Dormir en un faro

No sé de dónde viene mi pertinaz fijación por esos vigías oceánicos, en general odio la playa porque soy más de tierra adentro. Claro que el mar salvaje es otra cosa: me fascina observar cada movimiento brusco del oleaje contra las rocas y contemplar cómo acecha la tormenta desde el cielo procelosamente plúmbeo, henchido de rayos y truenos.

faroDormir en un faro era un deseo largamente codiciado pero nunca cumplido, de modo que hace trece meses decidí finalizar mi año de autohomenajes materializándolo. Husmeé y escarbé por los entresijos de Google y fueron cayendo alternativas en Holanda, Escocia y Croacia: ninguna igualaba siquiera el Phare de Kerbel, quizás porque estoy más acostumbrada a moverme por territorio galo y me manejo bastante mejor en francés que en inglés. Así que enseguida envié por correo electrónico mi petición de reserva e hice una transferencia con la paga y señal para bloquear la fecha. También planteé mis dudas por cibermensaje.

– Veo que el contrato de alquiler especifica que no están incluidas las toallas.

– Es que la gente se las llevaba, así que optamos por eliminarlas.

En ese momento pensé que, por el precio estipulado, bien podrían regalarnos no solo las toallas, sino también la tetera de la abuela. No obstante preferí no ponerme borde.

– Viajaremos con maleta de cabina y no dispondremos de espacio para toallas. Por favor, ¿sería tan amable de proporcionárnoslas?

– Está bien, lo indicaré en su dossier.

La primera noche cuesta una pequeña fortuna, pero para las sucesivas la tarifa es más normal, de modo que decidí que una duración de tres días sería ideal para amortizar mejor mi inversión. Y de paso la expedición milkilométrica.

El Phare de Kerbel se levanta en la costa del departamento de Morbihan, que en bretón significa mar pequeño, y para llegar hasta allí desde Barcelona hay que subirse a un avión de Vueling -la única compañía con conexión sin escalas- y luego alquilar un automóvil en el aeropuerto de Nantes.

El horario del vuelo Barcelona-Nantes nos obligó a llegar el día de Navidad y pernoctar en un Ibis Style cercano. Hasta la mañana siguiente no podíamos ir a por nuestro coche de alquiler y nos acercamos a una de las navettes que transportan pasajeros desde el aeropuerto hasta Nantes. Tras cruzar con él una breve conversación, el conductor, amabilísimo, se ofreció a acercarnos a nuestro hotel, aunque no se ubicaba en su ruta y tuvo que desviarse para acompañarnos. Sin embargo hizo mucho más que eso: rodeó la rotonda de la autovía y nos depositó en la mismísima puerta de nuestro alojamiento. Atómico.

El 26 por la mañana pedimos un taxi para acudir al aeropuerto a por nuestro coche de alquiler y su chófer corrigió –reiteradamente- mi forma de pronunciar Morbihan. “Bon, ça viendra”. Qué fácil es mofarse de la dicción ajena cuando la complejidad fonética de tu lengua materna te permite imitar cualquier sonido de cualquier idioma. Y no, no me estoy refiriendo al francés, sino al árabe. De hecho, nuestro segundo islamita políglota de la mañana nos atendió en el mostrador de Sixt en un castellano más que correcto. Además era joven y guapetón, a mis hijas les hubiera requetechiflado.

Hicimos las dos horas de conducción hasta el Phare de Kerbel del tirón. Madame Muin, el ama de llaves, nos acompañó hasta nuestro alucinante apartamento a ras de cielo. Subió los 126 escalones con pasitos cortos: era la segunda o tercera vez que lo hacía aquella misma mañana y se le notaba el agotamiento en el casi inaudible jadeo. Como para que se te olvide algo antes de alcanzar la cúspide.

vistas3Depositamos nuestras maletas, tomamos nota mental de las escuetas instrucciones y desandamos la caracoleante escalera para almorzar en Port-Louis, solitario en esa semana de vacaciones escolares de Navidad. Después, la larga y reparadora siesta en nuestro querido faro, mecidos por la tormenta. Y al despertar, acurrucados en nuestra cama, el devenir del atardecer, de la marea, de las gaviotas, de los matices que dibuja la luz en el paisaje. El mundo podía esperar. Por lo menos unas horas.

A unos sesenta minutos de nuestro singular alojamiento, en la playa de Port Maria de Quiberon, el oleaje trepa por los muros del muelle intentando agarrarse a ellos. Continuando por carretera hasta el último extremo de la Presqu’Île de Quiberon se llega a la Pointe du Congel, un paraje surcado por senderos de arena con vistas al Phare de la Teignouse, que se empezó a levantar en 1843 y empezó a funcionar un par de años después.

le café de mariaLa caminata al borde del mar nos abre el apetito. La placha gourmande de Le Café de Maria consiste en sopa de pescado, salmón, atún –se habían acabado las sardinas-, merluza, vieiras, langostinos, mejillones tan minúsculos como carnosos y un pequeño rodaballo. Todo tierno y jugoso, sin aderezos -ni falta que hace-. El sol nos acaricia a través de la ventana, pero resulta engañoso: en cuanto salimos del restaurante, la glacial ventisca nos azota como un cilicio.

