Oporto entre amigas

Aunque las cinco madrugamos de manera sobrehumana, nuestro Vueling sale con dos horas de retraso por la tormenta. Claro que mejor eso que perecer en accidente aéreo. Una azafata jovenzuela y rubia, con aspecto de haber desayunado endivias, rebuzna a Val: “¡señora, no puede pintarse las uñas!” -primera noticia de que están prohibidas las manicuras a bordo-, así que a Laura no le queda más remedio que pintárselas también, en un pequeño acto de vandalismo solidario. A Eva le entran ganas de depilarse las ingles, solo por provocar, lástima que no lleva unas bandas de cera a mano. Las chicas son guerreras.

dama-pe-de-cabraLlegamos a Oporto mucho más tarde de lo previsto, así que, en lugar de desayunar, almorzamos. Nos arrellanamos en dos de las mesas de Dama Pé de Cabra, un acogedor establecimiento regentado por un matrimonio que se reparte las tareas divinamente, ella en los fogones –y qué bien guisa- y él en sala. Nuestro anfitrión es educado, atento y políglota. Nos detalla cada opción con etérea elegancia y cada cual escoge su bocado preferido. Mi prima Marta y yo optamos por compartir unas tripas –suculentas y al tiempo delicadas gracias al truco de incorporar algo de pollo, como nos desvela la cocinera- y unas deliciosas mollejas estofadas.

Comme ÇaUna vez que nos hemos recuperado un poco, arrasamos en la zapatería Eureka –uno de mis grandes clásicos de Oporto- y luego nos lanzamos a corretear desde nuestro barrio, Baixa, hasta el de Cedofeita, callejeando sin prisas y deteniéndonos para recolectar objetos como urracas y recrearnos en las encantadoras fachadas de primorosos azulejos que engalanan la ciudad. Cenamos en el restaurante Comme Ça, en la Rua de José Falcão, donde nos sugieren que compartamos entre dos los platos principales, aunque no nos advierten de que con las ensaladas sucede lo mismo: a mi prima le traen un plato de dimensiones colosales, rebosante de hojas verdes con un par de bolinhos de salmao más que generosos.

El sábado –y también el domingo- iniciamos la jornada en Molete Bread&Breakfast, cuya relación calidad-precio es extraordinaria. Desestimamos desayunar en nuestro hotel porque Laura nos avisa de que allí el café solo es apto para aliviar el estreñimiento. Luego nos dirigimos al punto más elevado de la ciudad, la colina donde se alza la Catedral de la Sé, aunque yo prefiero soslayar la incursión al templo y resguardarme en un rincón sombreado: a 36 grados de temperatura, arden las calles y mi humor se tuerce. Jamásdelosjamases regresaré a Oporto en verano, viva el otoño atlántico. Mientras espero a mis amigas, me entretengo en avistar los tejados de los edificios que se extienden a nuestros pies y me dejo acariciar por la leve brisa, que apenas amortigua el calor achicharrante.

San BentoDescendemos todas del barrio de Batalha para contemplar los azulejos y las columnas de hierro colado de la Estación de San Bento –nunca me cansaré de admirarla-, y desde allí bajamos en alegre paseo por la peatonal Rua das Flores. Aunque se nos presentan numerosas opciones para hacer una pausa, nos decidimos por http://www.mercadorcafe.pt, una cafetería vintage donde saborearmos nuestros vivificantes zumos naturales en refinados vasos de cristal tallado.

El implacable sol no concede tregua, imposible ir en busca del restaurante de pescadores que nos ha recomendado John, el viajado marido de Eva, de modo que nos refugiamos en el primer comedero del barrio de Ribeira que cuenta con aire acondicionado. Y, oh, sorpresa, acertamos. En Essência Lusa, en la Rua de São João, amenizamos la espera con unas ricas aceitunas aliñadas con ajo y aceite de oliva, y Eva, mi prima y yo escogemos pulpo a la brasa. Soberbio.

