Île d’Oléron

La mayor isla francesa del Atlántico queda a unos 20 minutos en coche del puerto de La Cayenne. A la derecha del puente que conecta el continente con Île d’Oléron, un pontón reverdecido y desvencijado se adentra en el mar, cual lengua de decrépito hormigón, para interrumpirse abruptamente, como si un coloso le hubiera descuajado un pedazo de un zarpazo. Más allá, como una herradura gigante varada eternamente frente a la costa de Bourcefranc-Le Chapus, se divisa Fort Louvois, la fortificación marítima del siglo XVII que proyectara Vauban con un curioso diseño en forma de suela equina, que se aprecia mejor con la marea baja.

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Fort Louvois lleva el nombre del secretario de defensa de Luis XIV, el marqués de Louvois, quien decidió reforzar la protección que se proporcionaba desde la ciudadela de Oléron al arsenal marítimo de Rochefort con un bastión de apoyo para el fuego cruzado. Para visitarlo –solo se abre al público en temporada alta, que empieza mañana- hay que tener en cuenta los horarios de las mareas, ya que su única vía de acceso terrestre permanece sumergida mientras la marea está alta.

Trabada al continente por el primer puente que unió a Francia con alguna de sus islas, Île d’Oléron es tan parecida a los alrededores de Marennes que casi se pierde la noción de estar abrazados por el océano: en el abigarrado paisaje insular de camino a Le Château-d’Oléron –tal es el nombre de la capital histórica de la isla- se suceden salinas, marismas de ostricultura y toscas casitas de pescador pintadas de colores brillantes, al estilo de las que abundan en la tupida red de canales que drenan el estuario del río Seudre.

La paradoja de Le Château-d’Oléron, que debe su nombre a la antigua fortaleza de los duques de Aquitania, es que ya no cuenta con tal edificación desde el siglo XVII: Vauban decidió arrasar tanto el castillo como el burgo medieval que se acogollaba a su alrededor –callejuelas, casas y edificios públicos y regiosos- para construir la ciudadela militar. Los crímenes arquitectónicos vienen de antiguo.

Hoy la capital económica de la isla es Saint-Pierre-d’Oléron, una bonita población cuyo ayuntamiento reside en una sencilla casona de dos plantas que bien pudiera acoger un albergue o un hostal. Cerca de esa muestra de arquitectura popular que es el Hôtel de Ville, un poco escondido en la misma place Gambetta, se ubica el diminuto Musée de l’Île d’Oléron, en cuya planta principal se invita a conocer un poco mejor la historia y las tradiciones de la isla, mientras que en su planta superior se exhiben exposiciones temporales. Gracias a esta visita hemos tenido conocimiento de los Rôles d’Oléron, una recopilación de documentos judiciales, creada en el siglo XII a petición de Leonor de Aquitania, que constituye el primer código marítimo europeo del que se tiene constancia. En los Rôles d’Oléron se tipifica, entre otras cuestiones, que el capitán de un navío debe mediar en las disputas de la tripulación y fomentar su cohesión, o que, en caso de naufragio, en lugar de ejecutar a los supervivientes para apropiarse de sus pertenencias, es necesario socorrerlos. A algún ministro que yo me sé le irían bien como lectura.

Callejeando por Saint-Pierre-d’Oléron, además de descubrir preciosas tiendecitas y pequeños restaurantes donde saborear cosas ricas, puedes toparte con la curiosa Lanterne des Morts, una esbelta torre que hace las veces de farola y que, por lo general, se ubica en los cementerios y se eleva 6 metros sobre el suelo. No obstante, la de Saint-Pierre-d’Oléron, que data del siglo XIII, triplica la talla normal y es la más elevada de Francia. Cuando no era un mero elemento ornamental y se utilizaba, la luz ardiente de la linterna evocaba las tinieblas, mientras que la cruz, colocada en el vértice del pináculo -en la foto, un pajarraco descreído la utiliza como pedestal-, representaba la redención divina.

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El microclima mediterráneo que comparte Île d’Oléron con la vecina Île de Ré -en parte por el mar interior que encierran ambas islas, pero también gracias a la corriente del golfo, que atempera las aguas atlánticas- facilita una vegetación meridional en la que florecen naranjos, higueras, mimosas e incluso algún olivo. No obstante, hoy nos ha compañado un lluvioso clima oceánico que le iba muy bien a la belleza salvaje de la costa norte de la isla. En su extremo más alejado, el Phare de Chassiron facilita la entrada de los barcos por el estrecho de Antioche, el brazo de mar entre las islas de Ré y Oléron. Su historia corre pareja al de su homólogo de Île de Ré.

El primer Phar des Baleines, en Île de Ré, y el de Chassiron, en Île d’Oléron, se construyen por orden de Colbert como avispada avanzadilla para proteger el flamante puerto de Rochefort. Siglo y medio después, aquel primer faro, de 29 metros de altura, le queda pequeño a la lente ideada por Fresnel y, tras valorar su remodelación, la Commission des Phares estima que “la construcción de una nueva torre le parece más favorable que la restauración de la antigua” a causa de su avanzado estado de degradación y su excesiva proximidad al mar. De modo que, de 1834 a 1836, se levanta un nuevo faro de 43 metros de altura a tan solo 100 metros de distancia del viejo, que es demolido sin demasiadas contemplaciones.

Cuando se inaugura, el nuevo y fantasticuloso Phar de Chassiron es visible a 7 leguas -hoy sus ocho haces luminosos se aperciben a 28 millas de distancia-. En 1926 se pintan sobre su fachada circular tres anchas bandas negras, en parte para mejorar su visibilidad con mal tiempo, pero también para evitar confusiones con el Phar des Baleines.

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La visita al Phare de Chassiron es más que recomendable, no solo por la panorámica de la que se disfruta tras ascender sus 224 escalones, sino también por su logrado recorrido museístico automatizado en dos vueltas.