Regresamos a nuestro faro por la Côte Sauvage de Quiberon, que orilla el océano sobre acantilados que hienden sus afiladas rocas en el abrupto oleaje. La arisca galerna es implacable y hiela hasta las ideas. Las sendas que serpentean por lomas y riscos se ven sorprendentemente populosas estos últimos días de diciembre. Es fácil imaginar que, en cuanto llegue la temporada alta, cada sendero acogerá tumultuosas romerías.

Otra deliciosa excursión que se puede hacer desde el Phare de Kerbel es visitar Aurey y su cautivador puerto, Saint-Gustan, que en coche quedan a unos 40 minutos. En Aurey se puede estacionar en la Place Notre-Dame, llegarse a la cercana Place aux Roues y continuar por la peatonal Rue du Belzic hasta la Rue Gachotte, jalonada de casitas con entramado de madera. Más allá, la empinada Rue du Château, con sus coquetas tiendas de artesanos, conduce al puerto de Saint-Gustan, donde ya habíamos recalado hace tres años durante nuestro viaje a Finistère en familia.

Como el obsequio de bienvenida al faro es una botella de champagne, no tenemos más remedio que comprar un par de docenas de ostras para hacerle los honores. Bretonas y del número 2, nos alternamos en abrir nuestros sabrosos bocados de mar con la habilidad que nos otorga un práctico tutorial de menos de un minuto. Que viva Google.

El sol de invierno bretón no calienta, tan solo irradia su fría luz septentrional para crear un trampantojo: estamos a -1 °C. De camino hacia el interior de Morbihan, los campos de cultivo ocultan su manto verde esmeralda bajo el níveo tul de la escarcha.

josselin2El Château de Josselin es idéntico a mi castillo Exín infantil, cuyas piezas guardaba como un tesoro en el cubo de detergente Colón que me cedió mi abuela paterna -los que estáis en edad provecta sabéis de lo que os hablo-. Me hospedaría en el hotel que lo contempla desde la otra ribera del Canal de Nantes a Brest para observarlo durante horas, apoyada en el alféizar de la ventana. Por desgracia, permanece cerrado desde noviembre hasta abril, así que debemos conformarnos con callejear por Josselin. La antigua capital del condado de Porhoët fue fundada en 1008 por Guéthénoc, quien decidió bautizar el incipiente villorrio con el nombre de su vástago. Amor de padre. Nota marginal: sus descendientes, los Rohan, hoy pertenecen a una de las más antiguas familias de la nobleza francesa. Ducados al margen, fueron los artesanos y los comerciantes de Josselin quienes dinamizaron la villa: las 54 casitas en pain-de-bois que todavía se conservan –la más antigua data de 1538- dan fe de sus prosperidades pasadas.

A pesar de que la mañana avanza, como no superamos el umbral de los 0 °C intentamos tomar un café con leche en una taberna. Ya es mediodía y tienen las mesas dispuestas para el almuerzo, de modo que la camarera nos mira con desdén y nos escupe que nos instalemos en la terraza. Cuatro parroquianos, acodados en la minúscula barra sin consumir nada, no hacen el menor gesto de cedernos un hueco, de modo que desistimos y abandonamos el pueblucho hostil a toda velocidad. Eso nos pasa por cambiar de tercio y adentrarnos en el interior en lugar de seguir saboreando la arrebatadora costa. En fin.

Desde la Presqu’Île de Gâvres se ve, al otro lado de la Petite Mer de Gâvres, nuestro faro, al que se llega dando un largo rodeo por tierra, aunque está a tan solo un kilómetro y medio atravesando las aguas. Cuando entramos en Gâvres la marea está baja y hay quien aprovecha para ir con un cubo a por frutos de mar. Y quien pasea bajo la lluvia como si fuera verano. Sin calcetines. Sin paraguas. Con un liviano chubasquero. Son la versión bretona de los superhéroes de Marvel.

Nos acercamos a cotillear el Fort de Porh Puns, construido para proteger Port-Louis de las huestes británicas, y coincidimos con la visita guiada de unos friquis de los asuntos bélicos, que soslayamos a toda velocidad: además de que el tema no nos interesa demasiado, el chubasco arrecia y nos guarecemos en una cálida librería-cafetería donde nos tomamos un café con leche y un chocolate caliente. Hipótesis que formulamos mientras permanecemos allí, al abrigo de las inclemencias atmosféricas: la circunspecta muchacha que lo regenta se recluyó en la pequeña población marinera por amor, de modo que decidió crear un rincón de doméstica tertulia literaria para sobrellevar mejor los inviernos bretones y arrebujarse con sus autores preferidos durante las lánguidas tardes de atlántico hastío. Tras esta reflexión de estar por casa, nos retiramos a nuestro añorado aposento.

