#Cuéntalo

Cuida-tus-alas-625x625Hace unos meses salí por ahí de fiesta con mi hija mayor –conste que fue a petición suya, muestra cierta afición a lo vintage-. En un bar musical, un individuo ebrio, birra en mano, empezó a seguirnos allá donde íbamos. Para mí tan solo formaba parte del paisaje, en cambio a Ángela le chocó de manera hiriente: se sintió tremendamente importunada. “¿Por qué hace eso?”. Bendita inocencia. Y, sin embargo, mi hija tenía toda la razón del mundo. Según maduramos, vamos interiorizando que, solo por ser mujeres, seremos acosadas, agredidas o maltratadas en algún momento de nuestras vidas, cualquiera diría que es tan natural como la caída de las hojas en otoño o el flujo de las mareas. Ahí radica, en mi opinión, buena parte del problema: en normalizar la anormalidad. En endurecernos ante lo intolerable hasta la indiferencia, por pura supervivencia mental.

Pienso en la niña violada por cinco alimañas. 18 primaveras. Deambula por la calle confiada, tanto por su reconfortante entorno y su propia idiosincrasia como por las circunstancias que le han tocado vivir hasta ese aciago día –afortunada ella-. Está contenta y se besuquea con un chico que le parece guapo. Cómo se le va a pasar por la cabeza que él y sus compinches tienen intención de forzarla en grupo –y que el sistema judicial sería luego tan injusto, pero ese ya es otro tema-. Entonces hago el ejercicio de recordar cómo fui perdiendo mi candidez adolescente.

Tengo 19 años. Son las once de la mañana de un día laborable y estoy sentada en un autobús casi vacío. Permanezco ensimismada, pensando en mis cosas, cuando noto un extraño vaivén, un leve traqueteo rítmico que no se deriva de la marcha del vehículo. Buscando el motivo de tal movimiento, reparo en el ser que se sienta junto a mí, al lado de la ventana: se la está meneando a conciencia por debajo del jersey mientras me examina como si yo fuera una revista porno. Reprimo la náusea, me levanto a toda velocidad y me limito a cambiarme de asiento, esta vez junto a la puerta de salida. No me enfrento a él. No grito. No reacciono. Me quedo atónita, pasmada, perpleja. Ignoro cómo manejar la situación y me embarga, sin comprender la razón, una mezcla de asco y vergüenza, como si me hubiera puesto yo en esa tesitura. Por supuesto, no se lo cuento a nadie.

Un par de años después, en la pista de una discoteca. Visto una escueta minifalda blanca que la cultura patriarcal vigente –todavía hoy- interpreta como licencia para acosar. Mientras bailo y me divierto con mis amigas, alguien empieza a sobarme el culo a dos manos. Me giro. Un mequetrefe, rodeado de una pandilla de cretinos, se congratula de su ocurrencia. Le borro la carcajada de la boca de un guantazo cuyo chasquido estalla como un latigazo. El instinto se ha impuesto sobre la cautela, corro el riesgo de que el bofetón tome forma de bumerán. Pero no, no pasa nada. Los amigotes se ríen del imbécil esférico –lo mires por donde lo mires, es imbécil- y la noche continúa sin más incidentes.

Ya he cumplido veintipico. De madrugada por la zona alta de Barcelona, un par de amigas y yo cambiamos de bar. Taconeamos, charlamos, reímos. Al doblar una esquina nos topamos con un exhibicionista. Las tres observamos su pene como si fuera una nueva variedad de araña o una molesta grieta en la pared. Antes de reanudar nuestro camino –nuestro taconeo, nuestra charla, nuestras risas-, le espetamos, “¿eso qué es, un tumor?”, y su miembro se arruga como una oruga achicharrada por un lanzallamas. Ya no me escandaliza, son cosas que pasan. Pero solo a nosotras, aunque entonces no caiga en ello. Me temo que he normalizado la anormalidad.

