El Delta del Llobregat

La magnífica playa del Prat de Llobregat se extiende a lo largo de cinco kilómetros y medio. Es un vasto arenal costero que se inicia en la desembocadura del río y se funde con la vecina playa de Viladecans -Riera de Sant Climent mediante- un poco más allá de la Maresma de les Filipines y el Estany del Remolar.

Su acceso atraviesa una ecléctica combinación de paisajes que incluye, además del núcleo urbano del municipio al que pertenece, un parque agrario donde se cultivan sabrosas variedades hortifrutículas –como las renombradas alcachofas-, una reserva natural con extravagantes horarios de visita y un parque fluvial que ha recuperado los otrora deteriorados márgenes del Llobregat, así como numerosas instalaciones industriales, entre las que destacan las infraestructuras del puerto y el aeropuerto de Barcelona.

Ayer nos acercamos hasta El Prat para dejarnos envolver por la brisa marina y sobrellevar un poco la tórrida jornada. Nuestra primera idea había sido pasear por los aledaños de Cal Tet y Ca l’Arana y avistar las aves acuáticas que frecuentan el Espacio de Interés Natural del Delta del Llobregat. Sin embargo, en vista de las altas temperaturas, desestimamos la opción y llegamos bien entrada la tarde: llamadnos remilgados, pero preferimos soslayar el riesgo de perecer calcinados bajo aquel sol rabioso e implacable. Lo que nos llevó a la conclusión de que quien decide los inverosímiles horarios –de 9 a 19 en verano- es alguna mente enfermiza cuya única intención es achicharrar al personal. O tal vez se trata de algún ser sobrenatural lacertilio de cutis ignífugo. En fin.

Obviada la reserva protegida, nos dirigimos directamente a la zona de estacionamiento de la playa, en un curioso paseo flanqueado por la alambrada que acota los lindes del aeropuerto. De tanto en tanto, más allá de nuestras cabezas, aviones de Ryanair y Vueling recién despegados atestiguaban que los vuelos comerciales serán low cost o no serán.

Cuando nos asomamos a la playa todavía se veía abarrotada por una bulliciosa marea de familias felices que intentaban refrescarse trotando entre las olas. Quien más quien menos lucía los imprescindibles bártulos estivales: neveras portátiles, sombrillas, entoldados e incluso algún que otro iglú de Decathlon. Para mayor comodidad de los bañistas había a su disposición veredas de madera, duchas bien acondicionadas, depósitos de recogida selectiva, puestos de vigilancia, chiringuitos, una zona naturista para quien le sobrara incluso la licra del bikini y, lo más importante, kilómetros y kilómetros de arena para el recreo de los lugareños -oh, albricias, ni rastro de turistas- evitando desagradables hacinamientos. Verdaderamente, a la salida al mar del Prat no se le puede pedir más.

ElPratNosotros nos instalamos en un margen solitario que compartimos con un muñecón adherido a su móvil, una desparejada pareja –él sobre los cincuenta, bronceado, atlético y con pretensiones, ella de veintitantos, anoréxica, peliteñida y sarpullida- y una familia de tebeo, con abuela incluida. Ángela se entretuvo haciéndonos fotos con su móvil e intentando recolectar, en vano, alguna concha en condiciones para ampliar nuestra colección –una de las macetas de nuestro balcón alberga una gruesa capa de piedrecillas y exoesqueletos marinos que corta el paso a las malas hierbas-. Mariola estaba de fin de semana con unas amigas en Cunit -desde aquí mi sincera admiración a esos padres, más que osados, arrojadizos, que se atreven con seis locas en plena efervescencia adolescente-.