PuentingTras el opíparo almuerzo, nos atrevemos a recorrer el muelle hasta el Ponte Luis I, desde donde algunos adolescentes, más que osados, arrojadizos –nunca mejor dicho-, se lanzan al Duero por un euro, como anuncian a grito pelado a quien les quiera escuchar. Y yo pienso, ¿qué clase de mamarracho es capaz de dar una moneda para ver cómo se precipita un púber en las procelosas aguas del río? Y, ya como madre, ¿merece la pena desvivirte en criar a tus cachorros para que se conviertan en semejantes seres? Cuando alcanzo la mitad del puente, procuro colocarme de manera que las vigas de hierro impidan la visión de los terribles saltos sin que obstaculicen las imponentes vistas al Duero. Me quedaría ahí durante un buen rato, disfrutando de la reconfortante brisa, pero el tránsito de viandantes por la estrecha acera no deja demasiado margen a la tonificante pausa.

funicularUna vez atravesado el puente, ya en Vila Nova de Gaia, el pavor se apodera de mí: ante mis ojos se extiende el soleado paseo que orilla el río. Ni una triste sombra donde guarecerse, tan solo los breves toldillos de los puestos de artesanos que ofrecen sus cautivadoras creaciones. Tras una corta incursión para cotillearlos, desestimamos visitar las bodegas y desandamos el camino para cruzar de nuevo el puente y llegarnos hasta los pies del Funicular dos Guindais, que asciende desde el barrio de Ribeira hasta el de Batalha y nos evita encaramarnos a pie por las colinas portuenses. Tras la inevitable cola –somos legión quienes preferimos evitar nuevos sofocos- nos refrescamos en el habitáculo del artefacto, que cuenta con climatización. Val, mi prima y yo nadamos en nuestro sudor, pero la canícula no hace mella en Laura, inmarcesible cual eterna primavera, ni en Eva, que luce sus apretados vaqueros como una heroína de Marvel. Envidia cósmica.

Cae la noche. Imposible calzar mis flamantes zapatos de plataforma recién adquiridos en Eureka, prefiero chancletear junto a mis amigas de camino al restaurante donde hemos reservado mesa. No obstante, mi prima se aúpa a sus zancos galácticos y casi se hace un esguince: los adoquines, el agotamiento y la adicción al móvil –su cuerpo está en Oporto pero ella en Mallorca con su novio vía whatsapp- son una combinación letal.

Tabua rasaTabua Rasa es, más que un restaurante, una tienda gourmet con servicio de comidas: básicamente sirven apetitosas bandejas de quesos, embutidos y conservas. Laura ni se inmuta cuando el inclemente hedor a queso que impregna el local golpea su pituitaria. Nacida para sufrir. Nos sirven un gazpacho a la portuguesa, con las verduritas troceadas flotando en el agua aderezada, que a mí me chifla, aunque no resulta del gusto de todas: Eva odia el cilantro. Tras dar buena cuenta de mis sardinas ahumadas picantes, descubro una infusión de limón preparada con cortezas del popular cítrico. ¡Qué gran ocurrencia!

Val nos invita a una ronda de copichuelas en la Champanheria da Baixa. El nombre es un poco overpromise, deberían rebautizarlo como “Sangría a gogó”. Comparte terraza con el vecino Café Candelabro, que parece mucho más interesante pero no dispone de mesas libres, qué lástima. Preside la plazoleta una cabina de teléfonos inglesa que todavía funciona, pero hace las veces de plató improvisado: grupúsculos de guiris de diversas nacionalidades se fotografían junto a ella. A menudo los humanos somos inverosímiles.

El domingo empezamos la mañana con la recurrente navegación por el río Duero que muestra los puentes de la ciudad. Compramos los billetes a la primera compañía con que nos topamos, Tomaz do Douro. No cumplen con el horario estipulado y, aunque cae un sol de justicia mientras aguardamos, no facilitan información sobre el retraso. Una viejecita con muletas espera bajo el solazo y tampoco se preocupan por ella. De hecho, nadie atiende en el muelle antes de que llegue la embarcación, mientras dos personas, impertérritas, venden tickets bajo su sombrilla. Una vez a bordo, el horror: un españolazo con la camiseta remangada hasta el sobaco no solo nos enseña su peludo buche, sino que también exhibe sin pudor sus posaderas. Hacer turismo es un continuo sinvivir, mejor concentrarse en las maravillosas panorámicas de la travesía.puentes-porto

Almorzamos en Typographia Progresso y me pido un zumo de limón recién exprimido –sí, es una de las bebidas que sirven- y unas tripas atómicas. La intención era acercarnos después de comer al Faro da Foz do Douro, pero desistimos ante la cola de viajeros que esperan el tranvía, que por supuesto no cuenta con aire acondicionado.

Al final nos despedimos de Oporto en la terraza de una heladería de la Rua de Santa Caterina –el Café Majestic está cerrado- porque, justo enfrente, una chica que vende bolsos de paja y sombreros a cinco euros ameniza la tarde con su música ochentera.