La primera teatralización, con actores que atronan desde los altavoces mientras las puertas y ventanas se abren y se cierran solas, ayuda a comprender mejor qué papel desempeñaban los faros cuando las tempestades desataban tragedias y sacudían buques como sábanas al viento.

El segundo periplo, que combina material expositivo y audiovisuales de tipo documental, detalla las estrategias desarrolladas por los lugareños para sobrellevar las particulares condiciones de la isla, desde cultivar hortalizas resistentes al viento salado, hasta suplir la falta de abono animal con algas. O, lo más fascinante, aprovechar las mareas para atrapar a los peces a través de largos muros de piedra creados por puro encaje, sin mortero, des écluses à poissons -en Île d’Oléron tan solo restan 14-, un método de pesca tradicional que perdura desde la Edad Media, aunque sus orígenes se remontan a la época galo-romana.

Mientras regresábamos por la carretera que orilla el litoral desde el faro, unos extravagantes árboles en crecimiento oblicuo nos han mostrado que, antes que plantarle cara a la tormenta en un quebrar de leños, conviene usar la ventisca a tu favor para crear un nuevo movimiento, hermoso por lo inesperado. Con la feroz belleza de lo que no es impostado, sino genuino y verdadero.

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Île de Ré

Qué añorado placer empezar la jornada con unas tostadas de pan, calentitas y acabadas de hacer, untadas con nuestras queridas rillettes de poulet. J’adore! Recién levantados, la calefacción radial de nuestro alojamiento invitaba a pasear descalzos por casa y a saborear los primeros minutos del día con perezoso regocijo.

Las subidas y bajadas de la marea son fenómenos que, a gentes mediterráneas como nosotros, nunca deja de admirarnos. Esta mañana plúmbea y encapotada, de camino a la Île de Ré, las barcazas embarradas en el lodo de los canales desnudos dibujaban un fantasmagórico paisaje lunar.

A la Île de Ré se accede, o bien por mar, o bien atravesando en automóvil el Pont de Ré, para lo que es necesario abonar un peaje de 8 euros en temporada baja, 16 a partir del próximo fin de semana. También se pueden recorrer sus 3 kilómetros en bicicleta o paseando.

Lo que hoy se conoce como Île de Ré fue en otro tiempo un archipiélago con cuatro islotes, Les Portes, Ré, Loix y Ars-Saint Clément. No obstante, la naturaleza, voluble y caprichosa, se encargó de aglutinarlos a todos en una misma ínsula. La islilla es un pequeño reducto de mediterraneidad que emerge de entre las aguas del Atlántico frente a la costa de La Rochelle. Por su superficie –unos 85 km cuadrados de extensión- se dispersan, como coquetas sirenas de escamas carmesí, blancas casitas con tejados a dos aguas, rodeadas de plácidos viñedos, reverberantes salinas y reminiscencias provenzales de pino y romero. Buena parte de su encanto radica en que ha sabido preservar su esencia a pesar de las hordas de turistas que la asolan cada verano. O quizás también gracias a ellos: los precios en temporada alta -y no tan alta- son desorbitados.

Île de Ré se recorre con facilidad a través de una carretera perimetral que atraviesa sus pintoresas poblaciones. Si se decide tomar el camino a la derecha según se deja atrás Rivedoux-Plage, merece la pena detenerse en La Flotte, pasear por los muelles de su puerto diminuto y asomarse a su mercado cubierto de inspiración medieval.

12.Burros_peludos.jpgMás adelante se alza la localidad más señorial de la isla, Saint-Martin-de-Ré, inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO –ahora que lo pienso, quizás la monumental estupidez humana también debería figurar allí-. Nos han dado la bienvenida unos rucios de la peluda raza autóctona, improbables descendientes del burro Platero y el wookiee Chewbacca.

El perímetro fortificado de Saint-Martin-de-Ré es obra del ingeniero militar Sébastien Le Prestre, Marqués de Vauban, el mismo que edificó las murallas de Mont-Louis y Villefranche de Conflent, en la Cerdanya francesa. En todas sus construcciones su técnica es siempre la misma: adaptar cada ciudadela a la particular orografía y desarrollar un proyecto defensivo imbatible. Vauban se convierte, en meteórica carrera, en la estrella arquitectónica belicosa de Luis XIV y se dedica no solo a diseñar fortalezas, sino también a mejorar las que le parecen frágiles. Todo un personaje, el señor Vauban.

De camino al Phare des Baleines desde Saint-Martin-de-Ré merece la pena hacer otra pausa en Ars-en-Ré, una pequeña aldea que invita al paseo por sus zigzagueantes callejuelas y en cuya iglesia se congregaba hoy una pequeña multitud de lugareños para escuchar misa. Aunque el templo en sí carecía de interés –lo hemos visitado a petición de Mariola, que nos ha salido un poco mística-, escuchar salmos y cánticos en francés ha sido una experiencia atómica.

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En el último extremo de la isla, oteando el horizonte desde su ojo ciclópeo, el Phare des Baleines es lo que se denomina un faro de aterrizaje, porque facilita el acceso de las embarcaciones al puerto de La Rochelle. O sea, como una torre de control, pero en versión Fresnel. Lo explica muy graciosamente uno de los vídeos que se proyectan en la vieja torre de vigía. Porque, en realidad, el Phare des Baleines son dos: la torrecilla levantada en 1682 por orden de Jean-Baptiste Colbert y bajo las directrices de Vauban con el objetivo de defender el puerto militar de Rochefort -el mismo que hoy alberga un simpático museo destinado al público infantil, ¡si Vauban levantara la cabeza!-, y el faro de 57 metros –madremíaquéagujetas- erigido en 1849. El nombre les viene de las manadas de cetáceos que se acercaban por allí cuando aún no estaban en peligro de extinción y cuya grasa se utilizaba, entre otras cosas, para alimentar la luz de ambos faros.

Regresando por la carretera de circunvalación se llega, tras atravesar la apacible villa de La Couarde-Sur-Mer, a Sainte-Marie-de-Ré, la que quizás es la villa más prototípicamente francesa de cuantas tapizan la isla.