vistas7Cuando el cielo está despejado, el Phare de Kerbel ofrece una vista panorámica circular que corta el aliento. Por la noche, al abrir los ojos desde la cama, te sientes en un íntimo y acogedor observatorio astronómico. En cuanto asoma el sol, el mar se funde con el cobrizo alborear y las embarcaciones parecen ancladas en una pradera de escamas de espejo. Alojarse más de una noche en ese torreón-guarida invita a saborear con más matices cada momento, desde las caprichosas tormentas, que balancean el aéreo refugio como un balandro entre las nubes y envuelven su perímetro de crepitantes silvidos, hasta las silenciosas calmas, que colman cada minuto de luz y serenidad.

Qué reconfortante paréntesis de raro sosiego disfrutamos hace ya una semana en el Phare de Kerbel.

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“Tonnerre de Brest!”

Tonnerre-de-BrestEl famoso grito del capitán Haddock no se refiere a los truenos de las antológicas tormentas de la capital de Finistère, sino a las dos salvas de cañonazos, una a las siete de la mañana y otra a las siete de la tarde, con las que retumbó a diario a toda la ensenada durante casi 300 años.70.TourTanguy

Brest quedó arrasada tras los intensos bombardeos de la aviación anglo-americana al final de la II Guerra Mundial. Los únicos edificios que quedaron en pie fueron, en el lado bretón y marinero del río Penfeld -el popular barrio de Recouvrance-, la medieval Tour Tanguy, y en el lado francés y militar, el château de Brest. Por eso hoy, a pesar de su puerto industrial y su publicitadísimo Oceanopolis –que no visitamos-, es una ciudad bastante anodina y con escaso interés arquitectónico.

De 1945 a 1957 se edificó rápido para acelerar la reconstrucción de la ciudad, liderada por el arquitecto y urbanista Jean-Bastiste Mathon, que proyectó una planificación a la americana, con grandes avenidas y retícula en forma de damero, y repartió diferentes porciones de la ciudad entre distintos responsables. Cada uno desarrolló las obras de su sector un poco a su aire, así que el resultado fue, como poco, heterogéneo. Para rematar el conjunto, el renombrado puente del Iroise tiene las vistas al estrecho de Brest mutiladas, porque paralelo a él, en el lado en que el río Élorn desemboca en el océano, discurre el viejo puente Albert-Louppe, cuyo uso ha quedado restringido a vehículos lentos, bicicletas y peatones.

La Tour Tanguy alberga un museo de acceso gratuito, que rinde su pequeño y naíf homenaje a las renombradas calles de la antigua ciudad portuaria, justo antes de que los humanos se encargaran de borrarlas del mapa tan a conciencia. A través de curiosos diaporamas que recrean escenas callejeras, uno puede hacerse a la idea de la pintoresca y variopinta ciudad medieval que destruyeron las bombas.

Desde la Tour Tanguy se puede contemplar una hermosa panorámica del château de Brest, hoy sede de la marina francesa. De hecho, no se puede aparcar en su recinto porque las plazas dChateau_desde_Tourisponibles están reservadas al personal militar que trabaja allí. Aunque en Brest no hay problemas de estacionamiento ni zonas azules.

Hay que reconocer que el recorrido del Museo Nacional de la Marina está bien planteado. En el precio de cada entrada de adulto –los menores de 18 años no pagan- se incluye el uso de una audioguía en castellano, que explica algunos detalles de cada espacio. Durante el itinerario puedes ver un pequeño submarino que los alemanes usaban para espiar la costa durante la II Guerra Mundial –solo lo tripulaban dos personas- y secciones del castillo con diferentes usos a lo largo del tiempo. También se hace un repaso a historia de la bagne de Brest, el gran edificio penitenciario creado para suministrar la mano de obra de los condenados a trabajos forzados a los astilleros militares, y la trayectoria de la armada francesa en Brest. Precisamente en esa sección se revela una inquietante información: la base de los submarinos nucleares franceses está aquí al lado, en la península de Crozon. Pues qué buen rollito. La visita acaba con imágenes reales de los bombardeos de la batalla de Brest. Lo que te reafirma en la idea de que, a veces, la meadita de los macho alfa dominantes para marcar su territorio tiene consecuencias no solo desproporcionadas, sino totalmente fuera de lugar.

Ayer, tras pasar toda la mañana en Brest, como nos venía de paso en el camino de regreso, hicimos una pausa en Plougastel para cotillear un poco en el Museo de la Fresa y del Patrimonio. Además de descubrir que el origen del afamado fruto fue un intento fallido de trasplantar las fresas blancas de Chile en territorio galo –desconocía que existiera tal variedad de fresa-, hay una curiosa y abundante exposición de prendas típicamente bretonas, bajo mi punto de vista más interesante que la del Museo Bretón de Quimper, ya que es ropa de trabajo, del cotidiano día a día. También se pueden ver los muebles y utensilios de un hogar tradicional de Plougastel de hace cien años, que incluye tres camas-armario como la que vimos en el museo de Quimper, pero amplía la explicación: eran de poca longitud porque los bretones pensaban que no podían dormir estirados como los difuntos en el ataúd, por lo que preferían hacerlo acurrucados, o casi sentados. Incómodo, pero la fe mueve montañas. Y encoge carpinterías.

