Abiertos desde el amanecer

A las seis y media de la mañana, el Port Olímpic de Barcelona recuerda vagamente a Londres, París y Bangladesh: una insólita niebla engulle lateros, taxis y rickshaw mientras las discotecas, que acaban de cerrar, escupen turbas de jóvenes francófonos de piel atezada e indumentaria bling-bling. Hemos acudido a recoger a Ángela, que este verano trabaja en el servicio de guardarropía de una de ellas. Como se demora un poco, nos entretenemos en observar la estrafalaria muchedumbre.

Una doble de Kim Kardasian entrada en carnes, enfundada en unos ceñidísimos -¿gangrenantes?- vaqueros y un top que no logra domeñar su desbordada delantera, taconea jubilosa junto a sus amigas. Encantada de conocerse, su oronda y arrebatadora voluptuosidad causa sensación entre los sujetos que deambulan por la zona. Un fulano de aspecto caribeño se le acerca demasiado y enseguida una de las amigas se interpone entre ellos, aunque no haga puñetera falta: la diosa de la lorza lo espanta como quien ahuyenta a un insecto. Muy fan.

Nuestra hija mayor sale, por fin, y se cuela en nuestro coche con la agilidad y el porte de una anguila. Está tan agotada que soslaya la oferta de desayunar con nosotros, de modo que la depositamos en casa y nos dirigimos al bar Velódromo, cuya cocina permanece abierta desde las seis de la madrugada –sí, también los domingos-.

Apostados frente a la entrada del emblemático establecimiento –inició su actividad el mismo año que Alejandro Lerroux se estrenó como presidente del gobierno de la Segunda República-, a dos individuos de nuestra quinta se les desparraman las ojeras hasta el suelo. Mientras devoramos sendos bocadillos –el mío, glorioso, de mortadela y mozzarella trufada-, aparecen dos mossos d’esquadra, al parecer a petición de los dos puretas que han echado raíces en la puerta. Según el camarero de la barra y el segurata, ambos tipos han intentado acceder al local ebrios y con actitud chulesca, por eso les han vetado el paso, y añaden que no les han facilitado la hoja de reclamaciones porque no han llegado a poner los pies dentro. El mosso les aconseja que igualmente se la entreguen porque están en su derecho. Entre tanto me fijo en el cartel de Reservado el derecho de admisión y me invade la perplejidad. Lo que hay que aguantar.

Este año el calor ha llegado tarde y rabioso, quizás con ánimo de recuperar el tiempo perdido: aunque todavía es muy temprano, de camino a la playa de Gavá el sol disuelve la neblina matinal de un tórrido zarpazo. Poco después de las ocho, orillamos el mar cogidos de la mano, como jubiletas precoces –a esa hora solo plantan sus sombrillas sobre la arena bañistas que peinan canas-. Las olas nos salpican con efusivos saludos –se nota que se alegran de vernos- y refrescan nuestro plácido paseo. Qué suerte tener tan a mano el Mediterráneo.

A las diez de la mañana ya estamos resayunando en casa, tonificados por la caminata junto al mar y dispuestos a afrontar un nuevo domingo laborable. Porque, como el matojo que asoma por la ventana de nuestra cocina en botánica paradoja –¿por qué este asilvestrado brote prospera y no los que yo planto en el balcón?-, los autónomos somos irreductibles.

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El nuevo hogar de mamá

Hoy hace dos meses que mamá vive a cinco minutos de casa. Su nuevo hogar está más cerca que cualquier panadería del barrio o que la cafetería en la que a veces desayunamos. Reside en Residencial Putxet, un centro geriátrico especializado en demencias.

Cuando mi hermana y yo lo visitamos por primera vez, fue un auténtico flechazo. Accedimos en coche por la rampa de acceso para automóviles –mi hermana vive fuera de Barcelona- y la primera impresión nos cautivó: el vasto jardín, jalonado por una hilera de pinos formidables, se extiende a los pies de un recoveco de la colina del Putxet, de manera que las instalaciones quedan perfectamente parapetadas del bullicio y los ruidos de la ciudad. Es una burbuja ajena al trajín de Barcelona.

