Mi primer Molino

Ayer mi amiga Mónica y yo fuimos a ver DPutuCool, el espectáculo con que The Chanclettes celebran sus 20 años sobre los escenarios más canallas de Barcelona. Antes de pasar por la taquilla de El Molino a validar nuestra reserva –la habíamos formalizado a través de Atrápalo para beneficiarnos del pertinente descuento-, nos acercamos a picar algo a La Federica, en el número 3 de la calle Salvà, un bar de estética retro muy agradable con una óptima relación calidad-precio, unos baños requetelimpios y un solo pero: lo que ellos llaman mojito es un jarabe dulzón imbebible. Aunque esto es, lamentablemente, todo un clásico en mi ciudad: los únicos mojitos decentes que he tomado en Barcelona –aparte de los que preparo yo, claro- son los de la coctelería Stinger. En fin.

Es la primera vez que piso ese templo de las varietés que es El Molino. Según su página web, el emblemático local abrió sus puertas en 1898, aunque sensu stricto ese año el vetusto barracón de El_MolinoLa Pajarera –que así se llamaba entonces- solo pasó de tugurio portuario a tablao. La actual fachada, lo único que queda del edificio que se inauguró en 1910, es obra del arquitecto Manuel Raspall, discípulo de Lluís Domènech i Muntaner y Josep Puig i Cadafalch. En cuanto al famoso molino –sí, tanto el nombre como la pintoresca iconografía giratoria forman parte de una copia cañí del Moulin Rouge original-, es un añadido de 1926.

Se da la graciosa casualidad de que Bella Dorita, la legendaria vedette que da nombre a la plaza donde se ubica El Molino, residió en mi barrio. Mi amiga Pilar Cambil, que durante tantos años ejerciera de nave nodriza en Cortacans, fue madrina de su boda –tercera y última- con el empresario Narciso Alberti, a quien sobreviviría: la archiconocida estrella del Paralelo –esa versión desvencijada de Broadway- falleció pocos meses después de cumplir los 100. Una botiguera convecina que conoció bien a María Yáñez –que así se llamaba realmente Bella Dorita- cuenta que era una mujer de aúpa. Según mi oficiosa fuente, se llegaba a la floristería del barrio a por su buqué semanal con la bata de boatiné y los rulos puestos, más chula que un ocho, y ocultaba sus alhajas en un bote de crema que había reciclado en joyero de viaje. A veces confundía el envase repleto de cosmético con el de sus tesoros, menudo lío. Como su propia vida cabaretera.

Ayer, desde el balcón de la fachada de El Molino, mientras los asistentes hacíamos cola ordenadamente desafiando al gélido frío hostil, La Mega Pubilla y Brigitta Lamoure amenizaban la espera. Una vez dentro, los mismísimos Chanclettes -Josep Maria Portavella, Josep Coll y Xavier Palomino- ubicaban a los espectadores en sus asientos no numerados.

DPutuCool es una representación, si no memorable, bastante entretenida, que despliega un humor por momentos soez –en mi opinión, a la broma de los pedos le sobran minutos y el toque realista del hedor fétido- y en general facilón: los artistas conocen bien el público local y saben darle lo que espera. La mejor prueba de ello es que el grueso de los asistentes eran setentones de comarcas que acudieron por el boca-oreja y aplaudieron a rabiar una función cuya única pretensión es entretener –lo admitió el propio Portavella al presentar la gala: “esto no es el Teatre Nacional de Catalunya”-. Lo mejor fue el montaje de la banda sonora de la velada –es el eje que vertebra todos sus espectáculos-, una mezcla de fragmentos de doblajes, canciones, anuncios y programas de televisión que ellos denominan “túrmixplayback” y crea un divertido y resultón patchwork narrativo.

Xavier Palomino, la última incorporación a las veteranas Chanclettes, estuvo muy en su papel caracterizado de Merche Mar en una ácida crítica a las redes sociales, de Heidi –sí, la del sobreactuado doblaje de los dibujos animados de mi infancia- y de Ana Botella, mientras que Brigitta Lamoure amenizó las pausas con soltura y desparpajo.

