Selandia

De regreso hacia Selandia en la penúltima etapa de viaje, con pernocta en Esbjerg para no desplazarnos hasta Copenhague del tirón, Ribe nos parece una reparadora bocanada de aire fresco. La villa más antigua de Dinamarca está perfectamente preservada y resulta muy agradable para pasar el día sin hacer nada especial, salvo observarlo todo con los ojos bien abiertos: en cada callejuela se alinean primorosas casitas que atesoran siglos de historia. Ribe_RestaurantAprovechamos para almorzar en Postgaarden, un hostal coqueto y risueño en el que trabaja una camarera tan alta como la luna de la canción. Al principio pensamos que hay una tarima tras el mostrador, pero no: en cuanto viene con los platos que hemos pedido, comprobamos que es enjuta y larguirucha como una espiga de trigo. Los daneses están supervitaminados e hipermineralizados.

Pasear un sábado soleado por Copenhague puede resultar muy estresante, sobre todo cuando Radhus Pladsen y Kogen Nytorv, sus dos plazas más emblemáticas, están patas arriba, blindadas con vallas infranqueables -tanto para los pies como para los ojos- y solo practicables por los laterales. De entrada nos sumergimos en la marea humana que asola Strøget y Nyhavn, pero al final optamos por soslayar las hordas de turistas como nosotros y nos escabullimos por la intransitada Laederstraede. Tras un reparador almuerzo en la cafetería Spis, nos acercamos a Gråbødretorv y permanecemos un buen rato escuchando absortos a un músico callejero que interpreta piezas de Joaquín Rodrigo con su guitarra española. RundetaarnAdemás de las preciosas casas que se conservan intactas desde hace siglos, en el centro histórico nos impacta especialmente la Rundetaarn. Construida entre 1637 y 1642, su rampa caracolea hasta una azotea que alberga un observatorio astronómico, el más antiguo de Europa todavía en funcionamiento. A mitad de camino hasta lo más alto de la torre se puede curiosear el espacio donde se ubicó la primera biblioteca universitaria de la ciudad, aunque en 1861 hubo que traladarla de allí por falta de espacio.

Mis adolescentes hijas están menstruantes y agotadas, aborrecen la ciudad y se niegan a entrar al decimonónico parque de atracciones Tivoli. Así que las escoltamos hasta nuestro hotel Cabin Express y nos dedicamos a inspeccionar los alrededores. Comprobamos que en nuestro barrio abundan los establecimientos orientales e italianos y, tras un agradable paseo por el vecindario, subimos al coche para nuestra particular panorámica de la ciudad. Las siete de la tarde de Copenhague son como las diez de la noche de Barcelona. Todo se ve tranquilo e intransitado y recorremos la ciudad sin prisas -qué hermosa arquitectura- hasta Churchill-parken. En efecto, nos dirigimos a perpetrar el crimen recurrente de todo turista que se precie: ver Den Lille Havfrue, la archiconocida Sirenita. A última hora son ya escasos los visitantes que se hacinan en el perímetro de esa escultura insignificante y absurda, una especie de Elsa Pataky de los iconos urbanos. Aún no le acabo de ver la gracia.

De regreso a nuestro hotel estacionamos el automóvil en el parking y, un par de calles más allá, nos instalamos en un rincón de la barra de la coctelería Salon 39. Cuánto necesitábamos este paréntesis a solas. Yo me tomo tres cócteles como si fueran Fanta y el alcohol con sus necesarios aderezos me sienta de fábula. Pequeños placeres mundanos. Como en la habitación familiar no disponemos de demasiada intimidad, acabamos en el coche muertos de la risa, rememorando nuestra lejana juventud.

Decidimos pasar el domingo explorando Selandia. Cuando llegamos al Vikingeskibs Museet de Roskilde a primera hora, nos topamos con algunos ánades que todavía duermen. Lo hacen de pie sobre una pata, la otra recogida y la cabeza acurrucada, escondiendo el pico entre su plumaje.

BarcosVikingosEl Vikingeskibs Museet es más que recomendable. Expone lo que queda de cinco naves vikingas que se hallaron en 1962, durante unas excavaciones en el fiordo de Roskilde. Formaban parte de un sistema de barreras defensivas y han ayudado a reconstruir cómo se relacionaban los vikingos con el mar. En la dársena del museo se pueden contemplar algunas embarcaciones ensambladas allí mismo como un gran rompecabezas, siguiendo antiguas técnicas de carpintería naval recuperadas. Durante el instructivo recorrido los visitantes conviven con diferentes artesanos, que trabajan en nuevos prototipos destinados a mejorar el fondo museístico.