Milagros, la directora, hace honor a su nombre -lo mismo que Amparo, quien tanto nos ayudó a cuidar de mamá en la fase más complicada de su Alzhéimer-. Mientras conversa con nosotras, observa a un abuelo que trastea con una de las sombrillas del jardín. Nos deja con la palabra en la boca y acude rauda hacia él para evitar que el artefacto le caiga encima. Luego nos acompaña en improvisado paseo para enseñarnos los espacios comunes, amplísimos y bañados por la luz natural que se cuela por el acristalado perímetro, y las habitaciones, todas ellas alegres, luminosas, con volátiles visillos y colchas de vivos colores.

– ¿Dónde dormiría mamá?

– Todavía no os lo puedo decir. Primero la tendríamos en observación algunos días en un cuartito junto al personal de guardia para analizar su adaptación y conocer sus hábitos, y luego ya compartiría dormitorio con quien pudiera congeniar mejor.

En cuanto salimos de allí, tanto mi hermana como yo sabemos, aliviadas, que la prospección ha cesado. Durante meses hemos recorrido la zona alta de Barcelona en busca de la residencia ideal para nuestra madre, pero hasta ese momento ninguna se había ajustado a los requisitos y las expectativas de ambas. Felicidad máxima.

El día acordado para su ingreso hay nervios, muchos nervios: no podemos acercarnos a visitar a mamá hasta que Milagros nos confirme que confía en el equipo de profesionales que trabajan con ella desde hace 20 años. Se me encoge el corazón cuando cavilo sobre su primera noche allí e imagino ese terrible momento en el que pensará que la hemos abandonado, aunque me reconforta la tranquilidad de que tanto mi hermana como yo coincidimos en que está en el mejor lugar posible. Sin embargo, en realidad todo es más fácil de lo que nos figurábamos: “Se ha hecho muy tarde, Roser, ¿te quieres quedar a dormir?”. Y sí, en cuanto cae el sol, mamá solo desea sentirse segura y protegida.

Cuatro días después de encomendarle mamá a Milagros, me escapo a visitarla. La encuentro radiante y feliz y me admira la velocidad a la que se ha adaptado. Claro que, bien pensado, cuesta muy poco acostumbrarse a lo bueno.

Cuando voy a verla, que es tan a menudo como puedo, paseamos juntas por el apacible jardín y nos entretenemos en oler las flores del exuberante jazmín, observar una charca donde moran cuatro tortugas, adivinar los movimientos de las urracas entre las copas centenarias o contemplar a un gato de vacuno pelaje que se cobija en los recodos más confortables. Muchas veces me la encuentro ya recorriendo el sendero que orilla el césped, mamá siempre ha sido muy andarina. A veces se nos suman Mercè, una enjuta madurescente con un grado de demencia un poco más avanzado –ya no sabe descifrar la hora ni responder a lo que le preguntas-, la elegante Maria, que camina a pasitos cortos, como si sus tobillos estuvieran trabados por un hilo invisible, o Montse, que lo observa todo desde sus ojazos con pestañas de femme fatal ampurdanesa. Esas visitas le hacen tanto bien a mamá como a mí: durante un vivificante paréntesis, el baño de realidad me hace concentrarme en lo que verdaderamente importa y desconectarme de lo demás. Sobre todo de mí misma.

Mientras caminamos o nos sentamos al sol, mamá se inventa que desde que está allí han crecido mucho las copas de los árboles, o que desde una esquina se puede avistar mi casa, pero también me cuenta que la cuidan muy bien, que todo el personal es muy cariñoso y que, incluso por la noche, los enfermeros de guardia se asoman de tanto en tanto por la puerta de su habitación para comprobar que está bien y arroparla si se ha desabrigado. Y es que desde hace varias semanas mamá ya tiene su propio dormitorio con vistas al parque del Putxet. Lo comparte con Concha, una entrañable abuelita de prístina mirada y dulce gesto que también se sienta con ella en el comedor.