Mientras nos vamos, empieza a refrescar y parece que el clima atlántico regresa, como si hubiéramos llevado el calor con nosotras todo el tiempo. Quién sabe, tal vez sea así. Al fin y al cabo, la mayoría de nosotras entiende la vida mediterráneamente.

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Los niños vienen de Portugal

Mi madre fue una novia yeyé. Se casó de corto porque quería lucir piernas y, contando con un presupuesto limitado para el bodorrio, priorizó la luna de miel, que en aquella época solía suceder en Mallorca. “Papá, prefiero un banquete más modesto y viajar a Portugal”. El enlace se celebró tal día como ayer hace exactamente 50 años. Ya es casualidad que mi prima Marta, un bebé de días por aquel entonces, escogiera mi compañía, Porto y estas fechas en concreto para conmemorar su natalicio: fui concebida en el tren que llevó a mis padres a territorio luso. Así que, en cierto modo, el pasado fin de semana también empecé a festejar mi inminente estreno como cincuentañera. Doy por inaugurada la cuenta atrás, tic-tac, tic-tac, tic-tac.

29-ruas6Me encanta Porto, podría quedarme a vivir allí. Es una deliciosa ciudad vintage en la que resulta tan fácil como placentero callejear entre fachadas-sirena con escamas de azulejos primorosos, acogedoras cafeterías con aroma a golosa mantequilla y boutiques que exponen, como una ofrenda, bonitas prendas tejidas artesanalmente, hierbas y especias envasadas en probetas de cristal, mermeladas presentadas en tubos de pintura al óleo, vírgenes y santos pintados como personajes de cómic, gallos queer y bolsos de cuero forrados de corcho y armados en madera. Es el paraíso del diseño cálido, amoroso, vivencial.

1-sabatamartaEl sábado empezamos la jornada desayunando en la agradable Antiga Leitaria, en el número 55 de la Rua Passos Manuel, y enseguida nos dirigimos a la tienda Eureka que se ubica en esa misma calle, un poco más arriba: hace tres años me compré allí un bolso divino. Cuando todavía estaban extendiendo la alfombra de la entrada, nos precipitamos sobre los estantes repletos de primorosos zapatos. Mi prima, que calza un 35, estaba fascinada de poder escoger entre tanto tacón a su gusto, además disponible en su minúsculo número.

10-bolhao2Paseamos luego sin rumbo fijo, según nos apetecía, que es la mejor manera de tomarle el pulso a la ciudad. O, lo que es lo mismo, de vivirla a tu manera. Cotilleamos bajo la desvencijada estructura del Mercado do Bolhão. Entre los turistas y las refrescantes paradas de fruta y verdura, un cubo albergaba unos vistosos ramos montados con ramas de ciprés, hortensias secas y mazorcas de maíz. Qué extraordinaria inventiva, capaz de crear algo tan bello a partir de tres elementos de desecho. A los portuenses se les escapa el arte popular por los rincones.

Entramos a admirar los azulejos de la Estação de São Bento y, de camino hacia la zona de la Cedofeita, pasamos por la Torre dos Clérigos y la archiconocida Livraria Lello, a la que ahora se accede previa compra de una entrada –qué excelente idea, habría que establecer algún peaje similar para acceder al Mercat de la Boqueria de Barcelona-.

14-comida_sabado_blogLa hora del almuerzo nos pilló paseando por la Rua José Falcão, donde por suerte para nosotras se ubica el restaurante Achas na Fogueira, todo un descubrimiento. Optamos por el menú del día y escogimos una crema de garbanzos tan suave como sabrosa, aderezada con pimienta y aceite de oliva virgen, más un arroz con pulpo cuya textura recordaba al risotto, meloso pero al dente, con una tierna pata del cefalópodo a la brasa coronando el plato. Espectacular.

Callejeamos sin prisas por los aledaños hasta alcanzar la Rua de Miguel Bombarda, cuajada de galerías de arte, y desandamos el camino hasta el hotel perezosamente, hasta que la lluvia nos invitó a descansar un poco en nuestra habitación, antes de cumplir el deseo de mi prima: asistir a un espectáculo de fados.

Elegimos el decimonónico Café Guarany, en parte porque nos quedaba a 10 minutos, pero también porque Marta deseaba que fuera una cena un poco especial. Cuando reservamos mesa por la mañana solo había dos anotaciones más en la libreta. No obstante por la noche, a pesar de llegar temprano, intentaron colocarnos en las mesas más distantes del improvisado escenario. Como nos atendió un camarero que, al parecer, no estaba enterado del protocolo de ubicación de los comensales –más tarde vimos que le caía una buena bronca-, le pedimos si podíamos sentarnos en otra mesa más cercana y accedió. No comprendimos muy bien cuál era el criterio, el orden de reserva desde luego no. En fin.