Todo lo bueno se acaba, y nuestras vacaciones de verano están ya llegando a su fin. Así que hoy hemos dedicado el día a despedirnos de Audierne que, además de ser un óptimo punto de partida para todas las excursiones que hemos hecho, es también una población costera agradable y apacible.

Qué pereza irse de aquí. Y qué dura va a ser la rentréeNubes

La isla de Sein

blog1_Faro_Vieille Sí, el lugar donde inhumaban los celtas a sus druidas. Dos kilómetros de tierra que emergen, como una sinuosa serpiente de arena y peñascos, a menos de diez kilómetros de la Pointe du Raz para saludar al faro de la Vieille. Allí hemos ido hoy. Lo teníamos muy fácil, porque los nautibuses de la compañía Penn Ar Bed –que significa Finistère en bretón- salen hacia la isla de Sein desde el embarcadero de Esquibien. A cinco minutos de nuestro pennti.

Hemos desembarcado en la isla a la hora de comer francesa. Así que, nada más llegar, nos hemos sentado en el restaurante Le Tatoon, el mejor de la isla según la puntuación de Trip Advisor. Y la verdad es que, a excepción del lavabo, que parecía que perteneciera a otro restaurante -¿a otra época? ¿a otro planeta?-, todo ha sido perfecto.

La isla se recorre en nada, porque es verdaderamente diminuta. Los árboles escasean –hemos visto uno, anecdótico, soblog2_torreAntinieblambreando un pequeño jardín- y la vegetación que abunda es el matojo a ras de suelo. Más allá de las coquetas casas apiñadas de la parte de la isla más poblada, solo se ven arena, cantos rodados, algas enmarañadas y muretes para proteger los pequeños huertos. Y, por supuesto, el mar, siempre el mar. Está presente en todo momento. Te sientes como si navegaras a bordo del Nautilus y el capitán Nemo te permitiera asomarte desde la cubierta de su submarino. Así que nos hemos imaginado que la corne à brume blanche, la torre antiniebla ya en desuso, era nuestro gigantesco periscopio.

En el otro extremo de la isla se eleva el faroblog3_Escalera_faroisla de Goulenez, de 51 metros de altura, con una incomparable panorámica 249 escalones más arriba –dos faros en dos días, se me van a poner unos gemelos de competición olímpica-. El chico que controlaba el acceso sabía castellano porque había vivido en Burgos. “Mucho frío allí”. Como si el invierno en la isla de Sein fuera tropical: Jean-Baptiste Colbert, ministro de Luis XIV, eximió a los lugareños del impuesto de propiedad por considerar que la naturaleza de la isla ya los castigaba lo suficiente.

La dicha bretona “quien ve Sein ve su fin” ayuda a hacerse una idea de la turbulencia de las aguas que rodean la isla. Por eso se decidió balizar el perímetro de la Pointe du Raz con el legendario faro Ar Men –en bretón la roca-, a seis millas náuticas de Sein. “El infierno de los infiernos” según los fareros tardó 14 años en construirse, tras muchos contratiempos y graves dificultades: de cada 100 horas de trabajo invertidas, solo 8 eran aprovechables. Una odisea levantarlo, otra manejarlo. Con razón ahora funciona de manera automatizada. La compañía Farandole incluye su visita en la ruta “Los faros del fin del mundo”. A nosotros el presupuesto ya se nos ha pulverizado, pero os dejo el enlace, just in case: http://www.farandole29.fr/

Hemos invertido el tiempo que nos quedaba en la isla en remojarnos los pies entre las rocas, detrás del faro de Goulenez: cuando estábamos arriba, hemos comprobado que era la zona menos concurrida de los alrededores -llamadnos perspicaces-. De hecho, hemos estado allí solos, contando lapas y bígaros y molestando un poco a las pequeñas anémonas locales, que encogían sus curiosos tentácilos en cuanto notaban levemente la yema de nuestros dedos.

A la hora de regresar a tierra firme, a causa del descenso de la marea hemos cambiado de embarcadero y nos hemos tenido que acercar a la cala del Men-Brial, donde se ubica el faro de ese mismo nombre, que vigila la entrada del puerto desde 1910. Será por faros. Pero aquí, con los rigores climatológicos hibernales, cualquier precaución es poca.