Después de largos meses de angustia, de desazón, de incertidumbre, de irnos adaptando a la involución de su enfermedad y de que las personas que más quiero padecieran un pequeño infierno en mi insufrible compañía, se hizo la luz al final del túnel. Mi hija Ángela lo resumió requetebién en una sola frase: “Hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz, mamá, has estado viviendo en una nube negra”. Cuánta razón. Saber que mamá está en tan buenas manos las 24 horas del día no tiene precio.

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Es solo un día más

La Navidad es esa convención social en la que nuestra obligación moral es mostrarnos eufóricos y fantasear con que la armonía y el júbilo reinan en nuestros hogares. Admito que a mí es una fecha que cada vez me causa más y más profunda tristeza: estos días de diciembre perdieron su diáfano regocijo infantil cuando falleció mi padre. Desde entonces los observo como una habilidosa tramoyista -todo por mis cachorros-.

Hoy me he acercado a casa de mi madre para desayunar juntas. La logística prevista para estas fiestas se ha desmoronado como diente de león ante ráfaga de viento y hoy comerá sola. Ella lo vive infinitamente mejor que yo porque está instalada en la enajenación de su incipiente Alzheimer, pero yo no puedo evitar un sentimiento de dolorosa culpa -esa educación judeocrustiana que tanto nos marca-. De negligencia en una fecha tan señalada. De abandono de mi deber.

I hate xmas.jpgNo obstante, lo cierto es que hoy es un día como otro cualquiera. Como ayer. Como mañana. Incluso como el 29 de febrero, que aparece y desaparece mágicamente por las inextricables cuadraturas del calendario gregoriano. Me basta con mirar a mi alrededor para constatarlo. Subo al autobús y me saluda una conductora de facciones y acento eslavos, no parece demasiado afectada por trabajar el día de Navidad. Una señora mayor se agarra del brazo de su marido para subir en la parada del hospital Vall d’Hebron, anda tan maltrecha por su enfermedad que calza zapatillas de estar por casa y da cortos pasitos de geisha. En algún momento fue joven y bonita, se le adivina en el coqueto cabello pelirrojo, en la impoluta manicura, en el abrigo desgastado pero requetelimpio. Luego sube un jubilado que nos saluda con un enérgico ¡Feliz Navidad! que llega hasta Badalona. Qué suerte tiene de creerse el cuento. Tal vez es el único pasajero que tiene fe en ese Hombre del Espacio del que se mofa Revista Mongolia.

A mamá le encanta el bocadillo de jamón y el café con leche que le llevo. Pensaba encontrármela dormida, pero me está esperando, ya duchada y medio vestida. A menudo no recuerda lo que le acabas de decir pero, de pronto, hay información que se le agarra en la precaria memoria con una tenacidad abracadabrante, como que su hija vendrá a desayunar con ella el día de Navidad. Cuando me despido de ella, me sonríe desde el corazón, atravesando capas de desmemoria. Sin reproches. Sin una sombra de duda. Pletórica de amor maternal. Y yo la observo para retener esa imagen y se me queda el alma en modo faquir, así que me acomodo a mis agujas de mala conciencia. Y me consuelo pensando que hoy, en realidad, no es Navidad, sino solo tan solo un día más.

Barcelona en familia

Mis hijas están encantadas con esta semana al revés: dos días de clase y cinco de fiesta. Yo no tanto, me parecen inverosímiles los festivos incontrolados en un diciembre saturado de ocio navideño. Después el primer trimestre del año se hace eterno, ya se podrían repartir mejor los días de asueto en el calendario. En fin.

De todos modos he aprovechado para alternar el trabajo con el placer y he disfrutado de mi familia en Barcelona. ¿O quizás debería decir en la montaña de Montjuïc?

El miércoles presencié con mi hija Mariola Maria Estuard en el Teatre Lliure: por mi cumpleaños me regalaron el abono de temporada y estoy exprimiéndolo al máximo. Sergi Belbel condensa la obra de Friedrich Von Schiller en dos horas que transcurren en un suspiro gracias a la conmovedora interpretación de Sílvia Bel y el resto del reparto. Destacaría también la sencilla pero brillante y efectista escenografía de Max Glaenzel, que convierte el escenario en un protagonista más.