El cielo desplegaba ya esa hipnótica tonalidad anaranjada del atardecer cuando decidimos regresar a casa. Mientras lo hacíamos, una gaviota gigantesca se avalanzó sobre un mendrugo de pan para despedazarlo a picotazos y engullir las migajas, más que con gula, con predadora premura. Exactamente igual que ciertos ejemplares de la especie humana. No obstante, el voraz pajarraco estaba solo en aquella cuidada playa, reconquistada tras su ya lejana degradación salvaje y luminosamente abierta a todos y a todas. Me quedo con esa bonita metáfora en su agradable y reconfortante amplitud mediterránea: llegará el día en que podremos decir, alto y claro, que cualquier tiempo pasado fue peor.

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Descubriendo Terrassa

El pasado fin de semana mi amiga Pilar, que durante años nos alegró las mañanas en Cortacans, nos invitó a descubrir su querida Terrassa. Qué maravillosa ciudad, tan cerca y a la vez tan lejos de Barcelona: sí, lo reconozco, a los barceloneses nos da cierta pereza alejarnos más allá de nuestras lindes, aun cuando las comunicaciones son fáciles y rápidas.

Atravesamos el frondoso parque de Vallparadís –un torrente boscoso recuperado hace 25 años para uso y disfrute de los egarenses- por el puente de la Plaça del Doctor Robert y en seguida enfilamos la siempre concurrida calle de la Font Vella, un agradable sendero adoquinado que hace las veces de espina dorsal del casco antiguo. Casa_Alegre_de_SagreraAllí nos detuvimos unos minutos en la Casa Alegre de Sagrera, un palacete modernista edificado para el empresario textil Joaquim de Sagrera i Domènech. No obstante, los mejores detalles de la vivienda que hoy podemos admirar son obra de Melcior Vinyals Muñoz, quien la reformó en 1911 para Mercè de Sagrera y Francesc Alegre i Roig. Da repelús la grimosa colección de porcelanas orientales, tan del gusto de los próceres decimonónicos. En cambio merece la pena curiosar un poco, además de algunas estancias simplemente deliciosas, el despacho donde se exhiben los documentos y la Hispano-Olivetti del escritor Ferran Canyameres, hijo de Sant Pere de Terrassa. Mi pequeña Mariola, absolutamente hechizada, afirmó mientras recorría el patio y admiraba el jardín tras la verja: “Mamá, me encantaría vivir aquí”. Ella siempre con esos gustos tan sencillos.

Al alcanzar la Plaça Vella, subiendo a la derecha por la calle de los Gavatxons –cuyo engañoso nombre se remonta a mucho antes de la Guerra del Francès, también llamada Guerra de la Independencia-, nos topamos con la hermosa y refrescante Plaça de la Font Trobada, y luego con el imponente edificio neogótico que alberga el Ayuntamiento de Terrassa. Más allá, en el mismo Raval de Montserrat, se levanta el magnífico Mercat de la Independència –que, esta vez sí, debe su nombre al centenario de la famosa guerra contra las tropas napoleónicas-, una singular filigrana arquitectónica que se adapta al terreno desigual y se sostiene sobre 50 columnas de hierro colado.

Nuestro paseo prosiguió luego por la calle de la Unió para poder contemplar la elegante fábrica en ladrillo visto de la antigua Sociedad General de Electricidad, donde hoy un establecimiento de la cadena Viena sirve sus especialidades de fast food a la mediterránea.

Torre_PalauNos acercamos luego a la Rambla d’Ègara para ver la coqueta Torre del Palau, el único vestigio que queda del Castell Palau medieval del que formaba parte. Construida sin fundamentos originales, se sustenta por su propio peso, dato que, lejos que animar a adentrarse en ella, da pie a alejarse de allí a velocidad supersónica. Cuenta la leyenda que en la sala grande de la Torre del Palau fue atormentada una tal Margarida Tafanera, quien, tras pasar por el potro de tortura, confesó que era una bruja -me da que hubiera confesado cualquier cosa-. Así que, como no podía ser de otro modo, la ahorcaron junto a otras compañeras de infortunio. Cosas de esa frenética aversión de los fanáticos al librepensamiento –y que por desgracia continúa vigente-.