Podría pasar un par de semanas de vacaciones en la isla de Sein. Sin móvil. Sin ordenador. Sin guatzap. Desconectada de todo y de todos. Haciendo nada. O sí, solo leyendo. Disfrutando de ese sol atlántico que es ahora tan confortable como nuestro sol mediterráneo de invierno. Porque lo cierto es que, si estás bien contigo mismo, se está muy a gusto en la isla de Sein.blog4_Despedidaisla

El irresistible magnetismo de los faros

Nuestra afición a los faros empezó justamente aquí, en Bretaña. Hace once años pasamos nuestras vacaciones de verano en Côtes d’Armor y, en una de nuestras incursiones, descubrimos los maravillosos acantilados de Cap Fréhel, cuyo faro se construyó para garantizar el tráfico marítimo desde la bahía de Saint Brieuc hasta el puerto de Saint-Malo, aunque el actual faro es el tercero que se levantó sobre ese promontorio. Si tenéis ocasión, no os perdáis la visita. Merece muchísimo la pena.

FaroEkmolle_blogHemos llegado al faro de Eckmühl, en la península de Penmarc’h, antes de su hora de apertura. Sin embargo, ya había una pequeña cola ante la verja de acceso al recinto. No le hemos hecho demasiado caso y nos hemos tomado un café con leche justo al lado, para hacer tiempo –abrían a las diez y media-. Error: luego hemos comprobado, con estupor, que la cola es perenne porque el aforo está limitado a 40 personas. Así que los visitantes van entrando conforme los que ya están dentro van saliendo. Y lo entiendes en cuanto consigues, por fin, penetrar en el famoso faro octogonal: subir 227 estrechos escalones por una empinada escalera de caracol, hasta alcanzar la balconada perimetral, ya es bastante duro y complicado sin un excesivo tránsito de turistas. No obstante, tanto la espera como el agotador ascenso tienen su merecida recompensa: unas vistas espectacularesFaroEkmolle_scalera_blog sobre el inmenso mar y los numerosos farallones que salpican la costa adyacente. Desde allí arriba se aprecian mejor las balizas, pintadas en blanco y negro, y el viejo faro de la Pointe de Saint Pierre, que pasa fácilmente desapercibido bajo la sombra de su célebre vecino.

Efectivamente, además de subir al coloso de 60 metros, en la misma visita se puede conocer la embarcación de salvamento Papa PoydenIllustracion_rescateot, en cuyo hangar se exponen fotografías e información sobre las tareas de salvamento marítimo de hace más de un siglo, cuando fue construido este velero a remos, y también ampliar información sobre los faros en la exposición permanente del viejo faro, hoy Centro de Descubrimiento Marítimo, aunque, para mi contrariedad, no han editado ningún catálogo o folleto sobre los apasionantes detalles que puedes descubrir allí. Porque, además de recordarnos que la palabra faro deriva de Pharos, la isla egipcia donde se levantó el mítico Faro de Alejandría, aporta información sobre la peligrosidad de algunas zonas del litoral, el pillaje de los naufragios, la complicada construcción de esos imponentes vigías y la ardua vida de quienes se ocupaban de su buen funcionamiento. Así, en función del emplazamiento del faro, el farero vivía en el infierno –cuando estaba plantado en mitad del mar-, en el purgatorio –cuando se ubicaba en una isla- o en el paraíso –cuando se había levantado sobre territorio continental-.

Muy cerca de los dos faros de Penmarc’h, en Kérity, podéis comer marisco recién pescado en Le Doris, un antro roñoso cuyo aspecto tira un poco para atrás a primera vista, pero donde he saboreado los mejores fruits de la mer que he probado en Finistère. He pedido un plato variado y me han servido medio buey de mar, seis o siete cigalas –por aquí es el marisco estrella-, una nécora, cuatro ostras, un par de almejas vivas –tan vivas que una de ellas me han tenido que ayudar a abrirla- y un buen puñado de sabrosísimos bígaros. Espectacular. Ahora bien, armaros de paciencia: son tan lentos que, tras media hora de esperarlo en vano, hemos desistido del postre.

Toda la península de Penmarc’h tiene una agradable cornisa por donde pasear. Nosotros nos hemos detenido brevemente en Les Rochers del pueblo pesquero de Saint-Guénolé –primer puerto sardinRocasero de Francia- para acercarnos al mar saltando entre los escollos. En cuanto baja un poco la marea, queda al descubierto el tupido tapiz de mejillones y lapas que cubre las rocas y pueden apreciarse, si te fijas bien en las aguas encharcadas, pequeños cangrejos ocultándose entre las algas.

Hemos finalizado nuestra ruta costera en la punta de La Torche que, tras sus agrestes dunas, oculta una playa en eterna borrasca que acoge competiciones internacionales de surf. Contemplar esta costa salvaje, de ventiscas indómitas e incontrolables mareas, es verdaderamente hipnótico. Y, con diferencia, lo mejor de nuestro viaje.