Nos acercamos a la imponente catedral de la población, la Roskilde Domkirke, y decidimos cambiar de lugar y almorzar en la cafetería del Louisiana Museum. No obstante, nos vemos obligados a desistir: hay tal concurrencia de visitantes que cualquiera diría que toca una banda de rock. Y es más o menos así, porque del 24 al 27 de agosto se celebra “Louisiana Literature, Festival Events in English”. Así que sin bajar del coche ponemos rumbo a Helsingør –la Elsinore shakespeariana-. Por suerte: la carretera que bordea la costa del estrecho de Øresund, jalonada de preciosas casas de veraneo, es un placer inesperado. KronborgEl mayor atractivo de la localidad costera, con su majestuoso perfil divisándose desde varios kilómetros a la redonda, es Kronborg, el castillo de Hamlet. A pesar de la parquetematización ad nauseam, el entorno es agradable e invita al paseo. Rodeando la fortaleza hasta su zona posterior, que linda con el mar, se llega a una plácida playa de guijarros desde la que se divisa Suecia.

Sobre las cuatro insistimos en llegarnos al Lousiana Museum. En esta segunda ocasión  sí que conseguimos estacionar nuestro auto de alquiler y adentrarnos en el renombrado recinto expositivo, tan interesante o más que las numerosas y eclécticas obras que alberga. Museo_pulgarMientras nuestras hijas juegan a las cartas en el jardín, recorremos pasillos, salas y veredas –hay esculturas también en el exterior-, absorbiendo aproximaciones diversas de artistas daneses y foráneos. Aunque lo más hermoso es el lugar en sí, todavía más mágico envuelto con el manto de purpurina del atardecer.

Regresamos a Copenhague por el litoral, disfrutando de la puesta de sol, y decidimos obsequiarnos con una cena por nuestro barrio. La camarera de un pub donde solo sirven pastel de carne con patata –Mariola se pone estupenda y rehúsa tomarlo, aunque huele que alimenta- nos recomienda Madklubben, en Vesterbrogade 62. Es un establecimiento con onda y de cuidado diseño a precios ajustados –para ser Copenhague y en la franja noche-. Está abarrotado y los adultos amenizamos la espera con un cóctel buenísimo, Dark’n’stormy. Lleva ron, cerveza al gengibre y lima. Espectacular. Las adolescentes se quejan todo el tiempo y prefieren comprar el postre en el supermercado de al lado: una tarrina de arándanos para cada una. En fin.

Esta mañana, en la cotidiana normalidad de un día laborable -las bicicletas circulando en colorida diversidad-, Copenhague lucía radiante y despierta. Puente_MalmoNos despedimos de Dinamarca en Dragør, desde donde se contemplan unas excelentes vistas del puente de Øresund, que enlaza Copenhague con Malmö. Al otro lado, Suecia. A diez minutos de allí, el aeropuerto. Y a tres horas de vuelo, de nuevo nuestras vidas. También el Alzheimer de mi madre, pertinaz e implacable. Qué duro regresar a esa realidad.

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El extremo norte del sur de Escandinavia

Tras un par de días en el centro de Jutlandia, dejamos atrás Århus para dirigirnos a Aalborg, la siguiente etapa de nuestra ruta. Como durante este viaje nos levantamos especialmente temprano –en Dinamarca amanece a las seis de la mañana-, nos despedimos de los excelentes desayunos del hotel The Mayor sin prisas y nos encaminamos hacia Mariager, una deliciosa pausa en el camino. 1.MariajerEstacionamos nuestro coche en Egepladsen y nos dejamos arropar por la soleada mañana: llevamos un par de días con un clima poco escandinavo, aunque a primera hora siempre refresca bastante. Desde la bonita plazoleta nos encaminamos a un par de callejuelas adoquinadas, Teglgade y Vestergade, cuyas coloridas casitas de madera son primas hermanas de las que pudimos observar en Aerøskøbing. En la estación de ferrocarril del puerto curioseamos los vagones de madera del veterantog, el tren vintage que une Mariager con Handest durante los fines de semana de julio y agosto y los martes y jueves de julio –el mes de temporada alta aquí-. Uno de los vagones me enternece especialmente porque es muy parecido al que solíamos ocupar mi abuela y yo cuando me venía a buscar en tren a Barcelona para llevarme con ella a Zaragoza.

