A Costa da Morte

La Costa da Morte es uno de los finibusterres de Europa –que no el único, y si no que les pregunten a los bretones-. El origen de su nombre podría estar relacionado con el punto de partida de la barca de Caronte de la Grecia Clásica, que los antiguos griegos ubicaban, justamente, en los confines de aquel mundo suyo parcialmente conocido. Otra teoría aventura que los fenicios, deseosos de seguir ostentando el control de esas aguas que facilitaban su lucrativo comercio marítimo, habrían fomentado también algunos mitos y leyendas para arredrar a sus competidores y así continuar explotando las rutas atlánticas en solitario.

El litoral de la Costa da Morte comprende tanto las playas como los montes que se orientan en dirección al mar y dibujan un perfil costero tortuoso para la navegación, repleto de abruptos entrantes y salientes y minado de peligrosos bajos. Aunque abarca, estrictamente, la franja comprendida entre Malpica de Bergantiños y Muros, nosotros decidimos iniciar en A Coruña nuestro tour galaico de cuatro días. La compañía aérea que conecta Barcelona con Galicia a mejor precio es Ryanair, aunque solo vuela a Santiago de Compostela. No obstante, como la idea era alquilar un coche y recorrer kilómetros a nuestro aire, no hubo mayor problema.

ChoquetínFelices y ufanos los dos a bordo de nuestro coqueto Fiat Cinquecento, tomamos el Camiño Inglés -o Camiño do Faro, que así se llama el ramal que parte de A Coruña- a la inversa -es un decir, porque fuimos por vía asfaltada y sobre cuatro ruedas-. Por lo visto durante la Edad Media el puerto de A Coruña era una concurrida puerta de acceso para los peregrinos que llegaban desde el norte de Europa, que por mar reducían notablemente la duración de su expedición y además soslayaban los maleantes que frecuentaban la ruta pirenaica. Tras largos años de afluencia multitudinaria, la reforma protestante atajó el tránsito de penitentes y el Camiño Inglés cayó en desuso. No obstante, desde hace un par de décadas está experimentando una segunda juventud. Cosas del turismo de la aldea global.

Galerías A Coruña.jpgA Coruña es una península rebosante de acristaladas edificaciones que se adentra en el océano como si quisiera domeñarlo, y en parte lo consigue. Incluso con el cielo encapotado y la fina lluvia calándonos hasta los huesos, nos sedujo por completo. Un plácido paseo por la Avenida da Mariña permite contemplar con detalle las magníficas galerías que han proporcionado a A Coruña el sobrenombre de ciudad de cristal. El elemento arquitectónico paradigmático de la capital gallega, esa característica galería acristalada montada sobre hierro fundido o madera noble, empezó a desarrollarse en el siglo XVIII adaptando la estructura de los invernaderos. Su función era crear una cámara térmica para proteger de la lluvia y el frío en invierno y ayudar a ventilar y refrescar en verano. Como curiosidad: los portales de las antiguas viviendas de pescadores de la Avenida da Mariña solían medir un remo de anchura porque se utilizaban para resguardar las embarcaciones cuando había temporal -cuando se levantó el conjunto en el siglo XIX, los soportales orillaban el mar-.

VermuteríaDetrás de la Avenida da Mariña se extiende, majestuosa y señorial, la Plaza de María Pita, la famosa heroína de la ciudad –otra mujer tristemente famosa por su testosterónica actitud guerrera-. Desde esa magnífica ágora abierta en pleno casco viejo se accede, entre otras sendas urbanas, a la calle Franja, un vericueto que luego cambia de nombre y se transforma en la calle Galera. Ese caminillo peatonal de denominación mutante está jalonado por pequeños establecimientos donde saborear cositas ricas, como por ejemplo la Vermutería Martínez. En el angosto pero acogedor local tomamos el primer pulpo a feira de nuestra escapada, unas curiosas croquetas de centolla, un salpicón de marisco exquisito y unos boletus salteados jugosos y en su punto. Ñam.