El jueves regresé a Montjuïc, pero un poco más arriba y acompañada de mi hija mayor, para disfrutar de otro obsequio de aniversario: un par de entradas para el concierto de Depeche Mode.

Pululaba mucho madurescente por el Palau Sant Jordi, suerte que Ángela rebajaba el promedio de edad, aunque nos topamos con algún otro binomio de madre-retoño con ganas de ver a unos de mis dinosaurios preferidos –los otros son The Cure-. Antes de empezar a tocar –reconozco que nos saltamos los teloneros, qué malérrimas-, apareció en la macropantalla un publirreportaje de la asociación de la banda con los ultracarisísimos relojes Hublot para una campaña de captación de fondos: “agua para acabar con la crisis del agua”. La banda sonora del vídeo era “Where’s the revolution”, uno de sus nuevos temas, que también cantaron luego durante su actuación. Me parece como poco curioso que se atrevan a entonar esa proclama en un concierto a chorrocientos euros la entrada. Mi pensamiento crítico y yo.

Un fibrado Dave Gahan –y avejentado, se le transparentan los excesos pasados- salió dispuesto a darlo todo, cual demonio de Tasmania. Los ojos embadurnados de negro, las axilas depiladas, un Jennifer Forever tatuado en el brazo y el sempiterno chaleco adherido a su torso cual segunda piel. Brincó, se contoneó, se agarró la entrepierna y transpiró como un géiser, encantado de haberse conocido: es un animal escénico y se crece ante los focos. Como tierno contrapunto, Martin Gore, todo él manicura gótica y lánguida mirada, se mantuvo discreto, retraído, casi hierático. Excepto cuando agarraba el micro y su voz de satén colmaba el recinto.

Depeche071217Cuando no reflejaba el directo, la pantalla plasmaba gráficamente cada melodía con el apoyo de trazos pictóricos, ilustraciones o hipnóticos videoclips de factura coreográfica, tal era la precisión con que evolucionaban al ritmo de la música. Las dos horas de concierto finalizaron con la esperadísima “Personal Jesus”. Fue breve pero intenso. Además de que no hubiera podido soportar ni un minuto más el apestoso hedor sobaquil de mi vecina de asiento. Tendré que añadir a mi neceser de básicos un frasco de Brise frescor marino.

MarylinWarholPor tercer día consecutivo, ayer me acerqué de nuevo a Montjuïc, esta vez con mi familia al completo: habíamos reservado cuatro entradas a través de la web de CaixaForum para la visita comentada de la exposición “Warhol – El arte mecánico”. Mariola ya había ido con su clase de primero de bachillerato y le entusiasmó tanto que insistió en que fuéramos todos. Qué fascinante inmersión en la revolución que promovió ese avispado diseñador gráfico, que elevó la banalidad de la sociedad de consumo a la categoría de arte. Si estáis en Barcelona podéis verla hasta el 31 de diciembre, aunque, por desgracia, las entradas para las visitas comentadas están prácticamente agotadas.

Al salir, los dos adultos de la casa hicimos un amago de curiosear “500 años de reforma protestante”, sin embargo la mirada asesina de nuestras hijas nos hizo desistir enseguida y, en lugar de eso, nos fuimos de merendola. Ya regresaremos sin ellas, todavía tenemos mucho invierno por delante para continuar saboreando nuestra ciudad.

Liberación

Durante todo 4º de ESO, una de las compañeras más aplicadas de Ángela compartió los apuntes de Sociales con todos los alumnos de la clase –la asignatura hueso del colegio-. Esa generosidad pasa de admirable a exótica cuando la comparo con el talante de los lumbreras de la clase de Mariola, quienes, además de picarse por media décima de punto, miran de soslayo a quienes consideran alumnos inferiores y los tratan con arrogancia y desdén, como si fueran insectos. Son el mejor ejemplo de que la excelencia académica tiene poco -¿nada?- que ver con llegar a ser buena persona. O persona a secas.

