Asturias

CudilleroLlegadaRinlo está demasiado cerca de Asturias como para resistir la tentación de acercarse a curiosear esas tierras que todavía no habíamos explorado. Empezamos por Cudillero. En agosto conviene visitar este puerto pesquero a primera hora de la mañana a fin de encaramarse sin prisas por sus empinadas callejuelas, que trepan sin orden ni concierto, apelotonadas en alegre y ecléctico caos de arquitectura popular: aquí un embaldosado de inspiración nazarí, a su lado muros de piedra y carpintería rústica, allá una colorida y desconchada vivienda en venta y más arriba una pensión solo apta para inquilinos atléticos.

CudilleroMiradorLas veredas de cemento que discurren por el abigarrado entramado se distinguen por sus barandillas azules. Dos de estas serpenteantes pasarelas culminan en el mirador de la Garita-Atalaya -uno de los ocho que se elevan por las alturas de la pintoresca localidad-, junto a la torre de comunicaciones y el camposanto, donde, por cierto, una valla que anuncia el presupuesto de un proyecto ¡en pesetas! certifica que hay lugares donde el tiempo se detiene.

CudilleroAguaDe Cudillero nos sorprenden la transparencia cristalina de sus aguas, la hilera de banderas de todas las comunidades autónomas que ondean en el puerto -bienvenido seas, turista, sin importar de donde procedas-, y el contraste entre el flamante Audi de la policía local y la decrepitud de las infraestructuras urbanas, desde barandillas carcomidas por el óxido, hasta precarias construcciones en ruinas, a punto de precipitarse sobre la aldea. Cosas tenedes, Cid, que faran fablar las piedras. Literalmente.

AvilésEdificiosCuando Cudillero se pone imposible por la afluencia de visitantes, escapamos a la carrera hacia Avilés, tan cerca y, a un tiempo, tan lejos de allí. Injustamente erradicada de las rutas turísticas, su arrebatador centro histórico, recuperado tras ese pasado siderúrgico que lo sumió en el olvido, combina palacetes indianos con elegantes edificios de acristaladas balconadas.

AvilésGaliana2La calle Galiana, edificada en el siglo XVII durante la expansión barroca, preserva los soportales que antaño guarecían a los artesanos de las inclemencias atmosféricas y hoy cobijan a los parroquianos que se acomodan en las terrazas de bares y cafeterías. Su inusual pavimento todavía presenta el doble tipo de suelo original: cantos rodados para el ganado y las personas calzadas con madreñas, los populares zuecos asturianos, y losas de piedra para el resto de peatones.

AvilésGalianaPasear por Avilés obliga a detenerse a cada paso para admirar los primorosos azulejos de un zaguán, una filigrana de hierro forjado o la trabajada carpintería de unos ventanales. En cada esquina hay coquetos negocios que denotan las ganas de reinventarse y el gusto local por los pequeños placeres que nos alegran la vida.

De regreso a Rinlo, nos detenemos en Luarca. Mariola y yo necesitamos ir al baño y entramos en la trasnochada cafetería del Círculo Liceo, llamado popularmente “El Casino”. Suspendida en el tiempo desde 1912, incluso el camarero tiene aspecto de excantante de una banda de rock, con sus anchas espaldas y su melena gris de corte ochentero a lo Rod Stewart. Preside el baño de las damas el recurrente retrato de Audrey Hepburn caracterizada de Holly en “Desayuno con diamantes”, solo que en ese entorno cualquiera diría que permanece allí desde que estrenaron la película. Tan absorta estoy observando el decrépito lugar, que no apercibo el escalón de los excusados y me estrello en colosal trompazo contra el suelo. La costalada me deja tan dolorida que, tras estirar brevemente las piernas por la localidad, lo justo para intentar comprender porqué los balcones están infestados de banderas rojigualdas y la política urbanística es tan desconcertante, nos vamos. Y lo cierto es que sentimos un gran alivio cuando partimos: desestimamos Luarca no ya como lugar de vacaciones, sino como población visitable.TapiaCasariegoPuerto

Por suerte, siempre nos quedará Tapia de Casariego, la primera población asturiana con la que te topas en el litoral al salir de la lucense Ribadeo -con permiso de las fronterizas Castropol y Figueras-. Apacible y reconfortante como un abrazo soleado, se encarama sobre los riscos cantábricos proporcionando múltiples miradores y se desliza en suave pendiente hasta la ensenada natural de su puerto, que se utilizaba para fondear desde de la colonización romana. No obstante, el puerto que hoy admiramos fue financiado en el siglo XIX por Fernando Fernández-Casariego, Marqués de Casariego y Vizconde de Tapia -vamos, el amo y señor del lugar, que, por cierto, conserva un perturbador nomenclátor callejero franquista-.

TapiaCasariegoButacasUna antigua cetárea se está rehabilitando como piscina entre el puerto y la magnífica playa urbana de Anguileiro, la predilecta de los surfistas. Y es que, además de sus hermosos acantilados, en el municipio de Tapia de Casariego se extienden plácidas playas de fina y compacta arena, tan cómoda para los bañistas, que la voluble y caprichosa marea mengua o acrecienta a su antojo. La playa de la Paloma, la que escogemos nosotros, es un rincón frecuentado por familias con niños pequeños y algún abuelito. Se llega a ella por un camino de tierra que atraviesa un maizal y con la marea alta el espacio para depositar las pertenencias es mínimo, aunque suficiente, sobre todo para quienes no tenemos intención de extender toalla alguna y solo buscamos refrescarnos en el mar. Brincando con cada ola, y empapándonos muertos de la risa cuando alguna oleada viene más brava, rememoramos nuestra infancia feliz y disfrutamos como críos. En verdad están siendo unas estupendas vacaciones.

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