22-fado4El primer tañido de guitarra, previo al inicio, mientras la fadista Joana Costa se estaba cambiando, me recordó al tema principal de la película “El tercer hombre”. La cantante, menuda y enjuta como un suspiro, lucía una camisa de tercipelo negro, una larguísima falda negra de ondulante satén y, colgado del cuello, un llamativo rosario de azabache que deslucía los pendientes que asomaban de vez en cuando entre los mechones de su melena castaña. Tenía unas preciosas manos blancas, de finos dedos y roja manicura, que revoloteaban como delicadas libélulas cuando no asían el micro, y cerraba los ojos mientras cantaba: solo los abría cuando su mirada se posaba sobre sus dos guitarristas, quién sabe si por timidez, por inseguridad o con la finalidad de concentrarse mejor. Su voz antigua, atávica, atemporal, estremecía y transportaba a otra época y a otro lugar, igualmente atlánticos, pero más salvajes y a la vez más personales. Mientras cavilaba sobre todo ello durante la pausa, mi prima, que a menudo observa los acontecimientos con rebelde irreflexión, interrumpió abruptamente mis pensamientos: “Mira, ya vuelve el del bisoñé”.

De regreso hacia el hotel, con la lluvia hostil embarrando y volviendo del revés nuestros paraguas, comprobamos que las ambulancias portuenses lucen las mismas siglas que nuestro Instituto Nacional de Empleo, INEM. Al fin y al cabo, ambas atienden urgencias que, en el fondo, no son tan distintas.

24-desayuno_domingo2Como el domingo nuestra querida Antiga Leitaria cerraba por merecido descanso semanal, desayunamos en Casinha Boutique, una cafetería cool donde sirven bocadillos correctos, zumos detox demasiado aguados y unos galãos tamaño brontosaurio que solo cuestan 0,90 euros. Lo mejor, que la zona lounge de la planta superior es acogedoramente luminosa, y que en el espacioso y cómodo baño, el secador de manos Dyson, oh maravilla de las marvillas, ¡seca!

En la misma acera de la Rua Mouzinho da Silveira que Casinha Boutique, pero un poco más abajo, si entráis a curiosear a la tienda Em Movimento podréis conversar con Caterina, una pizpireta dependienta que está deseando dar rienda suelta a su encantadora locuacidad. Caterina nos contó que esa inventiva portuguesa que nos enamora es la respuesta a la crisis que asola Europa y que tanto se está cebando en los países del sur –lo sabemos demasiado bien-. Cuando las opciones de prosperar escasean, se desata la imaginación.

37-tranvia6Orillamos la riba del Douro desde el Ponte de Dom Luís I hasta el exquisito 1872 River House, el hotelito ideal para una escapada romántica. Cerca de allí, en la Praça da Liberdade, se toma el tranvía de la línea 1 que lleva hasta Foz bordeando el Douro. Del techo del carro eléctrico cuelgan algunas correas de cuero con asideros, parecidas a las que pendían como agarraderos en los autobuses de mi niñez. Una curiosidad: tanto el asiento del conductor como su palanca de manejo son portátiles y se trasladan con él en cada cambio de sentido.

La incursión a la costa nos obligó a posponer el almuerzo hasta las cuatro. Mientras meditábamos sobre dónde podríamos ir, un bronco chaparrón nos invitó a permanecer en el Mercado Ferreira Borges, al que habíamos entrado simplemente para admirar su imponente estructura. Recomendación: O Mercado-Cervejaria do Porto es una opción, como su nombre indica, para beber en un entorno agradable, pero no para comer. Da la impresión de que su presupuesto ha sido generoso con los interioristas, pero cicatero con los profesionales que llevan su día a día. Claro que el domingo por la tarde los camareros parecían tener la edad de mis hijas. En fin, ni se os ocurra picar nada que no sean sus bolinhos de bacalhau.43-comida_domingo0

De vuelta callejeamos un poco más –era domingo por la tarde pero había muchos establecimientos abiertos- e hicimos una pausa para tomar sendas infusiones en la Mercearia das Flores, donde vendían y servían cositas ricas y se estaba la mar de bien. Después cenamos en Canelas de Coelho, cuyo interior tiene poco o nada que ver con el restaurante que conocí hace tres años. Aunque estaba vacío y la noche no estaba demasiado –¿nada?- animada, la camarera nos instaló en una minimesa. En cambio a una pareja que llegó media hora más tarde le concedió una mesa para cuatro. En fin, qué podíamos esperar de una veinteañera que llevaba un jersey de Mark Darcy.

