Entre copas

Fue Gemma quien la lió, y eso que en teoría es la pusilánime del cuarteto. Celebrábamos nuestro tradicional almuerzo prenavideño en casa de Iciar y se vino arriba después de probar el vino de Bodegas Alodia que yo había aportado al ágape. “¡Va, va, pongamos fecha!”, exclamó mientras abría la agenda de su móvil. Cuando luego se nos unieron los boys –ellos solo estaban invitados a la sobremesa-, la decisión se acabó de perfilar: una vez consensuado el fin de semana que nos iba bien a todos, había que buscar en el Somontano una casa acondicionada para hospedar a cuatro parejas y, requisito indispensable, con chimenea. Escarbé por internet y solo cumplían esas premisas dos alojamientos. Joan Lluís, que como buen bombero es un hombre de acción, reservó a toda velocidad el que estaba mejor ubicado: Casa Clavería, en Abiego.

Iciar montó un grupo de whatsapp con el objetivo de quedar unos días antes de nuestra escapada para compartir información y opiniones. No obstante, aprovechamos esa auténtica ágora virtual para poner en común nuestras más profundas reflexiones. ¿Qué outfit escoger para las noches junto la lumbre? ¿Cuántas toneladas de croquetas serían necesarias para abastecernos? ¿Se mantendrían Guillem y Joan Lluís firmes en su boicot a los pijamas? ¿Qué afortunada pareja se acomodaría en el único dormitorio con tálamo matrimonial? A veces los inextricables misterios del universo plantean desafíos infranqueables.

FocLos primeros en llegar a Abiego, Iciar y Joan Lluís, se topan con la curiosa circunstancia de que nuestra morada cuenta con una montaña de leña pero el papel y las cerillas brillan por su ausencia. Suerte que Joan Lluís es una especie de MacGyver –pon un bombero en tu vida- y es capaz de prender fuego mirando intensamente un manojo de yesca o raspando una cucharilla con un pedernal, en plan Uri Geller.

Aunque salimos de Barcelona con Gemma y Miquel Ángel hora y media antes que Heidi y Guillem, llegamos prácticamente a la par gracias a la horrisalida de Barcelona, aunque también por la obstinación de mi consorte: los litros de alcohol que transportamos entre todos no acaban de convencer a su augusto paladar y peregrinamos de gasolinera en gasolinera en busca de su botella de vino ideal. Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya!

Casa Clavería es muy acogedora y su holgada cocina-comedor supera ampliamente nuestras expectativas. Cada uno de los cuatro dormitorios cuenta con su propio baño y en el patio hay suficiente espacio como para estacionar cuatro automóviles. Estamos derrotados porque es viernes y quien más quien menos arrastra el cansancio acumulado durante la semana, de modo que compartimos nuestras vituallas al calor del hogar –aunque no haría falta, la temperatura es primaveral- y alargamos poco la sobremesa. Cuando, antes de acostarnos, salimos fugazmente a estirar las piernas por el pueblo, el titilante cielo –qué distinto del de la opaca noche urbana- nos abraza como si nos quisiera arropar.

bodega3El sábado a las once de la mañana nos presentamos en Bodegas Lalanne para disfrutar de la visita guiada que habíamos reservado. En la recepción nos pasman tres vitrinas repletas de objetos que rinden homenaje a la Benemérita, por lo visto el extravagante dueño es un fanático de la Guardia Civil. En fin, cada cual con sus filias y sus fobias. Nos atiende una de sus hijas, Leonor –las otras dos se llaman Lucrecia y Laura, qué pintoresco apego a las excentricidades-, una cicerone excepcional que nos desvela la cautivadora historia de la bodega familiar, relacionada con Burdeos y la filoxera. Así, nos detalla que trabajan con las variedades bordelesas que sus antepasados empezaron a cultivar en Francia en 1842 y que su hacienda está dispuesta como un château francés, con los viñedos alrededor de la edificación para que la uva no fermente durante el transporte. Fueron los primeros bodegueros profesionales del Somontano y los pioneros en embotellar el vino para comercializarlo. Aunque atesoraban caldos envejecidos desde 1894, cuando se establecieron en Barbastro, la Guerra Civil liquidó sus existencias: ocupados por ambos bandos durante la contienda, la soldadesca esquilmó las reservas y tan solo se salvaron algunas barricas de 1936 que la familia pudo esconder y rescatar del expolio.

Finalizada la amena visita, le toca el turno a una estimulante cata en la que aprendemos a valorar un blanco, un crianza y un reserva de la mano de nuestra dicharachera guía. Además de hacernos con unas cuantas botellas, no podemos evitar adquirir algunos ejemplares de la primera novela publicada por Leonor Lalanne, también a la venta en la tienda: “El secreto de Kirschland”, un folletín corintelladesco de personajes planos y redacción mediocre. Lo gracioso es que cuando nos acercamos a almorzar a Barbastro nos encontramos a la autopretendida escritora comiendo en El Rincón, un restaurante ubicado en la calle Siervas de María que recomiendo al 100%: el menú es apetitoso y variado y los platos están preparados con ingredientes de primera y muchísimo cariño.

abiego1Al regresar a Abiego nos distribuimos entre sesteadores y paseantes y, mientras cae la tarde, nos dejamos mecer por el apacible silencio, las confidencias y las complicidades. Cuando los últimos flecos del crepúsculo se volatilizan, nos preparamos para nuestra esperada fiesta de pijamas, en la que la indumentaria se amalgama en jaranera miscelánea de franela, terciopelo, plumas y lentejuelas. La velada germina sin prisas y el regocijo se va trenzando entre platos, copas, risas, coreografías y parloteos. A nosotras nos conectan tres décadas de afecto, a nuestros chicos les basta con una partida de pimpón: vuelven del patio sudando y con los semblantes risueños, como chavales de una EGB madurescente.

Alquézar1El domingo nos despedimos de la comarca en Alquézar. Solo Iciar y Joan Lluís completan el Camino Natural del Somontano, que discurre, atravesando las pasarelas del barranco de Payuela, hasta las balsas de Basacol y su esconjuradero. Los demás nos refugiamos a la sombra de una breve arboleda a los pies de la colegiata de Santa María la Mayor, a la espera de acudir todos juntos a almorzar a Las Melias, un merendero situado a la salida de la popular aldea.

