconectarme durante sanadoras pausas de silencio digital y terapia de achuchones y risas en el sofá.

Nuevas rutinas. Mi marido pasea a diario cuarenta minutos por casa -del recibidor al salón y vuelta-, cada tarde bailo música ochentera, aplaudimos por las noches a quienes nos cuidan con vigor de agujetas y, quien baja a tirar la basura, pone de inmediato en la lavadora su ropaje de ninja, zapatillas deportivas incluidas. Aunque el calzado ya no hará falta centrifugarlo gracias al truco de mi amiga Silvia: rociar el felpudo con una solución de agua y lejía y desinfectar las suelas antes de volver a entrar en casa.

Como Ulabox no da al abasto –me siento un poco traicionada y desatendida, yo era clienta antes del coronavirus-, busco alternativas de compra en línea, como Manzaning, la aplicación que nos abastece de productos frescos procedentes de mercados municipales y pequeñas tiendas de Barcelona. Por precaución, jamás faltan provisiones en nuestra despensa: nunca se sabe cuándo llegará el próximo pedido. Y qué se perderá por el camino.

Nos sentimos especialmente satisfechos de haber rebajado –y cómo- el volumen de residuos plásticos que generamos: cada dos semanas El Masové nos sirve leche y agua mineral en envase de vidrio retornable de las marcas Letona, Veri y Vichy. Vamos cambiando nuestros hábitos de consumo de manera modesta pero sin pausa.

Me llaman de Chocolat Factory Balmes. ¿Para decirme “hola, bombón”? No, para informarme de que, si quiero, le llevan la mona a mi ahijada gratuitamente. Lo agradezco, pero, ¿qué sentido tiene? La gracia es achucharnos mucho, pintarnos las uñas juntas y darnos besos de chocolate. Es una celebración necesariamente orgánica. Así que este año las monas –la de Olivia y la de Joan, el ahijado de Ángela- nos las comeremos en agosto. O cuando sea: quién sabe qué secuelas tendrá esta cuarentena. Entre tanto, no queda otra que intentar que el limbo en que vivimos sea lo más habitable posible.

Este domingo nos regala una tregua: además de que tiene una hora menos, luce un confortable sol de papel de seda. Acurrucados en nuestra minúscula terraza, cerramos los ojos mirando al cielo como quien se adormece ante el fuego del hogar en íntimo estado de gracia. Quien tiene un balcón, tiene un tesoro.

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Diez días después

Parece que haya pasado un milenio desde la última vez que pisé la calle. Lo que empezó como un confinamiento autoimpuesto se convirtió, en poco más de 24 horas, en emergencia nacional.

Durante estos primeros días de encierro, si bien hemos mantenido los horarios de siempre, para todo lo demás nos hemos ido adaptando a las novedades del año cero. Se nos transparentan las falanges de tanto lavarnos las manos y cruzamos los dedos cada vez que nos llega nuestra compra en línea: siempre falta algo que nos parece imprescindible y asociamos cualquier mínima carencia –miserable y desproporcionadamente- a cartillas de racionamiento y postguerra. Problemas del primer mundo. No obstante, subsanamos esas nimiedades con creatividad: a falta de Fairy, bien vale el gel de la lavadora, que además nos deja las ollas con aroma a colada secándose al sol.

Las visitas a la residencia donde vive mi madre, aquejada de Alzhéimer, fueron vetadas hace ya un par de semanas, aunque en alguna que otra ocasión nos vemos por videollamada. Marga, la psicóloga que la acompaña para lograr tamaña proeza, está, necesariamente, muy pegada a ella, protegida por la mascarilla reglamentaria. Nunca podré agradecer lo suficiente cómo y cuánto velan por ella.

A mitad de semana converso por teléfono con Milagros, la directora del centro, y me asegura que cada día recuerdan a los residentes las consecuencias de la pandemia. Sin embargo, la mayoría de ellos padecen algún tipo de demencia y las explicaciones no acaban de calar. Luego hablo con mi madre, quien ya ha olvidado mi nombre, que tiene hermanas o que tuvo un marido. Entro en pánico cuando pienso que, cuanto más dure la cuarentena, más fácil será que me borre de su cerebro.

– ¡Hola, mamá!

– ¿Quién eres?

– Soy yo, tu hija.

– ¡Ay, hola! –y ríe, siempre ríe mucho, seguro que fue una niña feliz-.

– Ya sabes que no puedo venir a verte por el virus, ¿verdad?