En Primaria a Mariola la apodaban vaca con gafas y hermanastra de Cenicienta. A una de sus amigas, león marino. Y a los niños y niñas que no eran populares los obviaban en los vídeos de final de curso –sí, algún profesor también ha fomentado el ninguneo, en connivencia con sus perversos pupilos Dorian Gray-. Hasta hace no tanto, a un adolescente con fibrosis quística le llamaban Desnutr –de desnutrido- y manifestaban públicamente que les daba asco. Ese es el horrigrupo con el que Mariola ha convivido desde P3: nuncajamásdelosjamases quiso cambiar de colegio, aunque se lo propusimos reiteradamente.

abrazoreparadorEstos trece años mi hija se ha mantenido a salvo -arropada y querida- gracias a su burbuja de amigas. Les pusieron el mote de Heidis a finales de Primaria de manera despectiva -“sois tan infantiles”-. Sin embargo ellas, exhibiendo una actitud muy queer, le dieron la vuelta y lo adoptaron con alegría de jilguero, paladeándolo como si fuera una piruleta: son cachorrillos amorosos, felices con la edad que tienen y alérgicas al postureo. Se buscan, se lamen las heridas, se enfadan, se achuchan, se quejan, se vienen arriba, se pellizcan y se dibujan corazones. En cuanto te ven, se iluminan con una sonrisa, trotan a darte un abrazo de koala y te estampan un par de besos, chuic, chuic, ruidosos como Peta Zetas.

Sus madres somos Las mamiheidis, todavía ahora. A base de confidencias, complicidades y risas, hemos urdido unos tupidos mimbres de protección que nos han salvaguardado de hostiles interferencias externas. Convocamos cócteles de urgencia si alguna de nosotras necesita desahogarse, y compartimos inquietudes y retazos de información para parchear la foto de cómo están nuestras adolescentes hijas. A estas alturas solo ansiamos salir corriendo del colegio, sin mirar atrás.

Queríamos celebrar el anhelado fin de etapa en privado: nos daba tremenda pereza –sobre todo a mí- cualquier despedida con las familias de quienes han maltratado durante años a nuestras polluelas -vale, ahora ya no, pero too late, honey-. Debatíamos sobre si paella, tapeo o incursión a merendero cuando Sigrid propuso un planazo insuperable: una barbacoa en su casa de Foixà.

Pedro y Sigrid no solo nos abrieron las puertas de su refugio del Baix Empordà, sino que además nos agasajaron con tomates autóctonos, cebolla, patatas y lechugas del huerto, pan de la tahona de Foixà y una carne de ternera euskalduna que nos chifló a todos, incluso a mí que soy poco o nada carnívora: tierna, jugosa, liviana, exquisitamente sabrosa aun sin condimentos. Cada familia aportó cosillas para completar el almuerzo. Nosotros nos ofrecimos a ir a por los imprescindibles bisbalencs a la pastelería Sans de La Bisbal: encargamos dos de hojaldre con cabello de ángel y un par más de bizcocho con mazapán. Las simpáticas reposteras nos aseguraron que aguantaban hasta una semana fuera de la nevera, aunque la veracidad de la afirmación quedó pendiente de confirmar porque volaron.

La brisa nos arrulló durante una larga y placentera sobremesa regada con café y licores. Conversamos sobre cuán anacrónico nos parece el currículo educativo vigente y cuán absurdo resulta hacer exámenes de manera compulsiva o memorizar información como quien se aprende un listín de teléfonos. De fondo nos acompañaban los graznidos de las ocas del vecino y las risas y aguadillas de nuestros cascabeles, que chapoteaban en la piscina ajenos al calor de la tarde.

Cuando empezó a caer el sol, Mariola se quedó en Foixà a pasar la noche con sus amigas y nosotros dos nos desplazamos a la cercana Corçà: habíamos reservado habitación en Cal Nou, una casa rural que descubrimos a través de Booking.