Hoy hemos almorzado los primeros moules-frites de nuestra estancia, en parte porque siendo domingo, y además en la carisísima Île de Ré, era la opción más económica para nuestro almuerzo familiar, pero sobre todo porque nos encantan estos sabrosos moluscos. Nos ha acabado de convencer un menú de cazuelita de mejillones más Pelfort Blonde muy tentador. Yo he optado por los mejillones al roquefort –soslayando mi colesterol hostil- y lo cierto es que estaban exquisitos, cocinados en su propio jugo, con un poco de cebolla tierna y el queso sin más –o sea, sin la pertinaz crema de leche de la que tanto se suele abusar en la cocina gala-.

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Ya de regreso a nuestro confortable hogar charentés, hemos disfrutado de una agradable caminata y hemos aprovechado para comprar en la tienda del Restaurant Le Cayenne algunos bulots ya cocidos –tiernos y en su punto- y una botella de Pineau des Charentes para el aperitivo previo a nuestra cena. Tal vez Île de Ré es más glamurosa y renombrada, pero no la cambiaríamos por nuestro rinconcito de Marennes por nada del mundo.

A Costa da Morte

La Costa da Morte es uno de los finibusterres de Europa –que no el único, y si no que les pregunten a los bretones-. El origen de su nombre podría estar relacionado con el punto de partida de la barca de Caronte de la Grecia Clásica, que los antiguos griegos ubicaban, justamente, en los confines de aquel mundo suyo parcialmente conocido. Otra teoría aventura que los fenicios, deseosos de seguir ostentando el control de esas aguas que facilitaban su lucrativo comercio marítimo, habrían fomentado también algunos mitos y leyendas para arredrar a sus competidores y así continuar explotando las rutas atlánticas en solitario.

El litoral de la Costa da Morte comprende tanto las playas como los montes que se orientan en dirección al mar y dibujan un perfil costero tortuoso para la navegación, repleto de abruptos entrantes y salientes y minado de peligrosos bajos. Aunque abarca, estrictamente, la franja comprendida entre Malpica de Bergantiños y Muros, nosotros decidimos iniciar en A Coruña nuestro tour galaico de cuatro días. La compañía aérea que conecta Barcelona con Galicia a mejor precio es Ryanair, aunque solo vuela a Santiago de Compostela. No obstante, como la idea era alquilar un coche y recorrer kilómetros a nuestro aire, no hubo mayor problema.

ChoquetínFelices y ufanos los dos a bordo de nuestro coqueto Fiat Cinquecento, tomamos el Camiño Inglés -o Camiño do Faro, que así se llama el ramal que parte de A Coruña- a la inversa -es un decir, porque fuimos por vía asfaltada y sobre cuatro ruedas-. Por lo visto durante la Edad Media el puerto de A Coruña era una concurrida puerta de acceso para los peregrinos que llegaban desde el norte de Europa, que por mar reducían notablemente la duración de su expedición y además soslayaban los maleantes que frecuentaban la ruta pirenaica. Tras largos años de afluencia multitudinaria, la reforma protestante atajó el tránsito de penitentes y el Camiño Inglés cayó en desuso. No obstante, desde hace un par de décadas está experimentando una segunda juventud. Cosas del turismo de la aldea global.

Galerías A Coruña.jpgA Coruña es una península rebosante de acristaladas edificaciones que se adentra en el océano como si quisiera domeñarlo, y en parte lo consigue. Incluso con el cielo encapotado y la fina lluvia calándonos hasta los huesos, nos sedujo por completo. Un plácido paseo por la Avenida da Mariña permite contemplar con detalle las magníficas galerías que han proporcionado a A Coruña el sobrenombre de ciudad de cristal. El elemento arquitectónico paradigmático de la capital gallega, esa característica galería acristalada montada sobre hierro fundido o madera noble, empezó a desarrollarse en el siglo XVIII adaptando la estructura de los invernaderos. Su función era crear una cámara térmica para proteger de la lluvia y el frío en invierno y ayudar a ventilar y refrescar en verano. Como curiosidad: los portales de las antiguas viviendas de pescadores de la Avenida da Mariña solían medir un remo de anchura porque se utilizaban para resguardar las embarcaciones cuando había temporal -cuando se levantó el conjunto en el siglo XIX, los soportales orillaban el mar-.

VermuteríaDetrás de la Avenida da Mariña se extiende, majestuosa y señorial, la Plaza de María Pita, la famosa heroína de la ciudad –otra mujer tristemente famosa por su testosterónica actitud guerrera-. Desde esa magnífica ágora abierta en pleno casco viejo se accede, entre otras sendas urbanas, a la calle Franja, un vericueto que luego cambia de nombre y se transforma en la calle Galera. Ese caminillo peatonal de denominación mutante está jalonado por pequeños establecimientos donde saborear cositas ricas, como por ejemplo la Vermutería Martínez. En el angosto pero acogedor local tomamos el primer pulpo a feira de nuestra escapada, unas curiosas croquetas de centolla, un salpicón de marisco exquisito y unos boletus salteados jugosos y en su punto. Ñam.

Torre de Hércules 1.jpgEl tesoro mejor guardado de A Coruña es, quizás, la Torre de Hércules. Lástima del nombre, que desmerece su función farera -se lo inventó el rey Alfonso X por aquello de darle un pedigrí mitológico al asentamiento urbano-. El pétreo vigía es el único faro romano que sigue en funcionamiento y quizás también el único de quien se conoce la autoría: el arquitecto Cayo Servio Lupo, natural de Coímbra, tuvo la argucia de dedicar su obra a Marte y ocultar la inscripción bajo la estatua del dios de la guerra que resguardaba la entrada. Tras las invasiones normandas, el faro dejó de usarse y con el devenir de los años los lugareños utilizaron algunos de los bloques de piedra para construir otros edificios. Tras siglos de decrepitud, el intenso comercio con América animó a volver a utilizar el faro, con la buena fortuna de que se le encargó el proyecto a un arquitecto extremeño de ascendencia italiana, Eustaquio Gianini, quien, en lugar de derruir el faro romano y levantar uno nuevo, prefirió conservarlo y ejecutar los trabajos necesarios para devolverle su esplendor.