2.fortaleza vikingaA unos 15 kilómetros de Mariager hacemos otro alto en el camino en Hobro para conocer Vikingegården Fyrkat, un conjunto de nueve casas de madera levantadas a la manera vikinga. Las que están abiertas son la vivienda y el taller del herrero, el almacén de lanas y el taller de alfarería, las demás están en construcción. Un kilómetro más adelante, después de recorrer un agradable sendero que orilla un lago, se alza Fyrkatborgen, una de las fortalezas levantadas durante el reinado de Harald I Dienteazul –sí, el de las estelas rúnicas de Jelling-.

4.cementerio vikingoYa en Aalborg los avistamientos vikingos continúan en Lindholm Høje, un imponente cementerio que se ha preservado hasta nuestros días porque permaneció enterrado bajo la arena durante siglos. Más allá del interés histórico que pueda tener el yacimiento, el relajante paraje –murmullo de hojas mientras el viento hace cosquillas a las arboledas que lo rodean- invita a la reflexión y al recogimiento. Aunque, cuando lo visitamos, un ecléctico rebaño de cabras y ovejas no mostraba ningún reparo en mordisquear el pasto anejo a los monumentos funerarios. Maravillosa indiferencia ovina.

Técnicamente Lindholm Høje se ubica en Nørresundby, la zona norte de Aalborg: la ciudad está partida en dos por el Limfjorden, el estrecho que separa la península de Jutlandia de la isla de Vendsyssel-Thy. Nuestro alojamiento, un hotel Cabinn bastante básico –Cabinn es una cadena danesa tipo Ibis Budget-, se ubica en la zona sur de Aalborg, a dos pasos de Nørregade, una bulliciosa calle peatonal que luego cambia de nombre a Bredegade y Algade. 3.Aalborg +++Desde esa arteria comercial se accede a dos callejuelas absolutamente arrebatadoras, Peder Barkes Gade y Hjelmerstald, cuyas preciosas casitas-joya serían el sueño de cualquiera. Qué suerte gozar del privilegio de habitarlas. Uno de los vecinos presenta en su puerta, orgulloso, la lista de quienes han morado en su vivienda desde el siglo XVIII. Allí al lado un buen lugar para tomar un Caffè Latte y alguna pieza de bollería local –suelen llevar mantequilla a cascoporro- es Herman’s Café & Bageri. Un poco más allá, en Boulevarden 1, se pueden saborear especialidades danesas –entre ellas el recurrente smørrebrød de salmón- en Penny Lane, un  establecimiento acogedor y coqueto. Cerca de nuestro hotel hay otra deliciosa cafetería, Behag Din Smag. Sí, en Dinamarca hay buenas opciones para alimentarse sin maltratar la economía familiar.

A 100 kilómetros de Aalborg, los estrechos de Skagerrak y Kattegat, que conectan el mar Báltico con el mar del Norte, se funden en choque de oleajes en el extremo más septentrional de Dinamarca, la punta de Grenen. 5.GrenenAunque se puede pasear hasta allí por cualquier sendero de la playa de Kattegat, lo mejor es hacerlo muy arrimados a la orilla: sobre la prieta y húmeda arena que bordea el mar, la caminata es mucho más cómoda. Cuando alcanzamos el vértice de esa esquina entre dos mares, nos topamos con un cachorro de foca varado en el costado de Skagerrak. No sabemos si está herido o simplemente asustado, ni tampoco qué hacer, si acercarlo al agua o pedir ayuda a algún lugareño. Entre tanto llega el tractor de Sandormen acarreando a turistas perezosos, de modo que le consultamos al conductor cómo podemos socorrer al animalillo. Nos mira con gesto de fastidio –seguro que no somos los primeros que le comentamos lo mismo- y nos responde de manera tajante y contundente. “No hay que intervenir, la naturaleza debe seguir su curso. Cuando la playa esté tranquila –como si eso fuera posible, el flujo de visitantes es incesante-, su madre vendrá a por él. Y si está herido, morirá. Así es la vida”.