57-fabrica_de_pielAyer desayunamos temprano en nuestro hotel para aprovechar más las horas de que disponíamos antes del vuelo. Nos echamos a la calle contentas, bajo un cielo brillante y soleado, y nos perdimos entre los portuenses que atendían los quehaceres de su devenir cotidiano y los escasos turistas diseminados por el barrio de Baixa, en una de cuyas callejuelas descubrimos el arrebatador edificio del Deposito de Sola e Cabedais Vieira da Silva, cuya fachada luce un colorido friso de azulejos publicitarios. Otro ejemplo del precioso embaldosado luso con vocación de cartelería es el de una tienda de ultramarinos que se ubica junto al Mercado do Bolhão, Apérola do Bolhão. Pero no solo de joyas vintage vive Porto. Los diseños lusos contemporáneos de Marita Moreno, Lemon Jelly o Maria Maleta pueden verse y tocarse en The Feeting Room, la tienda física de un proyecto colaborativo en el que diferentes marcas y creadores locales venden sus productos en línea, http://www.thefeetingroom.com.

Nos despedimos de Porto con el completo brunch de la Antiga Leitaria, que incluía dos pequeños cruasanes de mantequilla increíblemente exquisitos. Como no pudimos consumir todo lo presentado sin padecer un colapso, dispusieron las piezas no ingeridas –un cruasán, un bollito de maíz, un par de pastelillos- en una práctica cajita de cartón que fue a parar al bolso de Mary Poppins de mi prima: su trayecto Porto-Barcelona-Palma necesitaba un buen avituallamiento.

En el aeropuerto Francisco Sá Carneiro, contemporáneo, diáfano, luminoso aun con el cielo nublado, dos músicos tañían sus guitarras sobre una tarima y se despedían de los pasajeros en tránsito con evocadoras melodías de fados. Sus notas se nos colaron en los entresijos del alma y echaron raíces en forma de íntima saudade. Claro que, en mi caso, es algo lógico. Prácticamente innato. Después de todo, me hicieron en Portugal.

Porto

Cuando Fèlix se enamoró de Gonçalo, lo hicimos nosotros también en cuanto nos lo presentó, mis hijas incluidas. Gonçalo es un portuense culto, educado, adorable y habla en perfecto catalán con acento de Girona, ¡fascinante! Así que, exceptuando a Fèlix –que describe Porto con la subjetividad del amor-, es el mejor embajador de su ciudad natal que pueda existir: su cálida conversación y su agradable compañía hacen que las ganas latentes de conocer Porto se multipliquen exponencialmente y ya no puedas dejar de pensar en ella hasta que logras escaparte para visitarla. Porque un día lo consigues. A solas con tu marido, de novios. Y cuatro días enteros. ¡La bomba!

Volamos a Porto con Tap y la experiencia no pudo ser mejor. Antes de embarcar nos etiquetaron las maletas de cabina y nos proporcionaron sendos resguardos, ya que el equipaje de mano se deposita cómodamente en un carro entes de subir al avión. En cuanto subes, lo entiendes todo: el interior es tan pequeño -incluso más que un autocar, hay una hilera de asientos individuales a la derecha y otra de a dos a la izquierda- que los trolleys deben almacenarse, necesariamente, en la bodega. Cuando el mágico microavión de Pin y Pon ya ha aterrizado, las maletas te están esperando a pie de escalera. ¡Qué maravilloso invento!

metroEn el aeropuerto Francisco Sa Carneiro hay una estación de metro y puedes ir directamente a Porto desde allí. Cómodo, rápido y asequible. Igualito que el aeropuerto de Barcelona, vamos. Claro, para qué queremos una buena conexión con el aeropuerto, teniendo prevista una marina fantasticulosa para cruceros de lujo. Tener un alcalde senil es lo más.