Torre_Hercules_vista2La Torre de Hércules todavía exhibe mil y un detalles que así lo demuestran: Gianini se dedicó a dejar numerosas pistas para distinguir los vestigios romanos de sus actuaciones de mejora. El primero que se aprecia es el revestimiento de la fachada sobre la estructura original, y su dibujo, que recrea la antigua rampa por donde se transportaba el aceite que alimentaba la luz del faro. Desde el exterior también llaman la atención las ventanas, algunas de las cuales son ciegas -solo están abiertas las que ya lo estaban en la estructura original romana-. Ya dentro, durante el ascenso, se detectan perfectamente los llamativos añadidos en pizarra y granito oscuro, las puertas y ventanas modificadas y las marcas donde debían de apoyarse techos y tarimas. Todo esto lo supimos gracias a nuestro guía, Manuel, quien también nos comentó que el habitáculo denominado “habitación de la reina” fue acondicionado para hospedar a Isabel II con motivo del inicio de la construcción del ferrocarril A Coruña-Madrid. No obstante, tras empapelar los muros, crear un falso techo e incluso poner visillos al improvisado dormitorio regio, la susodicha se negó a utilizar tan cuartelario y encaramado aposento. Disfrutamos de la instructiva compañía de Manuel hasta que alcanzamos la techumbre romana, construida a prueba de catástrofes naturales mediante un ingenioso encaje de sillares, como puede apreciarse allí mismo. Otra cosa es que, lo que no destruye un terremoto, lo pueda aniquilar un humanoide de un bombazo. En fin.

La Torre de Hércules se eleva sobre un cerro por el que serpentean agradables senderos que invitan al paseo junto al mar. En días plúmbeos el horizonte perece sepultado bajo los densos nubarrones, aunque el caprichoso clima mutante gallego es absolutamente impredecible: ahora se abre el cielo y asoma el sol, luego llueve rabiosamente, más tarde amaina y caen cuatro gotas que riegan el ánimo e hidratan las ideas. No se puede salir sin paraguas porque nunca sabes cuándo lo vas a necesitar.

Los días tormentosos el litoral de la Costa da Morte despliega una belleza salvaje e irresistible. El verde que tapiza sus colinas hace pensar en tupido musgo. Sorprende que la generosa pluviometría no haya hecho desarrollar a los lugareños membranas batrácicas en manos y pies. Horreo2Los pequeños hórreos que abundan por el camino son justamente una estrategia para salvaguardar el grano de la humedad y los rigores del invierno. Todos lucen o bien un alerón, una especie de rebaba que bordea el perímetro de la base, o bien unos círculos protectores sobre las columnas en las que se apoyan, que de tal guisa parecen setas gigantes. Esta protección evita que los animalillos trepen para acceder a las provisiones almacenadas en el hórreo.

Transcurrida media hora desde que dejamos atrás A Coruña, desde lo alto de la carretera contemplamos Caión, el antiguo puerto ballenero, cercado de olas encrespadas y rugientes, como si estuviera a punto de ser engullido por el Atlántico. No extraña que sus gentes se dedicaran a la pesca de los formidables cetáceos, acostumbrados como estaban a las dentelladas oceánicas y los rigores del mar.

Más adelante, en Baldaio, se extiende un maravilloso paraje con una vasta playa y unas pródigas marismas -es reserva natural- que, desafortunadamente, ha sido urbanizado sin criterio y al tuntún. Es el gran clásico de la costa noroccidental gallega: hacia el mar, vistas sobrecogedoras y recorridos de reminiscencias bretonas, hacia el interior, la invasión de las horricasas, una desconcertante profusión de hormigón y carpintería metálica sin sentido. Eso sí, en lugar de servirte el café con leche con una galletita o una chocolatina, te invitan a un buen pedazo de esponjoso bizcocho casero. Viniendo de Barcelona nos parece un pequeño milagro.

MalpicaEl puerto pesquero con más actividad de la Costa da Morte, Malpica de Bergantiños, es un buen lugar para detenerse a almorzar. Nuestra afición al horario europeo nos permitió escoger la mesa con mejores vistas en la taberna portuaria Cachón. Mientras degustábamos unas zamburiñas a la plancha, un salpicón de marisco -nada que ver con el engendro que sirven en cualquier restaurante catalán-, el indispensable pulpo a feira y unas alubias con almejas, pudimos observar las diferentes tonalidades de los coloridos barcos de pesca amarrados en el puerto: luminosos bajo el sol, sombreados por las nubes y brillantes bajo la lluvia torrencial.

En la Costa da Morte quedan interesantes vestigios celtas. Antes de llegar a la aldea de Corme, una indicación señala el camino de Gondomil y crees que se te va a aparecer un hobbit o un elfo. Y casi, porque entonces te topas con A Pedra da Serpe, una roca de granito con una serpiente alada esculpida, de origen desconocido pero sin duda relacionada con algún culto pagano, que algún católico ultramontano decoró con una cruz de piedra -la actual es reciente y sustituye a la original, que fue derribada por accidente-.

Faro_roncudoMás allá de Corme se alza el faro de la Punta do Roncudo, que en realidad es una baliza porque es una torre solitaria, sin edificio anejo, con una sola linterna que funciona con paneles solares. Cuando hay tormenta, el mar desbordado y arrollador envuelve a dentelladas espumeantes al impasible centinela, que está flanqueado por tres cruces blancas, una a su vera y dos más contemplándolo desde un altozano. Todas ellas rinden homenaje a los percebeiros que perecieron allí. Esos aguerridos marinos se sujetan con simples cuerdas y aprovechan la retirada de las olas antes de cada nuevo embate para arrancar el preciado fruto del mar con su raspeta: los percebes que se crían en esas rocas son, dicen, los mejores del mundo.