 

Ese parque temático amurallado llamado Concarneau

Mira que para acercarnos a Concarneau esperamos a que finalizaran las concurridas fiestas de los FileVilleClosets Bleus, que acabaron ayer. Llamadnos optimistas, pero pensamos que, siendo lunes, y justo al día siguiente del festival que se celebra cada verano desde 1905, hoy Concarneau sería una localidad, si no despoblada, por lo menos bastante tranquila. Pues no. Un ridículo Jack Sparrow acechando en el revellín, entre los dos puentes levadizos, no auguraba nada bueno. Y nuestros temores se confirmaron en cuanto flanqueamos el acceso al recinto amurallado: una marea humana indescriptible se arremolinaba en tiendas, restaurantes y crêperies que habían tomado lo que otrora fue una población medieval encerrada en una fortaleza defensiva.

Si te abstraes de la multitVista_murallaud en un ejercicio de concentración colosal, puedes llegar a apreciar el paseo por el perímetro de la muralla, desde donde se contemplan unas vistas incomparables de la ciudad extramuros, el estanque de los astilleros, el puerto y el mar. Pero si te distraes un poco, puedes acabar fijándote en una jovenzuela-dominatrix con cara de mosquita muerta y tacones imposibles, capaz de mantener el equilibrio sobre los adoquines y, a la vez, chulear a su novio babeante.

Además de la concurrida entrada principal, dos puertas más se abren en la impresionante muralla: la Porte au Vin, que era la de más fácil acceso, por donde entraban víveres y, como su nombre indica, los por entonces ya apreciados caldos de Burdeos, y la Porte du Passage, por donde salían los ladrones arrestados hacia el cadalso donde los ahorcaban, situado fuera de la muralla justo enfrente. Que, ahora que lo pienso, qué bien nos iría un artilugio así para ir acogotando a cuanto corrupto se pusiera por delante. Íbamos a necesitar kilómetros y kilómetros de soMáquina_coser_blogga.

En la Ville Close –que así se llama el recinto amurallado de Concarneau- se ubica el Musée de la Pêche que, si bien lo que explica es interesantísimo –la evolución en la manera de obtener peces y marisco a lo largo de los tiempos, los antiguos métodos de convervación de este tipo de producto tan delicado, embarcaciones y aparejos de pesca…-, como experiencia museística se ha quedado bastante desfasado: las maquetas de los barcos son, en general, toscas, y los módulos explicativos a través de vitrinas historiadas, aunque muy logrados hace 50 años, cuando se abrió el museo, me han hecho pensar en las exposiciones de belenes de cuando era niña. Son graciosos, sí, pero rozan la caricatura. Por no hablar de la pésima iluminación. Lo mejor, la impresionante máquina de coser velas de 1889 y la pHéméricaosibilidad de visitar, en el muelle del museo, el Hémérica, un barco para la pesca de arrastre construido en 1957 y recién restaurado para disfrute de los visitantes. Reconozco que, tras nuestro paso por el Port-Musée de Douarnenez, el Hémérica no nos ha impresionado tanto. Aunque nos ha reafirmado en nuestra convicción de que la vida del marino, aún hoy, tiene que ser durísima, y su trabajo, digno de admiración.

MenuEn cuanto sales de la Ville Close, te sientes más liviano. Sí, hay vida ahí fuera. Mucha. Hasta puedes comer con tu familia en un lugar normal. Incluso bonito. Con camareros atentos, la mesa dispuesta con un poco de esmero y los platos bien preparados. Ese lugar existe y se llama Le Bistrot des Sables, 11 place Jean Jaurès. Tan cerca pero a la vez tan lejos del masificado monstruo amurallado.

Pero Concarneau no es solo la Ville Close. También es el primer puerto atunero de Europa. Mantiene su importante industria conservera y su subasta de pescado, por donde pasan 10.000 toneladas de producto fresco cada año. Y, todavía hoy, cuenta con unos astilleros en funcionamiento, tanto para construir como para reparar o renovar navíos. Y no solo eso: en Concarneau se construyó, en 1859, el primer vivero-laboratorio del mundo. Lo que empezó como un lugar de cría de animales marinos –hoy todavía pueden verse cuatro de los estanques originales-, enseguida se convirtió en un centro de investigación científica que ahora depende del Museo Nacional de Historia Natural. La centenaria estación de biología marina acoge hoy, además, el Marinarium.

Este modesto pero completo museo de la ciencia presenta desde aspectos puramente biológicos, como una muestra de plancton vivo -ampliada para poder ser apreciada por el ojo humano- o la capacidad de crear un ecosistema autosuficiente en un estanque de 120.000 litros –las langostas y los centollos se alimentan de detritos, son los basureros del fondo del mar-, hasta la necesidad de estudiar matemáticamente la proporción entre la cría y la pesca para evitar la extinción de algunas especies marinas, o la búsqueda de nuevas fuentes de proteínas oceánicas a más profundidad. El recorrido finaliza con una interesante exposición sobre el cercano Archipiélago de las Glénan, lo más parecido a un atolón en pleno Atlántico, y una exhibición temporal sobre el tiburón peregrino, que debe su nombre a sus inmensas branquias, similares a los cuellos de las camisas de los peregrinos del Camino de Santiago.

