Yo también sueño con unicornios

Es populismo identitario acudir al Parlament en helicóptero y, emulando a Jordi Pujol cuando estalló el caso Banca Catalana, ocultar los recortes en sanidad y educación entre los pliegues de la estelada.

Es populismo identitario convocar unas supuestas elecciones plebiscitarias sin molestarse en cambiar la ley electoral para evitar que los sufragios emitidos en Castelldefels computen menos que los de Castelló de Farfanya.

Es populismo indentitario proclamar, durante toda la campaña de esas falsas plebiscitarias, que quien no escoja una de las dos opciones pro-DUI no está por la independencia, pero luego, al no lograr los resultados esperados, cambiar de parecer y asimilar soberanismo con independentismo e independentismo con unilateralismo.

Es populismo identitario aprovechar cualquier manifestación –de denuncia de los recortes en educación, de defensa de los derechos de las personas refugiadas, de repulsa al terrorismo yihadista- para sacudir esteladas y reconducir cualquier tema al monotema.

Es populismo identitario acosar e intentar manipular a los periodistas que son críticos con el relato independentista, tal y como denuncia el informe de Reporteros sin Fronteras.

Es populismo identitario erigirse como portavoz del poble en el Parlament mientras se actúa de manera excluyente con la mitad de los electores y se aniquila el contrato social vigente sin contar con los dos tercios de apoyo de la cámara, tal y como estipula no solo la legislación española, sino también la catalana.

Es populismo identitario sentirse legitimado por tamaña ilegitimidad e invitar a participar en un referéndum sin garantías y contra la voluntad del resto de opciones políticas, también las soberanistas, aunque luego se les reclame en todo tipo de movilizaciones.

Es populismo identitario que no seamos considerados presos políticos quienes fuimos recluidos en la cárcel del ostracismo institucional aquel infausto 6 de septiembre.

Es populismo identitario tener conocimiento de que se van a enviar fuerzas policiales -entre ellas algunas antidisturbios- para detener el referéndum ilegítimo y, en lugar de proteger a la ciudadanía, animar a las familias a ejercer de escudo humano, con la desfachatez añadida de no predicar con el ejemplo.

Es populismo identitario que existan víctimas de abusos policiales de diferentes categorías y cuerpos armados cuya brutalidad se olvida o se minimiza –a ver qué opina Esther Quintana de los Mossos, a Juan Andrés Benítez ya no le podemos preguntar-. Y que la violencia psicológica profesada contra el disidente –la presión, la invasión, la saturación ad nauseam– no se contemple como tal.

Es populismo identitario poner como ejemplo de referéndum pactado a Quebec sin mencionar la huida de empresas y entidades bancarias a Toronto, de donde, por cierto, todavía no han regresado. O negligir la Ley de Claridad. Parafraseando al politólogo Stéphane Dion, Ministro de Asuntos Intergubernamentales de Canadá hace dos décadas, si España es divisible, Cataluña también –¿qué tal un Área Metropolitana de Barcelona independiente?-.

Es populismo identitario mendigar alguna aportación para abonar una fianza millonaria aunque se disponga de una larga hilera de ceros en un pequeño país de Centroeuropa.

Es populismo identitario emocionarse en público imaginando ese nuevo país repleto de elfos, unicornios y ríos de hidromiel mientras se admite en privado que la independencia conllevaría estrecheces y penurias durante una o dos generaciones –por supuesto, no para todos-.

Es populismo identitario acudir a presentar la candidatura de Barcelona como sede de la Agencia Europea de Medicamentos y, a la salida, asegurar ante los periodistas que el Catalexit no es comparable con el Brexit. En cuanto sea oficial que Barcelona no resulta elegida, es previsible que salgan en estampida las grandes farmacéuticas, que por ahora guardan un silencio sepulcral.

Es populismo identitario proclamar que la aplicación del artículo 155 atenta contra la democracia en el Parlament, como si hubiera sobrevivido al ya mencionado 6 de septiembre. Sí, mutilará los derechos civiles de la totalidad de los catalanes, pero la mitad quizás no lo notemos tanto porque ya estamos despojados de buena parte de ellos –los más llamativos, la falta de representación en instituciones y medios de comunicación públicos-.

Es populismo identitario cuanto peor, mejor, y aferrarse a esa unilateralidad que no emana de la voluntad de la mayoría de electores, sino únicamente de los propios, en una actitud característica de los totalitarismos. Como dice la canción, se nos gastó la democracia de tanto usarla. O más bien de tanto mencionarla en vano.