Desandamos el camino y nos dirigimos al puerto de Skagen a almorzar. En el embarcadero, yates suecos con tripulantes alegres y distendidos, cada cual con su fiesta privada y sus risas. 6.SkagenFrente a ellos, una hilera de tabernas ofrecen productos del mar para comer en sus terrazas, que disponen de toldos y estufas para cuando el clima se pone báltico –como es el caso-. Tras una rápida prospección, nos decantamos por Havfruen Fiskehus, donde las mantas a disposición de los comensales las patrocina Carlsberg -ese merchandising escandinavo-. A pesar de las bajas temperaturas, el camarero va en manga corta, como si el día gris no fuera con él. Cuando ya hemos escogido lo que queremos, vemos que junto al mostrador hay cartas en varios idiomas, también en español. Albricias. Aunque la palabra tapas y cortado aparece de manera recurrente en bares y cafeterías, incluso en este extremo de Dinamarca.

Damos una vuelta por el centro peatonal de Skagen y luego nos acercamos a Råbjerg Mile, una duna inmensa que se mueve a su aire varios metros cada año –cosas que las ventiscas norteñas-. Una recuerda a Omar Sharif en “Lawrence de Arabia” y piensa que se va a desenvolver igual que él en el desierto, con ese porte distinguido y gentil. Pues no. Desengañémonos: trepar por una montaña de arena es lo más parecido a patear uvas en un lagar. Total, para encaramarte a una duna que está en mitad de la campiña, ni siquiera te queda el consuelo de ver el mar. 7.faroPara eso es mucho mejor acercarse a Løkken y contemplar la duna que se tragó el faro de Rubjerg Knude. Es alucinante. De lejos es un aparición marciana, como si un agujero negro que conectara con otra dimensión asomara la nariz a través de un cráter. De cerca parece el escenario de un bombardeo, hay cascotes desperdigados, retorcijones metálicos, recovecos rebosantes de arena y carpintería reventada. Resulta chocante porque no parece Dinamarca, donde todo es tan ordenado, tan pulcro, tan perfecto. Un pedacito de caos que perdurará hasta que el mar engulla duna, faro y escombros como si nunca hubieran existido.

Adentrándonos en Jutlandia

1.StonesGeográficamente Dinamarca es un archipiélago anejo a una península: su único territorio continental es Jutlandia. De camino a Aarhus, la segunda población del país en cuanto a número de habitantes, decidimos detenernos en Jelling, el asentamiento donde el caudillo vikingo Gorm el Viejo estableció el trono real danés, aunque fue su hijo Harald I Dienteazul quien unificó los territorios daneses y cristianizó el territorio. Así lo explica una de las dos estelas rúnicas que se conservan en Jelling, que está dedicada a los progenitores de Harald, Gorm y Thyra. A escasos metros de las estelas merece la pena entrar en el Kongernes Jelling, un museo nacional de acceso gratuito cuyo recorrido interactivo da algunas pinceladas sobre la vida vikinga y la transición de la mitología nórdica al cristianismo, además de plasmar en un mural la indestructible tenacidad de la casa real danesa: es la dinastía más antigua de Europa. No obstante, lo mejor de este centro de interpretación se ubica en la azotea: unos prismáticos digitales que apuntan a la iglesia y los dos túmulos funerarios de Jelling permiten disfrutar de una recreación de la evolución del paisaje a través de los siglos.

2.Pg_DelganbleEste par de días que nos hemos alojado en Aarhus –por cierto, qué fabulosa nuestra habitación familiar abuhardillada del hotel The Mayor- han dado mucho de sí. Personalmente, me ha entusiasmado Den Gamle By, un museo al aire libre en el que se levantan casas históricas procedentes de todos los rincones de Dinamarca. El objetivo es rememorar cómo vivían los daneses en tres períodos distintos: 1864, 1927 y 1974. Además de admirar las magníficas construcciones trasplantadas, en Den Gamle By se puede contemplar cómo se distribuía el espacio doméstico y se vivía la cotidianidad y cómo y con qué instrumentos trabajaban los artesanos. En cuanto a los inmuebles dedicados a los años de mi más tierna infancia, me encantó descubrir un taller de electrónica gemelo al que tenía mi padre, así como curiosear en los apartamentos que reproducen un consultorio ginecológico setentero y diferentes tipos de inquilinos, desde una familia hasta una pequeña comuna: vestidos pop en los armarios, muebles de fórmica, vajillas de duralex, vinilos… ¡qué lejano y, a la vez, qué familiar me resultaba todo!