Al otro lado de la ría de Corme y Laxe, en la Punta da Insua, se alza el faro de Laxe, donde mi cabello empezó a parecerse peligrosamente a los tentáculos de una medusa: durante los ventosos días de nuestra escapada galaica me resigné a lucir un aspecto parecido al de Jack Nicolson en “El resplandor”. Lector/lectora me estás leyendo, si luces pelazo y tienes pensado visitar la Costa da Morte en invierno, olvídate del peine y encasquétate un gorro, imposible mantener la compostura con ráfagas de viento aspersor.

Desde Laxe, adentrándose hacia el interior, no queda demasiado lejos el conjunto etnográfico de los Batáns e Muíños do Mosquetín, que en días de lluvia torrencial y con el río crecido se ve mejor que nunca. La piedra circular de los muíños –molinos- aplastaban los cereales hasta convertirlos en harina aprovechando la fuerza del agua. Los mazos de los batáns –batanes- golpeaban los tejidos remojados durante 28 horas como poco –si el material no era de calidad había que invertir hasta el doble de tiempo- a fin de apretar la trama para que no se deshilachara. Los batanes solo funcionaban durante el invierno, cuando el caudal del río era más abundante.

CastilloVimianzoUn poco más adelante, según se entra a Vimianzo, a mano derecha, se puede visitar el Castelo de Vimianzo. Aunque es un jíbaro-edificio -creo que es el castillo más pequeño que jamás haya visitado- es bastante cuco y, con niños, supongo que tendrá su gracia. –adulto/a, puedes abstenerte de visitarlo-.

Retomando el camino hacia la costa llegamos a Ponte do Porto, la localidad que, como su nombre indica, atraviesa el río Porto. El núcleo urbano fusiona, en ecléctica combinación bipolar, esperpentos de hormigón con tejados a cuatro aguas y pintorescas casitas tradicionales de piedra. Ponte do Porto es un cruce de caminos hacia el litoral: a la derecha, Camariñas, a la izquierda, Muxía.

Camariñas es un puerto pesquero muy renombrado por los primorosos encajes de bolillos de sus artesanas. En la pequeña aldea marinera se ubican dos lugares absolutamente imprescindibles. El primero es el imponente faro do Cabo Vilán, un torreón que adquiere proporciones colosales porque desafía las procelosas aguas encaramado a una peña. El primer faro eléctrico de España cuenta con un edificio anejo que alberga una exposición permanente acerca de la abrupta costa. Además de otros muchos datos interesantísimos, proporciona información de cómo se aprovechaban los restos de los naufragios para completar los parcos ingresos que brindaban la agricultura y la pesca: según la leyenda negra, en días de temporal se colocaban faroles en los cuernos de las vacas para confundir a los navegantes.

PuertoArnela_pulpoLa otra dirección imprescindible en Camariñas es la del restaurante Puerto Arnela, en la calle del Carmen. Además de ser un establecimiento acogedor y coqueto, se come opíparamente a un precio más que razonable. Allí tuve el placer de saborear los mejores percebes de mi vida. Fresquísimos, recién cocidos, al punto, exquisitamente tiernos y con sabor a mar. Cuán grata fue la experiencia. Nos lo recomendó David, el recepcionista del Meliá María Pita de A Coruña, donde disfrutamos de la primera noche Wonderbox de nuestra escapada -siempre recordaremos nuestra soberbia cama king size-. Las otras dos pernoctamos en el hotelito rural A Torre de Laxe, un alojamiento acogedor y decorado con cariño donde los desayunos incluyen zumo de naranja natural y bollería y mermelada caseras.

Faro MuxiaPero retomemos nuestro itinerario. Para proseguir hacia el sur nuestra ruta por la Costa da Morte hay que desandar el camino de Camariñas a Ponte do Porto y, desde allí, tomar el camino hacia la villa marinera de Muxía, que cuenta con sus correspondientes balizas –que no faros- para facilitar la entrada a la ría. La de la Punta da Barca se levanta junto al santuario de la Virxe da Barca y muy cerca de dos rocas mitológicas relacionadas con cultos paganos, la Pedra de Abalar, que durante siglos no dejó de balancearse, hasta que hace casi 40 años un inclemente temporal la desplazó y la quebró parcialmente, y la Pedra dos Cadrís, a la que se atribuyen propiedades curativas por su forma de riñón.

CaboTouriñán.jpgDesde Muxía no hay indicaciones para continuar hasta el Cabo Touriñán, el extremo más occidental del continente, de modo que para intentar llegar hay que tomar vías rurales precariamente asfaltadas y atravesar bosques de eucaliptos y añejos villorrios reverdecidos por la perenne humedad. Por la DP-5201 se llega hasta Viseo, donde aparece la primera señal que marca el camino a Touriñán. Y luego, por fin, te asomas a un paisaje encantador con aires irlandeses por donde pacen ovejas y caballos salvajes. Sí, hay un universo celta que no sabe de fronteras. Desde allí, dos pináculos acristalados coronados por sendas veletas, el del faro y el de la caseta de vigilancia, otean el horizonte. Los alrededores, sobrecogedores incluso en invierno, ofrecen bonitos paseos con vistas alucinantemente hipnóticas sobre la costa atlántica.

Corcubión_juzgadosAunque Fisterra no es, en realidad, el fin de la tierra, ni siquiera el de la Europa continental, fue considerado como tal durante siglos y hoy es el enclave más concurrido de la Costa da Morte. No obstante, o quizás precisamente por ello, nosotros preferimos soslayarlo -no nos encantó cuando lo visitamos hace cuatro años, llamadnos extravagantes- y acudir directamente a Corcubión. Tuvimos suerte y, cuando llegamos, lucía un sol radiante, aunque los corcubienses paseaban igualmente paraguas en mano, nunca se sabe cuándo puede caer de nuevo un chaparrón –vimos tantos arcoiris en Galicia que, por momentos, me sentí Little Pony-. La localidad es propicia al agradable caminar por sus encantadoras callejuelas, en las que conviven casitas tradicionales renovadas, fascinantes ruinas que están pidiendo a gritos que alguien las restaure y edificios señoriales decadentes con desvencijadas galerías de madera –el salitre y la humedad causan estragos en la carpintería y levantan la pintura más recia-.