Sta_MariaTerrassaContinuando con esa fe religiosa que mueve montañas -y a veces cadalsos-, en agradable paseo desde la Torre del Palau alcanzamos el promontorio donde se elevan, en íntima vecindad, las iglesias de Sant Pere, Sant Miquel y Santa Maria, cuya visita quedó pospuesta para otra ocasión más propicia, en parte porque se estaba celebrando una boda, pero sobre todo porque se acercaba la hora del almuerzo y el hambre apremiaba.

Rafa y Pilar habían reservado mesa en el restaurante Súbit de la plaza Onze de Setembre, que el año pasado se alzó con el primer premio del tradicional certamen popular “De tapa en tapa”. Además de la tapa de este año y su correspondiente quinto de cerveza -Estrella, por supuesto-, cada cual escogió lo que le apetecía del completísimo menú del día.

Nos despedimos después de comer, ya entrada la tarde, mientras el sol primaveral lamía las tranquilas calles de los aledaños de la zona universitaria. Qué inmenso placer recorrer Terrassa con tan excelentes guías. El próximo año no nos perderemos la Fira Modernista, que según leo en la web oficial estará dedicada, ¡qué suerte!, al mundo obrero. Pues allí estaremos.

Tres días en Madrid

La publicidad funciona. Primero fue el sobrecogedor vídeo del Museo del Prado que alguien compartió en Facebook. Y luego el emailing de AccorHotels recordándome que tenía un montón de puntos acumulados en mi tarjeta de fidelidad. ¿O fue al revés? En cualquier caso, calendario escolar en mano, hice la reserva para el pasado fin de semana en medio nanosegundo. A golpe de ratón. Prepagado. No había vuelta atrás.

El viernes salimos temprano de Barcelona –pasmados nos dejó descubrir, entre otras sorpresas del dial, la emisora Radio María por el camino- y fuimos directamente al Museo del Prado. Bueno, casi. Entre tanto se nos había hecho la hora de comer y paramos en el primer lugar con el que nos topamos al salir del parking. Ni fu ni fa, pero nos daba un poco igual, aquel día nuestro objetivo era otro.

Poder observar de cerca “El Jardín de las Delicias” del pintor holandés El Bosco ya merecía la postergada visita -demasiado tiempo desde la última vez-. El asombroso tríptico, sobre todo la fabulosa alegoría del infierno de la tabla derecha, se adelantó a Dalí en más de 400 años. En mi opinión, el pintor ampurdanés se pasó la vida emulándolo. Es verdaderamente turbador.

Otro de los múltiples motivos por los que visitar el Museo del Prado es poder contemplar las más emblemáticas obras de Francisco de Goya, desde las Pinturas Negras que en otro tiempo decoraran la Quinta del Sordo, hasta sus reveladores retratos de la familia de Carlos IV, sus estampas de la Guerra de la Independencia y, cómo no, sus dos famosísimas Majas. Hasta el 7 de junio se puede disfrutar además de una exposición temporal, “Goya en Madrid”, que exhibe sus cartones para tapices –como soy amante de los felinos me encantó “Riña de gatos”-.

Al Prado conviene ir con una previsión un poco realista, resulta imposible abarcar todo lo expuesto en una sola visita –pequeño detalle: las imprescindibles audioguías están disponibles en todas las lenguas oficiales del Estado-. Lo mejor es seleccionar previamente los óleos según las preferencias de cada cual y, solo luego, recorrer las salas con los ojos muy abiertos y sin prisa, porque, además de lo que se busca, siempre hay pequeños-grandes hallazgos. En mi caso, fue “El caballero de la mano en el pecho” de El Greco, que me conmovió mucho más que esas obras figurativas de Doménikos Theotokópoulos que forman parte de nuestro imaginario colectivo: me sorprendió su profunda mirada, tan real, tan cercana y a la vez tan enigmática.