4.Exterior museo2Otro lugar más que recomendable en los aledaños de Aarhus –y donde, al igual que en Den Gamle By, la entrada es gratuita para los menores de 18 años- es el Moesgaard Museum, especializado en antropología y etnografía. Arquitectónicamente es todo un hallazgo: el exterior, que se alza como si a la colina donde se asienta se le hubiera abierto una colosal rendija, es una mullida y extensa pendiente tapizada de césped, mientras que el interior ha sido adaptado para albergar tanto las exposiciones permanentes –sí, también hay sección vikinga- como el conjunto de salas donde ahora se exhibe “The Journey”, una interesantísima creación audiovisual que invita a reflexionar sobre la condición humana. En estos tiempos en los que se tiende a focalizar en aquello que nos divide, “The Journey” recoge diferentes testimonios en siete lugares del planeta sobre siete elementos básicos que compartimos pero experimentamos de maneras diversas: el nacimiento, el amor, el miedo, la pérdida, la fe, la racionalidad y la muerte. En efecto, lo que nos une es más –o más importante- que lo que nos separa, aunque a veces lo olvidemos.

Desde Aarhus queda relativamente cerca –está a menos de 50 kilómetros- el llamado Distrito de los Lagos, donde se ubica el mayor lago de Dinamarca, el Mossø, y también el río más largo, el Gudenå. Desde Silkeborg, la principal localidad de la zona, parte el Trækstien -en danés camino de sirga-, un apacible sendero peatonal que orilla el Gudenå hasta Randers. En su origen, a mediados del siglo XIX, era la vereda desde la que se tiraba de las barcazas de remolque que se usaban para transportar mercancías desde y hacia Silkeborg.

5.Pico_AltoA unos 15 kilómetros de Silkeborg el paisaje se ondula en Himmelbjerget, que con 147 metros de altura es la colina más alta de Dinamarca. Merece la pena acercarse allí para pasear por los frondosos alrededores y contemplar las vistas. Aunque lo que más le ha gustado a Ángela de nuestra incursión a Søhøjlandet –que así se llama en danés esa zona- es el vikingo que nos ha atendido durante nuestro almuerzo en Rye. De hecho mis dos adolescentes hijas están tan fascinadas con los lugareños que les adivino unas inminentes e irresistibles ganas de aprender danés. Y si no, al tiempo.

Dinamarca en familia

Se ha hecho esperar, qué largo se me estaba haciendo este mes de agosto por circunstancias que no hace falta detallar. No obstante, por fin ha llegado la anhelada escapada de nueve días a Dinamarca, el proyecto compartido para el que habíamos estado engordando la hucha familiar desde hacía tantísimo tiempo. Bueno, en realidad el destino soñado era Nueva Orleans, sin embargo esa señora de nombre alemán que está usurpando a mi madre -Frau Alzheimer- me hizo desestimar la idea: demasiados kilómetros de por medio.

Copenhague está a tres horas de avión de Barcelona y a dos de coche de Odense, la primera escala de nuestro periplo. En el mismo aeropuerto de Kastrup, previo paso por la oficina de alquiler de coches de Sixt, nos subimos a nuestro flamante y novísimo Renault Scenic, dispuestos a recorrer durante nueve días las islas de Selandia y Fionia y la península de Jutlandia. Mientras atravesábamos el puente colgante más largo de Europa, Storebaeltsbro, nos fascinaron la asombrosa luz del cielo escandinavo y las geométricas coreografías de las bandadas de gansos.

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Llegamos al Hotel Ansgar de Odense agotados, así que dimos un paseo por los agradables aledaños para otear las opciones que teníamos más a mano para la cena. Por suerte escogimos bien, www.papacucina.dk, una pizzería en la que nos atendieron una camarera griega simpatiquísima y un cocinero persa encantador. Aunque las pizzas tenían una pintaza impresionante, optamos por unos suculentos bocadillos. El pan lo preparan con la misma masa con que elaboran las pizzas y los rellenos son abundantes y sabrosos: el de bresaola con rúcula, parmesano y salsa pesto estaba exquisito. Sí, se puede comer bien y a un precio razonable en territorio danés. Por lo menos en Odense.

Al día siguiente, tras arrasar en el apetitoso bufé de desayunos de nuestro hotel –su otro punto a favor es que disponen de aparcamiento gratuito para los clientes-, nos dirigimos a Svendborg, desde donde parten los ferrys a la isla de Aerø. Aunque no habíamos reservado plaza para nuestro automóvil, pudimos embarcar sin problemas. Mientras disfrutábamos plácidamente de la travesía, un empleado de la naviera se acercó a cobrarnos los billetes, que a partir del 14 de agosto, día en que se inicia la cheap season, son muchísimo más baratos.

-¿Cuál es el número de matrícula de su coche?

– No, no figura en su lista, no habíamos hecho reserva.