Partimos hacia Barcelona arrebujados bajo varias capas de cariño, apego y ternura. A nuestra provecta edad quizás le hayamos dado ya la vuelta al jamón, como afirma mi marido, pero lo más sabroso es lo que aún nos queda por paladear.

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Viñedos del Somontano

Con motivo del último cumpleaños de mi marido, organicé una escapada para dos a esa pródiga tierra de vinos que queda a dos horas y media en coche desde Barcelona. Viernes 12 de octubre, hala, vámonos.

Aunque salimos almorzados de casa, paramos a resayunar en Monzón. Dos televisores vomitan fatuas imágenes del desfile de las fuerzas armadas y la boda de Eugenia de York. Parecen de una galaxia muy muy lejana. En la Plaza Mayor, un grupo de lugareños, engalanados con sus trajes de mañico, esperan con sus flores de ofrenda a la Pilarica. Nobleza baturra.

Cuando llegamos a nuestro hotel rural, Casa Perarruga, nos dan la bienvenida Mireia y Jordi, dos catalanes de Mataró afincados en Pozán de Vero desde hace 10 años: aficionados al barranquismo y asiduos visitantes de los cañones de la Sierra de Guara, compraron una ruina y la fueron habilitando poco a poco, primero el pajar, donde ubicaron su vivienda, y posteriormente el caserón, que ahora aloja cuatro habitaciones y una cocina para uso y disfrute de los huéspedes, que además es comedor de desayunos. Es un apacible lugar muy cerca de todo y más que recomendable tanto para parejas como para familias.

AdahuescaJOseantonioLa población de Adahuesca preserva su coqueto casco urbano medieval, donde todavía pueden apreciarse algunas mansiones solariegas, así como buena parte del perímetro amurallado de su antiguo castillo, del que apenas quedan restos. Sí que permanecen, en cambio, horrivestigios del franquismo: la iglesia parroquial de San Pedro luce un pegote falangista con una lista de patriotas que empieza por el ínclito José Antonio Primo de Rivera y termina por una tal Nunilo, que responde a una de las dos santas del villorrio –antes decapitadas que musulmanas-. La otra cede su nombre a la primera bodega que visitamos.

moristelAlodia es la empresa vitivinícola familiar que gestionan Sergio y Beatriz, una anfitriona excepcional. Más que una visita al uso, nos glosa detalles interesantísimos sobre la región. Nos detalla que la Denominación de Origen de Somontano es muy joven -data de 1984-, pero que en la zona ha habido viñedos desde la época romana y que muchas familias tienen su propio lagar y elaboran vino para ellos mismos o para vender alguna botella de tapadillo. Fieles a la tierra en la que están arraigados y preocupados por preservar las especies autóctonas –son especialmente puristas con el uso del distintivo Denominación de Origen-, en Alodia se han especializado en las seis variedades de uvas locales, aunque entre ellas destacan tres, que solo se cultivan en esa comarca: la singular variedad blanca alcañón, prácticamente desaparecida, que se recoge muy tarde, después de cosechar las tintas, aunque por error se solía recolectar todavía verde; la parraleta, cuyo resultado es un vino ácido y lento; y la moristel, que me cautiva en cuanto pruebo su correspondiente monovarietal –en Alodia producen cinco caldos de esta tipología, la Serie1-.

Beatriz se extiende relatándonos a cuántos metros bajo tierra se adentran las raíces de la viña en busca de agua, cómo incide la piel de la uva en la carga cromática del vino o cómo afectó la filoxera a las cepas de todo el país, que desde entonces están injertadas en pies americanos –excepto en Canarias, donde la filoxera nunca llegó-. Respecto a otras bodegas de la zona, nos desvela que Bodega Pirineos conserva el espíritu cooperativista de la región, que Bodegas Lalanne, de origen francés, se fundó en Burdeos en 1842 y se instaló en el Somontano en 1894, y que una gran bodega de cuyo nombre no quiero acordarme abusa de la Denominación de Origen al comercializar con ese sello calidades ínfimas que lo desprestigian.

Garbanzos con foieTras la correspondiente cata subimos al comedor de su restaurante, El Alcañón, donde dos familias celebran acogolladas el santo de sus respectivas Pilares. El menú degustación es a lo maño. O a lo vasco, porque Beatriz es de Bilbao. Consta de tres entrantes, dos primeros -uno de ellos, unos garbanzos con foie atómicos- y un contundente segundo, a escoger entre tres opciones. Nosotros elegimos el jabalí estofado al curry, sorprendentemente tierno porque primero lo desangran y luego lo maceran con vino blanco y especias. Mientras intento engullir algunos pedazos del gorrino salvaje, me siento un poco Obélix. Y eso que todavía falta el postre, una selección de quesos de cabra de Radiquero y helado de uva. Pordiosnomecabenadamás.

Fuente republicanaLa capital del Somontano es Barbastro, una pequeña ciudad que se arracima a ambos márgenes del Vero. Orillando el río pueden apreciarse tres deliciosas fuentes, la del Azud y la del Vivero –conserva una inscripción de la I República-, que durante años permanecieron sepultadas, y la de San Francisco, que se asoma a los pies de la iglesia del mismo nombre. La fachada del templo ostenta un plafón king size de loanza a los caídos en la cruzada contra los rojos, aunque está salpicado de pintadas con los colores de la bandera republicana, “¿Cuándo lo quitáis?”. grafitiNo muy lejos de allí, en la calle Siervas de María, un grafiti anarquista desea, orwellianamente, un feliz 1984 a los peatones. Y en una pared cercana al río, un poeta urbano escribe “Millones de vicios y el mío está en tu iris”. Me está gustando mucho Barbastro.