No conozco a ninguna mujer que no haya padecido en sus carnes algún incidente parecido o, por desgracia, mucho más grave. Todas, absolutamente todas, hemos sentido con mayor o menor frecuencia miedo, repulsión, indignación o incomodidad por el mero hecho de habitar un cuerpo femenino. No deberíamos acostumbrarnos a ello como si fuera algo normal, porque no lo es. Cada vivencia personal es un retazo de un mismo relato colectivo que no solo despierta sororidad en nosotras, sino también solidaridad en esos maravillosos hombres –cada vez son más- que nos quieren libres e iguales. Por eso agradezco a Cristina Fallarás su excelente iniciativa y os animo a participar en ella. #Cuéntalo, tú también. Como cantaba Bebe, pa’ fuera telarañas.

https://www.youtube.com/watch?v=IhTOKqwXgzQ

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Jueces que nos prefieren muertas

Según los promotores de su canonización y quienes creen en su santidad, María Goretti fue apuñalada 14 veces por Alessandro Serenelli por negarse a ser la vasija en la que él saciara sus apetitos sexuales. Recibió curas médicas sin anestesia y falleció 24 horas després del ataque. Ya es casualidad que su virtud se celebre el 6 de julio, víspera de San Fermín. O quizás no tanta.

Ayer tres jueces devotos de María Goretti fallaron abuso en lugar de violación y minimizaron el delito de una piara de cinco energúmenos recién bajados del árbol. Recriminaron a la víctima que antepusiera su vida a su dignidad –seguro que ellos prefieren hablar de honor-, así que, en realidad, la culparon a ella, y por extensión a todas nosotras. A las que osamos andar solas por la calle de madrugada. A las que llevamos escote, prendas ajustadas, faldas o pantalones cortos. A las que bebemos alcohol. A las que coqueteamos con un chico que ha salido de fiesta con sus amigos porque, en nuestra ingenuidad, no se nos ocurre que el filtreo degenere en una violación en grupo. A las que decimos no cuando el verraco está más que dispuesto a embestir. A las que no deseamos ser otra Diana Quer ni otra Nagore Laffage ni tantas otras asesinadas por intentar defenderse de una violación. A las que nos queremos libres.

Creo que desde ayer Carles Puigdemont lo tiene un poco más fácil para evitar su extradición a España, ojipláticos se habrán quedado los jueces alemanes al conocer una sentencia que evidencia cómo se infiltra la idología de los magistrados en sus actuaciones. Esta vez sí, comparto al 100 % su tuit: “cuando el machismo entra por la puerta de la justicia, el estado de derecho salta por la ventana”. En ese goteo incesante de despropósitos judiciales –ya van tantos-, la gota que colma el vaso es acusar a la víctima y exculpar a quienes cometieron el crimen, con el agravante de que dos de ellos todavía forman parte de los cuerpos de seguridad del estado, cuya misión debería ser cuidar, proteger y salvaguardar a la ciudadanía.

Los tres jueces que nos prefieren muertas han dictaminado que inmovilizar entre cinco a una niña de 18 años para meterle un falo por la boca, y por cuantas oquedades de su cuerpo apetezca, no es ejercer la violencia.

Cada vez es más inquietante en manos de quién estamos.

Es solo un día más

La Navidad es esa convención social en la que nuestra obligación moral es mostrarnos eufóricos y fantasear con que la armonía y el júbilo reinan en nuestros hogares. Admito que a mí es una fecha que cada vez me causa más y más profunda tristeza: estos días de diciembre perdieron su diáfano regocijo infantil cuando falleció mi padre. Desde entonces los observo como una habilidosa tramoyista -todo por mis cachorros-.

Hoy me he acercado a casa de mi madre para desayunar juntas. La logística prevista para estas fiestas se ha desmoronado como diente de león ante ráfaga de viento y hoy comerá sola. Ella lo vive infinitamente mejor que yo porque está instalada en la enajenación de su incipiente Alzheimer, pero yo no puedo evitar un sentimiento de dolorosa culpa -esa educación judeocrustiana que tanto nos marca-. De negligencia en una fecha tan señalada. De abandono de mi deber.