Corçà se recorre en apenas diez minutos, es una aldehuela apacible y mínima. Su arquitectura popular es elegante y abundan las casonas restauradas. Incluso hay quien ha esculpido su nombre y un flamante dos mil y pico en un pegote de cemento en mitad de la recuperada fachada -la arrogancia es tan inquietante como atrevida, suerte que no borraron la fecha de construcción del dintel de la puerta-. El entramado urbano está salpicado de banderas estelades, la mayor de ellas pende del ayuntamiento. En la misma plazoleta donde se alza la casa consistorial, justo en el edificio de enfrente, una vecina cañí regaba las plantas de su balcón mientras escuchaba un quejío flamenco que desgarraba el silencio de la incipiente noche. Un poco más allá, una melodía árabe señalaba el final de la jornada y del ayuno inherente al ramadán. Qué instructiva caminata.

Todavía nos sentíamos ahítos por la copiosa comida, sin embargo decidimos picar algo antes de retirarnos a nuestros aposentos. Compartimos tres tapas en el restaurante Raku –un rico carpacho de atún con tomate, una raruna ensalada con virutas de calamar y un bacalao mal desalado- y nos colamos por la estrecha puerta-rendija de nuestra habitación, a la que se accede directamente desde la calle: está habilitada en lo que había sido la antigua bodega de la casa, entre el subsuelo y la superficie, y goza de una agradable climatización natural. Gracias a los recios muros, desde la cama solo escuchamos las campanas de la iglesia, que marcan sin tregua los cuartos y las horas: al parecer las ordenanzas municipales de Corçà no contemplan el control de la contaminación acústica. O quizás consideran los tañidos como pintoresco patrimonio a preservar.

Cal Nou es un hotel rural de cuatro habitaciones regentado por una pareja encantadora, Sònia y Alfonso, quienes cuidan de cada detalle para que la estancia sea lo más acogedora posible: todo es sencillo y cuco a la vez. Las toallas huelen a flores y abundan las velitas en el dormitorio y las zonas comunes. El desayuno es también una delicia: zumo de naranja natural, minipanecillos recién horneados, una bandejita de pizarra con fuet, jamón york y serrano y queso, un escueto bufé con dados de piña natural, frambuesas, moras, magdalenas, galletas… Todo en su justa medida, ni mucho ni poco. Cuando pregunto si puedo tomar una infusión en lugar de un café, me sorprenden con un té rojo al cardamomo de Tegust, una empresa local que forma parte de la Xarxa Parc de les Olors, la red catalana de pequeños productores de plantas aromáticas y medicinales. Es fragante, delicado y redondo. No podría gustarme más.

A las diez de la mañana estamos de nuevo en Foixà. Nuestro automóvil se transforma en microbús y regresamos a Barcelona con Mariola y cuatro de sus amigas. Se les transparenta el sueño, las picadas de mosquito y el solete, y se despiden entre grandes abrazos, como si no fueran a verse mañana mismo. Nuestras crisálidas están nerviosas, desean apurar al máximo la semana larga que tienen por delante. Falta muy poco para el 21 de junio, el día en que abandonarán el nido-escuela y echarán a volar.

Olivia

Nunca me cansaré de repetirlo: los amigos son la familia que tú escoges. A Laura la elegí especialmente bien porque, además de regalarme su reconfortante amistad, me ha obsequiado con Olivia, una niña arrebatadora que vino al mundo para colmarnos de felicidad.

Olivia.jpgOlivia es pizpireta, cariñosa, divertida, requetelista y danzarina: a la edad en que otros bebés se agarran al andador, cimbraba sus caderas mejor que Shakira. Me recuerda a mi hija Mariola en el modo orgánico con que se relaciona con el entorno: adora probarlo todo, se descalza para corretear más ligera y disfruta pringándose con golosinas, helado o arena de la playa, que por algo es un espíritu libre. No tiene padre ni padrino, ni falta que le hacen. Su madre y su madrina, que soy yo, valemos por dos. O por mil, según se tercie. Y no digamos sus abuelos. Olivia crece desbordada de amor. Aunque haya quien opine -qué fea costumbre eso de juzgar al prójimo- que una familia monomarental es un anatema y que una criatura no se desarrolla bien sin dos progenitores –de distinto sexo, se entiende, que otra cosa también es reprobable-. Deberían charlar un rato con alguna de mis amigas divorciadas. Claro que, como puntualiza un grupo de Facebook, hay gente que el día de reparto de cerebros no estaba.