Remontándonos al lenguaje pictórico de varios siglos atrás, en el Museo Diocesano de Barbastro –la rehabilitación borró de un plumazo cualquier resto del interior renacentista, pordiosquédespropósito- puede apreciarse el impresionante pantócrator del ábside de la iglesia de San Pedro de Villamana –ya veis, no solo hay frescos robados en el MNAC-. Me cautivan las lipsanotecas, pequeños cofres del tesoro que conservan datos relativos a la ceremonia de consagración de los templos románicos, desde la fecha hasta los ilustres personajes de la época presentes en ella. Siempre se aprende algo nuevo.

campanario 2Frente al museo, sobre el solar donde se alzaba la mezquita aljama, se levanta la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, un edificio de planta de salón cuyo campanario se yergue exento, seguramente por la reutilización del minarete del antiguo templo musulmán. En el pináculo de la solitaria torre anidan las cigüeñas, que otean la ciudad desde su privilegiado mirador.

Hacemos una pausa en la cafetería Victoria, que luce un par de fotos que resumen la historia del local: hace más de un siglo albergó una tienda de materiales de construcción y en 1930 se reconvirtió en bar castizo. Olé.

Más allá, la deliciosa Plaza del Mercado, que el sábado por la mañana se llena de frutas y verduras de los campos vecinos, parece el escenario de una obra de teatro: sus pilares neoclásicos de cartón-piedra son fruto de una de las reformas que han ido configurando este espacio público, acometida en 1932. opusLa última actuación urbanística es más inquietante: en una esquina de la plaza se edificó un inmueble en el lugar donde se ubicaba la casa natal de José María Escrivá de Balaguer –una placa conmemorativa se enorgullece de ello-. Sí, el fundador del Opus Dei es barbastrense.

PalacioArgensolaMuy cerca del mencionado caserón puede admirarse la soberbia fachada del Palacio Argensola, cuya galería de arcos de ladrillo, coronada por un hermoso alero de madera de trabajada manufactura, fue concebida como soporte y pieza de aireación de la cubierta. Hoy el palacete es de uso y disfrute público y alberga una minúscula sala de exposiciones, la biblioteca municipal y una escuela de música.

LausLa segunda instalación vitivinícola somontana en la que tenemos cita es la Bodega Laus, cuya visita al uso -bastante aburrida, por cierto, os la podéis ahorrar- muestra los procesos de producción industrial del vino a través de flamantes plantas automatizadas. Arquitectónicamente, sus instalaciones se sustentan en cuatro elementos clave: agua, cemento, acero y cristal, la madera solo se atisba en la sala que da cobijo a las barricas de roble francés y americano donde maduran los vinos. La fábrica es una formidable oda a la modernidad a quien la crisis pasó factura: en 2016 entró en concurso de acreedores y fue adquirida por Enate, aunque el derroche fue mucho peor -más bien megalómano- en la cercana bodega Sommos -geográficamente, frente a frente, tan solo separadas por la N-240- y su galáctico edificio a lo Frank Gehry.

En la Bodega Laus la zona de cata está pensada al detalle, el marketing lo llevan estupendamente –ahí se nota la mano de Enate-. Las cinco mesas donde se apoyan las copas de degustación presentan muestras de los distintos suelos donde crecen las vides. Son auténticas vitrinas horizontales que esconden cantos de río, piedras calizas y tierras arcillosas. A pesar de la notable puesta en escena, continúo enamorada del Serie1 Moristel de Alodia y la cata no me dice ni fu ni fa. Y sin embargo sacamos algo de provecho: una pareja de madrileños que se sienta a nuestro lado nos recomienda la bodega Vivanco de La Rioja. Habrá que investigar.

La cocina del Restaurante Laus es irregular. La croqueta que sirven como aperitivo lleva demasiada bechamel para mi gusto, y los garbanzos fritos de mi crema de calabaza -pelín empalagosa- me resultan ásperos. En cambio las trompetas con langostino y huevo me parecen sublimes, y la combinación de tronco de bonito sobre lecho de berenjena asada con chips de boniato, todo un hallazgo. No obstante, lo mejor son las vistas sobre el paisaje de reminiscencias toscanas, cuajado de viñedos todavía verdes pero ya jaspeados de cobre otoñal.

Alquézar, fundada por los musulmanes en el siglo IX –su topónimo procede del árabe Al-Qasr-, es una ciudad-joya que, además de haber preservado su trazado urbano medieval, ofrece numerosas atalayas desde donde contemplar el magnífico paisaje esculpido por el río que discurre a sus pies: es la puerta de entrada al cañón del Vero y a la sierra de Guara. Llegamos allí cuando la luz del atardecer lame sus característicos caseríos, que cabalgan sobre la montaña rocosa calcárea siguiendo las curvas de nivel, como sus bancales de viñas, almendros y olivos. callizoEntre las calles principales de Alquézar se cuelan, de tanto en tanto, los callizos, unas callejuelas de conexión sobre las que los lugareños edificaron, hace cientos de años, habitaciones voladas que todavía perduran. Sobre algún dintel se pueden observar, clavadas, algunas patas de jabalí, amuletos de protección contra las fuerzas del mal que, según las creencias de los lugareños, favorecen la fertilidad de los cultivos y de los animales de la casa a quien guardan. En la cima de la colina por donde trepa la villa se alza la Colegiata de Santa María la Mayor, emplazada donde se ubicaba la antigua fortaleza musulmana. Queda pendiente para una próxima ocasión la ruta de las Pasarelas de Alquézar, que jalonan el último tramo del cañón del Vero.

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Antes de regresar a Barcelona, durante nuestro segundo y último desayuno, Mireia, nuestra anfitriona, corrobora que la incursión a las bodegas Lalanne es más que recomendable y agrega al pack de visitables a Viñas del Vero, que al parecer centra su periplo en la bodega de su vino de alta gama, Blecua.

Nos vamos, pero volveremos. Sin dudarlo.

Varietés valleinclanescas

Segundo capricho concedido con mi año de homenajes como pretexto: escaparme a Zaragoza para comer ternasco y presenciar el espectáculo del cabaré El Plata. Lo que iba a ser un mano a mano en Mañolandia con mi amiga Eva, acabó convirtiéndose en una pequeña expedición. En cuanto se enteraron de nuestros planes, se nos sumaron tres amigas más, entre ellas mi prima Marta, a quien me unen, además de lazos de sangre, una veterana complicidad.