No obstante, petardeo por petardeo, y con permiso del sofisticado cabaré contemporáneo –que no cosmopolita- que ofrece El Molino, prefiero las varietés de estar por casa del bar musical El Cangrejo. Con su minúsculo aforo. Con su escenario que no es un escenario. Incluso con sus aseos que no son aseos. Y, por descontado, con Rubén y Desirée, sus estrellas encantadoramente trasnochadas y entrañablemente decadentes.

En cualquier caso, en El Molino, en El Cangrejo o donde se tercie, siempre es bienvenida una noche de lentejuelas, plumas y lamé, ¿verdad, Mónica?

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Nochevieja en el Moncayo

El Parque Natural del Moncayo se extiende a lo largo y ancho de 11.144 hectáreas de la provincia de Zaragoza. Viajando por autopista desde Barcelona hacia La Rioja, una vez que ya has dejado atrás la capital de Aragón, el Moncayo se divisa a la izquierda y a lo lejos, emergiendo abruptamente entre las llanuras del valle del Ebro y la meseta castellana. El ojo escrutador se pregunta, al observarlo, qué pinta un macizo montañoso tan imponente en medio de la nada. Pero ahí está. Majestuoso. Soberbio. Incluso desafiante.

No habíamos vuelto a ir al Moncayo desde que acudimos allí para despedirnos de las cenizas de mi padre. Durante la semana larga de nuestras reparadoras vacaciones de Navidad nos instalamos en Talamantes, una pequeña población de la comarca de Campo de Borja –sí, la del famoso Ecce Homo de Cecilia- que se ubica en un extremo del Parque Natural del Moncayo. De hecho, pasó a formar parte de él muy recientemente, en 2007.

Nos alojamos en www.lacasitadetalamantes.com, una vivienda muy acogedora donde nos sentimos como en casa y en la que los rigores del frío invierno se quedaron siempre fuera. Tuvimos la inmensa suerte de disfrutar de una breve pero intNievaensa nevada, que sumió la tranquila localidad en el más absoluto silencio y la cubrió con una fina nieve de azúcar glas. La noche anterior, como anticipándose a la blanca tormenta, un repentino apagón nos había obligado a prender la chimenea de hierro –disponíamos de una más que generosa provisión de leña- y a calentar sobre ella nuestra cena, que tomamos a la luz de las velas. Pequeñas aventuras que animaron la estancia de nuestras adolescentes hijas.

PeñasHerrera1Desde Talamantes parte una carreterilla comarcal -tanto es así que ni aparece en nuestro GPS- que lleva a Alcalá de Moncayo. El camino, recientemente asfaltado, atraviesa una sobria dehesa de encinas -la cordillera pirenaica al fondo, dibujando un horizonte dentado- y deja atrás el erosionado perfil kárstico de las Peñas de Herrera, la versión maña del mítico Far West.

Cerca de Alcalá de Moncayo se asoma, en lo alto de un risco, Añón, una aldea que conserva lo que queda de un castillo medieval que perteneció a la Orden de San Juan de Jerusalén. Según se entra en lo que antaño fuera el patio de armas se divisa, en lo alto de una de las torres, un habitáculo en el que cualquiera desearía instalarse. Justo a la entrada, una enseña indica que allí se ubica un alojamiento rural. Googleando un poco, lo encuentro, aunque su web no explica gran cosa y habrá que investigar más: http://www.castillodeanon.es/.

