Un Sant Jordi de larga duración

La culpa la tuvo mi amigo Aureli. El 11 de abril colgó en su muro de Facebook la portada del tercer libro de su trilogía, “Insert coin”, de Editorial Quadrivium, y al momento lo visualicé firmando ejemplares en la librería Taifa. Me entraron unas ganas tremendas de Sant Jordi, así que decidí empezar a celebrar mi festividad preferida en aquel preciso instante. Y no descarté prolongar los festejos más allá del 23 de abril, en plan boda gitana.

De entrada, me hice con algunas obras escogidas para regalarlas o regalármelas porque sí, porque me venía en gana, a saber: “Cómo ser mujer”, de Caitlin Moran; “Las mujeres y los hombres”, de Equipo Plantel y Luci Gutiérrez, editado cuidadosamente por Media Vaca; “Identidades asesinas”, de Amin Maalouf; “Mediterráneo descapotable (viaje ridículo por aquel país tan feliz)”, de Íñigo Domínguez, editado por Libros del K.O.; y “Educar millor”, de Carles Capdevila. No sabéis cuánto me reconforta tener un libro apetitoso entre las manos, aunque solo sea en breve trasiego antes de obsequiarlo.

Entre tanto, para amenizar la espera, compartí conversaciones y risas con personas a las que adoro y cotilleé reseñas y recomendaciones allí donde las encontré, mientras tomaba nota mental de los básicos que podrían caer tan señalado día -¿os he dicho que me requetechifla Sant Jordi?-.

A primera hora de la mañana del 22 de abril, de camino a una remota reunión de trabajo -50 minutos en metro disfrutando de variopintas y cambiantes barcelonidades-, los alumnos de 3º de ESO de un instituto intentan colocarme una rosa o, en su defecto, una porción de pastel. Se dirigen a mí en catalán, la misma lengua que utilizan para conversar entre ellos. Sin embargo observo que, cuando se les pone a tiro algún transeúnte con pintas de forastero, optan por hablarle en castellano. ¿En qué lengua preferirán leer? Mis adolescentes hijas, por ahora en castellano. Lo decidieron soberanamente tras convivir con ambas lenguas indistintamente, tanto en casa como en sus libros de lectura. No obstante, su lengua de consumo audiovisual de referencia no es ninguna de las dos, sino el inglés. Espero y deseo –fervientemente- que vayan ampliando su abanico lingüístico y puedan comunicarse con otros europeos por lo menos en algún otro idioma. A ver.

La primera rosa me llega vía Ángela esa misma víspera de Sant Jordi. Sus compañeros de clase han montado el tenderete en el patio del colegio –ella había preferido hacer galletas con una amiga- y decide comprar cuatro, una para cada miembro de nuestra pequeña unidad familiar. Me comenta que el cuento-chiste de la leyenda de Sant Jordi que improvisó en medio nanosegundo ha ganado una mención en los Jocs Florals de la escuela –aunque es ingenioso, se le transparentan por las costuras los escasos minutos invertidos en él-, y que su hermana ha conseguido otra por participar con un relato en inglés. Amazing Mariola.

StJordi.jpgPor fin, ¡llega Sant Jordi! Me despierto a las siete, nerviosa como una criatura el día de reyes, y compruebo que, tras las últimas lluvias, la mañana se levanta soleada y radiante, ¡viva! Me echo a la calle temprano y me acerco a casa de mi madre para regalarle una macetilla con un pequeño rosal: sé que le hace mucha ilusión recibir su rosa. Me la llevo de paseo “al centro”, como ella suele decir, y nos bajamos del metro en la parada de Urquinaona.

Aunque todavía es pronto, todo el mundo permanece muy atento en sus puestos. Se notan legañas en algunos ojos por el madrugón: el primero que llega, planta su mesa. Callejeamos sin prisas y nos topamos con rosas de golosina, de galleta, de cerámica, de purpurina multicolor. Rociadas con pintura dorada, engalanadas con palomitas, clavadas en dragoncillos de terciopelo, de peluche, de papel maché. Decorando puntos de libro, broches, pendientes, pulseras, abanicos y gargantillas. Azules, amarillas, naranjas y blancas, pero, las más, rojas como un clavel reventón.

En plena Rambla nos detenemos en una parada de libros de segunda mano y le compro a Ángela dos libros que creo que le pueden gustar: “Relatos de vampiros”, de varios autores, y “El diario secreto de Laszlo, conde Drácula” de un tal Roderick Anscombe. Un poco más allá veo la parada de Alternativas Económicas, que está acabando de montar la cartelería con los horarios de quienes han de firmar allí. Exponen ejemplares de Mongolia y algunos dossieres especiales de eldiario.es que ya tengo y, entre otros libros, “¿Y tú que miras? La tele que no ves”, de Mariola Cubells. Como hace siglos que no me asomo a la pequeña pantalla, me doy por aludida y me hago con un ejemplar.