Y entonces nos mira ojiplático.

– ¿No tienen reserva? Hoy todos los barcos van muy llenos, quizás no consigan plaza para regresar…

Pues qué bien. El empleado que nos había animado a subir, aun sin reserva, no nos advirtió de que luego tal vez no podríamos volver. Qué gran profesional. Enseguida telefoneé a la naviera y la chica que respondió cortó la comunicación –se ve que la cobertura era pésima y no me oía-. Mariola quiso insistir personalmente y a ella no le colgó -quizás su timbre de voz es más transoceánico-. Pero le aseguró que no quedaban plazas para automóviles. Que nos acercáramos a la hora de embarcar y que, si teníamos suerte y alguien no se presentaba, podríamos ocupar su lugar. Seguro que lo de encomendarnos a un santo no nos lo propuso porque era protestante.

Quise verificar por mí misma que no había ni una sola plaza disponible –llamadme desconfiada- y entré en la web de Aerøfaergerne desde mi móvil. Y comprobé que, a pesar de lo que acababa de afirmar la empleada del año, quedaba alguna plaza en el trayecto que salía a las 20:35 h, el último del domingo. Tardísimo. Pero reservé plaza a toda velocidad, mejor eso que nada.

Desembarcamos en el puerto de Aerøskøbing y, en lugar de empezar a callejear por la colorida población, nos dispusimos a recorrer la isla, al fin y al cabo contábamos con largas horas por delante. Comprobamos que es un lugar encantador, incluso cayendo chuzos de punta -el clima danés es así, a ratos sol refulgente, a ratos lluvia torrencial-. Mientras avanzábamos por la carreterilla, observábamos bonitas granjas pintadas de brillantes colores, algunas muy parecidas a los cottages de la campiña inglesa. Al cabo de nada ya estábamos en Søby, la diminuta población que se asoma al mar desde la otra punta de la isla y que cuenta con un embarcadero similar al de Aerøskøbing. Entonces volví a mirar el folleto que indicaba los horarios. Y se hizo la luz: desde Soby había un ferry a las 15:45 h que conectaba con Faaborg. Entré de nuevo en la web, ¡y había plaza disponible para nuestro coche! De modo que reservé, rauda cual plusmarquista. Enseguida me llegó un correo electrónico de la naviera, advirtiéndome de que anulaban la primera de mis reservas para evitar duplicidades. Qué cosas, la plataforma online es más eficaz que los empleados de a pie. Tomad buena nota: si queréis tomar el ferry que conecta la isla de Fionia con la isla de Aerø, reservad plaza para vuestro coche en http://www.aerøe-ferry.dk. No es necesario abonar nada por adelantado, solo indicar la matrícula.

Blog_2Ya más relajados porque teníamos el regreso garantizado a la hora que deseábamos, volvimos a Aerøskøbing para caminar por sus calles adoquinadas y contemplar sin prisas sus preciosas y coloridas casas de madera, que se conservan primorosamente desde hace cientos de años. Algunas viviendas disponen de espejos en las ventanas para poder ver quién llama a la puerta sin tener que salir a la calle. O para curiosear quién pasea por el vecindario. En otras, los vecinos exponen mercancías a la venta –los precios perfectamente indicados en cartelitos caligrafiados- junto con una hucha en la que insertar el importe. Un autoservicio así solo es posible en una comunidad honesta, confiada, íntegra. Me quedaría a vivir en Aerøskøbing. Si no fuera por el ferry.

Una taberna marinera del puerto de Aerøskøbing, aerørøgeri.dk, ofrece platillos de ahumados –arenques, salmón, incluso mejillones-, tanto en bocadillo como acompañados de pan o de patatas fritas. Cuentan con tres o cuatro veladores con sillas metálicas en el interior –ideales para mediterráneos como nosotros, que preferimos refugiarnos del clima hostil-, así como con mesas y bancos de madera junto a la entrada y en un patio posterior. Qué almuerzo tan agradable.

Antes de partir desde Søby en nuestro ferry, todavía tuvimos tiempo de acercarnos al pequeño faro –modesto, más semáforo que faro- que se levanta en el extremo de Aerø más próximo a la isla de Fionia. Sí, reconozco que tengo cierta fijación con esos pétreos periscopios, que lanzaban reconfortantes destellos de esperanza a los navíos sumidos en la negra noche del ancho mar. Quizás porque todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos faros que nos iluminen. Que nos ayuden a evitar los escollos. Que nos impidan naufragar.