Hace unos días Olivia me invitó al apartamento que tienen sus abuelos en Pals, y allí hemos ido los cuatro miembros de mi familia este fin de semana, en plan invasión. En cuanto llegamos el viernes por la noche, trotó a mi encuentro como un cachorrillo loco, la alcé en volandas y apretó sus bracitos requetefuerte alrededor de mi cuello. Los médicos deberían prescribir los abrazos de Olivia, son infalibles para aliviar el cansancio, el estrés y la ansiedad.

Ayer Laura nos animó a pasear por el agradable camino de ronda que une Calella con Llafranc. Estacionamos el coche en Calella de Palafrugell y tomamos la vereda desde la Platja del Canadell, un pintoresco rincón costero que ha preservado su delicioso aspecto de puerto de pescadores. Los burgueses acomodados de Barcelona empezaron a acudir a Calella a finales del siglo XIX, siguiendo la moda de los baños de mar. Ahora bien, el verdadero auge turístico llegó en los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando los lugareños abandonaron la pesca y el cuidado de sus huertos y se centraron en aprovechar el tirón de los forasteros, que les reportaban copiosas ganancias. Por suerte la fiebre urbanizadora no destrozó la encantadora población, que se ha mantenido prácticamente intacta hasta hoy.

El camino de ronda discurre orillando el Mediterráneo y regalando unas vistas extraordinarias sobre el litoral. Abundan aficionados a la pintura que se plantan con su caballete frente a algún risco o sobre alguna cala, intentando reflejar, a través de pinceladas cortas y coloridas, los destellos del agua o los zarpazos del mar contra los acantilados. Al llegar a Llafranc el cautivador sendero culmina en una escalinata que casi se precipita sobre el puerto, que ayer lucía patas arriba y en obras, lo que no nos impidió disfrutar de nuestro aperitivo frente al mar. Así hemos pasado el fin de semana, todo el día en un pienso, como decía mi abuela la maña.

Después de almorzar en casa nos acercamos a Mas Sorrer, donde el sol teñía la tarde de polvo de oro. Como son tan hippys y llegamos poco antes de las seis, ni nos atendieron ni pudimos tomar nada, no obstante estuvimos bastante entretenidos observando las evoluciones de los jovenzuelos que trabajan en ese coqueto bar-jardín. Mientras haraganeábamos en un par de sofás rodeados de flores y arbolillos, ellos carreteaban cajas, trasladaban botellas y vasos e iban acondicionando la caravana vintage que hace las veces de gastroneta. Al cabo del rato decidimos cambiar de vistas y llegarnos a la playa de Pals, donde Olivia buscó piedras planas para sus manualidades, rodó duna abajo en plan croqueta, pateó los castillos abandonados por otros niños y se sepultó bajo su manta de arena. Todavía tuvimos tiempo de ir a por algunas piñas a un bosquecillo cercano al apartamento de los padres de Laura: me encanta vestir con ellas las macetas de mi balcón.

Por la noche llegó uno de los momentos más deseados del fin de semana: la ya mítica tortilla de patatas de Laura, tierna, densa y melosa. Es un plato legendario que en casa esperamos con ansia en cuanto se presenta la ocasión de paladearlo. Los ingredientes están tan bien ligados –imprescindible la cebolla- que se funden en la boca como el más suculento de los besos. Ángela y yo tragoneamos las últimas porciones y rebañamos nuestros platos hasta sacarle brillo. La cocina popular es insuperable.