A las afueras de Añón, en los alrededores de unas cuevas donde mora una colonia de murciélagos cavernícolas, hay una agradable zona de recreo junto al río Huecha que invita al esparcimiento y al paseo. El día que nos acercamos hasta el vetusto kiosquillo que hay allí, nos atendió un hombre de rostro curtido y callosas manos, que lo mismo atendía el mostrador del bar -roñoso a más no poder- que repintaba de primoroso azul una pequeña montaña de colmenas de madera, dispuestas al tuntún las unas sobre las otras. Sin prisas. Tomándose todo el tiempo el mundo para cumplir eficazmente con todo. Y transmitiendo la paz interior que solo se alcanza tomando distancia –física y mental- de cualquier gran ciudad.

Exceptuando las encinas y los pinos replantados, los mutantes paisajes del mítico techo de la Cordillera Ibérica exhiben en invierno una sobrecogedora desnudez: los robledales y hayedos que jalonan el ascenso al Santuario de Santa María del Moncayo, alfombrados por un manto de crepitante hojarasca y almohadillas de musgo, Muérdago_pplevantan sus argentinas ramas hacia el cielo, libres de su caduco ropaje y en perfecta verticalidad. El único ornamento que lucen las arboledas que orillan el camino a su paso por el somontano es el muérdago, que se arracima en cualquier rama que se le ponga por delante: cual vampiro vegetal, succiona la savia de sus arbóreas víctimas a través de sus raíces chupadoras.

A los pies del Moncayo, de camino por nuestro atajo comarcal desde Talamantes hacia Tarazona, hay un alto en el camino absolutamente imprescindible: el Monasterio de Santa María de Veruela. Fundado en 1145, fue abandonado por los monjes cistercienses tras la Desamortización de Mendizábal y, al convertirse en hospedería, lo pusieron de moda como lugar de veraneo los hermanos Bécquer, Gustavo Adolfo, el renombrado poeta romántico, y Valeriano, el no tan famoso pintor. De hecho, el escritor sevillano se inspiró en el cercano castillo de Trasmoz para idear algunas de sus conocidas “Rimas y Leyendas”. Lo que me lleva a pensar que, o bien tenía una fértil imaginación, o bien por aquel entonces el vecino villorrio tenía un encanto que fue perdiendo con los años, porque lo cierto es que ahora Trasmoz es de escaso –por no decir nulo- interés para el viajero.

Del Monasterio de Veruela, que hoy gestiona la Diputación de Zaragoza, impresiona la belleza de su claustro mayor, un recinto gótico construido a finales del siglo XIV en cuyos capiteles de ornamentos botánicos pueden apreciarse algunas trabajadas hojas de parra. El cultivo de la vid, tan íntimamente ligado al ritual de la eucaristía, fue promovido por diversas órdenes religiosas allá donde las condiciones geográficas y climatológicas les eran propicias. Desde el hermoso claustro se aVeruela4ccede a la cocina -de mediados del siglo XIII-, de la que solo se conservan las paredes, los cinco agujeros de la bóveda del techo que servían de tiro y el práctico pasaplatos que comunica con el refectorio, donde los monjes escuchaban lecturas edificantes mientras ingerían sus vituallas, de modo que alimentaban cuerpo y espíritu en un mismo paréntesis espacio-temporal. En la sala capitular, que también se asoma al claustro, sorprenden dos sepulturas talladas en piedra y policromadas, que albergan lo que pueda quedar de un tal Lope Ximénez, al parecer un señor de la zona, y de otro tal Sancho Marcilla, abad y cardenal. En fin, dos simples cadáveres, que la muerte no hace distingos. En la iglesia abacial, que luce todavía más inmensa en su austeridad ornamental, yace, entre otros difuntos de rancio abolengo, el infante Alfonso, primogénito de Jaime I, cuya lauda porta las más antiguas armas que se conservan de la Corona de Aragón. Por lo menos, eso afirman por esos pagos.

Frente a la barbacana por donde se accede al Monasterio de Veruela, en el restaurante La Corza Blanca -cuyo nombre toma prestado de una leyenda becqueriana- se pueden probar platos típicos de la zona, desde croquetas de ternasco hasta migas o chuleticas de cordero a la brasa. Aunque el restaurante más recomendable para familias viajeras como la nuestra está en Tarazona. Se trata de “El Galeón –Avenida de la Paz, 1-, una marisquería que entre semana ofrece un menú variado con propuestas muy sabrosas a un precio mínimo. Durante nuestra estancia comimos allí varias veces.