Pero regresemos a Porto. Nos alojamos en el barrio de Baixa, en el Hotel Teatro, Rua Sá da Bandeira, 84, que sería el escenario ideal para rodar algún capítulo de mi adorada serie “True Blood” -sí, soy así de freak-. No solo cuenta con un personmi_sombraal amable y atento -simpatiquísima e inasequible al desaliento Silvia Santos-, sino que está estratégicamente ubicado, muy cerca de la señorial Avenida dos Aliados, de la Estaçao de São Bento y sus preciosos azulejos, del decadente Mercado do Bolhão, de la bulliciosa Rua de Santa Catarina -en el número 2, en la librería Leya Latina, compramos nuestra guía de la ciudad, “Stop 4 Porto”-, del Café Majestic, del Café Guarany y del Café Progresso, al que se llega tras un empinado paseo. Sí, hicimos varias pausas para tomar algún que otro galão, pero es que nos las vimos con una lluvia lateral hostil incomodísima, como si alguien te estuviera vaporizando la cara constantemente -mejor tomárselo como un beneficioso tratamiento facial-.

Fachadas2Porto es una ciudad ecléctica en la que reinan los contrastes más sorprendentes. Edificios decrépitos y estructuras desvencijadas a lo Baby Jane Hudson conviven en armoniosa vecindad con preciosas fachadas esmeradamente restauradas, brillantes y coloridos azuletranviajos y verdaderos alardes arquitectónicos que desafían a las leyes de la gravedad y maravillan al paseante. Establecimientos que perduran desde tiempos pretéritos -todavía existen barberías como las de antaño- comparten acera con locales cosmopolitas y originales creadores: Eureka Shoes, en la Rua Passos Manuel, o Bem Português y Em Movimento, en la Rua Mouzinho Silveira, son solo tres ejemplos, aunque en las curiosas galerías comerciales de Miguel Bombarda con Rosário y aledaños hay muchos más.

LellaLa Livraria Lello es de visita obligada, no solo por la extraordinaria cantidad y variedad de libros que exhibe, sino también por el espacio en sí, primorosamente conservado como una biblioteca de cuento. Tuvimos la desgracia de coincidir con una terrible horda de turistas que, a pesar de la prohibición de tomar fotos, incomodaban tanto a los empleados como a mí misma con sus flashes indómitos e invasores. Y luego salían sin comprar nada, claro. El gran clásico.

AVidaPortuguesaAl lado de la concurridísima librería, y a fin de relajarse un poco tras la estresante experiencia, vale la pena curiosear un poco en A Vida Portuguesa, que además de ocupar un local diáfano muy acogedor, ofrece mil y un objetos curiosos para obsequiar o auto regalarse, desde reproducciones de cuadernos infantiles y juguetes vintage a tentadoras exquisiteces gastronómicas.

Un poco más allá se eleva la Torre Dos Clérigos, cuyos 76 metros de altura exigen al sufrido turista escalar 225 escalones -algunos con trampa, de esos que cuentan como uno pero valen por dos-. Eso sí, las vistas sobre el Douro son impresionantes incluso nublado y lloviendo -en esas condiciones subimos hasta allí nosotros-. No obstante, advierto a futuros oteadores que la organización deja mucho que desear y puedes llegar a pensar que morirás aplastado por la multitud, ya que no controlan los flujos de entrada y salida por la angosta escalera y la estrecha balconada circular que corona el monumento. Para un claustrofóbico puede llegar a convertirse en la peor de sus pesadillas.

grafitiSuerte que a poca distancia de allí puedes tomar una bocanada de aire fresco en el Passeio das Virtudes, un hermoso mirador ajardinado, y reponer fuerzas antes de acercarte, callejeando y pendiente abajo, al Palácio da Bolsa, cuya visita guiada merece mucho la pena, aunque recomendamos combinar la entrada con alguna otra actividad – por ejemplo, una travesía por el Douro- para amortizarla un poco. Lo más interesante del didáctico recorrido fue descubrir que las fastuosas paredes del Café Majestic, la Livraria Lello y el Palácio da Bolsa son de mentirijillas: los artesanos portuenses, para demostrar que eran más chulos que un ocho, decidieron demostrar al mundo su maestría y trabajaron con yeso, como si de un gran atrezzo se tratara. Da totalmente el pego, yo ni tocándolo me acababa de creer que aquello no fuera madera. Ya lo dice la canción: “Teatro, la vida es puro teatro…”.