Ascendemos por Paseo de Gracia y convivimos con una marea humana que dificulta mucho acercarse a nada ni nadie. A la altura de Gran Via mi madre le compra una rosa a Mitsuo, mi sobrino, que hoy vende rosas solidarias para Save The Children –creo que, de cada dos puestos de rosas que veo, uno es de voluntarios como ellos-. Antes ha comprado sendas rosas de tela para sus dos únicas nietas a la Fundación Vicente Ferrer.

Los balcones y la tribuna de la Casa Batlló están profusamente decorados con más de mil rosas enormes de cartón-piedra que los turistas observan con curiosidad, aunque compiten con un ser disfrazado que genera cierto revuelo. “¡Mira, es el payaso Ronald MacDonald! A ver si nos podemos hacer una foto con él”, grita una loca mientras arrastra entre la multitud a su hijo de cuatro años y al padre de la criatura. A mí de pequeña los payasos me parecían personajes de película de terror. Seguro que a Don Mancini, el creador de “Chucky, el muñeco diabólico”, le pasaba igual.

Cruzamos a la otra acera de Paseo de Gracia para ver más de cerca las rosas que engalanan la Casa Batlló y comprobamos, ojipláticas, que el correspondiente puesto de rosas lo atienden Barbie y Ken. Son dos jóvenes altos, rubios, de ojos azules, estilizados y superestilosos. Me resulta bastante chocante porque venden rosas para Arrels Fundació y no tienen pinta de voluntarios. Ni siquiera sonríen, cualquiera diría que se han tragado el palo de una escoba. En fin, espero que todo ello no impida que recauden mucho para esta formidable oenegé.

Nos parece todo un reto dar dos pasos por la acera central de Rambla Catalunya, así que desistimos y continuamos nuestro recorrido ascendente por el asfalto, que hoy permanece cerrado al tráfico rodado. Cada vez hay más paseantes con su rosa en la mano, aunque nos topamos con simpáticos adolescentes que perseveran sin desanimarse y con desparpajo: “Otra más no te quedaría mal”.

Justo en la esquina de los Jardinets de Gracia con la calle Córcega, una muchacha se pudre de aburrimiento tras su mesa, cuajada de primorosas rosas de tela artesanales: una pequeña multitud se arremolina, un poco más allá, alrededor de una coral que vende rosas y regala canciones.

Como me gusta apoyar el comercio de proximidad, cuando regreso a mi barrio me escapo con Mariola a la librería de al lado de casa. Le compro las dos novelillas que escoge ella misma y le encargo a Francisco “Filosofía inacabada” de Marina Garcés. En mi escritorio me esperan, gentileza de Mylove, una rosa solidaria e “Insert coin”, con la dedicatoria de mi amigo Aureli. Efectivamente, mis pronósticos se han cumplido y de doce a una ha estado firmando libros en Taifa.

Por la tarde el cielo revienta en una cortina de lluvia de primavera que desluce las últimas horas de la jornada, aunque a mí me da un poco igual, porque todavía me queda la noche: mi amiga Eva luce una bonita rosa tatuada que bien se merece su petardo homenaje. Cuánto nos gusta charlar, beber, reír y bailar juntas hasta la madrugada.

Esta tarde todavía ha caído un nuevo libro, “Todos mis futuros son contigo”, de Marwan, el poeta de moda, y una rosa amarilla que ha completado nuestra bonita colección doméstica.

Aún me queda mucho Sant Jordi por delante. Lo presiento.

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Mi pequeña donante de cabello

Hasta ayer mismo, Mariola exhibía la prototípica melena adolescente. No obstante, hacía ya unos meses que había manifestado su deseo de donarla para alguna paciente de oncología que, debido a los daños colaterales del agresivo tratamiento médico, necesitara una peluca con la que recuperar mínimamente su autoestima.

Escarbando por Internet llegué a Mechones Solidarios, una plataforma que nació de una hermosa historia de amor: la de Estela y su madre, Nidia. Nidia, que tenía una fábrica de pelucas en su Argentina natal, creó su propia prótesis capilar cuando perdió el cabello por la quimioterapia, y a menudo reflexionaba sobre cuánto más reconfortadas se sentirían muchas pacientes de oncología si pudieran contar con una peluca tan bella como la suya.

Tras combatir contra él durante siete años, el cáncer se llevó a Nidia, pero no a su precioso legado: su hija Estela lo hizo germinar gracias a la complicidad de una clienta de su peluquería, la primera mujer que donó su melena recién cortada para que otra la luciera.