– ¿Ah, sí? Aquí no me han dicho nada.

– ¿No te han contado nada, mamá? ¿No has visto que no vienen familiares a veros?

– Pues sí, ahora que lo dices, yo pensaba, ¡qué raro que no venga! Suerte que me lo has explicado, ¡ya se lo diré a ellos!

Cada atardecer, nos sumamos con devoción y espíritu de plegaria a los aplausos que homenajean a las extraordinarias personas que hacen posible que la vida continúe. La noche de la cacerolada contra nuestros regios parásitos, nos aplicamos con tanta energía que el padre de mis hijas mella mi paleta de cocinar preferida, tallada en madera de olivo. Ni me inmuto, entretenida como estoy fantaseando con que resucite Robespierre. Suerte que me han pasado una aplicación, icacerola.cl, que replica el ruido y evita que la furia nos haga destrozar el menaje, la guardaré para futuras ocasiones.

Entre la ovación y el martilleo, me envían una iniciativa de fraternidad epistolar de CTXT, uno de los medios digitales que apoyo: escribir cartas para amenizar la soledad de los afectados por el COVID-19 hospitalizados. En paralelo, recibo terribles noticias: el coronavirus acorrala a los padres de mi amiga Dolors. Él, de cabeza a la UCI, sin síntomas asociados al bicho –ni fiebre ni dolor de cabeza-. Ella, enferma en casa, sufriendo sola. Los padres de mi amiga viven en Andorra, ella, en Jerez. Qué angustia y cuánta impotencia. Otra amiga comparte en otro chat lo que le cuenta su cuñada radióloga: que nunca había visto nada semejante, las víctimas cuya sintomatología degenera en neumonía y fibrosis presentan los pulmones deshechos, carcomidos por la microalimaña.

Familia

No solo por solidaridad, sino también por coherencia –mi marido es grupo de riesgo-, lo único que podemos hacer en nuestro cogollo familiar es permanecer en casa, siguiendo escrupulosamente la cuarentena.

Quizás a los centroeuropeos y a los escandinavos no les resulte tan duro enclaustrarse, pero para nosotros la reclusión es todo un desafío: la cultura mediterránea es callejera, comunal y abrazadora, por eso hay tanta actividad en nuestros balcones. Vítores, reprobaciones, bailes, cánticos, fiestas, conciertos, cualquier motivo es bueno para seguir siendo nosotros. Suerte que puedo desahogarme un poco con Las Suellens, un grupo de skype en el que compartimos inquietudes, confidencias y alcohol. Es lo más parecido a salir que se nos ha ocurrido. Por un rato, volvemos a ser las locas de antes del coronavirus. Os lo recomiendo, nada como unas copichuelas virtuales para sobrellevarlo todo un poco mejor.

Abiertos desde el amanecer

A las seis y media de la mañana, el Port Olímpic de Barcelona recuerda vagamente a Londres, París y Bangladesh: una insólita niebla engulle lateros, taxis y rickshaw mientras las discotecas, que acaban de cerrar, escupen turbas de jóvenes francófonos de piel atezada e indumentaria bling-bling. Hemos acudido a recoger a Ángela, que este verano trabaja en el servicio de guardarropía de una de ellas. Como se demora un poco, nos entretenemos en observar la estrafalaria muchedumbre.

Una doble de Kim Kardasian entrada en carnes, enfundada en unos ceñidísimos -¿gangrenantes?- vaqueros y un top que no logra domeñar su desbordada delantera, taconea jubilosa junto a sus amigas. Encantada de conocerse, su oronda y arrebatadora voluptuosidad causa sensación entre los sujetos que deambulan por la zona. Un fulano de aspecto caribeño se le acerca demasiado y enseguida una de las amigas se interpone entre ellos, aunque no haga puñetera falta: la diosa de la lorza lo espanta como quien ahuyenta a un insecto. Muy fan.

Nuestra hija mayor sale, por fin, y se cuela en nuestro coche con la agilidad y el porte de una anguila. Está tan agotada que soslaya la oferta de desayunar con nosotros, de modo que la depositamos en casa y nos dirigimos al bar Velódromo, cuya cocina permanece abierta desde las seis de la madrugada –sí, también los domingos-.