Torre de Hércules 1.jpgEl tesoro mejor guardado de A Coruña es, quizás, la Torre de Hércules. Lástima del nombre, que desmerece su función farera -se lo inventó el rey Alfonso X por aquello de darle un pedigrí mitológico al asentamiento urbano-. El pétreo vigía es el único faro romano que sigue en funcionamiento y quizás también el único de quien se conoce la autoría: el arquitecto Cayo Servio Lupo, natural de Coímbra, tuvo la argucia de dedicar su obra a Marte y ocultar la inscripción bajo la estatua del dios de la guerra que resguardaba la entrada. Tras las invasiones normandas, el faro dejó de usarse y con el devenir de los años los lugareños utilizaron algunos de los bloques de piedra para construir otros edificios. Tras siglos de decrepitud, el intenso comercio con América animó a volver a utilizar el faro, con la buena fortuna de que se le encargó el proyecto a un arquitecto extremeño de ascendencia italiana, Eustaquio Gianini, quien, en lugar de derruir el faro romano y levantar uno nuevo, prefirió conservarlo y ejecutar los trabajos necesarios para devolverle su esplendor.

Torre_Hercules_vista2La Torre de Hércules todavía exhibe mil y un detalles que así lo demuestran: Gianini se dedicó a dejar numerosas pistas para distinguir los vestigios romanos de sus actuaciones de mejora. El primero que se aprecia es el revestimiento de la fachada sobre la estructura original, y su dibujo, que recrea la antigua rampa por donde se transportaba el aceite que alimentaba la luz del faro. Desde el exterior también llaman la atención las ventanas, algunas de las cuales son ciegas -solo están abiertas las que ya lo estaban en la estructura original romana-. Ya dentro, durante el ascenso, se detectan perfectamente los llamativos añadidos en pizarra y granito oscuro, las puertas y ventanas modificadas y las marcas donde debían de apoyarse techos y tarimas. Todo esto lo supimos gracias a nuestro guía, Manuel, quien también nos comentó que el habitáculo denominado “habitación de la reina” fue acondicionado para hospedar a Isabel II con motivo del inicio de la construcción del ferrocarril A Coruña-Madrid. No obstante, tras empapelar los muros, crear un falso techo e incluso poner visillos al improvisado dormitorio regio, la susodicha se negó a utilizar tan cuartelario y encaramado aposento. Disfrutamos de la instructiva compañía de Manuel hasta que alcanzamos la techumbre romana, construida a prueba de catástrofes naturales mediante un ingenioso encaje de sillares, como puede apreciarse allí mismo. Otra cosa es que, lo que no destruye un terremoto, lo pueda aniquilar un humanoide de un bombazo. En fin.

La Torre de Hércules se eleva sobre un cerro por el que serpentean agradables senderos que invitan al paseo junto al mar. En días plúmbeos el horizonte perece sepultado bajo los densos nubarrones, aunque el caprichoso clima mutante gallego es absolutamente impredecible: ahora se abre el cielo y asoma el sol, luego llueve rabiosamente, más tarde amaina y caen cuatro gotas que riegan el ánimo e hidratan las ideas. No se puede salir sin paraguas porque nunca sabes cuándo lo vas a necesitar.

Los días tormentosos el litoral de la Costa da Morte despliega una belleza salvaje e irresistible. El verde que tapiza sus colinas hace pensar en tupido musgo. Sorprende que la generosa pluviometría no haya hecho desarrollar a los lugareños membranas batrácicas en manos y pies. Horreo2Los pequeños hórreos que abundan por el camino son justamente una estrategia para salvaguardar el grano de la humedad y los rigores del invierno. Todos lucen o bien un alerón, una especie de rebaba que bordea el perímetro de la base, o bien unos círculos protectores sobre las columnas en las que se apoyan, que de tal guisa parecen setas gigantes. Esta protección evita que los animalillos trepen para acceder a las provisiones almacenadas en el hórreo.

Transcurrida media hora desde que dejamos atrás A Coruña, desde lo alto de la carretera contemplamos Caión, el antiguo puerto ballenero, cercado de olas encrespadas y rugientes, como si estuviera a punto de ser engullido por el Atlántico. No extraña que sus gentes se dedicaran a la pesca de los formidables cetáceos, acostumbrados como estaban a las dentelladas oceánicas y los rigores del mar.

