Abiertos desde el amanecer

A las seis y media de la mañana, el Port Olímpic de Barcelona recuerda vagamente a Londres, París y Bangladesh: una insólita niebla engulle lateros, taxis y rickshaw mientras las discotecas, que acaban de cerrar, escupen turbas de jóvenes francófonos de piel atezada e indumentaria bling-bling. Hemos acudido a recoger a Ángela, que este verano trabaja en el servicio de guardarropía de una de ellas. Como se demora un poco, nos entretenemos en observar la estrafalaria muchedumbre.

Una doble de Kim Kardasian entrada en carnes, enfundada en unos ceñidísimos -¿gangrenantes?- vaqueros y un top que no logra domeñar su desbordada delantera, taconea jubilosa junto a sus amigas. Encantada de conocerse, su oronda y arrebatadora voluptuosidad causa sensación entre los sujetos que deambulan por la zona. Un fulano de aspecto caribeño se le acerca demasiado y enseguida una de las amigas se interpone entre ellos, aunque no haga puñetera falta: la diosa de la lorza lo espanta como quien ahuyenta a un insecto. Muy fan.

Nuestra hija mayor sale, por fin, y se cuela en nuestro coche con la agilidad y el porte de una anguila. Está tan agotada que soslaya la oferta de desayunar con nosotros, de modo que la depositamos en casa y nos dirigimos al bar Velódromo, cuya cocina permanece abierta desde las seis de la madrugada –sí, también los domingos-.

Apostados frente a la entrada del emblemático establecimiento –inició su actividad el mismo año que Alejandro Lerroux se estrenó como presidente del gobierno de la Segunda República-, a dos individuos de nuestra quinta se les desparraman las ojeras hasta el suelo. Mientras devoramos sendos bocadillos –el mío, glorioso, de mortadela y mozzarella trufada-, aparecen dos mossos d’esquadra, al parecer a petición de los dos puretas que han echado raíces en la puerta. Según el camarero de la barra y el segurata, ambos tipos han intentado acceder al local ebrios y con actitud chulesca, por eso les han vetado el paso, y añaden que no les han facilitado la hoja de reclamaciones porque no han llegado a poner los pies dentro. El mosso les aconseja que igualmente se la entreguen porque están en su derecho. Entre tanto me fijo en el cartel de Reservado el derecho de admisión y me invade la perplejidad. Lo que hay que aguantar.

Este año el calor ha llegado tarde y rabioso, quizás con ánimo de recuperar el tiempo perdido: aunque todavía es muy temprano, de camino a la playa de Gavá el sol disuelve la neblina matinal de un tórrido zarpazo. Poco después de las ocho, orillamos el mar cogidos de la mano, como jubiletas precoces –a esa hora solo plantan sus sombrillas sobre la arena bañistas que peinan canas-. Las olas nos salpican con efusivos saludos –se nota que se alegran de vernos- y refrescan nuestro plácido paseo. Qué suerte tener tan a mano el Mediterráneo.

A las diez de la mañana ya estamos resayunando en casa, tonificados por la caminata junto al mar y dispuestos a afrontar un nuevo domingo laborable. Porque, como el matojo que asoma por la ventana de nuestra cocina en botánica paradoja –¿por qué este asilvestrado brote prospera y no los que yo planto en el balcón?-, los autónomos somos irreductibles.

IMG_20190630_140203.jpg

Anuncios