Viñedos del Somontano

Con motivo del último cumpleaños de mi marido, organicé una escapada para dos a esa pródiga tierra de vinos que queda a dos horas y media en coche desde Barcelona. Viernes 12 de octubre, hala, vámonos.

Aunque salimos almorzados de casa, paramos a resayunar en Monzón. Dos televisores vomitan fatuas imágenes del desfile de las fuerzas armadas y la boda de Eugenia de York. Parecen de una galaxia muy muy lejana. En la Plaza Mayor, un grupo de lugareños, engalanados con sus trajes de mañico, esperan con sus flores de ofrenda a la Pilarica. Nobleza baturra.

Cuando llegamos a nuestro hotel rural, Casa Perarruga, nos dan la bienvenida Mireia y Jordi, dos catalanes de Mataró afincados en Pozán de Vero desde hace 10 años: aficionados al barranquismo y asiduos visitantes de los cañones de la Sierra de Guara, compraron una ruina y la fueron habilitando poco a poco, primero el pajar, donde ubicaron su vivienda, y posteriormente el caserón, que ahora aloja cuatro habitaciones y una cocina para uso y disfrute de los huéspedes, que además es comedor de desayunos. Es un apacible lugar muy cerca de todo y más que recomendable tanto para parejas como para familias.

AdahuescaJOseantonioLa población de Adahuesca preserva su coqueto casco urbano medieval, donde todavía pueden apreciarse algunas mansiones solariegas, así como buena parte del perímetro amurallado de su antiguo castillo, del que apenas quedan restos. Sí que permanecen, en cambio, horrivestigios del franquismo: la iglesia parroquial de San Pedro luce un pegote falangista con una lista de patriotas que empieza por el ínclito José Antonio Primo de Rivera y termina por una tal Nunilo, que responde a una de las dos santas del villorrio –antes decapitadas que musulmanas-. La otra cede su nombre a la primera bodega que visitamos.

moristelAlodia es la empresa vitivinícola familiar que gestionan Sergio y Beatriz, una anfitriona excepcional. Más que una visita al uso, nos glosa detalles interesantísimos sobre la región. Nos detalla que la Denominación de Origen de Somontano es muy joven -data de 1984-, pero que en la zona ha habido viñedos desde la época romana y que muchas familias tienen su propio lagar y elaboran vino para ellos mismos o para vender alguna botella de tapadillo. Fieles a la tierra en la que están arraigados y preocupados por preservar las especies autóctonas –son especialmente puristas con el uso del distintivo Denominación de Origen-, en Alodia se han especializado en las seis variedades de uvas locales, aunque entre ellas destacan tres, que solo se cultivan en esa comarca: la singular variedad blanca alcañón, prácticamente desaparecida, que se recoge muy tarde, después de cosechar las tintas, aunque por error se solía recolectar todavía verde; la parraleta, cuyo resultado es un vino ácido y lento; y la moristel, que me cautiva en cuanto pruebo su correspondiente monovarietal –en Alodia producen cinco caldos de esta tipología, la Serie1-.

Beatriz se extiende relatándonos a cuántos metros bajo tierra se adentran las raíces de la viña en busca de agua, cómo incide la piel de la uva en la carga cromática del vino o cómo afectó la filoxera a las cepas de todo el país, que desde entonces están injertadas en pies americanos –excepto en Canarias, donde la filoxera nunca llegó-. Respecto a otras bodegas de la zona, nos desvela que Bodega Pirineos conserva el espíritu cooperativista de la región, que Bodegas Lalanne, de origen francés, se fundó en Burdeos en 1842 y se instaló en el Somontano en 1894, y que una gran bodega de cuyo nombre no quiero acordarme abusa de la Denominación de Origen al comercializar con ese sello calidades ínfimas que lo desprestigian.

Garbanzos con foieTras la correspondiente cata subimos al comedor de su restaurante, El Alcañón, donde dos familias celebran acogolladas el santo de sus respectivas Pilares. El menú degustación es a lo maño. O a lo vasco, porque Beatriz es de Bilbao. Consta de tres entrantes, dos primeros -uno de ellos, unos garbanzos con foie atómicos- y un contundente segundo, a escoger entre tres opciones. Nosotros elegimos el jabalí estofado al curry, sorprendentemente tierno porque primero lo desangran y luego lo maceran con vino blanco y especias. Mientras intento engullir algunos pedazos del gorrino salvaje, me siento un poco Obélix. Y eso que todavía falta el postre, una selección de quesos de cabra de Radiquero y helado de uva. Pordiosnomecabenadamás.

Fuente republicanaLa capital del Somontano es Barbastro, una pequeña ciudad que se arracima a ambos márgenes del Vero. Orillando el río pueden apreciarse tres deliciosas fuentes, la del Azud y la del Vivero –conserva una inscripción de la I República-, que durante años permanecieron sepultadas, y la de San Francisco, que se asoma a los pies de la iglesia del mismo nombre. La fachada del templo ostenta un plafón king size de loanza a los caídos en la cruzada contra los rojos, aunque está salpicado de pintadas con los colores de la bandera republicana, “¿Cuándo lo quitáis?”. grafitiNo muy lejos de allí, en la calle Siervas de María, un grafiti anarquista desea, orwellianamente, un feliz 1984 a los peatones. Y en una pared cercana al río, un poeta urbano escribe “Millones de vicios y el mío está en tu iris”. Me está gustando mucho Barbastro.

