Premios

Me gusta saborear ricos platillos, manjares exquisitos, sabores que son todo un hallazgo e ingredientes que forman parte de las ocasiones especiales -conste que eso incluye los días ordinarios que se transforman en festivos a golpe de fogón-. No obstante, también disfruto mucho con alimentos mucho más simples. Básicos. Prácticamente de batalla. Sé que son casi intimidades, muy de casa, como untar pepinillos en el guacamole del Mercadona. Algunos forman parte de mi infancia y no regresarán –aquel petitsuís envuelto en papel, las sencillas borrajas con patatas de mi abuela, las castañas hervidas con anís de la noche del 31 de octubre-. Y, sin embargo, me basta con recordarlos para sentirme mejor.

Con la lectura me sucede algo similar. Desde muy chiquitita leía, sin demasiado criterio, todo lo que caía en mis manos y, en cuanto abría el libro, me abstraía de lo que sucedía a mi alrededor con una facilidad pasmosa. Lo mismo devoraba las novelas que atesoraba mi abuelo de Marcial Lafuente Estefanía, que los tomos de la enciclopedia Dime por qué o las historietas de Zipi y Zape, El Botones Sacarino y Rue 13 del Percebe que compraba en el quiosco de la esquina. Hasta que en 5º de EGB descubrí, inesperadamente, un viejo ejemplar del Cuento de Navidad de Charles Dickens en la biblioteca del colegio. Desde ese momento todo cambió, aunque no de manera excluyente, sino ecléctica y un poco loca: me fascina Amélie Nothomb, pero cuando voy a la pelu me lanzo sobre el Cuore cual posesa.

Veo por Facebook que hay quien se rasga las vestiduras porque Dolores Redondo ha ganado el último premio Planeta con su libro Todo esto te daré. Me parece realmente pintoresca esa indignación por un premio cuyo criterio es meramente comercial, ¿o alguien cree que la famosa editorial apostará alguna vez por talentos desconocidos que aporten algo innovador? Justo ahora estoy leyendo La Trilogía del Baztán de la laureada autora por recomendación de una compañera de trabajo –ambas compartimos tremenda afición a las novelas de Camilla Läckberg- y puedo afirmar que, aun siendo una escritora mediocre, es una excelente urdidora de tramas. Además de que aporta interesante información mitológica y antropológica sobre el Valle de Baztán.

mortadelaMe encanta el jamón de bellota, pero a veces me apetece mortadela. A veces, después de una jornada agotadora, una no se siente con fuerzas para profundizar en los entresijos de un ensayo denso y sesudo, o en las inextricables circunvalaciones cerebrales de James Joyce –reconozco que hace 25 años no pude con su famoso Ulysses, me pareció un muermo-. A veces, según haya discurrido el día, solo ambiciono unos minutos de banalidad y distensión, y narcotizarme con un libro sin pretensiones, que no me exija grandes dosis de concentración y me ayude a conciliar el sueño –el otro anestésico, el televisor, lo tenemos desterrado desde que absolutamente todos los informativos son la voz de su amo-. A veces -cada vez más, me atravería a decir- consigo relajarme y ser simplemente yo para dedicarme a lo que verdaderamente me apetece, sin disimulos ni imposturas.

Es más, me atrevo a manifestar desde el estómago que me importa un pimiento que le den el Nobel a Bob Dylan, para algunos el portavoz de la cultura popular norteamericana, para otros el vocero del establishment –la semana pasada Vicenç Navarro detallaba su participación en una campaña publicitaria de Chrysler henchida de orgullo patrio-. Mis motivos ni siquiera son literarios, sino puramente nostálgicos -como los suecos que han galardonado al letrista, que ahora califican de “descortés y arrogante”-: para poesía, la de Radio Futura. Y para mortadela, la italiana. Pero sin acritud, que eso, como todo, va a gustos.

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