El nuevo hogar de mamá

Hoy hace dos meses que mamá vive a cinco minutos de casa. Su nuevo hogar está más cerca que cualquier panadería del barrio o que la cafetería en la que a veces desayunamos. Reside en Residencial Putxet, un centro geriátrico especializado en demencias.

Cuando mi hermana y yo lo visitamos por primera vez, fue un auténtico flechazo. Accedimos en coche por la rampa de acceso para automóviles –mi hermana vive fuera de Barcelona- y la primera impresión nos cautivó: el vasto jardín, jalonado por una hilera de pinos formidables, se extiende a los pies de un recoveco de la colina del Putxet, de manera que las instalaciones quedan perfectamente parapetadas del bullicio y los ruidos de la ciudad. Es una burbuja ajena al trajín de Barcelona.

Milagros, la directora, hace honor a su nombre -lo mismo que Amparo, quien tanto nos ayudó a cuidar de mamá en la fase más complicada de su Alzhéimer-. Mientras conversa con nosotras, observa a un abuelo que trastea con una de las sombrillas del jardín. Nos deja con la palabra en la boca y acude rauda hacia él para evitar que el artefacto le caiga encima. Luego nos acompaña en improvisado paseo para enseñarnos los espacios comunes, amplísimos y bañados por la luz natural que se cuela por el acristalado perímetro, y las habitaciones, todas ellas alegres, luminosas, con volátiles visillos y colchas de vivos colores.

– ¿Dónde dormiría mamá?

– Todavía no os lo puedo decir. Primero la tendríamos en observación algunos días en un cuartito junto al personal de guardia para analizar su adaptación y conocer sus hábitos, y luego ya compartiría dormitorio con quien pudiera congeniar mejor.

En cuanto salimos de allí, tanto mi hermana como yo sabemos, aliviadas, que la prospección ha cesado. Durante meses hemos recorrido la zona alta de Barcelona en busca de la residencia ideal para nuestra madre, pero hasta ese momento ninguna se había ajustado a los requisitos y las expectativas de ambas. Felicidad máxima.

El día acordado para su ingreso hay nervios, muchos nervios: no podemos acercarnos a visitar a mamá hasta que Milagros nos confirme que confía en el equipo de profesionales que trabajan con ella desde hace 20 años. Se me encoge el corazón cuando cavilo sobre su primera noche allí e imagino ese terrible momento en el que pensará que la hemos abandonado, aunque me reconforta la tranquilidad de que tanto mi hermana como yo coincidimos en que está en el mejor lugar posible. Sin embargo, en realidad todo es más fácil de lo que nos figurábamos: “Se ha hecho muy tarde, Roser, ¿te quieres quedar a dormir?”. Y sí, en cuanto cae el sol, mamá solo desea sentirse segura y protegida.

Cuatro días después de encomendarle mamá a Milagros, me escapo a visitarla. La encuentro radiante y feliz y me admira la velocidad a la que se ha adaptado. Claro que, bien pensado, cuesta muy poco acostumbrarse a lo bueno.

Cuando voy a verla, que es tan a menudo como puedo, paseamos juntas por el apacible jardín y nos entretenemos en oler las flores del exuberante jazmín, observar una charca donde moran cuatro tortugas, adivinar los movimientos de las urracas entre las copas centenarias o contemplar a un gato de vacuno pelaje que se cobija en los recodos más confortables. Muchas veces me la encuentro ya recorriendo el sendero que orilla el césped, mamá siempre ha sido muy andarina. A veces se nos suman Mercè, una enjuta madurescente con un grado de demencia un poco más avanzado –ya no sabe descifrar la hora ni responder a lo que le preguntas-, la elegante Maria, que camina a pasitos cortos, como si sus tobillos estuvieran trabados por un hilo invisible, o Montse, que lo observa todo desde sus ojazos con pestañas de femme fatal ampurdanesa. Esas visitas le hacen tanto bien a mamá como a mí: durante un vivificante paréntesis, el baño de realidad me hace concentrarme en lo que verdaderamente importa y desconectarme de lo demás. Sobre todo de mí misma.

Mientras caminamos o nos sentamos al sol, mamá se inventa que desde que está allí han crecido mucho las copas de los árboles, o que desde una esquina se puede avistar mi casa, pero también me cuenta que la cuidan muy bien, que todo el personal es muy cariñoso y que, incluso por la noche, los enfermeros de guardia se asoman de tanto en tanto por la puerta de su habitación para comprobar que está bien y arroparla si se ha desabrigado. Y es que desde hace varias semanas mamá ya tiene su propio dormitorio con vistas al parque del Putxet. Lo comparte con Concha, una entrañable abuelita de prístina mirada y dulce gesto que también se sienta con ella en el comedor.

Después de largos meses de angustia, de desazón, de incertidumbre, de irnos adaptando a la involución de su enfermedad y de que las personas que más quiero padecieran un pequeño infierno en mi insufrible compañía, se hizo la luz al final del túnel. Mi hija Ángela lo resumió requetebién en una sola frase: “Hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz, mamá, has estado viviendo en una nube negra”. Cuánta razón. Saber que mamá está en tan buenas manos las 24 horas del día no tiene precio.

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