Aprovechamos el único día de nuestra estancia sin nubes ni lluvia para disfrutar del Douro y su desembocadura. Bajamos sin prisas hacia el barrio de Ribeira y decidimos bordear el río en un largo paseo que nos llevaría toda la mañana. PartimediaMaratónmos de la Praça da Ribeira y seguimos hacia Rua Nova de Alfãndega, donde nos topamos con los corredores de la media maratón de Porto y su séquito de animadores y voluntarios -todo un mundo en el que no me voy a recrear, las hazañas deportivas me parecen inverosímiles-. También vimos a varios grupos de jovenzuelos que regresaban de fiesta y pasamos por delante de algún que otro after hours -no veía nada así desde mis lejanas escapadas ibicencas-. Caminando, caminando, caminando, siempre junto al río, dejamos atrás el Ponte de Arrábida -obra del ingeniero Edgar Cardoso- y llegamos al barrio de Foz, que orilla el estuario del Douro. Allí nuestro recorrido se hizo más agradable y llegó a su punto culminante: Pontão da Foz. Foz2Desde el faro disfrutamos de un espectáculo sobrecogedor, ya que tuvimos la suerte de poder contemplar cómo el poderoso Atlántico abría sus fauces acuáticas para morder los espigones. Más adelante pudimos soslayar definitivamente a la troupe de la media maratón -que empezaba a ser demasiado cargante- gracias a un agradable sendero que bordea las playas de Foz hasta el Castelo do Queijo. SardinasDesde allí nos dirigimos a la entrada del Parque da Cidade -el mayor parque urbano de Portugal, se puede pasar el día allí perfectamente- para alcanzar Matosinhos, ciudad industrial anexa a Porto, conocida por sus playas para surfistas y -ahí radicaba nuestro interés- por los restaurantes de su barrio de pescadores. Efectivamente, la Rua Heróis de França está repleta de pequeños establecimientos donde hay una variada oferta de cocina marinera a la brasa. Nosotros optamos por Casa Serrao, en el número 517, y comimos el mejor pulpo asado que hemos probado jamás: la ración daba un poco de miedo -los tentáculos eran gruesos como culebras-, pero estaba tan tierno que se fundía en la boca, ¡sublime!

teleféricoTras la pequeña excursión estábamos exhaustos, pero nos negábamos a regresar al hotel y desperdiciar ese día soleado, aPonteEiffelsí que tomamos el metro para regresar y nos bajamos en la estación de Jardim do Morro de Vila Nova de Gaia, desde donde se accede al teleférico que desciende a Cais de Gaia y ofrece unas preciosas vistas panorámicas de Porto, que queda enfrente. Una vez en el muelle, tomamos un pequeño barco de madera desde el que pudimos observar las entrañas de seis de los puentes que atraviesan el río justo antes de ponerse el sol. Los que me parecieron más hermosos son el Ponte D. Luís I, inaugurado en 1886 y construido por la Société de Willebroeck de Bélgica, y el Ponte D. María Pia, obra de 1877 de la Casa Eiffel. Aunque, por supuesto, para gustos, los colores.

casa da musicaEn las antípodas de la imagen bucólica de la ciudad a orillas del Douro está la Casa da Música, obra del arquitecto holandés Rem Koolhaas. Es como si un gigantesco meteorito poliédrico de hormigón y cristal hubiera caído desde el espacio exterior y hubiera echado raíces ahí, entre las casitas con fachadas de azulejos y el frondoso y refrescante Jardim da Boavista. Queda pendiente disfrutar de algún concierto en ese escenario privilegiado.

La vida sin comer bien no es vida, así que, Matosinhos a parte, os paso algunas direcciones que os podrían ir bien si os animáis a ir a Porto.

EL MÁS COOL. El restaurante-librería Book, en la Rua de Aviz número 10, ocupa el espacio que antaño albergaba la Papelería Aviz –de hecho, dentro todavía lucen su cartel- y aún conserva una pared forrada de estanterías de madera y repleta de libros. Te sirven la carta dentro de un ejemplar gastado por el tiempo y también utilizan algún tomo de curiosa edición como salvamanteles. El que me tocó cuando me sirvieron el arroz con pulpo que escogí como segundo plato –exquisito- era ”Poesia e Ritmo” de Giuseppe Tavani, e incluía el análisis rítmico de un poema de Salvador Espriu y de otro de Pablo Neruda. Hermoso, ¿verdad?