Apostados frente a la entrada del emblemático establecimiento –inició su actividad el mismo año que Alejandro Lerroux se estrenó como presidente del gobierno de la Segunda República-, a dos individuos de nuestra quinta se les desparraman las ojeras hasta el suelo. Mientras devoramos sendos bocadillos –el mío, glorioso, de mortadela y mozzarella trufada-, aparecen dos mossos d’esquadra, al parecer a petición de los dos puretas que han echado raíces en la puerta. Según el camarero de la barra y el segurata, ambos tipos han intentado acceder al local ebrios y con actitud chulesca, por eso les han vetado el paso, y añaden que no les han facilitado la hoja de reclamaciones porque no han llegado a poner los pies dentro. El mosso les aconseja que igualmente se la entreguen porque están en su derecho. Entre tanto me fijo en el cartel de Reservado el derecho de admisión y me invade la perplejidad. Lo que hay que aguantar.

Este año el calor ha llegado tarde y rabioso, quizás con ánimo de recuperar el tiempo perdido: aunque todavía es muy temprano, de camino a la playa de Gavá el sol disuelve la neblina matinal de un tórrido zarpazo. Poco después de las ocho, orillamos el mar cogidos de la mano, como jubiletas precoces –a esa hora solo plantan sus sombrillas sobre la arena bañistas que peinan canas-. Las olas nos salpican con efusivos saludos –se nota que se alegran de vernos- y refrescan nuestro plácido paseo. Qué suerte tener tan a mano el Mediterráneo.

A las diez de la mañana ya estamos resayunando en casa, tonificados por la caminata junto al mar y dispuestos a afrontar un nuevo domingo laborable. Porque, como el matojo que asoma por la ventana de nuestra cocina en botánica paradoja –¿por qué este asilvestrado brote prospera y no los que yo planto en el balcón?-, los autónomos somos irreductibles.

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Día de vino y rosas

Somos novios. Solo disponemos de 24 horas, pero estamos más que dispuestos a apurar al máximo nuestro paréntesis de íntimo asueto. Destino: Alt Penedès.

Antes de partir desayunamos divinamente en Rosa Estrella, el flamante establecimiento que inauguraron el pasado jueves en los bajos del edificio de La Rotonda. En la zona de degustación, Juan Pablo, que hasta hace nada reinaba en la barra de Cortacans, se multiplica para que todos tomemos lo que nos gusta y nos sintamos cómodos. Ha arrastrado al nuevo local a cuantos le conocían en el barrio -para que luego digan que cualquiera puede ser camarero-.

bodega_llegadaNos subimos al coche y enseguida comprobamos que nuestro destino está aún más cerca de lo previsto, de modo que discurrimos sin prisas entre los ya cobrizos viñedos. Llegamos a la Masia Parés Baltà a tiempo para la golosa cata que reservamos días atrás: maridaje de vino y chocolate. En recepción nos presentan a nuestra cicerone, Gisela, una muchacha locuaz y encantadora, vecina de La Granada, que únicamente nos acompaña a nosotros. Más personalizado, imposible. Unbelieveble.

biodinámicaDurante dos horas y media, Gisela nos contagia su entusiasmo por todo lo que explica. Nos desvela los secretos de la agricultura biodinámica, una forma de relacionarse con el entorno inspirada por Rudolf Steiner que concibe la granja como un organismo holístico que sigue el ritmo de los ciclos lunares y el movimiento de las constelaciones. barricaAsí mismo nos muestra cómo se elabora el cava y nos revela las diversas crianzas de los caldos que allí se producen: en barrica de roble europeo, que es menos poroso que el roble americano, en cuba de acero inoxidable, en tinaja de cerámica, a la manera autóctona prerromana, o en damajuana de vidrio, el último experimento de las dos intrépidas enólogas de Parés Baltà, María Elena y Marta.

cavaLa ceremonia del maridaje se desarrolla en una sala exclusiva para nosotros. Plaisir privé. Probamos siete variedades de vinos y cavas, un aromático aceite de arbequina que solo comercializan allí y cuatro especialidades diferentes de la cercana chocolatería Simón Coll. Sin embargo aún nos queda un hueco para el almuerzo.

Ante la inviabilidad de reservar en El Convent –días atrás fue imposible conseguir que respondieran al teléfono-, comemos en el restaurante La Vinya del Mar de Vilafranca: exquisitas las ostras, soberbias las croquetas de marisco y sabrosísimo el arroz meloso con calamares y alcachofas.