Al proyecto de Mechones Solidarios, que funciona sin subvenciones públicas, se han sumado algunas peluquerías que se ocupan de recoger el cabello donado, que, según informan en su web, rebaja el coste de la peluca entre un 60 y un 80%. Uno de esos salones solidarios es La Geganteta, que se ubica en un local esquinero de la calle Providencia, en el corazón del barrio de Gracia.

La Geganteta es la coqueta peluquería infantil de Frank y Natalia, un lugar donde los peques pueden jugar a sus anchas, conducir un superbólido de mentirijillas mientras les cortan el pelo, mirar dibujos animados de Pepa Pig, pintarse las uñas con los divertidos esmaltes naturales de Kure Bazaar, encontrar el disfraz de sus sueños –los brillantes minirropajes que crea Natalia son simplemente adorables- y, por supuesto, indagar en las interioridades de la geganta que da nombre al lugar, una muñeca de dimensiones colosales que, en lugar de pasear junto a algún cabezudo con motivo de fiestas mayores y procesiones, observa desde las alturas el microcosmos que evoluciona a sus pies, ataviada con un primoroso cepillo y un espejito de cuento. Se nota que Frank es ilustrador y Natalia diseñadora: han sabido construir un espacio tan confortable como encantador.

IMG-20160416-WA0002.jpgMariola ayer hizo las veces de geganteta de carne y hueso, ya que abultaba el triple que cualquiera de los críos que pululaban por allí. Quizás por eso algunos se quedaron prendados de ella y no pararon de hacerle ojitos para llamar su atención hasta que llegó el momento Sansón. Clic-clac, clic-clac, tres lindas trenzas salieron de la frondosa mata de pelo de Mariola, que salió de La Geganteta requeteguapa por fuera, pero todavía más por dentro.

Inmenso Tomatito

Hasta hace poco más de 20 años, el edificio que hoy alberga la sala Barts era Studio 54. El norteamericano Mike Hewitt tuvo la ocurrencia de trasladar el espíritu -¿el negocio?- de la mítica discoteca neoyorkina a Barcelona, aunque a la beautiful people de la zona alta le costó lo suyo bajar al Paralelo. El éxito se desató cuando empezó a pinchar Raúl Orellana. Cuántos jueves sin dormir. Y cuántos viernes arrastrándome, cual lombriz recién descubierta en una zanja, por los pasillos de la agencia de publicidad donde trabajaba. Al echar la vista atrás no doy crédito a la incombustible energía que desplegaba en aquella juventud mía. Y sin consumir estupefacientes. En fin.

De aquel lejano Studio 54 solo resta el fabuloso techo, discreto vestigio de su pasado glamuroso. El recinto es ahora aséptico y funcional, aunque a mi amiga Isabel y a mí nos ha dado bastante igual: hace unas horas Tomatito lo ha colmado con un cálido viento del sur de agradables reminiscencias andalusís.

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A José Fernández Torres empezaron a llamarle Tomatito en su Almería natal por su abuelo y su padre, ambos apodados El Tomate. Acompañó al toque a Camarón y tejió mimbres de complicidad con Paco de Lucía, los dos dioses del olimpo flamenco. Algo de divino tiene él también, porque toca la guitarra española como nadie. Doy fe.

A Tomatito le han arropado hoy sobre el escenario grandes profesionales y el resultado ha sido un espectáculo redondo. Perfecto en su imperfección desbocada. Me ha fascinado especialmente el percusionista, cuyas manos se multiplicaban como unas martilleantes y elásticas aspas de molino, arrancando melodiosos latidos del cajón y la batería. Me ha enternecido la guitarra de José del Tomate, jovencísimo hijo de Tomatito –“el nene”, le llamaba él cariñosamente-. Y me ha robado el corazón la belleza arrebatadora y la sensualidad desbordada de la bailaora Karime Amaya -sobrinanieta de la legendaria Carmen Amaya-, que aprendió a bailar en su México natal y llegó a España de la mano de Antonio Canales. Se ha curtido en tablaos para turistas de mi ciudad y es poderosa como ella sola. Salvaje y delicada a un tiempo. Su voluptuoso danzar corta el aliento.

He salido de la sala Barts taconeando con paso firme, encaramada sobre mis fabulosos zapatos jerezanos de Fátima Canca. En el metro de vuelta a casa, con el ánimo todavía arrobado, un par de espectadores me han regalado un quejío inspirado en el espectáculo que acababa de presenciar y ya echaba de menos. Ganas, muchas ganas de regresar a Jerez.