Más adelante, en Baldaio, se extiende un maravilloso paraje con una vasta playa y unas pródigas marismas -es reserva natural- que, desafortunadamente, ha sido urbanizado sin criterio y al tuntún. Es el gran clásico de la costa noroccidental gallega: hacia el mar, vistas sobrecogedoras y recorridos de reminiscencias bretonas, hacia el interior, la invasión de las horricasas, una desconcertante profusión de hormigón y carpintería metálica sin sentido. Eso sí, en lugar de servirte el café con leche con una galletita o una chocolatina, te invitan a un buen pedazo de esponjoso bizcocho casero. Viniendo de Barcelona nos parece un pequeño milagro.

MalpicaEl puerto pesquero con más actividad de la Costa da Morte, Malpica de Bergantiños, es un buen lugar para detenerse a almorzar. Nuestra afición al horario europeo nos permitió escoger la mesa con mejores vistas en la taberna portuaria Cachón. Mientras degustábamos unas zamburiñas a la plancha, un salpicón de marisco -nada que ver con el engendro que sirven en cualquier restaurante catalán-, el indispensable pulpo a feira y unas alubias con almejas, pudimos observar las diferentes tonalidades de los coloridos barcos de pesca amarrados en el puerto: luminosos bajo el sol, sombreados por las nubes y brillantes bajo la lluvia torrencial.

En la Costa da Morte quedan interesantes vestigios celtas. Antes de llegar a la aldea de Corme, una indicación señala el camino de Gondomil y crees que se te va a aparecer un hobbit o un elfo. Y casi, porque entonces te topas con A Pedra da Serpe, una roca de granito con una serpiente alada esculpida, de origen desconocido pero sin duda relacionada con algún culto pagano, que algún católico ultramontano decoró con una cruz de piedra -la actual es reciente y sustituye a la original, que fue derribada por accidente-.

Faro_roncudoMás allá de Corme se alza el faro de la Punta do Roncudo, que en realidad es una baliza porque es una torre solitaria, sin edificio anejo, con una sola linterna que funciona con paneles solares. Cuando hay tormenta, el mar desbordado y arrollador envuelve a dentelladas espumeantes al impasible centinela, que está flanqueado por tres cruces blancas, una a su vera y dos más contemplándolo desde un altozano. Todas ellas rinden homenaje a los percebeiros que perecieron allí. Esos aguerridos marinos se sujetan con simples cuerdas y aprovechan la retirada de las olas antes de cada nuevo embate para arrancar el preciado fruto del mar con su raspeta: los percebes que se crían en esas rocas son, dicen, los mejores del mundo.

Al otro lado de la ría de Corme y Laxe, en la Punta da Insua, se alza el faro de Laxe, donde mi cabello empezó a parecerse peligrosamente a los tentáculos de una medusa: durante los ventosos días de nuestra escapada galaica me resigné a lucir un aspecto parecido al de Jack Nicolson en “El resplandor”. Lector/lectora me estás leyendo, si luces pelazo y tienes pensado visitar la Costa da Morte en invierno, olvídate del peine y encasquétate un gorro, imposible mantener la compostura con ráfagas de viento aspersor.

Desde Laxe, adentrándose hacia el interior, no queda demasiado lejos el conjunto etnográfico de los Batáns e Muíños do Mosquetín, que en días de lluvia torrencial y con el río crecido se ve mejor que nunca. La piedra circular de los muíños –molinos- aplastaban los cereales hasta convertirlos en harina aprovechando la fuerza del agua. Los mazos de los batáns –batanes- golpeaban los tejidos remojados durante 28 horas como poco –si el material no era de calidad había que invertir hasta el doble de tiempo- a fin de apretar la trama para que no se deshilachara. Los batanes solo funcionaban durante el invierno, cuando el caudal del río era más abundante.