Las que veníamos desde Barcelona, AVE mediante, depositamos nuestras maletas en el recurrente Hotel Sauce y nos lanzamos a la calle en busca de algún bar donde desayunar. Con un buen pincho de tortilla de patata en el cuerpo, la lluvia te molesta menos, aunque lo cierto es que el paseo bajo el tenue aguacero no continuó mucho más allá porque se detuvo en Monge Joyeros, cuyas piezas de oro y plata funde Eva. Allí nos sentimos enseguida un poco como en casa, en parte porque todas las creaciones en exposición eran muy de nuestro gusto –a destacar una interesante e inusual vitrina de joyería masculina-, pero sobre todo porque se nota que le tienen cariño a mi amiga, que además de ser una gran profesional tiene una personalidad arrolladora.

Entre una cosa y otra casi nos quedamos a vivir en la coqueta joyería maña. Chantal se nos añadió a la una y pico –una tormenta de aguanieve ralentizó su viaje desde Andorra- y al cabo de nada ya era la hora del almuerzo: a las dos teníamos mesa reservada en El Fuelle, restaurante típico aragonés donde Eva y yo queríamos comer el esperado ternasco al horno con pataticas a lo pobre. Cómo rebañamos la marmita. Chantal e Iciar prefirieron croquetas –croquetones más bien-, y mi prima, caracoles a la brasa. Cayeron un par de botellas de Viñas del Vero y algunos chupitos, gentileza de Antonio, nuestro baturro camarero. Mi prima y yo no pudimos resistirnos a culminar la opípara ingesta con unas natillas caseras, para mi gusto un pelín empalagosas, aunque me las zampé igual.

ochoymedio_zapatería.jpegPor la tarde optamos por digerir lo engullido paseando bajo un impertinente chaparrón, que no nos impidió callejear por los aledaños. Gracias a Javier, de Monge Joyeros, descubrimos una zapatería imprescindible, 8 ½, en la calle Refugio número 12. El establecimiento es una antigua panadería que ha preservado su encanto y un primoroso suelo de baldosa hidráulica, el mejor marco posible para lucir arrebatadores zapatos de manufactura impecable y original diseño. Al fondo hay un habitáculo en el que también venden vinilos. Es un lugar fascinante.

Tras nuestra agradable caminata recalamos en el hotel para descansar brevemente y engalanarnos un poco. Eva compartió conmigo un truco infalible que le confió un amigo gay petardísimo: si el cansancio ha hecho mella en tu rostro, calma la hinchazón con un poquito de Hemoal. Al parecer es mano de santo, y tiene su lógica: si alivia las almorranas, cómo no va a mitigar unas simples bolsas en los ojos. Total, de ojo a ojete solo distan unos gramos de maquillaje.

ElPlata.jpegPicoteamos unas tapas de camino a El Plata y sobre las diez y media llegamos al popular cabaré ibérico urdido por Bigas Luna, ya que habíamos reservado mesa para la sesión de las once de la noche. El local es espacioso pero su distribución es, como poco, exótica: el minúsculo escenario y la ínfima barra le van pequeños, y las columnas que lo atraviesan dificultan la visibilidad desde algunas zonas. El mobiliario es otra pintoresca curiosidad: los espectadores se ubican en prietas hileras de mesas y sillas de fórmica, como en los comedores escolares, de modo que contemplan la función hacinados e incomodísimos, con el cuello torcido permanentemente, a pesar de que los artistas desarrollan sus piruetas en diferentes rincones del local.

Más que ibérico, tanto el elenco como la representación me parecieron esperpénticos –interprétese el calificativo en su acepción más valleinclanesca-. Teresa Cuesta, una púdica –y falsa- mujer barbuda de exuberante anatomía, no enseñó más allá de su poblada perilla, en tanto que la voluptuosa rubia Inma Chopo, una zaragozana con aspecto de valquiria, se desnudaba con soltura a la mínima ocasión. También se despelotaba con bochornosa alegría Alberto Espallargas, un muchachón profusamente tatuado de glande mínimo, mientras que el orondo cantante de jotas Rafael Gutiérrez, camuflado entre el público, todo lo más que mostró fue su corpachón de osezno.

La representación que presenciamos el sábado discurrió de manera ecléctica, entre el pasmo, la sonrisa y la franca indiferencia. Me chiflaron tres canciones de Edith Piaff cantadas divinamente durante una de las pausas –anteayer en El Plata escuché algunas voces soberbias-, así como las ejecuciones de la asombrosa gimnasta Marité Queralt. Me divirtieron las caracterizaciones de Daniel Velázquez y Carla Torbellino –desternillante su imitación de Tina Turner- y me sobraron la lánguida muchacha de peinado ochentero y aspecto enfermizo de cuyo nombre no quiero acordarme y, sobre todo, el taconeo flamenco en toples: qué angustia ver a la pobre bailaora con las tetas temblando al viento.

En fin, visto está. Ahí queda El Plata para el recuerdo, que no para la reincidencia. Aunque nunca se sabe.

El domingo desayunamos sin prisas en nuestro hotel: tortilla de patata recién hecha, zumo de naranja natural, pan con tomate, croissants de mantequilla y litros y litros de café con leche para Chantal. Mi andorrana amiga se fue de Zaragoza la primera, en el petit país del Pirineo continuaba nevando y debía apresurarse para soslayar lo peor de la tormenta. Las demás desafiamos el viento hipohuracanado del soleado día y atravesamos el Ebro por el Puente de Piedra, orillamos el río por el Paseo de la Ribera y lo volvimos a cruzar por el Puente del Pilar, más conocido como Puente de Hierro.