Tiburones peregrinos, turistas en eterno y vano peregrinaje e ideas tan peregrinas como visitar Concarneau en agosto. Nunca un término dio tanto de sí en un solo día.

Morgat y Cap de la Chèvre

En la costa sur de la península de Crozon, en un extremo de la bahía de Douarnenez, el antiguo puerto sardinero de Morgat se convirtió, a finales del siglo XIX, en la ciudad balnearia de moda por obra y gracia del Grand Hôtel de la Mer que, aunque en sus mejores tiempos exhibió el arrebatador encanto de la Belle Époque, hoy es lo más cercano a un Grand Hotel Budapest en versión bretona.

En el muy recomendable restaurante Saveurs et Marée del puerto de Morgat, 52 boulevard de la Plage, he tenido el placer de probar una choucroute de la mer, que incluía cuatro porciones de pescado fresquísimo –como todos por Finistère- y en su perfecto punto de cocción: limanda, merluza, bacalao y arenque ahumado –no era un pescado en salazón, era un filete jugoso y tierno que sabía a ahumado-. La col fermentada, que no me encanta, combinaba muy bien con la ligera salsa de mantequilla y el cebollino picado con que habían aderezado el plato. En fin, una delicia.

La empresa Vedettes du Rosmeur organiza excursiones guiadas por las grutas de los alrededores, aunque nosotros no hemos llegado a tiempo porque solo se puede navegar hasta allí cuando la marea está alta. Así que hem39.Morgat_playaos paseado, una vez más –nunca nos cansaremos de hacerlo-, por el estran del puerto, el terreno que queda descubierto cuando se retira el mar por unas horas. Mientras los demás contemplábamos los originales bancos del muelle, que se inspiran en las clásicas tumbonas de playa, y las fachadas pintadas de brillantes colores, Mariola ha intentando, en vano, poder acercarse a unas gaviotas. Y eso que se las veía apaciblemente ociosas, acurrucadas sobre la arena como si estuvieran incubando o a punto de sestear.

Hemos entrado en una pequeña tienda donde servían café y vendían, además de algún libro con fotos surferas, confortable ropa de algodón muy adecuada para el clima atlántico, Hoalensal en bretón-, http://www.hoalen.com/. Conversando con el chico que atendía tras el mostrador, nos ha comentado que tenían tienda en Barcelona, en el número 348 de la calle Muntaner, aunque la empresa es de Brest y su compañero catalán, Yago, cobra su nómina desde Francia. Tanto la venta online como las seis tiendas que tienen abiertas, me cuenta, tienen en común, sobre todo, el surf. “Pues en Barcelona, surf, nada de nada”, le he soltado yo. Y me ha respondido con una risita tonta. Así que sospecho que a su jefe le molan los inviernos mediterráneos. Si no, hubiera abierto su primera y única tienda fuera de Francia en, por ejemplo, Euskadi. Eso, o tiene alguna historia en Barcelona.

Conjeturas irrelevantes a parte, hay unos 10 km desde Morgat a Cap de la Chèvre, un lugar bastante obviable si se compara con alternativas mejores y cercanas –la mejor, la Pointe de Dinan, que ya visitamos-. El entorno está bastante desfigurado por varios crímenes arquitectónicos que ha perpetrado allí el ser humano, a saber: una descomunal torre de control de la marina francesa, el recurrente monumento patriótico a los heroicos combatientes fallecidos y una placa de agradecimiento al general Patton, que lideraba a los soldados que vencieron al general Ramcke y sus fuerzas de élite en la batalla de Brest.

Pero aún hay más. También ha proliferado allí una ridícula moda que por lo visto se ha adueñado de algunos enclaves turísticos: crear pequeñas pilas de pedruscos. Efectivamente, tras la ola de absurdos candados destrozando puentes por toda Europa –desconozco si esta práctica deleznable se ha extendido ya, cual insidiosa plaga, por otros lugares del mundo-, ahora compruebo, estupefacta, lo que podría ser una nueva muestra de la inconmensurable estupidez humana. Porque cuando recalamos en Canet-sur-Mer vimos minimontículos parecidos, aunque construidos con cantos rodados. Qué ganas de desmontarlo todo a patadas.

40.Morgat1Lo que sí merece la pena es el sentier côtier GR 34, que une Morgat con Cap de la Chèvre por una serpenteante vereda –se puede acceder fácilmente a los últimos 4 km del tramo- y ofrece unas vistas impresionantes sobre la bahía de Douarnenez. Por cierto, en esa ciudad hoy y mañana actúa el Circ La Piste d’Or. Sí, en Francia tadavía perdura ese sádico espectáculo de tortura animal al que acuden familias enteras. Qué escalofrío ver las terroríficas jaulas desde la carretera, mientras regresábamos hoy a casa. Aunque supongo que a Toni Cantó le encantaría asistir. Como dijo el torero Lagartijo –otro maltratador de animales-, hay gente pa tó.