En mi opinión urge una convocatoria de elecciones al Parlament, aunque previamente habría que modificar la ley electoral -una persona, un voto-, solo así se obtendría UnicornioNegroTristeun retrato veraz de la sociedad catalana, sin desenfoques ni falsos encuadres.

Ya veis, después de todo, yo también sueño con unicornios.

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La indefensión

El pasado domingo, mientras presenciaba el terror en directo por televisión, me sentí como el 11 de septiembre de 2001 mientras miraba las noticias y, en tiempo real, me informaba sobre los atentados de las Torres Gemelas. Podía imaginar, presa del pánico, a cualquiera de mis queridísimos amigos independentistas, apostados en sus respectivos colegios electorales, recibiendo porrazos e impactos de pelotas de goma indiscriminadamente. Y me pregunté -todavía me lo pregunto ahora- cómo habíamos podido llegar hasta ahí.

Poco después de la una del mediodía supe que Nuria Marín había ejercido de alcaldesa de todos los hospitalenses, también de los que no solo no le habían votado, sino que además exteriorizaban con ostentación la inquina que le tenían, aun después de que evitara las cargas policiales contra ellos. Qué reconfortante sorpresa, un cargo electo velando por sus detractores. Lo que me llevó a comprender ese gran vacío que experimentaba mientras me iba enterando, estupefacta y horrorizada, de los abusos de los gorilas armados: cuando el Parlament inició su secesión de España los pasados 6 y 7 de septiembre, lo hizo desconectándose también de la mitad de los catalanes, que nos hemos quedado huérfanos y desamparados de nuestras instituciones. De modo que, aunque me horripilaba –y cómo- lo que estaba sucediendo, lo contemplaba como una guerra cercana pero ajena, que se desarrollaba en mi ciudad pero de la que yo no formaba parte. De hecho me siento, como escribía mi amiga Dolors en su última crónica y como cantaba en mi adolescencia B Movie, Nowere Girl.

La brutalidad policial es intolerable e inaceptable. No obstante, de la misma manera que una mujer maltratada lo es tanto si recibe una paliza como si es víctima de daños psicológicos, también es inadmisible la violencia social que ejerce una parte del independentismo, a diario y de manera creciente, contra quien disiente, condenándole a la versión actualizada del “no te signifiques” franquista. Yo misma estoy ejerciendo la autocensura y me he desactivado de Facebook. Me parece como poco un sarcasmo que uno de los símbolos que han adoptado los independentistas sea, precisamente, una ilustración con una boca tachada.

Insisto: hace casi un mes muchos de quienes hoy se autoproclaman defensores de la democracia y la libertad aniquilaron la pluralidad del Parlament. Silenciaron a la mitad de la población y lo consideraron lícito porque, según esa autodenominada revolución de las sonrisas, absolutamente todos cuantos discrepamos del pensamiento único somos fachas, desde los ultras que aúllan con sus trapos estampados de aguiluchos hasta los apátridas, los críticos y los escépticos. A ver si al final esas sonrisas van a ser solo una mueca como la del Joker.

el Roto - el bien y el mal.JPGEntre tanto, vamos de cabeza a la famosa DUI –y a las futuras truculencias que se deriven de ella-. Les urge a los demócratas sectarios que dan por válido el referéndum del domingo y que hoy aprovecharán el paro convocado en defensa de los derechos civiles para reclamar la separación exprés -jamás sin su estelada-. Ante la falta de entusiasmo de la convocatoria por parte de los sindicatos mayoritarios, la Generalitat ha dado el día libre a sus funcionarios para que se sumen a ella -eso sí, pagando los contribuyentes de nuestros bolsillos-. Del otro lado, liderando a los demócratas mamporreros que consideran proporcionado abrirle la cabeza a ancianas y, como indicó acertadamente Josep Cuní, continúan anclados en la era analógica, el plasmático, preso de su inmovilismo obtuso y atroz, permanece enquistado en la negación de la realidad. En cuanto al preparado, ni está ni se le espera -¿os lo imagináis abdicando y animando a iniciar un proceso constituyente? Yo tampoco-. Y cuantos nos hemos visto inmersos en este conflicto preguerracivilista sin buscarlo ni quererlo, nos preguntamos si existe alguien capaz de aportar algo de cordura. De reconducir este sinsentido. De protegernos de tanta permanente indefensión.