De camino a nuestro alojamiento, la sierra de Montserrat se recorta al fondo como un gigantesco decorado de cartón-piedra. Qué cielo tan magnífico.

llegadab&b2Cuando llegamos a B&B Wine&Cooking Penedès, la luz del atardecer baña el paisaje con su manto centelleante y nuestra anfitriona nos recibe con una cordial bienvenida que nos arropa el ánimo. Magnus y Marta, dos urbanitas reconvertidos en posaderos, han sabido convertir la Masia Can Xup en un coqueto y acogedor hogar. Un payés se ocupa del viñedo anejo a la finca: lo acaban de replantar para mejorar la cosecha de uva que les compra la bodega Vallformosa.

En el comedor de Wine&Cooking, una vistosa nevera rosa chicle alberga refrigerios de emergencia, desde bandejas de embutidos y quesos para viajeros cansados y hambrientos, hasta bebidas, como nuestra botella de cava cortesía de la casa. Marta nos confiesa que los cursos de cocina que anuncian en su web están bastante enfocados a los numerosos turistas americanos, canadienses y europeos que frecuentan el cautivador hospedaje, sobre todo en verano: los platos que les enseñan a elaborar forman parte de nuestra gastronomía casera.

B&BllegadaDormimos plácidamente: nos hacía mucha falta un sueño reparador. El desayuno es espléndido y la puesta en escena de todos los ingredientes es tan pulcra como apetitosa. El pan, recién hecho, es de Ca l’Arseni, una tahona artesana de Sant Sadurní d’Anoia. Yo escojo probar un par de quesos mientras Marta nos prepara zumo de naranja natural, huevos fritos y tortilla. Enseguida llegan también nuestros cafés con leche, servidos en sendas tazas de loza de estilo provenzal –abundan los detalles cucos en la decoración y el menaje-. Mientras la mañana se despereza, la conversación se teje entre los tres con cálida complicidad.

De regreso a Barcelona, concluimos que, aunque la perfección no existe, el breve paréntesis del que hemos disfrutado se acerca mucho a ella.

Siempre se aprende algo nuevo

museu-ciencies1Hace nada me enteré de que el Institut de Cultura y el Ayuntamiento de Barcelona promueven una actividad gratuita interesantísima: colarse en la trastienda de uno de los once museos municipales que gestionan. La iniciativa se llama In Museu y por lo visto llevan dos ediciones, la primera fue en diciembre, la otra, el sábado pasado.

inmuseuEn cuanto supe de esta maravillosa oportunidad, pregunté en casa si le apetecía a alguien más y Ángela enseguida se apuntó. Cuando se abrió el registro en línea, entré en la web para inscribirnos y le pregunté a mi hija qué opción le apetecía más. Escogió el Museu de les Cultures del Món. El recinto expositivo, que completa la oferta del Museu Etnològic de Barcelona, ocupa dos mansiones de la archiconocida calle Montcada, la Casa del Marquès de Llió, que durante años alojó al Museu Tèxtil i de la Indumentària, y la Casa Nadal, antigua sede del Museo Barbier-Müller de Arte Precolombino.

El recorrido de In Museu nos permitió apreciar, más allá de las obras en exhibición –de escaso interés para mí, por no decir nulo-, las cicatrices de las construcciones históricas, que indican la evolución de las edificaciones según las necesidades de los sucesivos inquilinos. Además de contar con las indicaciones de una simpática guía, dos expertos ampliaron información sobre algunos detalles reveladores.

sostreElena, especialista en patrimonio histórico, nos explicó que la Casa del Marquès del Llió cuenta con tesoros tan singulares como unos preciosos envigados policromados del siglo XIV o una excepcional alcoba barroca -en Barcelona solo restan dos divisorias de madera de este tipo catalogadas, la otra se ubica en una casa cerrada al público-. Si el visitante del Museu de les Cultures del Món se fija bien, distinguirá cartelería específica que instruye sobre estas raras piezas originales que todavía se conservan.

Elena también nos mostró una instantánea que preserva en su móvil desde 2015, cuando se acometieron las obras de rehabilitación y acondicionamiento de ambas residencias para su nuevo uso. Se trata de una escalera que, a causa del montaje del recorrido museístico, permanece oculta bajo un suelo de madera, aunque de manera reversible, como aclaró nuestra apasionada especialista. Qué gran privilegio escuchar a una profesional que desborda entusiasmo en cada explicación.

Para Ángela la visita fue redonda porque en la tienda del museo pudo hacerse con una recopilación de cuentos coreanos. No obstante le supo a poco y amenaza con regresar a por más munición para ampliar su microbiblioteca asiática. En cuanto a mí, además de tomar nota mental de futuras ediciones de In Museu, la guinda del pastel fue relamerme con las indispensables croquetas de calamar de Bar del Pla, parada obligada cuando por cualquier motivo pasamos por sus aledaños. ¡Barcelona sabe tan bien!