CastilloVimianzoUn poco más adelante, según se entra a Vimianzo, a mano derecha, se puede visitar el Castelo de Vimianzo. Aunque es un jíbaro-edificio -creo que es el castillo más pequeño que jamás haya visitado- es bastante cuco y, con niños, supongo que tendrá su gracia. –adulto/a, puedes abstenerte de visitarlo-.

Retomando el camino hacia la costa llegamos a Ponte do Porto, la localidad que, como su nombre indica, atraviesa el río Porto. El núcleo urbano fusiona, en ecléctica combinación bipolar, esperpentos de hormigón con tejados a cuatro aguas y pintorescas casitas tradicionales de piedra. Ponte do Porto es un cruce de caminos hacia el litoral: a la derecha, Camariñas, a la izquierda, Muxía.

Camariñas es un puerto pesquero muy renombrado por los primorosos encajes de bolillos de sus artesanas. En la pequeña aldea marinera se ubican dos lugares absolutamente imprescindibles. El primero es el imponente faro do Cabo Vilán, un torreón que adquiere proporciones colosales porque desafía las procelosas aguas encaramado a una peña. El primer faro eléctrico de España cuenta con un edificio anejo que alberga una exposición permanente acerca de la abrupta costa. Además de otros muchos datos interesantísimos, proporciona información de cómo se aprovechaban los restos de los naufragios para completar los parcos ingresos que brindaban la agricultura y la pesca: según la leyenda negra, en días de temporal se colocaban faroles en los cuernos de las vacas para confundir a los navegantes.

PuertoArnela_pulpoLa otra dirección imprescindible en Camariñas es la del restaurante Puerto Arnela, en la calle del Carmen. Además de ser un establecimiento acogedor y coqueto, se come opíparamente a un precio más que razonable. Allí tuve el placer de saborear los mejores percebes de mi vida. Fresquísimos, recién cocidos, al punto, exquisitamente tiernos y con sabor a mar. Cuán grata fue la experiencia. Nos lo recomendó David, el recepcionista del Meliá María Pita de A Coruña, donde disfrutamos de la primera noche Wonderbox de nuestra escapada -siempre recordaremos nuestra soberbia cama king size-. Las otras dos pernoctamos en el hotelito rural A Torre de Laxe, un alojamiento acogedor y decorado con cariño donde los desayunos incluyen zumo de naranja natural y bollería y mermelada caseras.

Faro MuxiaPero retomemos nuestro itinerario. Para proseguir hacia el sur nuestra ruta por la Costa da Morte hay que desandar el camino de Camariñas a Ponte do Porto y, desde allí, tomar el camino hacia la villa marinera de Muxía, que cuenta con sus correspondientes balizas –que no faros- para facilitar la entrada a la ría. La de la Punta da Barca se levanta junto al santuario de la Virxe da Barca y muy cerca de dos rocas mitológicas relacionadas con cultos paganos, la Pedra de Abalar, que durante siglos no dejó de balancearse, hasta que hace casi 40 años un inclemente temporal la desplazó y la quebró parcialmente, y la Pedra dos Cadrís, a la que se atribuyen propiedades curativas por su forma de riñón.

CaboTouriñán.jpgDesde Muxía no hay indicaciones para continuar hasta el Cabo Touriñán, el extremo más occidental del continente, de modo que para intentar llegar hay que tomar vías rurales precariamente asfaltadas y atravesar bosques de eucaliptos y añejos villorrios reverdecidos por la perenne humedad. Por la DP-5201 se llega hasta Viseo, donde aparece la primera señal que marca el camino a Touriñán. Y luego, por fin, te asomas a un paisaje encantador con aires irlandeses por donde pacen ovejas y caballos salvajes. Sí, hay un universo celta que no sabe de fronteras. Desde allí, dos pináculos acristalados coronados por sendas veletas, el del faro y el de la caseta de vigilancia, otean el horizonte. Los alrededores, sobrecogedores incluso en invierno, ofrecen bonitos paseos con vistas alucinantemente hipnóticas sobre la costa atlántica.