Para redondear la mañana visitamos el Museo del Teatro de Caesaraugusta, que ayer disfrutaba de acceso gratuito. El recinto alberga los restos arqueológicos del anfiteatro romano de Zaragoza, que permanecieron sepultados bajo viviendas hasta los años 70 del siglo pasado –en la capital maña sucede como en Tarragona, que a la que excavan un poco en cualquier recoveco, emergen reliquias romanas-. La edificación se empezó a levantar en la época del emperador Tiberio, aunque en el siglo III ya se había sumido en una franca decadencia y sus sillares empezaron a reutilizarse para otras construcciones.

cafe-nolasco-zaragoza.pngEn cuanto sales del yacimiento del anfiteatro casi te das de bruces con el Café Nolasco, un delicioso remanso de bienestar. Nos acomodamos plácidamente en una de las mesas redondas de la esquinera entrada, arropadas por el jardín vertical y los jarros rebosantes de flores frescas, que multiplicaban la luminosidad de los amplios ventanales. A pesar de la tentación, nos mantuvimos firmes y resistimos la llamada de las tartas caseras que nos observaban desde la vitrina: disponíamos del tiempo justo para saborear un café o una infusión antes de empezar a regresar.

Cuán seratonínica ha resultado nuestra pequeña-gran evasión. Para Eva ha sido la primera desde que nació su cachorrillo –siete añitos la próxima semana-, pero no la última. Felicidades, amiga. Y por muchas escapadas más.

Porque nosotras lo valemos

Mi amiga Iciar y yo somos fanáticas del termalismo. Nos apasiona pasar el día en albornoz, relajarnos entre burbujas, que nos masajeen, que nos embadurnen con mágicos ungüentos y, lo más importante, no pensar en absolutamente nada durante ese efímero paréntesis de felicidad. Hasta ahora habíamos disfrutado de escapadas saludables a balnearios catalanes, pero este fin de semana nos hemos obsequiado con una pausa de bienestar por tierras aragonesas.

El viernes nos presentamos en el Hotel Sauce de Zaragoza sobre las seis de la tarde y, tras reponer fuerzas en la cafetería de nuestro alojamiento con su famosa limonada rosa y una porción de pastel de zanahoria casero, salimos a callejear por los alrededores. Hicimos una parada técnica en Fulanita Retal, donde me compré un vestidillo pop y una falda pintada a mano, y nos llegamos hasta el Mercado Central (1903) para contemplar su magnífica estructura. Luego vagamos por Alfonso I, adentrándonos por la calle Antonio Candalija para ver de cerca la encantadora Plaza de San Felipe, donde se ubica el Museo Pablo Gargallo, y subimos hasta el Coso para alcanzar el Paseo Independencia: queríamos acercarnos al Edificio de Correos (1926) para admirar su fachada de inspiración mudéjar. Cenamos temprano en El Balcón del Tubo, donde, llevadas por nuestra gula, pedimos ricos platillos que luego no nos pudimos acabar. Desfilaron ante nosotras sendos vasitos de salmorejo, sendas tapas de pisto con pesto y cuatro raciones compartidas: una ensalada de tomate encebollado con bacalao, unas verduras a la brasa con salsa romesco, unos calamares a la andaluza –tiernos y fresquísimos- y unos mejillones de roca al vapor.

Salimos de la taberna con ánimo de pasear un buen rato para digerir mejor el condumio. Por el camino nos topamos con una tiendecita de frikicamisetas, El lado oscuro, en el número 23 de la calle Méndez Núñez, cuya propietaria era simpatiquísima y pospuso su hora de cierre para atendernos. Y bien que hizo, porque mi amiga Iciar le compró seis prendas, tanto para sus sobrinos como para ella misma, porque, a pesar de su apariencia estándar, contaban con una prestación insospechada: sus ilustraciones eran de realidad aumentada y, a través de una aplicación, se podía disfrutar de una animación que también se podía fotografiar o grabar en vídeo.

parroquietaTras el inesperado shopping continuamos nuestro garbeo por el centro histórico de Zaragoza, que de noche luce precioso. Nos acercamos a La Seo para enseñarle a mi amiga el admirable muro exterior de la llamada Parroquieta, la capilla lateral de San Miguel Arcángel, construida entre 1374 y 1379. Dos maestros azulejeros sevillanos, Garci y Lop Sánchez, fueron los principales artífices de la cerámica vidriada polícroma de este llamativo lateral mudéjar. Me requetechifla.

FachadaEspoz_y_MinaEl sábado recién levantada, curioseando desde la ventana de nuestra habitación, me detuve a observar el edificio que teníamos enfrente. Me sorprendió un inquietante embaldosado, inapreciable desde la calle –dormíamos en la última planta-, que rompía con el resto de motivos decorativos del inmueble. Lucía el yugo y las flechas de Falange e indicaba una fecha, 3 de mayo de 1937. Tras investigar un poco por la red, hoy he dado con la respuesta a tamaña apología del fascismo hispano: a las seis y media de la tarde de ese día, el ejército republicano bombardeó a la población civil de Zaragoza. El primer artefacto cayó sobre el alero de las casas números 44 y 46 de la calle Espoz y Mina. Allí mismo. Al final, siempre hay una explicación para todo, incluso para lo inverosímil.

No obstante, en ese momento no tenía esta información, así que no le di más vueltas. Además, nos estaba esperando un opíparo desayuno y, una hora de coche después, muy cerquita de Calatayud, el pequeño edén termal que había escogido Iciar amorosamente. Porque nosotras lo valemos.

Construido en 1848 y declarado de utilidad pública en 1850, el Hotel Balneario de Paracuellos de Jiloca es el más antiguo de Aragón. Las bondades de sus aguas sulfuradas cloruradas-sódicas, especialmente indicadas en terapias dermatológicas y respiratorias, atrajo desde sus inicios a las familias más pudientes de la época, ya que eran los únicos que podían permitirse tal lujo –había más empleados que huéspedes y todos los servicios se desarrollaban manualmente-. El uso estrictamente medicinal de las aguas –la parte lúdica llegaría mucho después- obligaba a permanecer allí durante largas temporadas, incluso meses (entre nosotros y sin que salga de Europa, yo también me quedaría unas semanitas en el paraíso del relax).

El balneario de Paracuellos de Jiloca cuenta con dos conjuntos arquitectónicos históricos, el correspondiente a Los Baños Viejos, que fue convenientemente restaurado hace algunos lustros y alberga tanto los dormitorios de los clientes como el nuevo y flamante pabellón de instalaciones termales, y el de Los Baños Nuevos, que fue habilitado como hospicio durante la Guerra Civil y hoy es poco más que una ruina que se asoma a una fabulosa finca con dos lagos naturales -uno para los humanos, el otro para los peces- y 40.000 metros cuadrados de jardín que transmite una tonificante sensación de apacible serenidad.