La velada fue redonda porque coincidió con el Festival de Eurovisión, un certamen con reminiscencias familiares: de pequeña me instalaba frente al televisor para no perderme ni un detalle –Royaume-Uni, dix points, United Kingdom, ten points-, memorizaba las tonadillas y luego me inventaba las letras de las canciones para improvisar coreografías con mi hermana y mis primas. No había vuelto a verlo desde hacía siglos y me han sorprendido dos notables novedades. Una, muy gratamente: se ha convertido en un evento gay. La otra, de manera decepcionante: el inglés se ha adueñado de las letras, lo que me parece un innecesario empobrecimiento de la diversidad lingüística de Europa. Suerte que al final ganó un lisboeta cantando en portugués.

Reconozco que nos divertimos muchísimo opinando sobre las melodías, la escenografía y el vestuario. Despellejando y ovacionando, riéndonos de algunos gorgoritos y conjeturando el significado de algunas interpretaciones –sugiero subtitular las canciones como en las películas musicales-. Por cierto, Mariola fue la única que detectó el gallo de Manel Navarro, nos parecía tan infumable que ni lo notamos.

Poco a poco fuimos tomando posiciones y verbalizando quiénes eran nuestros favoritos. Como me perdí la actuación de Salvador Sobral porque me pilló marujeando en la cocina, me decanté por Kristian Kostov, el representante de Bulgaria, que me provocó tanta ternura con “Beautiful Mess” que incluso envié un sms para votar por él –sí, a veces soy muy friki-. Y sin embargo hoy me he pasado el día tarareando el estribillo de “City Lights”, la canción candidata de Bélgica, que al final será mi particular banda sonora de este magnífico fin de semana en Pals. Con ella os dejo.

https://www.youtube.com/watch?v=xbomdE81_mA

Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya!

gritoLevantarte por la mañana y ver que tus adolescentes hijas ponen la casa patas arriba para engalanarse para el carnaval, que en sus respectivas clases se celebra cada día de esta semana. Escaparte a tomar un té matutino con una amiga y, al regresar, toparte con pelotas de papel higiénico y tiras de salvaslips por los rincones, revoltijos de ropa diseminados aquí y allá –alegre fusión de prendas sucias y limpias, que bien tenían que hacer pruebas antes de decidir- y sus camas –de nuevo- sin hacer. Pasarte la jornada sorteando bragas, camisetas y sujes, porque te niegas a hacer su trabajo mientras intentas hacer el tuyo delante del ordenador. Tener que ausentarte por la tarde, a la vuelta detenerte en el súper y recibir una llamada mientras intentas, a la vez, pagar y embolsar la compra de supervivencia. Ver que quien te telefonea es una de tus hijas y decidir que ya le preguntarás qué quería en cuanto llegues. Escuchar “quería saber cuándo llegabas” mientras hueles la cera caliente, esperándote. Escabullirte con ladridos de bulldog a guardar las compras. Comprobar que -y ya van cien veces- tu otra hija ha dejado un envase vacío dentro de la caja de galletas, que ha vuelto a malcolocar –y ya van cien más-. Además de dejar su taza de la merienda sin recoger y con un asqueroso resto de leche con cereales que ya prácticamente se ha solidificado. Acudir a su dormitorio hecha un basilisco para recriminárselo –ella leyendo sin inmutarse en su catre, no ha cambiado la funda del nórdico desde hace meses- y estar a punto de caer desmayada por el fétido olor a cadáver de escualo de esa madriguera. Dominar las ganas de fumigar la habitación. O de quemarlo todo. Regresar a la cocina para preparar y congelar los bocadillos con que desayunan tus dos jóvenes parásitos y maldecir haber comprado un pan de miga alveolada y aromática, la próxima vez les compras una cutrebaguette. Arrojar dentro de él el fiambre, a pelo y sin los aderezos que les gustan –sin tomate, sin aceitunas, sin mostaza, sin guindillas-, y tomar nota mental de que, a partir de hoy, los emparedados se los harán ellas. Y sentarte en tu escritorio y empezar a aporrear el teclado para no ponerte a gritar.

A veces me divorciaría de mi familia. Hoy, sin ir más lejos.