Tarazona es el vértice donde confluían los reinos de Aragón, Castilla y Navarra. La villa mudéjar que tanto debe a sus ancestros musulmanes, judíos y cristianos, pues de todos se ha nutrido y a todos ellos debe su singular patrimonio, hoy en franca recuperación.

Tras acostumbrarnos a las chocantes pancartas con jesusines king size engalanando balcones y mostrando la jubilosa algarabía de los lugareños por la llegada del niño-dios, pudimos apreciar la singularidad de esta ciudad que atraviesa el Queiles y alberga interesantes conjuntos monumentales para visitar.

Encaramándose sobre el río, retrepándose por empinadas callejuelas adoquinadas, se eleva la ciudad medieval, donde pueden admirarse, subiendo por la calle Marrodán, la Casa Consistorial, que se aloja en lo que fue la antigua Lonja de la ciudad y preserva el friso de su fachada, tallado en yeso, que exalta la figura del emperador Carlos V, y las casas colgantes, que se aprecian desde el barrio de la judería, aunque no pertenecieron nunca a ella.

Tarazona_juderíaContinuando el paseo por la Calle Rúa Alta de Béquer se llega al altozano que comparten la Iglesia de la Magdalena, levantada en el solar donde existió una mezquita hasta 1119, y el Palacio Episcopal, que ocupa el espacio que en tiempos acogió la zuda musulmana. Merece mucho la pena la visita guiada combinada de ambos recintos tras leer la “Guía de la Judería de Tarazona” -editada por la propia comarca de Tarazona y el Moncayo-, pues ayuda a comprender mejor algunos episodios lejanos en el tiempo -pero de espíritu tan vigente todavía- y a reflexionar sobre la ignominiosa tergiversación de la historia.

Tarazona fue musulmana durante 400 años. Durante ese largo período, convivieron en pacífica armonía las tres religiones y hoy podemos afirmar que quienes estaban más avanzados en la época eran tanto musulmanes como judíos, no solo en cuanto a evolución del pensamiento, sino también respecto a la cultura entendida como civilización. Si os interesa profundizar un poco sobre ello, os animo a ampliar información desde este enlace: http://cultura.dpz.es/es/arte-en-la-provincia/palacios/la-zuda-de-tarazona/de-mora-a-cristiana/id/595

Pues bien, llega Alfonso I el Batallador, arrasa los lugares emblemáticos musulmanes y levanta otros cristianos en su lugar -como acabamos de mencionar-. Luego los Pedros de los dos reinos vecinos se enrocan en otra lucha de machos-alfa. Ambos son cristianos, pero se enzarzan igualmente por un quítame allá esas cruces y el de Castilla arrasa la ciudad que defendía el de Aragón. También la judería, aunque sus inquilinos no tuvieran nada que ver con esa guerra. Después de todo ello, sale como una seta -venenosa- la Santa Inquisición, que decide que la culpa de todo la tienen los judíos, quienes les daban crédito para sus batallitas -qué buen negocio, no devuelvo la pasta que les debo y me quedo con sus propiedades-, y los moros, que curaban sus enfermedades y construían sus edificios -sí, ellos crearon el estilo mudéjar-. Así que los expulsan. Ale, fuera todos esos extranjeros -que, entre tanto, llevaban viviendo allí unos cuantos cientos de años, muchos más que los colonos cristianos-. Pues qué queréis que os diga, la recurrente versión de una hipotética cruzada contra el infiel en territorio ibérico me provoca náuseas, cuando no arcadas. Creo que si vuelvo a escuchar o leer el palabro reconquista me pondré a gritar. Advertidos/as estáis.