Paracuellos_de_Jiloca.jpg

Iniciamos nuestra jornada reparadora con los parafangos, que consisten en una bandeja de barro caliente y seco –no mancha- colocada estratégicamente entre la camilla y la espalda, de manera que actúa sobre toda la zona dorsal, desde la rabadilla hasta los hombros. A continuación nos destensamos todavía más con un masaje de media hora, que utilizaba una eficaz técnica de digitopuntura que deshacía los nudos con firmeza pero sin dolor alguno. Una gozada. Probamos el agua sulfurosa con la voluntad de adquirir alguna habilidad diabólica, pero desistimos al primer sorbo: olía a huevo duro en avanzado estado de putrefacción y sabía como la salmuera.

Después del almuerzo –alubias con almejas, perdiz en escabeche y cuajada casera, qué rico estaba todo- haraganeamos un poco en el jardín, parapetadas bajo una sombrilla, y luego disfrutamos del tratamiento facial que había seleccionado especialmente Iciar. Fue suavemente delicado y muy gratificante, repleto de esencias perfumadas y bálsamos reparadores. Nunca antes me había solazado tanto con una experiencia así. Wonderfulloso. Tendremos que volver a por más.

Lástima que el circuito termal no cumplió con las expectativas. A las instalaciones se les entreveía la falta de mantenimiento –un botón que no va, una baldosa desprendida, un surtidor que no acaba de arrancar…- y había un claro exceso de humanoides pululando entre las aguas y acaparando ciertos burbujeantes rincones. Habrá que explorar las horas y las fechas menos populosas.

Después de cenar, y ante la parquedad de la oferta etílica de la cafetería del hotel, optamos por rememorar nuestra juventud y pedimos sendos Bailey’s con hielo –hacía siglos que no tomaba la crema de whisky irlandés-, que nos supo a hombreras, maquillaje y ropa de colores y peinados imposibles. Que es como, en el fondo, continuamos sintiéndonos. Porque hemos llegado a ese provecto momento de la vida en que, cuando ves a alguien de tu generación, le lees los años y piensas “¡qué mayor!”, pensando que tú te ves mucho más joven. Y no, no lo eres. Tienes su misma edad. Así que te miras en el espejo y descubres, sin reconocerte, a una señora que cada vez se parece más a tu madre o a tu abuela -según el día-, con las love handles enseñoreadas de tu abdomen y las incipientes bingo wings adueñándose de tus brazos.

Claro que eso es a primer golpe de vista. Porque luego te fijas con más atención y enseguida adviertes que la niña que fuiste se ha hecho fuerte en lo más profundo de tu mirada y se resiste a abandonar esa última guarida. De modo que trátala bien. Mímala. Y esfuérzate en ser, todos los ratos que puedas y a diario, intensamente feliz.

Cuando el clima discrepa de tu plan de rodaje

La semana pasada salimos de Barcelona con un doble objetivo: grabar el atardecer en el campo de trigo la víspera de la siega y, al día siguiente, no perdernos detalle de la cosecha. La fecha inicial se había ido posponiendo a causa del insólito clima de este verano tan infrecuente. No obstante parecía que el cielo nos había hecho un hueco de sol para secar bien las semillas -de otro modo se pudren- y poder recolectarlas. Pues adelante, carretera y manta.

Un apretado séquito de nubarrones barrigudos, preñados de agua, rayos y truenos, nos acompañó en la lontananza durante buena parte del camino. No era precisamente un buen presagio. Sin embargo, no nos desanimamos porque tampoco podíamos hacer gran cosa para calmar la hostilidad del clima: no se le pueden poner puertas al campo.

A nuestro paso por Fornillos de Ilche, nos sorprendió comprobar que la iglesia de San Miguel había sido tomada por las cigüeñas, que habían anidado a su antojo en el campanario y sus aledaños. También se habían enseñoreado de montículos, atalayas y cualquier otra plataforma disponible en las alturas. Más allá se extendían hectáreas y hectáreas de cultivos de regadío de maíz, que me retrotransportaron a mi niñez en Zaragoza. De pequeñaja salía a pasear con mis abuelos al atardecer, cuando el sol estival desfallecía, y nos adentrábamos en el terruño casi sin darnos cuenta: donde acababa el barrio de Las Fuentes, empezaba un frondoso labrantío coronado de mazorcas.

Cuando las mieses amarillean y se les alborotan las espiguillas, susurran sus secretos al cierzo, ras ras ras, como un cuchicheo de enaguas de dama antigua. Así que podríamos aventurar que, al llegar a las doradas colinas de la finca, no solo contemplamos el tupido manto de trigo que sojuzgaba el lugar, sino que también escuchamos su murmullo ancestral, reconfortantemente inmutable desde hace tanto.

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Entre toma y toma, Diego, un joven ingeniero agrónomo a quien se le ilumina la mirada mientras habla, fue hilvanando interesantísimos detalles de la agricultura local. Supimos que, si se van alternando y diversificando los cultivos, se puede rebajar notablemente el uso de fitosanitarios. O que el trigo sarraceno, que en realidad no es un cereal, sino una planta herbácea, no solo es beneficioso para los celíacos y las abejas, sino también para la tierra, porque evita la aparición de las malas hierbas.

Ya caída la noche, mientras nos dirigíamos a nuestro hotel en Huesca, las primeras ráfagas de lluvia nos avisaron de lo inevitable, aunque pensamos que quedaban algunas horas por delante y todavía podía soplar una socarrante ventisca veraniega. No fue el caso: sobre las ocho de la mañana nos avisaron de que las mediciones de humedad impedían empezar la cosecha. Cambio de planes. A ver cuándo podíamos regresar. Y, sin embargo, de todo de aprende: depender de la naturaleza incontrolable aporta una provechosa lección de humildad.