Barcelona en familia

Mis hijas están encantadas con esta semana al revés: dos días de clase y cinco de fiesta. Yo no tanto, me parecen inverosímiles los festivos incontrolados en un diciembre saturado de ocio navideño. Después el primer trimestre del año se hace eterno, ya se podrían repartir mejor los días de asueto en el calendario. En fin.

De todos modos he aprovechado para alternar el trabajo con el placer y he disfrutado de mi familia en Barcelona. ¿O quizás debería decir en la montaña de Montjuïc?

El miércoles presencié con mi hija Mariola Maria Estuard en el Teatre Lliure: por mi cumpleaños me regalaron el abono de temporada y estoy exprimiéndolo al máximo. Sergi Belbel condensa la obra de Friedrich Von Schiller en dos horas que transcurren en un suspiro gracias a la conmovedora interpretación de Sílvia Bel y el resto del reparto. Destacaría también la sencilla pero brillante y efectista escenografía de Max Glaenzel, que convierte el escenario en un protagonista más.

El jueves regresé a Montjuïc, pero un poco más arriba y acompañada de mi hija mayor, para disfrutar de otro obsequio de aniversario: un par de entradas para el concierto de Depeche Mode.

Pululaba mucho madurescente por el Palau Sant Jordi, suerte que Ángela rebajaba el promedio de edad, aunque nos topamos con algún otro binomio de madre-retoño con ganas de ver a unos de mis dinosaurios preferidos –los otros son The Cure-. Antes de empezar a tocar –reconozco que nos saltamos los teloneros, qué malérrimas-, apareció en la macropantalla un publirreportaje de la asociación de la banda con los ultracarisísimos relojes Hublot para una campaña de captación de fondos: “agua para acabar con la crisis del agua”. La banda sonora del vídeo era “Where’s the revolution”, uno de sus nuevos temas, que también cantaron luego durante su actuación. Me parece como poco curioso que se atrevan a entonar esa proclama en un concierto a chorrocientos euros la entrada. Mi pensamiento crítico y yo.

Un fibrado Dave Gahan –y avejentado, se le transparentan los excesos pasados- salió dispuesto a darlo todo, cual demonio de Tasmania. Los ojos embadurnados de negro, las axilas depiladas, un Jennifer Forever tatuado en el brazo y el sempiterno chaleco adherido a su torso cual segunda piel. Brincó, se contoneó, se agarró la entrepierna y transpiró como un géiser, encantado de haberse conocido: es un animal escénico y se crece ante los focos. Como tierno contrapunto, Martin Gore, todo él manicura gótica y lánguida mirada, se mantuvo discreto, retraído, casi hierático. Excepto cuando agarraba el micro y su voz de satén colmaba el recinto.

Depeche071217Cuando no reflejaba el directo, la pantalla plasmaba gráficamente cada melodía con el apoyo de trazos pictóricos, ilustraciones o hipnóticos videoclips de factura coreográfica, tal era la precisión con que evolucionaban al ritmo de la música. Las dos horas de concierto finalizaron con la esperadísima “Personal Jesus”. Fue breve pero intenso. Además de que no hubiera podido soportar ni un minuto más el apestoso hedor sobaquil de mi vecina de asiento. Tendré que añadir a mi neceser de básicos un frasco de Brise frescor marino.

MarylinWarholPor tercer día consecutivo, ayer me acerqué de nuevo a Montjuïc, esta vez con mi familia al completo: habíamos reservado cuatro entradas a través de la web de CaixaForum para la visita comentada de la exposición “Warhol – El arte mecánico”. Mariola ya había ido con su clase de primero de bachillerato y le entusiasmó tanto que insistió en que fuéramos todos. Qué fascinante inmersión en la revolución que promovió ese avispado diseñador gráfico, que elevó la banalidad de la sociedad de consumo a la categoría de arte. Si estáis en Barcelona podéis verla hasta el 31 de diciembre, aunque, por desgracia, las entradas para las visitas comentadas están prácticamente agotadas.

Al salir, los dos adultos de la casa hicimos un amago de curiosear “500 años de reforma protestante”, sin embargo la mirada asesina de nuestras hijas nos hizo desistir enseguida y, en lugar de eso, nos fuimos de merendola. Ya regresaremos sin ellas, todavía tenemos mucho invierno por delante para continuar saboreando nuestra ciudad.