Tras nuestro agradable periplo por el Prado nos dirigimos a Chueca sin ningún objetivo en concreto. Simplemente nos dejamos llevar para dejar atrás el Madrid señorial y adentrarnos en el otro. El de las aceras repletas de residuos variopintos –los servicios de limpieza municipales parecen soslayar según qué barrios y aplicarse a conciencia en según qué otros-. Callejeando felices y sin rumbo nos topamos con el Mercado de San Antón, de arquitectura menos interesante que el de San Miguel, pero más espacioso. E incluso más tentador. En su planta superior Trinkhalle, la taberna de Espacio Trapézio, se abre a una coqueta terracita que invita al refrigerio caprichoso entre mobiliario casi playero. Es un agradable y colorido rincón muy recomendable.

VinitoAltarosesAl salir de allí, en la calle Barquillo número 11, nos apeteció entrar en El Botiquín, que se autodefine como cava-bar y está regentado por un par de catalanes –de Granollers, para más señas-. Ofrecen productos de la terra tanto para degustar como para llevar y nos recomendaron un crianza biodinámico de Montsant exquisito, Altaroses. Tendremos que visitar esa bodega y hacer acopio de botellas.

El Novotel donde nos alojamos –atención familias: los niños duermen y desayunan gratis si comparten dormitorio con dos adultos- está muy cerca de Las Ventas, al otro lado de la M-30, junto a esa enorme mezquita que compite en tamaño con la famosa plaza de toros –horrorizadas se quedaron mis hijas cuando les contamos que allí todavía torturan y matan de manera festiva a imponentes toros de lidia-. A 10 minutos de nuestro hotel, la parada de metro de Parque de las Avenidas -línea 7- nos conectaba fácilmente con el centro de la ciudad. A mis hijas y a mí –por motivos de trabajo mi marido está muy familiarizado con la capital del reino- nos chocó un poco la disposición de los andenes: en Madrid los trenes entran por la derecha y salen por la izquierda.

Otro medio de transporte público que teníamos muy a mano era el autobús: en la puerta del hotel había una parada del 53, que lleva hasta la Plaza de Canalejas –al lado de Puerta del Sol-. Allí merece la pena hacer una pausa en el Café del Príncipe, cuyos formidables granizados de limón exprimido se agradecen cuando la elevada temperatura exterior funde el asfalto y asola los cráneos de los peatones. Es un café con preciosas arañas de cristal que cuando fuimos exhibía un primoroso ramo de flores frescas en la barra, tras la cual destacaba una hermosa vitrina de licores con destellos blancos, tostados, azules y verdosos. También preparan cócteles, pero no los probamos, así que no puedo opinar.

El sábado dedicamos la jornada a pasear por Malasaña, Fuencarral, los alrededores de la Plaza de Santa Ana –qué agradables terrazas para tomar aliento- y La Latina. JardínLaLatinaPrecisamente allí, cerca de la bulliciosa Plaza de la Paja, nos asomamos al encantador Jardín del Príncipe Anglona, que toma el nombre del palacete contiguo y ofrece un recoleto y vivificante refugio que es casi un huertecillo vallado –apenas 800 metros cuadrados-.

Aunque nos habían recomendado excelentes propuestas de restauración –que atesoraremos para próximas ocasiones de a dos: Álbora, Astrid&Gastón y Vinoteca Moratín-, llevados por el ánimo de ir improvisando según nos apeteciera, que por algo nos acompañaban dos adolescentes con las hormonas desbocadas, optamos por almorzar por donde nos pilló de paso. Sí que quisimos acercarnos a la hora de la cena al Pintxos-Bar Juana la Loca, en el número 4 de la Plaza de Puerta de Moros. Sus pinchos son pequeñas creaciones tan contundentes como divertidas. Yo probé el de crêpe de espinacas rellena de gulas con trigueros y el de canelones de calabacín con brandada de bacalao. El hummus lo sirven con unas crujientes y caracoleantes tostadas que se hunden en la crema de garbanzos formando un vistoso ramillete, ¡atómico!