I hate xmas.jpgNo obstante, lo cierto es que hoy es un día como otro cualquiera. Como ayer. Como mañana. Incluso como el 29 de febrero, que aparece y desaparece mágicamente por las inextricables cuadraturas del calendario gregoriano. Me basta con mirar a mi alrededor para constatarlo. Subo al autobús y me saluda una conductora de facciones y acento eslavos, no parece demasiado afectada por trabajar el día de Navidad. Una señora mayor se agarra del brazo de su marido para subir en la parada del hospital Vall d’Hebron, anda tan maltrecha por su enfermedad que calza zapatillas de estar por casa y da cortos pasitos de geisha. En algún momento fue joven y bonita, se le adivina en el coqueto cabello pelirrojo, en la impoluta manicura, en el abrigo desgastado pero requetelimpio. Luego sube un jubilado que nos saluda con un enérgico ¡Feliz Navidad! que llega hasta Badalona. Qué suerte tiene de creerse el cuento. Tal vez es el único pasajero que tiene fe en ese Hombre del Espacio del que se mofa Revista Mongolia.

A mamá le encanta el bocadillo de jamón y el café con leche que le llevo. Pensaba encontrármela dormida, pero me está esperando, ya duchada y medio vestida. A menudo no recuerda lo que le acabas de decir pero, de pronto, hay información que se le agarra en la precaria memoria con una tenacidad abracadabrante, como que su hija vendrá a desayunar con ella el día de Navidad. Cuando me despido de ella, me sonríe desde el corazón, atravesando capas de desmemoria. Sin reproches. Sin una sombra de duda. Pletórica de amor maternal. Y yo la observo para retener esa imagen y se me queda el alma en modo faquir, así que me acomodo a mis agujas de mala conciencia. Y me consuelo pensando que hoy, en realidad, no es Navidad, sino solo tan solo un día más.

Yo también sueño con unicornios

Es populismo identitario acudir al Parlament en helicóptero y, emulando a Jordi Pujol cuando estalló el caso Banca Catalana, ocultar los recortes en sanidad y educación entre los pliegues de la estelada.

Es populismo identitario convocar unas supuestas elecciones plebiscitarias sin molestarse en cambiar la ley electoral para evitar que los sufragios emitidos en Castelldefels computen menos que los de Castelló de Farfanya.

Es populismo indentitario proclamar, durante toda la campaña de esas falsas plebiscitarias, que quien no escoja una de las dos opciones pro-DUI no está por la independencia, pero luego, al no lograr los resultados esperados, cambiar de parecer y asimilar soberanismo con independentismo e independentismo con unilateralismo.

Es populismo identitario aprovechar cualquier manifestación –de denuncia de los recortes en educación, de defensa de los derechos de las personas refugiadas, de repulsa al terrorismo yihadista- para sacudir esteladas y reconducir cualquier tema al monotema.

Es populismo identitario acosar e intentar manipular a los periodistas que son críticos con el relato independentista, tal y como denuncia el informe de Reporteros sin Fronteras.

Es populismo identitario erigirse como portavoz del poble en el Parlament mientras se actúa de manera excluyente con la mitad de los electores y se aniquila el contrato social vigente sin contar con los dos tercios de apoyo de la cámara, tal y como estipula no solo la legislación española, sino también la catalana.

Es populismo identitario sentirse legitimado por tamaña ilegitimidad e invitar a participar en un referéndum sin garantías y contra la voluntad del resto de opciones políticas, también las soberanistas, aunque luego se les reclame en todo tipo de movilizaciones.

Es populismo identitario que no seamos considerados presos políticos quienes fuimos recluidos en la cárcel del ostracismo institucional aquel infausto 6 de septiembre.

Es populismo identitario tener conocimiento de que se van a enviar fuerzas policiales -entre ellas algunas antidisturbios- para detener el referéndum ilegítimo y, en lugar de proteger a la ciudadanía, animar a las familias a ejercer de escudo humano, con la desfachatez añadida de no predicar con el ejemplo.

Es populismo identitario que existan víctimas de abusos policiales de diferentes categorías y cuerpos armados cuya brutalidad se olvida o se minimiza –a ver qué opina Esther Quintana de los Mossos, a Juan Andrés Benítez ya no le podemos preguntar-. Y que la violencia psicológica profesada contra el disidente –la presión, la invasión, la saturación ad nauseam– no se contemple como tal.

Es populismo identitario poner como ejemplo de referéndum pactado a Quebec sin mencionar la huida de empresas y entidades bancarias a Toronto, de donde, por cierto, todavía no han regresado. O negligir la Ley de Claridad. Parafraseando al politólogo Stéphane Dion, Ministro de Asuntos Intergubernamentales de Canadá hace dos décadas, si España es divisible, Cataluña también –¿qué tal un Área Metropolitana de Barcelona independiente?-.