El mercado semanal de Audierne

Una de las razones por las que frecuentamos Francia en cuanto se presenta la ocasión, es su amplia variedad de excelentes productos de proximidad.

Esta mañan37-audierne---le-marche-ba nos hemos acercado a la población marinera que nos queda a cinco minutos de coche, Audierne, cuyo centro estaba hoy tomado por las variopintas paradas que se instalan allí cada sábado. El mercado semanal ha dado siempre tanto color a esta pequeña localidad que hace tan solo cuatro décadas que construyeron su mercado cubierto, que convive con el de toda la vida en buena vecindad.

Como no hemos sido muy madrugadores –sabiendo que no teníamos que desplazarnos muy lejos, hemos remoloneado un poco-, hemos podido comprobar el éxito incontestable de los dos productos estrella, a saber: los centollos y las fresas de Plougastel.

En una de las paradas con marisco fresquísimo solo quedaban dos enormes langostas, vivitas y coleando, y tres centollos, que pateaban como posesos, intentando zafarse de una compradora que dudaba sobre cuál llevarse. Gérard, el propietario del pennti donde nos alojamos, nos recomendó encarecidamente adquirir algún ejemplar de esta variedad de cangrejo, pero, francamente, me siento incapaz de cocinar el animalillo: de camino a casa le pondría nombre y entonces ya lo adoptaría como mascota.

En cuanto a las fresas de Plougastel, una agricultora bretona vendía, exclusivamente, judías verdes y este exquisito producto, en barquetas de medio kilo. Nos hemos llevado un par y solo han quedado otras tres más en el prácticamente vacío mostrador. Lejos de ser los restos que nadie quiere, se veían brillantes y jugosas, lo que denota que todo el género era recién cogido, porque las fresas enseguida se ponen feas.

Si nos referimos a la fruta, en Finistère solo se cultivan manzanas –lo que más, aquí la sidra es la bebida local, como en el resto de Bretaña y Normandía- y las afamadas fresas. No obstante, como somos frutícolas empedernidos, hemos decidido probar también las pequeñas ciruelas de la variedad mirabelle –que son típicas de Lorena e ideales para preparar mermelada-, los tardíos albaricoques Bergeron –que solo se recolectan a finales de julio y principios de agosto- y una dulcísima uva negra moscatel francesa.

Nos ha sorprendido la larga cola que se había formado en la única parada de aceitunas. O quizás no tanto: el fruto del olivo es muy exótico por aquí. Y el pan que más nos gusta a Ángela y a mí, el de aceitunas, imposible de encontrar. Ni siquiera en la fabulosa panadería-pastelería Ti-Forn, que también nos recomendó Gérard el día en que llegamos a Esquibien, hoy hace una semana. No importa, ya nos resarciremos a la vuelta.

Tras una mesa repleta de creaciones de crochet, a cual más primorosa, una venerable viejecita se concentraba en su tarea con el ganchillo. Hace sesenta años que se dedica a ello, según me ha comentado, y lo creo. Me ha recordado a mi abuela, que aprovechaba cualquier momento para adelantar su labor: mientras miraba la tele, vigilándonos en el parque o escuchando su radionovela preferida, la cuestión era no permanerer ociosa. En una esquina de la encantadora exposición de piezas de fino perlé, me han llamado poderosamente la atención varios pares de guantes y mitones de vistosos colores, primorosamente tejidos. Así que no he sabido resistirme y he decidido autoregalarme unos. “Me llevó toda una jornada de trabajo tejer esos mitones”, me ha comentado la dulce anciana mientras guardaba amorosamente mi adquisicón en una bolsita de papel. “Tranquila, los cuidaré muy bien. Los quiero para cuando salga con mis amigas”. Qué ganas de estrenarlos.

Más allá, un avispado y afable vendedor nos ha empezado a hablar en perfecto castellano. Y claro, al final ha caído un vestido para Mariola. Nos hemos precipitado a comprarlo en cuanto nuestro cachorro ha abierto la boca, antes de que se arrepintiera de abandonar, por un momento, su uniforme adolescente de pantalón corto y camiseta. “Habláis muy rápido”, ha comentado el comerciante. “No es eso, no nos entiendes porque mis hijas y yo hablamos en catalán”. Eso suele despistar a los bretones. No nos ubican.

Claro que ayer unos niños catalanes empezaron a conjeturar sobre si mi marido es calvo o se rapa, pensando que éramos franceses, y a mis hijas les entraron unas ganas irrefrenables de reparar el honor de su ultrajado progenitor. Así que cuidadín con lo que vas soltando por ahí dando por hecho que nadie lo va a pillar: te puedes topar con cualquier nativo de tu idioma en el momento más insospechado. Y tampoco dejes caer según qué nombres en una conversación: un conocido que alardeaba de sus amantes con un amigo en un bar, tenía justo al lado al ex de su novia. Y él sin saberlo. Son cosas que pasan cuando eres, además de un ser despreciable, un bocazas. Qué lastima, ¿verdad?