Claro que, para experiencias extravagantes, el peculiar vehículo rodado compartido que vimos circulando por la Plaza de Cibeles, bbike.es, una especie de guagua a pedales que en la web definen como beer bar o bici bar, según convenga. Hasta docena y media de personas a bordo de una bicicleta multitándem, con grifo de cerveza incorporado. Hay que tener valor, juventud, ganas y, por supuesto, cierta dosis de alcohol en vena para mover semejante artefacto con el sol achicharrándote la espalda. A mí me resulta inverosímil, pero hay gente para todo.

El domingo nos levantamos prontito para poder cotillear un poco entre las paradas del Rastro sin perecer aplastados por la muchedumbre. No obstante, a pesar de la hora temprana, no pudimos evitar la pequeña procesión de curiosos que se arremolinaba por los aledaños de la Plaza de Cascorro -donde por cierto merece la pena detenerse en ese remanso de buenrollito que es la cafetería La China Mandarina-. Entre las innumerables paradas de cutreobjetos para turistas, una señora encantadora vendía preciosos abanicos de madera, tanto pintados a mano como lisos, algunos de ellos con ese apabullante tamaño que rinde homenaje a los entrañables Locomía. Gracias a ella este verano voy a estar más ventilada que nunca, zas, zas, zas –aleteo de brazos en plan aspas de molino-.

ClaraObligadoDejamos atrás aquella marea humana para adentrarnos en otra: la de la Feria del Libro de Madrid, que se aloja en los Jardines del Buen Retiro –en la zona que queda detrás del lago si se entra desde la calle Alfonso XII-. Mientras paseábamos por esa concurrida cita anual de libreros, editores y distribuidores, descubrimos que el BOE tiene caseta allí –madremíaquégrima-, que los comerciales de Editorial Planeta deben de tener cutis ignífugo o quizás sangre de reptil –vestían traje y corbata, era verlos y aumentar el sofoco- y que Ediciones Libertarias compartían divisoria con Biblioteca de Autores Cristianos en armónica vecindad. Como tantos otros adolescentes que pululaban por allí, mis hijas enloquecieron en cuanto apercibieron al youtuber AuronPlay firmando su libro –aunque no tanto como para querer comprarlo y hacerse con él la foto de rigor-. Por lo que a mí respecta, salí de la feria con un ensayo recopilatorio de la editorial El Viejo Topo, “Contra la ignorancia – Textos para una introducción a la pedagogía libertaria” y con una antología de relatos cortos, “Por favor, sea breve” –la editora, Clara Obligado, me dedicó el librillo con un bonito “A Helena, estas píldoras de ingenio”-.

CRISTO-ZOMBIAlmorzamos por el Barrio de las Letras y pasamos la tarde, oreja en audioguía, deteníendonos ante algunas de las obras de la exposición permanente del Museo Thyssen. Edward Hopper aparte –su “Habitación de hotel” resulta pavorosamente inquietante-, me impactaron bastante los ojos enrojecidos del jesuzombi del “Cristo resucitado” del pintor renacentista Bramantino. También nos encantó el pintor alemán George Grosz, de modo que antes de irnos pasamos por la tienda del museo para llevarnos un póster de su obra “Metrópolis”, aunque no descarto pedir en línea una impresión sobre lienzo –en la web del Museo Thyssen proponen la opción “impresión a la carta”, qué peligro-.

CieloMadridMientras contemplamos nuestra última puesta de sol en Madrid, recordaba las palabras de Paloma, que tiene el corazón partío entre su Madrid natal y esa Barcelona en la que echó raíces hace tantísimos años: “Disfruta del cielo de Madrid, por algo se dice de Madrid al cielo, en según qué noches parece que lo tocas con la mano. Y la luz es muy diferente”. Doy fe.

Volveremos.