Es populismo identitario mendigar alguna aportación para abonar una fianza millonaria aunque se disponga de una larga hilera de ceros en un pequeño país de Centroeuropa.

Es populismo identitario emocionarse en público imaginando ese nuevo país repleto de elfos, unicornios y ríos de hidromiel mientras se admite en privado que la independencia conllevaría estrecheces y penurias durante una o dos generaciones –por supuesto, no para todos-.

Es populismo identitario acudir a presentar la candidatura de Barcelona como sede de la Agencia Europea de Medicamentos y, a la salida, asegurar ante los periodistas que el Catalexit no es comparable con el Brexit. En cuanto sea oficial que Barcelona no resulta elegida, es previsible que salgan en estampida las grandes farmacéuticas, que por ahora guardan un silencio sepulcral.

Es populismo identitario proclamar que la aplicación del artículo 155 atenta contra la democracia en el Parlament, como si hubiera sobrevivido al ya mencionado 6 de septiembre. Sí, mutilará los derechos civiles de la totalidad de los catalanes, pero la mitad quizás no lo notemos tanto porque ya estamos despojados de buena parte de ellos –los más llamativos, la falta de representación en instituciones y medios de comunicación públicos-.

Es populismo identitario cuanto peor, mejor, y aferrarse a esa unilateralidad que no emana de la voluntad de la mayoría de electores, sino únicamente de los propios, en una actitud característica de los totalitarismos. Como dice la canción, se nos gastó la democracia de tanto usarla. O más bien de tanto mencionarla en vano.

En mi opinión urge una convocatoria de elecciones al Parlament, aunque previamente habría que modificar la ley electoral -una persona, un voto-, solo así se obtendría UnicornioNegroTristeun retrato veraz de la sociedad catalana, sin desenfoques ni falsos encuadres.

Ya veis, después de todo, yo también sueño con unicornios.

La indefensión

El pasado domingo, mientras presenciaba el terror en directo por televisión, me sentí como el 11 de septiembre de 2001 mientras miraba las noticias y, en tiempo real, me informaba sobre los atentados de las Torres Gemelas. Podía imaginar, presa del pánico, a cualquiera de mis queridísimos amigos independentistas, apostados en sus respectivos colegios electorales, recibiendo porrazos e impactos de pelotas de goma indiscriminadamente. Y me pregunté -todavía me lo pregunto ahora- cómo habíamos podido llegar hasta ahí.

Poco después de la una del mediodía supe que Nuria Marín había ejercido de alcaldesa de todos los hospitalenses, también de los que no solo no le habían votado, sino que además exteriorizaban con ostentación la inquina que le tenían, aun después de que evitara las cargas policiales contra ellos. Qué reconfortante sorpresa, un cargo electo velando por sus detractores. Lo que me llevó a comprender ese gran vacío que experimentaba mientras me iba enterando, estupefacta y horrorizada, de los abusos de los gorilas armados: cuando el Parlament inició su secesión de España los pasados 6 y 7 de septiembre, lo hizo desconectándose también de la mitad de los catalanes, que nos hemos quedado huérfanos y desamparados de nuestras instituciones. De modo que, aunque me horripilaba –y cómo- lo que estaba sucediendo, lo contemplaba como una guerra cercana pero ajena, que se desarrollaba en mi ciudad pero de la que yo no formaba parte. De hecho me siento, como escribía mi amiga Dolors en su última crónica y como cantaba en mi adolescencia B Movie, Nowere Girl.

La brutalidad policial es intolerable e inaceptable. No obstante, de la misma manera que una mujer maltratada lo es tanto si recibe una paliza como si es víctima de daños psicológicos, también es inadmisible la violencia social que ejerce una parte del independentismo, a diario y de manera creciente, contra quien disiente, condenándole a la versión actualizada del “no te signifiques” franquista. Yo misma estoy ejerciendo la autocensura y me he desactivado de Facebook. Me parece como poco un sarcasmo que uno de los símbolos que han adoptado los independentistas sea, precisamente, una ilustración con una boca tachada.