CascadaÉzaro2.jpgLa abundante lluvia reciente nos permitió contemplar la cascada de Ézaro cayendo a borbotones, aunque las torres de electricidad y el apabullante cableado restaban épica a las vistas.

La visita al faro de Louro os la podéis ahorrar si no os interesa demasiado la mansa vertiente sur de la Costa da Morte, que alberga kilómetros y kilómetros de dunas y playas. Para despedirnos del paraíso de los bañistas nos escapamos a Muros, una bonita población que cada verano vive sus momentos de máxima saturación. Nada más llegar comprobamos que, además de con paraguas, por esos pagos quizás haya que salir también con casco, porque aun con sol cayeron algunas ráfagas de granizo garbancil a modo de perdigonazos, capaces de perforar el cráneo más robusto. Para sobrevivir al clima mutante imitamos a los lugareños, que permanecieron impasibles bajo los soportales hasta que el pedrisco amainó. Luego continuaron con sus rutinas como si tal cosa, mientras nosotros nos recuperábamos del apocalipsis. Pues nada, a seguir. Y a comer.

En el bar El Muelle nos ofrecieron unas generosas raciones y un albariño de la casa muy correcto. Quisimos probar la especialidad de la casa, su tortilla de patata sin cebolla. Nos la sirvieron recién hecha y muy jugosa, quizás un pelín dulce para mi gusto, aunque yo, por lo general, soy muy salá. Una madurescente arrebatadora -lucía una larga melena pelirroja y eye liner y blondas a cascoporro- que se sentaba en la mesa vecina empezó a conversar conmigo en gallego. No le pedí que se pasara al castellano porque la entendí divinamente. Si me quedo unos días más, me animo a falar galego.

Nos despedimos de Galicia acercándonos a Santiago de Compostela –qué buenos momentos compartimos allí hace unos años-. Como la puerta de la catedral que da a la Plaza del Obradoiro estaba impracticable –hay obras de mejora en curso-, entramos al museo a preguntar por algún acceso alternativo y un jovenzuelo repelente y hipster nos maltrató verbalmente. Me limité a observar su barba recogemigas y atrapabacterias deseándole mil y un hedores pútridos. A pesar de él encontramos un acceso lateral y fui directa a abrazar al santo en nombre de mi amiga María. No había demasiados peregrinos, se notaba que era un lunes laborable. Nos topamos, oh sorpresa, con un precioso belén historiado que representaba diferentes escenas bíblicas relacionadas con el nacimiento. Aunque tenían el detalle de citar a “los magos de Oriente” –personas sabias, quizás astrónomos, nada que ver con la realeza-, las figuritas correspondientes que acompañaban a la leyenda lucían corona. Paradojas de la muy apostólica y romana iglesia.

Cruces_roncudoSantiago de Compostela huele a eucalipto y a libro viejo y sabe a chocolate a la taza del bueno. Me quedo con ese recuerdo, con el húmedo romper de las olas en los faros de la Costa de Morte y la bocanada de mar de los percebes de Camariñas.

Qué bien nos ha ido esta escapada, ¿verdad, my love?

La isla de Sein

blog1_Faro_Vieille Sí, el lugar donde inhumaban los celtas a sus druidas. Dos kilómetros de tierra que emergen, como una sinuosa serpiente de arena y peñascos, a menos de diez kilómetros de la Pointe du Raz para saludar al faro de la Vieille. Allí hemos ido hoy. Lo teníamos muy fácil, porque los nautibuses de la compañía Penn Ar Bed –que significa Finistère en bretón- salen hacia la isla de Sein desde el embarcadero de Esquibien. A cinco minutos de nuestro pennti.

Hemos desembarcado en la isla a la hora de comer francesa. Así que, nada más llegar, nos hemos sentado en el restaurante Le Tatoon, el mejor de la isla según la puntuación de Trip Advisor. Y la verdad es que, a excepción del lavabo, que parecía que perteneciera a otro restaurante -¿a otra época? ¿a otro planeta?-, todo ha sido perfecto.

La isla se recorre en nada, porque es verdaderamente diminuta. Los árboles escasean –hemos visto uno, anecdótico, soblog2_torreAntinieblambreando un pequeño jardín- y la vegetación que abunda es el matojo a ras de suelo. Más allá de las coquetas casas apiñadas de la parte de la isla más poblada, solo se ven arena, cantos rodados, algas enmarañadas y muretes para proteger los pequeños huertos. Y, por supuesto, el mar, siempre el mar. Está presente en todo momento. Te sientes como si navegaras a bordo del Nautilus y el capitán Nemo te permitiera asomarte desde la cubierta de su submarino. Así que nos hemos imaginado que la corne à brume blanche, la torre antiniebla ya en desuso, era nuestro gigantesco periscopio.

En el otro extremo de la isla se eleva el faroblog3_Escalera_faroisla de Goulenez, de 51 metros de altura, con una incomparable panorámica 249 escalones más arriba –dos faros en dos días, se me van a poner unos gemelos de competición olímpica-. El chico que controlaba el acceso sabía castellano porque había vivido en Burgos. “Mucho frío allí”. Como si el invierno en la isla de Sein fuera tropical: Jean-Baptiste Colbert, ministro de Luis XIV, eximió a los lugareños del impuesto de propiedad por considerar que la naturaleza de la isla ya los castigaba lo suficiente.