Nunca había consultado tanto las previsiones meteorológicas como los últimos días. Mi móvil amenazaba con metamorfosearse en la marmota de “Atrapado en el tiempo” cuando, ¡oh, albricias!, la lluvia nos concedió una tregua y pudimos regresar al predio oscense, de modo que, tras múltiples visicitudes que os ahorro para no extenderme más, grabamos la siega. Por fin.

La mecánica de la cosechadora recuerda vagamente a la anatomía de un insecto: abraza el haz de trigo como si fuera a mecerlo y enseguida, como los quelíceros de un arácnido, zas, le da un tajo certero y se apresura a separar la paja del grano, creando una revoltosa nube de polvo que todo lo pringa. Entre el sol implacable y las insoslayables partículas de gramínea te sientes, por momentos, croquetón dispuesto para la fritanga.

La jornada acaba, indefectiblemente, en el bar de la aldehuela. Imposible conseguir pagar ni tan siquiera una ronda de cervezas: los maños son muy suyos y no se dejan de ninguna de las maneras. Entre tanto se improvisa una merendola y nos traen pan con tomate, queso, jamón, patatas bravas y caracoles guisados al estilo baturro, con choricico y guindilla, como los que hacía mi abuela, ñam. Diego y Hugo continúan hilvanando puntos de vista que nos resultan refrescantemente novedosos y que vapulean algunas ideas preconcebidas. Si los agricultores reacios al progreso llevan, como ellos dicen, la boina enroscada, nosotros lucimos el cabestro de nuestra limitada mirada de urbanitas.

Al día siguiente por la mañana, antes de empezar a regresar a Barcelona, intentamos desayunar en el centro histórico de Huesca. En la primera cafetería donde entramos –la escena se repite en todas las que visitamos luego-, los parroquianos permanecen en silencio, los ojos clavados en el televisor. Por un momento el corazón nos da un vuelco. ¿Habrá sucedido algo terrible? ¿Un atentado? ¿Alguna catástrofe natural? ¿Otra guerra? No. O sí, según se mire: están pendientes de los sanfermines. Son las ocho pero no hay bocadillos. El mundo puede esperar.

Ya en el coche, mientras contemplo las formaciones kársticas de los Monegros, paladeo las expresiones locales que hacía siglos que no había escuchado. “Estamos todo el día en un pienso”. “Ya está, limpio y escoscao“. Y sonrío pensando en lo pronto que regresaré a Mañolandia. La semana que viene, sin ir más lejos.

De rodaje por Mañolandia

Esta semana hemos estado un par de días por tierras aragonesas por motivos laborales. Qué majicos son los maños. Aunque debo admitir que no soy objetiva: cuánto me reconforta escuchar ese acento íntimamente familiar que me teletransporta a mi infancia feliz en Zaragoza.

Nada más llegar, Juan, un afable Pitagorín talludo y enjuto, nos guió por la harinera donde trabaja y con él aprendimos, entre otros muchos interesantes aspectos del proceso fabril, cómo se consigue mantener una calidad óptima y homogénea –las cosechas son siempre cambiantes e impredecibles-, o cómo lo que a simple vista parece grano limpio se descubre, tras los sucesivos procesos mecanizados de purificación, como una ecléctica mezcla de trigo, briznas de paja e incluso arenilla y pequeñas piedras.

Tras almorzar en un restaurante cercano donde sirven raciones colosales –de postre sirvieron un arroz con leche en marmita de Obélix-, nos llegamos al predio oscense donde debíamos grabar las espigas en pleno proceso de crecimiento. Tras las abundantes lluvias de los últimos días, los campos lucían lozanos y espléndidos, atentos a la caricia del cierzo para empezar a amarillear. Los topos bermellones de los ababoles salpicaban, muy de tanto en tanto, los labrantíos de trigo y cebada, para disgusto de Hugo, el encargado de la finca, quien hubiera preferido la pradería desbrozada. En cambio a nosotros, ajenos a los criterios de la ingeniería agrónoma, nos parecía que los sembrados se veían mucho mejor con alguna que otra amapola como las que loara Juan Ramón Jiménez. Dispares puntos de vista.

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Cuando acabó la jornada, la idea era acostarse temprano porque al día siguiente tocaba madrugar. Pues no. Tras tomar una copa en el bar de nuestro hotel de Zaragoza, nuestros maños anfitriones nos llevaron a tapear por El Tubo. Pasamos por delante del emblemático local El Plata, que se autodefine como cabaret ibérico y cuyo director artístico fue Bigas Luna. Quedó pendiente para una próxima ocasión.

Nuestra primera parada, a pie de barra, fue en Bodegas Almau, donde probé la decepcionante tapa Dulce de anchoa, con crema de queso, anchoa y virutas de chocolate negro –dulce, no amargo, puaj-. Escogí mal. Tendría que haber optado por la Explosión de vinagre -crema casera de atún, boquerón, aceituna negra, anchoa, tomate deshidratado y sirope de vinagre de Módena, más la indispensable anchoa-. También me comentaron que sus croquetas estaban muy ricas. En fin, otra vez será. Luego nos acogollamos los siete alrededor de un par de mesas en El Balcón del Tubo, una taberna donde sirven ricos platillos. Allí continuamos con nuestro festín de cervezas, vino y raciones compartidas: todos rebañamos con pan, como posesos, el unto de la sartencica marinera, ¡deliciosa!

Entre risas y charlas nos acostamos a medianoche. Y a las seis sonaba el despertador. Horror y pavor. Claro que, como le comentó a Juan un buen amigo, lo verdaderamente desagradable es tener que levantarse y abandonar el confortable lecho, al margen de que te acuestes a las diez o a las tres de la madrugada. Que nos quiten lo reído y lo disfrutado.

Nuestro segundo día de trabajo por tierras aragonesas fue una intensa maratón: nos llevó doce horas prácticamente ininterrumpidas grabar el proceso de fabricación de la harina de trigo. Juan lo dio todo desde el minuto uno hasta el final, sin perder la alentadora sonrisa. Y también Pedrito, un hombretón corpulento de manos ásperas y andares rudos que despliega no solo una entrega formidable, sino también una admirable lucidez electromecánica -ese talento, tan ajeno a mí, me parece prácticamente magia-. Y lo mismo Maite. Y toda la pandi de personas encantadoras que trabajan junticas y en buena armonía gracias a los mimbres que han sabido tejer Paloma y Mª José. Qué majas son. Qué majos son todos. Y qué ganas de regresar para rodar la siega.