Insisto: hace casi un mes muchos de quienes hoy se autoproclaman defensores de la democracia y la libertad aniquilaron la pluralidad del Parlament. Silenciaron a la mitad de la población y lo consideraron lícito porque, según esa autodenominada revolución de las sonrisas, absolutamente todos cuantos discrepamos del pensamiento único somos fachas, desde los ultras que aúllan con sus trapos estampados de aguiluchos hasta los apátridas, los críticos y los escépticos. A ver si al final esas sonrisas van a ser solo una mueca como la del Joker.

el Roto - el bien y el mal.JPGEntre tanto, vamos de cabeza a la famosa DUI –y a las futuras truculencias que se deriven de ella-. Les urge a los demócratas sectarios que dan por válido el referéndum del domingo y que hoy aprovecharán el paro convocado en defensa de los derechos civiles para reclamar la separación exprés -jamás sin su estelada-. Ante la falta de entusiasmo de la convocatoria por parte de los sindicatos mayoritarios, la Generalitat ha dado el día libre a sus funcionarios para que se sumen a ella -eso sí, pagando los contribuyentes de nuestros bolsillos-. Del otro lado, liderando a los demócratas mamporreros que consideran proporcionado abrirle la cabeza a ancianas y, como indicó acertadamente Josep Cuní, continúan anclados en la era analógica, el plasmático, preso de su inmovilismo obtuso y atroz, permanece enquistado en la negación de la realidad. En cuanto al preparado, ni está ni se le espera -¿os lo imagináis abdicando y animando a iniciar un proceso constituyente? Yo tampoco-. Y cuantos nos hemos visto inmersos en este conflicto preguerracivilista sin buscarlo ni quererlo, nos preguntamos si existe alguien capaz de aportar algo de cordura. De reconducir este sinsentido. De protegernos de tanta permanente indefensión.

Líneas rojas

El exjuez Santi Vidal, de bolos por Cataluña cuando todavía era, además de conferenciante, senador por ERC, desveló el robo de los datos personales de todos los catalanes desde el Govern. Así mismo manifestó que habían confeccionado una lista de jueces afines y no afines al procés y que habían camuflado 400 millones de euros –también de todos los catalanes, incluyendo a quienes no somos independentistas- entre distintas partidas presupuestarias, a fin de organizar el referéndum y construir las famosas estructuras de estado.

Llegó el verano y con él las purgas de aquellos a quienes les podía temblar el pulso ante la inminente consulta: Jordi Baiget, Consejero de Empresa y Conocimiento, fue destituido tras expresar en público sus dudas sobre su celebración. No fue el único cesado o dimitido. En paralelo, el Parlament aprobó un nuevo reglamento para adaptarlo a su plan de ruta. “Tengo unos principios, pero si no le gustan, tengo otros”, que decía Groucho. Por no hablar de la sonrojante profanación del homenaje a las víctimas del atentado terrorista de las Ramblas.

El 6 y el 7 de septiembre Junts pel Sí y la CUP pulverizaron el marco legal vigente: para cambiar una sola coma del Estatut se necesitan dos tercios de la cámara, no obstante aprobaron la Llei de Transitorietat Jurídica i Fundacional de la República saltándose el dictamen del Consell de Garanties Estatutàries, vulnerando los derechos de la mitad de quienes votamos en las últimas elecciones autonómicas y escudándose en su mayoría de escaños independentista, que sin embargo no se sustenta en una mayoría social, sino que es fruto de una distorsionante y españolísima ley electoral. La misma, por cierto, que nos sometió durante la pasada legislatura a las repugnantes arbitrariedades del PP aunque su mayoría absoluta tampoco fuera real.

Luego pudimos escuchar al President, el máximo representante de las instituciones catalanas, arengando a sus huestes a que se encararan con los alcaldes díscolos, haciendo gala de una exótica mezcla de irresponsabilidad, arrogancia y desfachatez. Aunque ya se va viendo la calaña de algunos seres que ostentan el epíteto de molt honorable.