Remontándonos al lenguaje pictórico de varios siglos atrás, en el Museo Diocesano de Barbastro –la rehabilitación borró de un plumazo cualquier resto del interior renacentista, pordiosquédespropósito- puede apreciarse el impresionante pantócrator del ábside de la iglesia de San Pedro de Villamana –ya veis, no solo hay frescos robados en el MNAC-. Me cautivan las lipsanotecas, pequeños cofres del tesoro que conservan datos relativos a la ceremonia de consagración de los templos románicos, desde la fecha hasta los ilustres personajes de la época presentes en ella. Siempre se aprende algo nuevo.

campanario 2Frente al museo, sobre el solar donde se alzaba la mezquita aljama, se levanta la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, un edificio de planta de salón cuyo campanario se yergue exento, seguramente por la reutilización del minarete del antiguo templo musulmán. En el pináculo de la solitaria torre anidan las cigüeñas, que otean la ciudad desde su privilegiado mirador.

Hacemos una pausa en la cafetería Victoria, que luce un par de fotos que resumen la historia del local: hace más de un siglo albergó una tienda de materiales de construcción y en 1930 se reconvirtió en bar castizo. Olé.

Más allá, la deliciosa Plaza del Mercado, que el sábado por la mañana se llena de frutas y verduras de los campos vecinos, parece el escenario de una obra de teatro: sus pilares neoclásicos de cartón-piedra son fruto de una de las reformas que han ido configurando este espacio público, acometida en 1932. opusLa última actuación urbanística es más inquietante: en una esquina de la plaza se edificó un inmueble en el lugar donde se ubicaba la casa natal de José María Escrivá de Balaguer –una placa conmemorativa se enorgullece de ello-. Sí, el fundador del Opus Dei es barbastrense.

PalacioArgensolaMuy cerca del mencionado caserón puede admirarse la soberbia fachada del Palacio Argensola, cuya galería de arcos de ladrillo, coronada por un hermoso alero de madera de trabajada manufactura, fue concebida como soporte y pieza de aireación de la cubierta. Hoy el palacete es de uso y disfrute público y alberga una minúscula sala de exposiciones, la biblioteca municipal y una escuela de música.

LausLa segunda instalación vitivinícola somontana en la que tenemos cita es la Bodega Laus, cuya visita al uso -bastante aburrida, por cierto, os la podéis ahorrar- muestra los procesos de producción industrial del vino a través de flamantes plantas automatizadas. Arquitectónicamente, sus instalaciones se sustentan en cuatro elementos clave: agua, cemento, acero y cristal, la madera solo se atisba en la sala que da cobijo a las barricas de roble francés y americano donde maduran los vinos. La fábrica es una formidable oda a la modernidad a quien la crisis pasó factura: en 2016 entró en concurso de acreedores y fue adquirida por Enate, aunque el derroche fue mucho peor -más bien megalómano- en la cercana bodega Sommos -geográficamente, frente a frente, tan solo separadas por la N-240- y su galáctico edificio a lo Frank Gehry.

En la Bodega Laus la zona de cata está pensada al detalle, el marketing lo llevan estupendamente –ahí se nota la mano de Enate-. Las cinco mesas donde se apoyan las copas de degustación presentan muestras de los distintos suelos donde crecen las vides. Son auténticas vitrinas horizontales que esconden cantos de río, piedras calizas y tierras arcillosas. A pesar de la notable puesta en escena, continúo enamorada del Serie1 Moristel de Alodia y la cata no me dice ni fu ni fa. Y sin embargo sacamos algo de provecho: una pareja de madrileños que se sienta a nuestro lado nos recomienda la bodega Vivanco de La Rioja. Habrá que investigar.

La cocina del Restaurante Laus es irregular. La croqueta que sirven como aperitivo lleva demasiada bechamel para mi gusto, y los garbanzos fritos de mi crema de calabaza -pelín empalagosa- me resultan ásperos. En cambio las trompetas con langostino y huevo me parecen sublimes, y la combinación de tronco de bonito sobre lecho de berenjena asada con chips de boniato, todo un hallazgo. No obstante, lo mejor son las vistas sobre el paisaje de reminiscencias toscanas, cuajado de viñedos todavía verdes pero ya jaspeados de cobre otoñal.

Alquézar, fundada por los musulmanes en el siglo IX –su topónimo procede del árabe Al-Qasr-, es una ciudad-joya que, además de haber preservado su trazado urbano medieval, ofrece numerosas atalayas desde donde contemplar el magnífico paisaje esculpido por el río que discurre a sus pies: es la puerta de entrada al cañón del Vero y a la sierra de Guara. Llegamos allí cuando la luz del atardecer lame sus característicos caseríos, que cabalgan sobre la montaña rocosa calcárea siguiendo las curvas de nivel, como sus bancales de viñas, almendros y olivos. callizoEntre las calles principales de Alquézar se cuelan, de tanto en tanto, los callizos, unas callejuelas de conexión sobre las que los lugareños edificaron, hace cientos de años, habitaciones voladas que todavía perduran. Sobre algún dintel se pueden observar, clavadas, algunas patas de jabalí, amuletos de protección contra las fuerzas del mal que, según las creencias de los lugareños, favorecen la fertilidad de los cultivos y de los animales de la casa a quien guardan. En la cima de la colina por donde trepa la villa se alza la Colegiata de Santa María la Mayor, emplazada donde se ubicaba la antigua fortaleza musulmana. Queda pendiente para una próxima ocasión la ruta de las Pasarelas de Alquézar, que jalonan el último tramo del cañón del Vero.

Alquézar.jpg

Antes de regresar a Barcelona, durante nuestro segundo y último desayuno, Mireia, nuestra anfitriona, corrobora que la incursión a las bodegas Lalanne es más que recomendable y agrega al pack de visitables a Viñas del Vero, que al parecer centra su periplo en la bodega de su vino de alta gama, Blecua.

Nos vamos, pero volveremos. Sin dudarlo.

Anuncios