La dicha bretona “quien ve Sein ve su fin” ayuda a hacerse una idea de la turbulencia de las aguas que rodean la isla. Por eso se decidió balizar el perímetro de la Pointe du Raz con el legendario faro Ar Men –en bretón la roca-, a seis millas náuticas de Sein. “El infierno de los infiernos” según los fareros tardó 14 años en construirse, tras muchos contratiempos y graves dificultades: de cada 100 horas de trabajo invertidas, solo 8 eran aprovechables. Una odisea levantarlo, otra manejarlo. Con razón ahora funciona de manera automatizada. La compañía Farandole incluye su visita en la ruta “Los faros del fin del mundo”. A nosotros el presupuesto ya se nos ha pulverizado, pero os dejo el enlace, just in case: http://www.farandole29.fr/

Hemos invertido el tiempo que nos quedaba en la isla en remojarnos los pies entre las rocas, detrás del faro de Goulenez: cuando estábamos arriba, hemos comprobado que era la zona menos concurrida de los alrededores -llamadnos perspicaces-. De hecho, hemos estado allí solos, contando lapas y bígaros y molestando un poco a las pequeñas anémonas locales, que encogían sus curiosos tentácilos en cuanto notaban levemente la yema de nuestros dedos.

A la hora de regresar a tierra firme, a causa del descenso de la marea hemos cambiado de embarcadero y nos hemos tenido que acercar a la cala del Men-Brial, donde se ubica el faro de ese mismo nombre, que vigila la entrada del puerto desde 1910. Será por faros. Pero aquí, con los rigores climatológicos hibernales, cualquier precaución es poca.

Podría pasar un par de semanas de vacaciones en la isla de Sein. Sin móvil. Sin ordenador. Sin guatzap. Desconectada de todo y de todos. Haciendo nada. O sí, solo leyendo. Disfrutando de ese sol atlántico que es ahora tan confortable como nuestro sol mediterráneo de invierno. Porque lo cierto es que, si estás bien contigo mismo, se está muy a gusto en la isla de Sein.blog4_Despedidaisla

El irresistible magnetismo de los faros

Nuestra afición a los faros empezó justamente aquí, en Bretaña. Hace once años pasamos nuestras vacaciones de verano en Côtes d’Armor y, en una de nuestras incursiones, descubrimos los maravillosos acantilados de Cap Fréhel, cuyo faro se construyó para garantizar el tráfico marítimo desde la bahía de Saint Brieuc hasta el puerto de Saint-Malo, aunque el actual faro es el tercero que se levantó sobre ese promontorio. Si tenéis ocasión, no os perdáis la visita. Merece muchísimo la pena.

FaroEkmolle_blogHemos llegado al faro de Eckmühl, en la península de Penmarc’h, antes de su hora de apertura. Sin embargo, ya había una pequeña cola ante la verja de acceso al recinto. No le hemos hecho demasiado caso y nos hemos tomado un café con leche justo al lado, para hacer tiempo –abrían a las diez y media-. Error: luego hemos comprobado, con estupor, que la cola es perenne porque el aforo está limitado a 40 personas. Así que los visitantes van entrando conforme los que ya están dentro van saliendo. Y lo entiendes en cuanto consigues, por fin, penetrar en el famoso faro octogonal: subir 227 estrechos escalones por una empinada escalera de caracol, hasta alcanzar la balconada perimetral, ya es bastante duro y complicado sin un excesivo tránsito de turistas. No obstante, tanto la espera como el agotador ascenso tienen su merecida recompensa: unas vistas espectacularesFaroEkmolle_scalera_blog sobre el inmenso mar y los numerosos farallones que salpican la costa adyacente. Desde allí arriba se aprecian mejor las balizas, pintadas en blanco y negro, y el viejo faro de la Pointe de Saint Pierre, que pasa fácilmente desapercibido bajo la sombra de su célebre vecino.

Efectivamente, además de subir al coloso de 60 metros, en la misma visita se puede conocer la embarcación de salvamento Papa PoydenIllustracion_rescateot, en cuyo hangar se exponen fotografías e información sobre las tareas de salvamento marítimo de hace más de un siglo, cuando fue construido este velero a remos, y también ampliar información sobre los faros en la exposición permanente del viejo faro, hoy Centro de Descubrimiento Marítimo, aunque, para mi contrariedad, no han editado ningún catálogo o folleto sobre los apasionantes detalles que puedes descubrir allí. Porque, además de recordarnos que la palabra faro deriva de Pharos, la isla egipcia donde se levantó el mítico Faro de Alejandría, aporta información sobre la peligrosidad de algunas zonas del litoral, el pillaje de los naufragios, la complicada construcción de esos imponentes vigías y la ardua vida de quienes se ocupaban de su buen funcionamiento. Así, en función del emplazamiento del faro, el farero vivía en el infierno –cuando estaba plantado en mitad del mar-, en el purgatorio –cuando se ubicaba en una isla- o en el paraíso –cuando se había levantado sobre territorio continental-.

Muy cerca de los dos faros de Penmarc’h, en Kérity, podéis comer marisco recién pescado en Le Doris, un antro roñoso cuyo aspecto tira un poco para atrás a primera vista, pero donde he saboreado los mejores fruits de la mer que he probado en Finistère. He pedido un plato variado y me han servido medio buey de mar, seis o siete cigalas –por aquí es el marisco estrella-, una nécora, cuatro ostras, un par de almejas vivas –tan vivas que una de ellas me han tenido que ayudar a abrirla- y un buen puñado de sabrosísimos bígaros. Espectacular. Ahora bien, armaros de paciencia: son tan lentos que, tras media hora de esperarlo en vano, hemos desistido del postre.

Toda la península de Penmarc’h tiene una agradable cornisa por donde pasear. Nosotros nos hemos detenido brevemente en Les Rochers del pueblo pesquero de Saint-Guénolé –primer puerto sardinRocasero de Francia- para acercarnos al mar saltando entre los escollos. En cuanto baja un poco la marea, queda al descubierto el tupido tapiz de mejillones y lapas que cubre las rocas y pueden apreciarse, si te fijas bien en las aguas encharcadas, pequeños cangrejos ocultándose entre las algas.