Barcelona desde la azotea

Desde el pasado viernes aprecio un poco más la azotea del inmueble donde vivimos: ahora sé que forma parte de la esencia mediterránea de Barcelona. Y es que anteayer mi amiga Iciar y yo disfrutamos de una de las expediciones de http://www.barcelonarooftops.com, una plataforma que organiza recorridos por los oteaderos vecinales de mi ciudad.

Plaça_Reial_-_Fanal_de_GaudíIniciamos el itinerario en plena Plaça Reial, al lado de una de las dos farolas que diseñara un jovencísimo Antoni Gaudí. Tras la primera explicación de nuestro cicerone-historiador, y previo ascenso por una angosta y caracoleante escalera, gateamos hasta lo más alto de un desvencijado edificio de la Rambla que se levanta frente al Gran Teatre del Liceu.

Allí supimos que, en plena industrialización, cuando Barcelona inició su transformación en Rosa de Foc -Rosa de Fuego-, las tradicionales construcciones de dos plantas –la de a pie de calle para el negocio, la superior para la vivienda- empezaron a crecer verticalmente a fin de poder hospedar a las familias de los trabajadores: cada nuevo piso que le crecía a la estructura era de menor calidad y de más difícil acceso –todavía no había ascensores-. Se empezaron a techar los edificios con azoteas porque resultaba más fácil y más barato que hacerlo con tejados. De ese modo se crearon unas zonas limpias –en aquella época las vías urbanas eran nidos de barro y heces equinas- que las familias proletarias enseguida convirtieron en ágoras de estar por casa.

En las azoteas se ubicaban los lavaderos, los palomares y la vivienda de la portera, y las mujeres más humildes, que por supuesto habitaban en las plantas más altas, se ocupaban de la colada o cosían mientras sus retoños correteaban a su alrededor, mientras que las criadas de las plantas más nobles, que también subían a lavar la ropa de sus adinerados patronos, se relacionaban con las comadres de los terrados colindantes. Por San Juan o con motivo de cualquier fiesta que diera pie a celebrar algo se montaban saraos en los que participaba toda la comunidad, mientras que en las noches estivales más calurosas había quien subía el colchón y dormía allí, al fresco. Claro que este pequeño edén vecinal llegó a su fin cuando se popularizaron la lavadora y el automóvil, que despojaron a las azoteas de su delicioso bullicio y las fueron llenando de unidades exteriores de aire acondicionado y pestilencia a fritanga de bar. Por lo menos, así luce ahora esa primera azotea que visitamos. Claro que luego vendrían un par más.

SantJustiPastorLa segunda altura hasta donde trepamos fue la de la Basílica dels Sants Màrtirs Just i Pastor, que se esconde de los turistas en la intransitada plaza a la que da nombre, justo detrás de la populosa Plaça de San Jaume. Se empezó a construir en el siglo XIV pero, al cabo de seis años, la peste negra que asoló la ciudad dilató las obras un par de siglos. Según se entra en el templo gótico, a mano izquierda, una escalerilla conduce a la recoleta terraza que da acceso al campanario. Yo me quedé en esa balconada porque mi indomeñable claustrofobia me impidió culminar la ascensión –la prieta escalera del campanario da la impresión de que te va a engullir-, sin embargo Iciar continuó hasta el final y quedó gratamente sorprendida: la torre es un soberbio mirador desde donde se disfruta de una hermosa panorámica del casco antiguo de la ciudad.

façanaAntes de encaramarnos en la tercera y última azotea de la tarde, nos asomamos a la fachada original de nuestro magnífico ayuntamiento, una muestra de gótico civil catalán que fue mutilada a mediados del siglo XIX a causa de las obras de construcción del actual acceso principal. El cortipegui que luce es espeluznante, aunque hubiera sido muchísimo peor que la tiraran abajo, tal y como pretendía el arquitecto municipal, Josep Mas i Vila. Por desgracia en mi ciudad abundan los crímenes urbanísticos, todavía ahora.

Pero regresemos a los terrados, que es donde estábamos. Nos despedimos de nuestro peregrinaje por las alturas en una solana desde la que se contempla la Plaça Sant Jaume como si fuera un tablero de Monopoly: desde allí arriba, todos quienes pasean por la afamada explanada con la pretensión de hacer historia parecen piezas diminutas de un juego tan entretenido como intrascendente. Cuánto ayuda a relativizarlo todo observar la vida desde la azotea.