FaristolioDisquisiciones mías aparte, regresemos a ese mirador privilegiado de Tarazona que es la Plaza Palacio. La pieza más remarcable de la Iglesia de la Magdalena es, con diferencia, un facistol mudéjar tallado en madera de roble y con soporte giratorio, que presenta una laboriosa manufactura de incrustaciones geométricas, obra de algún anónimo artesano morisco. Otros simpáticos hallazgos que hicimos durante la visita guiada fueron la historieta del anillo de San Atilano, patrón compartido por Tarazona y Zamora, y una Virgen del Rosario coqueta y con cintura de avispa que me hizo pensar en una versión pin-up de Mariquita Pérez, pero ya crecidita, claro.

En cuanto al Palacio Episcopal, que se sostiene sobre la roca en un frágil equilibrio que se puede apreciar desde la Calle Rúa Baja de Bécquer, necesita urgentemente obras de remodelación: el gigantesco voladizo que da al Queiles se sostiene sobre dos hileras de arcos superpuestos claramente insuficientes. Los daños estructurales son ya visibles desde un interior surcado por las grietas.

PalacioEpiscopal4En el Palacio Episcopal pudimos contemplar un lienzo recién restaurado y que ahora luce un leviatán en su esquina inferior izquierda: hasta hace nada, una nube inverosímil pintada por algún cretino con ínfulas de artista ocultaba la parte inferior de la obra. Otro crimen patrimonial perpetrado en el regio edificio fue ventilarse un fresco de una capilla para abrir una ventana. Y todavía otra idea peregrina: incrustar lienzos en el SalónPalacioEpiscopal5 de Obispos, donde la idea original era que todos los retratos estuvieran pintados sobre la pared -será que este tipo de decisiones las toma el obispo de turno y su reino no es de este mundo-. Suerte que lo más remarcable de esta estancia es el magnífico alfarje mudéjar del siglo XV que sostiene la techumbre. Así que, cuando entréis allí, mirad hacia arriba para evitar daños colaterales.

Desde el Palacio Episcopal se contempla una fabulosa panorámica de la ciudad al otro lado del río. En el entramado urbano exterior a la antigua ciudad amurallada destacan, por su singularidad y su tamaño, la Plaza de Toros Vieja, un peculiar conjunto de 32 viviendas dispuestas alrededor de un espacio centraPalacioEpiscopal7l octogonal -claro precursor dieciochesco de las actuales casas pareadas-, y la Catedral de Santa María de la Huerta, que ha permanecido cerrada durante 30 años, la mitad de ellos por los importantes trabajos de restauración que, además de descubrir un antiguo templo romano bajo sus cimientos –las excavaciones todavía continúan-, le han ayudado a recuperar su ecléctica belleza, que combina gótico francés con mudéjar y elementos renacentistas y barrocos. La visita guiada a la catedral fue una lección magistral de historia del arte. Durante prácticamente una hora, nuestra cicerone, Teresa, nos explicó tantísimos detalles que me resulta imposible resumirlos en esta entrada. Como muestra, un solo botón: la simbología claramente humanista de la grisalla del cimborrio, que se ocultó a resultas del Concilio de Trento. Fue verdaderamente fascinante, os recomiendo la visita guiada al 100%. Es más, si es necesario me apunto de nuevo con quien quiera acercarse a Tarazona. Ahí lo dejo.

Estos últimos días en el Moncayo, absolutamente desconectados del mundo -¡cielos, hasta sin internet!-, han sido un curativo paréntesis que nos ha hecho mucho bien. Como ya os avancé en mi anterior entrada, el 31 de diciembre llevé a cabo mi particular sortilegio y quemé, antes de medianoche, todo lo malo del 2014, e inmediatamente después de tomar las indispensables 12 uvas de la suerte, ardió también una rama de muérdago. Ya iréis sabiendo si funciona, porque he pedido cosas buenas para todos, la felicidad es contagiosa. O eso prefiero pensar yo. Así que lo de feliz 2015 no es un deseo, sino una certeza. Sea.Muerdago