Hemos finalizado nuestra ruta costera en la punta de La Torche que, tras sus agrestes dunas, oculta una playa en eterna borrasca que acoge competiciones internacionales de surf. Contemplar esta costa salvaje, de ventiscas indómitas e incontrolables mareas, es verdaderamente hipnótico. Y, con diferencia, lo mejor de nuestro viaje.

 

Salitre, crêpes y arces japoneses

Hortensia_trepadoraEsta mañana, nuestra hija mayor, Ángela, nos ha propuesto visitar el Parc Botanique de Cornouaille de Combrit. A todos nos ha parecido muy buena idea, así que hemosCipres_tibet podido disfrutar de un encantador espacio repleto de hortensias de mil y una variedades -incluso una trepadora-, camelias, rododendros y frondosos árboles de todos los rincones del mundo, entre ellos, un espectacular magnolio de Maryland, una secuoya, un sinfín de arces japoneses –son preciosos, dan ganas de escaparse al país del sol naciente para verlos en su hábitat natural- y un curioso ciprés del Himalaya, que es como un sauce llorón, pero con hojas de ciprés. Hemos descubierto que los pobres eucaliptos sufren, como los humanos, el efecto estrías: su corteza no soporta su rápido desarrollo, por lo que se quiebra y se cae a tiras.

En el maravilloso y tranquilo parque arbolado –hemos estado allí prácticamente solos- se puede pasear, además, por un Estanqueplácido jardín acuático, donde hemos aprendido que la sombra de los nenúfares frena el desarrollo de las algas de los estanques, así que las ninfáceas vienen a ser como un alguicida natural. Y que el bambú, capaz de crecer a una velocidad prodigiosa, lo mismo sirve para hacer con él una silla, que para levantar la pared de una choza, que para hacer pasta de papel, y también para tomarlo guisado, claro. ¡Quien tiene un bosque de bambú, tiene un tesoro!

Y quien tiene púberes en casa, tiene que estar preparado para dos episodios muy frecuentes: modo adolescente agresivo, “el mundo contra mí” (su versión suave, “hoy no os soporto”, cambia los ladridos por una ostentosa indiferencia y/o una sordera selectiva), y modo adolescente lelo, “voy a taladrarte tanto que tendrás ganas de estrangularme”, con sutiles variaciones entre la risa tonta incontrolada, la canción enervante, los movimientos y/o grititos inverosímiles o todo a la vez. Una vez que te queda claro que existe la posibilidad de uno de esos brotes adolescentes en cualquier momento, te vuelves más precavido. E intentas adaptarte a sus caprichosos deseos por puro instinto de supervivencia –más que la tuya, la de tu cachorro-.

Odio las crêpes. Me parecen absurdas, insípidas y aburridísimas. Y a mi marido, otro tanto. PeBrittro Ángela quería, sí o sí, comer en una crêperie. Así que, puestos a sufrir, hemos escogido la que recomendaba nuestra guía, La Crêperie Bigoudène de Pont L’Abbé. Hemos callejeado por esta tranquila población cuando la marea estaba baja, así que hemos aprovechado para observar detenidamente esas quillas clavadas en la arena todavía húmeda, como si alguien hubiera quitado el tapón de la bañera sin avisar. La Crêperie Bigoudène cumple con los requisitos paradigmáticos del imaginario creperil: decoración típicamente bretona, música celta, crêpes bien elaboradas y una sempiterna sonrisa para atenderte. Yo he escogido la reina de la casa, con vieiras y puerros, y luego, de postre, una crêpe flambée de banana. Lo mejor, la cerveza local que nos han propuesto, Britt Rousse. Ya está. Ha sido un acto de amor para con una de nuestras hijas adolescentes. La mayor de ellas. Porque tenemos dos. Así que más tarde tendría que llegar, necesariamente, el momento de Mariola.

Nos hemos acercado a Île-Tudy, una lengua de tierra que se adentra en el mar repleta de abigarradas casitas construidas de espaldas al litoral –unas tipo pennti, otras nuevas- que, no obstante, guardan cierta armonía en su ecléctica diversidad. Están todas muy juntas, casi amontonándose, porque, además del poco espacio disponible, los vientos que soplan son tan fuertes, que se protegen las unas a las otras –en invierno tiene que ser un lugar francamente hostil-. Por su inusual disposición, podríamos decir que es un núcleo urbano-refugio: aunque ahora es una península gracias al Dique de Kermor, que se construyó a mediados del siglo XIX, Île-Tudy había sido una isla muy expuesta a las adversas condiciones climatológicas y, siempre que había temporal, se cubría de arena y agua salada.

Un transbordador une Île-Tudy con Loctudy, renombrado puerto pesquero, que por mar dista unos cinco minutos, pero por tierra obliga a dar un rodeo dFaroe 17 kilómetros. El asequible precio del billete de ida y vuelta -3 euros los adultos y 2 los niños- y la corta duración del trayecto, apto para quienes son propensos a los mareos, hacen que sea una muy buena opción para atravesar la ría en familia bajo la atenta mirada de La Perdrix, un faro que viste un elegante traje de tablero de ajedrez. Así que Mariola también ha podido vivir su momento loco de cachorrillo feliz.

Ya de regreso a casa, nos hemos detenido en La Maison du pâté Hénaff, no por sus productos porcinos, sino porque es la única marca que conocemos –y ya hemos probado unas cuantas- cuyas rillettes de poluet en conserva pueden compararse a las que tomamos cuando estamos en Francia. He estado a punto de padecer un vahído: las fétidas axilas de algunos nauseabundos lugareños me han atacado sin piedad. Apuesto a que son seres de sobaco pelón: el hedor les ha tenido que pudrir el vello. Pues a ver si no compramos tanto paté e invertimos más en un buen desodorante. O en un desodorante, a secas.