Como era previsible -¿o alguien pensaba que Naniano iba a replicar con claveles y sonrisas?- la respuesta judicial y policial no se hizo esperar. La culminación llegó el pasado miércoles 20 de septiembre con la desproporcionada –¿pirómana?- entrada de la Guardia Civil en la Conselleria d’Economia por aquel “quítame allá esos datos” que se le escapó, cáspita, al exjuez y exsenador de ERC. Las redes sociales bautizaron a los detenidos como presos políticos, mientras nos conminaban a todos a salvaguardar la democracia. Un momento, ¿qué democracia? ¿Dónde estaban esos demócratas a principios de año, cuando explotaron las revelaciones de Santi Vidal? ¿Dónde se escondían cuando empezaron las purgas y los nombramientos de personajes afines? Y, lo peor de todo, ¿dónde se ocultaban todos ellos cuando se hizo añicos el contrato social vigente en Cataluña –insisto, yo también soy catalana- en el Parlament? En ese momento sentí una mezcla de vergüenza, indignación e impotencia. Esa fue mi línea roja: ahora veo a ambos bandos sumidos en el mismo lodazal.

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El PP ha intervenido la Generalitat por la puerta de atrás, así evita el urgente y necesario debate en el Congreso. Entre tanto, Mònica Terribas anima a sus radioyentes a informar de los movimientos de las fuerzas de seguridad del estado. ¿De qué va esto? ¿De que explote la olla a presión en la que habitamos y se cobre la primera víctima? Depongan las armas -la propaganda, la puesta en escena, el manejo del relato-. Siéntense. Dialoguen. Negocien. Y empiecen a remendar las costuras de este territorio deshilachado.

Como apuntaba recientemente Guillem Martínez en una de sus crónicas, deberíamos dejar de referirnos a nosotros mismos como pueblo -como Vallfogona, Organyà o Sant Quirze de Besora- y empezar a pensarnos como sociedad.

Mi vida es mía

Mamá ya no es mamá. Aunque a primera vista pueda parecerlo, si te fijas bien –algún lamparón en la ropa, el cabello apelmazado, la mejilla tiznada de tapaojeras-, enseguida te das cuenta de que algo no anda bien. Luego, cuando entablas conversación con ella y, al cabo de nada, te salpica con su verborrea vacua, reiterativa e imprecisa –no recuerda el nombre de algunos objetos básicos, inventa viajes imaginados, confunde términos y conceptos-, se le adivina la demencia.

La medicina moderna es, a veces, inverosímil al tiempo que perversa, porque confunde vida con constantes vitales. Pienso en mi suegra y la recuerdo tres años encogida en un lecho, toda ella piel y huesos, alimentándose de gelatina y sin mostrar respuesta a estímulo alguno. Los neurólogos recetan unas maravillosas píldoras que ralentizan el proceso degenerativo de la enfermedad de Alzheimer. Y sin embargo, no curan, tan solo prolongan la agonía con una falsa sensación de que el tiempo se detiene y, con él, la enfermedad. Para algunas farmacéuticas, que obtienen pingües beneficios de los pacientes crónicos, esos tratamientos constituyen un negocio muy lucrativo. Como leí recientemente en un foro, la ley que por fin regule la eutanasia llegará cuando la sanidad pública no pueda soportar el envejecimiento de la población y prescinda de la subsistencia vegetativa: al parecer, recortar gastos es una razón de estado más importante que la dignidad de las personas. Qué triste.

Sugiero que los neurólogos atiendan también a los familiares y nos prescriban ansiolíticos, antidepresivos y somníferos. Quizás así podremos sobrellevar mejor las noches en blanco, el pertinaz nudo en el estómago, la implacable impotencia ante una situación imposible de controlar que puede dilatarse durante años. Como una condena. Ahora comprendo a la perfección la súplica de Julianne Moore en la imprescindible “Still Alice”: ¡Ojalá tuviera cáncer!

eutanasia.gifMe niego a acabar así. A dejar de ser yo. A permanecer conectada a una máquina o a perderme en el limbo de la enajenación e ir desapareciendo poco a poco y de manera inexorable, sin opción a despedirme de las personas a quienes más quiero. A sufrir ese macabro embalsamamiento en vida que es la existencia vegetal, sin conciencia y despojada de mí misma. Exijo, llegado el caso, elegir cómo y cuándo morir. Y hacerlo plácidamente, rodeada de los míos. Con cariño. Con amor. En paz conmigo misma. E idealmente sin tener que viajar a Suiza para conseguirlo.

Lo comparto aquí, en público y a la vista de todos. Es mi testamento vital. Que cada cual haga con su vida lo que le parezca, pero mi vida es mía.