Corcubión_juzgadosAunque Fisterra no es, en realidad, el fin de la tierra, ni siquiera el de la Europa continental, fue considerado como tal durante siglos y hoy es el enclave más concurrido de la Costa da Morte. No obstante, o quizás precisamente por ello, nosotros preferimos soslayarlo -no nos encantó cuando lo visitamos hace cuatro años, llamadnos extravagantes- y acudir directamente a Corcubión. Tuvimos suerte y, cuando llegamos, lucía un sol radiante, aunque los corcubienses paseaban igualmente paraguas en mano, nunca se sabe cuándo puede caer de nuevo un chaparrón –vimos tantos arcoiris en Galicia que, por momentos, me sentí Little Pony-. La localidad es propicia al agradable caminar por sus encantadoras callejuelas, en las que conviven casitas tradicionales renovadas, fascinantes ruinas que están pidiendo a gritos que alguien las restaure y edificios señoriales decadentes con desvencijadas galerías de madera –el salitre y la humedad causan estragos en la carpintería y levantan la pintura más recia-.

CascadaÉzaro2.jpgLa abundante lluvia reciente nos permitió contemplar la cascada de Ézaro cayendo a borbotones, aunque las torres de electricidad y el apabullante cableado restaban épica a las vistas.

La visita al faro de Louro os la podéis ahorrar si no os interesa demasiado la mansa vertiente sur de la Costa da Morte, que alberga kilómetros y kilómetros de dunas y playas. Para despedirnos del paraíso de los bañistas nos escapamos a Muros, una bonita población que cada verano vive sus momentos de máxima saturación. Nada más llegar comprobamos que, además de con paraguas, por esos pagos quizás haya que salir también con casco, porque aun con sol cayeron algunas ráfagas de granizo garbancil a modo de perdigonazos, capaces de perforar el cráneo más robusto. Para sobrevivir al clima mutante imitamos a los lugareños, que permanecieron impasibles bajo los soportales hasta que el pedrisco amainó. Luego continuaron con sus rutinas como si tal cosa, mientras nosotros nos recuperábamos del apocalipsis. Pues nada, a seguir. Y a comer.

En el bar El Muelle nos ofrecieron unas generosas raciones y un albariño de la casa muy correcto. Quisimos probar la especialidad de la casa, su tortilla de patata sin cebolla. Nos la sirvieron recién hecha y muy jugosa, quizás un pelín dulce para mi gusto, aunque yo, por lo general, soy muy salá. Una madurescente arrebatadora -lucía una larga melena pelirroja y eye liner y blondas a cascoporro- que se sentaba en la mesa vecina empezó a conversar conmigo en gallego. No le pedí que se pasara al castellano porque la entendí divinamente. Si me quedo unos días más, me animo a falar galego.

Nos despedimos de Galicia acercándonos a Santiago de Compostela –qué buenos momentos compartimos allí hace unos años-. Como la puerta de la catedral que da a la Plaza del Obradoiro estaba impracticable –hay obras de mejora en curso-, entramos al museo a preguntar por algún acceso alternativo y un jovenzuelo repelente y hipster nos maltrató verbalmente. Me limité a observar su barba recogemigas y atrapabacterias deseándole mil y un hedores pútridos. A pesar de él encontramos un acceso lateral y fui directa a abrazar al santo en nombre de mi amiga María. No había demasiados peregrinos, se notaba que era un lunes laborable. Nos topamos, oh sorpresa, con un precioso belén historiado que representaba diferentes escenas bíblicas relacionadas con el nacimiento. Aunque tenían el detalle de citar a “los magos de Oriente” –personas sabias, quizás astrónomos, nada que ver con la realeza-, las figuritas correspondientes que acompañaban a la leyenda lucían corona. Paradojas de la muy apostólica y romana iglesia.

Cruces_roncudoSantiago de Compostela huele a eucalipto y a libro viejo y sabe a chocolate a la taza del bueno. Me quedo con ese recuerdo, con el húmedo romper de las olas en los faros de la Costa de Morte y la bocanada de mar de los percebes de Camariñas.

Qué bien nos ha ido esta escapada, ¿verdad, my love?