COCINA CASERA. O Buraco, en el número 95 de la Rua do Bolhao, fue otra de las recomendaciones de Fèlix y Gonçalo. La verdad es que por su aspecto exterior no hubiéramos entrado jamás, pero lo aconsejamos encarecidamente, ¡se come de fábula a un precio inverosímil! Cuando entramos, un encantador señor con aspecto de tener que haberse jubilado ya nos envió al comedor de abajo, mientras nos explicaba algo en su portugués veloz que no logramos descifrar. Nos sentó en una mesa y nos dio una carta mientras nos traía una ensalada y un par de buñuelos de bacalao que no habíamos pedido. “¿Carne o pescado?”, nos preguntó escuetamente. Yo enseguida pedí las famosas tripas -impresionantes en todos los sentidos-, que no quería dejar de probar. Mi marido, tras dudar un poco, se decantó por unas sardinas, que le chiflan. Entonces el hombrecillo le dio dos opciones que no comprendimos y optó por la vía del medio: le trajo las dos, unas abiertas sin espina y otras más pequeñas y enteras, en plan pescadito frito. El vino también fue motivo de risas. El anciano caballero nos preguntó si preferíamos vino tinto o blanco y escogimos tinto. Él se dispuso a traernos el vino de la casa pero mi marido quería darle un vistazo a la carta de vinos, así que cuando llegó un camarero más joven con el tinto, se la pidió. Pero mientras ojeaba qué caldo luso podríamos probar, regresó nuestro padre adoptivo y nos abrió la botella de vino de la casa sí o sí, que estaba muy bien y que si no nos gustaba ya nos lo cambiaría. Por suerte sí que nos dejó escoger la copa de Porto de 20 años -exquisito- con que acompañamos el postre. Salimos de allí tan ahítos como felices. Comer en O Buraco te hace reconciliarte con la especie humana.

TAPAS Y GINTONICS. En Canelas de Coelho, Rua Elísio de Melo 29-33, abren ininterrumpidamente desde las tres del mediodía hasta las dos de la madrugada y se pueden tomar platillos y tapas con vino o gintonic, según las preferencias de cada cual -cuentan con una amplia oferta para ambas opciones-. La primera noche que fuimos, dos gabachos cincuentones demostraron, una vez más, que cuando un francés se pone borde no hay quien le supere. La camarera, que hablaba un inglés impecable y a nosotros nos entendía sin problemas en castellano, hacía mil y un esfuerzos para explicarles la carta -ellos solo hablaban francés- y de vez en cuando intercalaba alguna palabra en francés, esforzándose, con éxito, en pronunciar bien, hasta que llegó, ay amigos, al poisson maudit y dijo poison. Sí, lo habéis adivinado: el tipo tuvo la gran desfachatez de corregirla. Pues yo le hubiera servido poison con el poisson. Poquito, solo para causarle una pequeña indigestión.

9WINE BAR. Entramos en La Ricotta, en Rua Passos Manuel con Rua Sá da Bandeira, porque tenía buena pinta, estábamos cansados y necesitábamos comer algo no muy lejos del hotel para acercarnos luego a descansar un poco -la vida del turista es verdaderamente agotadora-. Y acertamos. Fue un placer probar un auténtico pata negra portugués -pido disculpas, pero me niego a llamarle presunto-, cortado a mano y exquisito, y regarlo con un soberbio vino del Alentejo -una botella de Grous, para más señas-. Recomendable para un romántico mano a mano.

LUJO LUSO. Mi viajada y viajera amiga Isabel estuvo en Porto hace unos meses con Víctor, su pareja, e insistió en que teníamos que probar O Paparico, así que nos reservó mesa ella misma. Llegar hasta el remoto lugar donde se ubica ya es toda una aventura, y el aire de estar a punto de descubrir algo diferente continúa cuando llegas: debes golpear la puerta con los nudillos, como si fuera un local clandestino de la época de la ley seca estadounidense. Un muchacho encantador al que llamaremos Néstor, porque era clavadito al hermano de mi amiga Silvia, nos explicó los entrantes que ya había dispuestos primorosamente en la mesa en un castellano impecable y luego atendió a unos ingleses con un acento british fabuloso -al parecer todos los portugueses son políglotas-. Néstor nos recomendó un arroz caldoso con bogavante azul que no estaba en la carta, pero nosotros habíamos ido allí, básicamente, para hacernos un homenaje gastronómico con el pulpo asado del que nos había hablado Isabel -sí, el pulpo fue monotema, y no el bacalao-. Todo estuvo perfecto, excepto un solo detalle: la salita de la entrada hacía las veces de espacio para fumadores y, al carecer de puerta, conforme la noche transcurría, el hedor del tabaco impregnaba el ambiente a nuestro alrededor cada vez más, llamadnos quisquillosos -que en eso lo somos, y mucho-. Suerte que llegamos temprano y no tuvimos que sufrirlo demasiado.

PonteAtardecer3Y hasta aquí la entrada más larga que haya escrito hasta la fecha en este blog. Quisiera acabar tal y como la he empezado: lo mejor de Porto, lo que me haría regresar de nuevo sin pensarlo dos veces, es cuán amable, encantadora y acogedora es su gente donde quiera que vayas. Muito obrigada!