Una noche en Valderrobres

Este fin de semana nos hemos regalado una escapada a Valderrobres para celebrar nuestro 17 aniversario de boda, ¡yupi! La emoción hizo que ayer nos despertáramos tan temprano que salimos de Barcelona con nocturnidad y alevosía, mientras la luna lunera, perfecta y formidable, casi nos abrazaba desde lo alto. Poco antes de llegar a Mora de Ebro nos adentramos en una inquietante bruma que nos envolvió, densa e impertinente, como si fuera adhesiva. Por un momento nos teletransportamos a “The Twilight Zone”, pero literalmente: nos detuvimos a desayunar en un bar mugriento de Calaceite, plagado de moscas siberianas –es decir, aclimatadas al gélido invierno turolense- y lugareños que hablaban chapurriau –que viene a ser catalán con acento maño-. Y de pronto, al adentrarnos en la carretera que lleva a Cretas, se pulverizó el manto de niebla y descubrimos un paisaje de reminiscencias toscanas, con olivos, almendros y vides tapizando las hermosas colinas. Como dejar atrás Mordor y llegar a Rivendel.

Llegamos a Valderrobres a las 10 de la mañana, justo cuando Ana –detallista, encantadora y excelente anfitriona- se disponía a abrir el singular hotelito donde habíamos reservado nuestra habitación: La Casa de Sebastián. Se trata de un palacete de origen medieval que en sus plantas superiores se encaramó sobre los edificios vecinos previo pago a sus inquilinos: los señores que lo habitaban quisieron extender alegremente sus aposentos sobre las azoteas colindantes y no repararon en gastos para conseguirlo. Ya en el siglo XIX y reconvertido en casa de citas, el famoso militar Ramón Cabrera acudía allí desde Tortosa para deleitarse en los placeres de la carne. De aquella época perdura la leyenda de la actual habitación número 1, “La del canónigo”, llamada oficiosamente “Del fantasma cariñoso”: un prohombre que frecuentaba el burdel se deslizaba desde su ventana hasta la calle, zafado bajo una sábana para que no le reconocieran.

La vida discurrió revoltosamente en aquella elegante mancebía hasta que asesinaron a la madre de Cabrera: al general carlista le dio un siroco y prendió fuego al concurrido prostíbulo. Más de siglo y medio después, Sebastián, su actual propietario, adquirió aquella casona mecasaSebastián.jpgdio en ruinas y fue restaurándola durante años con materiales recuperados de otras fincas con solera –sin ir más lejos, la encantadora entrada perteneció a una farmacia de Alcañiz-. El resultado no podía ser mejor: hoy es un alojamiento cautivadoramente ecléctico y, a la vez, primorosamente confortable. Por no hablar de los pantagruélicos desayunos: zumo de naranja natural, pan de payés recién tostado con tomate y aceite de oliva virgen del Bajo Aragón, huevos al gusto preparados al momento, embutidos de la zona, quesos, fruta, repostería… Os lo recomiendo al 100%.

Valderrobres es una de esas coquetas poblaciones de la Comarca del Matarraña que han preservado su casco antiguo medieval para goce y disfrute de todos, aunque los lugareños tampoco se desviven por el turismo: hay trabajo de sobras en las numerosas granjas del territorio –los sueldos no son demasiado altos pero la vida es muy asequible-. También invita al agradable paseo La Fresneda, desde cuya cima, coronada por lo que queda de la ermita de Santa Bárbara y algunos cipreses deshilachados, se contemplan unas bonitas vistas panorámicas. O la Antigua Villa de Cretas, encerrada en su cuidado perímetro medieval y en cuyo municipio se producen excelentes caldos.

Mención aparte merece Beceite, agradable aldea medieval –la roña de alguno de sus bares debe datar de la época en que los templarios se instalaron allí- y puerta de entrada al Parrizal. Es un precioso trayecto que orilla el río Matarraña e incluye, además de una práctica pasarela sobre las aguas en el último tramo, pintadas grafiteras sobre el asfalto –“Visca Espanya i Aragó”- y firmas de unos tales Lucas y Anna, que se han dedicado a dejar su huella en toda la cartelería del recorrido, prueba fehaciente de la pertinaz gilipollez humana. Hemos llegado esta mañana temprano –a cero grados el cielo sin nubes brillaba tanto como la crujiente escarcha de nuestro parabrisas- y, tras el agradable y tonificante paseo, nos hemos entretenido conjeturando la procedencia de otros visitantes: barceloneses los que nos parapetábamos bajo capas y capas de ropa térmica, levantinos los que se abrigaban en su justa medida, aragoneses los que lucían la indumentaria de quien se pone lo primero que pilla para echarse a la calle y dar un garbeo. Qué recios son las mañas y los maños.

Más tarde hemos intentado visitar el casco antiguo de Calaceite. Sin embargo, sobre la una la capital cultural de la comarca continuaba sumida en su bruma perpetua, de modo que hemos almorzado en la Fonda Alcalá, tal y como nos habían recomendado nuestros amigos María y Jaume, vecinos ocasionales de Valdealgorfa. Ofrecen cocina casera, sin pretensiones pero muy bien preparada: su perdiz en escabeche con pisto de verduras es memorable.

Quedan pendientes, como poco, el avistamiento de buitres en el centro de interpretación de Mas de Bunyol y el paseo por alguna de las vías verdes de la Val de Zafán, que discurren desde Alcañiz hasta Arnes-Lledó por infraestructuras ferroviarias en desuso. Más pronto que tarde tendremos que acudir también a la Librería Athenea de Barcelona para conocer de primera mano “Los 4 gats de Serret”, la delegación cultural de la librería Serret de Valderrobres, donde se puede encontrar desde el último premio Planeta autografiado por su autora, hasta TintaLibre, la revista mensual en papel de InfoLibre. Hay mucho que ver, escuchar y saborear en la Comarca del Matarraña.